Las conversiones teresianas y su discernimiento

Conversion discernimiento Teresa de Jesus En el encuentro con el “Cristo muy llagado, Teresa tiene la experiencia de eso que se le suele llamar “compunción” o el dolor de los pecados: “fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía” (V 9,1). El Señor le otorga...

 


 

Nos acercamos a Teresa de Jesús, desde esta perspectiva espiritual, es decir, no nos centraremos tanto en lo biográfico, sino que más bien en los girones espirituales más significativos de su vida. Teresa narrará sus profundas vivencias espirituales, pero de igual manera no quisiera ni ocultar ni negar, las debilidades que amenazaron los primeros cuarenta años de su vida. Ya desde el prólogo de su autobiografía tiene ese deseo: “Quisiera yo que, como me han mandado y dado larga licencia para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo y con claridad dijera mis grandes pecados y ruin vida. Diérame gran consuelo. Pero no han querido” (Pról n. 1). Con todo, quizá haciendo caso omiso de quienes le mandaron escribir, algunas intimidades de eso que llama “ruin vida” se dejaron deslizar entre los abundantes relatos de su autobiografía. Sin embargo, dichos límites y a veces hasta pecados no son narrados para satisfacer la curiosidad mal sana de algunos lectores, sino para que la bondad ilimitada del Señor quede manifiesta: “miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle que su Majestad dejó de perdonarme” (V 19,15), ella está convencida de la bondad del Señor “con regalos grandes castigabais mis delitos” (V 19,14).

Habiendo experimentado abundantemente el amor misericordioso del Señor en sus incoherencias, no se cansa en su deseo de querer contagiarnos de ese Dios que se ha mostrado espléndido en su vida, por eso a la hora de escribir para ser discernida en sus vivencias, tiene también otra intencionalidad secreta: “que después de obedecer, es mi intención engolosinar las almas de un bien tan alto” (V 18,8). Nos acercaremos a Teresa dejando que ella realice esa su intención en nosotros, pues sabemos también que: “No soléis vos hacer, Señor, semejantes grandezas y mercedes a un alma, sino para que aproveche a muchas” (V 18,4).

Algunos teresianistas se han acercado a la vida de Santa Teresa desde muchas ópticas. Mi humilde aporte, es hablar de la Santa, desde la perspectiva de las conversiones pero haciendo una labor desde el discernimiento espiritual. Se habla que ella tuvo cuatro grandes conversiones, las cuales son: a la vocación, a la oración, ante el Cristo muy llagado, y la afectiva.

1. La conversión a la vocación.

Esta fue según su relato cronológico la primera gran conversión, sobre ella se fundamentarán las posteriores. Después de contemplar la candidez de Teresa en el capítulo primero de su autobiografía, asistimos en el capítulo segundo, a unos hechos entre los que se destaca la lectura de novelas de caballería, la adolescencia, y de manera particular el daño que hacen las malas compañías, especialmente la de una prima: “me parece me imprimía sus condiciones” (2,4). La adolescencia y esta amistad ayudaron a Teresa a enfriarse en aquellos tiernos propósitos de martirio y de ermitaña del capítulo inicial. Su alma estaba trastocada, pues pasó de aquellos episodios límpidos narrados en el primer capítulo al disgusto por hacerse monja: “enemistad que tenía con ser monja que se me había puesto grandísima” (3,1).

Al ingresar como pensionista al monasterio de Santa María de Gracia, la buena compañía de María Briceño y de sus compañeras hicieron que Teresa conectara nuevamente con su yo más profundo: “vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña” (3,5). La buena compañía fue la ayuda que necesitaba: “comenzó esta buena compañía a desterrar las costumbres que había hecho la mala” (3,1). Se inicia así la recuperación (3,2). Emprende así una cruzada de oración por su vocación: “y procurar con todas me encomendasen a Dios que me diese el estado en que había de servir. Mas todavía deseaba no fuese monja, que éste no fuese Dios servido de dármele” (Ib), y esta campaña de oración unida a la buena compañía da sus efectos positivos: “al cabo de este tiempo que estuve aquí, ya tenía más amistad de ser monja…” (Ib).

Un rasgo característico de su personalidad era que las cosas que interesaban a su alma se las tomaba con mucha seriedad, nos narra incluso el tiempo que utilizó en este dilucidar vocacional: “estos buenos pensamientos de ser monja me venían algunas veces y luego se quitaban y no podía persuadirme a serlo” (V 3,2), al final, al parecer fueron pocos meses los que utilizó para formular su opción vocacional: “en esta batalla estuve tres meses forzándome a mí misma…” (V 3,6); su determinación estaba firme, sería monja, sin embargo, ella no teme reconocer que algunas de sus motivaciones no eran del todo claras o evangélicas:

- “temía el casarme” (3,2).
- “También tenía yo una grande amiga en otro monasterio, y esto me era parte para no ser monja, si lo hubiese de ser, sino adonde ella estaba. Miraba más el gusto de mi sensualidad y vanidad que lo bien que me estaba a mi alma” (3,2).
- “Y aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi era el mejor y más seguro estado; y así poco a poco me determiné a forzarme para tomarle” (3,5).
- “En esta batalla estuve tres meses, forzándome a mí misma” (3,6).
- Cuando huye de la casa de su padre: “era todo haciéndome una fuerza tan grande, que, sí el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (4,1).

No obstante ese tinte voluntarista de su vocación, Teresa sabe comprender que el Señor se valía de todo ello, y que sin ella darse cuenta el Señor tramaba su realización, su felicidad: “de traerme por tantos rodeos vuestra piedad y grandes a estado tan seguro y a casa donde había muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar, para ir creciendo en su servicio” (4,2).
El Señor que ha llevado su proceso, con la pedagogía del amor, le asegura lo acertado de su decisión con los dos tipos de confirmaciones: una corta y la otra de largo alcance. En cuanto a ellas dice Teresa:

“en tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle, la cual nadie no entendía de mí, sino grandísima voluntad. A la hora me dio un gran contento de tener aquel estado, que nunca jamás me faltó hasta hoy, y mudó Dios la sequedad que tenía mi alma en grandísima ternura.

Dábanme deleite todas las cosas de la religión, y es verdad que andaba algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala; y acordándoseme que estaba libre de aquello, me daba un nuevo gozo, que yo me espantaba y no podía entender por dónde me venía” (4,2).

Sin embargo, también tuvo luchas como es común en toda vocación, pero en medio de todo prevalecía el contento: “Olvidé de decir cómo en el año del noviciado pasé grandes desasosiegos con cosas que en sí tenían poco tomo, más culpábanme sin tener culpa hartas veces. Yo llevaba con harta pena e imperfección; aunque con el gran contento que tenía de ser monja todo lo pasaba” (V 5,2). Si algunas motivaciones vocacionales no habían sido claras, el contento que encontró, una vez tomada su decisión fue la más certera purificación motivacional.

En la narración teresiana se constata la confirmación de dicha elección con aquel “contento” que acompañó toda la vida de Teresa. Aunque ya ha quedado evidenciada la confirmación de largo alcance, sin embargo, hay otro texto en donde la Santa vuelve sobre lo mismo:

“Yo nunca supe qué cosa era descontento de ser monja ni un momento en veinte y ocho años y más que lo soy” (V 36,11).

Es por eso que, cuando tiene que discernir sobre sus vocacionadas, el contento será un criterio indispensable. Siglos después será el Papa Francisco el que dirá: “Donde hay religiosos siempre hay alegría”. La alegría o el gozo vocacional aflora espontáneamente en las que el Señor llama para sus monasterios: “cuando veo estas almas tan limpias en alabanzas de Dios, que esto no se deja de entender en muchas cosas, así de obediencia, como de ver el contento que les da tanto encerramiento y soledad, y el alegría cuando se ofrecen algunas cosas de mortificación” (F 18,5). De la misma manera se llena de gozo al contemplar el contento no obstante todas las adversidades: “porque vida es vivir de manera que no se tema la muerte ni todos los sucesos de la vida, y estar con esta ordinaria alegría que ahora traéis” (F 27,12)

En base a ello podemos afirmar que, el descontento adquiere notas de fatalidad en la vida religiosa teresiana, pues alborotará la serena convivencia: “¡Oh, qué grandísima caridad haría y qué gran servicio a Dios la monja que en sí viese que no puede llevar las costumbres que hay en esta casa, conocerlo e irse! Y mire que le cumple, si no quiere tener un infierno acá, y plega a Dios no sea otro allá…” (CV 13,5). Teresa ha podido constatar que el descontento constante es una clara señal de inadaptación en la vida consagrada, con las entrañas de madre que le caracterizan discierne objetivamente: “alma descontenta es como quien tiene gran hastío, que, por bueno que sea el manjar, la da en rostro; y de lo que los sanos toman gran gusto en comer, le hace asco en el estómago” (V 13,7). Teresa como fundadora y formadora de sus monjas ha tenido tantas experiencias que enfrentar, las más sonadas van en relación con esa inadaptación, llamado por ella descontento. Por ejemplo dice así: “Porque sé lo que es una monja descontenta” (Cta 359,2) , e insiste: “crea que una monja descontenta yo la temo más que a muchos demonios” (Cta 387,14) .

En resumen, Teresa en su tierna infancia vivía orientada a Dios, en su adolescencia fue perdiendo su horizonte espiritual y se vuelve enemiguísima de hacerse monja. La buena amistad con María Briceño, hace que recupere “las verdades de cuando niña”, y toma la decisión de hacerse monja, no obstante sus titubeos, el Señor le confirma con el “contento” y otros sentimientos liberadores su opción vocacional.

2. La conversión a la oración.

La etapa que algunos podrían calificar de perdida en el itinerario de la vida espiritual de Teresa, lo forman aquel grupo de años en los cuales estuvo indeterminada en su vida espiritual. La cautividad vivida la expresa ella misma:

“Pase en este mar tempestuoso casi veinte años con estas caídas, y con levantarme y mal (pues tornaba a caer) y en vida tan baja de perfección, que ningún caso casi hacía de pecados veniales; y los mortales, aunque los temía, no como había de ser, pues no me apartaba de los peligros. Sé decir que es una de las vidas más penosas que me parece se puede imaginar; porque ni yo gozaba de Dios, ni traía contento en el mundo. Cuando estaba en los contentos del mundo, en acordarme lo que debía a Dios, era con pena; cuando estaba con Dios, las afecciones del mundo me desasosegaban. Ello es una guerra tan penosa, que no sé cómo un mes la pude sufrir, cuanto más tantos años” (V 8,2).

Así de dividida en su interioridad, llegó a tomar una decisión, la más equivocada de toda su vida, la califica incluso como la tentación más grande que le puso el maligno: abandonar la oración con el pretexto de humildad. Llegó a escandalizarse de sí misma, pues por un lado tenía deseos grandes de Dios, pero por otro lado experimentaba su debilidad. Pensó para sus adentros, dejaré la oración mental mientras me recupero, y cuando me haya recuperado volveré a ella; la tentación como en otros casos se deslizó sutilmente. Dicho episodio ella lo narra así:

“Este fue el más terrible engaño que el demonio me podía hacer debajo de parecer humildad, que comencé a temer de tener oración, de verme tan perdida; y parecíame era mejor andar como los muchos, pues en ser ruin era de los peores, y rezar lo que estaba obligada, y vocalmente, que no tener oración mental y tanto trato con Dios” (V 7,1).

Esta errada decisión, será un lamento reiterado en su autobiografía: “ya después que yo andaba tan destruida y sin tener oración” (V 7,11). Habiendo constatado el daño ocasionado a ella misma al dejar la oración, pone en alerta a los orantes de todos los tiempos:

“Principio de la tentación que hacía a Judas me parece ésta, sino que no osaba el traidor tan al descubierto: mas él viniera de poco en poco a dar conmigo adonde dio con él. Miren esto, por amor de Dios, todos los que tratan de oración; sepan que el tiempo que estuve sin ella era mucho más perdida mi vida; mírese qué buen remedio me daba el demonio y qué donosa humildad…” (V 19,11).

Pero el Señor que no abandona a nadie, y que saca de los grandes males grandes bienes, hizo que en la gravedad de su padre ella fuera a cuidarle, y tener allí un encuentro providencial con el P. Vicente Barrón, quién le invitó a retomar la vida orante:

“Este padre dominico, que era muy bueno y temeroso de Dios, me hizo harto provecho; porque me confesé con él y tomó a hacer bien a mi alma con cuidado y hacerme entender la perdición que traía. Hacíame comulgar de quince a quince días; y, poco a poco, comenzándole a tratar, tratéle de mi oración. Díjome que no la dejase, que en ninguna manera me podía hacer sino provecho. Comencé a tornar a ella, aunque no a quitarme de las ocasiones, y nunca más la dejé” (V 7,17).

La tentación empujó a Teresa a abandonar la oración, ella considera que llegó a esto por una falsa humildad. En otras palabras, ella se escandalizó de su ruptura interior y decidió abandonar la oración para no pasar por el trago amargo de encontrarse con Dios diariamente y contemplarse llena de deseos, pero también repleta de incoherencias (fue probablemente desde mediados de 1552 a finales de 1553). Es por eso que su mensaje es alentador para todos los orantes que se descubren a sí mismos lleno de incoherencias y debilidades:

“de lo que yo tengo experiencia puedo decir: y es que, por males que haga, quien la ha comenzado (oración) no la deje, pues es el medio por donde puede tornarse a remediar y, sin ella, será muy más dificultoso. Y no le tiente el demonio, por la manera que a mí, a dejarla por humildad; crea que no pueden faltar sus palabras; que, en arrepintiéndonos de veras y determinándose a no le ofender, se torna a la amistad que estaba, y hacer las mercedes que antes hacía, y a las veces mucho más, si el arrepentimiento lo merece” (V 8,5).

Resumiendo esta conversión hay que decir que Teresa abandona la oración por falsa humildad a lo largo de año y medio Cfr. V 7,1). Ayudada por Vicente Barrón, volvió a ella para nunca más dejarla (Cfr. V 7,17). Esta fue una de las decisiones más importantes de su vida, por ello cuando en Camino de Perfección nos anima a tomar el camino oracional dice: “digo que importa mucho, y el todo, una grande y determinada determinación” (CV 21,2). Sería imposible imaginarnos una Santa Teresa sin la referencia a la vida orante, es la puerta: “Sólo digo que, para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la oración; cerrada ésta, no sé cómo las hará” (V 8,9; Cfr.1M 1,7).

3. La conversión ante el Cristo muy llagado.

Es la conversión más conocida de Santa Teresa, son varios los factores que inciden ante el acontecimiento del Cristo muy llagado. Pero primero escuchemos el ya conocido relato:
“Pues ya andaba mi alma cansada, y aunque quería, no la dejaban descansar las ruines costumbres que tenía. Acaecióme que, entrando un día en el oratorio, vi una imagen que habían traído allí a guardar, que se había buscado para cierta fiesta que se hacía en casa. Era de Cristo muy llagado y tan devota, que, en mirándola, toda me turbó de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros. Fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía, y arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no ofenderle” (V 9,1).

Recordemos que el capítulo sétimo de su autobiografía Teresa nos ha dicho que volvió a la oración “y nunca más la dejé” (V 7, 17), además: “bien sé que dejar la oración no era ya en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes” (Ib.). Esa constancia en la oración ha originado que el capítulo ocho lo utilice para hacer la invitación universal a la oración, pues ha visto su avance espiritual desde que la ha comenzado a practicar con perseverancia. Retomando dicho dato, ahora en el capítulo nueve, nos narra ese encuentro impactante ante el “Cristo muy llagado”. Lo que no hay que olvidar es que ella está ahora con una vida de oración intensa (al menos diez años). Cuando no se había sumergido en esas profundidades oracionales, a lo mejor hasta pudo ver imágenes de Jesús más impactantes, pues la imaginería religiosa de su tiempo prestaba particular atención a los sufrimientos de Cristo, pero ahora que está en una profunda sintonía con el Señor, aparte que fue una gracia especial, la imagen le dijo más que cuando las pudo contemplar en los años de su frivolidad espiritual.

Dos son los aspectos, a mi criterio importantes, que quiero resaltar en esta conocida conversión teresiana. El primero es respecto a la confianza en Dios, y el segundo; el don de lágrimas aquí relatado con los efectos colaterales.

a) La confianza en Dios.
En esta conversión ante “el Cristo muy llagado”, Teresa deja constancia que un aspecto que le ayudo mucho en esta experiencia del Cristo muy llagado fue el descubrir su impotencia y poner toda su confianza en el Señor. Entendió que la conversión no era algo a adquirir por sus propios méritos, no obstante que el Señor viene a plenificar el esfuerzo humano. Tomó conciencia, en aquel momento, que había confiado mucho en sí misma, y que más bien lo que debía de hacer era rendirse ante el Señor: “Mas esta postrera vez de esta imagen que digo me parece me aprovechó más, porque estaba ya muy desconfiada de mí y ponía toda mi confianza en Dios. Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba. Creo, cierto, me aprovechó, porque fui mejorando mucho desde entonces” (V 9,3). A partir de este momento, en su autobiografía como en otros escritos, abundarán los consejos en torno a poner la confianza en Dios; veamos algunos textos: “quiere su Majestad y es amigo de ánimas animosas, como vayan con humildad y ninguna confianza de sí” (V 13,7). Así mismo enfatiza: “el que más alto estuviere, más ha de temer y fiar menos de sí” (V 15,12). Otro es el siguiente: “cuanto más determinados, menos confiados de nuestra parte, que de donde ha de venir la confianza ha de ser de Dios” (CV 41,4). En resumen, Teresa ha intentado hacer muchos intentos por convertirse, pero no se había rendido ante el Señor, y sin este rendimiento todo esfuerzo es estéril.

b) Don de lágrimas y compunción.
En el encuentro con el “Cristo muy llagado, Teresa tiene la experiencia de eso que se le suele llamar “compunción” o el dolor de los pecados: “fue tanto lo que sentí de lo mal que había agradecido aquellas llagas, que el corazón me parece se me partía” (V 9,1). El Señor le otorga a Teresa la vivencia del misterio de su Pasión. En otras palabras, Teresa cayó en la cuenta, que la muerte del Señor, no era solamente una consideración piadosa, sino que en dicha muerte, los pecados suyos habían estado de por medio. Con justa razón dirá: “porque el dolor de los pecados crece más mientras más se recibe de nuestro Dios” (6M 7,1).

Esta gracia de la compunción, habitualmente va acompañada por el “don de lágrimas”. A Teresa se le dieron ambas experiencias: compunción y lágrimas. El llanto, como don, forma parte de una larga tradición en los escritos espirituales. Será el biógrafo de San Antonio, es decir, San Atanasio, el primero en escribir sobre ello, en un libro que se le atribuye llamado De virginitate. Dicho don, encuentra su fundamento en muchos textos evangélicos por ejemplo: la mujer pecadora en la casa de Simeón el fariseo (Lc 7,38), Pedro arrepentido de haber negado al Señor (Lc 22,61-62) y otros muchos más.

La experiencia del llanto como don de Dios es también abundante en los escritos teresianos. Por ejemplo: al contacto con el Tercer Abecedario de Francisco de Osuna hace referencia a las lágrimas: “holguéme mucho con él y determinéme a seguir aquel camino con todas mis fuerzas. Y, como ya el Señor me había dado don de lágrimas y gustaba leer, comencé a tener ratos de soledad y a confesarme a menudo y comenzar aquel camino teniendo aquel libro por maestro” (V 4,7). Sé que no es el momento de hacer un estudio exhaustivo, solo quiero recalcar la importancia de las lágrimas en este capítulo nueve de la autobiografía, nos expresa que ante el “Cristo muy llagado”: “arrojéme cabe él con grandísimo derramamiento de lágrimas, suplicándole me fortaleciese ya de una vez para no le ofender” (V 9,1).

Este don que ella lo asocia al consuelo (Cfr. 10,2), según lo que ella manifiesta ya se le había otorgado antes de la lectura del Tercer Abecedario, haciendo reminiscencias describe:

“Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena, y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba; que, como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies, pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas; y no sabía lo que decía, que harto hacía quien por sí me las consentía derramar” (V 9,2).

En el mismo capítulo nueve, refiere también otras lágrimas, esta vez son ocasionadas por la lectura de las Confesiones de San Agustín, especialmente en el relato de su conversión: “Cuando llegué a su conversión y leía cómo oyó aquella voz en el huerto, no me parece sino que el Señor me la dio a mí, según sintió mi corazón; estuve por gran rato que toda me deshacía en lágrimas y entre mí misma con gran aflicción y fatiga” (V 9,8). Estas lágrimas ocasionaran efectos, que a su vez es la más certera prueba que no eran solo lágrimas “mujeriles” (Cfr. V 9,9), sino que le ayudaron en su proceso de conversión:

“Paréceme que ganó grandes fuerzas mi alma de la divina Majestad, y que debía oír mis clamores y haber lástima de tantas lágrimas. Comenzóme a crecer la afición de estar más tiempo con él y quitarme de los ojos las ocasiones, porque, quitadas, luego volvía a amar a su Majestad, que bien entendía yo –a mi parecer- le amaba, mas no entendía en qué está el amar de veras a Dios, como lo había de entender” (Ib.).

Las dos experiencias de lágrimas narradas en el capítulo nueve (ante “el Cristo muy llagado” y las Confesiones de San Agustín), están muy lejos de ser sentimentalismos espurios, pues se traslucieron en un avance notable en la vida espiritual, en otras palabras, produjeron frutos, aunque ella en un primer momento pensó que tan solo era sentimentalismo, habiendo constatado los buenos efectos que le dejó dice: “Parecíame que aquellas mis lágrimas eran mujeriles y sin fuerza, pues no alcanzaba con ellas lo que deseaba. Pues, con todo, creo me valieron; porque , como digo, en especial después de estas dos veces de tan gran compunción de ellas y fatiga de mi corazón, comencé más a darme a oración y tratar menos en cosas que me dañasen, aunque aún no las dejaba del todo, sino que, como digo, fueme ayudando Dios a desviarme” (Ib.).

4. La conversión afectiva.

Aunque Teresa se ha convertido ante “el Cristo muy llagado” y ha comenzado a experimentar fenómenos místicos; su noviciado místico como le llaman algunos. Ella misma nos ha dicho que después de las lágrimas del capítulo noveno: “comencé a darme más a la oración y tratar menos en cosas que me dañasen, aunque no las dejaba del todo…” (Ib.). Esas cosas que aún “no dejaba del todo”, eran las ataduras afectivas. No necesariamente porque fueran malas o pecaminosas, sino porque no le ayudaban a crecer, es decir, dedicaba tiempo y afecto a personas que no le encaminaban más directamente a Dios (Cfr V 21,10). Su corazón tendía a esclavizarse de sus afectos, no amaba con libertad, y dichas personas no siempre le encendían en los deseos divinos.

Será el jesuita P. Prádanos, una mediación importantísima en esta conversión afectiva, puesto que el corazón de Teresa, no obstante las mercedes de las cuales el Señor le estaba otorgando, aún estaba aún desintegrado. Cuando conversa con Prádanos, ella se descubre así: “porque no estaba mi alma nada fuerte, sino muy tierna, en especial en dejar algunas amistades que tenía, aunque no ofendía a Dios con ellas. Era mucho mi afición y parecíame a mí era ingratitud dejarlas” (V 24,5) . Prádanos, le “comenzó a poner en más perfección. Decíame que para del todo contentar a Dios no había de dejar nada por hacer” (Ib). Como comúnmente se dice, le aprieta las tuercas de su interioridad y le impulsa a buscar la libertad interior ante sus afectos. Como es lógico, Teresa se resiste un poco. El joven jesuita, ante aquella reacción, le propone que encomendase al Espíritu Santo su dimensión afectiva. La monja Carmelita, obedeció, y haciéndolo, tuvo el primer éxtasis acompañado de una locución: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (Ib.). Recordemos que según Teresa, una de las propiedades de las verdaderas locuciones es que “es palabras y obras” (Cfr. V 25,28), es decir, que las palabras llevan esa fuerza performativa (realizan lo que expresan), de hecho los efectos son los siguientes: “ello se ha cumplido bien, que nunca más yo he podido asentar en amistad ni tener consolación ni amor particular sino a personas que entiendo le tienen a Dios y le procuran servir; ni ha sido en mi mano, ni me hace al caso ser deudos ni amigos. Si no entiendo esto, o es persona que trata oración, esme cruz penosa tratar con nadie. Esto es así –a todo mi parecer sin ninguna falta” (V 24,6).

Teresa pudo sanar su afectividad, de ahora en adelante sus amistades están orientadas a lo divino, es cierto, pero este texto hay que tomarlo con mucha cautela. Algunos han querido ver que Teresa a partir de este momento huía de las antiguas amistades, en algún caso pude que sea cierto (por ejemplo, Cfr. V 23,2), pero a decir verdad, la liberación que ha ocurrido en Teresa, no es tanto cambio de amistades, sino que la gracia ocurre dentro del don de la amistad misma, es decir, cuando Teresa tiene esta gracia, lo que sucede es que su relación con los demás se elevará a otro nivel, pudiendo descubrir en cada persona, la presencia ignorada de Dios. Encuentra a Dios en esas personas, no las busca ya para sí; la amistad verdadera se unifica en Dios y buscándole a él. Hablando siempre de los efectos de los éxtasis o arrobamientos dice: “en llegando mi alma a que Dios la hiciese esta tan gran merced (éxtasis), cesaron mis males y me dio el Señor fortaleza para salir de ellos, y no me hacía más estar en las ocasiones y con gente que me solía distraer que si no estuviera, antes me ayudaba lo que me solía dañar. Todo me era medios para conocer más a Dios y amarle y ver lo que le debía y pesarme de la que había sido” (V 21,10). Es por eso que después de las experiencias extáticas, ya no hay gente que pueda dañar: “que se podría poner entre cualquier gente. Aunque sea más distraída y viciosa, no le hará al caso ni moverá en nada; antes, como he dicho, le ayudará y serle ha modo para sacar muy mayor aprovechamiento” (V 21,11). Entendemos así a profundidad aquello de Camino de Perfección:

“Así que, hermanas todo lo que pudieres sin ofensa de Dios, procurad ser afables y entender de manera con todas las personas que os trataren, que amen vuestra conversación y deseen vuestra manera de vivir y tratar, y no se atemoricen y amedrenten de la virtud. A religiosas importa mucho esto: mientras más santas, más conversables con sus hermanas; y que, aunque sintáis mucha pena, si no van sus pláticas todas como vos las querrías hablar, nunca os extrañéis de ellas si queréis aprovechar y ser amada” (CV 41,8).

Al respecto es bueno recordar, que el drama afectivo de Teresa que ahora se resuelve ha sido largo. En aquellos años difusos de locutorio, los peligros de este tipo asecharon su vida, como muestra nos quedan algunos relatos, como aquél que se da cuando está comenzando a conocer a una persona y tiene la representación de un Cristo con mucho rigor (muy enojado), que la da a entender “que no me convenían aquellas amistades” (V 7,6), sin embargo, las conversaciones ociosas continuaron, pues “estando otra vez con la misma persona, vimos venir hacia nosotros…, una cosa a manera de sapo grande…” (V 7,8), era otra señal que el Señor le estaba dando; el Señor le estaba reclamando su afecto: “¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad me estabais avisando de todas maneras y que poco aprovechó a mí!” (Ib.). El Señor le daba “mil avisos” (5M 4,9), pues como dirá más adelante en su relato autobiográfico: “no ha tropezado tantico, cuando le dais vos, Señor, la mano” (V 35,13). Se sumaba a estas señales las de una familiar monja que también le aconsejaba: “tenía allí una monja, que era mi parienta, antigua y gran sierva de Dios y de mucha religión. Esta también me avisaba algunas veces: y no sólo no la creía, más disgustábame con ella, y parecíame se escandalizaba sin tener por qué” (V 7,9). Teresa, pues se resistía a Dios, ella misma lo confiesa: “yo no solo tornaba a ser peor, sino que parece traía estudio a resistir las mercedes que su Majestad me hacía” (Pról. n. 1).

Santa Teresa no tiene dificultad en reconocer su desgarro afectivo, no tiene vergüenza en que sepamos que su corazón era como se dice comúnmente “enamoradizo”, ella misma certifica que:

“tenía una grandísima falta de donde me vinieron grandes daños, y era ésta: que, como comenzaba a entender que una persona me tenía voluntad y, si me caía en gracia, me aficionaba tanto, que me ataba en gran manera la memoria a pensar en él, aunque no era con intención de ofender a Dios; más holgábame de verle y de pensar en él y en las cosas buenas que le veía. Era cosa tan dañosa, que me traía el alma harto perdida” (V 37,4).

A pesar de esta confidencia teresiana acerca de esta debilidad afectiva, la poderosa locución “ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, le han desatado los nudos de su corazón, por primera vez en su vida comenzó a amar en libertad, es decir con plenitud, y no significó de ninguna manera que ella dejó de querer a las personas, lo que sucedió es que de ese momento en adelante las comienza a amar desde Dios y sólo desde allí se puede amar con libertad. A dicha locución, habría que agregar también otra experiencia gozosa que plenificó esta liberación, es la bellísima vivencia de contemplar a Cristo: “después que vi la gran hermosura del Señor, no veía a nadie en su comparación me pareciese bien ni me ocupase; que, con poner un poco los ojos de la consideración de la imagen que tengo en mi alma, he quedado con tanta libertad en esto, que después acá todo lo que veo me parece hace asco en comparación de las excelencias y gracias que en este Señor veía” (Ib.). Esta visión de Cristo la encontramos en el capítulo 28 de su autobiografía: ”un día de san Pablo, estando en misa, se me representó toda esta humanidad sacratísima como se pinta resucitado con tanta hermosura y majestad” (V 28,3).

Desde mi punto de vista, hay un texto teresiano, en otro libro suyo, que ayuda a comprender esta liberación afectiva, me refiero al libro Meditación de los Cantares, dice así:

“Ordenó en mí el Rey la caridad. Tan ordenada, que el amor que tenía al mundo se le quita; y el que a sí le vuelve en desamor; y el que a sus deudos queda de suerte que sólo los quiere por Dios; y el que a los prójimos y el que a los enemigos no se podrá creer si no se prueba; es muy crecido; el que a Dios tan sin tasa”(MC o CAD 6,13).

La caridad en orden, esa fue su vida después de la locución: “ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles”, es por eso que aquel gozoso día en que Dios vino a coronar las luchas de Teresa, ella prorrumpe en una alabanza:

“Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas veces tan gran fuerza, que me costaba harto de mi salud. Como fue hecho de quien es poderoso y Señor verdadero de todo, ninguna pena me dio” (V 24,8).

Esta experiencia de la liberación afectiva, al parecer le fue otorgada en 1557, cuando ella tenía cuarenta y dos años de edad. Veinte años después, cuando su experiencia ha madurado profundamente, escribe pletórica sobre un conocido verso suyo:

“Y aunque en hecho de verdad es herida que da el amor de Dios en el alma, no se sabe adónde, ni cómo, ni si es herida, ni qué es, sino siéntese ese dolor sabroso que hace quejar, y así dice:

Sin herir, dolor hacéis,
y sin dolor deshacéis
el amor de las creaturas,

Porque cuando de veras está tocada el alma de este amor de Dios, sin pena ninguna se quita el que se tiene a las criaturas. Digo de arte que esté el alma atada a ningún amor (lo que no se hace estando sin este amor de Dios), que cualquiera cosa de las criaturas, si mucho se aman, da pena; y apartarse de ellas, muy mayor. Como se apodera Dios en el alma, vala dando señorío sobre todo lo criado, y aunque se quita aquella presencia y gusto…, no se quita de ella ni deja de quedar muy rica de mercedes, como se ve después, andando el tiempo, en los efectos” (Cta 173,9) .

Sólo la vivencia del auténtico amor de Dios, hace posible que se quite el de las criaturas (cuando es desmedido). Teresa ha experimentado lo que ha dicho en la carta: el toque del amor de Dios en su alma le ha dado señorío sobre todo lo criado. En resumen, será la experiencia del amor de Dios la que hará que nuestra santa ame en plenitud.

Después de estas cuatro conversiones, Teresa llevaba un camino irreversible en su seguimiento de Cristo; el Señor realizó en ella su proyecto de amor: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! (Cfr. Sal 89,1)” (V 14,10). Es así que: “la gloria de mi Señor quiero y que haya mucho que le alaben, y querría cierto conociesen mi miseria” (Cta 85,17) , así concluye su vida Teresa, amada y redimida por un Dios ganoso de darse.

Finalmente, creo que las conclusiones sobre este pequeño estudio han ido brotando espontáneamente, yo tan solo quisiera expresar que mi única intención ha sido presentar a Teresa desde esa dimensión humana y el aporte de la gracia en los momentos oportunos. En la vida de Teresa vemos como la conversión y la santidad es procesual, el “miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle que su Majestad dejó de perdonarme” (V 19,15), deberá provocar en todo orante esos “ánimos animosos” (V 13,2) por seguir en este camino de seguimiento de Cristo, no obstante las limitaciones humanas, debilidades o pecados. Siempre me parece oportuno recalcar con Teresa, que la verdadera experiencia de Dios no comienza cuando el orante ha superado todos sus pecados, sino que ellos son más bien el escenario desde donde Dios comienza a redimir a la persona, es allí donde todo pecador experimenta el consuelo que solo el Señor puede otorgar: “bien sabéis, mi Dios, que entre todas mis miserias nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia” (E 4,2). Con Teresa de Jesús comprendemos aquello que san Pablo decía: ”pero él me dijo: “Mi gracia te basta, pues mi fuerza se realiza en la debilidad”, por tanto, con sumo gusto seguiré vanagloriándome, sobre todo en mi debilidad, para que se manifieste en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mi debilidad” (2 Cor 12, 9-10).

AUTOR: Mons. Oswaldo Escobar