Sobrina de Edith Stein habla sobre el impacto de la canonización

Sobrina de Edith Stein habla sobre el impacto de la canonización

Sobrina de Edith Stein habla sobre
el impacto de la canonización de su tía
en la relación entre judíos y católicos

Este artículo fue escrito por Susanne Batzdorff, sobrina de Edith Stein. Fue publicado el 13 de febrero de 1999 en la revista America, perteneciente a la Compañía de Jesús en Estados Unidos. Susanne nació en Breslavia (entonces Alemania, actualmente Polonia) en 1921. Actualmente vive en Santa Rosa (California) y sigue profesando la fe judía. Edith Stein nació en Breslavia en 1891. En 1921 se convierte al catolicismo. En 1933 se hace monja carmelita y toma el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. Es asesinada en Auschwitz en 1942. Fue beatificada en 1987 y canonizada en 1998; ambas ceremonias fueron precedidas por Juan Pablo II.

La revista America publicó hace 10 años un artículo que escribí sobre el tema de las relaciones católico-judías con el título “Católicos y Judíos: ¿Podemos tender un puente sobre el abismo?” (11 de marzo de 1989). Mi tía, Edith Stein, había sido beatificada el 1ro de mayo de 1987, en Colonia, y yo escribía con ese evento fresco en mi mente. Francamente, no esperaba que la Iglesia procediera tan rápidamente a la canonización de Edith Stein, también conocida como Teresa Benedicta de la Cruz, nombre que recibió cuando se convirtió en monja carmelita en 1933. Cuando se hizo evidente que la ceremonia de canonización tendría lugar durante mi vida, me encontré de nuevo con las preguntas: ¿Debo asistir? ¿En qué se diferenciaría esta experiencia de la de la beatificación?

Resultó que la canonización en Roma en octubre pasado fue similar a la beatificación en algunos aspectos, pero diferente en otros. Para los ciudadanos de Colonia, la visita papal fue un evento único, y ese día de mayo de 1987 parecía como si toda la ciudad hubiera participado y se hubiera regocijado. En Roma, sin embargo, las canonizaciones, especialmente bajo el pontificado del Papa Juan Pablo II, son frecuentes -un promedio de 14 cada año- y la ciudad toma estos eventos con calma.

En Colonia, al día siguiente de la beatificación, los escaparates de las librerías estaban llenos de libros de y sobre Edith Stein. En Roma no había nada de eso. El evento de Colonia fue mayormente un evento alemán, mientras que en Roma fue un evento internacional. Muchas delegaciones habían venido del extranjero, con grandes pancartas declarando sus lugares de origen. El Papa saludó a estos grupos de peregrinos en sus propias lenguas nativas, y ellos aplaudían con entusiasmo.

En cuanto a la familia de Edith Stein, la participación fue mucho mayor esta vez. Veintiún miembros de la familia asistieron a la beatificación. En la canonización había 97, representando a tres generaciones. Fue emotivo darse cuenta de que ese día de la canonización la tía Edith habría cumplido 107 años. Entre las pocas personas presentes que la habían conocido y podían recordarla estabábamos dos sobrinas y un sobrino.

Los escenarios de las dos ceremonias también eran diferentes. En Colonia, había sido un estadio deportivo; en Roma, era la histórica Plaza de San Pedro. Como algunos reporteros señalaron, “la ceremonia en la plaza fue observada desde las alturas de la basílica por estatuas gigantescas de los apóstol, judíos que habían fundado la Iglesia original, siendo testigos de que una judía era recibida en la comunidad de santos de la Iglesia”.

Desde nuestros asientos vimos de cerca al Papa cuando entró en la plaza. La enfermedad y las cargas de su oficio en los 11 años desde nuestro último encuentro en Colonia le habían pasado factura. Nos entristeció este declive en su salud y vigor.

En esos 11 años desde la beatificación, he traducido textos de y sobre Edith Stein, y he escrito y hablado sobre su vida y su obra. También he tratado de crear un mejor entendimiento entre las comunidades judía y católica. Es una tarea compleja.

Durante las dos semanas previas a nuestra partida a Roma el pasado otoño, fui asediada por los medios de comunicación. La radio, la televisión y varios periódicos hicieron preguntas inquisitivas que una vez más me desafiaron. Algunos reporteros incluso recordaron declaraciones que hice en 1987 y 1988. “¿Has cambiado de opinión?”, preguntaban ahora. “¿Sientes que la Iglesia ha progresado desde entonces?” “¿Te sientes honrada, contenta, enfadada?” Mi respuesta es complicada. Ser invitada a la canonización de Edith Stein como una de sus parientes más cercanas constituye sin duda un honor, pero despierta dolorosos recuerdos del pasado.

En los meses anteriores a la canonización, me ocupé intensamente del pasado. Poco antes de partir hacia Roma había leído algunas declaraciones que hacían reflexionar a judíos y católicos sobre el papel de Edith Stein, ya sea como puente para el entendimiento interreligioso o, por el contrario, como un obstáculo para tales esfuerzos. El cardenal William Keeler, de Baltimore, moderador episcopal de la Conferencia Nacional de Obispos Católicos (de Estados Unidos) para las relaciones católico-judías, citando el documento “Consejos para los católicos de la nación” (1987), expresó:

La beatificación de Edith Stein no puede ser entendida por los católicos como un impulso hacia el proselitismo injustificado en la comunidad judía. Por el contrario, nos insta a reflexionar sobre el continuo significado religioso de las tradiciones judías con las que tenemos tanto en común, y a acercarnos a los judíos no como potenciales “objetos” de conversión sino más bien como portadores de un singular testimonio del Nombre del Dios Único, el Dios de Israel.

El Cardenal citó luego un comentario hecho por el Rabino Daniel Polish en su contribución a un volumen de ensayos que apareció por primera vez en Alemania en 1990, Never Forget: Perspectivas cristianas y judías sobre Edith Stein (1998). En su ensayo, el rabino Polish escribió: “Aunque no podemos aceptar la idea de que Edith Stein sirva de puente [entre judíos y católicos], podemos ver la ocasión de su canonización como la apertura de una puerta a un diálogo significativo".

Yo misma “di a luz” dos libros sobre Edith Stein. Fui editora y traductora de la edición en inglés de Never Forget (la colección antes mencionada). También escribí Mi tía Edith: La herencia judía de una santa católica (1998). En el último capítulo de este libro (1), titulado “Espíritu del entendimiento entre católicos y judíos”, intento dar un panorama de la evolución de la difícil relación católico-judía desde 1987, y también ensayo una predicción hacia futuro observando la trayectoria actual.

Mi conciencia de ser judía se remonta a la década de 1920, cuando estaba en primer grado. La escuela a la que asistí en Alemania era pública pero gestionada por la Iglesia Católica. Un crucifijo colgaba en cada aula, y el día escolar comenzaba con oraciones. Un día mi maestra me llamó a su escritorio y me dijo que mis padres habían pedido que me dispensaran de hacer la Señal de la Cruz y de unirme a las oraciones de la clase. Estaba algo desconcertada, pero no me dieron ninguna otra explicación. Obedientemente, en adelante me abstuve de persignarme y de participar de las oraciones. También fui excusada de las clases de religión, en las que todos mis compañeros aprendieron sobre la fe cristiana. Nuestra clase estaba decorada con muchas escenas coloridas de la vida de Jesús, de las que yo no sabía nada.

En esta época me hice amiga de otra niña de mi clase. Un día me encontró después de la clase de religión, desecha en lágrimas. Cuando le pregunté la causa de su angustia, me dijo que acababa de enterarse de que los judíos mataron a Jesús. Sabía que yo era judía, y no quería creer que yo era una persona tan malvada. Ingenua como era, traté de consolarla diciendo que no sabía nada de esto, que ni yo ni nadie de mi familia había matado a nadie. Le aseguré que debió haber un malentendido. Fue mi primer encuentro con la enseñanza antijudía en el marco de la instrucción religiosa cristiana. Afortunadamente, este tipo de instrucción terminó más de 40 años después con los cambios introducidos desde el Concilio Vaticano II (1962-65).
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En la primavera de 1933, cuando, por haber nacido judía, mi tía Edith fue despedida de su puesto de profesora en Münster y pensaba en su futuro, concibió un plan audaz: Pediría una audiencia con el Papa Pío XI y le rogaría que emitiera una encíclica denunciando el antisemitismo. Sus esfuerzos fueron concebidos noblemente, pero quizás un poco ingenuamente. Fue informada de que ese era un año santo (2), y por esa razón las multitudes que peregrinaban a Roma eran tan grandes que no había posibilidad de que Edith Stein fuera recibida por el Papa en una audiencia privada. En el mejor de los casos podría llegar a ser recibida como parte de un grupo reducido de gente. Decidió que eso no serviría a su propósito y en su lugar envió una carta al Papa en la que exponía su petición en detalle. Por lo que sé, esta carta está todavía entre los documentos sellados del Vaticano (3); sólo tenemos su propia descripción de este incidente: “Sé que mi carta fue entregada al Santo Padre sin abrir; algún tiempo después recibí su bendición para mí y para mis parientes. No pasó nada más. Más tarde, a menudo me pregunté si esta carta podría haberle venido a la mente de vez en cuando. Porque en los años siguientes, lo que había predicho para el futuro de los católicos en Alemania se hizo realidad paso a paso.”

La audiencia privada con el Papa Juan Pablo II a la que fuimos admitidos el 11 de octubre de 1998 fue un recordatorio agridulce del vano intento de mi tía Edith de conseguir una audiencia privada similar con Pío XI en la primavera de 1933. Se había dejado pasar una oportunidad de dar al Papa un mensaje muy urgente que podría haber tenido consecuencias históricas. ¿Era realmente importante para mí, un pariente judío de la tía Edith, tener una conversación de tres minutos con el actual Papa? No estoy segura. En cualquier caso, usé mi momento privado con él para darle mi libro como regalo, mi cariñoso tributo no sólo a Edith sino a la memoria de mis parientes y nuestra vida familiar en la Breslavia de mi infancia.

En su deseo de lograr un mejor entendimiento entre cristianos y judíos, Edith Stein fue una adelantada a su tiempo. Lamentablemente, fueron necesarios los horrores de la Shoá, el Holocausto, para lograr los cambios de largo alcance que comenzaron con la decisión del Papa Juan XXIII de convocar en 1962 el Concilio Vaticano II, del que surgieron esos profundos cambios. Edith Stein fue solo una de los millones de personas que fueron asesinadas por ser judíos. En su súplica al Papa Pío XI, ella habló por la gente de la que descendía.

Ni la carta de Edith Stein ni los argumentos de otros personajes más prominentes impulsaron al Papa Pío XI a emitir una encíclica condenando el antisemitismo. A menudo se dice que su encíclica Mit Brennender Sorge, publicada en 1937, fue una respuesta a la súplica de Edith Stein. Este documento, sin embargo, no se publicó hasta cuatro años después de que ella escribiera su carta, y no menciona a los judíos. Cuando el Papa encargó a John LaFarge, S.J., y a otros dos jesuitas que redactaran una encíclica sobre el tema que Edith Stein había mencionado en la primavera de 1933, ese documento tardó mucho en hacerse. La encíclica nunca se publicó y su borrador no se dio a conocer hasta 1997. Recientemente se ha revelado cuán tortuoso fue el camino hacia este borrador, y el texto actual muestra que los prejuicios del pasado no habían sido abordados por sus autores. Jan H. Nota, un jesuita holandés que localizó y analizó el texto de este borrador de Humani Generis Unitas (“La Unidad de la Raza Humana”), como se titulaba, encontró tanta teología obsoleta en el documento que dijo, “¡Alabado sea Dios porque este borrador quedó sólo en borrador!”

La Iglesia ha recorrido un largo camino desde entonces. El Vaticano II llevó a la Iglesia a la era moderna facilitando el contacto entre las diversas ramas del cristianismo y fomentando el pensamiento innovador. El Vaticano II también abrió una nueva relación con los judíos a través de su “Declaración sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas”. Este documento, publicado el 28 de octubre de 1965, declara: “La Iglesia repudia todas las persecuciones contra cualquiera” (No. 4).

Con su facilidad en muchos idiomas y su voluntad de viajar por el mundo (incluso ahora, a la edad de 78 años y con mala salud) el Papa Juan Pablo II ha logrado construir puentes donde hasta ahora existían abismos aparentemente infranqueables. Él escucha las preocupaciones de los judíos. Dondequiera que viaja, suele organizar una reunión con representantes de la comunidad judía local. Cuando surgió la controversia sobre el establecimiento de un monasterio carmelita al lado del campo de exterminio de Auschwitz, el Papa se encargó de que se eligiera un lugar diferente.

En 1993, Juan Pablo II estableció relaciones diplomáticas entre el Vaticano e Israel. En 1994, patrocinó en el Vaticano un concierto conmemorativo de la Shoá. Anteriormente, en 1986, tomó una decisión histórica: visitó la gran sinagoga de Roma, el primer papa en ir allí. En esa ocasión, condenó claramente el antisemitismo y se dirigió a los judíos como “nuestros hermanos mayores”. También recordó las deportaciones de los judíos de Roma durante el Holocausto. Estas acciones y declaraciones de Juan Pablo II han sido bienvenidas en los círculos judíos. Contrastan con las políticas del Vaticano durante el ascenso del Nacional Socialismo.
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El 20 de julio de 1933, el Vaticano firmó un concordato -una especie de acuerdo mutuo de no interferencia- con el gobierno de Hitler. Fue firmado por el Cardenal Eugenio Pacelli, entonces Secretario de Estado de la Santa Sede, que siendo papa tomaría el nombre de Pío XII. Recuerdo claramente que la noticia de la firma de este concordato tuvo un impacto devastador en los antinazis de Alemania y especialmente en los judíos. En ese momento, el Vaticano, sin ningún riesgo podría haber tomado una posición contra la ideología Nazi, contra el programa de fanatismo y beligerancia de Hitler. De hecho, como líder espiritual de los católicos romanos en Alemania, Pío XII podría haber persuadido a un gran segmento de la población alemana a reconocer la incompatibilidad de los programas y políticas nacionalsocialistas con los principios morales de la Iglesia. En lugar de eso, el concordato aumentó el prestigio de este nuevo canciller alemán que tenía mala reputación a los ojos del mundo.

Aunque se han recogido muchas pruebas sobre el papel que Pío XII desempeñó durante los años de guerra en los que los nazis llevaron a cabo la más feroz persecución contra los judíos, no se dispone aún de todos los documentos pertinentes necesarios para un informe objetivo. Por lo tanto, en vez de detenernos en la historia del pasado, veamos los importantes pasos que se han dado recientemente en el Vaticano.

El 16 de marzo de 1998, un documento de 14 páginas titulado “Recordamos: Una Reflexión sobre la Shoá”, que fue preparado a lo largo de 11 años, fue publicado por la Santa Sede. Mientras que expresa remordimiento por las fallas y transgresiones de los católicos individuales, esta declaración parece absolver a “la Iglesia” como institución de cualquier culpa en el Holocausto. También establece una distinción entre el “antisemitismo” de los nazis y el “antijudaísmo” que se encuentra en la sociedad en general. La reacción inicial de los judíos fue mixta. Sin embargo, el cardenal Edward Cassidy, presidente del Consejo Pontificio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos, en un discurso ante el Comité Judío Americano en Washington D.C. el 15 de mayo de 1998, aclaró algunos puntos. Instó a sus oyentes a que no leyeran este documento sin tener en cuenta las declaraciones ya emitidas por las conferencias episcopales de varios países europeos y las del Papa Juan Pablo II. Quienes trabajan diligentemente en el campo de las relaciones católico-judías, personas como el rabino James Rudin y el Dr. Eugene Fisher, director asociado del Comité de Asuntos Ecuménicos e Interreligiosos del Consejo Nacional de Obispos Católicos (de Estados Unidos), señalan que este documento, aunque imperfecto, representa un paso importante en el camino hacia una mayor apertura. Afirma que no tienen fundamentos quienes niegan el Holocausto, y puede servir como herramienta de enseñanza. Termina con el siguiente mensaje inspirador:
Rezamos para que nuestro dolor por la tragedia que ha sufrido el pueblo judío en nuestro siglo nos lleve a una nueva relación con el pueblo judío. Deseamos convertir la conciencia de los pecados pasados en una firme resolución de construir un nuevo futuro en el que no haya más antijudaísmo entre los cristianos ni sentimientos anticristianos entre los judíos, sino más bien un respeto mutuo compartido, como corresponde a aquellos que adoran al único Creador y Señor, que tienen un padre común en la fe, Abraham.

En general, sin embargo, los líderes judíos expresaron su decepción y consternación con la declaración. Observaron que los miembros de la jerarquía católica en Alemania, Francia y Polonia han emitido declaraciones que van mucho más lejos que este documento del Vaticano en la aceptación de la responsabilidad por los fracasos de la Iglesia en la era nazi. Las voces judías también están pidiendo una apertura de los archivos del Vaticano para permitir el acceso a los documentos pertinentes al Holocausto, para que se pueda determinar la verdad completa.

Es claro para mí entonces que el debate sobre Edith Stein hoy se centra en esta cuestión: ¿Es ella una figura de reconciliación o una figura de controversia en el diálogo católico-judío y un impedimento en el esfuerzo para un acercamiento? Esta pregunta surge cada vez que el nombre de Edith Stein aparece en las noticias. Ha sido muy debatida y discutida incluso entre sus familiares. A los que somos judíos hay algo que nos preocupa al considerar a una mujer que se alejó del judaísmo y abrazó el cristianismo como símbolo para los judíos. Pero permítanme citar de nuevo la perspicaz declaración del Cardenal Keeler: “Su viaje intelectual y espiritual, del cual los católicos tienen tanto que aprender, se presenta como el suyo propio, un modelo para los católicos, no un modelo para los judíos.”

En su propia familia, Edith era sólo uno de los cuatro hermanos que cayeron víctimas de los nazis. Además, hablar de que Edith Stein va a su muerte “por su pueblo” plantea un problema para los judíos. Los cristianos consideran que la muerte de Jesús fue redentora. Por su sacrificio, expió los pecados del pueblo. En contraste, mi tía Edith fue asesinada junto a millones de judíos. Su sufrimiento y muerte no pudo salvar a los demás. Fue una muerte que no eligió, no pudo elegir y no pudo evitar. Fue una muerte que no detuvo la matanza de otros y no le dio un significado religioso a la matanza. Es innegable que Edith Stein murió en solidaridad con “su pueblo”. A pesar de que había dejado el redil judío, finalmente, en un giro irónico, se reunió con ellos en la muerte. Estaba resignada a ese destino, pero no tenía control sobre él. Se debió más bien a la definición de los nazis de quién es un judío. Fue porque nació judía, de padres judíos, que se convirtió en una “Mártir en Auschwitz”.

En cierta forma, la familia de Edith Stein refleja toda la familia humana. Así como los miembros de la familia Stein pudieron reunirse para la canonización a pesar de sus diferentes antecedentes y creencias, también los judíos y los cristianos pueden reunirse en una atmósfera de paz y buena voluntad. Pueden abrir un diálogo para llegar a un entendimiento y encontrar una forma de salvar sus diferencias. En los confines de la extensa familia Stein, encontramos representadas varias filiaciones religiosas. A veces nuestras discusiones pueden ser bastante acaloradas, pero respetamos el derecho de cada uno a diferir. Después de los disturbios políticos que nos dispersaron en todas direcciones, nos negamos a permitir que las diferencias ideológicas o religiosas nos separen. Nuestra entidad básica como familia debe seguir siendo un principio unificador.

Los cristianos y los judíos ya han recorrido un largo camino hacia un mayor acercamiento y mejor entendimiento, pero nuestro trabajo no ha terminado. Debemos aprender de las creencias e ideología de cada uno, con mente abierta y respeto mutuo, concediéndonos el derecho a ser diferentes, a adorar a nuestra manera.

Una última palabra sobre el perdón. El pueblo judío no puede perdonar a los perpetradores del Holocausto o a aquellos que se quedaron en silencio. Los sobrevivientes no pueden perdonar la muerte de las víctimas. Podemos, sin embargo, escuchar el mea culpa de aquellos que están verdaderamente arrepentidos y dejar el perdón a Dios. Si examinamos nuestro pasado y admitimos nuestros errores con honestidad, podemos seguir adelante con confianza y trabajar juntos por objetivos comunes. Y con la bendición de Dios podemos emprender la tarea de tikún olam (“reparar el mundo”).

FONTE: Artículo original en inglés: https://www.americamagazine.org/faith/1999/02/13/edith-steins-niece-what-her-canonization-means-catholic-jewish-dialogue

TRADUCCIÓN: Francisco Albarenque
Argentina - mayo de 2020

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Notas:

[1] Habla de la 1ra edición (1998), que contaba con 15 capítulos. La 2da edición (2003) tiene 17 capítulos. (n. del t.)

[2 ]“Jubileo de la Redención”, convocado por Pio XI para celebrar los 1900 años de la resurrección de Jesús. (n. del t.)

[3] Esta carta fue finalmente publicada por el Vaticano el 15 de febrero de 2003. (n. del t.)

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