Si no salva, no es Escritura

bibliaHoy como ayer, podemos ver que el problema de la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras ha llevado al hombre a una praxis del mismo que no siempre salva, y si no salva, no es evangelio. Hoy, al igual que ayer, los que son considerados como más conocedores...


 

“El último día de la fiesta, el más solemne, Jesús puesto en pie, gritó:

“Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que crea en mí”,

como dice la Escritura: De su seno correrán ríos de agua viva”.

Jn.7,37-38


En un pueblo empobrecido la Palabra de Dios, que salva desde las Sagradas Escrituras, es la única esperanza para poder contemplar la luz gloriosa de un nuevo amanecer. En un mundo globalizado, que ha recorrido tortuosos caminos de desesperanza, marcado por guerras y post-guerras -que como en un eterno retorno no acaban de terminar- hay pueblos que han perdido de vista la estrella de Belén. A ellos no les queda más que lanzar una mirada retrospectiva, cargada de gritos de dolor, al pueblo elegido por Dios para que manifieste a todas las culturas, en todos los tiempos, la acción maravillosa del Amor que salva. Es una mirada a Jesús-Amor, dándose Él mismo para salvar a quienes no salvaba la religión de su Padre. Es una mirada a las Escrituras, puesto que son ellas las que dan testimonio de Jesús.

 

LA BIBLIA, FUENTE DE VIDA ESPIRITUAL

Al dedicar este espacio para interrogarnos sobre el “para qué” de las Escrituras en la vida del cristiano, se hace necesario, primero, antes de cualquier respuesta, volver nuestra mirada a los documentos de la Iglesia. La Constitución Dogmática Dei Verbum en el numeral 25 nos dice: “El Santo Sínodo recomienda insistentemente a todos los fieles, la lectura asidua de la Escritura para que adquieran la ciencia suprema de Jesucristo”. (…) Igualmente, “recuerden que a la lectura de la Sagrada Escritura debe acompañar la oración para que se realice el diálogo de Dios con el hombre, pues a Dios hablamos cuando oramos, a Dios escuchamos cuando leemos sus palabras”. Como podemos ver, sigue siendo decisiva la referencia al Vaticano II, si queremos hallar el camino seguro para encontrarnos con la palabra que salva.

La Palabra de la Fe[2] en las Escrituras es “la Palabra que se revela, es Dios mismo en tanto que llama al hombre para adoptarlo y regalarle la salvación. Beber de las Escrituras es decir ‘yo creo’, y por eso me voy con Él; lo cual comporta la conversión de corazón”[3]. Toda cambio de vida sucede en Cristo. ¿Cómo sabemos esto? Porque Efesios 1,3-4 afirma que “nos bendijo con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en Cristo, por cuanto nos ha elegido en él antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor”. El amor que se nos ha dado desde siempre es la Palabra que salva y que brota desde el interior de cada corazón para tocar al otro y regalarle a Dios mismo.

La Biblia, también, nos demuestra que toda la reconciliación se encuentra en un cuerpo. Otra vez, Efesios 2,16 dice: “y mediante la cruz reconciliar a ambos en un solo cuerpo, matando en ella las enemistades.” Es importante notar que sólo hay un cuerpo donde ocurre la reconciliación. Efesios 4,4 declara que hay “un cuerpo”. 1Corintios 12,20 comenta: “pero ahora son muchos los miembros, pero el cuerpo es un solo”. Y, ¿qué es ese cuerpo? Efesios 1;22,23 contesta: “y sometió las cosas bajo sus pies, y le constituyó Cabeza suprema de la iglesia, la cual es su cuerpo, la Plenitud de Aquel que todo lo llena de en todo”.

 

EL EVANGELIO PODRIA MATAR

El arcaico pensamiento de que la conversión se logra “con la espada en una mano y en la otra la Biblia”, hoy llega hasta nosotros para caerse por su propio peso puesto que es en Cristo[4] que nos salvamos y es en la Biblia que encontramos la vida de la Iglesia. Sin embargo, este viejo adagio, hoy, sigue siendo la expresión de lo que sucede en algunos de nuestros pueblos: Hombres y mujeres que han perdido el horizonte de sus vidas y siguen privados de un encuentro vital con las Sagradas Escrituras y no alimentan adecuadamente su fe con la riqueza de la Palabra de Dios que se halla en los textos revelados. De ahí, que se necesite que todo bautizado haga un esfuerzo para que su hermano se encuentre con la Biblia, “pues desconocer la Escritura es desconocer a Cristo”[5], dado que toda la Biblia nos habla de Él (cfr. Lc. 24,27).

Cuando perdemos el sentido de la existencia, lo más seguro es que lo busquemos donde no está. Hemos olvidado que el encuentro con Jesús es necesariamente una experiencia existencial[6]; tal encuentro, tiene sus raíces en la estructura constitutiva del estar en el mundo, no como una cosa sino como un yo. Esto implica una apropiación de la realidad del hombre que lo lanza al encuentro con lo ya conocido por amor: “¿No estaba nuestro corazón en ascuas mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. (Lc. 24,33).

Si situamos el lenguaje de la Fe, que es el de las Sagradas Escrituras, en el orden de la palabra[7] escrita, es decir, en la letra, tenemos que volver a San Pablo para que caigamos en la cuenta de que la letra mata[8]. El pueblo agobiado por las maquinarias opresoras ha dado mucha importancia al discernimiento y poca, a la hermenéutica. No han podido esclarecer que se necesita una correcta interpretación para llegar a un perfecto discernimiento. En efecto, es necesario que se deje fluir el Espíritu que entraña el mensaje evangélico, sin el cual el Evangelio “podría matar”; pareceríamos, como dice 1Cor 13,1: “bronce que suena o címbalo que retiñe”. Sería volver atrás y caminar como estatuas pétreas que recuerdan tiempos que no han pasado, que son presentes, porque son muchos los que hoy son obligados a caminar sin Esperanza. Es más, el problema se acentúa si escuchamos las palabras de Jesús en (Jn.6,64): “El Espíritu vivifica, la carne no sirve para nada”.

Si los creyentes se olvidan de venerar la Sagrada Escritura, como lo han hecho con el Cuerpo de Cristo (cfr. D.V. 21), entonces la lectura de la misma como letra fría y anquilosada, traerá muerte y no solamente la muerte semántica de Dios, sino también la del vigor de la Iglesia y de sus hijos. “Por eso se aplican a la Escritura de modo especial aquellas palabras: La palabra de Dios es viva y enérgica (Hebr. 4,12), puede edificar y dar la herencia a todos los consagrados (Hch. 20,32; I Ts. 2,13). “Y a vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y en vuestra carne incircuncisa os vivificó y os perdonó todos los pecados” (Cfr. Col. 2,13).

 

SACRAMENTO DE DIOS

Es necesario que hoy nos preguntemos: “¿Cómo viene Dios a mí mientras escucho la Palabra? ¿Cómo puedo discernir que la mano sanadora de Dios llega a mí a través de la Palabra? ¿Cómo se transforman en este preciso momento mi tristeza, mi aflicción y mi llanto? Siento cómo el fuego del Amor de Dios purifica mi corazón y me da nueva vida? Estas preguntas han de llevarnos al Sacramento de la Palabra, el lugar sagrado de la presencia real de Dios”[9]. “Quien ve a Jesús debería decir: así como es este señor es Dios mismo. Ese Jesús en su humanidad, es sacramento de Dios, porque sacramento es manifestar lo divino en el comportamiento humano”[10].

“Las palabras de la fe evocan una realidad que se está cumpliendo, la salvación. Y  está presente en la Humanidad de Cristo y de los Apóstoles”[11]. Es la realidad, pero que hay que ubicarla en una mínima estructura: En lo relativo a los acontecimientos, lo cual implica un compromiso, que a su vez comporta una referencia escatológica, en tanto que Cristo es una obra, una acción que se despliega en la historia. De ahí, que la salvación sea un proceso coexistente a la duración de la historia. Porque de no realizarse nuestra fe salvándonos en nuestro hoy histórico, profesaríamos, entonces, una fe alienante[12].

Desde que Jesús, gracias a la Resurrección, desapareció de nuestro horizonte visible, todo encuentro con Dios ha de pasar por la realidad del Sacramento de los Sacramentos. “En virtud de la economía salvífica de Dios, el don de la gracia, o el encuentro con Dios, queda ligado al encuentro personal con el hombre Jesús, único acceso al Padre”[13]. Su ausencia corporal parece ser más bien favorable al encuentro con Él: “Es bueno para vosotros que Yo me vaya”. Es así, que las Sagradas Escrituras nos están invitando a un encuentro íntimo con aquel que sabemos nos ama. Es la Palabra seductora de Dios-Padre que llama a la identidad en su Unigénito.

 

EL EJEMPLO DE SAN PABLO

“La Iglesia, esposa de la Palabra hecha carne, instruida por el Espíritu Santo, procura comprender cada vez más profundamente la Escritura para alimentar constantemente a sus hijos con la Palabra de Dios”[14]. Esta misión de la Iglesia ha de ser compartida por todos sus miembros; de ahí, que se haga necesario que todos tomemos conciencia de que la Sagrada Escritura contiene la Palabra de Dios. De tal manera, todos tenderemos a la identificación con Cristo, meta final de todo creyente. El hacernos uno con Cristo implica tomar la cruz y seguirlo, es decir pasar por la muerte. Estamos llamados a anunciar el Evangelio no como palabra vacía sino con la vida. Es el seguimiento que implica el DARSE hasta la muerte por el otro.

El más claro testimonio de tal seguimiento en la Biblia es San Pablo, que nos dice en 1 Cor. 15,3-4: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras”. Es normal que se considere el Kerigma recortadamente y se le vea simplemente como: “Que Jesús murió y resucitó”. En estos dos versículos de la epístola de san Pablo a los Corintios, hallamos la exclamación gozosa de Pablo testimoniando el acontecer salvífico del Resucitado en su vida, y además, exponiéndonos en qué consiste realmente el evangelio y la evangelización, así: “Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí”.

Lo que Pablo recibió como don y que anunció y proclamó con su vida es:

“Que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras,”

“Que Cristo fue sepultado, según las Escrituras”,

“y que Resucitó al tercer día, según las Escrituras.”

Estos versículos son la profesión de Fe de Pablo que tiene su fundamento en el carácter salvífico de la muerte de Cristo, es así que: La muerte de Cristo tiene una función concreta en la vida de la humanidad: salvar, de ahí que:

Al morir Cristo lo hizo para nuestra salvación, según las Escrituras.

Cristo fue sepultado para nuestra salvación, según las Escrituras,

Cristo Resucitó al tercer día, para nuestra salvación, según las Escrituras.

De tal manera, es claro que Cristo murió para nuestra salvación, que fue sepultado, para nuestra salvación y que Resucitó para nuestra salvación. El Profeta Oseas 6,2 nos aclara el problema cronológico al cual nos enfrentamos con el término “al tercer día”. Cfr. Pie de página de Os. 6,2:

“La expresión “dentro de dos días…al tercer día, designa un breve lapso de tiempo. Desde Tertuliano la tradición cristiana ha aplicado este texto a la Resurrección de Cristo al tercer día”.

 

LA MUERTE AMENZADA DE VIDA

Por consiguiente, Pablo nos está diciendo que la muerte de Cristo tiene el poder de salvar aquí y ahora. Podemos decir más: lo que realmente salva es la identificación con Cristo en su muerte. De ahí, que Pablo nos diga en 2Cor. 4,10: “Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”. ¿Será ésta una expresión teórica de Pablo? No, es la profesión de fe histórica de quien se siente salvado, resucitado. San Pablo tomó consciencia de que la santificación del hombre no puede entenderse sino en Cristo mismo, como hombre, santificado por el Espíritu de Dios. “El acto de amor redentor del Hombre Jesús es un acto personal mediante la santificación, y por tanto, respecto de nosotros es una santificación cultual”[15].

Por ser el encuentro con Jesús muerto y resucitado una experiencia existencial salvífica, ha de estar enmarcada dentro de un contexto socio-cultural concreto. Es tomar consciencia de que hay otro conmigo. Experiencia existencial[16] que llama a construir una sociedad contraste, donde la muerte esté amenazada de vida.

En América Latina, éste no es un problema de laboratorio puesto que a diario mueren muchos hombres, quizás porque se ha realizado una lectura viciada del Evangelio. El problema hermenéutico del cual hablamos aquí no es pues algo meramente especulativo. Quizás se ha leído no como la Buena Nueva que es la Vida misma de Cristo, cumpliéndose Aquí y Ahora, sino como una buena nueva que es mera y epidérmica información. Lo cual haría de las Sagradas Escrituras letra inoperante que aniquilaría la existencia. Esto es, se estaría leyendo el mensaje de la fe desde una perspectiva eminentemente teórica, sin implicación alguna para la vida del creyente. Se puede leer el Evangelio sin relación alguna con el hecho de liberar a los pobres de su pobreza; y por eso, se ha leído tanto tiempo sin que los pobres hayan experimentado cambio alguno en su situación. O, se podría leer el Evangelio desde el acontecer de Cristo Jesús Nuestro Señor, al interior de cada hombre, salvándolo desde adentro. Lo cual necesitaría de una toma de consciencia profunda y radical de la inhabitación trinitaria.

Hoy como ayer, podemos ver que el problema de la lectura e interpretación de las Sagradas Escrituras ha llevado al hombre a una praxis del mismo que no siempre salva, y si no salva, no es evangelio. Hoy, al igual que ayer, los que son considerados como más conocedores del Evangelio, siguen pasando de largo junto al caído y necesitado porque la interpretación que hacen del Evangelio no les permite hacer un alto en el camino para dejar a Dios ser Dios (Lc. 10,29-37). Es decir, si me dejo inundar por Jesús y me ocupa y me domina y le permito que tome cuerpo en mí, la imagen que doy por fuera es la de Cristo mismo. La lectura asidua del Evangelio (que es Cristo mismo), y la puesta en práctica de la misma hará de mí una transparencia de Cristo. De ahí, que no puedo olvidar que Dios habla en la Escritura para mi salvación. Además, toda la Escritura es útil para enseñar, reprender, corregir, instruir en la justicia; para que el hombre de Dios esté en forma, equipado para toda buena obra (2 Tim.3,16-17).

 


 

[2] « La Fe cristiana es ante todo, conversión a Jesucristo, adhesión plena y sincera a su persona y decisión de caminar en su seguimiento. La Fe es un encuentro personal con Jesucristo, es hacerse discípulo suyo”. Directorio General para la Catequesis, Congregación para el Clero, Paulinas.

[3] Ladrière, Jean, L’articulation du sens, Discours scientifique et parole de la foi.

[4] Rm. 6

[5] San Jerónimo

[6] Bravo, Carlos s.j., El Marco Antropológico de la Fe: “La experiencia es, pues, un conocimiento que no se realiza por medio de la representación –idea, concepto-, el recuerdo, la simple información, la reflexión, la imagen o el símbolo, ni a modo de conclusión lógica o mediante el proceso de abstracción (…). La experiencia la podemos describir como presencia o manifestación inmediata de algo que se revela (o manifiesta) a sí mismo como don de sí mismo, de alguien que está presente y que en virtud de su presencia, él mismo se da a conocer”.

[7] Henri, J.M. Nouewn, Con el Corazón en Ascuas. “La Palabra de Dios no es una palabra que debamos aplicar a nuestra vida diaria algún lejano día; es una palabra que nos sana en y a través de nuestra escucha, aquí y ahora”.

[8] No que por nosotros mismos seamos capaces de atribuirnos cosa alguna, como propia nuestra, sino que nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva alianza, no de la letra, sino del Espíritu, pues la letra mata mas el Espíritu da vida”. Cfr. 2Cor. 3,5-7

[9] Nouwen, Henri, J.M., Con el corazón en Ascuas.

[10] Baena, Gustavo, La vida sacramental.

[11] Ladrière, Jean, L’articulation du Sens.

[12] “La alienación consiste en reducir la fe a un mensaje de salvación para la otra vida. Al no poder realizarse la fe, con sus exigencias en las cosas del mundo –transformando los valores y comportamientos de nuestra sociedad en auténticamente cristianos- no ha tenido más remedio que desplazarse a otro mundo”. Castillo, José María, La Alternativa Cristiana.

[13] E. Schillebeeckx, O.P., Cristo, Sacramento del encuentro con Dios.

[14] Cfr. Dei Verbum 23

[15] E. Schillebeeckx, O.P., Cristo, sacramento del encuentro con Dios, Ed. Dinor.

[16] “En la experiencia existencial se destaca su historicidad: esto significa, en primer término, que no puede aislarse, prescindir del influjo del contexto social concreto en que vive el hombre; éste siempre se mueve en el ámbito de su influencia, la cual se hace claramente perceptible en el lenguaje”. Carlos Bravo, S.J., El marco antropológico de la Fe, Universidad Javeriana.

 

AUTOR:  Padre Carlos Alberto León Daza, OCD