El ideal carmelitano

ideal-carmelitanoLa palabra “esencia”, que es teórica, se traduce con un termino practico: “ocupación”. La oración es el trabajo por antonomasia, en definitiva “la única ocupación”, que atraviesa, como un hilo de oro, el tejido de cualquier otra ocupación en el Carmelo...

 


 
Tratemos ahora de presentar las líneas claves del ideal carmelitano, tal como la B. Isabel de la Trinidad lo ha vivido con todo su ser.

A. Al servicio de la iglesia.

1.- La línea apostólica

Sería desconocer a Isabel de la Trinidad si pensáramos que su vida no estuvo fuertemente impulsada por una gran corriente apostólica subyacente. Ciertamente ha explicitado muchos menos su pensamiento apostólico, en comparación con la Santa Madre, inmersa en su obra de reforma en la hora misma del desgarrón de la iglesia; o con Teresita, campeona del ardor apostólico, futura patrona universal de las misiones, residente en un Carmelo que acaba de fundar en tierras de oriente. Isabel no tiene responsabilidad de una tarea de formación directa con sus hermanas o con las novicias, ni le pedirán que escriba un tratado o una autobiografía, lo que permitió a las dos Teresas el exponer ventajosamente y más sistemáticamente sus pensamientos. Esto forma parte de los carismas distribuidos providencialmente en la iglesia. Sin embargo, sentada silenciosamente a los píes de Jesús, como María de Betania, Isabel es bien consciente de que el don generoso de su llama de agua Viva que fecunda el campo de la iglesia. Por lo demás, lo hemos dicho ya, el doloroso contexto histórico, en el que se encontraba la iglesia de su patria y de su diócesis no podía permanecer sin resonancia en su Carmelo.

Isabel se siente iglesia, fiel al Cristo total. Subrayemos por el momento solamente la dimensión apostólica de su oración y de su sacrificio de carmelita. Su comunión con Dios implica la “unidad en la fe y en el amor que constituyen la comunión de los santos” (L e. 159), y da colorido a su oración”. A mi alma le gusta unirse a la suya en una misma oración por la iglesia, por la diócesis. Y ya que nuestros Señor vive en nuestras almas, su oración está en nosotros, y como me gusta unirme a ella sin cesar, siendo como un vasito junto a la fuente, a la Fuente de la vida, para poder verter los torrentes de su caridad infinita. “Yo me santifico por ellos, a fin que ellos sean santificados en la verdad”. Hagamos totalmente nuestra esta palabra de nuestro Adorado Maestro; sí santifiquémonos por las almas, pues somos todos miembros de un mismo cuerpo y en la medida en que tengamos la abundancia de la vida divina podremos comunicarla al gran cuerpo de la iglesia. Existen dos palabras que resumen para mí toda la santidad; todo el apostolado: “unión”, “amor”. Pida para que yo viva plenamente así y para esto que yo pueda vivir totalmente sepultado en la Santa Trinidad” (L. 195).

Isabel ha comprendido esta visión del cuerpo místico, de la unión entre la cabeza y los miembros contemplando al Crucificado. Su vocación de Carmelita madura y renace incesantemente en la contemplación del misterio de la cruz con su dimensión adorada y su dimensión eclesial ¿Cómo separar al padre y a los hombres en la muerte de Cristo? “Una Carmelita es un alma que ha contemplado al divino Crucificado, que le ha visto ofrecerse como víctima a su padre por las almas y reflexionando a la luz de esa gran visión de la caridad de Cristo, ha comprendido la pasión de amor de su alma y se ha entregado como El”. Su vida en el Carmelo, sea de gozo, sea de dolor no tiene mas que una finalidad: “En la montaña del Carmelo, sumergida en el silencio, en la soledad y en una oración ininterrumpida, pues se prolonga a través de todos sus actos, la Carmelita vive ya como en el cielo, solamente de Dios” (L. e, 116).

Pequeño vaso junto a la fuente desbordante ella riega las almas. “Humanidad suplementaria en la que Cristo renueva todo su misterio”, El se hace en ella “Salvador” y “Reparador” (NI 15). La idea de la reparación fue muy querida de Isabel: con Jesús rendir honor, amor, alabanza al padre, pero en nombre de otros, para los otros: “consolarlo, hacerle olvidar todo” (L. 150), “a fuerza del amor, hacerle olvidar todo el mal que se comete” (L. 194). “Quiero amarle por todos aquellos que no le aman” (J. 8). “Le ofrezco mi vida en reparación de tantas injurias como se le infieren” (J. 60). “Yo te amare por los que te olvidan” (J. 120).

2.- Línea ininterrumpida

Las últimas tres citas son de su Diario de Jovencita y es importante saber como Isabel ya desde el mundo era sensible a la dimensión apostólica de su oración y de su sacrificio. La Carmelita conserva consigo los grandes ideales e impulsos de la joven laica, intensificados en el Carmelo por y con las orientaciones dadas por Santa Teresa.

A los 16 años desea vivir un día “de sacrificio” (P. 32), para “salvar al desdichado pecador”. A los 17 su sueño es “dar su vida, orando por los pobres pecadores” (P. 43), ofrecer su vida “por la conversión de los pobres pecadores” (P. 45). A los 18 declara: “OH, como deseo llevar las almas a Jesús!! Daría mi vida solo para contribuir al rescate de una de estas almas que tanto ama Jesús!! Ah, quisiera hacerlo conocer; hacerlo amar de todos en la tierra” (J. 3). Durante la gran Misión predicada en Dijon, Isabel ora y se sacrifica con gran fervor por la conversión del Señor Chapuis, así como Teresita lo había hecho con Franzini. “Oh Dios mió, ruega, que debo hacer? Como debo sufrir? Hablad, estoy preparada para mi Jesús, con mi Jesús…” (J. 117). Alos 19 la lectura del Camino de Perfección resuena fuertemente en ella “…devolverte otras almas también. Sabes como consume mi corazón este deseo, y como estoy pronta a morir mil veces para poder ganarte una sola alma” (J. 140). A los 20, con Teresita, se ofrece al Amor, “como víctima de holocausto por la salvación de los pobres pecadores” (NI 7). Su confesor, el canónico Golmard testificara que al entrar al Carmelo, Isabela entregas su vida, en particular “por los sacerdotes”, a quienes aseguraba frecuentemente su oración, considerándose como su “vicario” (LL 209, 250).

Como olvidar sus grandes intensiones ya en la montaña del Carmelo?, en una comunidad Teresiana, unida a sus hermanas “una sola víctima ofrecida al Padre por las almas” (L. e 104)? Se siente formando equipo con los apóstoles!! “desde el fondo de mi querida soledad del Carmelo, escribe a un joven misionero, quiero trabajar por la gloria de Dios. Para realizar esto, necesito poseerlo plenamente. Tendré entonces un poder absoluto. Una mirada, un deseo, se convierte en una oración irresistible…que nuestras almas sean una sola alma en El. Y mientras ud le lleva las almas, yo permaneceré como Magdalena, silenciosa y adorante, junto al Maestro pidiéndole que haga fecunda su palabra en las almas. APÓSTOL – CARMELITA es una misma cosa (L. e. 180).

“Ser esposa de Cristo” significa para ella también: “ser fecunda, corredentora, engendrar las almas a la gracia” (NI 13). Y profundizar luego el misterio Mariano: “mucho me agrada cuanto me dice de la Virgen en su carta…yo contemplo también mi vida de Carmelita a la luz de esta doble vocación Virgen – Madre. Virgen desposada con Cristo en la fe. Madre salvando almas, multiplicando los hijos de adopción del Padre, los coherederos con Jesucristo. Oh! Cuanto ensancha el alma todo esto. Es como un abrazo infinito. (L. e 175).

El grito Teresiano resuena fuerte en el Noviciado del Carmelo de Dijon. “invoca también a nuestra seráfica Madre Santa Teresa. Amo tanto que murió de amor. Pídele ese amor apasionado por Dios y por las almas, pues la Carmelita tiene que ser un apóstol. Todas sus oraciones y todos sus sacrificios están orientados a este fin” (L. e 118). “Démosle también almas. Nuestra Madre Santa Teresa quiere que sus hijas sean apóstoles” (L. e. 157). “Como verdadera hija de Santa Teresa, deseo ser apóstol para dar toda la gloria a aquel que amo” (L. 276).

Isabel se da cuenta ciertamente de cómo es de liberador el vivir para los otros “Que consuelo dar a Dios a las almas y las almas a Dios: no es acaso distinta la vida cuando se la orienta en este sentido? (L. 218). “Pequeño Moisés en la montaña” (L. 218), ella encuentra sublime la vocación de la Carmelita”: ser mediadora con Jesucristo” (L. 256) “la vida del sacerdote y la de la Carmelita son un adviento que prepara la encarnación en las almas” (L. 250). Pero hay una condición impuesta por Aquel que dijo: Sin mi nada podéis hacer” (Jn. 15, 5); tanto el uno como la otra podrán irradiar a Dios; dándolo a las almas, solo si permanecen incesantemente junto a la fuente divina” (L. e, 137). La fuente misma en nuestros corazones dirige al alma que busca la verdadera dirección: “Casa de Dios, conservo la plegaria/ de Jesús, el divino adorador./ me conduce hasta el Padre, hasta las almas/ porque admite esta doble proyección./ con el Maestro redimir y salvar/ es esta la misión que yo poseo/. Desapareceré para lograrlo – y por la unión en El me perderé” (P. 86).

Y…no duda ante la invitación!!! “La Carmelita es un alma que se entrega,/ es alma que se inmola por su Dios,/ vive crucificada con su Cristo,/ pero que luminoso es su calvario./ al contemplar la víctima divina/ arreboles de luz brillan en su alma,/ comprende entonces su misión sublime/ y su corazón lanza un: heme aquí” (P. 82).

3.- Un corazón “amante y lleno de ternura” (L. 107)

La “divinización” progresiva de su ser no “deshumaniza” en lo mas mínimo a Isabel. Mientras más espiritual se hace mas se abre su corazón a la gran Iglesia y al prójimo en concreto. Es el fruto de una buena oración: “pertenezco a una buena escuela. Mamá querida, Jesús me enseña amarte como El, el Dios todo amor, ha amado” (L. e 164). “Me parece que mi corazón, que Dios ha hecho tan afectuoso, sea dilatado después que se ha encerrado detrás de las rejas y esta en contacto continuo con Aquel a quien San Juan llama “Caritas”, “amor” (L. 265). Su corazón “se aguijante al contacto con Dios todo amor” (L. 219). Isabel siente nacer en ella el corazón de una verdadera Madre espiritual y se llamara la “Mamá” de Guiíta, de Germana, y ciertamente de su propia Madre…deseosa de su progreso espiritual. No hablemos de sus relaciones fraternales con sus hermanas del Carmelo. Admiremos por el momento la gran ternura de corazón y la delicada atención para con su familia y las amistades, que había abandonado. Su correspondencia y el testimonio de quienes la visitaron en el locutorio nos dan la prueba de que la persona espiritual no debe ser desatenta, hosca, indiferente: “hay un refrán que dice: “lo que ojos no ven, corazón que no siente”; en nuestro querido País del Carmelo es todo lo contrario” (L. 265), asegura Isabel.

Pero su atención es la de un corazón orante: “la oración es su medio de transporte” (L. e, 152), sus “alas” (L. e, 163), “su tren mas rápido que el ferrocarril” (L. e, 208). Todo encuentro y todo recuerdo son sublimados y vividos en Dios: “Si supieras como pienso en ti, como oro por ti, pues para una Carmelita esto es lo mismo” (L. 174).

El prójimo y sus preocupaciones no alejan a Isabel de Dios. En la profundidad misma de su constante unión con Dios vive su unión con los otros. Escuchémosla escribiendo a su madre: “El Carmelo es como el cielo. Hay que abandonarlo todo para poseer a Aquel que lo es todo. Me parece que te amo se ama en el cielo. Ya no puede existir ninguna separación entre mi mamá y yo porque Aquel a quien yo poseo, también mora en ella. Estamos así muy unidas. (…) Tu hija que te abraza con todo el amor de su corazón de Carmelita. Es un corazón que te pertenece por completo porque es todo de El y de la Santísima Trinidad” (L. e, 151). Y a Guiíta: “Te envió a ti y tus dos ángeles (sus sobrinas) mi amor, pasando antes por el amor de los tres, mar inmenso donde quedemos sumergidas” (L. e, 264). Y a María Luisa Laurel: “creo que estoy mas cerca de ti, que te amo mas profundamente. Esto es así porque El, que me hizo suya, es todo amor y procuro identificarme con todos sus sentimientos. Por eso te amo con su corazón y ruego por ti con su alma” (L. e, 154).

4.- Morir por la iglesia.

Se acerca la hora en que Isabel podrá vivir su pasión y su muerte con un amor redentor, con Jesús y como Jesús: baja la garra de la mortal enfermedad, acepta plenamente “el apostolado del sufrimiento” (L. 259). El pensamiento del cielo y la alegría de la presencia amada de Dios la impulsan en la dirección de la iglesia: “Qué misericordia, qué amor demuestra el divino Maestro a su pequeña esposa… a veces pienso que el obra conmigo como si no tuviese otras almas a quienes amar. Deseo ser apóstol para glorificar a Aquel a quien amo. Pienso, como mi Santa Madre, que me he dejado en este mundo para celar su honor como una verdadera esposa” (L. e, 247).

Y contemplémosla marchando “con El a su pasión para ser redentora con El” (L. 300). En su juventud se había declarado “feliz y orgullosa” de escalar con El el Calvario (P. 36) y de “morir en la cruz” (P. 34) veámosla en la hora suprema de la verdad, siempre decidida a compartir efectivamente la pasión de su Maestro. Es una redimida que a su vez debe redimir otras almas y por eso cantará con su lira: “Me glorío en la cruz de Jesucristo. Con Jesucristo estoy clavada en la cruz…”y también: sufro en mi cuerpo que es la iglesia” (U. R. 13 ). El cuerpo de Isabel, el cuerpo de Jesús Crucificado, el cuerpo de la iglesia…

A su propia mamá, a quien jamás le ha ocultado lo incurable de su enfermedad, le explica un poco la espiritualidad de su sufrimiento: “A la pequeña víctima no le parece largo el tiempo en las manos de Aquel que la sacrifica. Hasta puede decir que si marcha por el sendero del dolor. Ella recorre más bien el camino de la felicidad, de esa verdadera felicidad, mamá querida, que nadie podrá arrebatarle. “me gozo, decía san Pablo, en mis padecimientos y completo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en bien de su Cuerpo que es la iglesia (Col. 1,24). Tu corazón de madre debería estremecerse de amor divino al pensar que el Señor se ha dignado elegir tu hija, fruto de tus entrañas, (nótese la cercanía de relación señora Catez-Isabel con el misterio mariano: Jesús, “fruto de la entrañas de María”), para asociarla a su gran obra de redención y que Jesucristo prolonga en ella los sufrimiento de su pasión. La esposa pertenece al Esposo. El mío se ha posesionado de mí. Quiere, por lo tanto, que sea para El una humanidad suplementaria donde pueda un sufrir por la gloria de su padre y por las necesidades de la iglesia. Cuánto bien me hace este pensamiento!!!” (L. e. 275).

Frente a la muerte, en el curso de una violenta crisis, Isabel gritará: “Amor, Amor, sabes que te amo, deseo tanto contemplarte. Sabes también que sufro; sin embargo, si así lo deseas, estoy dispuesta a sufrir todavía treinta, cuarenta años; consúmeme totalmente por tu gloria; que yo me consuma gota a gota por tu iglesia!!!”.
La gloria de Dios y la vida de la iglesia: dos facetas de un mismo ideal por el cual ha vivido y por el que muere este “apóstol de la verdad” (P. 83), una de esas “almas capaces de servir a Dios y a su iglesia como las quería nuestra Seráfica Madre” (L. e. 268.


B.- La oración ininterrumpida

No es difícil ponerse de acuerdo para decir que la beata Isabel de la Trinidad vivió de un modo verdaderamente carismático, paradigmático, el precepto central de la Regla del Carmelo que manda a “meditar día y noche la ley del Señor y vigilar en la oración”.

1.- Una Joven Orante

Aquí hay que reconocer también que fue el Espíritu Santo quien, antes de cualquier Regla, formó en ella a la orante y dio al Carmelo esta joven profetisa de la presencia de Dios para educarnos en ella y para ayudarnos en su pleno desarrollo.

Según el testimonio de amigos, hacia la edad de 13 años, la niña llamaba la atención por su “deseo ardiente de la sagrada Comunión” y por el hecho de que “le parecía siempre corto el tiempo en el templo en donde permanecía absorta en la oración”. Decidida a los 14 años a hacerse Carmelita, tiene frecuentes gracias de profundo recogimiento. “Ansiosa por Jesús” (P. 4), “quisiera pasar su vida junto a Jesús-Hostia” (P. 24) su “corazón esta siempre con El” (P. 43) y aspira a “esta unión íntima, interior, a esta vida toda en Dios” (P. 54). En el “jardín solitario” de su corazón, que ha ofrecido a Jesús para que sea su “morada” (P. 43), abunda la alegría de la oración…”y ni yo misma podré manifestar la dulzura inefable y tan divina que Jesús comunica a mi pobre alma” (P. 55). OH los “coloquios deliciosos”, los “diálogos cordiales con mi Dios” (P. 67). La jovencita de 18 años pasa adorando al Santísimo Sacramento horas “cordiales cuando una se cree ausente de este mundo y solo se ve y se oye a Dios! Es Dios quien habla entonces al alma, quien le dice cosas tan dulces y le ruega acepte el sufrimiento” (J, e 10 febrero).

No importa que no pueda estar siempre ante el Tabernáculo, “como el mora en mí y vive en mi, le hablaré, al menos, en la intimidad de mi corazón”, (J. e 10 febrero). Por que el amor lo impulsa!: Te he dado mi corazón, un corazón que piensa en Ti, que no vive más que para ti, un corazón que te ama hasta morir” (J. 32). Y sabe muy bien dónde poder, a cada instante, encontrar a Jesús: “…Tú que has tomado todo mi corazón, que vives en él continuamente, que has hecho tu morada en él, a ti que te siento, que te veo con los ojos del alma en el fondo de este pobre corazón…” (J. 60). Su corazón será para Jesús “tu morada amada, en la que vengas a descansar” (J. 119).

Isabel tiene solo 18 años. Todos estos textos fueron escritos antes de sus primeros encuentros, como Aspirante, en el locutorio del Carmelo y dos años antes de su primer encuentro con el P. Vallée. Sus reacciones leyendo el Camino de Perfección son elocuentes: se siente conmovida por la “mortificación interior, esa mortificación que deseo totalmente adquirir con la gracia de Dios” y con las explicaciones sobre la oración, particularmente cuando Santa Teresa “habla de la contemplación, de ese grado de oración en que Dios lo hace todo y nosotros no hacemos nada, en que une a El mismo tan íntimamente nuestra alma que ya no somos nosotros quienes vivimos. Es El quien vive en nosotros. Oración pasiva, infusa, por tanta mística!! El entusiasmo de Isabel se explica, dado que ella encuentra allí la descripción del estado que vive con frecuencia: “he reconocido en estas páginas los momentos de éxtasis sublimes que el Señor se ha dignado otorgarme tan frecuentemente”; la elección de estos términos es indicativa de su oración frecuentemente sobrenatural, y claramente distinta de otra oración que ella conoce: la oración mental ordinaria” (J. e. 20 febrero)

María de Jesús testimoniará acerca de sus conversaciones en el locutorio: “por supuesto que hablábamos de oración: la suya era toda sencilla y de una sola pieza. El Maestro estaba dentro de ella, modelándola a su gusto. Ella se lamentaba de que no hacía nada, dichosa porque era el Señor quien lo hacía todo”.

En este período tiene 19 años y medio aparece en sus escritos la expresión “Oración ininterrumpida” (NI 5,6; J. 138, 156; L. 47), como un ideal perseguido cada día con mayor fuerza: “Y ya que no puedo romper con el mundo y vivir en vuestra soledad, dale al menos la soledad del corazón. Que viva en vuestra íntima unión, que nada absolutamente me pueda alejar de ti, que mi vida sea una oración ininterrumpida!! La continuación del texto nos revela su experiencia de Dios (“Te siento tan dentro de mí”) y su deseo es estar atenta solamente a Jesús en “estas reuniones y en estas fiestas” en la que “apenas se piensa en El” (J. 138). Qué desea esta “Carmelita interior” (NI 16)? “Que mi vida sea una oración ininterrumpida, un gran acto de amor” (NI 5). En “la pequeña Betania” formada por la “celda de su corazón” y en la que “cada latido del corazón es un acto de amor” (NI 5) establecerá un centro de acogida contemplativo, hecho de atención vigilante y de disponibilidad total. “Mañana es Santa María Magdalena, esa mujer enamorada apasionadamente de Jesucristo por quien siento especial devoción. Amemos como ella. Debe ser nuestro modelo. Permanezcamos junto a El en silencio, recogidas, en olvido absoluto como ella y viendo solo a nuestro único Todo, por quien hemos sacrificado todas las cosas” (L. e. 68).

Los últimos meses antes de su entrada Isabel padece un período de oscuridad en su vida de oración. Pero – quizá bajo la influencia de San Juan de la Cruz, con quien ha tenido ya un primer contacto? – la “fe pura” la guía (L. 53) con el deseo de “morir a todo con Jesús, nuestro amor crucificado” de “comunicarme sin cesar con El, mediante el sacrificio y la inmolación” (L. 44).
Los fundamentos de su vida de oración son sólidos y el ideal permanece intacto: “Dios en mí y yo en El (inhabitación recíproca). He ahí nuestro lema. Qué agradable es esta presencia divina dentro de nosotros, en ese santuario íntimo de nuestras almas. Allí le encontramos siempre aunque no disfrutemos de su presencia sensible. Sin embargo, El sigue presente y se encuentra hasta más cerca de nosotras como tú dices. Es allí donde me gusta buscarle. Procuremos no dejarle nunca solo. Que nuestras vidas sean una oración ininterrumpida” (L. e. 47). Mirad el por qué entra en el Carmelo!!!

2.- “Una comunión con Dios de la mañana a la noche”

Vemos a Isabel “en la montaña del Carmelo, sumergida en el silencio, en la soledad y en una oración ininterrumpida (L. e. 116). La vemos “junto a El en silencio, recogida, en olvido absoluto” (L. e. 68): “Oh! Quiero ser alma siempre atenta,/ en posesión tranquila de mi fe./ Quiero en todo adorarte,/ para vivir, Señor, sólo de ti” (P. e. 86). La carmelita? “El Señor la eligió como a María/ para vivir inmóvil a sus pies./ Contemplad a esta eterna prisionera./ Su vida de oración no se interrumpe./ Ella es un alma a Cristo encadenada! Y de El nada la puede separar.” (P. e. 82). E Isabel piensa en la Madre de Jesús, la esposa del Espíritu Santo: “Otra María vive en el Carmelo,/ inmersa siempre en comunión divina,/ en retiro profundo, misterioso, ¡entregándose día y noche a Dios/ (P. e. 78). “Un alma adorante es la Carmelita,/ dócil a toda inspiración divina,/ en comunión constante con su Dios,/ corazón y almas puestos en el cielo” (P. e. 82).

El Carmelo es un desierto: desierto familiar, desierto eclesial, pero un desierto divino también cuya aspereza se dulcifica en el encuentro íntimo con Dios en el claro-oscuro de la fe. “Es el secreto de la vida del Carmelo: la vida de una Carmelita es una comunión con Dios de la mañana a la noche, y de la noche a la mañana. Si El nos llenara nuestras celdas y nuestros claustros, como estará todo vacío, sin embargo lo vemos a través de todo, porque lo llevamos en nosotras y nuestra vida es un cielo anticipado” (l. 189)

Notamos en los textos precedentes las palabras que expresan la continuidad de su unión con Dios: “jamás acaba” “todavía y para siempre”, “ a través de todo”, “día y noche”, “toda invadida”, “toda entregada”, “de la mañana a la noche, de la noche a la mañana”…Verdaderamente la oración es el corazón de su vocación de Carmelita y ella misma nos describe tres veces en qué consiste la “esencia” de su vida: “Escucha lo que dice de nuestro Padre San Juan de la Cruz(…) “Oh, pues, alma hermosísima entre todas las preturas, que tanto deseas saber el lugar donde está tu Amado, para buscarle y unirte con El, ya se te dice que tú misma eres el aposento donde El mora y el retrete y escondrijo donde está escondido. (…) Esta es la vida del Carmelo: vivir en El. Entonces todas las inmolaciones, todos los sacrificios quedan divinizados. El alma descubre, a través de todas las cosas, a aquel a quien ama y todo lo lleva a e. se trata de un dialogo cordial ininterrumpido con El.…Ama el silencio, y la oración porque constituyen la esencia de nuestra vida Carmelitana” (L. e. 118). “Esta divina e íntima unión es como la esencia de nuestra vida en el Carmelo. Gracias a ella amamos apasionadamente nuestra soledad pues como dice nuestro Padre San Juan de la Cruz (…) “dos corazones que se aman prefieren la soledad” (L. e 160). “Vivir en la presencia de Dios, no es la consigna que San Elías dejó en herencia a los hijos del Carmelo cuando exclamaba impulsos de su fe ardiente: Vive el Señor Dios de Israel, en cuya presencia estoy? (::J Le pediremos en el día de su fiesta el espíritu de oración que constituye la esencia de la vida del Carmelo. Le pediremos ese dialogo íntimo que nunca se interrumpe, pues cuando se ama, se olvida uno de si para entregarse totalmente al ser amado. Se vive entonces más en él que en sí mismo” (L. e. 268)

La Beata ha subrayado al mismo tiempo que el silencio y la soledad del Carmelo forman el ambiente que favorece el contacto ininterrumpido con Dios, pero también cómo esta unión le ha llenado con la felicidad del amor. Lo mismo que en el sufrimiento, en unión con Jesús crucificado en el misterio de la iglesia, Isabel se siente en el Carmelo en su elemento, “como el pez en el agua” (L. e. 100). Esta agua que el pez no abandona, ni siquiera de noche”. Es pleno invierno… “Qué hermoso nido me ha preparado mi bien Amado, aquí”!!! Ya exclama: “que hermoso es este Carmelo, este vivir a solas con Aquel a quien se ama” (L. e.102).

Los escritos de Isabel están entretejidiso con expresiones sobre su felicidad!!! Parece ser una de las Carmelitas más felices de la historia. Y esto, gracias al Carmelo mismo y a Aquel que, Amado fascinante, hace del Carmelo un espacio apto para esta búsqueda apasionante: “Hace un año que El me introdujo en el arca santa y, ahora, como dice mi bienaventurado Padre San Juan de la Cruz en su Cántico Espiritual: “Y ya la tortolita al Socio deseado en las riberas verdes ha hallado” (L. e. 119). Pocos meses antes de morir escribe: “qué feliz soy en mi Carmelo! Me parece que después del cielo no puede existir mayor felicidad. Esta es como un preludio de aquella porque Dios es su único objeto” (L. e. 259). Desierto, silencio, soledad, inmolación: todo ello está relacionado.

La palabra “esencia”, que es teórica, se traduce con un termino practico: “ocupación”. La oración es el trabajo por antonomasia, en definitiva “la única ocupación”, que atraviesa, como un hilo de oro, el tejido de cualquier otra ocupación en el Carmelo. Escuchemos de nuevo tres textos sobre este precepto central, sobre esta única ocupación: “Se puede estar siempre como Magdalena a los píes del divino Maestro contemplándole con amorosa mirada. Esta es nuestra vida en el Carmelo. Aunque la oración es nuestra principal e incluso nuestra única ocupación; pues la oración de una Carmelita nunca debe interrumpirse, tenemos también que coser y hacer otras actividades externas” (L: e. 100). “Ojala pudieras ver cómo el Carmelo es un rincón del cielo! Oh, el silencio, la soledad! Aquí se vive a solas con Dios solo. Aquí todo habla de El. Por todas partes se siente tan vivo, tan presente… La oración es nuestra ocupación principal, mejor dicho, nuestra única ocupación: Para una Carmelita jamás debe interrumpirse” (L. e. 124). “Me pregunta qué ocupaciones tengo en el Carmelo. Podría responderle que para la Carmelita sólo existe una ocupación: Amar, Orar” (L. e. 145).

Las formulas de Isabel son cada día más densas y radicales. Su “Misión” en el Carmelo? “Su misión es orar ininterrumpidamente” (L. e. 104). “El Carmelo ha oído su llamamiento, que por lo demás es su misión: “aquí” “orar es respirar” (L. F 274) “El está en todas las cosas, en todos los lugares, y además siempre” L. e. 104). Su unión con Dios supone una adhesión moral a los menores deseos del Amado, pero también una gran atención a la presencia del mismo. Isabel lo explica también con la formula “comunión ininterrumpida” , por ejemplo en las cartas 165 y 168. Escuchemos a la Carmelita explicándole a una joven aspirante: “Unámonos para hacer de nuestras tareas diarias una comunión permanente: por la mañana despertémonos en el Amor. Pasemos el día entregadas al Amor, es decir, haciendo la voluntad de Dios, obrando bajo su mirada, con El, en El, por El sólo. (::J En fin, cuando llegue la noche, después de un dialogo de amor que no se habrá interrumpido en nuestro corazón, durmamos aún en el Amor (L. e. 153). Una semana después repite: “El está en mí y yo en El. Sólo tengo que amarle y dejarme amar siempre a través de todas las cosas: despertarme en el Amor, moverme en el amor, dormirme en el amor con el alma puesta en su alma, el corazón en su corazón los ojos en sus ojos…” (L. e. 155)

Al hacer su profesión como Carmelita sabía muy bien que se comprometía a una vida de oración ininterrumpida: “Ser esposa, escribía la Novicia, poco antes, es tener los ojos en los suyos, el pensamiento cautivado por El, el corazón totalmente entregado, totalmente invalido, como fuera de sí, trasladado al suyo, el alma llena de su alma, llena de su oración, todo el ser cautivo y entregado…” (N I 13) . “Es tan hermosa mi vocación… Pasar toda una vida en silencio, en adoración, en intimidad con el Esposo” (L. e. 130) quisiera que ese día fuese al comienzo de un acto de adoración que no cese jamás en mi alma” (L. e. 131).

Y efectivamente realiza su ideal lo más perfectamente posible!!! “En mi alma, en este santuario íntimo, vivo día y noche con Aquel que es mi amigo de todos los instantes” (L. 243), tratando de “vivir con El… de forma ininterrumpida, habitual (CF), “viviendo en contacto con El… en el fondo del abismo sin fondo, en lo más interior” (CF), “caminando, sin mirar a ningún lado, por esta ruta magnifica de la presencia de Dios, por donde el alma camina sola con Dios” (U R 23).

3.- Pequeña Catequesis sobre la Oración.

Sobrepasaríamos los límites de este trabajo analizando detalladamente la vida de oración de la Beata Isabel de la Trinidad. Contentémonos con algunas indicaciones.

A. Isabel tiene una predilección por buscar a Dios en sí misma. Había del “santuario interior”, del “templo”, o del “abismo”, “centro” de su alma, se siente y se sabe “casa de Dios”, Dios esta “en el fondo” nuestro, en nuestra “celda interior”, en “la celda del corazón”, en el “cielo de nuestra alma”. En su Oración dice:”Pacificad mi alma, hace de ella vuestro cielo, vuestra morada amada y el lugar de vuestro descanso. Que nunca os deje solo, sino que permanezca totalmente con Vos, vigilante en mi fe…”(N I 15).

Pero este lugar de encuentro no es exclusivo, pues encuentra a Dios- evidentemente- también en la Presencia Real de la Eucaristía, en la Creación (la naturaleza), en el prójimo. En el que El habita.

Buscando a Dios en sí misma, se sabe al mismo tiempo asumido por el mismo Dios. En su oración pide “no salir jamás de Vos”, “perderse en su inmensidad”, “sumergirse en los Tres, a los que pide “sumergirse en ella”. La Trinidad, ved aquí nuestra morada, la casa paterna de la que nunca debemos salir (CF 2). Es la inhabitacion reciproca, fruto de la gracia bautismal, anunciada en los textos de la escritura que Isabel tanto ama, como San Juan 15,4 (Permaneced en Mí, y Yo permaneceré en vosotros) o Juan 14,23, en donde Jesús promete:”Nosotros (el Padre y Yo) vendremos a él y haremos nuestra morada en él”. Y tantos otros.

Isabel sabe que Dios está en todas partes y por eso sabe relativizar, por ejemplo escribiendo a su mamá le dice: “si prefieres imaginarte a Dios junto a ti mejor que dentro de ti, sigue ese impulso con tal que vivas con El” (L. es. 249). Dios es, en efecto, “es inmensidad de amor que nos desborda por todas partes” (L. e. 175), “un océano en donde me sumerjo y me pierdo” (L. e.155).

B. Sus oraciones una respuesta a una iniciativa divina, hecha de presencia y de amor, reconocida por la fe, pero también frecuentemente por la experiencia (Isabel dice muchas veces “Yo siento”). Esta iniciativa es activa y actual: Isabel quiere “entregarse a la Acción creadora” de Dios, le pide a Cristo que “identifique su alma con todos los movimientos de la Suya” (NI 15). El es el “Dios vivo” (L. e. 268). “El esta siempre Vivo, el Cristo de Magdalena” (L. 84), “lo siento tan presente en mi alma” (L. e. 147).

C. La Oración se desenvuelve en un clima de amistad reciproca. Cuantas veces encontramos la palabra “Amar” y “amor” en Isabel; toda su oración esta impregnada de ellas!!! Su Dios quien trata con un Ser a quien se ama” (L. A.)!! “Obra como intercambio de dos seres que se aman: “…la oración, el dialogo íntimo, en el que el alma pasa a Dios, y Dios pasa al alma para transformarla en Sí mismo” (L. 278). Es un “cambio de amor” (L. 161), “un admirable comercio” L. e 228).

D. En cuanto a las horas de oración diarias “oficiales” baste subrayar aquí: 1) Isabel las vive con gran fidelidad y dedicación, 2) las repone cuando las ha omitido por estar ocupada en algo distinto 3) se alegra de tener, durantes sus Retiros, “muchas horas suplementarias” (L. e. 196), 4) de pasar ordinariamente los domingos todo el tiempo libre delante del Santísimo Sacramento expuesto en el Oratorio, 5) de hacerla frecuentemente, aún por la noche, en horas del gran silencio, antes de su última enfermedad, 6) de regalarse en este sentido también durante los períodos comunitarios de mayor adoración, como por ejemplo, durante las cuarentas horas, las octavas. Significativa esta confesión durante su última enfermedad: “Hemos comenzado la solemne octava del Corpus. Este año tenemos la exposición del Santísimo en la capilla. Me gustaba tanto pasar allí horas y días enteros… (L. e. 253).

E. El fundamento de su oración es la fe. Pues conoció muy bien la parte de sufrimiento durante las horas de oración experimentando” hasta la tentación de huir”, en las horas suplementarias. Muy frecuentemente, es la noche profunda durante todas estas horas, dirá; pero durante la oración de la noche, a veces, El me recompensa y más todavía al día siguiente. Recojo entonces el fruto de los actos y del silencio de la vigilia”. En su gran Oración prevé también: “Las noches, los vacíos, las impotencias” (NI 15). Pero su reacción fundamental la que rige todo otro esfuerzo cualquiera es la Fe. “La fe, la bella luz de la fe… es la única que debe brillar para llegar al encuentro con el Esposo” (U. R. 10). Más exactamente la Fe en el Amor (L. 206, 239: P.95; CF 20). Con una fe intrépida procura elevarse por encima de las vicisitudes de nuestras experiencias durante la oración: “La fe, dice San Pablo, es la sustancia de las cosas que se esperan, y la demostración de las que esa palabra le da, sentir o no sentir, estar en la luz o en la tiniebla, gozar o no gozar… ella experimenta una especie de vergüenza haciendo diferencia entre estas cosas”… (U R 11). “Oh, si supierais cómo se vive de la fe en el Carmelo” (L. 323).

F. La oración sobrepasa los límites de los tiempos de oración”. Lo hemos visto ya hablando de la oración ininterrumpida. Estando la Trinidad permanentemente en nosotros, Isabel ora: “Que no os deje jamás allí solo sino que permanezca totalmente con Vos, vigilante en mi fe, en completa adoración…” (N I 15).

G. Es necesario aprender (o re-aprender) a vivir en la presencia de Dios. Prodiga sus consejos a su familia y a sus amigos” “Recógete interiormente en su presencia” (L. e. 260), recógete de tiempo en tiempo” (L. 302), “dime si progresas en el camino del recogimiento interior respecto a la presencia de Dios” (L. e. 255). Piensa algunas veces, durante el día, en Aquel que vive en ti, que tiene tanta sed de ser amado” (L. e. 88), “es necesario que te construyas, como yo, una celdita dentro de tu alma: piensa que el buen Dios está allí y entra en ella de vez en cuando” (L. 123). Hace para su mamá una especie de “decena” (l. e. 255), sí, hay que instruirse en el camino de la presencia de Dios, “poco a poco acostumbrarse a enamorarse”

Para sus mismas hermanas Carmelitas, profesionales de la oración, los consejos son todavía más intensos; por ejemplo a hna. Martha: “Mi Maestro me encarga que le diga que viva muy cerca de El, muy en El; entonces las actividades externas, los ruidos interiores no podrán ser un obstáculo; Será El quien la librara. Mírelo, ámelo” (L. 281). A la Hna. María Odila: “A nosotras, esposas del Señor, sólo se nos permite en el Carmelo amar y obrar a lo divino. Si, por casualidad, la viese desde el centro de la luz apartarse de esta única misión de la Carmelita, vendría inmediatamente a advertírselo. Esta de acuerdo, verdad? (L. e. 295). Todavía Hna. Martha: “En el centro de tu alma, en un profundo silencio/ bajo el toque divino, recógete con frecuencia” (P.105). A Hna. María – José: “Contempla en todo este ejemplar divino/ para conseguir su fiel imagen” (P. 106); y todavía: “Vivir solamente con El en una intimidad/ que exige, oh hermana mía, gran fidelidad (P. 123). Y finalmente, a Hna. María – Javiera- y a toda Carmelita en el mundo entero): “Vive fuera de sí cuando alguien ama/ porque entonces hay siempre quo olvidarse./ El corazón tan solo halla descanso cuando encuentra el objeto de su amor./ ya ves, Jesús, por qué en mi amor a ti/ solo deseo tu presencia santa./ quiero salir de mi constantemente/ e inmolarme por ti siempre en silencio.” (P. 103).

H. La intimidad con Dios, fuente de grandes gracias. “Vive con El.
Ojala pudiera manifestar a todas las almas la fuente de fortaleza, de paz y de felicidad que encontrarían si quisieran vivir en esta intimidad. Pero no saben esperar. Si Dios no se manifiesta de un modo sensible, ellas abandonan su santa presencia. Y cuando viene con todos sus dones no encuentra a nadie. El alma esta alejada, extravertida en las cosas exteriores. No vive en el fondo de su ser” (L. e. 269). “…comprende que es portadora de un pequeño cielo donde el Dios del amor ha establecido su morada. Existe entonces como una atmósfera divina donde el alma respeta” (L. e. 228).

C. En comunidad monástica

Sí las cartas que Isabel dirigía a su familia y a sus amigos en el mundo tenían, sin saberlo ella, un alcance profético, su única intención al retirarse del mundo había sido ser una “humilde y pobre” (P. 45) Carmelita, totalmente escondida en Dios para el bien de la Iglesia, inserta en este Habito: “Vosotros que a través del corazón/ sois desde muchos años mis hermanas/, espero que siguiendo vuestros pasos/, llegue a ser verdadera Carmelita”. (P. 74).

1.- Pequeña hermana entre sus Hermanas

Ninguno se permita imaginar a Isabel un tanto individualista, cerrada, viviendo al margen de la comunidad para realizar “su” unión con Dios. No. Sus hermanas están de acuerdo en testimoniar que su recogimiento era tan natural, tan habitual, a las veces tan impresionante, pero, sin embargo, con otras características que lo convertían en un recogimiento muy digno de crédito: amabilidad, servicialidad, sencillez y alegría!! Era sencillamente una pequeña Carmelita, miembro de la caravana que marcha por el desierto, olvidada de si misma y entregada en todo y para siempre a las demás. “Amo tanto a mi Carmelo”, escribía (L. e. 273). “Es emocionante constatar el amor que existe entre nosotras” (L. e. 253). “Prácticamente no veo a mis hermanas”, escribe durante su enfermedad y cuando la comunidad toda junta no la puede visitar en la enfermería. Y continua: “Ellas piden con espíritu de caridad estar conmigo pues me quieren como a una verdadera Hermanita” (L. e. 266).
“Oh que Carmelo!! Cómo brilla en él esa virtud recomendada por Madre Teresa como fundamento de toda vid sería de oración, junto con la humildad y el desprendimiento!!! Leyendo el Camino de Perfección, la joven aspirante había copiado con entusiasmo los pasajes que tratan de la verdadera amistad entre las hermanas (J. 15). Y sabía que, con la caridad fraterna, dejaba que Cristo viviera y amara en ella!!! “La Carmelita es el sacramento de Cristo… todo el en ella debe darlo” (NI 14). Testigo dicen que Isabel vivía en comunidad lo que aconsejaba a una joven amiga: “Un alma unida a Jesús es una sonrisa que lo hace resplandecer y lo entregas los demás” (L. 252). Practica en su comunidad el consejo que le dio a Guita:”…quiere hacerse amar…a través de ti” (L. e 212).

Al decir de Hna. María Odila, quien conoció a Isabel en los dos primeros meses en el Carmelo, la postulante “Era agradabilísima…todo sencilla…te llenaba de alegría aun en la insignificancia de entregar una carta…te regocijaba sin hacer ni decir demasiadas frases… tenia necesidad de dar alegría una y mil veces para ella nada era insignificante..Ponía un no se que de grande en todo..por eso daba tanto…hacía todo como todo el mundo, pero de un modo como no lo hace todo el mundo”.

La reacción de Isabel, toda deseosa de vestir el hábito del Carmelo, dice mucho..Acercándose ya la fecha, la hermana Germana le dice: “Tienes todavía mucho que aprender tal vez serás aplazada…” a lo que Isabel responde entre bromas y enserio.. “Es cierto, Madre, que soy muy imperfecta. Creo, sin embargo, que el señor quiere concederme esta gracia. Podrán mis hermanas rechazármelas? Ellas tienen que demostrarme su amor por que las quiero tanto…”.

Escuchemos a las hermanas testimoniar sobre su Benjamina!!

Madre Germana: “Fruto de la humildad, su paciencia era inalterable!; no se la podrá sorprender faltando; cuantas veces, sin embargo, fue sometida a prueba, sobre todo en su oficio de segunda tornera, siempre la vimos igual, amable, delicada hasta en los mas duros sufrimientos de sus últimos días. También, que agradablemente nos dirigíamos a ella! La sonrisa nunca se alejaba de sus labios aunque tuviera a veces que interrumpir un trabajo empeñativo, o sacrificar una hora de oración suplementaria o cambiar sus pequeños planes. Nada parecerá costarle, siempre y cuando sus renuncias estuvieran sancionadas por la obediencia”.

Hermana María de la Trinidad (que, no obstante su temperamento impetuoso, siendo su priora y primera responsable de Isabel, la puso a dura prueba): “Durante los cinco años de su vida religiosa jamás la vi, ni siquiera un día, menos amable, aun durante el periodo en el que sufra mucho moralmente cosa rara en una novicia. Testifico también el haberla visto igualmente amable con todas sus hermanas sin que una se pudiese dar cuenta de sus preferencias o simpatía, si bien cada una se creía ser la mas amada…como su priora siendo responsable de distribuir cada semana los oficios caseros, pude constatar como era un verdadero tesoro para la comunidad, uno de esos sujetos a quienes se les puede pedir todos los servicios, con la seguridad de darle gusto…confirmo que tuvo para con sus hermanas las atenciones mas delicadas aun en medio de sus mas fuerte sufrimientos…en cuanto a la comunidad, no la oí jamás decir una palabra ni hacer alguna cosa que no estuviese marcada con el sello de una prudencia toda sobre natural. Gracias a esto evitaba toda dificultad para si misma como para las demás”.

Hna. Ana María del Niño Jesús (Hermana de velo blanco, un poco “Especial”, que decía se estaba muriendo e Isabel la acompañaría con gran delicadeza;…pero sobre vivirá todavía…cuarenta años): “Era muy caritativa con sus oficiales hasta el punto mismo de sobre ponerse a sus propias fuerzas por prestar un servicio. Hasta el momento de su muerte se esforzó para aliviar a sus enfermas. Tenía un corazón tan bueno que se sentía que tenía necesidad de ser siempre agradable; cuando una se le acercaba estaba siempre sonriente y siempre disponible para cuando uno venía a solicitarle”.

Hna. Luisa de Gonzaga. Fue su primera responsable como Ropera. Isabel le escribirá la carta 254, un billete lleno de tacto y de humor sobre un Habito que la Beata arreglo, pero quizás no gusto a la primera ropera; termina así: “Vuestra pequeña ayudante que os ama y ruega por vos”. Termina otro billete (253) así: “Gracias, querida Oficial; abuso de vos”…) Se han perdido centenares de estos billetes de comunicación parecidos, pero los que se conservan dejan entrever el “estilo comunitario” de la Beata!!!). La Hna. Luisa de Gonzaga testifica aun: “Durante los cuatro años que estuve en relación con ella, siendo oficial, observe como era de amable, graciosa y consagrada a ayudar. Hna. Isabel era deferente con cada una de las Hermana. Jamás decía cosa que pudiera ser motivo de ofensa a la fama de sus hermanas”.

Hna. María de Jesús María (La compañera más joven de Isabel, muy unida a ella). No importaba quien acudía a su caridad; siempre estaba dispuesta a prestar una ayuda…esta caridad se extendía indiferentemente a todas, de tal modo que cada una podía creer que ella era su amiga predilecta cualquiera podía acudir a ella para todo los pequeños servicios, y se iba además con mas confianza a ella, era la mas joven. Siendo la mayoría de las hermanas ya mayores, una dirigía a ella casi indiscretamente aunque ella, que había hecho varias promesas de servir, se encontrase en dificultades para cumplir todo jamás manifestaba que se abusaba de su buena voluntad. La Hna. Isabel era un verdadero paraíso, y si uno no se dirigía a ella era ella misma quien con mucho ingenio tomaba la iniciativa para servir. Tenía todas las delicadezas de la caridad, todas las finuras que hacen amable, fácil la vida religiosa. Eran tan perfectamente equilibradas que no se le escapaba nada que fuera ocasión de comprometer la buena fama de las otras. Era un elemento de caridad y de benevolencia. Jamás le oí la más mínima palabra de crítica o de censura contra lo superiores o contra las otras hermanas, etc. La virtud de la religión era, después de la caridad, la virtud maestra de la Cierva de Dios. En ella esta virtud estaba estrechamente unida a la caridad”.

Finalmente, Hna. Amada de Jesús (vecina de celda de la Beata, nervios muy sensibles, lo que, de parte de Isabel era la ocasión de evitar hasta los mas mínimos ruidos incómodos, y, de parte de los oídos afinados de Hna. Amada, de constatar como, al otro lado de la parte, Isabel se levantaba por la mañana, siempre a la primera señal, jadeando, cuando ya la enfermedad comenzaba a minarla): “Cuando encontraba a alguien ella le regalaba una graciosa sonrisa; no era cerrada, al contrario, era abierta, muy delicada, muy fina, muy despreocupada de sus dolencias; era muy expresiva y cariñosa cuando decía “hermana mía”. No era de esas perfecciones rectilíneas y desesperantes, sino, por lo contrario, humilde y sencilla, sin excluir algunas faltas de fragilidad o de inadvertencia; de todos modos jamás la sorprendí en algún movimiento de naturaleza”.

Viviendo así en esta pequeña parcela de humanidad y de cristiandad, a la que su vocación la habría confiado, unida perpetuamente, en el santo espacio de la clausura, a la pequeña iglesia comunitaria, imagen de la grande Iglesia, la Beata Isabel de la Trinidad fue una Hermanita entre sus Hermanas, positiva, constructiva, a las que trato de estimular, de alegrar, con una serenidad y una igualdad y equilibrio de humor, proveniente de su profunda unión con Dios, “que transforma e ilumina la vida y es el secreto de la felicidad” (L. e. 150). “Con Jesús, decía ella, hay que estar dispuesta a todo. Entonces, todo nos parece hermoso y nada resulta difícil, ni molesto” (L. e. 100).
Pero este equilibrio, dado su temperamento, cuyo “rasgo principal era la sensibilidad” (NI 12) - lo que dificultaba la vida de comunidad!! – tuvo que conquistarlo, los ojos fijos en los ojos del Crucificado!!! Entonces Isabel, en su celda, oraba o releía un texto de San Pablo y “rumiando lo que había encontrado así, terminaba por dominar todo”. Sin duda que el terreno de la caridad fraterna fue la ocasión propicia para “elevarse alto”, para “avanzar”, para “dejar pasar” (terminología que le gustaba mucho).

“Siempre colega”?, le pregunto un día Hna. María de san Bernardo, después de haber reprendido fuertemente a Isabel que había dejado caer algunas gotas de agua en una escalera. A lo que la hija del Capitán contesto: “Colega? Siempre”!!!