El amor de Teresa de Lisieux a los sacerdotes

santa teresita misionTeresa realizó muy bien la misión que el Señor le encomendó. Sin embargo, no terminó con su muerte. Dios ha querido perpetuar sus deseos de ser misionera, hasta el punto de quererla como Patrona de las misiones. La ha convertido en apóstol no sólo por algunos años...

 


 

Introducción
Santa Teresa de Lisieux es patrona de las misiones y nunca salió de su convento para predicar, en las zonas necesitadas, el anuncio del evangelio. En el presente trabajo quiero analizar el amor y deseo de salvar las almas que llenaba el corazón de Santa Teresita. Le interesa salvarlas a todas pero, de modo muy particular, las almas de los sacerdotes.
Para llegar a este amor es necesario partir del deseo de apagar la sed de Jesús en la cruz. Contempla una imagen de Cristo crucificado y le lleva a  comprender su sed de almas. Muy pronto verá la eficacia de la oración para convertir a un pecador, como fue el caso del asesino Pranzini.
El proceso de su celo apostólico va a ir creciendo poco a poco. Con su viaje a Roma conoce y convive con un grupo numeroso de sacerdotes y ve la necesidad de rezar también por ellos.
En especial piensa en aquellos que no son fieles a su amor a Dios porque se entregan todavía a las creaturas.
Como coronación de sus oraciones Dios le concede tener dos hermanos misioneros. Además, son sacerdotes, un deseo que ella tenía desde la niñez. Así es como alcanza su mayor amor y unión con los sacerdotes al verlos como hermanos y mantenerse muy cerca de ellos a través de sus cartas y de la oración.

Tengo sed
La gracia del día de navidad de 1886 despierta en el corazón de Teresita el deseo de conquistar almas para Cristo. Se compara con los apóstoles, pero haciendo notar que Cristo hizo con ella algo mucho más grande, pues «Jesús mismo cogió la red, la echó y la sacó repleta de peces...». A partir de  este momento se convierte en apóstol de Jesucristo.
Ya arde en ella el deseo de salvar almas, un deseo que nunca antes había experimentado. «Sentí, en una palabra, que entraba en mi corazón la caridad, sentí la necesidad de olvidarme de mí misma para dar gusto a los demás, ¡y desde entonces fui feliz...!» (A 45v). Poco tiempo después recibe una fuerte impresión al contemplar una estampa. Ve en ella a Cristo crucificado y comprende el valor de la sangre redentora de Cristo. Por eso se siente movida a recoger la sangre para que no se pierda. Pero no la quiere guardar para sí, sino que la recoge para darla a los demás.
Por otra parte, resuenan en su corazón las palabras de Cristo en la cruz: “tengo sed”. Esa sed de almas que quema por dentro a Teresa. En este momento serán las almas de los grandes pecadores, por las cuales «ardía en deseos de arrancarles del fuego eterno». Siente su vocación de apóstol,
con el deseo de recorrer el mundo entero convirtiendo a miles de almas para su Amado.
«Quisiera recorrer la tierra, predicar tu nombre y plantar tu cruz gloriosa en suelo infiel. Pero Amado mío, una sola misión no sería suficiente para mí. Quisiera anunciar el Evangelio al mismo tiempo en las cinco partes del mundo, y hasta en las islas más remotas... » (B 3r)

Mi primer hijo: Pranzini
Dios corresponde muy pronto a este deseo de Teresa. Le permite poner en práctica el ardor de su corazón mediante la noticia del asesino Pranzini.
Teresa ofrece sus oraciones por la conversión de este pecador, pidiendo incluso a Celina que encargue una misa por esta intención. A pesar de que no se ha confesado, sin embargo, Teresa tiene la confianza plena de que se ha salvado.
Había obtenido «la señal» pedida, y esta señal era la fiel reproducción de las gracias que Jesús me había concedido para inclinarme a rezar por los pecadores. ¿No se había despertado en mi corazón la sed de almas precisamente ante las llagas de Jesús, al ver gotear su sangre divina? Yo quería darles a beber esa sangre inmaculada que los purificaría de sus manchas, ¡¡¡y los labios de «mi primer hijo» fueron a posarse precisamente sobre esas llagas sagradas...!!! ¡Qué respuesta de inefable dulzura...! (A 46 rv)
De esta forma se convierte, Pranzini, en el primer hijo de la pequeña Teresa. Así, a partir de este momento va creciendo, en su corazón, la sed y el deseo de salvar almas, llegando a decir:
Era un verdadero intercambio de amor: yo daba a las almas la sangre de Jesús, y a Jesús le ofrecía esas mismas almas refrescadas por su rocío divino.
Así me parecía que aplacaba su sed. Y cuanto más le deba de beber, más crecía la sed de mi pobre alma, y esta sed ardiente que él me daba era la bebida más deliciosa de su amor... (A 46v)
Teresita aprende la importancia de la oración para la conversión de los pecadores. Sabe que es lo que Dios quiere de ella y de Celina, como lo ma nifiesta más tarde «nuestra misión es olvidarnos de nosotras mismas, anonadarnos..., ¡somos tan poca cosa...! Y no obstante, Jesús quiere que la salvación de las almas dependa de nuestros sacrificios y de nuestro amor. Él nos mendiga almas.» (cta 96)
Unos años más tarde expresa a Celina su impresión de que Dios pida las oraciones de las creaturas para la salvación de las almas. «¡Ah!, es que Jesús siente por nosotras un amor tan incomprensible, que quiere que tengamos parte con él en la salvación de las almas. Él no quiere hacer nada sin nosotras. El creador del universo espera la oración de una pobre alma para salvar a las demás almas, rescatadas como ella al precio de toda su sangre» (cta 135)
«Nuestra misión, como carmelitas, es la de formar trabajadores evangélicos que salven millares de almas, cuyas madres seremos nosotras...» (cta 135)

El viaje a Roma: necesidad de rezar por los sacerdotes
Poco tiempo después de la gracia concedida en el caso Pranzini, realizará el viaje a Roma junto con su papá y Celina. Un viaje lleno de aventuras, de conocimiento del mundo y sus vanidades, de convivencia con un grupo grande de sacerdotes. Ya se había percatado de la necesidad de rezar por los grandes pecadores, pero no había pensado en que fuera necesario hacerlo por los sacerdotes, pues le parecía extraño debido a que consideraba sus almas «más puras que el cristal» (A 56r).
Durante el viaje convive con un gran número de sacerdotes que ella considera santos. Sin embargo, se dará cuenta de que siguen siendo hombres con sus debilidades y miserias. De esta experiencia surge con ímpetu su deseo de dedicar su vida a orar por los sacerdotes. Hombres frágiles que necesitan las oraciones de los demás. Se da cuenta de que convive con sacerdotes entregados a su vocación y percibe la necesidad de rezar por ellos, cuánto más los sacerdotes tibios necesitan estas oraciones para mantener su fidelidad. Si los sacerdotes santos, a los que Jesús llama en el Evangelio «sal de la tierra», muestran en su conducta que tienen una enorme necesidad de que se rece por ellos, ¿qué habrá que decir de los que son tibios? ¿No ha dicho también Jesús: «Si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?» (A 56r)
Así es como la pequeña Teresa descubre su vocación. Sabe que tiene que orar por los sacerdotes. Ella debe ser el apóstol de los apóstoles, de forma que los sostenga con su oración y los ayude a predicar a Jesucristo a las almas con las que entran en contacto cada día. Una vocación que no es
sólo de ella sino de todas las carmelitas.
¡Qué hermosa es, Madre querida, la vocación que tiene como objeto conservar la sal destinada a las almas! Y ésta es la vocación del Carmelo, pues el único fin de nuestras oraciones y de nuestros sacrificios es ser apóstoles de apóstoles, rezando por ellos mientras ellos evangelizan a las almas con su palabra, y sobre todo con su ejemplo...(A 56r).

He venido para salvar almas
«Jesús, haz que yo salve muchas almas, que hoy no se condene ni una sola, y que todas las almas del purgatorio alcancen la salvación.» (Or 2)
Teresa ha visto que tiene que interceder ante Dios por los sacerdotes. Sin embargo quiere todas las vocaciones para sí. Finalmente se da cuenta de su lugar dentro de la Iglesia, de su verdadera vocación. Llega a comprenderla mediante la lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios.
Va explicando, el apóstol, los diversos carismas, indicando que nada tienen de valor si no parten del amor. Así ve Teresa que su vocación es el amor.
Comprendí que sólo el amor podía hacer actuar a los miembros de la Iglesia; que si el amor llegaba a apagarse, los apóstoles ya no anunciarían el Evangelio y los mártires se negarían a derramar su sangre...
Comprendí que el amor encerraba en sí todas las vocaciones, que el amor lo era todo, que el amor abarcaba todos los tiempos y lugares... En una palabra, ¡que el amor es eterno...!
Entonces, al borde de mi alegría delirante, exclamé: ¡Jesús, amor mío..., al fin he encontrado mi vocación! ¡Mi vocación es el amor...! (B 3v)

1. Sobre todo los sacerdotes
Será un sacerdote quien impulse a Teresa a seguir adelante, por el camino de la santidad. El P. Alejo Pou, franciscano de Caen, predica a la comunidad de Lisieux los ejercicios espirituales del 8 al 15 de octubre de 1891. Al parecer, no había mucha confianza por parte de la comunidad en la predicación de este sacerdote. Teresa aprecia su predicación y se acerca a él. Abre su alma y el padre la lanza a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor.
«Había hecho con gran fervor una novena de preparación, a pesar del presentimiento íntimo que tenía, pues me parecía que el predicador no iba a poder comprenderme, ya que se dedicaba sobre todo a ayudar a los grandes pecadores y no a las almas religiosas. Pero Dios, que quería demostrarme que sólo él era el director de mi alma, se sirvió precisamente de este Padre, al que yo fui la única que apreció en la comunidad...
Yo sufría, por aquel entonces, grandes pruebas interiores de todo tipo (hasta llegar a preguntarme a veces si existía un cielo). Estaba decidida a no decirle nada acerca de mi estado interior, por no saber explicarme. Pero apenas entré en el confesonario, sentí que se dilataba mi alma. Apenas pronuncié unas pocas palabras, me sentí maravillosamente comprendida, incluso adivinada... Mi alma era como un libro abierto, en el que el Padre leía mejor incluso que yo misma... Me lanzó a velas desplegadas por los mares de la confianza y del amor, que tan fuertemente me atraían, pero por los que no me atrevía a navegar... Me dijo que mis faltas no desagradaban a Dios, y que, como representante suyo, me decía de su parte que Dios estaba muy contento de mí...» (A 80rv)
El 9 de abril Teresa entra al Carmelo con el ideal espiritual y el gran deseo en su corazón de salvar almas y, sobre todo, las de los sacerdotes. «A los pies de Jesús-Hostia, en el interrogatorio que precedió a mi profesión, declaré lo que venía a hacer en el Carmelo: “He venido para salvar almas, y, sobre todo, para orar por los sacerdotes”» (A 69v). Durante el año 1889, va a manifestar este deseo a Celina. Lo expresa en algunas de las cartas que le dirige. La primera será el 14 de julio, donde le hace valorar la vida, un tiempo tan corto que se nos concede y que se debe aprovechar para salvar muchas almas. Muestra su dolor ante la pérdida de tantas almas. Se pierden como copos de nieve. Su dolor es un dolor que comparte con Jesús.
Por eso, para consolarlo es necesario llevarle muchas almas y, de modo especial las de los elegidos, los sacerdotes. Sí, Celina, siento que Jesús nos pide a nosotras dos que apaguemos su sed dándole almas, sobre todo almas de sacerdotes. (cta 96)
Así dice en la invitación que hace a Celina «salvemos sobre todo las almas de los sacerdotes. Esas almas debieran ser más transparentes que el cristal... Pero, ¡ay!, ¡cuántos malos sacerdotes, cuántos sacerdotes que no son lo bastante santos...! Oremos y suframos por ellos, y en el último día Jesús estará agradecido. ¡Nosotras le daremos almas...!» (cta 94). Al final de ese año manifiesta su deseo de que los sacerdotes crezcan en el amor a Jesús y que lo lleguen a tratar con la misma delicadeza con la que lo trató la Santísima Virgen.
Celina, si quieres, convirtamos almas. ¡Tenemos que forjar este año muchos sacerdotes que sepan amar a Jesús...!, ¡que le toquen con la misma delicadeza con que le tocaba María en la cuna...! (cta 101)
Durante el año 1890 insiste en dos ocasiones más en pedir a Celina su continua oración por los sacerdotes. Pero no le parece suficiente la oración, por eso le dice a Celina «Consagrémosles nuestras vidas. Jesús me hace sentir a diario que espera esto de nosotras dos.» (cta 108).

2. “Nuestro hermano descarriado”
En el mes de octubre pide nuevamente las oraciones de Celina por los sacerdotes. Se da cuenta de que son hombres que se han consagrado a
Dios, pero continúan con su corazón apegado a las creaturas. Por lo tanto, su entrega no es absoluta como debería de ser. Celina querida, lo que tengo que decirte es siempre lo mismo: ¡oremos por los sacerdotes! Cada nuevo día nos muestra cuán raros son los amigos de Jesús... Me parece que lo que más debe de dolerle es precisamente eso: la ingratitud. Sobre todo el ver que las almas que se han consagrado a él dan a otros el corazón que le pertenece a él de una manera tan absoluta... (cta 122)
El caso que hace pensar así a Teresa es el del P. Jacinto Loyson. Sacerdote que, atraído por la vida religiosa, entra a la Orden de los Carmelitas descalzos. Sus dotes de orador le dieron fama muy pronto y fue predicando en diversos lugares, invitado por el Obispo e incluso por el Papa. Sin embargo, en un momento de dudas de fe, le viene una crisis que no logra superar y finalmente abandona la Iglesia, a la cual considera una reliquia del medioevo2. Al abandonar la iglesia contrae matrimonio con una de sus seguidoras durante sus predicaciones.
Sí, Celina querida, sólo el sufrimiento puede engendrar almas para Jesús... ¿Qué tiene de extraño que nademos en sufrimientos, nosotras, cuyo único deseo es salvar un alma que parece perdida para siempre...?
Los detalles me interesaron mucho, aunque hicieron latir muy fuertemente mi corazón... Pero voy a darte yo también algunos otros que no son más consoladores.
El desdichado pródigo ha ido a Coutances, donde ha repetido las conferencias de Caen. Parece que tiene idea de recorrer así toda Francia... Celina... Además dicen también que es fácil observar que los remordimientos lo roen por dentro: recorre las iglesias con un gran crucifijo y parece hacer grandes gestos de adoración... Su mujer le sigue a todas partes.
Celina querida, él es muy culpable, más culpable tal vez de lo que lo ha sido nunca un pecador que se haya convertido; ¿pero no puede hacer Jesús lo que todavía no ha hecho nunca? Y si no desease hacerlo, ¿habría puesto en el corazón de sus pobres esposas un deseo que no pudiese convertir en realidad...? No, una cosa es cierta: que él desea todavía más que nosotras volver al redil a esta pobre oveja descarriada. Llegará un día en que Jesús le abrirá los ojos, y entonces ¡quién sabe si no recorrerá toda Francia con un fin completamente distinto del que hoy se propone! No nos cansemos de orar. La confianza hace milagros, y Jesús dijo a la beata Margarita María:
«Un alma justa tiene tanto poder sobre mi corazón, que puede alcanzar de él el perdón para miles de criminales». Nadie sabe si es justo o pecador. Pero, Celina, a nosotras Jesús nos concede la gracia de sentir en lo hondo del corazón que preferiríamos morir antes que ofenderle. Y además, no son nuestros méritos, sino los de nuestro esposo, que son nuestros, los que ofrecemos a nuestro Padre del cielo, para que nuestro hermano, un hijo de la Santísima Virgen, vuelva, vencido, a arrojarse bajo el manto de la más misericordiosa de todas las madres... (cta 129).

Dos hermanos misioneros
Teresa manifiesta su deseo de haber tenido un hermano sacerdote. Piensa que si sus hermanitos no hubieran volado tan pronto al cielo, seguramente los habría visto subir las gradas del altar. Sabe que era un sueño imposible de hacerse realidad. Sin embargo, Dios, que no se deja ganar en generosidad, «no sólo me ha concedido la gracia que deseaba, sino que me ha unido con los lazos del alma a dos de sus apóstoles, que se han convertido en hermanos míos...» (C 31v)
Mantiene una correspondencia epistolar con los dos. Será una correspondencia de carácter espiritual, con la que busca confortar a sus “hermanitos” en su ministerio. Es consciente de la necesidad que tienen los misioneros de la ayuda y ésta se les puede dar «por medio de la oración y el sacrificio. Pero a veces, cuando Jesús quiere unir dos almas para su gloria, permite que de tanto en tanto puedan comunicarse sus pensamientos y animarse así mutuamente a amar más a Dios.» (C 32r)
También sabe el peligro que implica el mantener una correspondencia  frecuente. Por eso considera importante escribir sus cartas por obediencia, de tal forma que no experimente placer al escribirlas sino repugnancia.
Para ello se requiere la voluntad expresa de la autoridad, pues me parece que de lo contrario esa correspondencia haría más mal que bien, si no al  misionero, sí al menos a la carmelita, llamada de continuo por su género de vida a vivir replegada sobre sí misma. Y entonces esa correspondencia (incluso esporádica) pedida por ella, en vez de unirla a Dios, ocuparía su espíritu; imaginándose el oro y el moro, no haría otra cosa que buscarse, bajo color de celo, una distracción inútil. (C 32 rv)
Sus cartas muestran el interés por lo espiritual, pero también por la parte humana de los misioneros que le han sido encomendados. Comparte con ellos, y les pide lo mismo, las fechas más importantes de su vida, de forma que en esas ocasiones puedan mantenerse unidos en la oración.
Comparte también algunos datos personales, familiares. Abre su alma a ellos con toda confianza, sabiendo que son sus hermanos y, por lo tanto, que no puede haber secretos entre ellos.

Mauricio Bellière
El primero en serle asignado fue el seminarista Mauricio Bellière. Escribió al monasterio para pedir que una carmelita lo tuviera presente en sus oraciones y le ayudara a perseverar fervorosamente en su vocación y a colaborar espiritualmente con él en su futuro ministerio apostólico.

Fue nuestra Madre santa Teresa quien, en 1895, me envió como ramillete  de fiesta a mi primer hermanito. Estaba yo en el lavadero, muy ocupada en mi faena, cuando la madre Inés de Jesús me llamó aparte y me leyó una carta que acababa de recibir. Se trataba de un joven seminarista que, inspirado por santa Teresa -decía él-, pedía una hermana que se dedicase especialmente a la salvación de su alma y que, cuando fuese misionero, le  ayudase con sus oraciones y sacrificios a salvar muchas almas. Por su parte, él prometía tener siempre un recuerdo por la que fuese su hermana cuando pudiera ofrecer el santo sacrificio. Y la madre Inés de Jesús me dijo que quería que fuese yo la hermana de ese futuro misionero. (C 31v)
Este encargo le produce una profunda alegría. Teresa compara su gozo con los que tenía en la niñez, la llama una alegría infantil.
Dirige once cartas al P. Bellière. De éstas sólo fueron enviadas diez,  pues la carta del 9 de junio de 1897 no se la envío debido a su mejoría de  salud. En ellas le va dando a conocer su interés por colaborar con él en su labor misionera.
«Yo le pido que usted sea, no solamente un buen misionero, sino un santo  totalmente abrasado de amor a Dios y a las almas. Y le suplico que me alcance también a mí ese amor, a fin de poder ayudarlo en su labor apostólica. Usted sabe que una carmelita que no fuese apóstol se apartaría de la meta de su vocación y dejaría de ser hija de la seráfica santa Teresa, la cual habría dado con gusto mil vidas por salvar una sola alma» (cta 198)
Se dirige a él como abate, aunque muy pronto lo llamará hermano, al igual que lo hará con el P. Roulland. Teresa está dispuesta a pedir por sus necesidades ante la tentación y el sufrimiento. Sin embargo lo invita a que  sepa ofrecer ese sufrimiento por la salvación de las almas, a ejemplo de Jesucristo en Getsemaní. «Trabajemos juntos en la salvación de las almas, no tenemos más que el único día de esta vida para salvarlas y dar así al Señor pruebas de nuestro amor» (cta 213)
Le expresa su deseo de trabajar, junto a él, en la salvación de las almas.  Esconsciente de que unidos pueden lograr mucho más, basándose en la promesa de Jesús «Si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, mi Padre del cielo se lo concederá».
«Creo parece que nuestro divino Salvador se ha dignado unir nuestras almas para trabajar por la salvación de los pecadores, como unió en otro tiempo la del venerable Padre de la Colombière y la de la beata Margarita  María» (cta 224)
No es sólo una unión externa, sino una unión profunda de sus almas, hasta el punto de considerarlas almas gemelas «pues también la suya está  llamada a elevarse hacia Dios por el ASCENSOR del amor, en vez de tener que subir la dura escalera del temor» (cta 258).
Desea que esta unión se prolongue no sólo en el tiempo sino también en la eternidad, donde ya no habrá barreras de ningún tipo. No quiero dejar  solo a su hermano misionero. «Le prometo seguir siendo su hermanita allá en el cielo. Nuestra unión, lejos de romperse, se hará más estrecha; allí ya no habrá ni clausura ni rejas, y mi alma podrá volar con usted a las lejanas misiones» (cta 220).
«Cuando mi hermanito querido parta para África, yo le seguiré, y no ya con el pensamiento o con la oración: mi alma estará siempre con él, y su fe le hará descubrir la presencia de una hermanita que Jesús le dio, no para que le sirviera de apoyo durante apenas dos años, sino hasta el último día de su vida» (cta 253)
En sus últimas cartas anuncia su partida de este mundo al P. Bellière.
Sabe que esta partida le causa un gran dolor, pero lo anima a aceptar la voluntad de Dios. Le expone la grandeza y belleza del encuentro con Dios y todo aquello que le pedirá para sostener la misión que él tiene en la tierra.
«Pues yo, que para algo soy su hermanita, le prometo hacerle saborear, después de mi partida para la vida eterna, la dicha que puede experimentarse al sentir cerca de sí a un alma amiga» (cta 261)

Adolfo Roulland
Unos meses más tarde, después de aceptar a su primer hermano misionero, llega la petición de otro misionero. La madre María de Gonzaga, Priora del convento, pide a Teresa que se encargue de hacer oración por él.
Recuerdo que el año pasado, un día de finales del mes de mayo, usted me  mandó llamar antes de ir al refectorio. Cuando entré en su celda, Madre querida, me latía muy fuerte el corazón; me preguntaba a mí misma qué sería lo que tenía que decirme, pues era la primera vez que me mandaba llamar de esa manera. Después de decirme que me sentara, me hizo esta propuesta: «¿Quieres encargarte de los intereses espirituales de un misionero que se va a ordenar de sacerdote y que partirá dentro de poco»? Y a  continuación, me leyó la carta de ese joven Padre para que supiera exactamente lo que pedía. (C 33r).
Al inicio Teresa no quiere aceptar este encargo, diciendo que «al haber ofrecido ya mis pobres méritos por un futuro apóstol, no creía poder ofrecerlos también por las intenciones de otro, y que, además, había muchas hermanas mejores que yo, que podrían responder a sus deseos.» (C 33r).
Finalmente Teresa acepta este nuevo encargo. Se da cuenta de que no lo puede rechazar, debido a que nada impide que tenga más de un hermano. «Entonces yo le pregunté si la obediencia no podría duplicar mis méritos. Usted me respondió que sí, añadiendo varias razones que me hicieron ver que debía aceptar sin ningún escrúpulo un nuevo hermano.» (C 33v).
En la poesía «A nuestra Señora de las Victorias», haciendo referencia al  P. Roulland, dice:
Me has unido para siempre al quehacer de un misionero con los lazos del amor, la plegaria, el sufrimiento. (PN 35,2)
Ya en la primera carta que escribe al  P. Roulland le dice «Me siento muy  indigna de estar especialmente asociada a uno de los misioneros de nuestro adorable Jesús; pero como la obediencia me confía esta dulce tarea, estoy segura de que mi celestial Esposo suplirá mis pobres méritos (sobre los que no me apoyo lo más mínimo) y de que escuchará los deseos de mi corazón, fecundando su apostolado. Me sentiré verdaderamente feliz de trabajar con usted por la salvación de las almas.» (cta 189). Este es el motivo por el cual se ha hecho carmelita.
Desde el inicio muestra su interés por ser su hermanita. «Hermanito: ¿Verdad que me va a permitir no darle en adelante otro nombre, ya que Jesús se ha dignado unirnos con los lazos del apostolado? Me encanta pensar que, desde toda la eternidad, Nuestro Señor ha concebido esta unión, llamada a salvarle almas, y que me ha creado para ser su hermana...» (cta 193).
Ella quiere acompañarlo en su misión. Tiene un mapa de la zona de misiones para “volar” hasta donde se encuentra su hermano y acompañarlo en su apostolado. La distancia no es un impedimento para estar juntos, incluso «si voy pronto al cielo, pediré permiso a Jesús para ir a visitarlo a Su-tchuen y proseguiremos juntos nuestro apostolado» (cta 193). De momento lo acompaña con la oración.
«Puede estar seguro, hermano, de que su hermanita mantendrá sus promesas, y que su alma, libre ya del peso de su envoltura mortal, volará feliz hacia las lejanas regiones que usted está evangelizando» (cta 254)
Teresa está dispuesta a interceder por él en la oración, aunque lo invita a que acepte la voluntad de Dios, pues «Sólo en ella se encuentra el descanso, y fuera de esa amorosa voluntad no haríamos nada, ni para Jesús ni para las almas» (cta 201).
En la misma carta le manifiesta su deseo del martirio, consciente de que al estar entregado a Dios, en las misiones, se le concederá esa gracia.  «Sí, tengo la esperanza de que, después de largos años pasados en medio de los trabajos apostólicos, después de haber dado a Jesús amor por amor, usted acabará dándole también sangre por sangre...» (cta 201). Este era un deseo que ardía en el alma de Teresa.
El día de su profesión escribe «Jesús, que yo muera mártir por ti, con el martirio del corazón o con el del cuerpo, o mejor con los dos... » (Or 2).  Más adelante también dirá:
«¡El martirio! ¡El sueño de mi juventud! Un sueño que ha ido creciendo  conmigo en los claustros del Carmelo... Pero siento que también este sueño mío es una locura, pues no puedo limitarme a desear una sola clase de martirio... Para quedar satisfecha, tendría que sufrirlos todos...» (B 3r)
En la última carta que le dirige el 14 de julio de 1897 le desea nuevamente la gracia del martirio, la cual pedirá a Dios una vez que se encuentre junto a Él. Estas son las palabras de despedida de Teresa de su hermano Roulland:
«Yo pediré para usted la palma del martirio y estaré cerca de usted sosteniéndole la mano para que pueda recoger sin esfuerzo esa palma gloriosa,  y luego volaremos juntos jubilosos a la patria celestial, rodeados de todas las almas que usted ha conquistado» (cta 254)
Es una gracia que no puede quedar sin recompensa. La recompensa es el pase directo al Cielo, sin necesidad de ir al purgatorio. Debido a que Dios no se deja ganar en generosidad, recompensará de esta forma a quienes han sacrificado todo por Él y han dejado a su padre ya su madre.
«Me parece que todos los misioneros son mártires de deseo y de voluntad, y que, por consiguiente, ni uno solo debería ir al purgatorio. Si en el momento de comparecer ante Dios aún queda en su alma alguna huella de la debilidad humana, la Santísima Virgen les obtendrá la gracia de hacer una acto de amor perfecto y después les entregará la palma y la corona que tan bien han merecido» (cta 226)

Conclusión
Hemos visto el recorrido de Santa Teresa de Lisieux en su crecimiento de amor a las almas. Son varios los textos que mencionan su deseo de llevar muchas almas a Dios.
Teresa, sin salir jamás de su Carmelo, mediante su oración contemplativa y la correspondencia mantenida con los Padres Bellière y Roulland, vivió, a su manera, un auténtico espíritu misionero. Los acompañó, a cada uno, en su servicio al Evangelio y a las almas.
Esta misión no la quiso realizar sola. Gracias a la ayuda que le ofreció Celina en el caso Pranzini, la quiso involucrar en la oración y sacrificio por la salvación de las almas. Fue ésta una petición constante en las cartas que le dirigía. En algunas de ellas le recordaba rezar también por los sacerdotes, los íntimos de Jesús.
Teresa realizó muy bien la misión que el Señor le encomendó. Sin embargo, no terminó con su muerte. Dios ha querido perpetuar sus deseos de ser misionera, hasta el punto de quererla como Patrona de las misiones. La ha convertido en apóstol no sólo por algunos años, sino hasta que el hombre siga existiendo, como tanto lo había deseado.
«Quisiera ser misionero no sólo durante algunos años, sino haberlo sido desde la creación del mundo y seguirlo siendo hasta la consumación de los siglos...» (B 3r)

 

AUTOR: Felipe Villagómez | Licenciado en Teología

TOMADO DE: Ecclesia, XXV, n. 1, 2011 - pp. 79-91