En presencia de Dios | PDF

Sor Isabel de la TrinidadIsabel de la Trinidad es la respuesta evangélica a esa necesidad, la más arraigada de nuestro tiempo: DIOS. Lo presintió ella escribiendo algunos días antes de su muerte: "Me parece que en el cielo, mi misión será atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí, para adherirse a Dios...

 


 

PRESENCIA O AUSENCIA DE DIOS

"¡El mundo desesperado llama a Dios!" Este grito angustiado de un obispo de ta Europa Central, oído en el transcurso de los trabajos de la Comisión teológica del Vaticano II, nos desconcertó a todos. Se estaba en plena discusión sobre el papel de la Iglesia en el mundo.

Recogiéndose así, a la luz del Evangelio, para discernir los signos de los tiempos y poder transmitir mejor a los hombres el mensaje divino, la Iglesia constataba con tristeza el trágico destino del hombre moderno, centrado desesperadamente en él mismo, y, sin embargo, atormentado más que nunca por la llamada del Infinito.

Para el que observe objetivamente, con mirada de fe, nuestra civilización técnica, es la constatación doloroso de un mundo sin Cristo y sin Dios (Eph 2, 12). No son ya algunos hombres aislados que, por ignorancia o por pasión, rechazan la existencia de Dios, sino pueblos enteros, innumerables espíritus, que militan con ardor para que la humanidad entera expulse a Dios de la explicación del mundo. ¿Sería, pues, verdadera blasfemia de Nietzsche:

"¡Dios ha muerto!"? Sin embargo, en todos los países ha surgido una corriente espiritual entre las élites, aparece una nueva humanidad insatisfecha de un materialismo que no explica nada, pero que conduce al absurdo y a la desesperación. La Iglesia del Concilio, una Iglesia de faz joven y radiante, reaparece, animada por el soplo de un nuevo Pentecostés, resuelta con el apoyo de su Maestro a proclamar por doquier el Nombre del Ünico Señor. Nunca el mundo estuvo a la vez tan lejos y tan cerca de Dios.

¿Hay una tarea más actual, más constructiva y liberadora, que recordar a los hombres la trascendencia de Dios, su Presencia creadora y divinizante, descubriéndoles su propia grandeza de hijos de Dios por la gracia? Tal es  el sentido de este libro y del mensaje que transmite; mensaje de extrema actualidad. Cuando se me pidió la traducción al japonés de "La doctrina espiritual de Isabel de la Trinidad", se me escribió: "Sartre ha pasado entre nosotros con su existencialismo ateo; nosotros queremos responder a ello con una colección nueva, publicando en primer lugar los escritos de la santa de la Presencia de Dios".

Isabel de la Trinidad es la respuesta evangélica a esa necesidad, la más arraigada de nuestro tiempo: DIOS. Lo presintió ella escribiendo algunos días antes de su muerte: "Me parece que en el cielo, mi misión será atraer a las almas, ayudándolas a salir de sí, para adherirse a Dios por un movimiento muy simple y muy amoroso, y guardarlas en ese gran silencio interior que permite a Dios imprimiese en ellas y transformarlas en Él". Y antes de morir, legaba a su priora su vocación eterna de alabanza
de gloria de la Trinidad.

En esta época de activismo que amenaza esterilizar los más generosos esfuerzos de apostolado, Isabel de la Trinidad revela a todas las almas la primacía de la vida interior y de la unión con Dios. Su destello espiritual se ha extendido por todo el mundo. Ha conmovido a muchedumbre de almas sacerdotales y religiosas, ha estimulado a innumerables bautizados y apóstoles de Acción católica.

Enseña a todos a vivir, en medio de las actividades exteriores más desbordantes, en la intimidad divina; por la fe y el amor, sin otro horizonte que Dios. Arrastra a las almas selectas a una vida de perpetuo excederse uno mismo, a imitación de Cristo, no viviendo más que para la gloria del Padre. Su misión es más actual que nunca. En este mundo laicizado, donde millares de hombres gimen en una atmósfera de humanismo ateo, su ejemplo nos recuerda reciamente la vocación de toda criatura y el fin supremo del universo: la glorificación de Dios, "la alabanza de gloria de la indivisible Trinidad".

ROMA, 14 de septiembre de 1965
En la apertura de la 4." sesión, conciliar del Concilio Vaticano II.

DOCUMENTO EN PDF:

En presencia de Dios