450 aniversario de la reforma teresiana

450 aniversario de la reforma teresiana - Mensaje del General OCD

MENSAJE DEL PREPÓSITO GENERAL

CON MOTIVO DEL 450º ANIVERSARIO DE LA REFORMA TERESIANA

Celebramos este año un aniversario particularmente significativo: el 24 de agosto se cumplirán 450 años de la fundación del monasterio de San José de Ávila y, por tanto, del inicio de la reforma de Teresa. También el Santo Padre ha querido expresar su alegría y la de toda la Iglesia con motivo de esta ocasión, enviando en el día de la fiesta de la Virgen del Carmen, un mensaje rico en espiritualidad y doctrina teresiana.

Al pensar que nuestra familia religiosa cumple 450 años, el primer sentimiento que llena nuestros corazones es el de gratitud al Señor por la fidelidad de su amor, unida a la alabanza por las grandes cosas que ha hecho en nosotros. Ciertamente Teresa se entregó a Jesús, pero mucho más se dio Jesús a ella y continúa entregándose a toda su familia. Debemos exhortarnos mutuamente para no olvidar ("¡Recuerda, Israel!") cuántas gracias nos ha hecho llamándonos a formar parte de esta historia y considerándonos capaces de poder testimoniarla en el presente y hacerla crecer hacia el futuro, en un camino fundacional incesante que -como Teresa nos ha enseñado- nunca podemos considerar concluido. Ninguno de nosotros habría podido estar aquí ni asumir esta responsabilidad, sino gracias al don de Dios, a la manifestación de su amor misericordioso y su iniciativa gratuita.

Otro ámbito de reflexión lo obtenemos al considerar el tramo más reciente de nuestra historia. En 1962, la Orden celebró el cuarto centenario de la reforma, al tiempo que arrancaba el Concilio Vaticano II, que señalaría, en muchos aspectos, el comienzo de una época nueva de la historia de la Iglesia. Los 50 años trascurridos desde entonces son una etapa de nuestro camino, susceptible de análisis histórico y discernimiento espiritual. Hemos cambiado mucho en estos años, pero continúa vibrando en nosotros la misma vocación y la misma pasión de hijos e hijas de Teresa de Jesús. Todos sabemos que no todos los cambios han expresado la creatividad del carisma, ni toda voluntad de conservación ha sido manifestación de auténtica fidelidad. Pero, sobre todo, constatamos que ésta nuestra realidad compleja y, a veces, contradictoria, está llena hoy de rostros nuevos, de nuevas generaciones nacidas en estos cincuenta años, con sensibilidades distintas y experiencias diversas, provenientes de todas las partes del mundo. Y, en nuestra realidad, estas nuevas generaciones quieren expresar lo que son y lo que tienen, fragilidad y fuerza, pobreza y riqueza, intuiciones y oscuridad, entusiasmo de la juventud y sabiduría de la edad madura.

Teresa tenía 47 años cuando la campana de San José repicó por vez primera. Más de dos tercios de su existencia habían pasado ya. Con una edad considerada avanzada, en aquel tiempo mucho más que en el nuestro, ella comenzaba una aventura completamente nueva, de la cual presagiaba los riesgos y las incógnitas. Sabemos que dos fuerzas le ayudaron a superar cualquier humana y razonable resistencia: la fuerza de la experiencia de Dios y la fuerza de la pasión por una Iglesia y un mundo sometidos a una sacudida histórica.

Éstas son, también hoy, las fuerzas que pueden animarnos y ayudarnos a remprender el camino o, mejor, abrirnos una ruta en medio de un paisaje que, a veces, se nos aparece como un desierto vacío y sin caminos, en el cual nos sentimos perdidos, y otras como una selva impenetrable en la cual es imposible encontrar un sendero por el que avanzar.

Teresa no contó ni con amigos potentes ni con grandes recursos económicos. Su misma condición de mujer le fue causa de innumerables dificultades y limitaciones. Hubo momentos en los que el proyecto de la nueva fundación debió parecerle simplemente irrealizable y de ello se lamentó al Señor, que le pedía cosas imposibles (cf. Vida 33, 11). La historia de la primera fundación es la de un entramado de fatigas, dudas, persecuciones y obstáculos de todo tipo, pero, al mismo tiempo, de consuelos, encuentros providenciales, ayudas inesperadas y, sobre todo, de certezas interiores continuamente reavivadas. Por ello, su relato se transforma en una historia de salvación, cuya memoria debe ser recordada de generación en generación, para continuar extrayendo de ella fuerza e inspiración. Al destinatario del Libro de la Vida, el P. García de Toledo, le dio la libertad de destruirlo por completo, a excepción del relato de la primera fundación:

“Así, pido yo a vuestra merced por amor de Dios, que si le pareciere romper lo demás que aquí va escrito, lo que toca a este monasterio vuestra merced lo guarde y, muerta yo, lo dé a las hermanas que aquí estuvieren, que animará mucho para servir a Dios las que vinieren, y a procurar no caiga lo comenzado, sino que vaya siempre adelante, cuando vean lo mucho que puso Su Majestad en hacerla por medio de cosa tan ruin y baja como yo” (Vida 36, 29).

Es con este espíritu que, también nosotros, después de 450 años, volvemos a aquella experiencia fundante, de la cual hemos nacido. Si el Señor puso tanto para que aquella obra se cumpliese, continuará a hacerlo para que no se arruine sino que, al contrario, progrese siempre más y más. A Teresa le interesa mucho subrayar que si todo se ha realizado, ello no ha dependido del instrumento utilizado, una mujer imperfecta y pobre, como ella, sino de Aquél que de ella ha querido servirse. Teresa no usa aquí de falsa humildad; dice –como siempre- “cosas muy verdaderas” (Vida 40, 3), de modo particular ante un hecho tan importante como la reforma del Carmelo. Es la obra del Señor, a cuyo servicio ella se ha puesto, no sin dudas, angustias y resistencias. Pero, al fin, su gracia ha sido más fuerte.

Esta obra querida por Dios, esta joya preciosa con la cual ha querido adornar a Teresa, y en ella a toda la Iglesia (me refiero a la famosa visión narrada en Vida 33, 14), ha sido ahora puesta en nuestras manos ¿Qué haremos con ella? ¿Cuál será nuestra respuesta a la llamada que nos reclama desde las páginas autobiográficas de la Santa Madre? Tantas veces hablamos hoy de la crisis de la vida religiosa, de sus dificultades, debidas –especialmente en Occidente- a la falta de vocaciones y al envejecimiento de las comunidades, pero aún más a una pérdida general de motivación y a una crisis de identidad. No quiero minimizar estos problemas, los cuales experimentamos cotidianamente, sobre todo los que son llamados al servicio de la autoridad. Sin duda la crisis que estamos viviendo es histórica, y no se podrá salir de ella sin intuiciones nuevas y cambios profundos.

La pregunta que me parece esencial es la siguiente: ¿De dónde podrán venir estas nuevas intuiciones? ¿De dónde sacaremos las fuerzas para los cambios que piden los tiempos? Me he dado cuenta de que, en este período de crisis económica, está teniendo mucho eco un pensamiento que Albert Einstein escribió durante la gran crisis de 1929. Se puede hallar citado en una infinidad de páginas Web y blogs e, incluso, lo encontré en una carta que me escribió una hermana. Decía Einstein en 1935:

“La crisis es la mayor bendición para las personas y las naciones, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis donde surge la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera a sí mismo sin haber sido superado.

Quien atribuye a la crisis sus fallos y dificultades, traiciona su propio talento y da más valor a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia.

El inconveniente de las personas y de las naciones es la holgazanería en el buscar soluciones y vías de salida.

Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay mérito. Es en la crisis donde emerge lo mejor de cada uno, porque sin crisis todos los vientos son sólo leves brisas. Hablar de crisis significa incrementarla y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En lugar de todo eso, trabajemos duramente. Acabemos de una vez con la única crisis peligrosa, que es la tragedia de no querer luchar para superarla”.

Son, sin duda, palabras de estímulo y de esperanza, que invitan a levantarse de nuevo y dar lo mejor de nosotros mismos, sin dejarnos vencer por el miedo y el desaliento. Es posible que, para la economía y la política, estas palabras den en el blanco e indiquen los caminos adecuados para salir de la crisis. No obstante esto, no me parece que se pueda decir lo mismo respecto a la crisis de la vida religiosa y de la vida espiritual. Acogerse a los recursos de la voluntad y de la inteligencia del ser humano es justo; invitar a elaborar proyectos eficaces y a desarrollar una creatividad que nos haga capaces de afrontar los desafíos del presente, tiene sentido y es indiscutiblemente razonable.

Sin embargo debemos ser conscientes de que no serán nuestros proyectos los que nos salvarán. Necesitamos beber de una fuente de agua viva que brote de venas mucho más profundas en las que el hombre no hace, sino que se deja hacer, donde no escoge, sino acepta ser escogido, donde no experimenta su sabiduría y su fuerza, sino su estulticia y su debilidad. El camino de salida no se encuentra volviendo hacia atrás, a la situación precedente, o proyectándose hacia delante, sino profundizando en la crisis presente, descendiendo a sus raíces, a aquella hondura donde las cosas se ven de modo diferente, la agitación y el miedo se calman y la oración del pobre comienza a alzarse más pura, más humilde y más verdadera. Desde ella podemos remprender el camino.

Esta vía que surge desde abajo y que Teresa ha recorrido hasta el último día de su vida, la vía del misterio pascual, se puede emprender sólo cuando se ha experimentado que los otros caminos son callejones sin salida o senderos que se pierden en la nada. Es un camino que tiene como bastón la oración y como alforja el perderse a sí mismo, y por ello se parece al camino de los discípulos de Jesús, llamados a dejarlo todo para andar tras aquél en el que creen y del cual esperan todo. Un camino en el cual –como escribía el beato Newman en su magnífica poesía “La columna de nube”- no se pretende ver en la distancia, sino sólo atisbar aquel pequeño paso que estamos llamados a dar cada día.

Quizás sea esto el poco que es en nosotros que Teresa eligió cumplir en el momento en que tomó conciencia de la gravedad de la situación en la cual la Iglesia y el mundo se encontraban y de la misión que el Señor la estaba confiando. Sé que puede parecer poco, pero es precisamente del poco y lo pequeño, por no decir del nada, de donde Dios crea el todo. Y de esto nosotros tenemos el deber de ser testigos, con Teresa y como Teresa lo ha sido a partir de aquel lejano y, sin embargo, cercanísimo, 24 de agosto de 1562.

AUTOR: P. Saverio Cannistrà, ocd - Prepósito General Orden de Carmelitas Descalzos