La revelación de Dios en Jesús

JesucristoLas palabras de Jesús le resultan familiares al corazón que ama. “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34). El mandamiento del corazón es amar; no es corazón si no ama. La revelación de Dios en Jesús...

 


 

PURAS PALABRAS DE AMOR

 

El Nuevo Testamento es un libro oriental; una carta de amor, si se quiere. No racionalista; de mentalidad sapiencial. El lector se convierte de repente en protagonista de lo que lee. La resurrección, por ejemplo, no es algo que pasó; es Dios aconteciendo en él en cuerpo y alma. “Tomó al ciego [...] y le puso saliva en los ojos [...] de suerte que veía de lejos con claridad” (Mc 8, 23-25). Ojos sanados, resucitados, claros, llenos de amor.

Dios libera al hombre del desamor que lo mantiene prisionero de sí mismo. El Espíritu del Señor unge al que lee y así puede anunciar la buena nueva a los pobres, dar vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar que la vida es regalo de Dios (ver: Lc 4, 18-19). Un amor que es persona, no cosa: Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, aconteciendo en él, imprimiéndole una manera singular de mirar, pensar, hablar y soñar. Ojos del lector vueltos dulzura y transparencia.

Las palabras de Jesús le resultan familiares al corazón que ama. “Les doy un mandamiento nuevo, que se amen los unos a los otros como yo los he amado” (Jn 13, 34). El mandamiento del corazón es amar; no es corazón si no ama. La revelación de Dios en Jesús es de sentido común, pura espontaneidad.

En nada somos tan menesterosos como en el amor. Acostumbrados a hacernos daño por no amarnos, vivimos en el forcejeo de no amar. Hacer daño es perder la inocencia, que significa no hacer daño, no dañar. Puede que el infierno no sea otra cosa que vivir sin amor, sin inocencia. Inocencia y paraíso son la misma cosa. Quien ama es inocente, vive ya en el paraíso, en Dios.

“Ama y haz lo que quieras” (S. Agustín). El amor guía siempre por el camino del bien, de la bienaventuranza, de la felicidad. Los pobres, los mansos, los misericordiosos, los justos, los consolados y los limpios de corazón son felices por amar (Ver Mt 5, 1-12). Para S. Juan de la Cruz, bienaventurado y enamorado son la misma cosa, pues “la bienaventuranza no se da por menos que amor” (Noche 2, 12, 1). El enamorado es revelación de Jesús, de Dios; vive ya en el cielo.

 

Los secretos de Dios

Sabemos que Dios existe porque se revela, sale de sí mismo, crea. La creación es fruto del amor. Las criaturas son expresión del amor divino, cuya interioridad es la familia trinitaria. “Señor, ¿qué pasa para que te vayas a manifestar a nosotros? Jesús respondió: Si alguno me ama guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). Dios se revela dando vida y estableciendo comunión de amor con personas y cosas, con todas las criaturas.

Dios sale de sí mismo, crea, ama; vive en comunión de amor, en comunidad. Es como se revela. Dios tiene la iniciativa en el amor. Amar a Jesús es acoger su Palabra, que es Él mismo, y dejarse amar de Él. Amor correspondido es amistad. “En esto conocerán que son discípulos míos, en que se aman los unos a los otros” (Jn 13, 35).

“Si alguno me ama, guardará mi Palabra”. S. Teresita hace este comentario a su hermana Celina. “¡Guardar la palabra de Jesús! Esa es la única condición para nuestra felicidad, la prueba de nuestro amor a él. ¿Pero qué palabra es ésa…? Me parece que la palabra de Jesús es él mismo…, Él, Jesús, el Verbo, ¡la Palabra de Dios…!” (Carta 165, 7 de julio de 1894). El amor de Dios y su palabra son Él mismo. Escucharlo es dejarse amar, ser su amigo, vivir en comunión con Él.

El Concilio Vaticano II afirma en el documento sobre la revelación divina que Dios, más que verdades, se revela a sí mismo. “Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, ‘últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo’ (Heb 1, 1-2). Pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios” (Dei Verbum 4).

Los secretos de Dios son Dios mismo, Jesús, el Verbo. “Una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma”. S. Juan de la Cruz afirma lo que experimenta. “Todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. ‘Este es mi amado Hijo en que me he complacido’ [...] Oídle a él, porque yo no tengo más fe que revelar, ni más cosas que manifestar” (Dichos de Luz y Amor 99; Subida 2, 22, 3.5).

Jesús hizo esta confidencia a Nicodemo: “Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna [...] y el mundo se salve por Él” (Jn 3, 16-17). La mirada de Jesús en la noche dejó a este hombre sensible muriéndose de amor. Y a todo el que lo visita en la intimidad del corazón.

 

Vayan a contar lo que han visto...”

El Nuevo Testamento es un libro que habla de otro libro: Jesús, el Verbo, Dios. “Lo que oímos desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida [...] se lo anunciamos para que también ustedes estén en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Les escribimos esto para que nuestro gozo sea completo” (1 Jn 1, 1.3-4). Al romper el caparazón de las palabras, el lector se encuentra en la casa del amor: “Y vivo, ya no yo, es Cristo quien vive en mí” (Gál 2, 20).

Una mujer saca agua. La desasosiega por momentos una sed insaciable. Hasta que llega un desconocido al brocal de su alma. “Dame de esa agua para que no tenga más sed y no tenga que venir aquí a sacarla” (Jn 4, 15), suplicó a Jesús la mujer fuera de sí. “Y la Samaritana olvidó el agua y el cántaro por la dulzura de las palabras de Dios” (S. Juan de la Cruz, Llama 1, 6).

Las parábolas son fotografías verbales de la vida real. Jesús se junta con publicanos y pecadores y come con ellos quebrantando la ley. Justifica su comportamiento contando parábolas como la del Hijo Pródigo (Lc 15, 11s.). Por vivir en el corazón del Padre, Jesús actúa como Él, movido por la misericordia, por el amor. “Vayan a contarle a Juan lo que están viendo y oyendo: los ciegos ven y los cojos andan, los leprosos quedan limpios y los sordos oyen, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la buena nueva” (Mt 11, 4-5), que es el mismo que habla, acoge y cura, derretido de amor.

Usamos himnos, palabra y música, para cantar lo indecible, como en Efesios (1, 4.10): “El nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo, para que fuésemos santos e inmaculados ante él por el amor [...] con el plan de que todas las cosas tengan a Cristo por cabeza, las del cielo y las de la tierra”. María, la Inmaculada, es prototipo de la comunión de amor que Jesús vino a establecer con los hombres, con la creación.

 

Testigos de esta historia de amor

Los evangelistas son místicos, los místicos son evangelistas. Viven en relación de inmediatez con Dios. El evangelio es testimonio místico. Quienes lo escribieron no hicieron más que poner por escrito lo que escuchaban al que habla sin ruido de palabras, traduciendo a lenguaje humano el lenguaje divino. S. Teresa, lectora apasionada, descubrió en Dios el libro de todos sus desvelos. “Su Majestad ha sido el libro verdadero adonde he visto las verdades. ¡Bendito sea tal libro que deja impreso lo que se ha de leer y hacer, de manera que no se puede olvidar!” (Vida 26, 5).

Mística es vocación de amor. De Dios al hombre, del hombre a Dios. “Nunca da Dios sabiduría mística sin amor, pues el mismo amor la infunde” (Noche 2, 12, 2). Por amor, el amante entra en comunión con el amado. Dios y hombre son amantes y amados a la vez. Dios es amante por amar al hombre, el amado de Dios. El hombre es amante por amar a Dios, el amado del hombre.

El hombre es amado de Dios. Si no lo fuera, ni Dios sería Dios, ni el hombre existiría. La creación es obra continuada de amor. Ser criatura y ser amado es la misma cosa. Ser Creador y ser amante es lo mismo también. Entre Dios y el hombre, amante y amado viven en intercambio sin fin. Soy tu amante, eres mi Amado; eres mi Amante, soy tu amado. Mar de fuego, mar de amor, el cielo.

Para los místicos, el amor es el fundamento de todo. Es su testimonio constante. Para S. Teresa de Jesús orar es “tratar de amistad con quien sabemos nos ama” (Vida 8,5). Cultiva con solicitud infinita la convicción de que Dios la ama, y que el amor divino vence todo desamor.

La oración es relación de amor, ejercicio de amor; no una cosa, sino la persona dándose. S. Teresa vive con “un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en Él” (Vida 10, 1). Ama sin entender cómo ama, “glorioso desatino, celestial locura [...] deleitosísima manera de gozar el alma” (Vida 16, 1).

En esta relación de amor hasta lo más inverosímil se vuelve realidad: “Aquí me parece viene bien [...] dejarse del todo en los brazos de Dios. Si quiere llevarla al cielo, vaya; si al infierno, no tiene pena, como vaya con su Bien; si acabar del todo la vida, eso quiere; si que viva mil años, también. Haga Su Majestad como de cosa propia; ya no es suya el alma de sí misma; dada está del todo al Señor; descuídese del todo” (Vida 17, 1). El Libro de la Vida es una historia portentosa de amor.

 

El amor “engolfa” al alma

Los poemas de S. Juan de la Cruz son cantos de amor. Dejan perplejo a quien los lee, como si el mundo acabara de nacer. “Mi alma se ha empleado / y todo mi caudal en su servicio; / ya no guardo ganado / ni ya tengo otro oficio / que ya sólo en amar es mi ejercicio”. La atención se centra en amar. “Todo el universo es un mar de amor en que el alma está engolfada, no echando de ver término ni fin donde se acabe ese amor, sintiendo en sí el vivo punto y centro del amor” (Llama 2, 10). Si bautismo es inmersión del ser humano en el ser divino, amor, amistad, oración y bautismo son la misma cosa: historia de amor del hombre con Dios. Tarea temporal y eterna.

El amor no es cosa; es la persona dándose. “¡Oh noche que guiaste! / ¡Oh noche amable más que la alborada! / ¡Oh noche que juntaste / Amado con amada, / amada en el Amado transformada!” Al lector no le basta ya la contemplación de la belleza del poema. “Quiere ser, así sea por un instante, el poema mismo” (Octavio Paz). Los poemas de S. Juan de la Cruz son la biografía lírica del ser humano poseído por Dios. Maravillosa historia de amor.

S. Juan de la Cruz comenta así sus versos: “Ya que está hecha la perfecta unión de amor entre el alma y Dios, quiérese emplear el alma y ejercitar en las propiedades que tiene el amor, y así ella es la que habla en esta canción con el Esposo, pidiéndole tres cosas que son propias del amor. La primera quiere recibir el gozo y sabor del amor, y ésa le pide cuando dice: Gocémonos, Amado. La segunda es desear hacerse semejante al Amado, y ésta le pide cuando dice: vámonos a ver en tu hermosura. Y la tercera es escudriñar y saber las cosas y secretos del mismo Amado, y ésta le pide cuando dice: entremos más adentro en la espesura” (Cántico 36, 3).

S. Teresita vivió a los once años la primera comunión como una fusión, gota de agua que se pierde en el seno del océano. El bautismo llevado a plenitud. Jesús es el amor que la purga, la ilumina y la guía. “El camino por el que iba era tan recto y luminoso que no necesitaba más guía que a Jesús [...] El me instruía en secreto en las cosas de su amor” (MsA 48v).

“¡Qué fino y transparente era el  velo que ocultaba a Jesús de nuestras miradas…! No había lugar para la duda, ya no eran necesarias la fe ni la esperanza: el amor nos hacía encontrar en la tierra al que buscábamos” (McA 48r). Teresita fue pura encarnación de amor; testimonio conmovedor de quien vive en Dios y para Dios. “He encontrado mi puesto en la Iglesia, y ese puesto, Dios mío, eres tú quien me  lo ha dado. En el corazón de la Iglesia, mi Madre, yo seré el amor” (MB 3v, p. 261). En ella se realiza el designio de Dios: es santa e inmaculada, negación del pecado, ante Él por el amor. Seductora historia de amor.

 

El amor lo es todo

La vida es relación. Consigo mismo, con los demás, con el cosmos, con Dios. El fundamento de la relación, en todas sus dimensiones, es el amor. Sólo el amante, el que ama, sabe lo que es amar, lo que es el amor, fundamento de toda relación. El amor colma de sentido y llena de felicidad. La madurez humana es fruto del amor. Cuando S. Agustín afirmó: “Ama y haz lo que quieras”, tenía claridad en que del amor no puede venir sino el bien, el secreto de la felicidad.

“Destinados a vivir de la alabanza por toda la eternidad, será poco cuanto hagamos por aprenderla desde ahora”. La alabanza es la expresión perfecta del amor. Por amor, cada uno vive en comunión consigo mismo, con los demás, con el cosmos y con Dios. La ‘comunión cosmoteándrica’ de R. Panikkar. Vocación trinitaria; comunión de amor con los demás, con el cosmos y con Dios. Mundo prodigioso de la relación, la riqueza de todo cuanto existe, comenzando por Dios.

“Grande es el poder y la porfía del amor, pues al mismo Dios prenda y liga. ¡Dichosa el alma que ama, pues tiene a Dios por prisionero, rendido a todo lo que ella quisiere! Porque tiene tal condición, que si le llevan por amor y por bien, le harán hacer cuanto quisieren; y si de otra manera, no hay hablarle ni poder con él aunque hagan extremos” (Cántico 32, 1).

No son raras las personas que se sienten desgraciadas porque nadie las ama. Serán felices, más bien, si aman. Amar es una decisión. Nadie puede obligar a otro a amar. Si cada uno ama, sin buscar amor, se sorprenderá de recibir amor de todos. Más que ser amado, amar es el secreto de la felicidad, el arte de vivir.

Jesús de Nazaret es la historia de amor de cada palabra y cada frase del Nuevo Testamento. “Un nuevo mandamiento les doy, que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie ama tanto como aquel que da la vida por los amigos”. Las palabras resuenan una y otra vez en el espacio infinito buscando cómo abrirse camino en el corazón de las criaturas.

Los místicos acuñan frases inmortales. Las sacan del corazón donde ocurre toda transformación: “He aquí que todo lo hago nuevo” (Ap 21, 5). La sorpresa vive en ellos para siempre. Saben por experiencia “que ya sólo en amar es mi ejercicio”; que orar es “tratar de amistad con quien sabemos nos ama”; que “en el corazón de la Iglesia, mi madre, yo seré el amor”. El amor hecho vida cotidiana, lo que llamamos oración.

Para el místico amor y oración son lo mismo: comunión de personas. Y en la Encarnación, comunión cosmoteándrica: comunión de amor de Dios con el hombre y con el cosmos. “Por lo cual, así como, cuando una persona ha llegado de lejos, lo primero que hace es tratar y ver a quien bien quiere, así el alma lo primero que desea hacer, en llegando a la vista de Dios, es conocer y gozar los profundos secretos y misterios de la Encarnación” (Cántico 37, 1). La historia de amor que hará feliz al hombre, a la creación entera por toda la eternidad.

 

AUTOR:  Padre Hernando Uribe Carvajal, OCD