La Eucaristía en la vida de Teresa de Lisieux

Santa Teresita del Nino Jesus 165-100x100En el Carmelo, su amor a Jesús Sacramentado irá creciendo con ella. El mismo día de su entrada, su primera visita fue al coro de las religiosas, que “estaba en penumbra, porque estaba expuesto el Santísimo” (Ms A 69vº). Las frecuentes comuniones y las largas horas...

 


 

Santa Teresita nos ofrece en sus manuscritos autobiográficos numerosos datos que nos indican la importancia fundamental de la devoción eucarística en su familia y en su vida, tanto de seglar como en el monasterio. Casi en sus primeras páginas nos recuerda una costumbre arraigada desde su más tierna infancia. Su padre la llevaba cada tarde a hacer la visita al Santísimo: “Todas las tardes iba a dar un paseíto con papá; hacíamos juntos nuestra visita al Santísimo Sacramento, visitando cada día una iglesia distinta” (Ms A 14rº). Siendo muy pequeña quiso dar una limosna a un pobre, que no la aceptó. Entonces se propuso rezar por él cuando hiciera su primera comunión, lo que cumplió varios años más tarde: “Recordé haber oído decir que el día de la primera comunión se alcanzaba todo lo que se pedía. Aquel pensamiento me consoló y, aunque todavía no tenía más que seis años, me dije para mí: «el día de mi primera comunión rezaré por mi pobre». Cinco años más tarde cumplí mi promesa” (Ms A 15rº). Entre sus recuerdos, se destaca luminosamente la participación activa y fervorosa en los actos de culto en honor de Jesús Sacramentado: “Me gustaban, sobre todo, las procesiones del Santísimo. ¡Qué alegría arrojar flores al paso del Señor...! Pero, en vez de dejarlas caer, yo las lanzaba lo más alto que podía, y cuando veía que mis rosas deshojadas tocaban la sagrada custodia, mi felicidad llegaba al colmo” (Ms A 17rº). La asistencia de toda la familia a la Misa dominical es también evocada con sumo afecto (Ms A 17vº). Cuando contaba siete años de edad, escuchaba embelesada las explicaciones que Paulina daba a Celina, como preparación para recibir la Primera Comunión: “Todas las tardes le hablabas del acto tan importante que iba a realizar. Yo escuchaba, ávida de prepararme también, pero muy frecuentemente me decías que me fuera porque era todavía demasiado pequeña. Entonces me ponía muy triste y pensaba que cuatro años no eran demasiados para prepararse a recibir a Dios... El día de la primera comunión de Celina me dejó una impresión parecida a la de la mía... Me parecía que era yo la que iba a hacer la primera comunión. Creo que ese día recibí grandes gracias y lo considero como uno de los más hermosos de mi vida” (Ms A 25rº y vº).

En sus cartas infantiles a la M. María de Gonzaga y a su hermana Paulina (Sor Inés), nos informa de su preparación personal para recibir a Jesús, con un librito confeccionado por la segunda: “¡Qué estampa tan bonita la que trae al principio! Una palomita que ofrece su corazón al Niño Jesús. Pues bien, yo también quiero adornar el mío con todas las lindas flores que encuentre, para ofrecérselo al Niño Jesús el día de mi primera comunión; pues quiero, como se lee en la breve oración que hay al principio del libro, que el Niño Jesús se encuentre tan a gusto en mi corazón, que no piense ya en volverse al cielo...” (Cta. 11). Más tarde, en los manuscritos autobiográficos nos habla de todo lo relacionado con su primera comunión, recordando cada detalle con sorprendente minuciosidad: preparación, libro de oraciones, actos de amor, ejercicios espirituales, cartas recibidas... hasta los cantos y la decoración floral de la ceremonia: “Qué dulce fue el primer beso de Jesús a mi alma...! Fue un beso de amor. Me sentía amada y decía a mi vez: «Te amo, y me entrego a ti para siempre»... Ni el precioso vestido que María me había comprado, ni todos los regalos que había recibido me llenaban el corazón. Sólo Jesús podía saciarme” (Ms A 35rº-36rº). Por entonces no se acostumbraba a comulgar con frecuencia, pero en ella surgen inmediatamente deseos de hacerlo: “Aproximadamente un mes después de mi primera comunión, fui a confesarme para la fiesta de la Ascensión, y me atreví a pedir permiso para comulgar. Contra toda esperanza, el Sr. abate me lo concedió, y tuve la dicha de arrodillarme a la Sagrada Mesa entre papá y María. ¡Qué dulce recuerdo he conservado de esta segunda visita de Jesús! De nuevo corrieron las lágrimas con inefable dulzura. Me repetía a mí misma sin cesar estas palabras de san Pablo: «Ya no vivo yo, ¡es Jesús quien vive en mí...!». A partir de esta comunión, mi deseo de recibir al Señor se fue haciendo cada vez mayor. Obtuve permiso para comulgar en todas las fiestas importantes” (Ms A 36rº). A pesar de que era sólo una niña, es consciente de que la comunión no es sólo la participación en un rito, sino un encuentro personal y amoroso con Jesús, en el que Teresa queda transformada, “cristificada”[6]. Posteriormente, cuando tiene que permanecer dos tardes a la semana en el colegio para poder entrar en la congregación de las Hijas de María, pasa la mayor parte del tiempo ante el Sagrario, en coloquio amoroso con Cristo: “Subía a la tribuna de la capilla y me estaba allí delante del Santísimo hasta que papá venía a buscarme. Este era mi único consuelo. ¿No era acaso Jesús mi único amigo? No sabía hablar con nadie más que con Él” (Ms A 40vº). El milagro de su conversión, su paso de la infancia a la madurez humana y espiritual, tuvo lugar después de la comunión, al regresar a casa de la Misa del Gallo, “en la que yo había tenido la dicha de recibir al Dios fuerte y poderoso” (Ms A 45rº). Es importante recordar que la lectura de estas páginas llevó al Papa S. Pío X a autorizar la comunión de los niños al llegar al uso de razón y a recomendar la comunión frecuente, cosas insólitas hasta entonces.

En el Carmelo, su amor a Jesús Sacramentado irá creciendo con ella. El mismo día de su entrada, su primera visita fue al coro de las religiosas, que “estaba en penumbra, porque estaba expuesto el Santísimo” (Ms A 69vº). Las frecuentes comuniones y las largas horas de oración ante el sagrario, van a purificar y a madurar su alma como el fuego limpia el oro, separándolo de la escoria. Se conservan muchas anécdotas de su trabajo de sacristana. Incluso nos confiesa su propia vocación sacerdotal: “Siento en mí la vocación de sacerdote. ¡Con qué amor, Jesús, te llevaría en mis manos cuando, al conjuro de mi voz, bajaras del cielo...! ¡Con qué amor te entregaría a las almas...!” (Ms B 2vº). Muchas poesías suyas hablan del altar, del Sagrario, de los objetos utilizados en la celebración de la Santa Misa, del gozo que experimenta al comulgar, etc. Me basta con recordar una sola, titulada: “Mis deseos junto a Jesús, escondido en su prisión de amor”, en la que se compara con la llave del Sagrario, la lamparilla, la piedra del altar, los corporales, la patena, el cáliz, el vino y el pan (PN 25). También en sus cartas podemos encontrar numerosas confidencias sobre sus vivencias eucarísticas y recomendaciones a sus hermanas y conocidos sobre la adoración al Santísimo y la comunión frecuente.