Aquellos hermosos años de la infancia

Aquellos hermosos años de la infancia

1. Este es don Jaime de Ossó. Un hombre joven todavía, de cuerpo vig oroso, alma recta, carácter enérgico.Es propietario suficientemente acaudalado y en su casa se vive bien. Labra y hace labrar sus fincas. No le gusta consumir tiempo y energías en aquellas terribles luchas políticas de la época que pasan como un vendaval sobre la superficie de España, talando el bosque de nuestras costumbres y modos de vivir deliciosamente tranquilos. Él ama la paz, el orden y el trabajo.

Buen cristiano, buen español, buen catalán. Cuando no en el campo, es en casa donde se le encuentra. En 1840, lector, la familia donde no había entrado el virus político era un verdadero santuario y como a tal había que darle culto. Sólo faltaba en él la lámpara y a veces también se encendía.

Su esposa, Micaela, era una mujer excepcional. Profundamente creyente, limpia hasta la exageración, instruida, bondadosa, bella y sencilla. Más delicada que su marido, no sólo por exigencia de su feminidad sino por la hermosura de carácter con que Dios la había enriquecido. Y mucho más piadosa también. Porque don Jaime, sin dejar nunca de ser cristiano viejo, tenía muy acentuado eso que suelen llamar sentido práctico, por el cual a veces los hombres miran con demasiado contentamiento las cosas de la tierra.

A doña Micaela, fina y caritativa, atenta y buena, amiga de todos, la querían las gentes de Vinebre porque no había más remedio que quererla. Su marido el primero que, como suele suceder en estos hombres de equilibrada aunque recia contextura, se dejaba vencer con gozosa facilidad por las dulces insinuaciones de aquella mujer encantadora. No había conflictos en el matrimonio. No podía haberlos. Tenían además dos hijos pequeños que eran toda su alegría. Jaime, como su padre, se llamaba el primero. Dolores, la segunda. Vivían donde habían nacido: en Vinebre.

Vinebre es un pueblecito pintoresco de la provincia de Tarragona y diócesis de Tortosa que se levanta a las orillas del Ebro entre olivares y viñedos, un poco presumido de su natural belleza. El Ebro, al pasar por allí, viene cargado con las resonancias de muchas jotas riojanas y aragonesas que ha oído en su camino y corre lento y majestuoso y hasta casi diría un poco triste, porque presiente que el curso de su vida se le va a acabar muy pronto. Siempre generoso, consiente todavía en derramarse con pródiga abundancia sobre toda aquella campiña, gracias a él espléndida y fertilísima.
Tenía el pueblo por esta época unas cuantas calles estrechas y tortuosas, doscientas o trescientas casas, muchas de ellas de dos pisos, 1.400 habitantes, y una hermosa iglesia parroquial dedicada a San Juan Bautista en el misterio de su degollación. En las afueras, hacia el Este, en la sierra de Mores, una ermita en que se daba y se da culto al Arcángel San Miguel.

2. Años de 1830 al 40.  Turbulentos y fatigosos como pocos.
Don Jaime de Ossó y doña Micaela Cervelló han vivido su noviazgo primero, su luna de miel después, y más tarde los instantes llenos de estremecimiento de la paternidad fecunda, entre noticias y episodios múltiples que hasta Vinebre llegaron más de una vez manchando de sangre sus casas limpias y turbando el sosiego de sus moradores. Son los años en que Cabrera, el general carlista, hace retemblar las tierras catalanas al paso de sus brigadas legendarias.
Un día, a las puertas mismas de Tortosa, es fusilada su madre por orden del feroz Nogueras. El caudillo carlista ruge de cólera al saberlo y pronuncia aquellas palabras que salieron de sus labios entre espumas de rabia y de furor:
- Me ahogo, denme agua. No quiero agua…sangre, sangre, es lo que quiero. ¡Temblará el mundo! ¡Desgraciado del que me hable de piedad y compasión…!
Desde aquel instante el antiguo seminarista de Tortosa empieza a ser “El Tigre del Maestrazgo”. La lucha en esta parte oriental adquirió un carácter de inaudita ferocidad que tenía consternada a toda la región.

3. Tal era el ambiente en que se había vivido precisamente hasta julio de aquel año de 1840. Y en octubre, sólo dos meses después de terminada la primera guerra carlista, el matrimonio Ossó y Cervelló veía aumentado el número de sus hijos con un nuevo pimpollo que el cielo les concedía.
¿Fue la noche del 15? ¿O más bien la mañana del 16? El dato no deja de ser interesante porque anda por el medio una fecha teresiana.
En la partida bautismal firmada por el presbítero señor Beltrán se dice que el 16. Pero en los apuntes autobiográficos que dejó don Enrique se cuida muy bien de consignar que su madre le decía con frecuencia:
- Fue el día 15, hijo mío, fue el día 15, y no el 16, cuando viste la luz primera.
Yo, ante la duda, prefiero dar fe al documento oficial de la parroquia. Aunque muy bien pudo suceder que aquel día el buen cura no transcribiese los datos en el acto y, más tarde, algún sacristán distraído pusiese una fecha en lugar de otra. Porque la madre de don Enrique tenía muy buena memoria y no veo qué interés podía tener en decir esto a un niño de ocho o diez años.
El hecho es que las estrellas que alumbran los cielos por el aniversario de la fecha en que murió Santa Teresa, alumbraron también la cuna en que nació este niño rollizo y sanote que vino al mundo con una misión teresiana que cumplir.
Suele decirse que cada niño que nace como fruto del amor bendecido por Dios, trae cuando menos un pan bajo el brazo. Aquí no era necesario, porque los panes sobraban en aquella casa. El día del bautizo, algunos se repartieron a los pobres del pueblo. La chiquillería, abundante y bulliciosa, lanzó al aire sus gritos y participó en la fiesta. No sabemos si el señor cura fue invitado a tomar chocolate. Que desde luego le gustaba, es fácil presumirlo.
Era una tarde limpia y serena del otoño.
Doña Micaela, en su propia casa, había rezado con más fervor que nunca.
   
4. Al recién nacido no le faltaron elogios y cariños desde el primer momento en que vio la luz, por la sencilla razón de que Vivian, todavía derechas y con pocas arrugas, sus dos abuelas y también ambos abuelos. Don Jaime y Doña Mariana Catalá lo fueron por parte de padre. Don José Antonio Cervelló y doña Magdalena Jové, por línea materna. De manera que el niño se llamó así: Enrique Antonio Ossó Cervelló Catalá Jové. Su segundo nombre, Antonio, lo debió al abuelo materno.
Y empezó a crecer en edad…Nada por ahora de sabiduría. De gracia, la del Bautismo, que no es pequeña. Y aprendió a llorar sin que se lo enseñara nadie, porque en esto de llorar todos salimos maestros. Después, a reír. Y a hacer mimos y gracias y pucheritos. Y a decir las primeras balbucientes palabras en lengua catalana. En fin, aprendió todo eso que, a tal edad, sólo saben enseñar las madres y sólo ellas entienden. Me engaño: acaso también lo entiendan los ángeles.
¿Qué hacen, mientras tanto, sus dos hermanos Jaime y Dolores? Dejémoslos. No compliquemos su vida, tanto más interesante cuánto más infantil. Corretean, juegan, comen, van a la iglesia, también a la escuela, entran, salen, vuelven a entrar y vuelven a salir. Es decir: exactamente lo mismo que han hecho y hemos hecho todos los niños cuando éramos eso: niños. Los hay muy traviesos. Yo conozco a uno que, de pequeñito, quiso tirar al río a un hermano suyo para ver cómo nadaba. Creo que Jaime y Dolores no eran así, aunque también en su pueblo había río.
A la caída de la tarde entraban en casa, y, una vez alimentados, su madre les hacía rezar las últimas oraciones del día. El pequeño Enrique también se santiguaba ya y abría mucho los ojos al oír a sus hermanos. Muy pronto les ganaría.
 
5. Tiene ya 5, 6, 7 años. Por ser el más pequeño de los tres y sin duda también por su bondadosa y amable condición, era el preferido de todos. Particularmente de su abuelo materno, a quien debía el nombre de Antonio.
Era éste un viejo patriarca, con más virtud en el alma que nieve en la frente, que en el ocaso de su vida espléndidamente cristiana solía muchas tardes tomar al niño de la mano e irse con él a pasear en una huerta de su propiedad.
Devotísimo el anciano del Santo de Padua, se entretenía en contar al niño los mil episodios que esmaltan la vida del glorioso taumaturgo. Enrique escuchaba embobado las narraciones del abuelo. Entre flores, plantas y pájaros, por horizonte el cielo azul y el verdor de los campos, oyendo hablar de milagros y de santos, iba labrándose lo que después sería una nota aguda de su carácter: su exquisita sencillez humana y piadosa que de continuo tuvo en tensión las cuerdas de su alma embriagada de amor a Dios y a los hombres.
Don Antonio y Enrique. El abuelo y el nieto. Setenta y más años por un lado y siete poco más o menos por otro. La virtud encanecida y la devoción incipiente. Hablando de Dios entre las flores. O de la Virgen María, que también el buen anciano solía dirigir por las mañanas el rezo del Rosario de la Aurora. Aquel santo abuelo justifica plenamente la frase sublime de Lacordaire: “Después de la mirada de Dios sobre el hombre, no hay nada más bello que la mirada del anciano sobre un niño”.

6. Las palabras de don Antonio caían en el alma virginal de Enrique como semillas que sólo Dios puede enviar a la tierra. Más tarde, en unos brevísimos apuntes autobiográficos que por mandato de su confesor escribió don Enrique, estamparía con emoción estas palabras: Sortitus sum animam bonam…Me ha tocado en suerte un alma buena, buenos padres, madre piadosa y santos abuelos.
Buen regalo de la Providencia. También Santa Teresa escribió unas páginas conmovedoras sobre los que le dieron el ser.

NOTAS: 1ª Partida de Bautismo.- “En la Parroquial Iglesia de la Villa de Vinebre, Obispado de Tortosa, a los diecisiete días de octubre de mil ochocientos cuarenta, yo el infla Cura Párroco de ella bauticé solemnemente como previene el ritual y puse por nombres Enrique Antonio a un niño que nació a las siete de la noche del día anterior, hijo legítimo y natural de los consortes don Jaime de Ossó y doña Micaela Cervelló, naturales y vecinos de ésta.- Abuelos paternos don Jaime Ossó, natural de ésta, y doña Mariana Catalá, natural de Batea, vecinos de ésta. Abuelos maternos don José Antonio Cervelló y doña Magdalena Jové, natural de Ribarroja, vecinos de ésta.- Fueron padrinos don Raimundo Ossó y doña Magdalena Jové, a quienes advertí el parentesco espiritual que han contraído con el bautizado y sus padres, y la obligación que tienen de enseñarle la doctrina la doctrina cristiana en defecto de éstos y lo firmo fecha ut supra.- Lorenzo Beltrán, Rector.

2ª. Sobre la familia y el pueblo de don Enrique.- Los descendientes actuales de Jaime el hermano mayor de don Enrique, casado con Teresa Serra Sandiumenge, son: Miguel de Ossó Rius, que vive en San Feliu de Llobregat, y sus hermanas María Teresa y María Rosa, residentes en Barcelona. Constituyen la tercera generación.
De Dolores, la hermana de don Enrique casada con José Berenguer García, descienden actualmente – segunda generación – Josefa Montserrat Berenguer y Miguela Montserrat Berenguer de Cabré, que vive en Tarragona y tiene tres hijos, María Dolores, Francisco y María Josefa. Hoy la población de Vinebre ha disminuido, y en el último censo no llega a 800 habitantes. Sigue siendo la principal la llamada Calle Mayor. Se prolonga esta calle en forma de ángulo, en cuyo lado más corto aparecen el Colegio de la Compañía y la que fue casa de los padres de don Enrique. Esta casa había sido mandada construir por el abuelo de nuestro biografiado para entregársela a su hijo Jaime en el momento de contraer matrimonio, ya que la “casa pairal” de los Ossó, sita hoy en la Plaza del Caudillo, número 5, pasaría al hijo mayor, José, que era el “hereu”. Don Jaime, padre de don Enrique, era el segundo de nueve hijos. Dicha “casa pairal” pertenece hoy a don Pascual de Ossó y de Viala, biznieto de José. A la amabilidad de don Ramón de Ossó Fernández, hijo de otro hermano del padre de don Enrique, debemos algunos datos que nos han servido de orientación.


AUTOR: Mons. Marcelo Gonzalez, Arzobispo de Barcelona

TOMNADO DE: Don Enrique de Ossó o la fuerza del sacerdocio

 

Música original de espiritualidad carmelitana

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