Los discípulos y la resurrección

Los discipulos y la resurreccionVuelve a las mujeres que no habían entendido su cariño, a sus parientes que quisieron manejarlo.... por lo mismo, en encuentro pascual es mas que apertura hacia el recuerdo. Es verdadera novedad. Los discípulos comprenden que su encuentro con Jesús...

 


 

Discípulo de Cristo es el que ha vivido y vive la experiencia de la pascua, traduciéndola en la cotidianidad de la vida. Desde el texto bíblico nos encontramos  con dos clases de discípulos: los que conocían a Jesús en el trascurso de su vida, antes de su muerte y después lo descubrieron como vivo; otros le conocemos por el testimonio apostólico y vivimos la experiencia de la pascua en el ámbito de la comunidad eclesial.

LA EXPERIENCIA DE LOS APÓSTOLES

Los primeros discípulos fueron los seguidores de Jesús en el camino: los que vieron sus milagros, escucharon sus palabras y recibieron sus mensajes. El libro de los hechos los agrupa en apóstoles, parientes de Jesús, mujeres infieles (hech. 1, 14). Todos ellos han tenido una experiencia pascual, con María, la madre del Señor. Desde ellos es que podemos hablar de la experiencia apostólica del resucitado, interpretar estos datos evangélicos y la luz que nos da el testimonio personal e San Pablo.

Los discípulos y todo el grupo de personas que alude el texto de los Hechos, tenían la experiencia de Cristo antes de la pascua. Por lo mismo, no partían de cero. Les había impresionado fuertemente el profeta de galilea: lo seguían, lo querían, se opusieron a su camino, hasta le negaron y no faltó quien llegara a odiarlo, como el caso de Pablo antes de su conversión. Lo maravilloso es que en un momento determinado, después de la muerte de Jesús se han descubierto penetrados por su fuerza: su camino ha revivido, su persona ha retornado victoriosa de la muerte, de tal manera que han visto cómo todo se realiza de un modo totalmente distinto. Su decisión de ahora en adelante es confesar y han confesado: ¡ Está vivo!

Todo esto hace que todo cambie. Lo de entonces y lo de ahora por encima de todo lo previsto, emerge la realidad de Jesús como persona. Por eso, la experiencia de la pascua no consiste tampoco en el descubrimiento del valor absoluto de la ley o de la acción del hombre; en contra de los fariseísmo antiguos y de los nuevos moralismos, ella nos conduce al campo de la vida de Jesús. No se trata de conocer a Dios, por medio del razonamiento o del misterio, únicamente, la pascua significa, mas bien, el encuentro gratuito y gratificante con el Dios que se hace humano en Jesucristo. A partir de ahí todo es diferente.

La pascua es, por lo mismo, una experiencia de persona. Donde los hombres querían el camino del misterio por la ley, se aparece Jesús como persona que ha triunfado de la muerte y vuelve hacia los suyos, en absoluta novedad, para decirles que empiecen a formar un mundo nuevo.

Esto implica a mi modo de ver, dos elementos. Por un lado es teofanía: de pronto al comienzo no comprenden ni entienden en forma definida; pero en el fondo de lo que han vivido va surgiendo la certeza de que ha sido y es el mismo Dios, quien viene a su encuentro de nuevo por Jesús resucitado. Todos los otros medios de presencia de Dios pasan a un segundo plano. Solo queda una sola cosa: JESÚS RESUCITADO, como el rostro de Dios Padre con plena hierofanía. Por otro lado es antropofanía: también al comienzo no son capaces de medir las consecuencias de lo que ha pasado; sólo se saben llenos de Jesús y lo anuncian gozosa, pasional y provocadoramente; aseguran que ha pasado lo viejo y llega el hombre nuevo, el fin de lo viejo; casi no pueden medir sus palabras. Poco a poco Irán entendiendo que lo que ha sucedido de la vida que triunfa de la muerte y se despierta en el regazo de Dios que es Padre.

Esta experiencia de Dios “persona” es, a mi entender el centro y el sentido de la pascua. Lo antiguo pasa a un segundo termino o se va traduciendo desde esta nueva luz. Solo queda una certeza: ¡CRISTO VIVE!, y su vida es el verdadero presente y el futuro de todo. Por eso la pascua y su experiencia son: recuerdo, trasformación y envío.

Es recuerdo. Aquellos que han conocido el camino de Jesús vuelven a encontrarle vivo después de su muerte. Los apóstoles le encuentran y le aceptan como el que los había convocado, afirmándoles con su palabra y sosteniéndolas en su compañía y amistad, se ha dejado ayudar por su cuidado. Los familiares le recuerdan como el hermano que, nacido en medio de ellos, comenzó escandalizándolos con su palabra de ruptura y su geto de novedad mesiánica. Todos vuelven a encontrarlo. Jesús les sale al paso de una forma nueva y definitiva y comienzan a entenderlo de manera diferente : desde Jesús al Antiguo testamento tiene otro sentido y los caminos de Dios entre los hombres. Sin este importantísimo recuerdo, donde se recupera el pasado de Jesús, desde la infancia hasta el calvario, la pascua terminaría, diluyéndose en algo estéril y de leyenda.

Es trasformación. Ante Jesús resucitado todo lo anterior se trasfigura. Jesús vuelve y perdona a los que lo habían rechazado, negado y huido. Vuelve a los suyos

Vuelve a las mujeres que no habían entendido su cariño, a sus parientes que quisieron manejarlo.... por lo mismo, en encuentro pascual es mas que apertura hacia el recuerdo. Es verdadera novedad. Los discípulos comprenden que su encuentro con Jesús no ha terminado. Por eso ahora, cuando ya no hay viejo contactos corporales, cuando el escándalo de la cruz parece haber quebrado todos los senderos y esperanzas, surge la verdadera comunión con el Maestro. Ellos no entienden, pero saben que es Jesús el que ha venido; se les ha manifestado, poderosamente creador, lleno de vida, por encima de la muerte. De nuevo les ofrece su confianza, ahora de un modo inquebrantable, y les asegura: ¡ no teman! Vengo de nuevo para permanecer para siempre con ustedes. Por primera vez, estos viejos seguidores abatidos y frustrados ven un amor que permanece, un encuentro que les hace ser para siempre. Se sienten nuevos y trasformados. Solo puede haber gozo y alabanza.

Es finalmente un envío. Mas allá del recuerdo pasado, por encima de la transformación personal hay una palabra misionera: los discípulos no pueden contenerse encerrados en lo de antes sin esperanzas. Viven desde Jesús y se descubren enviados: el señor resucitado les confía el cuidado y la promoción de su mensaje, y sin pensarlo mucho, impulsados por un nuevo poder identificado como el Espíritu de Pentecostés, extienden el anuncio de Jesús. Son un puñado de ignorantes, un grupo de antiguos miedosos; pero han tenido la gracia de ser hallados por Jesús, le han redescubierto después de su muerte y acogen el encargo de anunciar su vida. Así lo que fue un recuerdo se convierte en vida futura. La experiencia de la pascua se explicita en el camino del mensaje: los discípulos que tienen un poder que les desborda, se sienten poseídos por una gracia que les sobrepasa; y llenos de alegría. Ignorando las dificultades que les esperan, comienzan la aventura de la misión que, por caminos diferentes les conduce hacia los confines de la tierra.

Esta es la diferencia apostólica de Jesús resucitado. No es un tipo diferente de idea sobre Dios, ni se descubre un modo nuevo de trasformación de la materia. La pascua es un elemento integrante de su vida: Jesús resucitado renueva y recrea su vida. Se miran y se descubren diferentes. De ahora en adelante su manera de sentir las cosas no es igual, su ser es distinto. Por eso, cuando anuncian a Jesús, no lo hacen con teorías sino que “dicen su vida”, se dicen a sí mismos, al testimoniar la pascua a otros.

La experiencia de la pascua se extiende, según eso, por medio del testimonio. No cuenta lo empírico ni racional, los discípulos de Jesús han ofrecido el testimonio de su propia palabra y de su vida. No se dan cuenta de lo que pasa. Pareciera que navegan a lomos de una tempestad que les desborda. Nada les importa. Son testigo de Jesús y, al presentarlo, se presentan como reflejo del señor resucitado. Llevan en su corazón la herida de la pascua y cuando cuentan la que han sentido can contando lo que Cristo ha hecho en medio de ellos; cómo les reconoce y cómo les recrea, después de su muerte, cómo les envía y,  sobretodo, cómo ese Jesús es el viviente.

No es nada fácil fijar ese testimonio pascual de los apóstoles, como aparece en los primeros años de la Iglesia. Ese contenido radical se refleja fundamentalmente en los libros del Nuevo testamento y sus tres formas complementarias: sinópticos, Juan y San Pablo.

Para los sinópticos la pascua se interpreta desde la vida de Jesús: es el desenlace y comienzo de lo definitivo. Marcos presenta a Jesús resucitado en Galilea (16, 1-8): allí donde recuerdan su mensaje, siguen su camino y se reúnen a partir de la palabra; en otras palabras, la experiencia del Señor es la vida de la Iglesia. En San Mateo la pascua es el triunfo de Jesús y el envío (28, 16-20) allí donde se anuncia la Palabra y vive el misterio de Jesús, está Él presente entre los hombres. Pasa San Lucas interpreta el valor e esa experiencia (24): viene Jesús: Jesús alienta donde se reconstruye el camino de la vida, participan del pan y proclaman su perdón y su Palabra.

Para San Juan la pascua es recreada desde el espíritu (20, 21) ilumina desde la pascua la vida de Jesús. El proceso pascual es trasfiguración de la historia de Jesús, como fuente del espíritu, camino – verdad – vida, Hijo de Dios está resucitado. Experiencia de la pascua y hondura de Jesús es lo mismo.

San Pablo vive la experiencia de la pascua como el triunfo de la cruz. Apenas sabe de Jesús según la carne. Pero sabe que el Mesías de Dios tuvo que morir y ha resucitado. Esa es su experiencia pascual (Cfr. Hech 9; Gal. 1, 11 ss), anuncia la cruz liberadora: lo viejo pasó con su ley, el pecado ha fracasado; desde la cruz de Jesús y el poder de la pascua, aparece el mundo nuevo de reconciliación y gratuidad, de esperanza y vida nueva. Ella es la experiencia del cristiano.

EXPERIENCIA DE LA IGLESIA

Hay otro grupo de discípulos que no han seguido al Jesús histórico, no han tocado su cuerpo ni escuchado directamente su palabra (Cfr. Jn 20, 29; 1Jn 1,1-4). Son los que llegan después de los apóstoles. También se sienten llamados a la fe y a la experiencia de la pascua. No han visto a Jesús pero comparten la palabra y testimonio de la comunidad- iglesia.

Por eso la Iglesia – comunidad es la de los testigos que, enraizados en la fe de los apóstoles, recuerdan y cuidan, celebran y recrean la experiencia pascual de Jesucristo. La Iglesia – comunidad es una expansión del ámbito de la pascua. La experiencia de Jesús resucitado es a través de ella, en su palabra predicada y orada, en su vida-fiesta celebrada. Nace del testimonio apostólico y por el Espíritu decide mantenerla. Brota del mensaje pascual y lo cultiva entre los pueblos. Por eso es lugar de realización para los hombres que viven metidos en las experiencias de la vida, dominados por todo y por nada, distorsionados por inútiles razonamientos, perdidos en la vida...; de pronto, abriéndose a la Iglesia – comunidad descubren una nueva experiencia que proclama, actualiza y celebra el sentido de la pascua.

La Iglesia – comunidad no tiene otro sentido y principio que el anuncio de la pascua. Puede que escuche y proclame muchas palabras. Pero en su interior sólo se escucha una que ofrece el anuncio repetido y fascinante de la pascua. Ese anuncio la fecunda y fortalece, la funda y plenifica en un milagro sin fin. Existe muchos sistemas en la tierra, sociales y poderosos, explotadores y encargados de amontonar riquezas, dirigir a pueblos y cultivar ciencias...seguro que sí, pero ninguno se compara con la iglesia. Ella es, si se quiere, institución memorativa – celebrativa: ya se celebra y recuerda-actualiza la experiencia de su Cristo, haciendo que su pascua no se pierda entre los hombres. Será también, institución narrativa: empeñada en trasmitir lo que ha escuchado, haciendo que resuene en todos los rincones de la historia. El espíritu paráclito es memoria, recibida y trasmitida por la Iglesia, es la pascua. La resurrección del Señor puede asumirse y aceptarse por los hombres y mujeres que la anuncian. El cimiento de la experiencia de la pascua en la Iglesia es la palabra poderosamente recibida y anunciada. Solo hay gozo y fiesta de pascua allí donde hay empeño de unos por contarla.

El centro de la Iglesia – comunidad es la vivencia de la pascua. Y vivencia es don y compromiso de Jesús entre los hombres. La pascua es un don: el milagro de la gracia de Dios que nos acoge y nos trasforma por el Cristo. Y luego la exigencia: como llamada a trasformar la vida, en el seguimiento de Jesús. Don y exigencia nos muestran que el mensaje de Jesús sigue adelante; adelante el anuncio del Reino, su forma de actuar, su perdón y trasformación. Allí donde se viva todo, donde la vida es gracia, donde exista el perdón que abra caminos de fraternidad puede decirse que se vive la pascua. Ella es inseparable de una Iglesia que se ofrece como vivencial que actualiza la pascua y su contenido. Sólo donde se ofrece el perdón (Cfr. Lc 24, 47) y se vive el amor (Cfr. Mt 28,20), y cuando se retorna continuamente a Galilea, para rehacer el camino del Maestro (Cfr. Mc 16,7) puede hablarse de la experiencia de la Pascua. Los otros encuentros con Jesús, encerrados en un intimismos sentimental o meramente ideológico, es una equivocación.

La iglesia – comunidad es celebración. La experiencia de la pascua y su compromiso, está allí donde la comunidad, gozosamente reunida en torno a la palabra de Jesús, celebra su presencia como perdón – bautismo – o como vida compartida – eucaristía-. Los discípulos “reconocen a Jesús en la fracción del pan” (Lc 24, 30-31). Le reconocen experiencialmente en su verdad, pues solo habían visto un fastasta que les acompañaba. Sin la celebración de la victoria de la vida sobre la muerte, sin el gozo de la salvación ya entre nosotros, sin la vida que se abre al misterio y desde el misterio la pascua es una ideología.

En otras palabras, la Iglesia – comunidad es la de los testigos que recuerdan, actualizan y celebran la resurrección como marco y cimiento de la experiencia de Jesús en los discípulos: ella no es teoría para probar sino acontecimiento que salva y que se atestigua en el anuncio, como principio de vida que se asume en compromiso y como fuente de gozo litúrgicamente celebrado. Aquí y sólo aquí es posible siempre la experiencia de la pascua. Pero paradójicamente la pascua también es pasado y presente, comunitaria e individual, teológico y cristo lógico.

Es experiencia “de pasado”, ya que asume un acontecimiento de la historia de Jesús y es base de la vida de los hombres. Pero también es experiencia de “presente”. Es vivir cada día potenciado y dirigido e interpelado por la fuerza de Jesús, el Cristo. No es el tiempo trascurso, para integrarse en la repetición del eterno retorno. La pascua asume ese tiempo, y sembrada en el pasado único de la vida de Jesús lo introduce en la planificación del futuro. Por eso la pascua es fuente de sentido de la historia.

Es experiencia comunitaria e individual. Es comunitaria cuando trasmite, actualiza y celebra en la comunión de la Iglesia; pero en el centro de la comunidad, ella nos sitúa en el lugar de la más profunda decisión personal, donde cada uno asume el camino de la fe o de la increencia. Pareciera que Jesús resucita “para mi”: me saca del mal y de la muerte y me llama a su victoria en el centro de su encuentro en fuerza de amor que crea el cuerpo de la Iglesia: se descubre que la pascua no nos pertenece en exclusiva; solo se puede vivir en la medida de la entrega de unos con otros en comunión liberadora; solo en la iglesia se recuerda, se vive y se celebra la realmente nuevo que surge de la pascua.

La experiencia de la pascua también es teológica y de Cristo. Ella nos leva hasta Jesús, a su importancia, a su muerte en el ámbito de su creatividad y de su entrega por otros. Allí donde Jesús se desvela como sentido de la vida y de la historia, Dios se manifiesta como divino. No es primero Dios y luego la fe en Cristo y en su pascua. Sólo la fe en la pascua de Jesús, es dónde se interpreta la vida como resurrección y se puede hablar de Dios como Padre de los hombres. La pascua como raíz del compromiso cristológico, nos lleva al centro de la teología, hasta el lugar donde Dios es Padre con el Hijo.

SIGNIFICADO DE LA EXPERIENCIA PASCUAL

Ningún acontecimiento es puro. El contacto del hombre con la cosas siempre es interpretado por presupuestos y condicionamientos. Es la que pasa con la pascua. Nuestro mundo es cautivo de la idea, de la lucha y por la muerte. La falta de seguridad es evasión y dominio. Soñamos fraternidades y el mundo es un campo de batalla, queremos ser libres y nos atrapa la muerte. Sólo en este mundo tremendo y cruel podemos realizar y realizamos la pascua. Para unos será idealismo, para otros materialista y otros esperan liberación.

Para muchos, la pascua es un idealismo que nos saca de las coordenadas de la vida concreta de Jesús, de la lucha por la vida y la justicia, y nos sitúa en lo fantástico y oprimido. Mas que el triunfo de Jesús, la  pascua es un fracaso: donde no se ha sido capaz con la acción de Jesús, sonde se ha negado su entrega y su lucha se ha creado el refugio de la pascua, para escamparme de la entrega de Jesús a los otros reflejada en la impotencia, ilusión y represión. Puede ser que para algunos la pascua sea signo de impotencia. Donde no se ha podido actualizar el gesto de Jesús, donde no se ha guardado su legado, se ha recurrido a una “salida fantástica”. Lógicamente la pascua no es un reflejo de ningún tipo de represión sino mas bien un gesto de hermandad y de justicia. La resurrección es la vida de Dios en un camino de la entrega hasta la muerte; la pascua anuncia y significa el triunfo de lo humano: importa el hombre, la novedad de la pascua abarca al hombre entero, incluyendo su momentos y sus planes, la apertura hacia el misterio y la realización en el mundo, la plenitud individual y la unidad comunitaria, la transformación del presente y la añoranza del futuro, la donación de la vida y la vitalización de la muerte.

CONCLUSIÓN

La resurrección es ante todo una experiencia de fe. Por encima de las probaciones de razón y de trasformación prácticas, la resurrección del Señor es el lugar de privilegio donde se realza la confianza en las personas porque el camino de Jesús es encuentro en gratuidad; por eso nos ponemos en sus manos, asumimos su herencia, continuamos sus gestos, actualizamos su esperanza... sobre las dificultades emerge la fe, el poder de la confianza que nos abre a Dios Padre. Sólo en este contexto puede hablarse de Dios de la experiencia del Espíritu como gratuidad y exigencia, don y compromiso que nos conduce hasta el fondo de la vida. No es primero creer y luego experiencia pascual; solo la pascua da sentido a la fe y en ella se verifica.

La resurrección es experiencia de esperanza. Muchas de nuestras liberaciones son parciales: la trasformaciones, las planificaciones, los retornos, las recuperaciones...cuando el hombre se descubre a sí mismo como absoluto sólo hay libertad que lo libera: la victoria sobre la muerte. Esto es lo que ofrece la pascua. La resurrección de Jesús nos sitúa en una vida que se realiza no en “el más allá” respeto de la muerte sino “a través” de la muerte. En nuestro momento suena la sirena de la impotencia y el susurro de un retorno a la materia en la que no duele la muerte. La experiencia de la pascua nos conduce al lugar del sufrimiento de la vida para ofrecernos la utopía de la trasformación, la esperanza del mundo por la victoria de Cristo.

Por todo lo anterior la pascua se convierte en realidad celebrativa: allí donde recordamos a Jesús, vivimos su presencia, invocamos su llegada y se canta su grandeza en trasformación de libertad, puede asegurarse que es la pascua del Señor. Frente a las sacralizaciones, frente a la fiesta pagana, la impotencia y el aburrimiento, los discípulos de Jesús celebran la experiencia de su pascua.

 

AUTOR: P. Jorge Fabio Soto, OCD

 

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