Teresa de Lisieux: Ofrenda al Amor

therese-of-lisieux-iconAl acercarnos al texto orante de Santa Teresa de Lisieux, la “Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios”, que Teresita escribió durante la misa del 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad, entramos en contacto...

 



Hace mas de 107 años Teresa del Niño Jesús inició su verdadera misión: “hacer amar a Dios” como ella lo amó. Al “entrar en la vida”, al morir, comenzó su verdadero “caminito”. Al llegar al Cielo, al corazón de Dios, Teresa se sumergió eternamente en su deseo más infinito. El abismo de su corazón se sumergió en el abismo del corazón de Dios. El amor es un abismo que se atrae as í mismo. Para Dios ser amado equivale a amar; para Teresa amar significa dejarse amar.

Al acercarnos al texto orante de Santa Teresa de Lisieux, la “Ofrenda de mí misma como víctima de holocausto al amor misericordioso de Dios”, que Teresita escribió durante la misa del 9 de junio de 1895, fiesta de la Santísima Trinidad, entramos en contacto con uno de los momentos más sublimes de la experiencia espiritual de esta joven mujer. En este año Teresita ya ha encontrado la esencia de su “pequeña doctrina”. Ha descubierto misericordia de Dios como el dinamismo más íntimo de su andadura espiritual. Está a dos años de su pascua, y ha logrado la madurez al integrar, “mejor que nunca”, sus “deseos” con el tejido de su existencia.

Aunque parezca sorprendente esta jovencita puede afirmar que: “Dios no puede inspirar deseos irrealizables”(C2vº). Ella ha comprobado en la cotidianidad de su entrega, que Dios: “me hace desear, por tanto lo que me quiere dar”.

¿Qué es lo que Dios ha querido darle? Dios es amor. Y “ amar no es dar, sino darse”.

Teresa ha cumplido 22 años, es una mujer joven, y, madura… madura en la vida y ya casi madura para la muerte. Al fin y al cabo, morir es madurar definitivamente para la VIDA. La tuberculosis esta calladamente haciendo huella en su cuerpo. El ritmo y la hondura de su existencia se intensifican. “Va de vuelo”… aunque a oscuras. Su ascenso a veces atraviesa densos nubarrones: “Apártalos, amado, que voy de vuelo”, puede cantar la mejor discípula del poeta místico del siglo XVI. (Cántico, 13). Teresita ha logrado a esta altura de su vida expresar, balbucir, su experiencia más íntima, la de la intimidad familiar, la del silencio religioso, la admiración contemplativa: Tres manuscritos autobiográficos (“Historia de un alma”), seis obras recreativas, algunas oraciones, cuarenta poesías… Y en los últimos meses más de ochenta cartas.

En el paso a paso, en el instante que el corazón le permite, con los ojos puestos en el Sol del Amor infinito, presiente como el Águila divina (Jesucristo), que la ha seducido con deseos inauditos, está para atraparla, y sumergirla en el horno eterno del amor. Estos dos últimos años de su vida parecen tejidos primorosamente por la misericordia del Padre Dios. Para ella, el otro nombre del amor divino es misericordia.

Podemos afirmar que desde la gracia de la comprensión del amor misericordioso Teresita hace una relectura creyente, orante, enamorada, de cada instante de su existencia. Ella se ofrece como víctima al amor misericordioso porque descubre que toda ella es obra de la misericordia: “Conmigo el Señor ha sido siempre compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Salmo 102, 8)

Toda su doctrina no hace otra cosa que expresar “sus pensamientos acerca de las gracias que Dios se ha dignado concederle” (A3rº). Es eso lo que ha narrado en esos dos pequeños cuadernos escolares que con la carta del 8 de septiembre de 1896, a su querida Sor María del Sagrado Corazón (Manuscrito B) forman la “Historia de un Alma”. Libro traducido a más de sesenta idiomas.

“Ofrenda de mi misma”

Entendamos este acto en el sentido de una entrega, o de un servicio, para manifestar gratitud y amor. Pero ofrecerse a sí mismo implica sobre todo realizar el más hondo deseo. Todo el que de veras se entrega, lo que busca es ser acogido.

“Víctima de Holocausto”

Cuando hablamos de víctima nos referimos a alguien o algo, que está destinado al sacrificio; en nuestro caso, es alguien que se ofrece, con todas sus consecuencias, o para decirlo con precisión, asumiendo todo el riesgo de darse en obsequio de otro. Sacrificio quiere decir “hacer sagrado”: ser consumido, quemado, en abnegación total, por puro amor.

¿Habrá algo más sagrado que la entrega del amor?

¿Podrá alguien amar sin ser sacrificado?

¿Se podrá amar sin ser consumido por el fuego del amor?

Sólo los místicos saben cómo quema, purifica, unifica, y transforma el amor:

¡Oh llama de amor viva,

que tiernamente hieres

de mi alma en el más profundo centro¡

Pues ya no eres esquiva,

acaba ya, si quieres;

¡rompe la tela de este dulce encuentro¡

(Llama de amor viva)

Cuando Teresita escribe esta oración, a pesar de su juventud, ya sabe bien lo que significa amar, es decir, sacrificar la voluntad, los afectos, los intereses, la vida toda por Alguien.

Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz:

“Ella, como una rosa

magnífica y completa

no ocupará más cielo, cada día,

que el justo, que es el suyo.

- del tamaño

del corazón agradecido y puro,

será (tan grande como el universo)

y tan pequeño como

la necesidad. –”

(Rosas, Juan Ramón Jiménez)

Teresita está lista, como “una rosa deshojada”, a ofrecerse en holocausto al amor misericordioso.

La madurez de su entrega está directamente relacionada con la gracia de la comprensión sobre el amor del Señor “que se revela lo mismo en el alma más sencilla que no opone resistencia alguna a su gracia, que en el alma más sublime.” “Lo propio del amor es abajarse (B20v)”.

Teresita ha comprendido que su ser de criatura, su pequeña nada, es elegida por Dios como lugar de sus complacencias. Este amor que se anonada es el amor misericordioso. Dios que desciende, que se encarna, y para quien hasta la más pequeña flor es criatura única e irrepetible. “Abajándose de tal modo, Dios muestra su infinita grandeza”

“Así como el sol ilumina a la vez los cedros y a cada florecilla, como si no hubiese más que ella. Y así como en la naturaleza todas las estaciones están ordenadas de tal modo, que en el momento preciso se abra hasta la más humilde margarita, de la misma manera todo está ordenado al bien de cada alma”.

Hay una dialéctica permanente en toda la propuesta de Teresita entre misericordia y pequeñez en función de la santidad. Hay que seguir siendo pequeños para ser glorificados por la misericordia. Llega a afirmar: “Me alegré de ser pobre y deseé serlo cada día más, para que a Jesús le gustase cada vez más jugar conmigo” (Carta 176vº)

Ser “pequeñita”, ser un “juguetico sin valor”, son formas de ingenua profundidad que expresan la disponibilidad total para dejarse amar, y para poder amar: “Porque es débil y pequeña, se abaja hasta ella y quiere resplandecer en ella su misericordia”.

Debemos a esta altura expresar que el texto de la oblación al amor misericordioso surge cuando ella ha aceptado su propia pequeñez, sin temor, sin miedo, sin angustia, con humildad. Cuando se ha entrenado en el ejercicio de la confianza, entregándose sin condiciones en brazos de Dios, Aquel que se abaja para mostrarle su amor y cuando entiende que crecer es “hacerse cada vez más pequeña” (C 3v). Cada vez más confiada en el amor fuertemente maternal de aquel que la ama sin condiciones, se le entrega sin medida. Estos aspectos nos pueden aproximar a lo que teresita llama: Abandono: humildad, confianza, entrega sin reservas.

La ofrenda y el caminito

Muchos autores están de acuerdo en que la ofrenda al amor misericordioso es la expresión orante del camino recién descubierto, de “la pequeña vía”, de lo que mas tarde la Madre Inés llamará “Infancia Espiritual”. Recordémoslo:

– Deseos audaces e infinitos de santidad;

– Experiencia serena, humilde, de la propia “impotencia”;

– Abandono confiado a la acción de Dios, a quien se pide que sea “El mismo su Santidad”.

– Fe profunda en que los “deseos inmensos” que brotan de su corazón son voluntad de amor salvífico. El mismo amor que movió a Jesús: “puesto que vos me habéis amado hasta darme a vuestro Hijo Único para que sea mi salvador y mi esposo”

Sobre la confianza construye Santa Teresa toda la propuesta de la Santidad. Es indiscutible que el manuscrito B escrito en septiembre de 1896 expresa en un contexto eclesial el encuentro de la vocación del amor centrado todo en una confianza sin límites. Ella lo propone como programa de “pequeñas cosas” a “todas las almas pequeñas” que quieran “amar al buen Dios como yo lo amo”.

– El propósito de la inmolación no es otro: yo quiero amarte y hacerte amar. Este propósito se sintetiza más adelante: “en una palabra, quiero ser santa”. Y solo se puede serlo al hacer de la vida una ofrenda permanente: “vivir en un acto de perfecto amor”

El deseo es inmenso “pero siento mi impotencia”. Es la única forma de ser humildes ser realistas. Y es en este punto dialéctico donde brota el recurso al amor misericordioso: “y te pido, Dios mío que seas tu mismo en santidad”.

– Teresa respalda su propuesta hace memoria de lo que el Padre ha hecho a favor de la humanidad. Funda en Cristo su petición: “Ya que me has amado hasta darme a tu Hijo Único para que fuese mi salvador y esposo, los tesoros infinitos de sus meritos son míos; te los ofrezco gustosa, y te su suplico que no me mires sino a través de la Faz de Jesús y en su corazón abrazado de amor”

Teresa cree en la palabra de Jesús “todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo concederá” (Jn. 16, 23). Y recuerda la palabra de San Juan de Jesús a la madre Leonor de San Gabriel: “cuanto más quiere dar tanto más hace desear, hasta dejarnos vacíos para llenarnos de bienes” (Carta 15) la prueba es María los ángeles los santos.

– A esta altura la plegaria como lenguaje de amor enamorado desconcierta, dice locuras. Le duele a la ingratitud propia y ajena y como expresión de suprema delicadeza exclama: “Te suplico que me quites la libertad de desagradarte” Pero al mismo tiempo también su desvarío es realista en la dinámica constante de la confianza: “si por debilidad caigo alguna vez, que tu mirada divina purifique enseguida mi alma, consumiendo todas mis imperfecciones como el fuego, que lo transforma todo en si…”

- “El para siempre, siempre” que con intuición mística balbucean todos los amantes la hace sumergirse en el presente en, absoluta referencia a lo definitivo: no quiero acumular méritos para el cielo, quiero solo trabajar por tu amor. Ella sabe como todo seguidor de Jesús que la máxima obra de Dios ha sido la Cruz de Cristo, y que la vida toda de Jesús extendida en la cruz, sus brazos abiertos para que nadie quede excluido son la expresión máxima del Don de Dios. Ella se siente justificada por el amor que la amó hasta el extremo y no quiere otra gloria sino la que su amado Jesús, “amado mío”, le dio. Por eso “las manos vacías” con las que quiere llegar, como pobre en la tarde de esta vida, “están así vacías para recibir la cruz”.

No se busca el mérito. El corazón y las manos abiertas para recibir el don, el don de un excesivo amor, de amor divino, de amor PASION: amor crucificado, amor glorificado.

–  Es por eso que para ella, “el tiempo no es nada”. Cuando se vive sumergido en tal calidad de amor la eternidad ha empezado. Amar es eterno. Es imposible pensar en la eternidad si no es amando y por eso la eternidad empieza cuando alguien dejándose amar aprende a amar: “Tu puedes prepararme en un instante para comparecer delante de ti…” Me parece que así comienza el cielo...

– El corazón de la plegaria está en la cumbre de la expresión oracional. Su objetivo es “vivir en un acto de perfecto amor”. El “pajarito débil” con “ojos y corazón de águila” se ha atrevido a dejarse arrastrar por el vuelo. A esta altura Teresita como Juan de la Cruz y como los místicos de todos los tiempos puede exclamar:

“Mi alma se ha empleado

y todo mi caudal en su servicio;

ya no guardo ganado

ni ya tengo otro juicio,

que ya solo en la mar es mi ejercicio” (Cántico 28)

Aquí comprendemos esto: “ME OFREZCO COMO VICTIMA DE HOLOCAUSTO A TU AMOR MISERICORDIOSO, y te suplico que me consumas sin cesar, haciendo que se desborden sobre mi alma las olas de ternura infinita que se encierran en Ti, y que de esta manera llegue yo a ser mártir de Tu amor, Dios mío...”

Esta oblación, esta ofrenda, este holocausto, esta entrega sin límites son expresión de amor místico. ¿Amor místico? El amor es misterio que se presiente sólo en la medida en que uno se abandona a el. Y el amor es místico porque es el misterio que se nos aproxima y nos dejamos seducir por el. Abismos que se atraen.

El punto más intenso de la atracción es el abrazo de la muerte. Quien no quiera morir no intente amar. Por eso la mística Teresa dice: “Que mi alma se lance sin demora al eterno abrazo del amor misericordioso…” Morir es la máxima expresión de la entrega, por eso será que toda pasión es martirio. Teresita lo entendió con profundidad mística y lo expresó con sencillez de enamorada. Ni lo uno ni lo otro puede ser entendido ni gustado por los que se ponen al margen de las locuras del amor.

– Teresita ha expresado desde el inicio hasta el final su deseo más hondo, el de dejarse amar y amar, el de ser santa y esto lo quiere vivir instante a instante. En el tiempo y en la eternidad del corazón “con cada latido de mi corazón y un número infinito de veces”. Su ofrenda no se agota en un instante. Quiere ser eterna, es decir para siempre. Para ella la eternidad y el para siempre no pueden ser otra cosa, sino un “yo decirte mi amor en un cara a cara eterno…”

Es un “vivir de amor”, es “darse sin medida”, es “navegar sin tregua”, en “medio de la mar aborrascada”, imitar la hazaña de María, la que rompió el frasco: “!OH, Jesús, el perfume que yo doy a tu rostro es y será mi amor¡”. “!Vivir de amor, OH que locura extraña – me dice el mundo - , cese ya tu canto¡” “vivir de amor es morir de amor”:

“!Oh vida de un momento,

muy pesada tu carga se me hace¡

¡OH divino Jesús¡ has realidad mi sueño:

¡Morir de amor¡ (…)

Quiero ser abrazada por su amor,

quiero verle y unirme a El para siempre.

Este será mi cielo y mi destino:

¡¡¡Vivir de amor...!!!” (PN 17)

El “cara a cara eterno…” de Teresita del Niño Jesús, comenzó el 9 de Junio del año de gracia 1895, fiesta de la Santísima Trinidad y se hundió para siempre el 30 de Septiembre de 1897 cuando mirando al crucifijo exclamó: “!Lo amo...¡!Dios mío…, te amo…¡” Y se durmió sonriéndose……

 
AUTOR: P. Liomer Vásquez, OCD

Música original de espiritualidad carmelitana

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