Vivir y morir en el Carmelo

Sor Isabel de la Trinidad 24100x100La comunidad de Isabel no simpatiza tampoco con la situación de la iglesia local. Grandes tensiones, amargas divisiones después, se crean estoa años en torno a la controvertida persona de su jefe espiritual, Mons. Le Nordez, sospechoso de pertenecer...

 


 
Una comunidad en dialogo con los acontecimientos.

1.- La situación

Cuando Isabel entra en el Carmelo de Dijon, el 2 de agosto de 1901 (tiene 21 años y quince días) la tormenta ruge alrededor de esta fortaleza de oración. Un mes antes la actitud anticlerical del estado francés ha desembocado en el voto de las “leyes anticongregacionales”, que, aplicadas rigurosamente en 1902 y 1903 por el gobierno Combes, obligaron a decenas de miles de religiosos y religiosas a expatriarse. Muchos Carmelos partieron para el extranjero. El Carmelo de Isabel encontrará refugio en Bélgica, a donde trasladaron parte del mobiliario en 1903. Finalmente la comunidad será obligada solamente a cerrar la capilla al público, desde abril de 1903 al verano de 1906, algunos meses antes de la muerte de Isabel. Sin embargo la zozobra de un posible exilio y aun mas el sueño del martirio, bastante improbable, pero que sostiene la generosidad de las jóvenes carmelita siempre alerta, no estarán ausentes jamás de la corta existencia carmelitana de Isabel. El movimiento de reparación y de fervor cristianos, en medio de la indiferencia y la oposición, es también favorecido por la suerte del Soberano Pontífice “prisionero en el Vaticano” después de la expropiación de los Estados Pontificios.

La comunidad de Isabel no simpatiza tampoco con la situación de la iglesia local. Grandes tensiones, amargas divisiones después, se crean estoa años en torno a la controvertida persona de su jefe espiritual, Mons. Le Nordez, sospechoso de pertenecer a la francmasonería, simpatizante con el gobierno, por lo menos, y en conflicto con la gran mayoría de los obispos franceses. Este obispo preside la toma de hábito de Isabel. La comunidad, muy contrariada por el comportamiento del Prelado que, por otra parte, gusta mucho de visitar el Carmelo y entrar en la clausura, buscara para la toma de el Velo de Isabel una fecha… en la que se sabía que el obispo estaría ausente de Dijon. El desorden y la confusión entre los diocesanos aumenta. La prensa se mezcla en el asunto, los padres no quieren hacer confirmar a sus hijos, los seminaristas (entre quienes se cuenta Andre Chevignard, cuñado de su hermana Guita, corresponsal de Isabel y visitante del locutorio) hacen huelga y salen todos en bloque del Seminario. Invitado por Roma a presentar su renuncia en 1904, Mons. Le Nordez deja la diócesis sin pastor hasta el nombramiento de Mons. Dadolle en 1906 quien visitará todavía en su lecho de muerte a Isabel. Las grandes intenciones para la oración no han faltado, pues, jamás en el Carmelo de Dijon, que deberá vivir un poco y día a día en la confianza y en el abandono.

Al interior del Carmelo mismo, el comienzo de la vida religiosa de Isabel está marcado por el importante acontecimiento de la fundación de Paray-le Monial. Hay todavía algunas profesas, pero al entrar al Carmelo, Isabel es la séptima joven del “Noviciado” (como no se hacía más que una sola profesión, las jóvenes profesas permanecían aún tres años en el noviciado) . Por eso Isabel no tendrá cerca de sí por mucho tiempo a su “buena Madre”, María de Jesús, que “sabe dar tan bien Jesús al alma (J.154). Aprovecha también durante algún tiempo el alimento espiritual de la priora: “nuestra querida madre viene todos los días al noviciado dos horas y media o tres. Si estuviera en un rinconcito para alimentarse junto conmigo” (L.89). Dos meses después de su entrada pierde a su buena “Madre, a quien tanto quería” (L.e 90). María de Jesús se une definitivamente a sus hijas de Paragay.

2.- Diez y siete carmelitas

En las elecciones del 9 de octubre de 1901 la joven postulante recibe su segunda priora, hermana Germana de Jesús, cuyas grandes cualidades no tardarán en cautivar toda la confianza de la fervorosa Isabel. A pesar de sus…31 años, la Madre Germana sabe unir a su gran sentido sobrenatural, hecho de fe profunda y de viril generosidad, un corazón maternal y un sincero respeto por la persona de sus hermanas, en particular de las jóvenes, pues juntando el cargo de maestra de novicias al de priora, la madre Germana parece haber realizado el deseo ideal que la madre Teresa proponía a sus prioras; seguía en todo caso el deseo que Teresa expresa en sus constituciones referente a las prioras: “hágase amar, para que se haga obedecer”. Isabel aprovecho totalmente esta gracia instrumental que fue para ella la priora, a quien llama su “sacerdote” y quien ejercita un “sacerdocio” respecto a ella. La misma priora que aceptará la oblación de su vida por medio de la profesión religiosa, le ayudara también a hacer la oblación de su vida a través de la muerte. Y podemos suponer que, axial como en Teresa de Lisieux el amor filial y el espíritu de fe se manifestaban diversamente respecto a su hermana, la madre Inés de Jesús, y a la madre María de Gonzaga, en Isabel de la Trinidad se habría manifestado a una tercera priora- que nunca tuvo- la misma obediencia total que tuvo a la primera, hermana Maria de Jesús.

La nueva subpriora, María de la Trinidad, no tiene más que 26 años…espiritual y erudita, no es ni mucho menos un verdadero “brazo derecho” para la Madre Germana, debido a su espíritu un poco irreal y a su carácter bastante impulsivo. Habiendo sido el “ángel” de Isabel se siente bien con la maestra de novicias oficial y trata de delimitar el terreno, María de la Trinidad, responsable del coro y del torno pierde ocasión para librarse de sus frustraciones con la novicia. Isabel conoció la inevitable “dinámica de grupo” en una comunidad de 17 caracteres diferentes.

Diez y siete hermanas, en efecto. De las 19 que quedaron después de la partida para Paray, una hermana anciana muere a los tres meses y la única connovicia de Isabel sale algunos meses más tarde. Sor Genoveva, la única profesa joven del “noviciado” se une a la comunidad hacia fines de 1902, de modo que Isabel queda ya sola en el “noviciado”. Pero como la maestra de novicias es a la vez priora, el noviciado jamás estuvo separado de la comunidad para las recreaciones diarias. En 1904 entra una postulante, pero sale poco después. Finalmente en 1905 hay tres postulantes nuevas en el noviciado, pero la primera sale muy pronto, la segunda cambia de Carmelo, e Isabel moribunda tendrá la alegría de preparar la toma de hábito de la tercera hermana de velo blanco, y a quien desde lo alto del cielo vera también partir!! Esto quiere decir que Isabel ha conocido también la prueba de verse más o menos sola en el “noviciado” y la ultima en la comunidad, y ha visto cerca de si fracasos frecuentes. Esto significa también- y la madre Germana lo ha subrayado frecuentemente- que Isabel siendo la mas joven en una comunidad con varias hermanas ancianas y enfermas debió “arremangarse las mangas” para trabajar en los múltiples pequeños trabajos y oficios de un Carmelo!!

Isabel ha debido “hacerse” Carmelita

1.- Un postulantazo, con sol

Si la fundación del nuevo Carmelo de Paray-le- Monial empobreció en personal al Dijon, el fin del bullicio de la preocupación, del trabajo, de los contactos, de los sentimientos que pueden acompañar a una nueva fundación, lanzó a la joven priora y, con ella, a su comunidad a una nueva marcha espiritual, en busca de un gran fervor monacal basado en la regularidad y en la fidelidad al espíritu de oración. Es esta comunidad fervorosa, unida y, por tanto, feliz la que apoya los comienzos de la vida carmelitana de la hermana Isabel de la Trinidad.

Sabemos que estos principios se desenvuelven para la postulante bajo el sol: “si supieras cómo es de bello todo en el Carmelo; tu Sabeth no encuentra palabras para expresar su felicidad” (L. 88). “Todo es encantador en el Carmelo. A Dios se le encuentra lo mismo en el lavadero que en la oración. El lo llena todo. Se le vive. Se le respira. Si vieras qué feliz soy… mi horizonte se ensancha más cada día” (L.84 e). La vemos con todas sus aspiraciones finalmente cumplidas. La sedienta de Dios bebe a grandes sorbos. Todo es nuevo, todo el mundo es amable el discernimiento de madre Germana ayuda a la postulante cuya salud se resiente un poco por la emociones y tensiones del gran paso, por el proceso normal en el ritmo de vida y por las austeridades de la comunidad, hasta su toma de Hábito. Esta tiene lugar el 8 de diciembre de 1901, fiesta de la Inmaculada y además domingo. Es una fiesta celestial para Isabel!!! Su unión con Dios alcanza una alegría casi estática.

2.- Un Noviciado en la noche.

Imposible describir toda la vida concreta de Isabel en el Carmelo y todas las etapas de sus itinerarios espiritual (1). Nos limitaremos sobre todo a su visión del ideal carmelitano (Cf. III). Nuestras hermanas conocen en sus grandes líneas la vida de Isabel y saben que el año de noviciado para la más joven de las Carmelitas de Dijon ha sido bastante duro. Ciertamente que su generosidad no retrocedió ante ninguna de las dificultades de esta vida escondida y austera, que ella ha deseado con todas sus fuerzas. Acaso no había manifestado cuando ingresó que quería “vivir de amor”, “hacerse pequeñita, entregarse para siempre” ´y acaso no había dicho también que nada le inspiraba tanta aversión como “el egoísmo en cualquiera de sus manifestaciones” (M I 12).

Sin embargo durante este primer invierno en el Carmelo, sin calefacción, de su húmeda ciudad, una profunda noche le envolvió y la angustió. La mortificación del Carmelo (pensemos en el frió, el sueño corto, la higiene) la atrae; la misma mortificación llama profundamente a la energía de esta joven “moderna”, cuya vida burgués, con sus vacaciones, sus relaciones y sus diversos encuentros, había sido variada y poco monótona. Además, privada de toda manifestación musical, el inconsciente de la pianista consumada que era ella pudo haber sufrido una frustración, a pesar de la generosidad con que había hecho el sacrificio total. Al mismo tiempo, a 150 metros de distancia, está una madre querida que llora siempre la partida de su hija. “Pensando en ti, mi corazón ha sangrado algunas veces” (L.178), confiesa la carmelita, íntimamente unida a su madre: Isabel ha padecido todos estos desgarramientos secretos que la lúcida bondad maternal de Madre Germana ha querido curar remitiéndolos solo a Dios. Dado que “el rasgo dominante de su carácter” era “la sensibilidad” (N I 12), la primera adaptación a la vida de Carmelita, durante el año de noviciado con una segunda adaptación más profunda al desierto teresiano y a la “nada” sanjuanista.

La hermana Isabel de la Trinidad sufrirá una confusión íntima que llegará hasta la rebelión de su inteligencia, de su sensibilidad; de su imaginación, que tratará de dominar y de orientar más o menos, en cuanto es posible. Novicia del Carmelo, aceptando las múltiples prescripciones, costumbres y precauciones de la vida religiosa de comienzos del siglo, deseosísima de hacerlo todo a la perfección, cae de nuevo en la incertidumbre de los escrúpulos. Ya antes a los 13 años había sufrido una primera fase de lo mismo, igual que tantas otras jóvenes de ese fin de siglo, en el que las escuelas del jansenismo ejercían todavía su influjo nefasto.

Es la noche de Isabel. Ella sabe que Dios la permite, que Dios la acompaña, con su presencia divina, que no siente, pero en la cual cree con todo su alma tan “cristiana”. La prueba quema nuevamente su salud y se consulta al medico. Isabel no abandonará por propia iniciativa el ideal al que se cree llamada de siempre. Con su generoso amor al Crucificado se adhiere a los consejos u al estimulo de la Madre Germana que resumen en “fe”, “oración” y “confianza”. Lo que no impide que la miseria interior de Isabel sea tan grande que, la víspera misma de su profesión, la priora llame al padre Vergne para que examine la vocación de Isabel y la oportunidad de su compromiso. Isabel está en “el limite de la angustia” (L .152).

3.- Una gran paz.

Al día siguiente, 11 de enero de 1903, domingo de Epifanía, totalmente penetrada de la exhortación de san Pablo: “Os ruego, pues, que ofrezcáis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, grata a Dios: tal será vuestro culto espiritual “ (Rom. 12,1) Isabel pronuncia sus Votos. “La noche que precedió al gran día, escribirá algunos meses más tarde (L.169), mientras estaba en el coro a la espera del Esposo, comprendí que mi cielo comenzaba en la tierra, el cielo en la fe, con el sufrimiento y la inmolación por aquel a quien amo”!!! Franqueado el umbral definitivo de su profesión, una gran paz la inundó, como aurora de un tiempo nuevo en el que parece que nada podrá alterar su felicidad. La noche cede lugar a la luz y a la experiencia de la presencia amada de Dios: “le siento tan vivo en mí alma” (l. 169). “Soy Isabel de la Trinidad, es decir, Isabel que desaparece, que se pierde, que se deja invadir por los Tres” (L. 172), “siento tanto amor en mi alma, es como un océano en el cual me sumerjo, me pierdo; es mi visión de la tierra, esperando la luz cara a cara” (L. 177), “esta unión divina e íntima es como la esencia de nuestra vida en el Carmelo; esto es lo que hace a nuestra soledad tan amable” (L.184). Qué adorable misterio de caridad!! Quisiera responder a él pasando en la tierra como la Virgen Santa, “conservando todas estas cosas en mi corazón”, sepultándome, por así decirlo, en el fondo de mi alma a fin de perderme en la Trinidad que mora en mí, para trasformarme en Ella” (L.185). “El es el único Ser a quien entregué cuanto poseía. Si contemplo las cosas desde la tierra, descubro soledad y hasta vacío por que, ciertamente, no puedo decir que mi corazón no haya sufrido. Pero cuando fijo mi mirada en El, mi Astro luminoso, OH! Entonces todo lo demás desaparece y me pierdo en el como la gota de agua en el océano. Todo queda tranquilo y sereno y es tan dulce la paz de Dios… tengo tanta hambre de El… está abriendo profundos abismos en mi alma, abismos que sólo el puede llenar. Por eso me sumerge en silencios tan profundos de donde no quisiera salir” (L. e 166). “Es tan hermoso el horizonte… el sol divino hace brillar su gran luz. Ruegue para que esta mariposita queme sus alas en sus rayos” (L,e 185).

4.- Conclusiones

En el momento en que Isabel escribe este último texto lleva ya tres años en el Carmelo, bien anclada ya en su nueva vida. Pero es conveniente sacar algunas conclusiones y hacer algunas observaciones sobre este primer período.

1) A pesar de ser joven profundamente cristiana, ciertamente una verdadera “santita”, Isabel ha debido “hacerse” Carmelita.
2) La actitud positiva de Madre Germana, hecha de clarividencia, de confianza y de paciencia, ha desempeñado un papel enorme en la educación de esta vocación, que el Señor le ha confiado.
3) La dura prueba ha fortalecido muchísimo la base de virtudes, ya bien asentada antes de su ingreso.
4) Madre Germana y hermana María de la Trinidad mencionan en particular la virtud de la humildad. La facilidad para el recogimiento y los progresos espirituales, que Isabel había ya logrado, hubieran podido inspirarle juicios más severos acerca de ciertas hermanas menos favorecidas o más probadas.
5) La prueba ha dado colorido, pero no impedido totalmente su búsqueda contemplativa de Dios. En la fe, frecuentemente oscura, y en el sufrimiento angustioso, ha elevado sin cesar la mirada de Dios escondido, pero presente!!!
6) La prueba no impide en absoluto- al contrario- la alegría de amar, alegría que fundamente también en la fe, pero que llena lo más recóndito de su ser, de ese corazón que sigue entregándose a un ideal altísimo ya que no es otro que el mismo Dios, quien se siente amada. Isabel dice la verdad cuando explica su felicidad,- aunque esconda su precio…revela su secreto cuando responde a una pregunta referente al frío del invierno: “El Señor da sus gracias. Además, es tan agradable, cuando se sienten estas cositas (notemos la relativizacion), contemplar al Divino Maestro que padeció también estos sufrimientos porque nos ha amado excesivamente según dice san Pablo (Ef. 2, 4). Uno sienta entonces sed de devolverle amor por amor. Hay muchos sacrificios como estos en el Carmelo (la confesión se hace más grande), pero son tan dulces cuando el corazón está totalmente enamorado (el amor endulza lo amargo). Voy a decirle lo que hago cuando me encuentro un poco cansada (el principio es válido también para los grandes cansancios): miro al crucifijo y, al ver cómo El se sacrificó por mí, me parece que lo menos que puedo hacer por El es gastar y quemar mi vida para devolverle algo de cuanto El me entregó” (L.e, 136)

Los “Maestros” de Isabel

Madre Germana ha subrayado frecuentemente que antes de cualquier otro ha sido el Espíritu Santo el Maestro que ha formado a Isabel. Ha sido El quien le ha enseñado este recogimiento profundo, revelándole la dulzura de la divina presencia, en la Eucaristía y en su alma. Ella, por así decirlo, ha experimentado la verdad de la existencia de Dios y de su amor por nosotros, la verdad de Jesús y de la Eucaristía. La fe lleva a la niña a la experiencia de la presencia de Dios; la experiencia llevará a la joven a la apertura total y disponible para las grandes realidades de la fe cristiana de las que oye hablar en la catequesis, las homilías, los sermones, las “conferencias para jóvenes” y las instrucciones de algunos retiros que hace. Además en las lecturas hechas, más bien sobrias, antes o después de su entrada al Carmelo.

En la oración, Jesús es el “Maestro”, que ilumina su fe, como lo hizo al encender el corazón de los discípulos de Meaux (Lc. 24,32). En la oración, como en todo lo que es olvido de sí mismo por amor a Cristo, la formación intelectual se enriquece con una formación para la relación con Dios y para la donación a su voluntad. Este contacto de amor fue el que dio a Isabel esa resonancia afectiva, esa fuerza de atracción en las “verdades” de la fe, ese ambiente de comunicación en una relación interpersonal. Al entrar en el Carmelo, a la pregunta sobre qué libro prefería, Isabel respondió significativamente: “El alma de Cristo…ella me descubre todos los secretos del Padre que está en los cielos” (NI 12). En su gran oración escribirá: OH verbo eterno, palabra de mi Dios! Quiero pasar mi vida escuchándoos; quiero ser un alma atenta siempre a vuestras enseñanzas para aprenderlo todo de vos” (NI 15) . Había que subrayar también que el substrato doctrinal del Carmelo de Dijon era bastante sólido. Los contactos frecuentes con buenos predicadores y directores espirituales como el teólogo y canónigo Sauve y el Dominicano P. Vallée, acompañados de la lectura de sus notas y la conversación entre las hermanas; habían contribuido a la buena formación de la Comunidad, sencilla, pero sólida.

Madre María de Jesús, y después y sobre todo, Madre Germana trabajaron en la formación monacal de Isabel. De acuerdo a un punto de las constituciones teresianas, la maestra de novicias encontraba diariamente a cada novicia durante algunos minutos; ésta daba cuenta de su oración y pedía los “permisos”; formación detallada, pero fecunda a la larga, enriquecida ordinariamente con “dirección” un poco más larga, y con la “lectura” diaria por la tarde en el noviciado (1). Para ciertas lecturas la M. Germana pedía ayuda a la hermana María de la Trinidad, reservándose, sin embargo, la explicación de las Constituciones y del Camino de Perfección (instrucciones que era las que más le gustaba a Isabel).

Tenemos aquí su primer maestro entre los mediadores históricos: nuestra Santa Madre Teresa! Es “su santa preferida” declara Isabel al entrar al Carmelo, “porque murió de amor” (NI 12). Novicia considera que ser esposa de Cristo en el Carmelo exige “tener el corazón encendido de Elías; el corazón transverberado de Teresa, “su verdadera esposa, que cela su honor” (NI 13). Profesa, quisiera amar a Jesús “como mi seráfica Madre hasta morir de amor: “O caritatis victima” cantamos el día de su fiesta. Esta es toda mi ambición: ser víctima del amor” (L. e 147).
Pero más que por sus escritos, la Madre Teresa ejerce en Isabel su influjo por su obra de Fundadora y por su ejemplo seráfico: “ha amado tanto que muerto de amor” (L.136); para Isabel Santa Teresa es el Capitán del ejercito en el que deben marchar con paso firme cada una de sus hijas; la madre que hay que mirar e invocar, que desde lo alto del cielo protege, estimula y conduce; la reformadora genial, que a precio de grandes sacrificios, concibió el Carmelo como un desierto fraterno y eclesial, como espacio para la oración ininterrumpida: con la estructura de la vida de las Carmelitas- “nuestra manera de proceder”- ha forjado el molde que da forma, en sus líneas esenciales, a la santidad de sus hermanas reformadas. En este sentido podemos decir que la primera “maestra de novicias” de Isabel- y de toda Carmelita- es la vida misma, tal como la Madre Teresa la ha modelado y orientado. Isabel dice:”si viese qué amor siento por esta regla /”Regla” en un sentido muy amplio, como lo veremos más adelante) que es el estilo de santidad que El desea para mí” (L.e 147).

La plenitud de su vida de carmelita será la plenitud de la santidad evangélica, pero la plenitud de la santidad evangélica, pero la plenitud de la santidad cristiana deberá realizarse en la autenticidad de la vocación carmelitana. “La esposa de Cristo” será “la esposa del Carmelo” (NI 13). Ser Carmelita de verdad es ser llamada a la santidad: “pídele (a Santa Teresa) también un poco por mí para que sea una auténtica Carmelita. Es decir, una santa ni más ni menos” (L.e,117). Y esto por la iglesia: “Amar es ser apóstol,/…fue el secreto misterioso que animaba a nuestros santos, / cómo inflamaban las almas./ daban en todo a Jesús,/ su corazón irradiaban” (P.e 90). Entre “nuestros santos” que “irradiaban”, como no reconocer el autor de llama de amor viva, uno de los pocos libros que Isabel guardaba en su celda, junto en un mismo volumen con el Cántico Espiritual. Es este un volumen que ella “ama tanto” (L. 106) y al que en cierto momento llamará “todo el alimento de mi alma” (L. 241) oh, cómo esta enamorada de él! “nuestro bienaventurado padre san Juan de la Cruz” (L. 185), este “gran doctor del amor” (L. 274), “que penetró profundamente en el conocimiento de Dios” (L. e 118)!! Si la Madre esta presente por todas partes en la vida de Isabel con su ejemplo, su espíritu y con la forma de vida que legó a sus hijas, los escritos del pequeño fraile de Durelo- este “Senequita” como lo llamaba la Madre Teresa!- parecen, a su vez, ejercer un impacto afectivo y doctrinal más fuerte que los de la Madre.

Entre “nuestros Santos”, tenemos también a una pequeña Carmelita muerta en olor a santidad” (L. 206), con el mismo nombre, el mismo hábito el mismo deseo de amar y el mismo ardor apostólico de la Madre: la hermana Teresita del Niño Jesús. En el Carmelo, Isabel tendrá un contacto con la Historia de un alma, y aún más sentirá su bienhechor influjo, con la ayuda de la madre Germana, totalmente conquistada por la doctrina de su hermana de Lisieux. Teresita es desde entonces venerada e invocada en el noviciado de Dijon, en el que aparece su retrato (L. 179), nota 16! La doctrina de Teresita influirá en Isabel sobre todo en el campo del deseo de amar, de su encarnación en las “cosas pequeñas” y en la actitud de confiando abandono frente a nuestras faltas, al sufrimiento, a la muerte y a la plenitud de nuestra santidad (1).

Leamos solamente un pasaje, en donde se reconoce fácilmente la presencia de Teresita: “…Sor Teresa del niño Jesús. Sí Germanita mía (una amiguita), vivamos de amor, seamos como ella, siempre generosas, inmolándose constantemente, haciendo la voluntad de Dios sin buscar cosa extraordinarias. Luego, hagámonos pequeñitas, dejemos llevar como el niño en brazos de su madre, por Aquel que es nuestro Todo. Sí, hermanita mía, somos muy débiles. Me atrevería hasta decir: no somos más que miseria. Pero El lo sabe. Le gusta tanto perdonarnos, volvernos a levantar, transformarnos en el (…) yo también Germana, quiero ser santa, santa para hacerle feliz. Pídele que viva solamente de amor. “Es mi vocación”. (…) Tal vez descubramos algunas deficiencias e infidelidades. Entreguémoslas al Amor. Es un fuego que consume. Pasemos nuestro purgatorio en su amor (L. e 153)

En relación con la beata Isabel de la Trinidad se pregunta a veces sobre su “originalidad”- no es este el lugar para profundizar en este asunto-. Preguntémonos solamente: le interesaría a ella el ser original?... su único deseo fue llevar una vida escondida con Cristo en Dios, amar, orar, ser corredentora en la iglesia. El mensaje profético de Isabel de la Trinidad consiste ante todo en la intensidad de su vida santa, de la que sus escritos son providencialmente testigos cualificados.
Ciertamente que una de las “originalidades” de Isabel de la Trinidad consiste en su exploración personal y entusiasta del Nuevo Testamento, y mas exactamente del aspecto “místico” de la Revelación” particularmente de la invitación amorosa de los Tres en nosotros y de nuestra configuración con Cristo, tal como nos lo han enseñado especialmente San Pablo y San Juan, (Evangelio, primera carta, Apocalipsis).. No explicamos todo esto, porque es muy conocido de nuestras hermanas (1). Recordemos de todos modos la costumbre feliz del Carmelo o de la “lectura” del noviciado, un cuarto de hora a la lectura del Manual del Cristiano, es decir, a la lectura del Nuevo Testamento (una parte de un salmo y algunos versículos de la Imitación). El contacto directo y constante con el nuevo testamento ha ayudado poderosamente a dar al mensaje de Isabel su grande objetividad de la fe.

“Tan feliz muriendo Carmelita” (L. e, 245)

Para completar el cuadro que nos permitirá comprender mejor, en la tercera parte, la visión isabelina del ideal carmelitano, recorramos rápidamente los tres años y nueve meses que pasó en el Carmelo después de su profesión.

Su profesión el 10 de enero de 1903 inaugura un período de paz. De alegría, de unión con Dios que parece nada puede amenazar. Isabel asume los oficios de segunda ropera y de segunda tornera (para el torno interno, pues en el Carmelo de Dijon había hermanas externas torneras). En el grupo, ella es una “hermanita”, que, sin embargo, llama la atención de las demás por su recogimiento casi como natural y habitual, pero siempre en sintonía con las cualidades que los testigos le atribuyen unanimamente: amabilidad, sencillez, alegría y servicialidad, sobre todo en relación con la vida comunitaria.

Amenazado más o menos siempre del peligro de expatriarse, el Carmelo de Dijon permanece sin embargo en su lugar, y el deseo de la joven aspirante de “desaparecer para siempre para vivir inmersa en la soledad” (P. 31) puede ser respetada. Privada de la autorización del voto civil para las mujeres y por la ausencia de cuidados médicos especializados (consecuencia su muerte a los 26 años)….. Isabel no volverá a ver ni una sola vez el Boulevard Carnot, después de su ingreso al Monasterio. Suceda lo que suceda ella será siempre contemplativa: “Mi querida clausura me entusiasma. Me pregunto a veces, si no es exagerado mi amor por esta celdita donde se está tan a gusto a solas con el solo. Tal vez, Dios me pida algún día el sacrificio de abandonarla. Estoy dispuesta a seguirlo por todas partes. Mi alma exclamará entonces con San Pablo: quién me separará del amor de Cristo? (Rom. 8, 35). Reina en mi interior una soledad donde el mora y nadie me le puede arrebatar” (L. e, 139).

Isabel, contemplativa con temperamento artístico, está totalmente enajenada por la belleza del amor de Dios, y particularmente por el amor de los Tres entre ellos mismos y en nuestras almas, belleza también manifestada en el don vivificante de Cristo en la cruz, prolongado en el misterio de la Eucaristía. Lectora apasionada de San Pablo, después de haber citado largamente su carta preferida, la de los efesios, Isabel condensa espontáneamente su ideal en la formula paulina: ser para Dios “la alabanza de su gloria” (Ef. 1, 6 y 12). Nos encontramos en el 25 de enero de 1904. (No hay duda posible sobre esta fecha. Cf.: L. e 167) la formula le es cada día más querida, síntesis perfecta de la visión fundamental de su vida contemplativa y cristiana… ya que San Pablo la escribió para los laicos de Efeso, para todo cristiano. Isabel acabará llamándose “Laudem Gloriae”, alabanza de Gloria.

Cómo alabar suficientemente y por siempre esta Gloria de Misericordia? Cómo abrirse suficientemente y por siempre a la santidad de Dios? Estos deseos aumentan incesantemente del alma de Isabel, junto con el conocimiento de su impotencia humana. Después de un retiro personal muy fervoroso al inicio del otoño, después de otro predicado por el P. Fages, el 21 de noviembre de 1904, después de haber renovado sus votos religiosos en la fiesta redacta por la tarde su Oración ¡OH Dios mío”, Trinidad a quien adoro” (N I 15). Oración maravillosa!! Sin embargo ni la belleza teológica ni espiritual ni estilística era el punto principal en la intención de Isabel. Es su “acto de ofrenda” a la Trinidad. Su finalidad es suplicar al Espíritu Santo que “venga a ella (como a María) , que “la revista” de Jesús con el fin de que la distancia, de una parte, entre el ideal contemplativo y cristo céntrico, tan bien enunciado en la primera parte de la oración, y de otra, las posibilidades humanas (“pero reconozco mi impotencia. Por eso os pido…) sea superada en cuanto sea posible y que la carmelita sea finalmente para Cristo “una humanidad suplementaria, donde renueve todo su misterio”, de Adorador”, de “Reparador” de “Salvador”.

El propósito de Isabel se manifiesta en esta pequeña frase tan radical, tan sincera, tan deseosa de vivir con todas sus consecuencias: “Me entrego a Vos como victima”.

Isabel tiene solamente dos años más de vida. Minada por la enfermedad de Addison (de origen tuberculoso?), sus fuerzas físicas disminuyen cada vez más. Con algunos cuidados, procura seguir la vida y el trabajo comunitarios. Pero en agosto de 1905 deja su oficio de segunda tornera y en marzo de 1906 entra en la enfermería. No hay ninguna esperanza de conservarla por mucho tiempo… las crisis, los sufrimientos físicos, debidos a las múltiples complicaciones de la enfermedad, la casi imposibilidad de alimentarse no logran destruir la fuerza del alma, la fe intrépida, la contemplación asidua de la joven desahuciada. Una cierta mejoría que alcanza, después de haber invocado a la hermana Teresita del Niño Jesús y que le permitió poderse sostener nuevamente en sus propias piernas (cf. L. e, 260) está llena sobre todo de grandes esfuerzos, a veces heroicos, para poder llegar a la pequeña “tribuna” cercana, que da a la Capilla, donde reza mucho y sigue los actos de la comunidad reunida en el Coro bajo. En su Último Retiro escribe: “El quiere asociar a su Esposa a su obra de redención. Este camino doloroso se presenta al alma que lo recorre como si fuese la ruta de la felicidad, no solo porque a ella conduce sino también porque el divino Maestro la hace comprender que debe superar la amargura del sufrimiento para encontrar como el su descanso en el dolor” (D R 13).

Comenzando plenamente “en el cielo de su alma”, su futuro oficio de “Alabanza” y de amor en el cielo de la gloria” (D R 20) , alimenta su sueño audaz de ser, acá en la tierra, no solamente transformada en Jesucristo, sino en Jesucristo crucificado, antes de la transformación definitiva en Jesucristo glorificado, en el cielo. “Antes de morir, sueño en transformarme en Jesús crucificado, y esto me da gran fuerza en el sufrimiento” (L. 324). Contempla con frecuencia a María, Reina de los mártires (D R 40-41). Cristo “me la da por Madre… y ahora que El ha vuelto al Padre y me ha puesto en su lugar sobre la cruz para que complete en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo en bien de su cuerpo, que es la iglesia. La virgen permanece a mi lado para enseñarme a sufrir como el, para hacerme sentir y comprender los últimos acentos de su alma, que solamente Ella, su Madre, pudo percibir” (D R 41). La “alabanza de gloria” se llamará en adelante gustosamente “una hostia de alabanza de gloria” (L 294).

“Me voy a la luz, al Amor; a la Vida” fueron sus últimas palabras inteligibles. En la aurora del 9 de noviembre de 1906 la hermana Isabel de la Trinidad entraba gozosa en el cielo.


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