Dios es un mirón

mirada de diosLa memoria abre caminos. “Y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura”. Va mirando, y al mirar con sola su figura deja todo vestido de hermosura, que es poner orden y armonía en todo al mirar. Mirón al fin, mirar es su profesión...


 

Las palabras cargan con un peso abrumador cuando hablan de Dios. Dicen lo que no se puede decir. Es indecible. Dios es un mirón, el que mira demasiado, con curiosidad. Demasía y curiosidad aquí son divinas, no tienen parecido.

Cuando hablo de Dios, echo mano del lenguaje humano. No tengo otro. El sentido nuevo que adquieren las palabras no entró por los sentidos, sino que salió de mi interioridad, el lugar donde Él mora.

Dios es un mirón. Es lo que le gusta: mirar. Mirando hace lo único que sabe hacer: amar, poner su amor divino en cuanto mira. La vida eterna es eso: mirar Él a sus criaturas y ellas a Él, llamada ‘visión beatífica’, la visión de la felicidad.

La memoria abre caminos. “Y yéndolos mirando / con sola su figura / vestidos los dejó de hermosura”. Va mirando, y al mirar con sola su figura deja todo vestido de hermosura, que es poner orden y armonía en todo al mirar. Mirón al fin, mirar es su profesión.

La memoria realiza portentos. “Cuando tú me mirabas / su gracia en mí tus ojos imprimían”. Quien lee, queda fascinado; produce lo que no tiene nombre: deliquio, éxtasis, arrobamiento. La mirada naufraga en el mar infinito de la divinidad.

La memoria hace prodigios. “Cuando se manifieste, seremos semejantes a Él porque lo veremos tal cual es”. El amante suele llamar al que ama lumbre de sus ojos: “Y véante mis ojos / pues eres lumbre de ellos”.

Al Principito lo enloquecía su secreto: “Sólo se ve bien con el corazón, lo esencial es invisible a los ojos”. Con ojos en el cuerpo y en el alma, el vidente del Apocalipsis ve en el cielo un trono, “y Uno sentado en el trono” (4.2), con aspecto de jaspe y cornalina, y un arcoíris como esmeralda. Quien lo mira cae en éxtasis.

La mirada aprisiona todas las formas de relación, la que va de la tierra al cielo, y la que viene del cielo a la tierra. Los ojos realizan el prodigio de la unidad al mirar, cuya única tarea es la de hacer comunión.

Dios es un mirón. Me ilumina, me fortalece, me protege, me consuela. Me estremezco buscando los verbos hermosos que expresan la demasía de su amor conmigo. Siento además que me capacita para amarlo como Él me ama. “Miró Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien”.

 

AUTOR: P. Hernando Uribe Carvajal OCD

TOMADO DE: El Colombiano, 3 de agosto de 2012