Noche Oscura | PDF

cantico espiritual ALa literatura mística se vale de símbolos para poder explicar sus experiencias. Y es ya en el primer lexema del poema, noche, donde el lector se encuentra con el principal valor simbólico: se trata de la oscuridad de los sentidos, del esfuerzo y el sacrificio que el alma...

 


 

NOCHE OSCURA DE SAN JUAN DE LA CRUZ

 

LOCALIZACIÓN. El poema Noche oscura del alma es una de las tres obras más emblemáticas de San Juan de la Cruz y, por ende, de la poesía mística. Las otras dos son el Cántico espiritual y Llama de amor viva. La literatura mística (del griego μυστικός 'ciencia secreta') trata de mostrar la ascensión del alma hasta su unión con Dios. En España, se desarrolló especialmente durante la segunda mitad del siglo XVI, favorecida por el espíritu contrarreformista de la época de Felipe II, a través del cual se produjo la incorporación a la lírica de numerosos temas religiosos y morales.

RESUMEN DEL CONTENIDO. La mística es siempre un tipo de poesía a lo divino, esto es, a los referentes, cabe sobreponerles un sentido último y trascendental de carácter religioso. Efectivamente, en el poema de San Juan, existen dos lecturas: una, primaria, en clave de amor humano; otra, espiritual, en clave mística. La amada (el alma de San Juan) deja en calma su casa (se ha purgado) y sale (se libera del cuerpo) en medio de la noche (oscuridad de los sentidos) a buscar a su Amado (Dios). La luz del amor (de la fe) la guía hasta unirse con él (Él).

TEMA. Unión mística de alma y Dios, aunque, de hecho, podría servirnos de clara exposición temática el subtítulo con que el poema suele publicarse en la tradición, tanto manuscrita como impresa: Canciones del alma que se goza de haber llegado al alto estado de la perfección, que es la unión con Dios, por el camino de la negación espiritual.

ESTRUCTURA INTERNA. El poema se divide en tres partes, correspondientes a cada una de las tres vías o caminos que el alma ha de recorrer necesariamente para su unión con Dios.

La primera vía es la purgativa, también denominada ascética, pues en ella el alma se libera de sus pasiones y se purifica de sus pecados a través de la negación de los sentidos y del intelecto. En el poema, se halla circunscrita a las dos primeras estrofas.

La segunda vía es la iluminativa. A través de ella, el alma, con la consideración de los bienes eternos y de la pasión y redención de Cristo, es alumbrada por la luz de la fe, que le marca el seguro camino hacia Dios. En el poema, se corresponde con la tercera y cuarta estrofas.

La tercera y definitiva vía es la unitiva, en la cual se logra lo que el propio San Juan denominó matrimonio espiritual: la unión entre alma y Dios (a menudo expresada como un abandono en el Otro).

Con todo, a estas tres vías se superpone una estructura en dos partes iguales de cuatro estrofas cada una. La primera es la del camino hasta la unión, definida por el movimiento que genera el verbo 'salir' y por la ambivalencia del símbolo de la noche: oscura primero; luminosa, después. La segunda es la de la unión y carece de movimiento, es descriptiva y estática.

ESTRUCTURA EXTERNA. Cada una de las ocho estrofas que componen el poema es una lira, estrofa desarrollada por el Renacimiento Italiano y que, posteriormente, Garcilaso aclimató en la versificación castellana al escribir su canción V, A la flor de Gnido. Los cinco versos que posee toda lira (7a,11B,7a,7b,11b con rima consonante) nos recuerdan la inclinación del gusto renacentista por el endecasílabo, en general, y por su combinación con el heptasílabo, en particular.

FORMA DE ELOCUCIÓN. Se combinan la narración, a la que tienden las primeras estrofas, y la descripción, a la que se inclinan las últimas.

ANÁLISIS DEL CONTENIDO Y LA EXPRESIÓN. La literatura mística se vale de símbolos para poder explicar sus experiencias. Y es ya en el primer lexema del poema, noche, donde el lector se encuentra con el principal valor simbólico: se trata de la oscuridad de los sentidos, del esfuerzo y el sacrificio que el alma, espíritu no corpóreo, ha de llevar a cabo para alcanzar la perfección que le permita elevarse hacia Dios. La importancia de este símbolo es tal, que el poeta refuerza su significado, ya desde buen principio, con el epíteto escura (v.1), y más adelante repitiendo anafóricamente la locución a escuras (v. 6 y 9). La noche se presenta, desde el primer verso, más como el lugar de la acción que como el tiempo. El segundo verso precisa el clima al hablarnos del sentimiento. Hasta el verso cuarto no aparece el primer verbo: salí. El verbo está en primera persona, por lo que la voz poética pasa a la acción, declarándose "yo" poético. Está, además, en perfecto simple, lo que supone que la empresa ha finalizado. Efectivamente, de esta vía purgativa, no se nos refiere el proceso, sino que nos es presentada retrospectivamente como ya culminada. El presente poético se desprende de la exclamación ¡oh dichosa ventura!, en la cual el epíteto refuerza el significado de 'suerte' o 'felicidad' que posee el sustantivo. Además, el metafórico verso que se repite para cerrar, casi a modo de estribillo, las dos estrofas de esta primera vía, estando ya mi casa sosegada, nos da a entender que el alma está en paz porque se ha alejado ya de las tentaciones mundanas —nótese como a esta idea de paz contribuye la aliteración del sonido /s/, el cual nos sugiere la idea de silencio y soledad—. En fin, el verbo salí se sitúa en el origen de toda la elaboración poética y se convierte en la esencia de la primera parte del poema, pues es el único verbo principal que hay en los quince primeros versos. Su influjo se siente elíptico en toda la segunda estrofa ([salí] A oscuras y segura [...]) e incluso en toda la que iniciará la vía iluminativa ([salí] En la noche dichosa [...]).

La experiencia mística, reservada a unos pocos escogidos de Dios, resulta imposible de compartir (etimológicamente, la palabra significa 'sabiduría secreta'). Por ello, y en relación directa con la idea de oscuridad, se despliega el campo semántico de lo secreto: sin ser notada (v.4), secreta (v.7), disfrazada (v.7), en celada (v.9). Pero no solamente se trata de una experiencia íntima, sino que asimismo es inefable, imposible de explicar. Por ello, los poemas místicos siempre son alegóricos y hay en ellos dos lecturas; y por ello también se buscan a menudo recursos como la antítesis, el oxímoron o la paradoja, un ejemplo de la cual encontramos en el v.6: la oscuridad nos hace caminar inseguros, pero esta oscuridad, en su sentido purgativo, permite al alma ascender segura hacia Dios.

Al entrar, a través de la tercera estrofa, en la vía iluminativa, la experiencia descrita sigue sucediendo en secreto (v.12). Se trata, como acaba de señalarse, de un acontecer íntimo . Por ello, la voz poética del alma se apresura a decir en el mismo verso que nadie me veía. Y por ello también, al concretar el quién de su amor y el dónde del encuentro, la voz poética del alma, más que desvelarlos, los encubre mediante perífrasis construidas en base a relativos cuyo antecedente queda tácito: Él es, enigmáticamente, quien yo bien me sabía (v.19) —nótese cómo en esta respuesta elusiva el uso pronominal del verbo enfatiza el interés y la implicación del sujeto—Y el lugar es, llanamente, adonde me esperaba / [...] / en parte donde nadie parecía (v.18 y 20), un lugar que se configura con una imagen de espacialidad desierta e indefinida, sin límites precisos.

La oscuridad, en cambio, no puede tener continuidad en esta vía iluminativa y, obviamente, deja paso a la luz. Parecería que el sentido complementario de los versos 12 y 13, que es el de la anulación de la actividad visiva, tanto propia —ni yo miraba cosa (v.13)— como ajena —nadie me veía (v.12)— mantuviese presente la oscuridad envolvente; sin embargo, esta no es el auténtico agente de la anulación visiva, lo es ya el proceso de abstracción de lo mundano que el alma ha culminado. Ahora, como decíamos, se deja paso a la luz, una luz que ahora lo es todo (v.13 y 14); que es la responsable de que la noche no sea ya oscura sino dichosa (v.11); que es garante de esa seguridad en el camino (v.14 y 16-17); y que nace dentro, pues arde en el corazón (v.15). El corazón es símbolo de realidades interiores y, al exponerlas, se pone de manifiesto un rechazo del mundo objetivo. De esta forma, se entiende mejor la enigmática alusión perifrástica al quién y al dónde: no son referentes externos, sino certidumbres interiores. Paradójicamente, pues, habremos de concluir que el impulso que genera ese salí de la primera parte del poema es hacia un "fuera" que es en realidad un "dentro". San Juan nos representa la absorción de uno mismo en uno mismo, en su universo interior.

Hasta aquí, cuatro estrofas, y otras cuatro quedan por delante; esta luz meridiana (v.17) nos sitúa, pues, en la mitad exacta del poema. La estética renacentista, de la que participa plenamente San Juan, se inclina siempre por la simetría y el equilibrio de las estructuras. Las vías purgativa e iluminativa son las de recorrido del alma; la unitiva, la del arribo y el arrobo. Veinte versos, aquellas; veinte versos, esta.

La quinta estrofa es toda ella una pura exclamación afectiva carente de verbos principales, un primer clímax que nos anuncia que se ha llegado al fin del camino (el auténtico clímax místico será la última estrofa). La noche aparece aquí recordada por última vez como guía (v.21) ya no oscura (v.22) y como causa primera que favorece la unión del alma con Dios (v.23-25). Todos ellos son valores positivos en los que se insiste por medio de técnicas de repetición como son las anáforas y los paralelismos. No hay para menos, pues esta noche amable (v.22) no sólo une —junta, dice el v.23— sino que, más aún, funde, haciendo de Amado y amada una sola cosa, es decir, haciendo que el alma se integre plenamente en Dios (v.25).

La inefabilidad de esta unión trata de solventarse en la literatura mística a través de imágenes tomadas del amor profano. Las imágenes deleitosas se agolpan en cuanto asoman a la sexta estrofa merced al polisíndeton (v.29 y 30), el cual, además, subraya el extático y estático momento de unión lentificando el ritmo poético. La amada ofrece su pecho como almohada de flores para el Amado (v.26-27), donde Este se duerme (v.28) mientras ella lo acaricia (v.29). Luego, esparce sus cabellos, haciendo, de sus dedos, peine (v.32), al tiempo que la mano serena, del Durmiente Amado descansa en su cuello (v.33-34). Algunas de estas imágenes se encuentran también en el Cántico espiritual; por ejemplo, el lecho de flores o, incluso, la que encontraremos acerca del rostro reclinado, en la última estrofa.

También es cierto que, antes o después, la sola lectura profana suele resultar extraña, no se basta en sí y da pie a pensar en una necesaria lectura alegórica. Por ejemplo, resultaría imposible en cualquier ambientación cancioneril o eglógica un repentino cambio de escenario como el que se da entre la sexta y séptima estrofas. En cambio, en una lectura a lo divino, la ambientación es pura metáfora. Efectivamente, el v.30, mediante una metáfora que identifica las ramas y hojas de los cedros con un ventalle o abanico que refresca a los amantes, nos sitúa en un paraje arbóreo. Sin transición alguna y a verso seguido, son las almenas de un castillo las que filtran el aire refrescante.

Tras el discreto antropomorfismo de la delectación amorosa, con el fondo de un paraje apenas esbozado y cambiante, el poema se cierra con una última estrofa en la que se alcanza el clímax anunciado al principio de la vía unitiva. Se detalla aquí el éxtasis del alma, que se ha abierto camino en el verso de cierre de la estrofa anterior, y todos mis sentidos suspendía (v.35). A través de una suave aliteración en que se repite el sonido /m/, la escena se carga de amor y de afectividad. Paradójicamente, en este momento máximo de suspensión de los sentidos y de las potencias del alma es cuando más verbos encontramos. Se trata de perfectos simples, como el inicial salí, de carácter narrativo en oposición a los imperfectos de las estrofas anteriores, de cualidad descriptiva. No obstante, por su carga semántica, no aportan movimiento, salvo, tenuemente el recliné del v.37. Quedeme y olvideme (v.36), cesó todo y dejeme (v.38): una extrema quietud evocada con tal lujo de verbos ha de tener, por fuerza, un antes de eminente actividad. Sin embargo, la unión, sin duda culminada, nos ha sido escamoteada y el poema se cierra idílicamente con un último símbolo, el de la pureza que tradicionalmente representan las azucenas.

CONCLUSIÓN. Noche escura del alma es un poema típico de la poesía mística con el que su autor, San Juan de la Cruz, logra transmitirnos las sensaciones que el alma experimenta en su ascenso hasta la unión con Dios. Y lo hace sobre la base de imágenes tomadas del amor humano, de una estructura renacentista perfectamente equilibrada y armónica en su simetría, y de elementos intensificadores basados sobre todo en técnicas de repetición. Todo ello, además, a través de un lenguaje llano y musical, de rimas fáciles poco estridentes.

 

DOCUMENTO EN PDF: Noche Oscura de San Juan de la Cruz

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Música original de espiritualidad carmelitana

Play List Musica Carmelitana Originale di Rodolfo Antonini