Legado catequético del beato Francisco Palau

Legado catequético del beato Francisco Palau

A lo largo de la historia de la Congregación se han realizado muchos estudios sobre el P. Palau, entre ellos el aspecto catequístico, que percibo limitado a una faceta del Padre o, simplemente, a la Escuela de la Virtud. Por esta razón, opté porque la línea de mi profundización estuviera centrada en la persona del P. Palau, como agente de catequesis, que supo responder a las exigencias pastorales de su época, a partir de los lineamientos eclesiástico-doctrinales, con un estilo muy personal, pero dinamizador de su servicio a la evangelización y a la pastoral parroquial de San Agustín.

Con el titulo, Legado Catequístico del Beato Francisco Palau, quiero despertar la conciencia de la necesidad de profundizar en la actualidad y retos que nos propone hoy esta dimensión catequética del Padre, de cara a una de las expresiones de nuestra misión apostólica, como lo es el servicio catequístico en la Iglesia. Así como, del legado catequístico que nos ha dejado, para ser sabiamente administrado y multiplicado en favor de los fieles cristianos. Y a la luz del Directorio General de Catequesis, porque es el documento más actual en el que la Iglesia, finalmente, ha podido concretar unos lineamientos comunes en el ámbito de la catequesis, que orientan adecuadamente el ministerio, servicio y acto catequístico en sí, tanto en los contenidos, como en la pedagogía y los métodos a emplear.

El argumento está desarrollado en cinco capítulos que permiten apreciar el legado catequético del P. Palau en su ser, saber y saber hacer, ubicado en el contexto de la catequesis de la época que le toco vivir. Así en un primer momento presento la catequesis en la edad moderna, es decir, desde Trento hasta nuestros días, por ser base fundamental para comprender la acción pastoral-catequética del P. Palau en su época (I). Con los capítulos II, III y IV muestro respectivamente: algunos rasgos que caracterizan al P. Palau como un auténtico catequista de su tiempo; la catequesis palautiana, centrada en una etapa especifica del proceso de maduración en la fe (hoy fundamental), como fue la catequesis de adultos y; las tareas fundamentales de la catequesis hoy, como lo son: el análisis de la realidad, la programación de la acción catequística y, el uso de un texto base para el acto catequístico, aspectos que formaron parte de la praxis catequética del P. Palau. El último capítulo está centrado en los retos que se presentan hoy p ara la misión apostólica de las Carmelitas Misioneras, partiendo de una experiencia intensamente vivida y legada del P. Palau y, de los últimos aportes, al mejoramiento del servicio catequístico dentro de la Iglesia.

Esta profundización tiene como fuente, básicamente, las páginas periodísticas publicadas y las cartas remitidas por el P. Palau entre los años 1851-1854, época en la que actuó con intensidad su dimensión catequística. La razón fundamental es demostrar que la acción catequística del P. Palau, desarrollada en San Agustín, no fue improvisada en sus inicios y, mucho menos, en su defensa; sino que fue estudiada, propuesta y puesta en práctica desde su concepción hasta su prohibición. Esto no quiere decir que se hayan omitido sus grandes obras en el ámbito de la catequesis, como lo fueron: el Catecismo de la Virtud y la Escuela de la Virtud Vindicada. Al contrario, se ha querido resaltar la riqueza pastoral, que encierran las páginas periodísticas, en su contenido. Lejos de pretender dar afirmaciones conclusivas, esta profundización tiene la finalidad de “estar abierta” a una posterior profundización o investigación, convirtiéndose así en una base o fuente para nuevos trabajos. De hecho, puede ser utilizada para motivar otras propuestas de estudio Palautiano y/o favorecer vinculaciones significativas con otros temas catequéticos.

Antes de iniciar el desarrollo de los capítulos propuestos, creo conveniente presentar y precisar algunos aspectos significativos de las distintas etapas de la vida temporal del Beato Francisco Palau y Quer, para el cual me he servido de la información recogida en la Positio por la Sagrada Congregación para la causa de los santos:

Nace en Aytona (diócesis de Lérida-España) el 29 de diciembre de 1811, sus padres José y María Antonia. Séptimo de nueve hijos, es bautizado el mismo día del nacimiento y recibe el sacramento de la confirmación el 11 de abril de 1817. A los 17 años, en el 1828, entra en el seminario de Lérida, donde permanece por cuatro años preparándose para el sacerdocio.

Persuadido de la llamada a la vida religiosa, abandona el seminario y, en 1832, entra en los Carmelitas Descalzos en Barcelona, tomando el nombre religioso de Francisco de Jesús María y José. El 25 de junio de 1835 se ve obligado a interrumpirles inesperadamente, ya que es expulsado violentamente del convento a causa de la revolución desatada. A consecuencia de la supresión o expropiación de los conventos de la Orden Carmelitana, no pudo continuar la vida claustral, pero se mantuvo siempre fiel a su vocación religiosa. Convencido de poderla realizar como sacerdote, acepta la ordenación presbiteral que le es conferida en Barbastro (Huesca-España) el 2 de abril de 1836 por el Obispo Mons. Santiago Fort y Puig. Los acontecimientos políticos de España interrumpen bruscamente su actividad apostólica, obligándolo, desde 1840 a 1851, al exilio en Francia.

En 1851 regresa definitivamente a España y se incardina en la diócesis de Barcelona, retomando su actividad sacerdotal. Hombre emprendedor y dinámico, funda y dirige en la parroquia San Agustín de Barcelona, la Escuela de la Virtud, grandiosa obra catequística, con la que obtiene extraordinarios frutos de revangelización. Acusada injustamente de estar implicada en los desordenes sociales, surgidos en la ciudad, en marzo de 1854 la Escuela es cerrada por las autoridades civiles y su director, P. Francisco Palau, es confinado en la isla de Ibiza. Permanece exiliado seis largos años, hasta 1860, entregado a la vida solitaria, a la contemplación del misterio de la Iglesia, la propagación de la devoción mariana y la evangelización de la isla. Reconocida su inocencia y recuperada la libertad de acción, se dona con entusiasmo al servicio de la Iglesia en diversos campos. En un primer momento concentra sus energías en la predicación del Evangelio en las grandes ciudades, como Madrid, Barcelona, Palma de Mallorca, Ciudadela, entre otras.

Al termino de sus compromisos de predicación en Ciudadela, en 1860, una particular luz sobrenatural lo trasforma. Se le manifiesta todo el misterio de comunión de la Iglesia como Cuerpo Místico de Cristo. Concibe su vida como una misión para amarla y para gritar al mundo su belleza y su misterio: «Tu sabes, Iglesia santa, que si vivo, vivo por ti». Dedica infatigablemente, sin cansarse, los últimos años de su vida a un apostolado siempre más diversificado y comprometedor. Casi al mismo tiempo se ocupa de la fundación de su familia religiosa, el Carmelo Misionero en sus dos ramas: masculina y femenina. Asociando algunas tentativas realizadas, antes en Francia y después en Lérida y Aytona, a partir de 1860 logra reunir algunas comunidades en las islas Baleares y en Cataluña.

A partir de 1864 se dedica, con la pasión eclesial que lo caracteriza, a otro apostolado de gran empeño e sacrificio: el exorcistado. En 1866 viaja a Roma para exponerle al Papa Pío IX sus preocupaciones al respecto. Durante su permanencia en Roma (diciembre 1866-marzo1867) el Superior de los Carmelitas Descalzos lo nombra Director de los Terciarios de la Orden en España. Esto da consistencia legal a su renovado empeño de vida religiosa, que lo lleva a fundar el Carmelo Misionero, que hoy perdura en dos Congregaciones: las Carmelitas Misioneras y las Carmelitas Misioneras Teresianas. El 20 de marzo de 1872, rodeado de un grupo de hijos e hijas espirituales, entra en la paz de los justos, pronunciando su última invocación a la Iglesia, que evoca la exclamación final de su santa madre Teresa de Jesús: «¡Cuan dulce, cuan agradable, cuan delicioso debe ser el descanso en los brazos de una Madre Virgen y pura como es la Iglesia triunfante!». El 24 de abril de 1988, el Papa Juan Pablo II lo proclamó beato, en la Plaza de San Pedro en Roma.

AUTOR: Hna. Liliana Rangel Ramírez, CM

 

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