El Camino de la Infancia Espiritual según Santa Teresita

El Camino de la Infancia Espiritual según Santa Teresita

La infancia espiritual

La lección del divino Maestro

Entre las dulces y luminosas enseñanzas del santo Evangelio, no hay ninguna tan suave y eficaz como la que nos manda que nos convirtamos y hagamos como niños. No sólo se trata de un consejo de perfección, sino de un medio de salvación, enseñado por el mismo Jesucristo, en el santo Evangelio, y repetido por Él en diferentes ocasiones.

"En aquella hora se acercaron los discípulos a Jesús, y le hicieron esta pregunta: "¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?" Y Jesús, llamando a un niño, lo colocó en medio de ellos. Y dijo: "En verdad os digo que, si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no entraréis en el reino de los cielos. Cualquiera, pues, que se humillare como este niño, éste será el mayor en el reino de los cielos. Y el que acogiere un niño tal, en nombre mío, a mi me acoge." (San Mateo, capítulo XVIII, v. 1-5.)

"En verdad os digo, que quien no recibiere el reino de Dios como un niño, no entrará en él." (san Lucas, cap.XVIII, v. 17.)

"Dejad en paz a los niños, y no les estorbéis de venir a mí; porque de los que son como ellos es el reino de los cielos." (San Mateo, cap. XIX, v. 14.)

Sobre estas enseñanzas del buen Jesús, hace los siguientes comentarios el Papa

Benedicto XV, de feliz memoria 1:

"Conviene parar mientes en la fuerza de este lenguaje divino, pues no le basta al Hijo de Dios afirmar, con acento positivo, que el reino de los cielos es de los niños: de los tales es el reino de los cielos, o que aquel que se hiciere como un niño, será el mayor en el reino de los cielos; sino que enseña de una manera explícita la exclusión de su reino de aquellos que no se hacen semejantes a los niños. Cuando un maestro expone una lección en formas tan variadas, ¿no quiere acaso significar que tiene, en ello, puesto el corazón? Si se esfuerza tanto, en inculcarla a sus discípulos, ello es debido a que desea, mediante una u otra expresión, dárnosla a entender más seguramente. Debemos, pues, deducir que el divino Maestro intenta expresamente que sus discípulos vean, en la infancia espiritual, la condición necesaria para obtener la vida eterna."

"Ante la insistencia y la firmeza de estas enseñanzas, parecería imposible encontrar un alma que descuidase todavía andar por el camino de la confianza y del abandono; tanto más, repetimos, cuanto que la divina palabra, no sólo por la generalidad de la forma, sino por una indicación especial, declara que esta norma de conducta es obligatoria, aun para aquellos que han perdido ya la ingenuidad infantil. Creen algunos que el camino de la confianza y del abandono está reservado únicamente para las almas candorosas, que todavía no han sido privadas de las gracias de la edad juvenil por la malicia. No conciben posible la infancia espiritual en aquellos que han perdido la primera simplicidad. Pero, ¿por ventura las palabras del divino Maestro: Si no os volvéis y hacéis semejantes a los niños, no indican la necesidad de un cambio, de un trabajo? Si no os volvéis, he aquí señalado el cambio que han de realizar los discípulos de Jesucristo, para convertirse en niños. Y ¿quién ha de convertirse en niño, sino aquel que ya no lo es? Si no os hacéis semejantes a los niños, he aquí ahora señalado el trabajo: porque se comprende que un hombre haya de trabajar para ser o parecer lo que jamás ha sido o lo que ya no es; pero, como sea que el hombre no puede no haber sido niño, las palabras: Si no os hacéis como niños, importan la obligación de trabajar en la reconquista de los dones de la infancia. Seria ridículo pensar en volver a adquirir el aspecto y la debilidad de la edad infantil; pero no es contrario a la razón descubrir en el texto evangélico el precepto igualmente dirigido a los hombres de edad madura, de volver a la práctica de las virtudes de la infancia espiritual."

Difícilmente encontraremos una explicación más clara y más autorizada que ésta, sobre la infancia evangélica, propuesta por Jesucristo a todos sus seguidores.

El secreto de la santidad para todos

El papa Benedicto XV nos dice, en su hermoso discurso sobre la Santa de Lisieux que

"llegó al heroísmo de la perfección por la práctica de las virtudes, que derivan de la infancia espiritual".

Añade también que:

"todos vemos como los fieles de todas las naciones, edad, sexo y condición, han de entrar generosamente por este camino, por el cual Santa Teresa del Niño Jesús llegó al heroísmo de la virtud". "Toda la vida de la Santa está caracterizada por los méritos de la infancia espiritual. AQUÍ ESTÁ EL SECRETO DE LA SANTIDAD... para todos los fieles de todo el mundo." "Deseamos, pues, que el secreto de la santidad de Sor Teresa del Niño Jesús, no quede oculto a ninguno de nuestros hijos." "Tenemos motivos para esperar que el ejemplo de la nueva heroína francesa hará que crezca el numero de los cristianos perfectos, no solamente en su nación, sino entre todos los hijos de la Iglesia Católica."

Con estas palabras tan alentadoras, el papa Benedicto XV propone este camino evangélico de perfección bajo la guía de aquella santa, que no cursó grandes estudios y,

"no obstante, poseyó tanta ciencia por si misma, que supo indicar a los demás el verdadero camino de la salvación. Y, ¿de dónde proviene esta copiosa cosecha de méritos? ¿Dónde ha cogido frutos tan maduros? En el jardín de la infancia espiritual. ¿De dónde recibe este tan amplio tesoro de doctrina? De los secretos que Dios revela a los niños."

Son palabras textuales de este Papa.

La voz de la Iglesia

Bien podemos decir que es la voz de nuestra Santa Madre Iglesia la que nos propone solemnemente la infancia evangélica, tal como la entendió, propuso y practicó Santa Teresita.

El papa Pío XI, que tuvo el gozo singularísimo de beatificar y canonizar en pocos años a Santa Teresita, mostró un deseo vivísimo de que, siguiendo las enseñanzas de esta santa, emprendiésemos el camino de la infancia espiritual. Dice así en la homilía del día de la canonización:

"Damos igualmente gracias a Dios, porque a Nos, que tenemos el lugar de su Hijo Unigénito, ha permitido que hoy, desde esta cátedra, repitiésemos e inculcásemos a todos, en el transcurso de esta ceremonia, las enseñanzas saludables del divino Maestro."

"Como le preguntasen sus discípulos quien sería el mayor en el reino de los cielos 2, llamando a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo estas memorables palabras: En verdad os digo que si no os cambiáis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos 3. La nueva Santa Teresa se penetró de esta doctrina y la trasladó a la práctica cotidiana de su vida. Más aun, ella, con sus palabras y con sus ejemplos, enseñó a las novicias de su monasterio este camino de la infancia espiritual, y lo reveló a todo el mundo, con sus escritos, que se han extendido por todo el mundo y que, seguramente, nadie ha leído sin quedar encantado de ellos, y sin leerlos y releerlos con gran gozo y provecho."

"Esta cándida niña, flor abierta en el jardín cerrado del Carmelo, no contenta con añadir a su nombre el del niño Jesús, copió en si misma su imagen viviente; y así podemos afirmar que quienquiera que venere a Teresa, venera, al mismo tiempo, al divino Modelo, que ella reproduce."

"Por esto hoy, Nos concebimos la esperanza de ver nacer, en las almas de los fieles de Cristo, como una santa avidez de adquirir esta infancia evangélica, la cual consiste en sentir y obrar, bajo el imperio de la virtud, tal como siente y obra un niño llevado de su natural."

"De la misma manera que los niños pequeños, a los cuales ninguna sombra de pecado ciega, ni ninguna concupiscencia de pasiones mueve, gozan de la tranquila posesión de su inocencia, e, ignorando toda malicia y disimulo, hablan y obran según piensan, y se revelan en su exterior tal como son en realidad, de la misma manera, Teresa aparece más angélica que humana y dotada de una sencillez de niña, en la práctica de la verdad y de la justicia. La virgen de Lisieux tenia siempre presentes, en la memoria, estas invitaciones y estas promesas del divino Esposo: Si alguno es pequeño, que venga a Mí 4i. Seréis llevados sobre mi pecho y acariciados sobre mis rodillas. Como una madre acaricia a sus hijos, así yo os consolaré" 5.

"Desde el fondo de su claustro ­dijo, en otra ocasión, este Papa 6­ encanta al mundo con la magia de su ejemplo, ejemplo de santidad, que todos pueden y deben seguir. Porque todos han de entrar por este camino ­camino de una simplicidad de corazón, que no tiene de infantil más que el nombre­, por este camino de infancia espiritual, lleno de pureza, de transparencia de espíritu y de corazón, de amor irresistible, de la bondad, de la verdad y de la sinceridad."

"Y esta virtud de la infancia espiritual, que reside en la voluntad del alma tiene, como más bello fruto, el amor."

En estas palabras de Pío XI, conviene notar la manera como pondera la importancia de su declaración, así por razón del cargo que ostenta, esto es, de Vicario de Jesucristo, como por la solemnidad en la que lo predica, o sea, en el acto de la canonización. Además, confió en que verá propagarse el deseo vivísimo de adquirir esta infancia evangélica, en las almas de los fieles cristianos. Y, finalmente, da la definición exacta de la infancia espiritual, cuando dice que consiste en hacer por virtud sobrenatural lo mismo que hace el niño por natural sentimiento.

En verdad, es la voz de la misma Iglesia, Esposa de Jesucristo, que nos propone el camino espiritual enseñado por Santa Teresita, para seguir fielmente la doctrina evangélica del mismo Jesús.

La infancia espiritual de Santa Teresita

Oigamos cómo nos refiere la Santa la manera cómo ella encontró este camino o ascensor que nos enseña, para que podamos subir hasta Jesús, aunque seamos pequeños y débiles en la virtud.

"Mi constante deseo -dice ella 7­ ha sido siempre llegar a santa, mas ¡ay! cuantas veces me he comparado con los santos, he constatado siempre que entre ellos y yo existe la misma diferencia que observamos en la naturaleza entre una montaña cuya cumbre se pierde en las nubes y el obscuro grano de arena, pisado por los viandantes."

"En vez de desalentarme, me he dicho: Dios no inspira deseos irrealizables; puedo, pues, a pesar de mi pequeñez, aspirar a la santidad. ¡ Engrandecerme, es imposible! He de soportarme tal como soy, con mis innumerables imperfecciones; pero quiero buscar la manera de ir al cielo, por un caminito muy recto, muy corto, por un caminito enteramente nuevo. Estamos en un siglo de inventos; hoy día, no es menester ya fatigarse en subir los peldaños de una escalera; en las casas ricas hay un ascensor que lo sustituye con ventaja. Quiero también encontrar un ascensor para re montarme hasta Jesús, puesto que soy demasiado pequeña para subir por la ruda escalera de la perfección."

"He pedido. entonces, a los Libros Santos que me indiquen el ascensor deseado, y he encontrado estas palabras pronunciadas por boca de la misma Sabiduría eterna: Si alguno es pequeñito que venga a mi 8. Me he acercado, pues, a Dios, adivinando que había encontrado lo que buscaba, y, al querer saber lo que hará Dios con el pequeñito, he proseguido buscando, y he aquí lo que he encontrado: Como una madre acaricia a su hijito, así os consolaré yo: a mi pecho seréis llevados, y os acariciaré sobre mis rodillas" 9.

"¡Ah!, nunca habían venido a alegrar mi alma unas palabras tan tiernas y tan melodiosas. El ascensor, que me ha de subir al cielo, son vuestros brazos, ¡oh, Jesús! Para esto, no tengo ninguna necesidad de crecer, antes, al contrario, conviene que continúe siendo pequeña y, cada día, lo sea más. ¡Oh Dios mío!, habéis ido más lejos de lo que yo esperaba, y quiero cantar vuestras misericordias: Vos me habéis instruido desde mi juventud, y hasta ahora he publicado vuestras maravillas: yo continuaré publicándolas hasta mi extrema vejez" 10.

Esta relación, tan ingenua como sugestiva, se completa con una definición que ella misma nos da de la infancia espiritual, según consta en Novissima Verba, 6 de agosto. Preguntada sobre lo que ella quería significar, en la frase, permanecer niño pequeño delante de Dios, respondió la Santa:

"Es reconocer su nada, esperarlo todo del buen Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre, es no inquietarse de nada, no buscar fortuna. Hasta entre los pobres se da al niño lo que le es necesario pero en cuanto se hace mayor, su padre ya no quiere mantenerle más y le dice: "Trabaja ahora, tú te puedes ya bastar a ti mismo." Para no oír jamás tales palabras, por eso no he querido ser nunca mayor, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del Cielo. Me he quedado siempre pequeña, no teniendo otra ocupación que la de coser flores, las flores del amor y del sacrificio y ofrecerlas al buen Dios para complacerle.

"Ser pequeño, es también no atribuirse a si mismo las virtudes que uno practica, creyéndose capaz de alguna cosa, antes bien reconocer que el buen Dios pone este tesoro de la virtud en la mano de su pequeño hijo para que se sirva de él cuando lo necesite; pero siempre es el tesoro del buen Dios. En fin, es no desanimarse poco ni mucho por sus faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño"' 11.

Y que ella, por infancia espiritual, entendía la misma perfección y santidad, lo demuestra la respuesta que dio, en cierta ocasión, en que se hablaba, en su presencia, de los diferentes ejercicios de virtud, para conocer su sentir acerca de cuál era el más eficaz para llegar a la perfección.

"Oh, no ­dijo-, la santidad no consiste en tal o cual práctica; consiste en una disposición del corazón, que nos hace humilde y pequeño, en manos de Dios, consciente de nuestra debilidad y confiado, hasta la audacia, en su bondad de Padre" 12.

Es, pues, evidente, que la infancia espiritual, en el concepto de Santa Teresita, significa que hemos de tener en nuestro corazón un vivo sentimiento y un claro conocimiento de nuestra debilidad, lo cual ha de hacernos humildes y pequeños en manos de Dios. Pero, además, hemos de conocer y sentir igualmente, en nuestro corazón, la inmensa bondad paternal de Dios; hemos de confiar en Él hasta la audacia.

Por esto, decía el Papa Benedicto XV que la infancia espiritual está formada de confianza en Dios y de abandono absoluto en sus manos.

"La infancia espiritual -dice este Papa­ excluye de hecho el sentimiento soberbio de sí mismo, la presunción de conseguir, por medios humanos, un fin sobrenatural y la engañosa pretensión de bastarse a si mismo, en la hora del peligro y de la tentación. Por otra parte, supone una fe viva en la existencia de Dios, un práctico homenaje a su poder y a su misericordia, un confiado recurso en la providencia de Aquel que nos da la gracia, para evitar todos los males y obtener todos los bienes. Así, las cualidades de esta infancia espiritual son admirables, lo mismo si se miran en su aspecto negativo que si se estudian en su aspecto positivo y, entonces se comprende que Nuestro Señor Jesucristo la haya indicado como condición necesaria, para obtener la vida eterna" 13.

La infancia espiritual, como dice Monseñor Gay, es el comienzo y la consumación de la santidad. El comienzo, porque el buen Jesús dice que, si no nos hacemos como niños, no entraremos en el reino de los cielos, y la consumación, porque Él mismo nos dice que el que se humillare como un pequeñuelo, éste será el mayor en el reino de los cielos.

II El gran obstáculo para las almas piadosas

El desaliento

El obstáculo mayor y el más ordinario que suele oponer el demonio a las almas que andan por el camino de la virtud y de la santidad, es el desaliento ocasionado por sus recaídas en las faltas. El alma que ha logrado salvar este obstáculo, ha andado la mitad del camino y disfruta de la paz del corazón y de la tranquilidad de espíritu, que tanto ayuda y consuela en las luchas que se han de sostener continuamente, en el camino de la perfección. Por esto, son tan consoladoras las enseñanzas de los santos sobre este punto; y, tratándose de andar por el camino de la infancia espiritual, no hay para qué decir que nuestra Santa Teresita nos dio normas muy claras y alentadoras, para todas las almas que quieran seguirla por este camino. En el libro que escribió su hermana (aquella misma hermana, que, según confesión de Santa Teresita, era la única que conocía todos los repliegues de su alma), y al que puso por titulo: En la escuela de Santa Teresa del Niño Jesús, o sea su verdadero espíritu comentado por ella misma y apoyado en los escritos de los doctores y teólogos de la iglesia, hay también un fragmento dedicado a esta materia tan interesante, que resumiremos aquí, para aprender cómo nos hemos de portar con respecto a nuestras faltas, cómo nos hemos de aprovechar de ellas y aun como las hemos de aceptar con humildad y dulcemente, sin desalentarnos ni impacientarnos en lo más mínimo.

Siempre tendremos faltas y defectos

Hemos de estar prácticamente convencidos de que, en este mundo, nunca llegaremos a servir a Dios, sin faltas ni imperfecciones. Así lo han reconocido todos los santos, y la misma Iglesia Católica. al canonizarlos, no nos dice que estuvieron exentos de faltas y defectos, sino que poseyeron las virtudes en grado heroico, confirmadas con milagros. Si vivimos convencidos de que hemos de continuar caminando, a pesar de nuestras faltas y defectos, nos habremos librado del peligro del desaliento, que tanto daña a las almas piadosas.

Santa Teresita, con una de aquellas graciosas comparaciones, tan típicas en ella, lo enseñaba a una de sus novicias, que se desalentaba, al ver sus imperfecciones. Le decía así:

"Me hacéis pensar en un pequeñuelo, que comienza a sostenerse en pie, pero que todavía no sabe andar. Queriendo llegar de todas maneras hasta lo alto de una escalera, para reunirse con su madre, levanta su piececito para subir el primer escalón. Trabajo inútil; siempre cae, sin poder avanzar. Pues bien: procurad ser este pequeñuelo. Por la práctica de las virtudes levantad siempre vuestro piececito para subir por la escalera de la santidad, y no os imaginéis que podréis subir ni siquiera el primer peldaño, no; Dios Nuestro Señor únicamente os pide buena voluntad. De lo alto de esta escalera, os mira con amor; un día, vencido por vuestros esfuerzos inútiles, bajará él mismo y, tomándoos en sus brazos, os llevará para siempre a su reino, donde ya no le dejaréis nunca más" 14.

San Ligorio, en su libro de la Práctica del amor a Jesucristo, dice:

"Conviene advertir que hay dos clases de tibieza: una inevitable y otra evitable. La inevitable es aquella de la cual ni los mismos santos se han visto libres; y ésta abarca todos los defectos, en que caemos, sin plena voluntad, sino solamente por humana fragilidad. Tales son las distracciones en la oración, las inquietudes interiores, las palabras ociosas, la vana curiosidad, el deseo de figurar, el gusto en el comer y en el beber, los movimientos de la concupiscencia, no reprimidos en seguida, y otros parecidos. Hemos de evitar estos defectos, en la medida de lo posible; mas, por causa de la debilidad de nuestra naturaleza infestada por el pecado, es imposible evitarlos todos. Pero hemos de aborrecerlos, después de haberlos cometido, porque son desagradables a Dios; mas, según ya hemos advertido en el capitulo precedente, hemos de procurar no inquietarnos por ellos. San Francisco de Sales escribe estas palabras: Todos los pensamientos que nos causan inquietud no son de Dios, que es el príncipe de la paz, sino que siempre provienen del demonio o del amor propio o de la estima de nosotros mismos 15.

Hemos de estar persuadidos de que siempre tendremos faltas; de que éstas no estorban nuestra perfección y santidad; de que no impiden el amor y la misericordia de Dios para con nosotros; de que Dios nos pide y exige que vigilemos y luchemos: de que el salir victoriosos o vencidos no son condiciones impuestas ni dependen solamente de nosotros o de sólo nuestra voluntad. Esta doctrina está admirablemente condensada en aquellas reglas de la Suma Espiritual del padre Gaspar de la Figuera, S. J., en sus remedios contra las faltas, la primera de las cuales dice: "Persuadirse de que las ha de haber, y que ha de andar con ellas, cayendo y levantando; que si un niño no quisiera andar, por temor de que caerá a cada paso, nunca vendrá a andar. Va mucho en saber esto, y persuadirse de que ha de quebrar propósitos y ser vencido de pasiones, porque no se admire cuando cae, y alabe a Nuestro Señor que le tiene de su mano."

Así se entiende por qué nuestra Santa Teresita se consuela pensando que no son propiamente ofensas a Dios estas faltas de fragilidad.

"Tendré derecho ­dice­, sin ofender a Dios, a hacer pequeñas tonterías hasta mi muerte, si soy humilde y permanezco pequeña. Ved a los pequeñuelos; no cesan de romper, de rasgar, de caer, a pesar de que aman mucho a sus padres siendo muy amados de ellos"' 16.

"Ser pequeño es reconocer la propia nada, no desalentarse por las faltas, pues, aunque los niños se caen con frecuencia, son demasiado pequeños, para hacerse mucho daño" 17. y, en este mismo sentido, decía: "Los pequeñuelos no se condenan." Cuando le dijeron que hay pequeñas faltas que no ofenden a Dios, se llenó de gozo y esto le ayudó a soportar el destierro de la vida. Y recordaba aquellos textos de los Salmos: "El Señor ve nuestra fragilidad y se acuerda de que no somos sino polvo 18. Al fin "se levantará para salvar a los suaves y humildes de la tierra" 19, sobre lo cual hacia notar la santa: "No dice juzgar, sino salvar" 20.

Provecho de nuestras caídas

Todavía es cosa más consoladora pensar que estas pequeñas miserias no sólo no nos impiden ir al cielo, sino que aún debemos sacar de ellas un provecho positivo para la santidad y unión con Dios. Santa Teresita, a propósito de las imperfecciones, dice:

DEBILIDAD/ACEPTAR: "No me admiro de nada; no me aflijo, al ver que soy la misma debilidad; al contrario, es en ella que me glorifico, y espero descubrir cada día en mí, nuevas imperfecciones. Confieso que estas luces sobre mi nada me hacen un bien mayor que otras luces sobre la fe" 21.

Realmente, lo que más falta nos hace es saber sacar provecho de nuestras propias miserias y caídas. Humillarnos y confesar nuestra nada y miseria; pedir perdón a Dios, y comenzar de nuevo sin desmayos: he aquí el trabajo de toda nuestra vida.

La duda está en que, muchas veces, nuestras faltas no son tan inadvertidas o involuntarias como las de los santos; nosotros nos sentimos más culpables a causa de un mayor consentimiento. A pesar de esto, Santa Teresita todavía nos consuela y nos dice que estas caídas reales y estos descuidos más o menos consentidos no son obstáculo para la vida del amor. Todo está en saberlos utilizar. Parece esto extraño, pero es San Juan de la Cruz quien nos enseña que "el amor sabe sacar provecho de todo, del bien y del mal que encuentra en nosotros" 22.

Después de San Juan de la Cruz, escribe un piadoso teólogo: "Es cosa cierta que, en los planes de Dios, las faltas en que permite que caigamos han de servirnos para nuestra santificación y que de nosotros sólo depende el saber sacar esta ventaja. No obstante, sucede lo contrario y nuestras faltas, más que por sí mismas, nos perjudican por el mal uso que de ellas hacemos...No son los más santos los que menos faltas cometen, sino los que tienen más alientos, más generosidad, más amor, los que más esfuerzos hacen sobre sí mismos, los que no temen tropezar ni aun caer, con tal que puedan avanzar. Dice San Pablo que todo se vuelve en bien para aquellos que aman a Dios. Sí, todo redunda en bien, aun sus mismas faltas y aun, algunas veces, las faltas más graves... No os desalentéis por cualquier falta que cometáis, antes decíos a vosotros mismos: Aunque cayese veinte veces, cien veces cada día, me levantaría cada vez y seguiría mi camino. Al fin ¿qué importa haber caído en el camino, mientras se llegue al término? Dios no nos lo echará en cara" 23.

Y santa Teresita, hablando de si misma: "Cuando me ocurre que caigo en alguna falta, me levanto en seguida" 24. "Una mirada a Jesús y el conocimiento de la propia miseria lo reparan todo" 25. "Cuando se acepta con dulzura la humillación de haber sido imperfecta, la gracia de Dios vuelve en seguida" 26.

Sor Benigna Consolata, en aquellas ilustraciones con que Nuestro Señor la favorecía, pone una comparación por demás clara y sugestiva. "Todo contribuye a labrar el alma ­le decía el Señor­; las mismas imperfecciones puestas en mis divinas manos son otras tantas piedras preciosas, porque yo las cambio en actos de humildad, a los que muevo al alma.

Cuando el alma se entrega a los designios de mi amor, en un momento, sus imperfecciones son transformadas. Si los que levantan edificios pudiesen cambiar los desechos y lo que estorba en nuevos materiales de construcción ¡por cuán felices no se tendrían! Pues bien: el alma fiel puede hacerlo así, con mi gracia, y, entonces, las faltas, aún las más graves y las más vergonzosas, se convierten en las piedras angulares del edificio de su perfección" 27.

Nadie es capaz de decir lo que vale delante de Dios un acto de arrepentimiento amoroso. Decía la ya mencionada sor Benigna Consolata: "Un solo acto de amor repara por mil blasfemias..." ¡Cómo, pues, no ha de reparar el mal causado por faltas incomparablemente mas leves!

Un gran teólogo de la piedad nos da de ello una razón. muy convincente, por cierto, al hablar de la confianza filial que siempre hemos de tener en Dios: "¿Faltas? ­dice-, bien se cometen de cuando en cuando; pero ni son graves ni plenamente admitidas, y el arrepentimiento las sigue tan de cerca, que no tienen tiempo de cambiar el corazón de Dios ni el vuestro" 28.

Consolémonos, con tan hermosa doctrina, y aprendamos de Santa Teresita la manera de recobrar todo lo perdido por las faltas y aun de salir con ganancia, imitando sus ejemplos y siguiendo sus enseñanzas: Es verdad ­dice­ que no siempre soy fiel; pero nunca me desaliento; me pongo en brazos de Jesús. Como una pequeña gota de rocío, me hundo en el cáliz de la divina "Flor de los campos" y allí recupero todo lo perdido y aún mucho más 29.

Lo mismo enseña santa Gertrudis, en sus revelaciones. Dice que, un día, se le apareció el Señor y le puso esta comparación: "El que se da cuenta de que tiene una mancha en las manos, en seguida se las lava. Al instante, no sólo desaparece la mancha, sino que todas las manos quedan más limpias. Esto es lo que les ocurre a mis elegidos: Permito que caigan, a veces en faltas ligeras, para que su arrepentimiento y su humildad las hagan más agradables a mis ojos. Pero no faltan quienes contrarían este designio de mi amor, no apreciando la belleza interior que se adquiere por la penitencia y les hace agradables a mis ojos, y buscando, en cambio, una rectitud únicamente exterior, basada únicamente en los juicios de los hombres" 30.

Esta misma Santa rogaba un día al Señor por una persona acometida por la tentación y recibió la siguiente respuesta: "Yo permito esta tentación, para darle a conocer y para que deplore su defecto; ella se esforzará en vencerlo, y será humillada, al no poderlo lograr del todo, y esta humillación borrará, casi enteramente, a mis ojos otros defectos que ella todavía no ha advertido. El hombre que ve una mancha en su mano, no lava solamente la mancha, sino las dos manos. Así las purifica de todas las manchas, que tal vez no hubieran desaparecido si aquella mancha más visible no hubiese dado ocasión" 31.

Haciéndolo así, no sólo encontraremos la paz y el gozo del espíritu, sino que, además, creceremos en gracia y en mérito delante de Nuestro Señor, pues valdrá mucho más lo que ganaremos con un acto de amoroso arrepentimiento que lo que nos hayan hecho perder nuestras faltas.

III El gran remedio: la sencillez de los pequeñuelos

Hemos de aceptar la humillación de nuestras faltas

Este es el punto más difícil de entender y de practicar: estar contentos de nuestra miseria; estar contentos de la humillación que las faltas reportan, sin querer éstas y aun detestándolas. Nuestra Santa Teresita nos lo enseñará, en su camino de la Infancia Espiritual.

"También tengo debilidades ­nos dice­ pero nunca me maravillo. Tampoco me sobrepongo a las pequeñeces de la tierra. Por ejemplo: a veces estoy tentada de apurarme por alguna tontería que habré dicho o hecho. ¡Ah, he aquí que todavía estoy en el primer punto como antes! me digo a mí misma. Pero lo digo con gran dulzura y sin tristeza. ¡Es tan dulce sentirse débil y pequeño! 32.

Da una regla que han de tener muy en cuenta, en esta materia, y que han de recordar cada día las almas pequeñas que quieren andar por el camino de Santa Teresita: Lo importante para mantener el fervor, es guardar el corazón para Jesús, y esto se hace, a pesar de las caídas y de nuestra fragilidad, por la pureza de intención, renovada cada día 33.

PAZ-INTERIOR/HUMILDAD: Corrobora esta hermosa doctrina de la infancia espiritual, sobre la conducta que hemos de observar en nuestras faltas y caídas, un texto del Beato Eymard, transcrito en el libro de la hermana de la santa.

"...La perfección y sus progresos se encuentran en la humildad, que nos hace soportar el estado humillante que es efecto de nuestra naturaleza, de nuestras imperfecciones, y, además, nos hace obrar y vivir en este estado. Un ejemplo os dará a entender mi pensamiento: Ved al niño: está lleno de defectos, es ignorante, no sabe nada, todo lo rompe, cae a cada momento en las mismas faltas, y, no obstante, este niño es muy cándido, vive en paz, se divierte y duerme tranquilo. ¿Sabéis por qué? Tiene la simplicidad interior, se conoce tal cual es, acepta en paz la humillación de su estado, confiesa su ignorancia, su inexperiencia, sus defectos; a todo responde: "es verdad", y, cuando ha hecho esta confesión, en lugar de avergonzarse. de llorar, o de enfadarse por ello, se va a jugar. habla de otras cosas como de ordinario. He aquí el secreto de la paz interior: la simplicidad de la infancia... ¡Ah! creedme. poned vuestra paz interior en esta sencillez de niño, y será inalterable. Si queréis ponerla en vuestra enmienda, en vuestros progresos en la perfección, no la tendréis nunca. He aquí una razón profunda: es que, cuanto más nos acercamos a Dios, mas descubrimos nuestra miseria y nuestra nada y he aquí por qué cuanto más santa es el alma, es también más humilde. Oíd a la Santísima Virgen, cuando manifiesta su gratitud por haber sido elevada a la dignidad divina de Madre de Dios. Mi alma ­dice­ glorifica al Señor, porque ha mirado la bajeza de su sierva. He aquí la simplicidad perfecta, que da a Dios todo lo que le pertenece y no guarda para si otra cosa que la bajeza"' 34.

Difícilmente se puede encontrar una explicación más clara y dulce, al mismo tiempo, de como hemos de aceptar humilde y dulcemente nuestras caídas, faltas y defectos, sin desalentarnos, ni amilanarnos, antes al contrario, sabiendo gloriarnos por la humillación que nos causan.

No hay que desalentarse nunca

DESALIENTO/FALTAS FALTAS/TRISTEZA: Lo dicho no significa que no sintamos la pena y la tristeza que nos causan las caídas. La misma santa Teresita nos lo enseña con su experiencia tan consoladora, cuando nos dice:

"Por mi parte. procuro no desalentarme nunca. Cuando he cometido una falta que me hace estar triste, se muy bien que es la consecuencia de mi infidelidad. ¿Pero creéis que me detengo aquí? ¡Oh! ¡No! Corro a decir a Dios: Dios mío, sé que he merecido este sentimiento de tristeza, pero dejadme que os lo ofrezca, como si fuese una prueba que Vos me enviaseis por amor. Me sabe mal lo que he hecho, pero estoy contenta de tener esta pena para ofrecérosla"' 35.

"Si Vos os hacéis sordo a los plañideros gemidos de vuestra miserable criatura, si permanecéis encubierto, acepto, a pesar de esto, estar transida de frío y me regocijo en este sufrimiento, no obstante haberlo merecido" 36.

"Puesto que, durante mucho tiempo, también yo, al ver caer mis flores al suelo, me decía muy extrañada y triste: ¡ Así, pues, nunca serán más que deseos! Y repetía a Dios: Vos sabéis que a pesar de mis inmensas aspiraciones de amor, no soy una águila capaz de volar siempre por las alturas; al contrario, pobre pajarilla que soy, con harta frecuencia, me distraigo de mi única ocupación, me alejo de Vos, mojo mis pequeñas alas, apenas formadas, en los lodazales que encuentro en la tierra! Entonces gimo como la golondrina, y mi gemido os lo da a entender todo, y Vos os acordáis, ¡oh misericordia infinita!, de que no habéis venido a llamar a los justos sino a los pecadoras'' 37.

También en las reglas de la Suma Espiritual antes citada, encontramos estas enseñanzas sobre la tristeza que causan las faltas, cuando nos dice: "Sepa de nuestras culpas, que tienen veneno, y forzosamente lo ha de sentir el corazón con desmayos, bascas y amarguras; y, así, no desconozca estos efectos, sino aprenda a sufrirlos, como penitencia justa de la culpa, que en esto hay gran mérito."

Es preciso levantarse siempre

Esta tan delicada doctrina es corroborada por la Santa en una de las cartas a sus hermanos espirituales 38, donde dice:

"Soy enteramente de vuestro parecer: el Corazón de Jesús se entristece mucho más de las mil pequeñas imperfecciones de sus amigos que no de las faltas, aun graves, que cometen sus enemigos Pero... me parece que es únicamente cuando los suyos se habitúan a sus indelicadezas y no le piden perdón, que Él puede decir: Estas llagas que véis en mis manos las he recibido en la casa de aquellos que me amaban 39. En cuanto a los que le aman y que, después de cada falta se arrojan en sus brazos y le piden perdón, Jesús se conmueve de gozo. Y dice a sus ángeles aquello que el padre del hijo pródigo decía a sus criados: Ponedle el anillo en el dedo y alegrémonos" 40.

Lo mismo decía muchos años antes el autor de la Suma Espiritual: "Es muy poderoso remedio asegurar en su alma que le da grande gusto a Nuestro Señor y grande honra el que le va a pedir perdón de su pecado." Y en seguida explica como el demonio pone tantos obstáculos al alma, para estorbarla de lo que haga y hace notar los frutos que se siguen de vencer esta repugnancia y no cansarse nunca de pedir perdón. Exactamente se expresaba Santa Teresita, cuando decía:

"¡Qué poco conocidos son la bondad y el amor misericordioso del Corazón de Jesús! Es cierto que, para gozar de estos tesoros, es necesario humillarse, reconocer la propia nada, y esto es lo que muchas almas no quieren hacer..." 41.

Una norma práctica

Resumamos esta materia con la definición de nuestra Santa Teresita, al señalar cual ha de ser la perfección de las almas pequeñas, que quieren seguir su camino espiritual:

"Basta con humillarse, con soportar dulcemente sus imperfecciones: HE AQUÍ LA SANTIDAD PARA NOSOTROS" 42.

¿Hay cosa más sencilla?

Nos hemos de hacer pequeños

Santa Teresita, al explicar como encontró el camino de la infancia espiritual, dice que había comprobado la gran diferencia que mediaba entre ella y los santos, y que no podía hacerse grande como ellos, y por esto buscó un ascensor, ya que "era demasiado pequeña para subir la ruda escalera de la perfección" 43.

Una cosa semejante le ocurre, cuando lee ciertos tratados, donde la perfección es expuesta a través de mil obstáculos: su espíritu se fatiga y cierra el libro demasiado sabio, que le quiebra la cabeza y le seca el corazón 44'. Y dice:

"Felizmente el reino de los cielos consta de muchas moradas; porque, si no hubiese más que aquellas, cuya descripción y camino me parecen incomprensibles, es seguro que no entraría en ellas. Pero si hay la morada de las almas grandes, la de los Padres del desierto, la de los mártires de la penitencia, también habrá la morada de los pequeñitos: allí nos está reservado nuestro lugar" 45.

Nada extraordinario

Nuestra Santa toma modelo de la Virgen Santísima en Nazaret, contempla extasiada aquella vida perfectísima y, a ejemplo suyo, sigue un camino, en el cual "nada hay que salga de lo ordinario, donde la perfección se ejerce, antes que todo, en pequeños actos de virtud sencillos y muy escondidos" 46.

A propósito de haber caído enferma por haber llevado demasiado tiempo una crucecita de hierro, dice:

"Esto no me hubiera ocurrido por tan poca cosa, si Dios no hubiese querido darme a entender que las maceraciones de los santos no se han hecho para mi, ni para las almas pequeñas, las cuales deben seguir el camino de la infancia espiritual, en el cual nada sale de lo ordinario 47.

Durante su última enfermedad, le diJeron que podía confiar en morir el día de la Virgen del Carmen, y respondió:

"¡Morir de amor, después de la Comunión! ¡Un día de gran fiesta! Es demasiado hermoso para mi; en esto no podrían imitarme las pequeñas almas. En mi camino no hay sino cosas muy ordinarias; ¡es menester que estas almas puedan hacer cuanto yo hago! 48.

Según este criterio, Santa Teresita prefería, entre los santos, los que no mostraban nada de extraordinario, y tenía un particular afecto y devoción al beato Teofanio Venard, de las Misiones Extranjeras. "Me gusta ­decia­ porque es un santo pequeño, porque su vida es toda ordinaria y porque amaba mucho a su familia; no comprendo los santos que no aman a su familia" 49.

Al hablar de la fundadora del Carmelo de Lisieux, santificada por virtudes ocultas y ordinarias, dice:

"Oh, esta santidad me parece más verdadera, la más santa; es la que yo deseo, porque no hay en ella ilusión alguna" 50.

Este concepto era el mismo o semejante al de Monseñor Gay, el cual dice: "La santa infancia espiritual es un estado más perfecto que el amor de los sufrimientos, porque nada inmola tanto al hombre como el ser sincero y pacíficamente pequeño. El espíritu de infancia mata más seguramente el orgullo que el espíritu de penitencia" 51.

De manera que no hemos de creer que, practicando solamente las pequeñas virtudes escondidas no podremos llegar a gran santidad; al contrario, por este camino, como dice la Santa, estamos más seguros de no tropezar con ilusiones que nos engañen o nos pierdan.

Lo esencial: Dar gusto a Dios y amarle

Siguiendo, pues, las enseñanzas de Santa Teresita, no hemos de trabajar para ser santos o santas de aquellos que la Iglesia canoniza y propone, en los altares, a la veneración de los fieles, sino sencillamente para complacer y dar gusto a Dios.

Ofrezcámosle, pues, las obras de los demás, y apliquémonos únicamente al amor. La santidad no consiste en aquel brillo exterior de virtud, que, en la tierra, es el único capaz de descubrir el heroísmo. No; la santidad es ante todo una disposición del corazón que nos hace humildes y pequeños en los brazos de Dios, conscientes de nuestra flaqueza, confiados, hasta la audacia, en su bondad de Padre, y delicadamente atentos a obedecerle y complacerle en todo.

Y esta disposición, mientras queda oculta en lo secreto del alma, es Dios sólo quien puede apreciarla con certeza... Ved las estrellas, nosotros las apreciamos según la distancia que las separa de nosotros, pero su verdadera belleza es Dios quien la conoce.

Las hay que nos parecen muy pequeñas, o que tan siquiera las llegamos a ver, y no obstante son incomparablemente más hermosas que aquellas que apreciamos como las más bellas.

El programa de la verdadera santidad que Santa Teresita ha enseñado, helo aquí: Estar siempre alerta, levantar el piececito; caer, tal vez, por flaqueza, pero levantándose siempre con humildad; trabajar sin cesar; quedar cubierto de polvo pero limpiarse de él continuamente por el fuego del amor y por los Sacramentos, que nos mantienen unidos al buen Dios; ofrecerle en fin, sin cansarse jamás, si no los éxitos, a lo menos los esfuerzos. Quien así lo hace, aun cuando ciertos defectos le impidan de cosechar gloriosamente en el campo de las virtudes, y no deba llegar a la gloria de los altares, es un santo delante de Dios, y lo es en un grado mayor o menor, según la intensidad de su buena voluntad en el esfuerzo cotidiano de su amor 52.

En el cielo tendremos muchas sorpresas, porque los santos canonizados no son siempre los más grandes... La canonización es una aureola que Dios pone en la frente de algunos de sus hijos, para gloria suya, edificación de sus hermanos en la tierra o para afianzar una misión encomendada... Todo depende de la obra que Dios quiere conseguir, por medio de ellos, en este mundo.

Es como un artista, que toma tal o cual pincel para realizar su obra... ¿Por qué toma éste y no aquél?... El que deja a un lado es, no obstante, tan pincel y tal vez mejor, que el que toma..."

Una exhortación de Santa Teresita 53

"No deseemos otra cosa que la gloria de Dios, siendo igualmente nuestro contento, ya venga por medio de los demás, ya por medio de nosotros... y aspiremos sencillamente a ser santos por el corazón, obscuros, siempre ignorados, si así place a Dios: aceptemos también que aun las flores de nuestros deseos y de nuestra buena voluntad caigan en tierra, sin que produzcan nada en este mundo; esto es muy provechoso para nuestra humildad."

"Recordad que me gustaba repetir a mis novicias: Pongámonos humildemente entre los imperfectos, tengámonos por almas pequeñas. Pero, al mismo tiempo, hemos de pensar que, si esto entra en sus designios, sabrá Dios igualmente levantarnos entre los héroes de la santidad. Ved lo que la gracia ha hecho en mí."

"Acordaos de que el único verdadero y ardiente deseo que ha de inflamar vuestro corazón, como inflamaba el mío, es el de amar a Dios cuanto podéis, procurar ser como Él desea que seáis, santa gloriosa o santa desconocida sobre la tierra ­poco importa­ mientras seáis santa según su gusto, y su amor quede plenamente satisfecho."

"Todas las flores creadas por Él son bellas: el brillo de la rosa y la blancura del lirio no disminuyen el perfume de la pequeña violeta, ni nada quitan a la arrebatadora sencillez de la margarita... Cuanto más contentas están las flores de cumplir su voluntad, más perfectas ellas son."

"Con vuestros generosos esfuerzos alcanzaréis la dicha de sostener, y quizá en muy grande medida, el edificio espiritual de la Iglesia, como aquella humilde mujer que queriendo contribuir a la construcción de una catedral, emprendida con ostentación por un grande y rico señor, no encontró otra cosa mejor en su pobreza, que llevar un manojo de heno para alimentar y aliviar una de las bestias de carga que arrastraban los materiales. Cuando se terminó la iglesia, mientras el señor pretendía, no sin razón, ser él quien la había construido, un celestial prodigio reveló, con admiración de todos, que a los ojos de Dios, había sido aquella pobre mujer." (/Mc/112/41-44 ACCIONES-PEQUEÑAS)

"Con frecuencia mira más Dios estas acciones insignificantes de un alma débil, estas pequeñas nonadas, como coger una paja o un alfiler por su amor, que otras obras magnificas.", "No es la grandeza ni aun la santidad de la obra en sí misma, lo que vale a sus ojos, sino solamente el amor con que se hace, y nadie puede decir que no puede dar esas pequeñas cosas al buen Dios, porqué están al alcance de todos."

"Alistaos, pues. en la legión de las almas pequeñas consagradas al amor; ingresad en mi compañía, y, si, en la hora de vuestro juicio, todavía estáis tentada de temer, acordaos, entonces, de la historieta que voy a contaros: San José de Cupertino era de mediana inteligencia y estaba muy poco instruido; toda su ciencia quedaba reducida a saber leer bastante mal y a escribir todavía peor. Después de haber sido aprobado, como por milagro en el examen exigido para ser admitido al diaconado, se presentó, lleno de confianza en Dios, al examen que precede a la admisión al sacerdocio. El examinador era el Obispo de Castro, prelado severo y temido de los ordenandos. José se dirigió a Bogiardo en compañía de otros jóvenes estudiantes, sus hermanos del convento de Lecce, todos ellos muy seleccionados. Los primeros en ser preguntados respondieron tan bien, que el prelado creyó inútil preguntar a los demás; admitió indistintamente a todos los candidatos, incluso a nuestro santo, que llegó a ser sacerdote de Dios, en cierta manera, por el mismo Dios. Pues bien. también llegaréis a ser santa de Dios por el mismo Dios, que vive en vuestra alma de buen grado, porque, si necesario fuere, se acordará de que "yo he pasado el examen por vosotros" 54.

Esta historia fue contada por Santa Teresita a una de sus novicias, que se desolaba al sentirse siempre imperfecta; y bien se puede aplicar a todas las almas que se encuentran en parecidas circunstancias... ¡y son tantas! Es una invitación a su devoción y a que sigamos sus pasos por el camino de la infancia espiritual, que claramente nos enseña a imitar a los santos únicamente en aquellas cosas que no salen del curso ordinario y corriente de la vida.

IV Normas prácticas

El alma que sintiéndose pequeña, quiera seguir por el camino de la infancia espiritual evangélica trazado por Santa Teresila, debe tener discreción en bien entender la doctrina de la santa y en la manera de ponerla en práctica, evitando así que, equivocada en el modo de buscarla, pierda la paz y sencillez que desea encontrar. Resumiremos en breves normas practicas las enseñanzas evangélicas vividas por esta santa.

1ª. Pequeños.

PEQUEÑO-HACERSE: Lo primero que reclama de nosotros la santidad es el reconocimiento de nuestra pequeñez, de nuestra miseria, de nuestra culpabilidad, de nuestra impotencia, de nuestra nada, esto es, la humildad. Nunca jamás se ha levantado sobre otro fundamento la santidad verdadera. Nos hemos de reconocer pequeños espiritualmente, es decir, incapaces de alcanzar nada por nuestras solas fuerzas; sentirnos pequeños y tenernos por pequeños prácticamente, no buscando nunca nuestro honor, nuestro gusto, nuestro interés, en una palabra, nuestro amor propio; pasando desapercibidos como niños, sin reclamar derechos y atenciones de los demás, a quienes hemos de tener por mayores que nosotros; no molestarnos porque no nos atienden, ni nos aman, ni tan siquiera nos ven cuando, tal vez, pasan por nuestro lado sin hacer caso alguno de nosotros.

Si considerarnos bien nuestro interior, y reflexionamos cuanta verdad es que somos incapaces de sostenernos en el camino del bien, quebrando los propósitos a cada paso; cuan impotentes para luchar contra las pasiones y tentaciones que nos derriban con tanta frecuencia; cuan culpables en nuestros pecados; cuan incapaces de amar y corresponder al amor de Dios, a pesar de quererlo con toda el alma; cuan fríos nos sentimos con Él, y cuan desagradecidos e ingratos e injustos nos encontramos; si bien reflexionamos toda esta miseria y flaqueza nuestra, no nos ha de costar mucho reconocernos pequeños, sentir sinceramente que lo somos, tenernos por tales, portarnos como tales y no aspirar a ser tratados, tenidos y considerados de otra manera de la que realmente merecemos.

2ª. Confiados hasta la audacia.

La confianza plena y absoluta que Santa Teresita reclama de las almas pequeñas. para andar por el caminito de la infancia espiritual, no se refiere a los bienes materiales, como suele figurarse la gente mundana de religión poco ilustrada; se trata de bienes infinitamente más elevados, de las aspiraciones a la vida eterna y feliz en el amor de Dios; es decir, el reino de Dios en nosotros por la santificación. Lo demás, como dice el Evangelio, se nos dará por añadidura. Así se expresa claramente la Santa: "Comprendo tan claro que sólo el amor es capaz de hacernos agradables al buen Dios, que es el único tesoro que ambiciono"' 55. "No son riquezas ni gloria­ ni siquiera la gloria del cielo­ lo que anhela mi corazón... Lo que yo pido es amor" 56.

Tratándose por una parte de almas tan pequeñas que se reconocen pura nada. del todo ineptas para practicar las grandes virtudes de los Santos, y de otra, aspiraciones sublimes y pretensiones tan altas como la de amar a Dios con el mayor y más puro amor, se comprende que la Santa diga que nuestra confianza debe llegar hasta la audacia. Ella confió llegar al más encendido amor divino, a pesar de sentirse tan pequeña e incapaz, y expresa esta audacia en forma poética, con estas palabras:

"¿Cómo puede aspirar a la plenitud del amor un alma tan imperfecta como la mía? ¿Qué misterio es éste? ¡ Oh único Amigo mío! ¿Por qué no reserváis estas inmensas aspiraciones para las almas grandes, para las águilas que se ciernen en las alturas? ¡Ay!, soy un pobre pajarillo cubierto sólo de un ligero plumón: no soy un águila, únicamente poseo de ella los ojos y el corazón... ¡Si; a pesar de mi extrema pequeñez, me atrevo a mirar fijamente el Sol divino del amor, y ardo en deseos de lanzarme hasta él! Quisiera volar, quisiera imitar a las águilas, pero sólo sé levantar mis alitas; no está al alcance de mi pequeño poder echarme a volar. ¿Qué va a ser, pues, de mi? ¿Moriré de dolor al verme tan impotente? ¡ Oh!, no, ni siquiera me afligiré. Con audaz confianza allí me quedaré contemplando fijamente mi divino Sol, hasta la muerte. Nada podrá arredrarme, ni el viento ni la lluvia. Y si espesos nubarrones ocultan el Astro del Amor, si me parece que no creo en la existencia de otra cosa que la noche de esta vida, éste será el momento de la dicha perfecta, el momento de extremar mi confianza hasta el último límite, guardándome de desertar de mi sitio sabiendo que tras esos tristes nubarrones sigue brillando mi dulce Sol" 57.

Lo mismo que propone para ella el perseverar hasta la muerte, con audaz confianza, aspirando a la plenitud del amor, lo aconseja a los otros en forma no tan poética, pero más concisa y didáctica, al decir:

"Ofrezca a Dios el sacrificio de no recoger nunca frutos, es decir, de sentir durante toda su vida repugnancia en sufrir, en ser humillada, en ver todas las flores de sus buenos deseos y buena voluntad caer en tierra, sin producir nada. En el momento de la muerte en un abrir y cerrar de ojos, Dios sabrá hacer madurar hermosos frutos en el árbol de su alma" 58.

Ella decía a sus novicias: Jamás se tiene demasiada confianza en Dios tan potente y misericordioso. ¡Se obtiene de Él todo cuanto de ,ÉI se espera! 59. En la doctrina espiritual del Venerable Ludovico Blosio se halla esta comparación: "Suponed dos personas que ruegan al mismo tiempo; una pide una cosa casi imposible, pero con la certeza de que Dios la escuchará; la otra no solicita más que un favor de poca importancia, pero sin esta plena confianza en el Señor: la primera obtendrá mucho mas pronto, por el mérito de su fe, que el otro que vacila" 60.

3ª. Entero abandono en brazos del Padre celestial.

La confianza audaz de alcanzar la más intima unión con Dios, se extiende, como bálsamo de suavísimo perfume, a todos los actos internos y externos del alma pequeña en su caminito de infancia espiritual. Ella sabe que tiene un Padre en los Cielos, que la ama entrañablemente, no sólo a pesar de su pequeñez sino por esta su pequeñez precisamente, y por esto la lleva en sus brazos paternales, porque sabe su Padre que no puede valerse de sus fuerzas, que es incapaz de andar, y de subir, por más que levante el pie y lo intente. Con esta infalible convicción, ella, el alma pequeña, se deja llevar tranquilamente como un niño dormido en brazos de su Padre. ¡Oh, que dulce vivir es el abandonarse completamente al Amor y a la Providencia paternal de Dios! El pequeñuelo no teme nada de nadie, ni tan siquiera se preocupa de temer, porque no sabe ni conoce peligros. No espera ni pide nada, si no es de su Padre, y en su Padre espera y confía para todas las cosas, y en su Padre descansa y se alegra. "La única cosa que incumbe al niño es abandonarse, dejar que flote al viento su vela..." 61. "Quedarse niño es no inquietarse por nada." 62

Este abandono y confianza filial del alma en el Padre celestial no suprime ciertamente el esfuerzo y el dolor, pero asegura en todo caso la paz. Sufrir en paz no es siempre sufrir con consuelo. "Quien dice paz no dice alegría o por lo menos alegría sensible; para sufrir en paz basta querer firmemente todo lo que quiere Nuestro Señor" 63.

El total abandono en Dios significa, en realidad, confiarse enteramente al Corazón paternal de Dios; y eso, no solamente por lo que afecta al alma y a la vida espiritual, sino también por lo que atañe al cuerpo y a la vida terrenal. Es fiarse de El completamente sin angustiarse por temores sobre el porvenir o sobre el pasado. "Sólo me guía la absoluta confianza en Dios; no tengo otra brújula. No sé ya pedir nada con ardor, excepto el perfecto cumplimiento de la voluntad de Dios en mi alma." 64. Así, pues, abandonarse a Dios, es aceptar de buen grado y con el mismo amor, lo dulce y lo amargo, lo próspero y lo adverso, sin temerlo ni esquivarlo, pues el alma abandonada a Dios sabe que "la única felicidad aquí bajo, es aplicarse a encontrar siempre deliciosa la parte que Jesús nos da." 65.

4ª. Esfuerzo personal; levantar continuamente el piececito.

Aun cuando los cristianos ignorantes y mundanos quieran creer que el ascensor divino propuesto por Santa Teresita, consiste en dejarse llevar dulcemente sin ningún esfuerzo, en realidad, la doctrina y el ejemplo de la Santa son de un esfuerzo constante y de un sacrificio absoluto. Recordamos sino, como dice a la novicia que levante continuamente el piececito, para subir la escalera de la santidad por la práctica de todas las virtudes. La renuncia de sí mismo es elemental en la ciencia de la santidad; y sólo los más ignorantes son capaces de creer que pueden pasarse sin ella. Y esta renuncia requiere esfuerzo personal constante, sin intermisión, durante toda la vida.

El caminito que nos propone nuestra Santa no es para ahorrarnos el sacrificio y el esfuerzo, sino al contrario, para hacérnoslo amable, y enseñarnos una forma más asequible para practicarlo con constancia. Y creer lo contrario es falsear la doctrina de la Santa y el concepto de la santidad cristiana. "Es necesario -dice ella­ hacer todo lo que está en nuestra mano, dar sin contar, renunciarse a sí mismo constantemente, en una palabra, dar prueba de nuestro amor, por medio de todas las buenas obras que estén a nuestro alcance." 66. "Muchas almas se excusan con estas palabras: Yo no tengo fuerzas para hacer tal sacrificio. Pero ¡que hagan esfuerzos para hacerlo! Esto, algunas veces, es difícil; no obstante, el buen Dios no niega jamás la primera gracia que en cada ocasión da la fortaleza para vencerse; si el alma corresponde a ella, se encuentra inmediatamente en la luz, entonces el corazón se fortifica y se encamina de victoria en victoria" 67. "¡Que importa que no sienta valor -decía a una novicia­ con tal que obre como si le tuviera! ¿Dónde estaría su mérito si sólo debiera combatir cuando se siente animosa? Si estando sin ánimo para recoger una hilacha, lo hace por amor de Jesús, consigue mucho más mérito que realizando un acto mucho más importante en momentos de fervor 68. La Santa misma "tuvo que luchar para renunciarse a sí misma constantemente y necesitó valor para defender en ella la causa de Dios contra las acometidas de las inclinaciones contrarias." 69.

Dios no nos pide sino buena voluntad; ésta, la hemos de demostrar con el fervor de nuestro deseo y con la sinceridad de nuestro esfuerzo. "Y tanto más o menos gozaremos esa perfección en la eternidad, cuanto con mayor o menor deseo, aquí la hubiéramos procurado. Pues por los deseos santos, nos dará Dios premio eterno, aunque en esa peregrinación no alcancemos lo que deseamos.'' 70.

5ª. Todo por amor.

Esta es la divisa fundamental de la Santa. Por la práctica de las virtudes y de la perfección podemos llegar a un grande amor de Dios; pero también por el amor de Dios podemos llegar a la práctica de las virtudes y de la perfección. Y este camino es el preferido por la Santa, extremándolo deliciosamente. Ella no pretende más que complacer a Jesús, agradarle, darle gusto, en una palabra amarle hasta lo imposible, y sólo con esto, practicará todas las virtudes, salvará innumerables almas, ejercerá todas las vocaciones y apostolados de la Iglesia. Ella ora, enseña, trabaja, sufre, en una palabra, vive sólo por el amor; no detalla sus intenciones como otros Santos, que sufrían para aplacar la justicia divina, o para expiar por los pecados, o para vencer las pasiones, o por otros fines santos y necesarios. Ella misma dice que "no hubiera querido recoger una aguja para evitar el Purgatorio" 71. "Los grandes Santos han trabajado por la gloria de Dios ­decia ella­ pero yo, que no soy más que una alma pequeñita, trabajo únicamente para darle contento. Yo quiero ser en la mano del buen Dios, una florecilla, una rosa inútil pero cuya vista y perfume, sin embargo, sean para Él como un alivio y un pequeño goce de más 72. "Yo quiero trabajar sólo por vuestro amor, con el único fin de agradaros, de consolar vuestro Sagrado Corazón y salvar almas que os amen eternamente." 73. "Jesús me enseña a hacerlo todo por Amor." 74. Y próxima a morir, ella confiesa que "nunca ha dado al buen Dios más que amor." 75. Sin el amor, todas las obras, incluso las más extraordinarias no son más que nada."

"Mientras nuestras acciones, aun las más pequeñas, no se salen del foco del Amor, la Santísima Trinidad les da un tinte y belleza admirables, y Jesús encuentra siempre hermosas nuestras obras." 76. "Si quieres ser santa -dice a una de sus hermanas­, te será cosa fácil: no te propongas sino un fin: complacer a Jesús, unirte siempre más íntimamente con Él..." 77. "El alma más fervorosa es la más humilde, la más unida a Jesús, la más fiel a hacer todos sus actos por amor." 78.

6ª. Las flores del sacrificio y del amor.

Amar a Jesús y complacerle, consolarle y salvarle almas, he aquí el ideal de las almas cristianas. "Pero ¿cómo demostraré mi amor, ya que el amor se prueba con obras? Pues bien; la niñita echará flores... No tengo otro medio para demostraros mi amor que echar flores; es decir, no escatimar el menor sacrificio, no dejar perder ninguna palabra, ninguna mirada, aprovechar las menores acciones y ejecutarlas todas por amor. Quiero sufrir y hasta gozar por amor; así echaré flores; cuantas encuentre, sin exceptuar una sola, las deshojaré en vuestro obsequio... Además cantaré, cantaré constantemente, aunque tenga que sacar mis rosas de entre las espinas; cuanto más largas y punzantes sean éstas, más melodioso será mi canto" 79. Esta es la parte más típica y sugestiva de la doctrina espiritual de Santa Teresita: el camino de la santidad más heroica, por las cosas pequeñas hechas con grande amor. Esto anima extraordinariamente a las almas pequeñas que, sintiéndose incapaces de grandes austeridades, ven posible y hacedera la subida a la perfección y santidad.

Imitando a la Santa ejercitaremos los actos de virtud:

a) En cosas pequeñas y sencillas, pues ella misma aconseja practicar las pequeñas virtudes, ya que "si pretendemos hacer cosas grandes aunque sea con el pretexto del celo, Dios nos deja solas" 80. Y dice que sus mortificaciones consistían unidamente en quebrantar su voluntad, en retener una palabra de réplica, prestar pequeños servicios sin encarecerlos, y otras mil cosillas por el estilo. Mortificar mi amor propio (únicas mortificaciones que se me permitían) me hacía más bien que las penitencias corporales, decía la Santa 81.

b) Cosas no buscadas, corrientes, las que se presentan a cada momento en el curso ordinario del día, y en las contingencias de la vida de familia o de comunidad; son como traídas por la Providencia divina y cogidas como naturalmente, al azar; por ser cosas pequeñas y no buscadas por nuestro parecer y voluntad, no están expuestas a la vanidad, al amor propio y a la vana complacencia.

"En mi caminito, -dijo la Santa-, no hay sino cosas muy ordinarias: es preciso que todo lo que yo haga, puedan hacerlo igualmente las almas pequeñas" 82.

c) Aceptadas generosamente siempre, todas, y con amor. Aquí está la base del heroísmo de Santa Teresita. Todo el mundo es capaz de hacer alguna vez pequeños actos de virtud. Pero practicar todos, sin exceptuar uno solo, como dice ella, los que se presenten en la vida ordinaria, y mantenerse con este espíritu de abnegación constante, y perseverando en ello hasta la muerte, es realmente heroico y de una consumada santidad. Si no llegamos a tanta perfección, con buena voluntad, llegaremos por lo menos a ser fieles en la mayoría de los casos. Esto implica prácticamente la renuncia de su propia voluntad, es decir, negarse a sí mismo constantemente, y "esta mortificación -dice el Venerable Blosio­ verdaderamente es difícil y penosa al principio, pero cuando se ha perseverado con valor en ella durante algún tiempo, la gracia de Dios la torna facilísima y dulcísima; efectivamente, el arte de mortificarse es como todos los otros: si se practica a menudo y con esmero, se hace como natural al hombre, por su continuidad'' 83.

d) Actos ocultos, es decir, solo de Dios conocidos, sin querer ni pretender por ellos ninguna retribución humana, ni de agradecimiento, de admiración o alabanza, por lo cual debe permanecer ignorado de todos. Dice la Santa que "se aplicaba sobre todo a los pequeños actos de virtud bien ocultos". Nadie en su vida pudo conocer sus preferencias ni sus repugnancias, ni lo que sufrió en el comer, o en el dormir, ni sus penas y luchas interiores. Este es el perfume más exquisito de la flor que vive sólo para Dios. Cuando dejamos saber nuestros actos de virtud, pierden todo su aroma espiritual; y entonces cambiamos el premio de gloria que Dios nos quería dar, por el de la alabanza humana que nos procuramos al manifestarlos. "Más agrada a Dios una obra ­dice San Juan de la Cruz- por pequeña que sea hecha en escondido, no teniendo voluntad de que se sepa, que mil hechas con gana de que lo sepan los hombres" 84. Y Santa Teresita declara: "Si por un imposible, el mismo Dios no viese mis acciones, no me apenaría por ello. Le amo tanto que quisiera poder darle contento sin que supiera que le viene de mi" 85. Y en una carta a Madre Inés dice: "A todos los éxtasis, prefiero la monotonía del sacrificio oscuro".

7ª. No negar nada a Dios.

Es otro carácter sublime de la vida y doctrina de nuestra Santa. "Desde la edad de tres años, dice ella, nada he negado a Dios. Con todo, no puedo gloriarme de ello. Yo no soy una santa; jamás he realizado las acciones de los santos; soy un alma pequeñita a la que Dios ha colmado de gracias" 86. Para llegar a este grado de amor y fidelidad de no negar a Dios ningún trabajo o sacrificio que nos pida, se requiere prácticamente negarnos a nosotros mismos con un completo desasimiento de las criaturas hasta llegar al olvido de sí mismo y así encontrarnos dispuestos en todo momento a aceptar y ofrecer a Dios cualquier sacrificio que le pluguiere, por grande que fuese. No suele pedirnos Dios grandes cosas, pero reclama de nosotros esta disposición de espíritu, pronto a sacrificarlo todo, incluso la vida, si fuera necesario. Lo que hemos dicho en la norma anterior, sobre ofrecer las flores de los pequeños sacrificios de cada momento sin exceptuar ninguno, ya es evidentemente esta renuncia y olvido de sí mismo, practicado a pequeñas dosis, que no le quitan mérito si son cumplidas con amor. El no negar nada absolutamente a Dios de lo que nos pida, nos da la máxima seguridad de tener nuestra voluntad enteramente unida a Él, que es la verdadera santidad. Y esto es una demostración palmaria de nuestro amor a Dios y, por lo tanto, el mayor de los consuelos. "Una de las señales ciertas de amor a Dios, es la prontitud con que se acepta y el gozo que se experimenta en ofrecer a Dios un sacrificio que nos pide y que es costoso a la naturaleza" 87.

8ª. Celo sacerdotal de las almas.

Es maravilloso el intenso deseo de Santa Teresita de ser sacerdote, si hubiera sido posible, para llevar las almas a Dios, y dar Jesús a las almas. Todo ello era movido por su exclusivo amor a Dios: pues el conquistarle y salvarle almas, era para darle consuelo, satisfacción y el más grande placer. Y ya que ella no podía ser sacerdote rogaba a Dios por ellos, sabiendo que son los encargados por Dios de guiar y salvar las almas, con tanto ahinco que constituía el fin primordial de su profesión religiosa: He venido, dijo, para salvar las almas, y sobre todo para rogar por los sacerdotes" 88. Por la oración y el sacrificio, ella ha sido el apóstol de los apóstoles; ella ha merecido ser nombrada Patrona celestial de las misiones y de los misioneros. Roguemos por los sacerdotes, decía a su hermana Celina, que nuestra vida esté consagrada a ellos 89. No pudiendo ser misionera de acción, quise serlo por el amor y la penitencia, escribía ella a uno de sus Misioneros 90. Al desposarse la joven Carmelita con el Rey de los Cielos, según ella escribe, su único objeto era salvar almas, sobre todo almas de apóstoles 91. También pueden imitarla fácilmente las almas pequeñas, en este apostolado, por sus pequeños sacrificios ocultos y pequeños actos de virtud. No descuidemos ningún sacrificio, dice la Santa. Recoger un alfiler por amor, puede convertir un alma. Sólo Jesús puede dar tal precio a nuestras acciones; amémosle, pues, con todas nuestras fuerzas" 92.

Imitemos, pues, a la Santa que con el amor pudo cumplir tantas vocaciones y apostolados como su corazón deseaba. Con nuestro amor sincero, nuestra oración sencilla y nuestros pequeños y humildes sacrificios, podremos también salvar muchas almas y conquistarlas al Amor de Jesús.

9ª. La sencillez y la paz del alma.

Es el sello distintivo de las almas que siguen el caminito de la infancia espiritual; son sencillas y humildes de corazón, bondadosas, pacíficas, tranquilas, fáciles de contentar. Es el mismo espíritu de Jesucristo, como encarnado de nuevo en ellas. "Santa Teresa del Niño Jesús ha tenido el insigne privilegio de presentar la santidad bajo su aspecto verdaderamente evangélico despojándola de todas las complicaciones con que el espíritu humano la había envuelto a través de los siglos. Y en este sentido decía recientemente un docto teólogo: Santa Teresa del Niño Jesús ha desembarazado el camino del Cielo. Y un eminente príncipe de la Iglesia: Lo que gusta en esta Santita, es su encantadora sencillez. En nuestras relaciones con el buen Dios, ella ha suprimido las matemáticas." 93.

Por miserables que seamos, por torpe que sea nuestro entendimiento, por escasa que sea nuestra energía, mientras tengamos buena voluntad sincera, podemos contentar a Jesús y hacernos Santos. Oigamos las palabras de la Santa: "¡Qué fácil es agradar a Jesús y arrebatar su Corazón! No hay más que amarlo, sin mirarse a sí mismo, sin examinar demasiado sus defectos..." "Cuando ocurre que caigo en alguna falta, me levanto inmediatamente." "Una mirada a Jesús y el conocimiento de la propia miseria, lo repara todo" 94. "Una sola cosa hay que hacer aquí en la tierra: echar las flores de los pequeños sacrificios a Jesús, y ganarlo con caricias..." "Cuando se acepta dulcemente la humillación de haber sido imperfecta, la gracia del buen Dios, vuelve inmediatamente..." 95.

El camino propuesto por Santa Teresita, no requiere nada extraordinario ni complicado. Todo lo que ella hace y propone es lo que pueden hacer todas las almas pequeñitas: todo es ordinario, usual, corriente. Por eso dice cuanto le gusta y cuanto bien le hace el considerar la vida de la Sagrada Familia en Nazaret, completamente ordinaria sin distinguirse en nada de los demás.

Firmemente arraigada en el amor, la paz del corazón no abandona nunca a la Santa, ni en las contrariedades, ni en los sufrimientos físicos, ni en las luchas y oscuridades de espíritu. Cuando le preguntaron cómo se lo arreglaba para estar siempre igualmente gozosa y serena, respondió: "Desde que nunca me busco a mí misma, llevo la vida más feliz que pueda imaginarse" 96. Durante su última enfermedad, le preguntaron cómo lo hizo para llegar a esta inalterable paz tan suya. Y contestó: "Me olvidé de mí, y procuré no buscarme en nada" 97. Cuando, pocas semanas antes de morir, le expresó su hermana, M. Inés, la pena que sentía al verla sufrir tanto, exclamó: "Sí, pero ¡que paz también! ¡que paz!".

Otra cualidad suele enriquecer a las almas sencillas, pacíficas, humildes, pequeñas: Dios se inclina bondadosamente con preferencia a ellas y les da a conocer el reino de Dios con más claridad que a los otros. Lo que dice el Evangelio, que se complace en revelarlo a los párvulos y lo esconde a los sabios y prudentes 98. Los pequeñuelos, en su pacífica sencillez, saben amar a Dios mejor que los sabios y grandes según el mundo. "Santa Teresita ­dice el Papa Benedicto XV­ no hizo intensos estudios; no obstante adquirió ciencia tan alta, que acertó a conocer para sí, y aun supo mostrar a los demás, el camino recto y seguro para la salvación." "¿De dónde procedía aquel vasto arsenal de doctrinas? Sin duda de los arcanos que se complace Dios en revelar a los pequeñuelos" 99. "Santa Teresita recibió la misión de enseñar a amar a Jesucristo." No solamente a sus novicias sino al mundo entero ha sabido adoctrinar en el amor. Pidamos al Señor que la sepamos imitar en sus virtudes y nos dé, como a ella, esa intuición de la verdadera santidad, que es una segura discreción de espíritus.

10ª. Víctima del Amor misericordioso.

Era aspiración constante de la Santa el morir mártir de sangre o morir de amor en duro lecho. "No tengo más que un solo deseo: Amar hasta morir de amor". Para alcanzarlo, ella hizo el acto de ofrecimiento como victima de holocausto al Amor misericordioso, suplicándole que dejara desbordar los raudales de su infinita ternura en ella, que la consumiera continuamente y así la hiciera morir mártir de Amor. En este acto, entendido en la forma expuesta por Santa Teresita, no es propiamente nuestro amor a Dios, el que nos consume, sino el amor de Dios a nosotros que con su ternura y misericordia infinita nos va trasformando y consumiendo. Por eso no se necesita ser un alma perfecta para hacer esta ofrenda a Dios, sino que por el contrario "cuanto más débil y miserable sea uno, tanto mas apto es para las operaciones de este Amor que consume y transforma" 100. "Pues para que el Amor quede plenamente satisfecho, tiene que abajarse hasta la nada y transformar en fuego esa misma nada" 101. Y de ella misma decía: "Es mi debilidad misma la que me da la audacia de ofrecerme Victima a vuestro Amor ¡ oh Jesús !" 102.

Esta ofrenda como victima de holocausto al Amor misericordioso es el punto culminante de la doctrina de Santa Teresita sobre la infancia espiritual; y es también para las almas pequeñas que no serían capaces de hacer cosas extraordinarias, una manera fácil y sencilla de consumar su santificación, por medio de los pequeños actos de amor y sacrificio que les enseña. La Santa deseó y pidió siempre conocer bien su nada, y fue escuchada, y proclamó muy alto que "la mayor gracia que el Señor me ha hecho es la de haberme mostrado mi pequeñez, mi incapacidad para todo bien" 103.

Lo esencial para hacer debidamente este acto de ofrenda, es entregarse al amor divino enteramente para que nos consuma en sus llamas, purificándonos constantemente de nuestras faltas y miserias, y preparándonos para presentarnos, al morir, completamente purificados ante la Divina Majestad. Y el fruto recogido de esta ofrenda nuestra, será mayor o menor, según será más o menos completa nuestra entrega al amor. Así como el fuego solo consume lo que se le entrega, así también, como dice Santa Teresita: "En tanto uno es consumido por el Amor, en cuanto se entrega al Amor" 104. Y entregarnos al amor quiere decir hacerlo todo por amor, no preocuparnos mas que del amor, vivir de amor, procurando constantemente y en todo satisfacer al amor de Jesús, darle contento, consolarle, satisfacerle, adorarle, rogarle, cumplir su querer, a cada momento y en cada ocupación del día, y en todas las circunstancias de la vida, ofreciéndole las mil y una pequeñeces de la vida ordinaria, con toda sencillez de corazón, con filial confianza, tal como seamos, santos o miserables, perfectos o defectuosos; pensando que cuanto mas miserables y pecadores hemos sido, tanto más aptos somos para las operaciones del Amor misericordioso, que se abaja hasta lo más bajo y humilde, para más gloriarse y satisfacerse. "Creedme ­nos dice la Santa­ para amar así a Jesús, para ser su víctima de amor, cuanto más débil y miserable es uno, más apto es para las operaciones de este Amor que consume y trasforma... el solo deseo de ser víctima basta; pero es preciso consentir en quedar siempre pobre y sin fuerza, y he aquí lo difícil, porque "el verdadero pobre de espíritu ¿dónde hallarlo? Es preciso buscarlo muy lejos" dice el autor de la Imitación... Muy lejos, es decir, muy bajo, muy bajo en su propia estima, muy bajo por su humildad; muy bajo, es decir alguien muy pequeño. Ah, quedaos, pues, muy lejos de todo lo que brilla, gozaos en vuestra pequeñez, complaceos en no sentir nada; entonces seréis pobre de espíritu y Jesús vendrá a buscaros, por lejos que estéis; y os transformará en llama de amor... La confianza, y sólo la confianza es lo que nos debe conducir al Amor. Dios está más contento de lo que obra en vuestra alma, a pesar de vuestra pequeñez y de vuestra pobreza, que de haber creado los millones de soles y ex tensión de los cielos..." 105.

* * * * *

Tengamos presentes las palabras evangélicas de que en el Cielo, en la casa del Padre celestial, hay muchas moradas, entre las cuales hemos de pensar que se encuentra la nuestra, la de los pequeños, como nos repite Santa Teresita. Así, pues, no nos desanimemos nunca, aunque nos veamos incapaces de alcanzar aquella perfección heroica de nuestra Santa Protectora y Modelo; alcanzaremos ciertamente la que Dios nos destine, y esa será la mejor para nosotros. El camino de la infancia espiritual está abierto a toda alma de buena voluntad, sea la que fuere y como fuere, y tanto más fácil y ancho es este camino cuanto esta alma es más pequeña a sus propios ojos. Es lo que nos repite la Santa; y también lo que nos enseña la Iglesia por boca de sus Supremos Jerarcas, quienes nos dicen: "La infancia espiritual es un camino que sin permitir a todos, ciertamente, llegar a las alturas a las que Dios condujo a Santa Teresa, ES NO SOLAMENTE POSIBLE, SINO TAMBIÉN FÁCIL PARA TODOS" 106.

EUDALDO SERRA BUIXÓ
EL CAMINO DE LA INFANCIA ESPIRITUAL
Editorial BALMES BARCELONA 1946.Págs. 5-69

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1. Discurso pronunciad o después de la lectura del Decreto sobre la heroicidad de las virtudes de Sor Teresa del Niño Jesús.

2. San Mateo, XVIII.

3. Ibid.

4. Prov., IX, 4.

5. Isaías LXVI, 12, 13.

6.Palabras de Pío XI a los peregrinos de Bayeux, 18 de mayo de 1925.

7. Histoire d'une âme, c. IX, pág. 153

8. Prov., IX, 4.

9. Is., LXVI, 13.

10. Salmo LXX, 17.

11. Consejos y Recuerdos, págs. 265-6.

12. L'Esprit de Sainte Thérèse de l'Enfant-Jésus, pág. 194.

13. Discurso citado.

14. L'Esprit, pág. 196, 197.

15. Cap. VIII, 2.

16. L'Esprit, pág. 191.

17. L'Esprit, pág. 189.

18. Salmo CII, 14.

19. Salmo LXXV, 9.

20. Histoire d'une âme, cap. XII, ág. 251..

21. A l'École de Sainte Thérese de l'Enfant Jesús, pág. 21.

22. Glosa sobre lo divino.

23. P. Groa, S. J., Manuel des âmes interieures, pág. 103 y sig.

24. Cap. IX, pág. 172.

25. 6 de Julio de 1893.­L'Esprit, pág. 179.

26. Novissima Verba, 2 de septiembre.

27. Vade mecum des ames religieuses, pág. 34.

28. Beaudenom, Meditations, III, pág.

29. C. 18 de julio de 1893.­L'Esprit, pág. 140

30. Libro III, cao. XVIII, § 14.

31. Libro III, c. LXXVII

32. Novíssima Verba­5 de julio.

33. A l'École, pág 29.

34. Vid. École, pág. 20, 21.

35. Novíssima Verba, 3 de julio.

36. Esprit, 93­Histoire, c. XI, p. 220.

37. École, pág. 27.

38. 13 de julio de 1897.

39. Zach., XIII, 26.

40. Luc., XV, 22.

41. Carta cit.

42. Conseils et souvenirs, pág. 274

43. Historia, cap. IX, p. 156.

44. Esprit, pág. 193.

45. Ibid.

46. Ecole, pág. 5.

47. Esprit, págs. 174.

48. Ibid., pág. 177.

49. Ibid., pág. 176.

50. Ibid.

51. Esprit, pág. 174.

52. Vid. A l'École, págs. 66 a 68.

53. Ibid. págs. 69-73.

54. École, pág. 72-73.

55. Hist., XI, 210.

56. Ibid., 220.

57. Hist., XI, 221, 222.

58. Const. y Rec., 270

59. Hist. XII, 248.

60. Ven. Blosio, Espejo del alma, cap. VI.

61. Carta a Celina, 23 julio 1893.

62. Cons. y Rec., 264.

63. Carta a Celina, 12 de marzo de 1889.

64. Hist., VIII, 148.

65. Carta a Celina, 6 jul. 1893.

66. L'Esprit, art. III, pop. 17-18.

67. L'Esprit, p. 17.

68. Cons. y Rec., 281.

69. L'Esprit, p. 18.

70. Ven. Blosio, Institucion espiritual, XII.

71. L,Esprit, p. 9.

72. L'Esprit, p. 9.

73. Acto de ofrecimiento.

74. L'Esprit, p. 4.

75. Ibid

76. Cons. y Rec., p. 292.

77. Carta a Leonia, 17 julio, 1897

78. Carta a Leonia, enero de 1895.

79. Hist., cap. XI, pág. 220.

80. Cons. y Rec., p. 274.

81. Hist., VII.

82. Hist., cap. XII, 249.

83. Institución espiritual, cap. II; par. 5.

84. Tratado a la M. M. Francisca de la Madre de Dios, monja de Beas.

85. Cons. y Rec., p. 298.

86. Cons. y Rec. p. 268.

87. P. De Smedt, S. J. Notre vie surnaturelle.

88. Historia, VII, p. 120.

89. Correspondencia 1889-1892, muchas de cuyos pasajes están todavía inéditos.

90. 8 de septiembre de 1890.

91. Ibid.

92. A. Leonia, enero de 1895.

93. Mgr. Laveille, Sainte Thérese de l'Enfant Jesús, pág. 326.

94. L'Esprit, pág. 179.

95. Nov. Verba, 2 sept.

96. Cons. y Rec., 277.

97. Nov. Verba, 3 agosto.

98. S. Mateo, XI, 25.

99. Disc. 14 agosto 1921.

100. A l'École, p. 65.

101. Historia, IX, p. 219.

102. Ibid., p. 218.

103. Ibid.

104. Vid. Pequeño Catecismo del acto de ofrenda.

105. A l'École, pág. 65, 66.