Dichosos los pobres

¿Dichosos los pobres?

Pobreza y riqueza entrañan realidades complejísimas. Hay ricos que se mueren de hambre. Hay pobres que viven en la abundancia. A menudo se constata la esclavitud que el dinero ejerce sobre sus poseedores y la libertad que nace de la pobreza. Al rico difícilmente se le ocurre comprar pobreza, y tal vez sea ésta su mayor miseria. El pobre puede sentirse desgraciado o hacer de su pobreza su mayor riqueza.

Qué sea la pobreza posiblemente nunca lleguemos a saberlo. Sus facetas son tantas que toda aproximación no pasa de mero tanteo. Hay una pobreza infalible: la que da a uno la libertad de ser feliz. Es probable que los pobres no crean en este lenguaje, hecho más para halagar a las masas. Los ricos sí saben que en su riqueza no son felices, Se sienten atropellados por lo que tienen, que no les queda tiempo para sí mismos. Viven de la miseria de su riqueza.

De la riqueza nace el consumismo. Las modas, los viajes, las fiestas, los negocios, el dinero, ejercen tal fascinación, que nos quitan hasta el placer de respirar. Hay que comprarlo todo en los supermercados, donde no falta halago para ningún sentido. “El consumismo, con su ambición descontrolada de “tener más”, va ahogando al hombre moderno en un inmanentismo que lo cierra a las virtudes evangélicas del desprendimiento y de la austeridad, paralizándolo para la comunicación solidaria y la participación fraterna” (Puebla 56).

Educados en la cultura del bienestar y del individualismo, desconocemos la dicha del desprendimiento. Estamos apegados a todo, como si la felicidad no tuviera su fuente en nosotros. Incapaces de darnos nosotros mismos, nos llenamos de baratijas que nos suplantan en el servicio a los demás. (¿Hay algo fuera del hombre que no sea baratija?). Quien se da, colma toda medida. El otro sabe que no tiene con qué pagar el tiempo que el dedicamos. Pero sí sabe que lo engañamos cuando le damos algo de lo que tenemos porque no tenemos tiempo para darle.

Jesús decía un día a sus discípulos: “Dichosos los pobres, porque vuestro es el reino de Dios” (Lc 6,20). Esta palabra de Jesús sigue llenando el mundo de intriga y malestar. Bien sabía que estaba tocando las fibras más secretas del corazón y que ninguna explicación sería del todo convincente. El dinero, que es la dimensión más externa de la pobreza, no se resigna a dejarse medir por sueños de felicidad. Quien un día y otro día bucea en la intimidad del corazón, va penetrando en ese mundo de repercusiones extraordinarias que sólo dispone de un lenguaje paradójico para comunicarse. Por mucho que se haga la apología de la pobreza, siempre será realidad esquiva a la ambición del hombre. La grandeza de la cruz ofrece una atracción que sintoniza con muy pocos corazones. Quien elija la pobreza no podrá conservar ni una gota de su sangre.


AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD