Las raíces teresianas del carisma

 


 

SU VIDA Y SUS ESCRITOS

 

I.- El marco histórico, socio-cultural y religioso de su vida

Es necesaria una breve descripción de este contexto, porque nos ofrece muchas claves de lectura de la Santa. Sólo nos referimos a aquellos aspectos que tienen una resonancia en sus escritos.

 

Su entorno social

a.- Ávila, la cuna de Teresa de Jesús, lo mismo que la Castilla del quinientos, es continuadora de la sociedad española del medievo, dominada por una alta clase social, donde abundan los convencionalismos, la jerga de títulos y de tratamientos. Teresa, inevitablemente involucrada en el sistema de clases sociales de la época, reacciona criticando en el Libro de la Vida los tres grandes pseudovalores de aquella sociedad: el culto de la honra, el afán de dineros y la búsqueda de deleites (V 20).

b.- Su juicio de valor respecto a la alta clase social, entonces dominante, lo expresa la Santa al hacer el balance de la experiencia vivida en el palacio toledano de doña Luisa de la Cerda: “Saqué una ganancia muy grande, y decíaselo. Vi… en lo poco que se ha de tener el señorío… Es así que del todo aborrecí el desear ser señora… Ello es una sujeción, que una de las mentiras que dice el mundo es llamar ‘señores’ a las personas semejantes, que no me parece son sino esclavos de mil cosas” (V 34,4).

c.- Como contrapunto, está su postura de cara a los pobres, de la que deja constancia en uno de sus primeros escritos: “En lo de la pobreza, me parece me ha hecho Dios mucha merced… Paréceme tengo mucha más piedad de los pobres, que tenía” (Relación 2ª, n. 4).

 

Su entorno político, religioso y cultural

a.- Teresa nace y se forma en el período de expansión imperial de Carlos V (1516-1556), y desarrolla su actividad y personalidad en el reinado de Felipe II (1556-1598). Pero actúa con la mentalidad que se ha forjado en el período imperial. En este período Castilla deja de ser una región recoleta cerrada sobre sí misma y se abre al horizonte europeo de Italia, Francia, Flandes (C 1,2). Teresa, además, lleva en el fondo de su alma la preocupación por África y por los turcos. Pero sobre todo muestra una sensibilidad especial para el vastísimo panorama de América y sus problemas. Cuando el P. Maldonado le desvela el fondo del problema de los ‘conquistadores’ en América, ella adopta una actitud anímica bien definida, en clave humana, cristiana y misionera (Carta 24,13: Lorenzo de Cepeda, 17 enero 1570).

b.- Respecto a su entorno religioso, hay que señalar la presencia de las tres religiones: cristianos, musulmanes y judíos, que en la sociedad española del medievo habían convivido con relativa armonía. Pero en el siglo de Teresa, después de la expulsión de los musulmanes y de los judíos a finales del siglo anterior, surgen fuertes tensiones entre cristianos y musulmanes (moriscos). Teresa “desde niña” aludirá a la hostil “tierra de moros” y al posible martirio en ella (V 1,4). Sin embargo, mucho más tensay dramática es la tensión judeocristiana a partir de la expulsión de los judíos a finales del siglo anterior.

c.- Desde el punto de vista cultural, Teresa asiste al cambio de los nuevos parámetros de la cultura en la plenitud del renacimiento: aprender a leer y escribir; un aprendizaje, sin embargo, reservado a pequeñas minorías. “La masa de analfabetos [a mediados del s. XVI] podría llegar hasta el 80 o el 85 por ciento de la población” (Manuel Fernández). A ese cambio de signo cultural ha contribuido ante todo la imprenta, venida pronto del centro de Europa (s. XV). Se imprimen y divulgan entonces numerosos libros espirituales que llegan a manos de la Santa y de la gente humilde, especialmente mujeres que ahora se dan a la lectura. Los libros más difundidos: Flos Sanctorum, Vita Christi, los libros de oración (‘horas’, ‘diurnales’, ‘meditaciones’…), la práctica del recogimiento…, obras de Osuna, Laredo, Palma, Granada…

 

Frente a la marginación de la mujer

a.- La sociedad española del siglo XVI está impregnada de misoginia: menosprecio de la mujer, marginación en la vida pública, permanente estado de menor edad. Con difícil acceso a las fuentes de la cultura, no se la admite en la universidad, ni se le abren otros centros de estudio o de promoción, ni se le permite la lectura de libros espirituales en romance. Teresa protestará reiteradamente en Camino contra estas prohibiciones: “No os podrán quitar libro, que no os quede tan buen libro.”(CE 35, 4) ¡Los jueces de este mundo -dice- como son todos varones, no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa! Algún día ha de haber que se conozcan todos…” (CE 4,1).

b.- Ella, sin pretenderlo, se convierte en impulsora de un movimiento de cultura femenina, arraigado en la masa popular de mujeres ávidas de saber. Teresa no pertenece al grupo selecto de ‘puellae doctae’. Pero conecta con la literatura espiritual en español de la primera mitad del s. XVI. Al fundar el nuevo Carmelo, exige que sus monjas tengan habilidad para rezar el oficio divino [¡en latín!] y ayudar en el coro (Const 6,1). No admite analfabetas. Pero cuando, poco después llama a las puertas de su Carmelo una pastorcita analfabeta del Almendral, Ana García (Ana de san Bartolomé), Teresa rompe su criterio y la admite. Ella misma le enseña a leer y escribir.

c.- En el nuevo Carmelo Teresa será amiga de libros, de letras y letrados, de coplas y… de las canciones de fray Juan de la Cruz. Y en pos de ella seguirá, a fines de siglo y principios del XVII, todo un cortejo de carmelitas literatas, entre las que destacan María de san José, Cecilia del Nacimiento y Ana de la Trinidad (calagurritana).

 

Su entorno eclesial y de religiosidad popular

a.- La Iglesia para Teresa y la mentalidad de la época era el clero y la jerarquía. El clero es la clase social más cercana a Teresa y también la más determinante para una religiosa como ella. Está en contacto con los diversos estratos del escalafón eclesiástico. Tiene una alta estima de los obispos por ella conocidos, pero sobre todo una valoración muy positiva del clero. El sacerdote, para ella, no es un empleado de oficio, sino un abanderado, una especie de capitán de los cristianos. Es un “defendedor” de la causa de Cristo: ¡Qué sería de la Iglesia sin ellos! (C 3,3).

b.- La sociedad española del siglo de oro era ostentosamente religiosa en sus estructuras, usanzas y sentimientos. De ahí que la religiosidad popular se convirtiera en factor de formación envolvente; está presente en todos los niveles. De niña, Teresa la respira en familia. Luego la vive con modalidades diferentes a lo largo de su vida religiosa, en contrapunto con la liturgia conventual. Y por fin, la incorpora, ya muy depurada, a su vida mística. Lo más relevante es esta conjunción de la religiosidad popular con la experiencia mística: Teresa experimenta, día a día, la ‘grandísima hermosura del rostro de Cristo’, vive en teopatía trinitaria etc., y sin embargo en la práctica cotidiana y comunitaria le resultan casi indispensables las imágenes, el agua bendita, las procesiones, las coplas cantadas (C 34,11).

 

Su actitud ante la Inquisición

La Inquisición, en la Iglesia y en la sociedad española de aquel siglo, fue una de las instituciones más condicionantes. También en la vida de Teresa. Las intervenciones inquisitoriales cuestionan tanto su persona, sus gracias místicas (V 33,5), como el primero y principal de sus escritos, el Libro de la Vida. Ella, sin embargo, no sucumbe al ambiente de miedo inquisitorial que cunde en Castilla. Su actitud queda más patente en el texto primitivo de las Constituciones, al hacer el listado de libros para sus pequeñas bibliotecas del Carmelo incluyendo los de fray Luis de Granada, cuando todavía era reciente su inclusión en el Indice de libros prohibidos.

 

El movimiento de contrarreforma y el puesto de Teresa en ella

a.- En la historia de la Iglesia, Teresa, lo mismo que san Ignacio o san Juan de la Cruz, se inscribe en el movimiento de contrarreforma que arranca mediado el siglo XVI y es liderado de forma especial por el Concilio de Trento. Se entiende por ‘contrarreforma’ la actitud vital surgida en la Iglesia al tomar conciencia de la gran quiebra de la unidad producida en Occidente, no sólo como reacción a la ‘reforma’ iniciada por Lutero, sino como espíritu nuevo, que alienta la vida cristiana, las artes, la teología y los seminarios, y tiene su exponente sumo en los santos o en la Iglesia

misma: tanto en el modo de actualizar el misterio cristiano como en la reacción frente a la fracción que se separa de Roma.

b.- En términos generales, tanto la vida mística de Teresa como su actividad fundadora coinciden con la celebración y ejecución del Concilio de Trento, que denomina frecuentemente el santo Concilio. Pero ella no es una reformadora más de la vida religiosa, sino portadora de un carisma e inspiradora de un estilo de vida en la Iglesia, caracterizado por un fuerte componente humanista de vida fraterna y contemplativa al servicio del Reino.

c.- Es característico su humanismo cristiano, que presenta al hombre esencialmente abierto a los valores trascendentes. Todos sus símbolos (el castillo, el jardín del alma, el gusano-mariposa, las dos fuentes…) presentan al hombre como destinado a la trascendencia y abierto desde lo hondo de su ser a la relación con Dios. Igualmente, su ‘misticismo’ es profético: habla de Dios, de Cristo, del alma, no desde esquemas teóricos sino desde la experiencia. Teresa es, en definitiva, un testigo de Dios, presente en el mundo y en la historia del hombre. Humanismo cristiano y misticismo son las más fuertes aportaciones de Teresa al movimiento de contrarreforma liderado por el Concilio.

d.- Igualmente mantiene su firme opción por la Iglesia no sólo en referencia al misterio eclesial, sino expresamente en su estructura y existencia terrena. “Sabía bien de mí que en cosa de la fe contra la menor ceremonia de la Iglesia que alguien viese yo iba, por ella [por la Iglesia] o por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me pondría yo a morir mil muertes” (V 33,5).

 

Su mirada al continente americano

a.- Contaba Teresa apenas 17 años cuando comenzó el éxodo de sus hermanos a América (las Indias, en el léxico de Teresa). A partir de ese momento ya nunca cesará de apuntar su mirada al continente americano. Tensión en aumento hasta la víspera de su muerte. Para nosotros es interesante el cruce de esa tensión con la onda de su vida mística. Durante las dos últimas décadas las Indias forman parte de su paisaje interior y es uno de los determinantes de la extensión de su obra fundadora entre los frailes.

b.- De Teresa y su actitud frente a las Indias suele repetirse el tópico de los dineros que le llegan. Ella, sin embargo, vivió el problema de América a nivel más hondo y sufrió respecto de él una evolución radical. Tuvo siempre informacion de primera mano. Con todo, la información decisiva ocurre cuando en 1565 pasó por el Carmelo de San José el misionero franciscano Alonso de Maldonado, discípulo y seguidor del P. Las Casas, opuesto a la empresa de los conquistadores, y en pro de los misioneros. Oyéndolo, Teresa queda profundamente impactada, desde la sensibilidad de su tiempo, y no puede menos de retirarse a solas en una ermita de la huerta y clamar a Dios por tantos millones de almas como allá se perdían. De pronto se le había desplegado un horizonte inmenso, de perfil totalmente nuevo (F 1).

 

Su entorno familiar: El hogar de los Cepeda-Ahumada

a.- En tiempo de Teresa, el hogar era “el lugar donde se enciende la lumbre y el fuego para servicio común de una casa” (Covarrubias). Ese fuego material, tan necesario en ambientes fríos como Ávila, era a la vez el lugar del calor humano y afectivo que une y reúne a los miembros de la familia; esa pequeña célula de vida que nace y crece y crea el espacio y el humus adecuados para la intimidad y para el cultivo o la promoción de los valores del espíritu, dentro del contexto cristiano profesado por la familia de Teresa. Ella, que tan asidua e intensamente ejerció su misión de “Madre

de Espirituales”, tanto dentro de los Carmelos como en el entorno laico, cuidó también de ese aspecto de la vida familiar. Primero, de simple ‘monja’, interesada por la vida espiritual de su padre; luego, de mística, interesada en la vida espiritual de sus hermanos.

b.- El cuadro esbozado por Teresa al trazar la semblanza de su familia en las páginas iniciales del Libro de la Vida es netamente positivo, bien caracterizado, impregnado de sano humanismo cristiano. El perfil de don Alonso es el de un hombre recto, amigo de la verdad, sin excesos, socialmente bien orientado, adicto a la lectura, interesado en la Eucaristía, de mucha caridad con los pobres y piedad con los enfermos y con los criados. Muy similar es el perfil femenino de su esposa doña Beatriz, sufrida, recatada, muy apacible y de gran entendimiento, propensa a cultivar la piedad mariana de los hijos y otras virtudes cristianas. Teresa recuerda reiteradamente el interés por los pobres: hacía limosna como podía. Al trasluz del visor de Teresa, todo hace entrever una familia buena, humanista y cristiana.

 

El nuevo hogar de Teresa: La Encarnación

a.- Teresa vive su proceso vocacional entre los 18 y los 20 años de edad. A los 20 años, deja el hogar paterno e ingresa en las monjas carmelitas de la Encarnación. Las monjas carmelitas eran consideradas en tiempo de Teresa como la ‘segunda Orden del Carmen’. Fundadas en Francia el siglo anterior por el superior general, beato Juan Soreth, se difundieron en España a lo largo de los siglos XV y XVI. En tiempo de Teresa existían dos monasterios fundados en el siglo XV: el de Écija y el de Ávila.

b.- Episodios decisivos: a/ Teresa se ha hecho amiga de una carmelita de la Encarnación, Juana Juárez; b/ lee apasionadamente las Epístolas de san Jerónimo, que la interpelan fuertemente; c/ vive dramáticamente la despedida de su hermano preferido, Rodrigo, que ha decidido partir para las Indias y ceder a Teresa el derecho a la propia herencia. d/ Pero sin duda, el impacto decisivo se lo han producido las Cartas de san Jerónimo: “En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma” (V 3,6).

c.- Su Majestad, sin quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza (V 3,4). Los “tres meses de lucha” culminan en la decisión de notificarlo a su padre, don Alonso, que se opone frontalmente: primero, por el amor que tiene a su hija, y luego por la situación de la familia. Pero, dado el temple de Teresa, su decisión es irrevocable. Sin prisas: ciertamente, tras “los tres meses” sigue más de un año de espera. Se mantiene al habla con su amiga de la Encarnación. En familia, comparte su proyecto con el mayor de los hermanos, Antonio, y lo convence también a él: “había persuadido a un hermano mío a que se metiese fraile, diciéndole la vanidad del mundo” (V 4,1). Teresa posee ahora una extraña fuerza persuasiva. Y al amanecer el día de ánimas, muy de mañana, año de 1535, los dos hermanos se fugan de casa y Teresa franquea la puerta reglar del monasterio de la Encarnación. Sólo que para “forzarse a sí misma” le ha sido necesario un esfuerzo heroico. Su proceso vocacional no ha sido un idilio, sino una batalla.

d.- Por qué se hace carmelita. Es probablemente el lado más deficitario en todo el proceso. Teresa, fundamentalmente, se decide a ser carmelita porque tiene una amiga en la Encarnación. Porque este monasterio es “al que yo tenía mucha afición” (4,1), si bien, una vez decidida por el estado religioso, “a cualquiera (monasterio) en que pensara servir más a Dios, o mi padre quisiera, fuera” (ib.). En el ánimo de Teresa aletean otros motivos, incluso el miedo al infierno, el amor a Cristo, la previsión realista de los trabajos de la religión, por ser [yo] tan regalada. En el fondo, ella ha optado por la vida religiosa. Su vocación específicamente carmelitana tenía precarias motivaciones psicológicas. Pero estaba bien respaldada por una motivación netamente teológica: “¡Oh, válgame Dios, por qué términos me andaba Su Majestad disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí, que, sin quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerza!” (V 3,4).

 

Su inmersión carmelitana

a.- Teresa tomó conciencia – dentro de la Encarnación – de enrolarse en una tradición espiritual de arraigo secular. Si las monjas carmelitas tenían apenas un siglo de existencia y la Orden misma tres siglos y medio, la tradición oral se remontaba a más de dos milenios y se inspiraba en los profetas del Antiguo Testamento y en la Regla del Carmen.

b.- La Regla del Carmen es, después de la Biblia, el texto más veces citado por la Santa. Redactada en la primera década del siglo XIII, fue luego retocada y aprobada en el Pontificado de Inocencio IV (1247), y es este último texto el designado por Teresa como Regla primera o Regla primitiva (cf. Vida 36,26), que ella cree “sin relajación”.

c.- En las primeras páginas del Camino, dirá a sus monjas que al fundar el rincón de San José “pretendí se guardase esta Regla de nuestra Señora y Emperadora con la perfección que se comenzó” (C 3,5).

d.- Los aspectos más destacados de las propuestas de la Regla fueron: la pobreza evangélica (Vida,35), la oración (“que oremos sin cesar…, es lo más importante”: C 4,2), la soledad de la celda (Const 8; C 4,9), el silencio (M 3,2,13), el trabajo y la ejemplaridad de san Pablo, así como la tradicional relación de la Regla con el modelo de la Virgen, motivo por el cual Teresa la designa normalmente como Regla de la Virgen, Regla de Nuestra Señora del Carmen… (F 14,5; V 36,26; C, título; 3,5…; Conc, pról. 1).

 

El hecho decisivo de su conversión

a.- Durante los 27 años de estancia en la Encarnación, Teresa vivió jornadas intensas: Su enfermedad recién profesa, los tres meses de ausencia en Becedas, los cuatro días de paroxismo en agosto de 1539 teniendo día y medio abierta la sepultura en mi monasterio, los tres meses de parálisis, seguidos de tres penosos años de recuperación en la enfermería conventual: “cuando comencé a andar a gatas, alababa a Dios…” (V 6,1-3).

b.- Pero son mucho más importantes los acontecimientos que van jalonando su crecimiento espiritual: la lectura de san Agustín y la vista de un Cristo muy llagado dieron un vuelco definitivo a la vida religiosa de Teresa. En la Encarnación le acontecen las gracias místicas que refiere ella en el Libro de la Vida, desde las experiencias cristológicas, pasando por la merced del dardo, hasta las gracias carismáticas que la impulsaron a fundar un nuevo Carmelo.

c.- En la Encarnación de Ávila ocurrió el hecho decisivo que iba a cambiar el rumbo de su vida, en 1554, después de casi 20 años de vida carmelitana. Lo refiere en el capítulo 9 de su relato autobiográfico. Consiste, no ya en la superación de la lucha sostenida en los diez años precedentes, sino en la apertura de horizonte hacia un nuevo modo de relacionarse con Dios y de afrontar la vida de cada día.

d.- Este hecho decisivo representa el nuevo horizonte de la vida espiritual de Teresa, que describe así: “Tenía yo algunas veces comienzo de lo que ahora diré: acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo, y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora um sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar que estaba (Él) dentro de mí o yo toda engolfada en Él” (V 10,1). Era sencillamente el comienzo de la vida mística; el comienzo de una nueva manera de orar y de vivir, de consecuencias imprevisibles para ella misma. Es su experiencia de vida nueva, que dará origen al nuevo Carmelo. Comienza así la segunda época de su vida (1554-1582), marcada por fuertes experiencias místicas (Rel 35), de las que será testigo Juan de la Cruz, confesor en la Encarnación durante el trienio 1571-74, en que Teresa ejerció de priora. Será también una etapa marcada por una intensa actividad, de la que igualmente hará partícipe a Juan de la Cruz.

 

II.- Algunas claves de lectura de sus obras

Teresa de Jesús, marcada por el hecho decisivo de su existencia, que acabamos de relatar, y enriquecida por su experiencia de la Encarnación, donde vive 27 años, pasando el resto de sus días, 20 años, en el Carmelo por ella fundado (1562-1582). Esta etapa, la más fecunda, coincide con su obra de escritora y de fundadora. Trataremos primero de recoger algunas claves, que nos ayuden a comprender mejor sus escritos.

 

Los relatos de su experiencia mística

a.- Las obras de Teresa de Jesús son fundamentalmente relatos de sus experiencias místicas. Estas serán el paisaje de fondo de sus primeros escritos: especiales gracias cristológicas (V 26,5; 27,2; 37,4) y gracias antropológicas que le otorgan una nueva comprensión de sí misma o del paisaje del alma (V 40,9). Típico de ese panorama contemplativo es también su carácter dinámico, que la urge desde la contemplación a que funde un Carmelo y que escriba (cf. V, pról. 2; 37,1).

b.- Para decidirse a redactar el primero (1562 y 1565) recibe la orden de sus asesores, muy implicados en sus experiencias místicas, pero a la vez ella misma se dice movida por uno de esos impulsos interiores. El Camino (1566 y 1567) lo escribe más bien por reclamo intenso del grupo recién fundado en San José que sabe de sus gracias místicas y, en cierto modo, quiere empatizar con ella.

c.- Cinco o seis años después (1573) emprende la redacción del Libro de las Fundaciones. Prosigue así el relato comenzado en Vida 32-36, porque se lo ha ordenado el confesor P. Ripalda, pero ha intervenido también el impulso místico (pról. n. 2).

d.- Por fin en 1577 compone las Moradas. Lo mismo que el de las Fundaciones, también este último libro empalma con Vida, no en el relato operativo (cc. 32-36), sino en el místico (cc. 22-31; 37-40). Lo escribe para completar el panorama de experiencias interiores, de suerte que sirvan como paradigma del proceso de toda vida espiritual cristiana.

e.- En todos sus libros es central el tema de la oración, como apertura a la experiencia mística propiamente dicha. La oración fielmente vivida tiende a desembocar normalmente en determinadas experiencias contemplativas, en las que se llega a beber en la Fuente Divina, que brota en nosotros llena de bondad y de gratuidad, donde se experimenta como una especie de acción directa, suave e iluminadora, de Dios presente en lo más íntimo del alma.

f.- En sus libros están representadas no sólo las varias corrientes de espiritualidad presentes entonces en la península, sino los exponentes de los focos universitarios de Salamanca y Alcalá. Por eso la vida mística de Teresa no se ha volatilizado en un mundo abstracto o trascendente, sino que se ha encarnado en lo más típico de la espiritualidad y la teología de su tiempo. De suerte que la personalidad literaria y la estatura espiritual de la Santa no se podrían entender sin esas coordenadas culturales y epocales.

g.- Pero sus libros rebasan los esquemas y estructuras culturales de su tiempo y llegan hasta nosotros con toda su frescura, porque son la fotografía del Evangelio vivido en el curso de su existencia, recogen los núcleos perennes de la fe plasmados en su vida que siguen interpelando a los cristianos, incluso cuando la coyuntura histórica en que han sido vivenciados y doctrinalmente codificados ha sido superada. Requieren uma lectura con ojos de hoy, desde la cultura de hoy. Por eso es necesaria uma sensibilidad hermenéutica para captar el sentido siempre válido en todos los contextos y en todas las épocas.

 

Su arraigo bíblico

a.- Teresa acepta la Biblia como sumo criterio de verdad. Aparte de la impregnación bíblica que le aportaba la predicación, la oración litúrgica, etc., tuvo la suerte de leer el texto de tres libros sagrados, dentro de otros escritos espirituales: a/ El Flos Sanctorum, que le ofrece todo el texto de la Pasión según los cuatro evangelios. b/ El texto bíblico del Libro de Job, desparramado a lo largo de los Morales de san Gregorio. c/ Los textos bíblicos referentes a la historia o al misterio de Jesús, en el comentario de la Vita Christi por el Cartujano.

b.- Hay que destacar también la intensa presencia de la Biblia en sus escritos: Cantar de los Cantares, Evangelios, San Pablo, figuras bíblicas... De todo lo cual se deduce que Teresa había llegado a una densa mentalidad bíblica. Teresa acepta la Biblia como sumo criterio de verdad: “todo el daño que viene al mundo es por no conocer la verdad de la Escritura com clara verdad” (V 40,1). Aprecia el saber de los teólogos en cuanto derivado del texto sagrado: “En la sagrada Escritura que tratan, siempre hallan la verdad del buen espíritu” (ib 13,18). Y de sí misma atestigua: “por cualquier verdad de la Sagrada Escritura me pondría yo a morir mil muertes” (ib 33,5).

 

Su experimentación litúrgica y eucarística

a.- La verdadera iniciación litúrgica de Teresa tuvo lugar en la Encarnación, donde se incorporó a una comunidad contemplativa que daba suma importancia a la oración litúrgica y disponía de un buen grupo de monjas para solemnizarla. El rezo litúrgico era la ocupación principal, y em torno a ella giraban los demás quehaceres ordinarios. Sin embargo, progresará en el espíritu litúrgico sobre todo al adentrarse en la experiencia mística. Será ésta la verdadera mistagogía que la haga ahondar en el misterio de la oración eclesial, tanto en la liturgia de las horas como, sobre todo, en el gran misterio de la celebración eucarística (cf. M 6, 7,4).

b.- El rezo del Oficio divino y la Eucaristía diaria serán los dos puntales de toda su vida espiritual. Con el ingreso en la experiencia mística, la eucaristía pasa a ser el soporte de toda su vida. Las gracias más intensas las recibe con ocasión de la comunión. Es singularísima la gracia eucarística de un Domingo de Ramos, o la del matrimonio místico al recibir la comunión de manos de fray Juan de la Cruz. Pero en sus escritos, el texto que mejor documenta la hondura de su piedad eucarística es la improvisada anáfora con que termina en el Camino su glosa al ‘panem nostrum’ (C, cc. 33-35).

 

Mistagoga de la experiencia

a.- Arraigada en la Biblia, en la Palabra de Dios y en los misterios que celebra la liturgia, Teresa se convierte en una extraordinaria mistagoga de la experiencia. Para ello insiste en el aprendizaje de la vida de unión com Dios, haciendo hincapié en la presencia de Dios, que envuelve y penetra toda nuestra vida. Con frecuencia habla de ese “acostumbrarse” a buscar la compañía que Aquél que nos acompaña siempre (C, cc 26-29). Por eso para ella la oración “no es otra cosa…, sino tratar de amistad muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5).

b.- Teresa escribe desde la experiencia (V 18,8; 23,3; C pról 3) y para provocar la experiencia en sus lectores: “de lo que no hay experiencia, mal se puede dar razón cierta” (M 6, 9,4). Pluma en mano, dialoga de experiencia a experiencia, de la suya a la de las lectoras, convencida de que muchas de sus enseñanzas no las entenderá el lector sino desde la propia experiencia, pues “importa mucho no sólo creer, sino procurar entenderlo por experiencia” (C 28,1). De ahí su interés no sólo por explicar y hacer saber, sino ante todo por engolosinar y provocar la empatía del lector: ella

no escribe para informar sino para provocar la experiencia del lector, para empatizar.

c.- La experiencia de Dios por gracia (1544-1554), la experiencia de la persona de Jesucristo (1560) y la experiencia del misterio trinitario (1571): son los núcleos centrales, en torno a los cuales gira la espiritualidad teresiana.

 

El trasvase de la propia experiencia al Carmelo

El carisma de Teresa fundadora no queda confinado en su persona o em sus escritos, ni tampoco se reduce a la erección de una serie de Carmelos y al consiguiente liderazgo ejercido al frente de ellos. Mucho más importante y decisivo es el espíritu que ella les trasmite: el ideario, los objetivos, el estilo de vida. En el ideario teresiano respecto del nuevo Carmelo destaca desde el principio una doble orientación:

a.- De un lado, la mirada retrospectiva hacia el primigenio Carmelo de los orígenes (lejos de adoptar una actitud de ruptura con la Encarnación o con las raíces carmelitanas, ella mantiene intactas las relaciones con su comunidad de origen): afirma insistentemente su voluntad de empalme com la vieja tradición espiritual carmelitana, el regreso a la Regla primitiva, el doble modelo de la Virgen María y del profeta Elías, la vida ermitaña de los antiguos moradores de la Montaña bíblica (de esta casta venimos) etc. En esta orientación prevalece la voluntad de empalme con los orígenes (como en cualquiera de las reformas religiosas de su tiempo o como en el humanismo de los artistas renacentistas siempre con la mirada puesta en los modelos clásicos, greco-latinos).

b.- Del otro lado, el sentido de actualización y novedad: expresa voluntad de inserción en la Iglesia de su tiempo y trasvase de la propia experiencia religiosa o espiritual al grupo de seguidoras/es. Teresa enseña la novedad de una vida contemplativa con finalidad apostólica y eclesial. Tanto o más que su voluntad de arraigo en el pasado, en el ideario de Teresa prevalece la voluntad de inserción en el presente, Iglesia y sociedad. Destaca, sobre todo, la idea de servicio eclesial. El primer modo de servir a la Iglesia es ser tales… que…valgan nuestras oraciones, convencida de que encerradas, peleamos, estrechamente solidarias con los capitanes que la defienden: letrados, predicadores, sacerdotes (cf. todo el texto de C 3,1 y F 1).

c.- Pero lo que prima en esta segunda orientación es la presión que ejerce en Teresa misma la propia experiencia de Dios y de Cristo. Presión que, a su vez, alcanza desde Teresa al grupo. Toda su actividad fundadora se desarrolla en el período de intensas experiencias místicas, de suerte que el alma de Teresa es como una pila a tope de experiencia de Cristo y de urgencias eclesiales. Necesita transmitirlas como ideal y como vida a las venas del Carmelo. Es ésa la experiencia dinámica transmitida en sus

escritos. Sin una referencia viva a Teresa de Jesús, a su experiencia, a su historia de salvación, a su obra escrita, serían ininteligibles su obra fundadora, el ideal y el carisma de su Carmelo (cf. el breve texto de Fund 1,6 a propósito de la intensidad con que se vive el nuevo ideal en el Carmelo de San José).

 

La componente mística y humanista del teresianismo

a.- Una de las componentes de su ideal, recogida en sus Constituciones, es la que podríamos designar como humanismo teresiano en la vida religiosa: alta valoración de la persona, normativa de dos horas de recreación al día (casi en paralelo con las dos horas de oración mental: ya en Camino había insistido en las virtudes humanas: cuanto más santas, más conversables con vuestras hermanas), intercomunión de personas y de comunidades, prescripción del trabajo personal, lectura nutricia de libros selectos, discernimiento de las vocaciones, ejercicio de la autoridad por amor…

b.- Esas líneas maestras Teresa las pensó y trazó para los Carmelos de sus monjas. El trasvase a los descalzos lo hizo inicialmente a través de fray Juan de la Cruz. Más tarde, proponiendo también la figura modélica de Gracián. A fray Juan de la Cruz, experto en oración y contemplación, le propone el estilo de hermandad y recreación vigente en el grupo (humanismo). Él encarna el ideal teresiano entre los descalzos. De suerte que, para éstos, el carisma teresiano haya de ser también leído y valorado a

través de la persona y el estilo de fray Juan de la Cruz.

 

El valor apostólico y misionero de la mística teresiana

a.- Teresa de Jesús tuvo una particular experiencia de la Iglesia de su tiempo, de su misterio y de sus necesidades, que la llevó también a uma singular propuesta de servicio eclesial: el valor apostólico del ideal contemplativo. Lo resumen muy bien las palabras de Juan Pablo II, com ocasión de la clausura del IV Centenario de su muerte: "El eje de la vida de Teresa como proyección de su amor por Cristo y su deseo de la salvación de los hombres, fue la Iglesia. Teresa de Jesús 'sintió la Iglesia', vivió 'la pasión por la Iglesia' como miembro del Cuerpo Místico. Los tristes acontecimientos de la Iglesia de su tiempo fueron como heridas progresivas que suscitaron oleadas de fidelidad y de servicio. Sintió profundamente la división de los cristianos como un desgarro de su propio corazón. Respondió eficazmente con un movimiento de renovación para mantener resplandeciente el rostro de la Iglesia santa. Se fueron ensanchando los horizontes de su amor y de su oración a medida que tomaba conciencia de la expansión misionera de la Iglesia católica" (Avila, 1.11.1982).

b.- El servicio apostólico a la Iglesia, a través de la oración y de la vida contemplativa, es la piedra angular de su Camino de perfección (C 1,2) y de su obra fundadora (F 1,7). Nuestras Constituciones recogen este ideal apostólico con estas palabras: “Nuestra Madre santa Teresa, ilustrada por una experiencia más plena del misterio de la Iglesia e impulsada por el celo de la gloria divina, quiso que la plegaria incesante y la abnegación evangélica del Carmelo renovado rebosasen de un ideal apostólico peculiar” (CC 89).

c.- Asimismo, de la singular experiencia de la Santa brota el ideal misionero del Carmelo teresiano: “En efecto, nuestra Madre santa Teresa, prendió en su familia la llama del celo misional que la abrasaba y quiso que sus hijos trabajasen en la actividad misionera” (CC 94).

 

Los escritos teresianos

La experiencia aquí someramente expuesta, que la Santa vivió en el contexto histórico y vital explicado, se refleja en sus obras (cf. n. 16). Éstas serán expuestas de manera detallada en las fichas de lectura que se entregarán para acompañar nuestro estudio durante el próximo sexenio, por lo que no las recogemos aquí.