La primera piedra

primera piedraDeslumbrados por la palabra que escuchan, encuentran como único refugio el silencio fugitivo. Se van reconciliados aun consigo mismos, gracias a la calidad del interlocutor, ante quien no es posible convertir en mampara el pecado ajeno para esconder el suyo...

 

El evangelio es un suspenso de principio a fin. Fantasías que vuelan por todas partes; imágenes que se vuelven palabras, palabras que se vuelven imágenes; personas divinas y humanas en unidad. Un mundo por descubrir, cultivar y disfrutar.

Aparece Jesús, el Cristo, Hijo de Dios, la buena nueva, el evangelio. Un hombre, rarísimo, que suspende a quien se acerca a él. Sus palabras, que son las palabras de todos los días, ya no son las mismas.

Su relación de inmediatez con el Padre da eficacia asombrosa a su palabra, de mejoramiento radical instantáneo, que no es posible olvidar jamás. ¿Será ese el cielo? Sortilegio de dos que son uno, de uno que son dos, Dios y hombre en impresionante unidad.

Después de pasar la noche en el monte, Jesús va de madrugada al Templo, donde la gente lo escucha embelesada (Jn. 8, 1-2). En esta atmósfera aparece la adúltera, que, según la ley, debe ser lapidada, apedreada, matada a pedradas. Hiel instalada en el corazón de escribas y fariseos, solícitos en esconder lo que son. Excelente compañero de diálogo, el silencio vuela de corazón a corazón. Silencio envidiable porque crea la atmósfera que transforma en grandeza la pequeñez, en claridad la oscuridad.

Jesús, sabio de sabios, es desafiado por los sabios de la ley. En silencio, Jesús se agacha y escribe con el dedo en tierra. Sus interlocutores desconocen su transparencia y sensatez. El suspenso es total, y por eso insisten en condenar.

De repente los acusadores, tan inteligentes, son sorprendidos por un decir sabiamente elemental. "El que esté sin pecado que le tire la primera piedra", que Oscar Wilde no se cansaba de admirar: "Sólo por haber dicho esa frase, se justificaba que hubieras venido a este mundo".

Deslumbrados por la palabra que escuchan, encuentran como único refugio el silencio fugitivo. Se van reconciliados aun consigo mismos, gracias a la calidad del interlocutor, ante quien no es posible convertir en mampara el pecado ajeno para esconder el suyo, lo que son. El pasaje de la adúltera manifiesta que la gente no está en función de la institución, sino la institución en función de la gente. Perdona quien ama, y ese amor es el vigor de la institución.

Asombrado, descubro en el cuadro de la adúltera una nueva manera de vivir. "¿Ninguno te ha condenado? Ninguno, Señor. Tampoco yo. En adelante no peques más". La cercanía de Dios al hombre es de inmediatez.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal, OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 15 de marzo de 2013

 

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