La pobreza "apostólica" de las Carmelitas según Santa Teresa de Jesús

pobreza-carmelitas-descalzas¿Cómo ve la fundadora la pobreza en sus monasterios? Ciertamente sería muy interesante llegar hasta la médula del espíritu teresiano de pobreza, arrancando del contexto económico, social, político, religioso, espiritual de la España del aquel tiempo. Pero no podremos...

 



LA POBREZA "APOSTOLICA" DE LAS CARMELITAS SEGUN STA.TERESA DE JESUS

"Y crean, mis hijas, que para vuestro bien me ha dado el Señor un poquito a entender los bienes que hay en la santa pobreza". Con estas palabras, dirigidas a sus hermanas, comienza Santa Teresa el Camino de perfección (CV 2,5). Estos tesoros se encuentran a manos llenas a través de sus escritos. De ahí la imposibilidad de hacer, en pocas páginas, un inventario exhaustivo de los mismos.

Por tanto, no esperéis encontrar en estas líneas una exposición completa de la pobreza personal de Teresa. Sólo trataremos de ella de pasada, cuando esto nos pareciere necesario. Más aún, sólo trataremos de la pobreza personal de la carmelita -- como la concibe la Santa -- cuando hablemos de la pobreza comunitaria.

He aquí, pues, nuestra tema: ¿Cómo ve la fundadora la pobreza en sus monasterios? Ciertamente sería muy interesante llegar hasta la médula del espíritu teresiano de pobreza, arrancando del contexto económico, social, político, religioso, espiritual de la España del aquel tiempo. Pero no podremos extendernos en estos presupuestos, ya que se han hecho, en los últimos tiempos estudios excelentes al respecto. Sin embargo, procuraremos aprovecharnos de estos conocimientos siempre que el caso lo requiera.

Lo que en efecto nos interesa es el espíritu que ha dominado en los distintos casos tratados por Teresa en materia de pobreza, más aún que las soluciones concretas dadas por ella, en función de las condiciones socio--económicas y religiosas de su tiempo. Un ejemplo sería la cuestión de las rentas o de las limosnas. Cae por su peso que hoy día, en la mayoría de los paises del mundo, no se pueden copiar literalmente las disposiciones concretas adoptadas por la Santa para las comunidades fundadas por ella.

Y sin embargo, si queremos llegar a conocer su espíritu en materia de pobreza lo más perfectamente posible, no podemos contemplarlo de una manera abstracta, ya que ni ella misma lo presenta jamás bajo esta forma, incluso cuando lo trata de forma más doctrinal. Esas mismas explicaciones teóricas han de ser encuadrados siempre en el contexto de su tiempo.

Nuestro tema es, pues, el siguiente:

¿Cuáles son las grandes orientaciones espirituales de Santa Teresa en materia de pobreza, que, arrancando del siglo XVI, sean válidas para sus hijas carmelitas del siglo XXI?

­ I ­

¿QUE SE ENTIENDE POR POBREZA "APOSTOLICA"?

Creemos que una buena manera de captar lo que hay de original y esencial -- y por tanto, de siempre actual -- en la concepción teresiana de la pobreza, es subrayar lo que llamamos su vertiente "apostólica". ¿Qué entendemos nosotros con esta expresión?

En el lenguaje moderno dicha palabra puede tener doble significado. En el primero, y más extendido, 'apostólico" es todo lo que concurre a la obra divina de la salvación del hombre. El segundo significado -- conocido sobre todo en la antigüedad cristiana -- se refiere al estilo de vida de los Apóstoles de Cristo. En ese sentido es "apostólica" una persona o comunidad que se proponga imitar la vida de los Apóstoles.

No nos parece que la palabra "apostólico" -- como tampoco la palabra "evangélico" -- sea frecuente en los escritos de Santa Teresa. Sin embargo, podemos demostrar con satisfacción que la realidad significada por dicha palabra -- en la doble acepción actual que acabamos de explicar-- se encuentra continuamente en sus escritos cuando la Santa habla de pobreza; y que la conjunción armónica de los dos significados de "apostólico" nos da la clave del pensamiento teresiano sobre este consejo evangélico.

Resumiendo podríamos decir: El primer sentido de la palabra "apostólico" -- en cuanto se refiere a la salvación del mundo -- nos indica el fin último, al que se dirige la pobreza propuesta por Teresa a sus hermanas carmelitas: Si ellas aceptan el ser pobres es para cooperar a la obra divina de la salvación del hombre. La pobreza de la carmelita es un medio de apostolado.

El segundo significado indica la manera peculiar de dicha pobreza, su "estilo propio": Para que esa pobreza sea un instrumento eficaz de salvación, tiene que parecerse lo más posible a la que Cristo "aconsejó" a sus Apóstoles, invitándoles a llevarla a la práctica.

1) Ser pobres como los Apóstoles para "ayudar" a Cristo en su obra de salvación

a. -- No existe la menor duda de que la finalidad última del género de vida propuesto por Teresa a sus hermanas es una finalidad esencialmente apostólica (en el primer sentido). Basta releer el principio del Camino de perfección para convencerse de ello. Para Teresa la "vida contemplativa" de las carmelitas es un medio de trabajar en la salvación de las almas, como les dice en Camino: "Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís el fin para que aquí os juntó el Señor" (CV 3,10). En definitiva, es, pues, en función de esta finalidad apostólica como hay que mirar las decisiones que tomó Santa Teresa al ordenar la vida del nuevo Carmelo.

b. -- Los únicos medios que ella puede ofrecer a sus hermanas para alcanzar este objetivo, son los de la vida contemplativa, y que, Teresa resume en uno solo: la "oración". Oración que, entendida en este sentido y realizada con esta finalidad, no puede ser más que "apostólica", es decir, de alabanza e intercesión.

c. -- Para que la intercesión pueda tener una eficacia real en vista de la salvación del mundo, tiene que ser una intercesión viva, como decía San Pablo a los cristianos: "Ofrecer sus personas en holocausto vivo, santo, agradable a Dios" (cf Rm 12,2). Dicho de otro modo: para que la oración de las Carmelitas pueda ser escuchada por Dios, debe partir de una voluntad que, en lo más profundo de su ser, se identifique con la voluntad del Padre; es necesario que su vida toda entera sea una respuesta a dicha voluntad divina. Su única preocupación ha de ser, por tanto, buscar constantemente la manera de agradar lo más posible al Señor.

d. -- Ellas tienen un medio infalible para obtener este objetivo: "Pues sabemos el camino como hemos de contentar a Dios por los mandamientos y consejos" (6 M 7,9). Por consiguiente, cuanto más se esforzaren en ser fieles a los "consejos" de Cristo, tanto más agradarán a Dios, tanto mejor será escuchada su oración, tanto más trabajarán por la salvación del mundo. He aquí el motivo por qué Teresa -- al principio de su actividad fundacional -- viéndose incapaz de hacer otra cosa por la salvación de las almas, se decide a "seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo" (C1,2).

e. -- Para Teresa está claro que el "consejo" de Cristo por excelencia es el de la pobreza; a tal punto que la expresión "consejos de Cristo" (por otra parte bastante rara) designa explícitamente -- al menos en tres casos -- el consejo único dc la pobreza. Dada la importancia de estos textos, creemos muy conveniente el citarlos por entero. Los dos primeros se hallan en el cap.35 de la Vida, y se refieren a la decisión tan determinada de Teresa de optar, para sí misma y para sus hermanas del monasterio de San José de Avila, por la pobreza absoluta, con renuncia total a las rentas: "Me era gran regalo pensar de guardar los consejos de Cristo Señor nuestro". "Yo le respondí (al P. Ibáñez) que para no seguir mi llamamiento y el voto que tenia hecho de pobreza y los consejos de Cristo con toda perfección, que no quería aprovecharme de teología" (V 35,2.4). El otro texto se encuentra en el capítulo segundo del Camino de perfección que trata precisamente de la pobreza perfecta. Teresa anima a sus hermanas a practicarla, mostrándoles la dicha que sentirán en ello; no tienen que buscar otra recompensa fuera de ésta: "Y cuando no hubiere ninguno (premio) si no cumplir lo que nos aconsejó el Señor, era grande la paga imitar en algo a Su Majestad" (CE 2,7) (cf CV ibid.).

2) ¿En qué consiste el estilo de pobreza vivido por los Apóstoles?

Consiste en que se inspira esencialmente en los "consejos" que Cristo les diera en este terreno. Ahora bien, los "consejos" que Cristo les dio, primeramente comenzó a practicarlos él mismo. Por consiguiente, la pobreza "apostólica" (en el segundo sentido) no es otra cosa, en definitiva, que una imitación de la pobreza del mismo Cristo. El, siendo rico, se hizo pobre para salvar a los hombres. De este modo, quien quiera "ayudarle" en esta obra de la. salvación del mundo, tendrá que hacerse pobre como él. Esto lo podrá realizar contemplando a Cristo como modelo, optando por un género de vida semejante en lo posible al de los Apóstoles. Concretamente, esto significa para Teresa volver a la Regla primitiva del Carmelo, que establecía precisamente un estilo de pobreza totalmente "apostólico".

a. -- La imitación de la pobreza de Cristo. En dos ocasiones establece Teresa una unión explícita entre la práctica de los "consejos evangélicos", es decir, entre la pobreza y la imitación de Cristo. En el primer texto nos muestra ella la incompatibilidad absoluta existente entre la práctica de los "consejos de Cristo" y el apego al "punto de honra", una de las formas más perniciosas de la riqueza. Oigámosla: "Andas procurando juntarte con Dios por unión, y queremos seguir sus consejos de Cristo, cargado de injurias y testimonios, "y queremos muy entera nuestra honra y créditos? -- No es posible llegar allá, que no van por un camino" (V 31,22). El segundo texto se encuentra en la única redacción del Camino de perfección del manuscrito de Valladolid. Acabamos de citarlo en la redacción del Escorial, hablando del consejo de pobreza. La segunda redacción añade estas pocas palabras: "Era grande la paga imitar en algo a Su Majestad" (CV 2,7).

El primero de los dos textos nos muestra, por otra parte, cuánto hay que profundizar hasta poder percibir en toda su fuerza y verdad la pobreza de Jesucristo. Este fue pobre, no sólo porque vivió en material desnudez, sino porque fue humillado y rechazado por los hombres. El pobre que Teresa contempla en Jesús es, por tanto, aquel que la Escritura designa con el nombre de Servidor de Dios; aquel que recapitula en sí mismo y lleva a su última perfección toda la justicia y santidad de los Pobres de Yahvé, sobre todo de María, la Madre de Jesús, reina de los Anawim. Con ocasión de la fundación de Toledo, díjole Jesús a Teresa: "Mucho te desatinará, hija, si miras las leyes del mundo. Pon los ojos en mí, pobre y despreciado de él" (R. 1570, Toledo).

Jesús fue pobre desde el primer momento de su concepcíon en el seno de María su Madre: "Mas ¡qué cosa de tanta admiración, que hinchara mil mundos con su grandeza, encerrarse en cosa tan pequeña (como el palacio de mi alma)! Así quiso caber en el vientre de su Sacratísima Madre" (CE 48,3). Después quiso él nacer en Belén en la más completa desnudez (C 2,9; F 3,13; 14,6). A Teresa le gusta presentar a sus hermanas el misterio insondable de la pobreza de Dios hecho hombre, hablándoles de "las lágrimas del recién nacido, de la pobreza de su madre, de la dureza del pesebre, del rigor del tiempo y de la falta de acomodo del establo" (Entretenimiento en las carmelitas de Valladolid, la vigilia de Navidad, 1568, Reforma, T 1, L II, c.16,2). Hay que leer asimismo la página deliciosa en la que describe ella la escena de la Presentación en el Templo: "Tampoco no vía el justo Simeón más del glorioso Niño pobrecito que en lo que llevaba más pudiera juzgarle por romerito hijo de padres pobres que por Hijo del Padre Celestial ..." (CE 53,2). Durante su vida pública, no teniendo Cristo donde reposar la cabeza, tuvo que contentarse muchas veces con dormir al sereno (cf V 33,12). Pero el punto culminante de la pobreza lo alcanza Cristo cuando muere en la Cruz, desnudo de todo y abandonado de todos (V 35,3; CV 2,9). Este misterio se prolonga admirablemente en el de la Eucaristía (F 3,13).

b. -- La imitación de la pobreza de los Apóstoles. Poniendo en práctica los consejos de pobreza que les diera Jesús, fueron los Apóstoles sus primeros imitadores. Ellos nos ofrecen, además, el modelo por excelencia, inspirado directamente por Cristo, de toda forma de vida comunitaria que pretende apoyarse en la pobreza del Evangelio.

Ellos constituyen, con el y a su alrededor, el nuevo Israel de los verdaderos Pobres de Yahvé. También ellos, lo mismo que el Maestro, han sido rechazados y humillados pon los hombres: "Oh gente ilustre!, dice Teresa. Abrid por amor de Dios los ojos; mirad que los verdaderos caballeros de Jesucristo y los príncipes de su Iglesia, un San Pedro y San Pablo, no llevaban el camino que lleváis. "Pensáis por ventura que ha de haber nuevo camino para vosotros? No lo creáis" (F 10,11). Y continúa la Santa pensando en los y en las Carmelitas: "No debe querer su Majestad que nos honremos con señores de la tierra sino con los pobrecitos -- como eran los Apóstoles -- y así no hay que hacer caso de ello" (Cta del 17 de sept. 1581,3). San Pedro, el jefe del colegio apostólico, no era más que un simple pescador de Galilea (CV 27,2). San Pablo trabajaba para ganarse el pan (Cons 2,1.6). Lo mismo que al joven rico, Jesus exige a sus discípulos abandonarlo todo para seguirle (3 M 1,5). El les pide que se abandonen sin reservas a la Providencia divina en todo lo que concierne su subsistencia material (C 2,2). Conforme al consejo de Cristo, sus discípulos de la primitiva Iglesia ponían sus bienes en común, distribuyéndolos entre sí de tal manera que ninguno padeciese miseria (F 29, 27).

c. -- Pobreza "apostólica" de la Regla primitiva.

Refiriéndose a la necesidad que tienen las Ordenas religiosas de ser reformadas, Teresa nos da la clave, para interpretar sus propias fundaciones: "Siquiera que hubiese un dibujo de lo que pasó Cristo y sus Apóstoles, pues ahora más que nunca es menester" (V 27,15). Este dibujo lo encuentra ella perfectamente esbozado en la Regla del Carmen, sobre todo en lo que dice relación a la pobreza, renunciando a toda propiedad (V 35,2.3); con la obligación que incumbe a cada uno de trabajar para ganarse el pan (Cons 2,6); con referencia explícita a la enseñanza y al ejemplo de San Pablo (ibid y 2,1); con obligación de ponerlo todo en común.

Tal es el tipo de pobreza que Teresa quiere ver florecer en sus monasterios. Lo mismo que en otros terrenos, ella no propone aquí a sus hermanas nada que no estuviere ya en la Regla primitiva. Ellas encontrarán cn ésta una reproducción exacta de la pobreza "apostólica, condición necesaria para que sus oraciones puedan ser escuchadas: "Pues con que procuremos guardar cumplidamente nuestra Regla y Constituciones con gran cuidado, espero en el Señor admitirá nuestros ruegos; que no os pido cosa nueva, hijas mías, sino que guardemos nuestra profesión, pues es nuestro llamamiento ..." (CV 4,1). Para Teresa hay una correspondencia absoluta entre estas dos fórmulas: "seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese" (C 1,24 y "guardando mi Regla con la mayor perfección que pudiese" (V 32,9).

¿Qué significa esto concretamente para las Carmelitas? Es lo que vamos a examinar ahora con sumo cuidado.

­ II ­

EL FUNDAMENTO BASICO: ABANDONO ABSOLUTO A LA PROVIDENCIA

La médula del "consejo" de pobreza, dado por Cristo a sus Apóstoles, consiste en la invitación que les hace a entregarse incondicionalmente a la Provindencia divina en todo lo que concierne su sostenimiento material, sin inquietud y con absoluta confianza: "No os acongojéis por vuestra vida, que comeréis, ni por vuestro cuerpo, de qué os vestireis ... Como hacen los paganos, los cuales andan tras todas estas cosas ... Así que, buscad primero el reino de Dios y su justicia; y todas las demás cosas se os darán por añadidura" (Mt 6,25-33).

En dos ocasiones hace alusión Teresa a este texto del Evangelio, como fundamento de su manera de entender la pobreza, ya se trate de su vida personal (R 1,21), ya de la de las carmelitas (C 2,2). Mas se puede decir que él le sirve de fundamento de todo su pensamiento. Una afirmación se repite continuamente bajo su pluma; cual estribillo de eco evangélico; afirmación que en pocas palabras condensa toda su manera de entender la pobreza: "Así que, si de veras os dais a Dios como lo decís, descuidaos de vos, que El tiene el cuidado y le tendrá siempre" (CE 61,1). "Si con todas sus fuerzas procuren contentar al Senor, Su Majestad tendrá cuidado de que no les falte" (Cons 2,1).

Aunque para Teresa lo primero que se quiere destacar aquí es una actitud de fe en la palabra de Cristo (C 2,2), sin embargo, dicha fe viene avalada por la experiencia. Por eso no titubea en llamar la atención sobre la experiencia vivida por las hermanas de San José de Avila, a fin de robustecer su convicción. Los acontecimientos que rodearon la fundación de este monasterio son todavía recientes. En un primer ciempo, esta fundación había suscitado una violenta hostilidad de parte de gran numero de los habitantes dc la ciudad, furiosos de verse obligados a alimentar nuevas bocas, cuando apenas podían llegar a remediar las necesidades de los monasterios ya existentes. Pero a continuación, serenados ya los ánimos, las hermanas contemplativas maravilladas por los cambios imprevistos, de los que no era difícil adivinar la causa: "Comenzó el Señor, dice Teresa, a mover a los que más nos habían perseguido para que mucho nos favoreciesen e hiciesen limosnas" (V 36,35). Refiriéndose a este mismo hecho, la Santa se dirige a sus hermanas invitándolas a ver en ello una invitación suplementaria a abandonarse con entera confianza a la Providencia divina: "Los ojos en vuestro esposo; él os ha de sustentar. Contento él, aunque no quieran, os darán de comer los menos vuestros devotos, como lo habéis visto por experiencia" (C 2,1).

1) Fundamento de la actitud de abandono

Lejos de asombrar a Teresa, tales no han hecho sino confirmarla más en su fe inquebrantable en la Providencia. Respecto a lo que ella algunas veces llama "razón natural" (cf V 32, 13), tal actitud podría ser tachada de "locura" pura y simple. Pero en realidad, cuando la inteligencia humana se deja iluminar por la fe, no puede ver en ello más que la manifestación de una sabiduria suprema: por tanto se ve como muy razonable abandonarse incondicionalmente a la solicitud paterna del Creador del mundo.

a. -- Todo pertenece a Dios y todo viene de él. Cualesquiera que sean los medios por los que nos llega lo que necesitamos para nuestra subsistencia, en definitiva es de Dios de quien lo recibimos. En cuanto Creador y Maestro del universo, él es la "riqueza misma" (CE 37,6). Todo le pertenece. Los "propietarios" y "renteros" de aquí abajo no son, de hecho, más que "administradores" de las riquezas de Dios; él es "el Señor de las rentas y de los renteros" (C 2,2). El les confía sus bienes en "administración", a fin de que pueden servirse de ellos para su propia subsistencia, para los miembros de su familia y --una vez satisfechas sus necesidades personales -- atender también en lo posible a aquellos que se hallan privados del minimum para vivir. Así como los administradores entre los hombres tienen que entregar cuentas exactas al dueño de los bienes confiados, lo mismo sucederá con los ricos cuando se presentan a rendir cuentas a Dios, Señor de todo (CAD 2,8.9). ¡Pero le resulta tan fácil al hombre apegarse a los bienes materiales! ¡Y le es, por otra parte, tan difícil separse de ellos para repartirlos entre los pobres! (cf CAD, ibid; CE 66,7; 3 M 2,3.4). Por eso, solo Dios, en definitiva, es capaz de "tocar el corazón" para moverlo a una obra de compasión tan bella (C 2,2). Esta es la razón por la cual las hermanas no tienen que olvidarse nunca de mostrarse agradecidas hacia sus bienhechores, en especial rogando por la salvación de sus almas, ya que el Bienechor por excelencia, a quien hay que rendir gracias, es el mismo Señor, puesto que "todo nos viene de su mano" (C 2,10).

Lo mismo ocurre con el pan que las hermanas se procuran con su propio trabajo; también éste les es dado por Dios: "Ayúdense con labor de sus manos, como hacía san Pablo, que el Señor las proveerá de lo necesario" (Cons 2,1).

b.-- Dios nos da todo lo que necesitamos. Esto se funda en lo que Santa Teresa del Niño Jesús llamará con la mayor simp1icidad "la manera de ser dc Dios", aquella "manera de ser" de la cual nos ha descrito Jesús las diversas manifestaciones, tanto con sus palabras (en el Semón de la montaña), como con el ejemplo de su propia vida.

-- Su amor. Todo el pensamiento de la Santa está profundamente impregnado de la idea de la solicitud infinita del Creador por todas sus criaturas y muy en particular por aquellas, que, como las carmelitas, no tienen otro deseo que el de "buscar el Reino de Dios y su justicia", cumpliendo en todo la voluntad de su Hijo. El es el Padre celestial lleno de ternura para con sus hijos: "En siendo Padre ... hanos de consolar en nuestros trabajos, hanos de sustentar como lo ha de hacer un tal Padre, que forzado ha de ser mejor que todos los padres del mundo, porque en El no puede haber sino todo bien cumplido ..." (CV 27,2). Lo mismo hay que decir de Cristo, cuya voluntad es una con la del Padre celestial. Teresa atribuye a Cristo -- lo mismo que al Padre -- el papel de atender las necesidades de los hombres, y en concreto, de las carmelitas. ¿No es él su Esposo por cuyo servicio han abandonado ellas todo: padres, riquezas, honores, amigos? "Pues nunca, hijas, quita vuestro Esooso los ojos de vosotras" (CV 26,3). Es, pues, él mismo quien se encarga de procurarles todo lo que les es necesario: "Los ojos en vuestro esposo; él os ha de sustentar" (C 2,1). "Dejad ese cuidado -- como ya queda dicho -- a vuestro Esposo, que El le tendrá siempre" (CV 34,4).

-- Su sabiduría. Siendo él la "Sabiduría misma" (V 27,14), sabe mejor que nosotros lo que nos es necesario (cf CV 17,7), y los medios más convenientes para dárnoslo. Privadas de las rentas y de la seguridad material que ellas procuran, las hermanas de San José de Avila podrían verse tentadas a volver la mirada hacia aquellos que las poseen y, por medio de "artificios humanos", atraerse su benevolencia para ser compadecidas. Mas la Sante les advierte con sutileza: "Si, que por vuestro cuidado no muda el otro su pensamiento ni se le pone deseo de dar limosna. Dejad ese cuidado a quien los puede mover a todos, que es el Señor de las rentas y de los renteros" (C 2,2).

-- Su omnipotencia. En otra ocasión emplea Santa Teresa la comparación del Señor y del servidor. Ella se imagina un señor humano que sea bueno y justo para con su servidor. Si esto es así, dice ella, basta que el siervo se contente con hacer lo que su señor espera de él, sin preocuparse por nada del mundo de su propia subsistencia.: esto corresponde exclusivamente al señor. Lo mismo han de hacer las carmelitas con respecto al divino Maestro. Pero Teresa, refiriéndose al primer caso, añade: "Salvo si no es tan pobre que no tiene para sí ni para él. Acácesa esto; siempre es y será rico y poderoso" (CV 34,5).

-- La fidelidad a su promesa. En el Sermón de la montaña Jesús nos ha revelado el rostro de su Padre celestial, quien se preocupa por sus hijos, atendiendo a que no les falte nada de cuanto necesitan para vivir. Y continúa Teresa: "Verdaderas son sus palabras; no pueden fallar; antes faltarán los cielos y la tierra" (C 2,2).

2) Verdadero significado de la actitud de abandono

Por miedo a una interpretación errónea, la Santa se esfuerza de muchas maneras por presentar su pensamiento con claridad, mostrando como conviene entender, y sobre todo vivir, ese abandono incondicional a la Providencia.

a. -- Citemos ante todo dos textos particularmente esclarecedores a este respecto. El primero, sacado de la Primera Relación (1560), se refiere a su vida personal. Ella confía a su confesor que, "hace apenas un año", ha recibido del Señor la gracia de la "libertad" respecto a la preocupación por la subsistencia material del monasterio de la Encarnación; como también el deseo de imitar lo más perfectamente posible a los Santos de otros tiempos en su abandono absoluto a la Providencia. "Querría hallar quien me ayudase a creerlo así, y no tener cuidado de lo que he de comer y vestir, sino dejarlo a Dios". Volviendo a releer este texto algo más tarde, temió Teresa no haberse expresado con la claridad deseada. Por lo cual juzgó necesario añadir al margen las palabras siguientes, con las que precisa su pensamiento sobre un punto de capital importancia: "No se entiende que este dejar a Dios lo que he menester es de manera que no lo procure, mas no con cuidado, que me dé cuidado digo (R 1,21).

El otro texto, de sentido más general, se refiere mas bien a la esencia misma de lo que ella llama "pobreza espiritual" (C 2,3.5). Se halla solamente en la primera redacción del Camino de Perfección. Allí habla Teresa de las personas que viven en el mundo y que, por el solo hecho de haberse dado a la vida de oración, creen haber llegado a la verdadera pobreza, mientras su conducta de cada día muestra precisamente lo contrario, ya que se excitan y sienten inquietud cuando ven puestos en juego sus intereses materiales. La Santa nos da a este respecto una definición magnífica de la pobreza espiritual; definición llena de profundidad y equilibrio: "No digo yo que lo deje, sino que lo procure, si fuere bien ... Porque el verdadero pobre tiene en tan poco estas cosas, que ya que por algunas causas las procura jamás se inquieta, porque nunca piensa la ha de faltar, y que le falte, no se le da mucho; tiénelo por cosa accesoria y no principal; como tiene pensamientos más altos, a fuerza de brazos se ocupa en estotros". (CE 66,7).

b. - ¿Cómo entender el abandono?

Estos dos textos disipan, si fuere necesario, todo riesgo de equívoco. Abandonarse sin reservas a la divina Providencia significa:

-- Hacer todo cuanto dependa de nosotros. El verdadero abandono no pueden significar, en ningún caso, descuido, imprevisión, rechazo de esfuerzo, actitud irresponsable o infantil, pasividad, pereza, parasitismo. "Ayúdate y el cielo te ayudará". La verdadera pobreza no mira altiva y despectivamente los bienes materiales. La Santa sabe que nosotros necesitamos de ellos para vivir. "Hacer todo cuanto dependa de nosotros" significa sencillamente: No exponernos a causa de nuestra pereza o negligencia a que nos falte lo necesario; colaborar con nuestro humilde esfuerzo en la obra misericordiosa y compasiva del Padre celestial, que da de comer al más pequeño de los pájaros. Esto significa que la Providencia divina no nos dispensa de trabajar en los dos puntos siguientes: previsión y esfuerzo para procurarnos nuestro pan de cada día. Ahí tocamos el meollo mismo del pensamiento teresiano, cuyo equilibrio hemos de respetar cuidadosamente, mientras admiramos su profundidad y coherencia.

-- Pero no debemos inquietarnos nunca. Hay una inquietud buena y otra mala. La buena es la que busca los "bienes verdaderos", las "verdaderas riquezas", es decir, "el Reino de Dios y su justicia", en una palabra, al mismo Jesús: "¡Oh Riqueza de los pobres, y qué admirablemente sabéis sustentar las almas!" (V 38,21). Ese es el tesoro escondido que hemos de buscar con todas nuestras fuerzas, sin cansarnos nunca (5 M 1,3), y que nos hace morir de gozo cuando llegamos a descubrirlo (V 38,20). Ese es el bien que hemos de desear, no sólo para nosotros mismos, sino también para todos los hombres, y más especialmente para aquellos que, ricos o pobres, se apegan a los bienes materiales, con peligro de apartarse de las solas riquezas que merecen ser deseadas, las del alma. La inquietud mala es la que busca con afán y turbación interior las riquezas materiales, superfluas o necesarias. Esta proviene de falta de fe, y de dos modos diferentes. En primer lugar por dar importancia a lo que no debería tenerla. Y luego por olvidar más o menos voluntariamente la promesa del Padre celestial de no abandonar jamás a sus hijos: "El verdadero pobre tiene en tan poco estas cosas, que ya que por algunas causas las procura jamás le inquieta, porque nunca piensa le ha de faltar, y que le falte, no se le da mucho ..." (CE 66,7).

Concretamente para las Carmelitas, esto supone que ellas tienen que contentarse con lo que Dios les da, ya que él sabe mejor aun de qué tienen necesidad. Por tanto, lo primero que tienen que buscar a toda costa es la paz interior, tan necesaria para su vida contemplativa.

III

LA CUESTION DE LAS RENTAS, CUESTION "APOSTOLICA"

Santa Teresa pide al Superior encargado de la visita de sus monasterios que investigue "muy particularmente la ración que se da a las monjas y cómo se tratan, y las enfermas, y mirar que se dé bastantemente lo necesario" (NVC 1.1). La vemos constantemente preocupada por este punto: que cada una de las hermanas reciba todo cuanto necesite para su subsistencia. El problema que se le plantea, a propósito de lo "necesario", es el conciliar las dos exigencias que acabamos de evocar: abandonarse incondicionalmente a la Providencia divina; y sin embargo hacer todo lo que conviene y es posible para que cada una pueda vivir con decencia.

La cuestion se agudiza de manera especial cuando se trata de hallar la fórmula sobre la que tiene que apoyarse toda la subsistencia del monasterio. ¿Cómo asegurarle el mínimum de seguridad material que él necesita? Las comunidades religiosas esistentes en su época le ofrecen dos fórmulas de solución:

-- Una que se podría calificar de "corriente" y que sería canonizada por el Concilio de Trento en su Decreto "De Regularibus" (Sesión 25, cap.3), un año después de la fundación de San José de Avila: El monasterio posee rentas, es decir, principalmente tierras y propiedades rurales, cuyos productos permiten a la comunidad el poder vivir, siempre que el número de las personas que la componen no exceda a sus recursos. Esto dista mucho de ser el caso del monasterio de la Encarnación, cuyos recursos no permiten alimentar decentemente más que un tercio de las hermanas! ¿Qué sucede, pues? Que cada una se arregla como puede, resultando de ello los inconvenientes fáciles de imaginar en todos los órdenes: deficiencias en la práctica de la pobreza individual, desigualdad entre las hermanas, turbación continua del recogimiento. La solución ofrecida por las rentas es, pues, relativamente sencilla: es necesario y conveniente que éstas sean proporcionadas al número de las religiosas. Así podrán ellas vivir en paz.

-- La otra solución es la adoptada por el movimiento de reforma de la Orden de San Francisco, Capuchinos y Franciscanos Observantes. En España su principal representante es San Pedro de Alcántara, quien la expone en una carta de fuego dirigida a Santa Teresa, joya de la literatura espiritual sobre la pobreza (Cta. del 14 abril 1562). Esta solución puede ser calificada de "radical" en la medida en que se renuncia voluntariamente, por amor de Cristo pobre, a toda forma de rentas o seguridad material, esperando sólo de Dios el alimento, puesto que él no deja de darlo jamás a cuantos ponen en él su confianza.

1) Mutaciones adoptadas por Teresa

No es posible reproducir aquí las historia de esta cuestión tan conocida y que apasiona de tal manera hasta merecer un estudio por sí sola. Recordemos solamente los hechos más salientes.

Hasta 1568 la Santa no ve posible para sus monasterios otra fórmula que la adoptada por San Pedro de Alcántara para sus Frailes Descalzos: a saber, la "radical" de la pobreza absoluta y de la renuncia a las rentas. A principios de 1562 viene ella a conocimiento, con gran satisfacción, de que esta fórmula es la misma que observaba la Orden del Carmen en sus orígenes (V 35,2; C 2,7). Las primeras Constituciones de Avila llevan las huellas bien marcadas de esta decisión: "Hase de vivir de limosna siempre sin ninguna renta" (Cons 2,1).

A partir de 1568, con la fundación de Malagón, acepta ella, no sin reticencias, el principio de las rentas para las fundaciones en pueblos, es decir, en lugares tan pobres que no se pueda contar con limosnas en cantidad suficiente. Pero ella sigue fundando monasterios en régimen de pobreza absoluta cada vez que esto le resulta posible, o sea, concretamente en las ciudades grandes.

Poco más de un año antes de su muerte, escribe al P. Gracián para darle instrucciones con miras a la nueva redacción de sus Constituciones que tenían que ser aprobadas por el próximo Capítulo de los Carmelitas en Alcalá. Una de estas instrucciones concierne precisamente a la evolución que se ha ido dibujando desde el principio de las fundaciones a propósito de las rentas: "En nuestras constituciones dice sean de pobreza y no puedan tener rentas. Como ya veo que todas llevan camino de tenerla, mire si será bien se quite esto y todo lo que hablase en las constituciones de esto, porque quien las viere no parezca se han relajado tan presto, y que diga el padre comisario que, pues el concilio da licencia, la tengan" (Cta 21 febrero 1581,9). De hecho, las Constituciones de Alcalá responden al deseo expresado por Teresa en esta carta: "Se tiene que vivir de limosnas y no poseer ninguna renta cuando los conventos están situados en cuidades importantes y ricas, donde esto se pueda realizar; en los pueblos donde las limosnas solas no pudieran ser suficientes para permitir el vivir las hermanas, en tal caso podrán tener rentas en común" (Const Alcalá, cap. VII, Sobre la pobreza y lo temporal).

De los dieciséis monasterios fundados por Teresa, nueve están bajo el régimen de la pobreza absoluta (Avila, Medina del Campo, Valladolid, Toledo, Salamanca, Segovia, Sevilla, Palencia, Burgos) y siete bajo el régimen de rentas (Malagón, Pastrana, Alba de Tormes, Beas, Caravaca, Villanueva de la Jara, Soria).

2) Razón de las mutaciones teresianas: de orden "apostólico"

Aunque parezca paradógico a primera vista, sin embargo se puede afirmar que son las mismas razones las que han empujado a Teresa a adoptar un sistema o el otro: se trata de razones esencia1mente apostólicas. Podemos resumir así su postura: Preferencia netamente marcada por el principio de la pobreza absoluta; aceptación serena del de las rentas cuando no existan otros recursos posibles. Tanto en un caso como en el otro, el último criterio es el mismo: la salvación de las almas. Cuando sea posible, es preferible, para la salvación de las almas, fundar sin rentas: cuando esto no sea posible, el mismo objetivo apostólico pide que se sacrifique lo que, en sí mismo, es más perfecto.

a.-- ¿Por qué prefiere Teresa el principio de la pobreza absoluta?

Empecemos por establecer bien el hecho y la amplitud de esta preferencia. Es evidente, en primer lugar, que la Santa prefiere la pobreza absoluta en aquello que le concierne personalmente. Nos bastará citar el siguiente texto de la Vida (el cual representa el resultado de su evolución en este terreno), descrito en las dos primeras relaciones (R 1560,16 y 21; R 1562, 4). "A ser yo sola, poco ni mucho me detuviera (en escoger la pobreza absoluta), antes me era gran regalo pensar de guardar los consejos de Cristo Señor nuestro, porque grandes deseos de pobreza ya me los había dado Su Majestad. Así que para mí no dudaba ser lo mejor; porque días había que deseaba fuera posible a mi estado andar pidiendo por amor de Dios y no tener casa ni otra cosa" (V 35,2).

Pero ¿y respecto a sus hermanas? En un primer tiempo, ella vacila: "Más temía que, si a las demás no daba el Señor estos deseos, vivirían descontentas" (V, ibid). En estas últimas palabras hay toda una teología del "carisma". Teresa está segura de haber recibido de Dios el deseo de vivir lo más pobremente posible, a la manera "apostólica"; pero no está todavía segura de que tal "carisma" tenga que ser transmitido a sus hermanas. He aquí por qué pregunta ella a "letrados" y "espirituales". La opinión de Pedro de Alcántara la arrebata en seguida por encima de la del "sabio" Ibáñez (V 35,4.5) (el "letrado" razonará bien pronto como "espiritual" (V 35,6). La fundadora ha tomado su decisión: el monasterio tendrá que renunciar a las rentas y vivirá de la sola confianza en la Providencia. Avila, Medina del Campo, Valladolid serán fundados conforme a este principio.

Pero ¿no se puede decir que a partir de 1568 y de la fundación de Malagón van a cambiar las cosas? Quizá podríamos responder de la siguiente manera: Es verdad que el pensamiento de Teresa se perfila sensiblement a partir de este momento, pero sería falso decir que él se transforma substancialmente. Los consejos del P. Báñez, la experiencia adquirida por la Santa y su reflexión le permiten atenuar lo que había un tanto de abrupto en su manera de ver anterior, estrechamente inspirada por Fray Pedro de Alcántara, "bien amador de la pobreza" (V 35,5). Pero sería exageración hablar de "victoria" de los "teólogos" y de los "letrados" sobre los "espirituales". En efecto, Teresa sigue pensando que es preferible fundar sin rentas, siempre que esto sea posible, aun teniendo que afrontar las mayores dificultades u oposiciones de parte de las autoridades eclesiásticas, como sucedió prácticamente casi siempre (ver en especial el relato de las fundaciones de Toledo, Sevilla, Burgos). Y sobre todo tenemos esta afirmación categórica de la Santa que no deja ninguna especie de duda sobre sus preferencias: "Para hacer muchos monasterios de pobreza sin renta, nunca me falta corazón y confianza, con certidumbre que no les ha Dios de faltar; y para hacerlos de renta y con poca, tomo de falta; por mejor tengo que no se funden" (F 20,13).

Vengamos ahora a la cuestión de fondo: ¿Cómo se explica esta preferencia de Teresa? ¿Por qué en sí la renuncia a las rentas es una manera más perfecta ("lo mejor" de cumplir "los consejos de Cristo"? (V 35,2). Sin duda ninguna. El no tener rentas es "más conforme a la Regla del Carmen y más perfecto" ("vía ser más perfección") (V 35,2), no solamente para Teresa personalmente, sino también para sus hermanas. Ante los argumentos de sus amigos "teólogos", que a veces la impresionan hasta casi ganar su convicción, la contemplacion de Cristo en la cruz disipa todas sus dudas: "En tornando a la oración y mirando a Cristo en la cruz tan pobre y desnudo, no podía poner a paciencia ser rica; suplicábale con lágrimas lo ordenase de manera que yo me viese pobre como El" (V 35,3).

Pero hay que buscar más profundidad a las razones de Teresa. Su manera de concebir la práctica radical de la pobreza por la renuncia a las rentas merece ser llamada "apostólica", no solamente porque imita más de cerca la pobreza de los mismos Apóstoles, fieles a poner en práctica el "conscjo" de Cristo, sino porque, en último término, se muestra más eficaz en el plano apostólico de la salvación de las almas. Ahora, bien, la manera "más perfecta" de seguir el "consejo" de Cristo es precisamente la del "santo" Fray Pedro de Alcántara y de sus amigos Franciscanos; ésta fue la misma de los primeros ermitaños del Monte Carmelo. La conclusión está clara: esta manera de vivir es la más poderosa sobre el corazón de Dios, por ser una manera que pueda llevar hasta el heroismo. Para mostrar a sus hermanas hasta qué punto han de estar dispuestas a llegar en la práctica de este abandono radical, evoca Teresa una hipótesis que, por otra parte, no se realiza jamás: "Si haciendo vosotras esto muriérais de hambre, ¡bienaventuradas las monjas de San José!" ¿Cuál es, pues, la razón de una "bienaventuranza" tan sorprendente? La primera redacción del Camino nos la da: es una razón de orden apostólico: "Aquí os digo yo serán aceptas vuestras oraciones, y haremos algo de lo que pretendemos" (CE 2,1). Aquí nos hallamos ante un "texto-límite", y es por lo que sin duda Teresa no lo ha reproducido en la segunda redacción (la de Valladolid): este es el que explica su gran eficacia demostrativa.

El principio del Camino de Perfección dice, de la manera más explícita, que la razón última que movió a Teresa a escoger la pobreza absoluta para su primer monasterio, en vez del sistema de rentas, fue una razón de orden apostólico: los males de Francia: "Al principio que se comenzó este monasterio a fundar ... no era mi intención hubierta tanta aspereza en lo exterior ni que fuese sin renta, antes quisiera hubiera posibilidad para que no faltara nada" (C 1,1). Lo que la hizo cambiar de parecer fueron las informaciones que recibió de Francia, durante su permanencia en Toledo, en casa de su amiga Dona Luisa de la Cerda, a principios de 1562 (V 35).

b.-- Por qué acepta Teresa algunas veces el principio de las rentas

Podríamos responder que se trata en estos casos de razones estrictamente apostólicas. Del mismo modo que nos hemos detenido largamente sobre el monasterio de Avila - el primero en la serie de conventos "de pobreza" absoluta -, habrá que hacer lo mismo con el de Malagón - el primero para el que aceptó ella rentas -, lo mismo que para el de Alba de Tormes.

La persona que más ayudó a la Santa a perfilar su pensamiento sobre el tema de la pobreza fue un "letrado", el Padre Báñez, su confesor. Le vemos intervenir en dos momentos de importancia capital, aquellos en los que ella se pone la cuestión sobre si puede aceptar las propuestas de fundación que se le hacen en dos poblados, donde no se puede soñar con vivir de limosnas, a causa del muy reducido número de habitantes y de su extrema pobreza: son los dos pueblos que acabamos de mencionar. La primera reacción de Teresa es francamente negativa con respecto a Malagón (F 9,2), y por lo menos reticente en el caso de Alba de Tormes (F 20,1), siempre por la misma razón: "Era menester que tuviese renta, que mi inclinación era a que ninguna tuviese" (ibid.). En ambos casos la reaccion de Báñez es la misma: él "regaña" a la fundadora y la incita a aceptar las propuestas que se le hacen. Las razones del teólogo pueden reducirse a tres: 1) El Concilio de Trento autoriza tal género de fundaciones. ¿Por qué querer ser más rigurosos que el mismo Concilio? 2) El hecho de tener rentas "ninguna cosa hacía para ser las monjas pobres y muy perfectas" (F 20,1). 3) La expansión de la Orden es un bien superior a la práctica "radical de la pobreza. "(El me respondió) ... que no se habla de dejar de hacer un monasterio, adonde se podía tanto el Señor servir, por mi opinión" (F 9,3).

En definitiva, es el tercer argumento el que produce más eficacia en el corazón de Teresa para decidirse a fundar monasterios sin rentas: al fin se trata de un argumento de valor apostólico. Extender lo más posiblemente el numero de los "palomarcitos de la Virgen", es trabajar en la obra de la salvación de las almas, obra tan urgente que exige no perdamos ni un solo minuto. Teresa acepta sacrificar algo más perfecto, a fin de alcanzar el bien superior de la salvación de las almas. En cierta manera es renunciar a otra renuncia. Pero ella pone tres condiciones a su aceptación:

1) No aceptar las rentas más que en los casos en que no se pueda hacer de otra manera, es decir, en los pueblos pequeños y tan pobres, que no sean capaces de atender al monasterio con sus limosnas. Se trata, pues, en definitiva, de una razón de orden socio-económico, que nos muestra el buen sentido y el realismo de Teresa. Ella ha podido constatar en diversas ocasiones, y sobre todo en Avila que por ser monasterio de pobreza en todas partes es dificultoso, incluso en las grandes ciudades, donde habitan personas ricas y generosas y en número suficiente (F 3,1). A medida que pasa el tiempo, no cesa, por otra parte, de aumentar la dificultad, hasta tal punto que la fundadora, casi al fin de su vida, está dispuesta a no aceptar el proyecto de fundación en la gran ciudad de Pamplona, si no es con la sola condición de que el monasterio sea provisto de rentas (última carta conservada, 15-17 sept. 1582, n.6). Pero también es verdad, asimismo, que hasta esta época, Teresa prefirió afrontar las peores dificultades, provenientes casi siempre dc la hostilidad de los obispos - por ejemplo en Sevilla y Burgos - antes que renunciar a fundar en absoluta pobreza, maxime si se trataba de ciudades populosas.

2) Hacer lo posible para que las rentas sean abundantes y suficiences, a fin de que el monasterio pueda dar a cada unas de las hermanas, especialmente a las enfermas, todo cuanto necesiten para vivir, sin tener que recurrir a sus parientes o amigos, como ocurría en el monasterio de la Encarnación, con gran detrimento del fervor religioso, de la distribución familiar y del recogimiento contemplativo. "Yo siempre he pretendido que los monasterios que fundaba con renta la tuviesen tan bastante que no hayan menester las monjas a sus deudos ni a ninguno, sino que de comer y vestir les den todo lo necesario en la casa, y las enfermas muy bien curadas, porque de faltarles lo necesario vienen muchos inconvenientes" (F 20,13). El mismo Señor le prometió que en los conventos de renta "él nos ayudaría para que nunca faltase" (R 1570, Malagón, n.2). En una carta que data probablemente de fines de 1579 o de principios de 1580, Santa Teresa pide al mismo Padre Gracián que vele cuidadosamente para que la suma de las rentas se establezca conforme al costo de la vida (Cta de diciembre de 1579).

3) A parte el sistema de las rentas, no tiene que haber ninguna diferencia entre los monasterios subvencionados y los que no lo están. Cuando se trató de fundar en Malagón, Teresa estuvo muy atenta a legislar sobre este puntó: "Pusiéronme todas las fuerzas que pude para que ninguna poseyese nada, sino que guardasen las Constituciones en todo, como en estotros monasterios de pobreza" (F 9,4). Esta disposción pasará íntegramente a las Constituciones de Alcalá (1581): "A excepción de las rentas, no debe haber ninguna diferencia entre los monasterios abastecidos y los que viven en pobreza absoluta" (Cap.7, "De la pobreza y de lo temporal").

Si se cumplen estas condiciones, se realiza entonces la palabra que el Señor dijo un día a Teresa: "que tanto podrían merecer con deseo de hacer lo que en las otras" (R 1570, Malagón, n.2).

Hemos de examinar con más detenimiento el contenido de esta Relación, pues es ella la que nos da la clave del problema que suscita la decisión de Teresa con respecto a la aceptación de rentas en los poblados pequeños. La motivación es esencialmente de orden misionero. Ella constata con dolor cómo los puebos se ven muy abandonados acerca de la vida cristiana (por ejemplo, Tordillos junto a Alba de Tormes, o Duruelo) (F 20,2, 14,8). Teresa sufre a causa de dicho abandono, que ocasiona dolor también a Cristo. Con ocasión de la visión de Malagón, le hizo comprender el Señor que, las heridas ocasionadas por la corona de cspinas no eran nada junto a las que le ocasionan actualmente los pecados de los hombres. Pero él añadió en seguida que los monasterios de carmelitas le consuelan de todas estas ofensas que se le hacen, "pues allí encuentra él su descanso, en compañía de las almas que allí se hallan".

Desde entonces se disipan todos los escrúpulos de la Santa, lo mismo que la nieve al sol. En efecto, le dijo el Señor: "Que no era ahora tiempo de descansar, sino que me diese priesa a hacer estas casas, que con las almas dellas tenía El descanso; que tornase cuantas me diesen, porque havía muchas que por no tener adonde no le servían, y que las que hiciese en lugares pequeños fuesen como ésta, que tanto podían merecer con deseo de hacer lo que no las otras ..." (R 1570 Malagón, ibid). Para Teresa tales palabras son sagradas. Desde ahora toma ella como un deber aceptar todas las propuestas de fundación que se le hagan, incluso en los pueblos pequeños o en el campo; y no querrá para estas últimas otro régimen que el de las rentas: "Que o no se ha de hacer, o ha de ser así, porque no hay cómo se puede sustentar" (F 24,17).

­ IV ­

CON O SIN RENTAS, UNA POBREZA A IMAGEN DE LA DE LOS APOSTOLES

Hemos visto con qué determinación se empleó Santa Teresa en disipar todas las diferencias que se hubieran podido introducir en sus monasterios a causa de la cuestión de las rentas. El Señor mismo, con ocasión de la famosa visión de Malagón, le sugiere un medio muy eficaz para custodiar tal unidad: "Que procurase anduviesen todas debajo de un gobierno de prelado" (R febrero 1570, n.2).

El otro medio consiste en fijarles exactamente el mismo ideal de pobreza en todo aquello que no toca la cuestión de las rentas en particular. Ahora bien, este ideal estaba ya descrito en la Regla primitiva del Carmen, y llevado a la práctica por el mismo "colegio apostólico" y por la comunidad primitiva de Jerusalén.

Se podría resumir en tres puntos:

1) Las hermanas tienen que hacer tienen que hacer todo cuanto dependa de ellas;

2) contentarse de lo necesario que Dios les da, disipando toda inquietud;

3) poner todas las cosas en común.

1) Las hermanas tienen que hacer todo cuanto dependa de ellas

La convicción básica que anima a Teresa y que ella desea transmitir a sus hermanas es, como ya lo hemos visto, que todo lo que es necesario para su subsistencia les viene, en definitiva, de Dios solo. Esto es verdad no sólo para los monasterios bajo régimen de pobreza absoluta (Const Avila 2,1), sino también para los que están provistos de rentas. Con respecto a éstos últimos le había prometido Cristo: "Que él ayudaría para que nunca faltase" (R febr. 1570, loc.cit.). Esto no significa que las hermanas no tienen que hacer nada de su parte. La ayuda del cielo les es asegurada, en efecto, a condición de estos dos requisitos: 1) "Como no quieran más y se sustenten sin regalo"; 2) "Si con todas sus fuerzas procuran contar al Señor" (Const Avila, loc.cit.).

Por el momento sólo consideraremos la segunda condición. ¿Qué significa concretamente para las Carmelitas "dedicarse con todas sus fuerzas a contentar al Señor?" Digamos, en primer lugar, que esto se aplica a toda su vida. Si desean que el Señor les dé el alimento necesario, tienen que ser carmelitas perfectas, o al menos tender a ello "con todas sus fuerzas". ¿Qué sucedería si no fuera así? En un texto muy audaz de la primera redacción del Camino de perfección ha querido Teresa considerar esta hipótesis. Aunque por delicadeza hacia sus hermanas, ella se la haya aplicado a sí misma, sin embargo, es evidente que la lectura se dirige a todas. La respuesta es categórica: Si una carmelita no se esfuerza, en cuanto le es posible, en tender a la perfección de su vocación, que se abstenga de pedir a Dios el alimento que necesita, pues ¿de qué le sirve vivir si no es para servir a Dios con todas sus fuerzas? Respuesta tan categórica que Teresa no ha querido reproducir en las redacciones siguientes. Ella les recordará a sus hermanas el principio que les ha repetido con frecuencia: "No hayáis miedo que os falte si no faltáis vosotras en lo que habéis dicho de dejaros en la voluntad de Dios" (CE 60; CV 34,4). Pero, acerca de este punto, el texto del primer manuscrito continúa así: "Y por cierto, hijas, de mí os digo que si de eso faltase ahora con malicia - como otras veces lo he hecho muchas - que yo no le suplicasa me diese ese pan ni otra cosa de comer. Déjeme morir de hambre. ¿Para qué quiere vida, si con ella voy cada día más ganando muerte eterna?" (CE Loc.cit.).

Sin embargo, desde el punto de vista más particular de la pobreza, "hacer todo cuanto dependa de nosotros" implica dos obligaciones concretas que se encuentran reunidas en el mismo lugar del Camino de perfección, pero separadamente según se trate dcl primero o del segundo manuscrito. Teresa acaba de decir a sus hermanas que, cuando se hallen en oración, no han de pedir a Dios mas que el "pan" del alma, es decir, la Eucaristía, verdadero "pan del cielo", sin preocuparse del "pan material". Después el texto continua el mismo en las dos redacciones: "que tiempos hay otros ..."; y el manuscrito del Escorial prosigue solo: "para que la que tiene en cargo tenga cuidado de lo que habéis de comer, digo de daros lo que tuviere"; en cuanto al manuscrito de Valladolid, éste suprime las últimas palabras y las reemplaza por las siguientes: "que tiempos hay otros para que trabajéis y ganéis de comer" (CE 60,4) (CV 34,4).

Las dos condiciones son, por tanto, las siguientes:

1) Una buena administración de los bienes materiales por la hermana encargada de este oficio;

2) El trabajo, con el que se consigue el alimento de las hermanas. Nosotros comenzamos por la segunda condición.

a. - Trabajo a ejemplo de San Pablo

¿Por qué tienen que entregarse las hermanas a un trabajo? Empecemos por observar que desde el punto de vista del trabajo, no existe diferencia alguna entre los monasterios, estén o no provistos de rentas. Las Constituciones de Alcalá, que admiten oficialmente, como hemos visto, la existencia de dos tipos de monasterios, reproducen integramente el texto deAvila relativo a la cuestión del traabajo, insertándolo a continuación del parrafo que regula el principio de igualdad entre esas dos categorías de comunidades (Const Alcalá, c.VIII, "Sobre la pobreza y lo temporal"). Notemos igualmente que Teresa se esforzó siempre por dotar a los monasterios de rentas suficientes para poder vivir:

"Y para hacerlos de renta y con poca, todo me falta; mejor tengo que no se funden" (F 20,13). Se comprende que ella haya impuesto el trabajo en los monasterios desprovistos de rentas, a fin de permitirles que puedan compensar la escasez de las limosnas (Const Avila 2,1). Mas "por qué se preocupa tanto, si, por definición, las rentas deben ser suficientemente amplias para que pueda vivir el monasterio de ellas".También aquí la razón fundamental es de naturaleza "apostólica", es decir, con relación a la manera como practicaban la pobreza los Apóstoles.

1) El primer argumento que da Teresa es precisamente de orden apostólico, relacionado con lo que dice la Regla del Carmen sobre la doctrina y el ejemplo del Apóstol San Pablo (Const 2,1.6). Es este argumento el que domina todo lo demás, pues Teresa no hace otra cosa que tomar la argumentación del Apóstol, como la encuentra reproducida en la Regla del Carmen: "Se concederá gran importancia a este punto de la Regla: el que quiera comer debe trabajar, como hacía San Pablo".

2) Ella comenta a su manera el razonamiento del Apóstol. No es el trabajo el que nos proporciona el pan de cada día, sino el mismo y solo Dios. El trabajo, en efecto, no es más que la condición puesta por Dios para que podamos recibir el pan material, necesario para nuestro mantenimiento: "Ayúdense con la labor de sus manos, como hacía san Pablo, que el Señor las proveerá de lo necesario" (Const 2,1). El manuscrito de Valladolid del Camino de perfección puede concluir así: "Que es bien procuréis sustentaros" (CV 34,4). Teresa toma muy en serio esta obligación de su estado, por ejemplo, cuando su confesor le pide poner por escrito el relato de su autobiografía (1560): "Y casi hurtando el tiempo, y con pena, porque me estorbó de hilar, por estar en casa pobre, y con hartas ocupaciones" (V 10,8). Ella detesta la ociosidad, no solamente con respecto a sí misma, sino también con respecto a sus hermanas: hasta tal punto, que les pide que lleven su trabajo incluso a las horas de recreación para hacerlo allí. Esto no les impedirá el relajarse. Aquí damos la prescripción tal cual aparece en la redacción de las Constituciones de Alcalá: "A la salida de la comida o de la cena, la Madre priora. podrá permitir a las hermanas que se entretengan en común de la manera que les agrade más, con tal que ello no sea contrario a lo que conviene a una buena religiosa, y que cada una tenga allí su rueca o sus trabajos" (cap.IV "Del alimento y de la comida") (contracción de dos artículos de las Const de Avila nn.6, 5 y 8).

Más adelante volveremos sobre la cuestión del trabajo para hablar del espíritu con el que las hermanas tienen que realizarlo, es decir, en espíritu de contemplación y de abandono a la Providencia divina.

b.- Sana administración (como en la primitiva Iglesia): "la distribución"

Uno de los aspectos del genio teresiano, que atraen más la admiración, es su capacidad de fundir en un todo armónico cualidades a primera vista incompatibles. Aquí tenemos un hermoso ejemplo de esa capacidad: En Teresa vemos coexistir una de las más altas formas de misticismo y heroísmo en materia de pobreza y, al mismo tiempo, con la misma fuerza, el realismo, el sentido de la organización y habilidad en los negocios, que hacen de ella un verdadero modelo en materia de administracion y economía. Ella fue siempre sensible a este aspecto de las cosas y a la importancia de las realidades temporales. Sin embargo, sus verdaderos motivos no son en primer lugar de orden humano, sino más bien de orden espiritual y, más precisamente en este caso concreto, de orden "apostólico".

1) Es sobre todo en el opúscolo titulado Modo de visitar los conventos donde Teresa nos ha dejado la expresión más clara de su pensamiento en este terreno. La primera instrucción que da al superior encargado de la visita trata precisamente de este asunto: "Aunque parezca cosa no conveniente comenzar por lo temporal, me ha parecido que para que lo espiritual ande siempre en aumento es importantísimo" (MVC 2). Esto es evidente en cuanto a los monasterios provistos de rentas. Teresa termina así un poco más adelante su exposición sobre la buena administración de este género de casas: "Por eso dije que de lo temporal suelen venir grandes daños a lo espiritual" (MVC 10). Mas, a primera vista, tal preocupación debería estar descartada de los monasterios que viven solamente de limosnas y de su trabajo. Teresa dice, efectivamente: "En todas partes es menester haber concierto y tener cuenta con el gobierno y concierto de todo" (MVC 2).

2) Pero ¿no hay contradicción entre lo que Teresa ha dicho de manera tan insistente sobre la necesidad de no inquietarse y de abandonarse totalmente a la Providencia? De ningun modo. Pues aquí no se trata más que de un caso particular de lo que ella enseña acerca del origen de los bienes materiales (cfr arriba, II,1), a.). Dios solo es el dueño absolutode los bienes, en particular de los bienes materiales. El hombre, sobre todo el hombre rico, no es más que el "mayordomo". El debe repartirlos de manera que cada uno, especialmente los pobres, tenga lo que necesita para vivir (cf CAD 2,8.9). El caso de un monasterio de carmelitas no es más que una aplicación de este principio general. El constituye en miniatura una parte apretada de la grande comunidad humana. Cualquiera que sea el origen humano de los recursos que lo hacen vivir - limosnas recibidas, producto de las rentas, ganancias por el trabajo de las hermanas - su última derivación se encuentra siempre con Dios. Así como en toda sociedad humana hay "mayordomos" que se encargan de la administración de los bienes materiales y de su distribución, lo mismo sucede en el monasterio donde toda la administración descansa finalmente sobre la priora. Por tanto, Teresa la proclama también a ella "como un mayordomo" de los bienes de Dios reservados a las hermanas: "No han de gastar como cosa propia suya, sino como fuere razón, con mucho aviso que no sea cosa demasiada" (MVC, 40).

3) He aquí por qué la fundadora se ha preocupado de organizar lo mejor posible cuanto concierne la administración de los bienes en el monasterio, fijando de manera exacta el papel que corresponde a cada una: la receptora y portera mayor que debe proveer todas las compras necesarias a la vida del monasterio (Cons 9,5); las clavarias a las que ella debe rendir cuentas todos los meses en presencia de la priora (ibid. 9,3); y en fin la misma priora, clave de toda organización (ibid. 9,1). L.os distintos libros de cuentas deberán estar puestos al día, a fin de que el superior pueda percatarse de manera exacta de la buena marcha de la casa. El deberá saber si, en las casas provistas de rentas, los gastos exceden o no a las entradas (MVC,1Q); él mirará que no se contraigan deudas en los monasterios de pobreza absoluta; y vigilará que, tanto en unos como en otros, las hermanas no den nada al exterior de cuanto es necesario para el mantenimiento de todas, en especial de las enfermas (MVC 11,13.39.40).

4) Como se puede ver de cuanto precede, el "modelo presente al espíritu de Teresa es el de la primitiva Iglesia, un modelo "apostólico". "Así es que no había entre ellos persona necesitada; pues todos los que tenían posesiones o cosas, vendiéndolas, traían el precio de ellas, y lo ponían a los pies de los Apóstoles; el cual después se distribuía según la necesidad de cada uno" (He 4,34--35). Precisamente para que tal distribución pueda realizarse en las mejores condiciones, se hace absolutamente necesaria una buena administración. Si el equilibrio financiero del convento empieza a fallar, resulta de ahí los inconvenientes más graves para las hermanas: "Y si no, poco a poco, si se comienzan adeudar, se irán perdiendo; porque en habiendo mucha necesidad parecerá inhumanidad a los prelados no les dar sus labores y que cada una provea sus deudos, y cosas semejantes que ahora se usan; que querría yo más, ver deshecho el monasterio, sin comparación, que no que venga a este estado" (MVC, 10). Como veremos luego al hablar de la distribución, Teresa muestra una gran preocupación por las enfermas; que reciban todo cuanto necesiten.

2) A ejemplo de los Apóstoles, las hermanas tienen que contentarse con lo necesario, sin inquietarse

Este pensamiento aparacerá en todas partes más o menos explícito cada vez que Teresa habla de la pobreza. Hay un pasaje donde ella lo desarrolla más ampliamente y que, por eso, conviene detenerse un poco sobre él.

Se trata del capítulo segundo de los Conceptos del amor de Dios, donde ella habla de la verdadera paz que la Esposa del Cántico pide a su Esposo. Y es allí donde Teresa habla de las riquezas y de la inquietud que éstas crean en aquellos que las poseen. El razonamiento es de una claridad meridiana.

Cualquiera que posea más de lo que le es estrictamente necesario, puede ser calificado de rico. Ahora bien, por todo ese excedente en riquezas, debe considerarse él como responsable ante los pobres. Piense lo que quiera, él no es propietario, sino administrador, como ya hemos visto. Lejos de procurarle tranquilidad, esas riquezas excedentes le tienen que crear cuidado e inquietud, pues un día, él. deberá rendir cuentas de su administración al Señor, puesto que El mismo le confió esos bienes en administración (CAD 2,8).

Pobre es, por el contrario, aquél que no tiene lo necesario para vivir, o que se tiene que contentar con menos. Pues bien, las carmelitas has escogido voluntariamente pertenecer a la familia de los pobres, conformándose con recibir de Dios aquello que es necesario estrictamente para su subsistencia. Lejos de quejarse por dicha elección, deben más bien dar gracias a Dios que las ha liberado de tal modo de los cuidados que trae la posesión de riquezas: " ... Oh hijas mías, qué gran descanso no tener estas cargas, aun para descansar acá!; que para el día del fin, no lo podéis imaginar. Son esclavos éstos, y vosotras señoras" (CAD 2,9).

La pobreza, así concebida y vivida, sitúa las carmelitas en la comunidad de todos aquellos que siguen el mismo ideal que los Apóstoles, fieles al "consejo" que el Señior les dio en el Sermón de la montaña (C 2,2). "No debe querer su Majestad que nos honremos con señores de la tierra sino con los pobrecitos, como eran los Apóstoles" (Cta del 17 de septiembre 1581,3).

Sin embargo, la paz y tranquilidad que da la verdadera pobreza comporta también deberes. Estos obligan a las hermanas a contentarse estrictamente con lo que Dios les da, sin preocuparse por tener más. Si no dejarían ellas de pertenecer a los pobres de espíritu, cualquiera que sea su situación exterior de pobreza (C 2,3). Desearán para sí mismas aquello que no les es estrictamente necesario y que por tanto pertenece a los pobres: "Lo que es menester, hijas, es contentarnos con poco ... Así vosotras, hijas; siempre mirad con lo más pobre que pudiereis pasar, así de vestidos como de manjares, porque si no, hallaros héis engañadas, que no os lo dará Dios, y estaréis descontentas. Siempre procurad servir a Su Majestad de manera que no comáis lo que es de los pobres ..." (CAD 10).

Ese tiene que ser el espíritu de las carmelitas, si quieren ser fieles al "consejo" que Cristo dio a sus Apóstoles, cuando les invitó a abandonarse sin reserva a la Providencia divina. Veamos ahora algunos puntos de más detallada aplicación de este estado de espíritu.

a. - Habitación y vestido

El principio que regula el pensarmiento teresiano en este terreno es siempre el mismo: nada más que lo necesario, mas todo lo necesario; principio que vale a todos los niveles, comunitario y personal.

- La casa. ''Casa que cumpla a la necesidad y no superflua" (Const 6,17). "La casa jamás se labre, si no fuere la iglesia, ni haya casa curiosa, sino tosca la madera; y sea la casa pequeña y las piezas bajas" (Ibid.). Parece que en este terreno particular de la habitación, Teresa se haya inspirado directamente en las Constituciones de los Franciscanos Descalzos de San Pedro de Alcántara. ¿Cuáles son sus motivos?

1) Las hermanas son en un número muy reducido (trece o catorce para los monasterios sin renta y veinte para los otros, dirán las Constituciones de Alcalá, Capítulo II, "De la recepción de las novicias; de la profesión y del número de las religiosas que debe haber en cada convento"): "Los que las hacen (grandes casas), ellos lo sabrán; yo no lo condeno; son más; llevan otros intentos. Mas trece pobrecitas, cualquier rincón las basta" (C 2,9). "Muy mal parece, hermanas mías, de la hacienda de los pobrecitos, que a muchos les falta, se hagan grandes casas; no lo permita Dios, sino pobrecita en todo y chica" (CE 2,9). El visitador no debe "consentir demasía en ser grandes las casas, y que por labrar u añadir en ellas - si no fuere a gran necesidad - no se adeuden ... Es mejor que se pase trabajo de no muy buena casa, que no de andar desasosegadas y dar mala edificación con deudas o faltarles de comer"(MVC 14).

2) Las hermanas han sido llamadas a este gran honor de imitar a Cristo pobre. Una vez que Teresa estaba preocupada por ver la futura casa de los hermanas de Avila tan pequeña y estrecha, le dijo El: ''Ya te he dicho que entres como pudieres ... lOh codicia del género humano, que aun tierra piensas que te ha de faltar! ¡Cuántas veces dormí yo al sereno por no tener adonde me meter!" (V 33,12; cf igualmente F 19,11). "Parezcámonos en algo a nuestro Rey, que no tuvo casa, sino en el portal de Belén adonde nació, y la cruz adonde murió" (CV 2,9). "Se nos hará todo suave viendo que mientras menos tuviéremos acá, más gozaremos en aquella eternidad, adonde son las moradas conforme al amor con que hemos imitado la vida de nuestro buen Jesús" (F 14,5).

Si la casa no tiene que poseer nada superfluo, sin embargo tiene que estar equipada de todo cuanto es necesario para la vida de la comunidad. Y, en primer lugar, tiene que ser propiedad de las hermanas. La Santa puede decir ciertamente de sí misma: "días havía que deseaba fuera posible a mi estado ... no tener casa ni otra cosa" (V 35,2). Pero, tratándose de sus bermanas, ya no razona ella de igual manera, juzgando absolutamente indispensable, para el equilibrio de su vida, que posean su casa en propiedad: "Que nunca hasta dejar casa propia y recogida y acomodada, a mi querer dejara ningún monasterio ni le he dejado" (F 19,6. Casa acomodada a las necesidades de las hermanas, quiere decir: "Fuerte lo más que pudieren, y la cerca alta y campo para hacer ermitas para que se puedan apartar a oración conforme a lo que hacían nuestros Padres Santos" (Const 6,17). Esto se hace particularmente necesario a casa de la clausura tan estrecha en que tienen que vivir las hermanas: la fundadora se hace cada vez más consciente (comparar a este propósito las dos redacciones sucesivas del Camino 2,9; ver igualmente los consejos de la Santa a María de San José, a propósito del jardín de Sevilla, que ella deseaba más holgado, Ctas de 8, 9 febr. 1580,10; 28 dic 1580,11).

- La celda y el vestido. "Pues solo de una celda es lo que gozamos continuo; que ésta sea muy grande y bien labrada, ¿qué nos va? Sí, que no hemos de andar mirando las paredes. Considerado que no es la casa que nos ha de durar siempre, sino tan breve tiempo como es el de la vida, por larga que sea" (F 14,5). "Las camas sin ningún colchón, sino con jergones de paja, que provado está por personas flacas y no sanas que se puede pasar. No colgado cosa alguna, si no fuese a necesidad alguna estera de esparto o antepuerta de alfamar o sayal, o cosa semejante que sea pobre ... Jamás haya alfombra si no fuera para la iglesia, ni almohada o estrado ... "En vestido ni en cama jamás haya cosa de color, aunque sea cosa tan poca como una faja. Nunca ha de haber zamarros; y si alguna estuviere enferma podrá traer del mesmo sayal un ropón ... Jamás ha de haber espejo ni cosa curiosa, sino todo descuido de sí" (Const 3, 4-7).

b.- El alimento

Continuamente vuelve Teresa sobre este tema: las hermanas no tienen que pasar cuidado de qué comerán. Que ellas hagan cuanto tengan que hacer, que su Esposo no las abandonará Concretamente, esto tiene que traducirse por ausencia de inquietud y de nerviosismo.

- El trabajo. Nunca tiene que haber proporción entre el trabajo rentable que produce una hermana y el pan que ella recibe; pues en definitiva es Dios solo el que se lo da; su trabajo no es más que la condición exigida para que ella pueda recibir su alimento. Ella tiene que hacer cuanto pueda, y nosotros hemos podido constatar la hostilidad de la Santa contra toda forma de ociosidad. Mas la carmelita tiene que evitar con tanta más vigilancia toda forma de nerviosismo o de inquietud. Esta es la razón por la cual la Santa no es favorable a que el monasterio acepte "encargos" del exterior, que impondrían a las hermanas términos de trabajo ("labor tasada"), obligándolas, por ejemplo, a terminarlo la misma tarde; si no se puede hacer de otro modo, "no se les dé penitencia aunque no la acaben" (Cons 2,6). Es por la misma razón por la que Teresa prohibe a las hermanas el que acepten trabajos delicados ("labor curiosa"), que serían quizá muy rentables, pero que pdrían distraer su espíritu; se contentarán con trabajos poco absorbentes, como hilar o coser; "No cosas de oro ni plata, ni se porfie en le que han de dar por ello, sino que buenamente tomen lo que les dieren, y si ven que no les conviene no hagan, aquella labor" (Const 2,2).

Y, por otra parte, el examen de los escasos libros de cuentas que no han llegado del tiempo de la Santa inclina a pensar que los ingresos debidos al trabajo de las hermanas no representaban más que una parte modesta de los recursos que les eran necesarios. Esto no significa que Teresa se desinteresara del resultado de dicho trabajo, sino al contrario. Por eso invitó ella al visitador del monasterio a "advertir en los unos y en los otros la labor que se hace y aun contar que lo que han ganado de sus manos; (esto) provecha para dos cosas; lo uno, para animarlas y agradecer a las que hicieren mucho; lo otro, para que en las partes que no hay tanto cuidado de hacer labor, porque no tendrán tanta necesidad, se les diga lo que ganan en otras partes" (MVC 12).

Lo que má.s le importa es que "trabaje el cuerpo (que es bien procuréis sustentaros), y descanse el alma. Dejad ese cuidado - como largamente queda dicho - a vuestro Esposo, que El le tendrá siempre" (CV 34,4). Su espíritu tiene que permanecer libre para "poder fijarse en el Señor" (Cons 2,2).

- No mendigar. En las casas de pobreza absoluta, la fundadora pide que "se viva siempre de limosnas y que no se posea renta alguna". Y añade estas palabras de un alcance muy significativo, si se piensa en lo que se hacía entonces corrientemente en los monasterios: "Mientras se puede resistir, no se pedirá nada ..." es decir, que no se mendigará al exterior. Lo mismo se observará en los monasterios provistos de rentas. La razón por la cual la Santa desea tan ardientemente que éstas sean suficientemente abundantes es precisamente para evitar a las hermanas que se hallasen privadas de lo necesario (como era el caso del monasterio de la Encarnación) la tentación de recurrir a sus parientes o amigos (cf MVC, 10). Cuando redacta el Camino de perfección está ella todavía bajo la impresión de esta práctica desastrosa que se daba en el monasterio de la Encarnación. He aquí por qué todo el capitulo segundo de ese tratado está lleno de esta puesta en guardia: "Jamás por artificios humanos pretendáis sustentaros... Contento él (vuestro Esposo), aunque no quieran, os darán de comer los menos vuestros devotos, como lo habéis visto por experiencia ... Sería engañar el mundo otra cosa, hacernos pobres no lo siendo de espíritu, sino en lo exterior. Conciencia se me haría, a manera de decir, y paracerme hía era pedir limosna las ricas... Cuando esto hubiera de ser, mas quisiera tuvierais renta. En ninguna manera se ocupe en esto el pensamiento ..." (C 2,1.3.4). Esta es la razón por la cual, al principio de las fundaciones teresianas, no había horario fijo para las comidas: "En la hora de comer - dice Teresa en sus Constituciones primitivas - no puede haber concierto, que es conforme a como lo da el Señor. Cuando hubiere, el invierno a las once y media, cuando fuere ayuno de Iglesia ..." (Cons 6,4).

- Las dotes: Las hermanas no tienen que mostrarse interesadas. En este campo mismo, el pensamiento de la Santa ha permanecido en una firmeza destacada y en gran constancia, aunque haya que decir, como veremos más adelante, que se fue enriqueciendo con nuevos matices a lo largo de su experiencia fundacional. El principio básico esta formulado en las Constituciones primitivas de Avila: "Contentas de la persona, si no tiene ninguna limosna que dar a la casa, no por eso se deje de recibir como hasta aquí se hace ... Téngase grande aviso de que no vayan por interés, porque poco a poco podrían entrar la codicia de manera que miren más la limosna que a la bondad y calidad de la persona; y esto no se haga por ninguna manera, que sería gran mal; siempre tengan delante la pobreza que profesan para dar en todo olor della, y miren que no es esto lo que las ha de sustentar, sino la fe y perfección y fiar de solo Dios. Esta constitución se mire mucho y se cumpla, que conviene, y se lea a las hermanas" (Cons 5,2). La Santa vuelve sobre este punto en la Manera de Visitar los conventos (MVC 44). Ella escribe al Padre Báñez: "Crea, padre mío, que es un deleite para mí cada vez que tomo alguna que no trae nada, sino que se toma sólo por Dios" (Cta 28 febr 1574).

- La oracion: ¿Tienen las hermanas la posibilidad de pedir a Dios su pan de cada día? La cuestión puede parecer superflua puesto que Jesús, en el Padrenuestro, nos invita precisamente a pedirlo. Y sin embargo, Teresa es mas bien de parecer que ellas no deben pensar en este pan material cuando recitan el Padrenuestro, sino únicamente en el pan del cielo presente en la Eucaristía. En. la primera redacción del Camino de perfección, llega a negar que Cristo haya podido incitarnos a pedir una cosa tan baja como el pan material. Pero el P. García de Toledo le remite su manuscrito después de haber tachado todo el pasaje y puesto al margen las palabras siguientes: "Todo lo que era sustentación del cuerpo y alma pidió Cristo nuestro Señor, como es el pan material y la eucaristia y por reverencia para el alma. Y así la Iglesia lo pide en la letanía" (CE 60,2). Por esta razón la Santa omite el reproducir este pasaje en la segunda redacción. Pero el pensamiento de fondo sigue siendo el mismo: las carmelitas tienen que evitar el preocuparse de su pan material cuando hacen oracion, "digo en estos tiempos de oración que tratáis cosas más importantes, que tiempos hay otros para que trabajéis y ganéis de comer" (CV 34,4). Las "cosas más importantes" que ellas tienen que tratar durante la oración con la petición del pan eucaristico, y también las grandes intenciones apostólicas, de que les ha hablado al principio del libro (C 1 y 3). Por lo demás, el razonamiento es siempre el mismo: "Dejad ese cuidado, -como largamente queda dicho - a vuestro Esposo, que El le tendrá siempre" (CV 34,4).

- Dar a los pobres, cuando las hermanas tienen más de lo que les es necesario. Cierto, este caso será siempre una excepción, puesto que las hermanas son también pobres: ellas no tienen más que lo que les es estrictamente necesario para vivir. "Sin cuidado comemos lo que nos envía el Señor, y como lo tiene su Majestad que no nos falte nada, no tenemos que dar cuenta de lo que nos sobra. Su Majestad tiene cuenta que no sea cosa que nos le ponga de repartirlo" (CAD 2,10). Sin embargo, con el correr de los años, y sobre todo en los monasterios suficientemente provistos de rentas, la situación financiera pudo mejorarse de tal manera, que algunas de estas comunidades pudieron llegar a repartir generosamente entorno de ellas aquello que les sobraba. Hasta el punto que la misma Santa tuvo que poner orden insistiendo ante el visitador que prohibiese a las prioras al ser demasiado generosas con relación a las personas del exterior, con peligro para el equilibrio financiero del monasterio: "También es menester avisar a las prioras no sean muy largas y cumplidas, sino que traigan delante que están obligadas a mirar cómo gastan; pues son no más de como un mayordono ..." (MVC, 40). La Santa no miraba entonces más que el bien de las hermanas, queriendo evitar que, por exceso de liberalidad, saliese perjudicada la misma comunidad; mas ella no se oponía de ningún modo a la generosidad; ella misma la practicaba sobre- abundantemente y hacía que las hermanas lo tomasen como un deber cada vez que éstas poseyesen más de lo necesario (Ctas 27 mayo 1568,9: proyecto de apertura de una escuela en Malagón; Cta, verano 1571,2 a García de Toledo).

3) A ejemplo de los Apóstoles, las hermanas deben ponerlo todo en común

La pobreza practicada por los Apóstoles y por los primeros cristianos podría resumirse en dos grandes líneas características: no inquietarse por lo que es necesario para vivir, porque Dios lo da a cada uno; no guardar para sí el bien recibido, sino ponerlo en común, para que nadie se halle en necesidad. La segunda cara de este programa, descrito en los Hechos de los Apóstoles (2,45; 4,32-35), se encuentra reproducido casi íntegramente en la Regla del Carmen, aplicada a la situación particular de la comunidad carmelitana primitiva: "Ningún hermano considerará nada como suyo. Tenedlo todo en común. El Prior, o un hermano que él designare para ese oficio, será quien reparta a cada uno cuanto le haga falta, habida cuenta de la edad y de las necesidades personales" (C IX: "De non habendo proprium").

Santa Teresa se refiere una vez, de manera explícita, al reparto comunitario practicado por la primitiva Iglesia. Se trata de la fundación de Palencia. Este texto merecería, por su parte, todo un comentario, pues se ve en él cómo la Santa puntualiza el reparto de bienes en una sociedad totalmente inspirada por el Evangelio. La Santa está muy admirada ante la caridad de los habitantes de esta ciudad, puesto que ella ha experimentado por sí misma muchas veces lo siguiente: "monasterio de pobreza en todas partes es dificultoso" (F 3,1). Ella dice: "Es verdad que me parecía cosa de la primitiva Iglesia - al menos no muy usada ahora en el mundo - ver que no llevábamos renta y que nos habían de dar de comer, y no sólo no defenderlo, sino decir que les hacía Dios merced grandísima" (F 29.27).

Mas la funcion providencial de la vida religiosa en el seno de la sociedad cristiana ¿no era precisamente testimoniar por sí misma esos valores evangélicos y recordarlos así constantemente a la conciencia de los fieles? Tal es el caso del reparto íntegro de los bienes en el interior de la comunida carmelitana. El texto de los Hechos, repetido por la Regla primitiva, sirve constantemente de tela de fondo al pensamiento de la Santa en este terreno, casi en los mismo términos: "Deso estáis aquí quitadas, hermanas; que, como todo es en común y nadie puede tener nada en particular, no habéis menester regalos de deudos" (CE 13,1). "En ninguna manera posean las hermanas cosa en particular ... sino que todo sea en común" (Const 2,3).

a.- No poseer nada en propiedad

Este precepto, formulado desde los orígenes con tan grande nitidez, no ha sido jamás modificado, ni siquiera cuando Teresa consintió, a partir de 1568, fundar monasterios provistos de rentas. "Pusiéronse todas las fuerzas que puede para que ninguna (en Malagón) poseyese nada, sino que guardasen las constituciones en todo como en estotros monasterios de pobreza" (F 9,4). Ella vuelve sobre este tema en una carta dirigida al P. Gracián, en vísperas del Capítulo de Alcalá, donde las Constituciones primitivas tenían que ser revisadas y aprobadas: "Por eso en el acta que se pusiere - que yo pedí - para que los prelados no puedan dar licencia para que posean nada, es menester traiga alguna fuerza ..."(Cta 27 febr 1581,4). La Santa obtuvo entera satisfacción a este respecto ya que fue decicido lo siguiente en ese Capítulo: "Este punto (el de la pobreza individual) debe ser observado en todos los monasterios, estén o no provistos de rentas; y tiene que ser de manera muy rigurosa; que la Priora está obligada a hacerlo respetar y a no consentir que sea infringido; y que el provincial la castigue severamente si esto no fuere así" (Const Alcalá, Capítulo VII, "De la pobreza y lo temporal"). De hecho, era ya la priora la que se hacía responsable de este punto de observancia en las Constituciones primitivas: "Esto importa mucho, porque en cosa pocas puede el demonio ir relajando la perfección de la pobreza. Por esto tenga mucho cuidado la priora, cuando viere alguna hermana aficionada a alguna cosa, ahora sea libro o celda, o cualquiera otra cosa, de quitárselo" (Const 2,3.4).

En efecto, esta regla no sufre excepción: las hermanas no deben tener "nada" en propiedad, "ni para el comer, ni para el vestir" (Cons ibid.). Contrariamente a lo que se hacía en otras partes, particularmente en el monasterio de la Encarnación, "ni tengan arca ni arquilla ni cajón ni alacena, si no fuere las que tienen los oficios de la comunidad, ni ninguna cosa en particular, sino que todo sea común" (Ibid). Del mismo modo, ellas no están autorizadas a recibir personalrnente ninquna limosna que no sea de sus parientes o amigos (y menos a pedírsela), sino que todo tiene que ser entregado a la comunidad: "Como todo es en común y ninguna puede tener regalo particular, así la limosna que las hacen es en general, y queda libre de contentarlos (los parientes) por esto, que ya sabe que el Señor las ha de proveer por junto" (CV 9,1). Aquí mismo Teresa reacciona contra lo que se practicaba corrientemente en el monasterio de la Encarnación, donde cada hermana se arreglaba como podía para no morir de hambre.

Nadie queda exento de esta regla rigurosa, ni siquiera las hermanas enfermas. En la carta al P. Gracián arriba citada, afirma Teresa en efecto: "Y aunque estén enfermas, sino que la enfermera tenga cuidado de dejarle de noche si algo hubiere menester; y de esto hay mucho y gran caridad, si es la enfermedad que lo requiere" (Cta 27 febr 1581,4). "Las enfermas sean curadas con todo amor y regalo y piedad, conforme a nuestra pobreza, y alaben a Dios nuestro Señor cuando lo proveyere bien; y si les faltare lo que lo ricos tienen de recreación en las enfermedades, no se desconsuelen, que a eso han de venir determinadas; esto es ser pobres, faltarles, por ventura, al tiempo de mayor necesidad" (Const 7,1). "Acordaos qué de enfermos pobres habrá que no tengan aun a quien se quejar. Pues pobres y regaladas no lleva camino" (CE 16,3).

Si Teresa se muestra tan exigente con las hermanas enfermas, no hay que extrañarse que lo sea todavía más con las otras, incluída la priora; el visitador del monasterio deberá informarse cuidadosamente "si entra algún dinero en poder de la prelada sin que lo vean las clavarias, que importa mucho, que sin advertir lo pueden hacer, ni que ella lo posea jamas, sino como manda la Constitución" (MCV 35).

La Santa no ignora hasta qué punto pueda ser difícil la práctica de tal radicalismo en el desapego, hasta qué punto un religioso o una religiosa puecen forjarse ilusiones en este terreno (V 11,2; CE 66,6 y 67,1; CV 38,8). Aunque ella conozca la virtud profunda de sus hermanas carmelitas, en este terreno y en todos los demás, sin embargo no deja de invitarlas a la vigilancia, ayudándoles, como dice ella, a entender "si estáis bien desnudas de lo que dejasteis; porque cosillas se ofrecen, aunque no de esta suerte, en que os podéis muy bien probar y entender si estáis señoras de vuestras pasiones ... Ya que no hayamos llegado aquí -- como he dicho humildad, que es el ungüento de nuestras heridas; porque, si la hay de veras, aunque tarde algún tiempo, vendrá el cirujano, que es Dios, a sanarnos" (3 M 2,6).

Mientras tanto, el remedio por excelencia es la Eucaristía, ese pan celestial verdadero que nos da la fuerza para cumplir la voluntad del Padre y ser pobres como su Hijo (CV 33, 1).

b.- Ponerlo todo en común

La dote aparece ya como una forma maravillosa de puesta en común, en la línea de la pobreza de los primeros cirstianos: "Vendían sus posesiones y demás bienes, y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno" (He 2,45). Así es como sucede en los monasterios, según las condiciones particulares de cada hermana, en el momento de su entrada. Unas son absolutamente pobres, y cada vez suponen para la Madre Teresa "un deleite dotarlas únicamente por Dios" (Cta 28 feb 1574); con la condición, sin embargo, que tales personas no busquen solamente la solución de su porvenir económico y social ("no sea sólo por remediarse"); ella añade con realismo: "como acaecerá a muchas", pero continua con misericordia y bondad: "El Señor puede perfeccionar este intento, si es persona de buen entendimiento" (CV 14,1). Teresa quiere sobre todo que los monasterios estén totalmente desinteresados en este terreno, como ya hemos visto. He aquí por qué ella felicita a las hermanas de Avila que no piden nada a las postulantes (CE 20,1). De hecho, las cuatro primeras de entre ellas fueron admitidas en tales condiciones (V 36,6). Con todo, no rehusa tampoco explícitamente a dar consignas rígidas en este terreno. Es así como puede escribir a las hermanas de Valladolid: "Quiéroles traer a la memoria que desde que se hizo esa casa nunca les he pedido que reciben monja de balde (que me acuerde) ni cosa que sea de mucho tomo, lo que no ha sido en otras. Porque en alguna han tomado once de balde ..." (Cta 31 mayo 1579,1).

En efecto, le parecía del todo normal que una.persona que tiene una fortuna en el mundo, y que se presenta en un monasterio pobre - como fue el caso de Valladolid o Sevilla - comprenda por sí misma que es conforme a la llamada de Dios, condividir sus bienes materiales con aquellas que vendrán a ser sus hermanas en religión; a condición, también aquí, que tales personas no consideren este gesto como dándoles derecho a privilegios especiales, como, por ejemplo, a permanecer en el monasterio contra la opinión de la comunidad.

He aquí por qué ella se mostró tan interesada en dar como ejemplo a sus hermanas el caso de una religiosa de Toledo, llamada Ana de la Madre de Dios; antes de entrar en la Orden, esa persona había vivido en riqueza: "Quisó más escoger la pobreza y sujeción de la Orden ..." "Lo que me hizo devoción, y por lo que la pongo aquí, es que antes que hiciese profesión hizo donación de todo lo que tenía, que era muy rica, y lo dió en limosna para la casa". La fundadora, conmovida por este gesto, quiere sin embargo poner a prueba a la hermana, "diciéndole que por ventura o ella se arrepentiría, o nosotras no la queríamos dar profesión ..." "Ella me respondió que, cuando eso fuese, lo pediría por amor de Dios" (F 16,12). A la futura Isabel de Jesús que se prepara para tomar el hábito de carmelita en el monasterio de Salamanca, escribe Teresa de modo semejante en el mes de octubre de 1570: "Pague el Señor a vuestra merced la limosna que tiene determinada a hacer adonde entrare, que es mucha, y puede tener vuestra merced mucho consuelo, pues hace lo que el Señor aconseja de darse a sí y lo que tiene a los pobres por su amor" (3).

El reparto de los bienes dentro del monasterio se hace según el criterio previsto por la Regla del Carmen, es decir, por medio de la Priora, asistida de las clavarias, con la ayuda de la receptora. "La limosna que diere el Señor en dinero, se ponga siempre en el arca de tres llaves luego, salvo si no fuere de nueve o diez ducados abajo, que se dará a la clavaria que la priora le pareciere; y ella dé a la procuradora lo que dijere la priora que gaste, y cada noche, antes que tañan a silencio, dé cuenta a la priora o a la dicha clavaria por menudo; y hecha ha cuenta póngase por junto en el libro que haya en el convento, para dar cuenta al visitador cada año" (Const 2,5).

Cada una de las hermanas que hemos nombrado debe preocuparse, conforme a su oficio, de las necesidades de las hermanas. Eso vale en primer lugar para la priora: "El oficio de la madre priora es tener cuenta ... que se provean las necesidades; así en lo espiritual como en lo temporal, con el amor de madre" (Const 9,1). Del mismo modo, "la receptora o portera mayor", designada por la priora, ha de "mirar con caridad la necesidades de las hermanas" (Ibid, n.5). En el Camino de Perfección, Teresa había criticado duramente las amistades particulares en los monasterios, especialmente porque ellas son fuentes de faltar a la pobreza (CV 4,6), y a la unidad que debe reinar en un mismo monasterio. Ella había puesto en guardia especialmente a las prioras contra este defecto, calificándolo de "pestilencia" (ibid. n.8).

Todas las hermanas tienen derecho a esperar lo que les es necesario, pero no a ser exigentes o a mostrarse difíciles: "Ninguna hermana hable en si se da mucho o poco de comer, bien o mal guisado. Tenga la priora y provisora cuidado de que se dé, conforme a lo que hubiere dado el Señor, bien aderezado, de manera que puedan pasar con aquello que allí se les da, pues no poseen otra cosa. Sean obligadas las hermanas a decir a la madre priora la necesidad que tuvieren y las novicias a su maestra, así en cosas de vestir como de comer; y si han menester más de lo ordinario, aunque no sea muy grande la necesidad, encomendándolo a nuestro Señor primero, porque muchas veces nuestro natural pide más de lo que ha menester ..." (Const 6,2.3).

Cuando, a partir de 1568, la fundadora comienza a aceptar hermanas conversas ("freilas") en sus monasterios, ella no piensa en absoluto derogar el principio de absoluta igualdad que tan vigorosamente había establecido en el Camino de perfección ("todas han de ser iguales") CV 27,6; G 29,719). Por eso mismo, ellas serán tratadas con caridad y espíritu fraterno; se tendrá cuidado de su alimento y vestido, como de las demás.

Sin embargo, un lugar aparte toca a las enfermas, en la solicitud de la priora por sus hermanas. Sobre este punto Teresa no teme volver a la Regla del Carmen que decía que, acerca de la distribución, se debe tener "cuenta de la edad y de las necesidades personales", llegando a precisar que hay que atender "más a la necesidad que a la edad, porque algunas veces habrá más edad y tendrán menos necesidad" (Const 6,1)!. "En esto ponga mucho cuidado la madre priora, que antes falte lo necesario a las sanas que algunas piedades a las enfermas Estas sean tratadas con mucha limpieza y caridad" (Const 7,2.4).

Conclusión

Con cuanta razón puede Santa Teresa comparar la comunidad de las hermanas de San José de Avila con el "colegio de Cristo" (CE 20,1; 45,2)! Esta es su reproducción viva. Mientras procuran reproducir en sus personas la pobreza de los Apóstoles, a imagen de la de Cristo, las Carmelitas trabajan de ese modo en la obra de la salvación del mundo.