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Juan Pablo ILos tiempos en los que Cardenal Patriarca de Venecia escribía sus cartas  eran convulsos (octubre 1974);  como los de Santa Teresa;  siempre han existido falsos e iluminados reformadores. Carismáticos y profetas que se autoproclaman la única y verdadera iglesia...

 


 

Siendo Cardenal Patriarca de Venencia el Papa Juan Pablo I, cuyo pontificado duró solo 33 días, escribió una carta mensual a los que estimaba Ilustrísimos  señores. Entre los cuales no podían faltar ilustres mujeres como Santa Teresa o  Santa Teresita del Niño Jesús.

Se trata de un estilo epistolar en tono periodístico, ágil y desenfadado en el que aborda todas las cuestiones que le preocupaban como patriarca de Venecia, escrito de forma popular, porque está pensado para sus fieles y para todos los hombres de buena voluntad. La carta a Santa Teresa tiene un título muy sugestivo y muy expresivo: Teresa, un maravedí y Dios; teniendo en cuenta las dificultades económicas que la Reformadora del Carmelo experimentó y cómo las superó con sus conocimientos del valor del dinero y su regateo, por lo que decía: “¡qué baratona estoy!” y, sobre todo, con su confianza en el Señor de la rentas y de los renteros. Pero además el título con el termino maravedí hace relación a Teresa como una riqueza-regalo  muy grande  de la Santísima Trinidad a su Iglesia.

En la carta, el futuro Papa se fija, en primer lugar, en la Teresa de los éxtasis y de las visiones, teniendo como referente el tan traído y llevado grupo marmóreo de  Bernini, del que escribe: te presenta  en el momento en que un serafín se dispone a travesar tu pecho con su flecha.

Pero existe otra Teresa, que por lo que dice le gustaba más; la Teresa que experimentó las mismas dificultades que todos nosotros y que supo vencer. La Teresa que sabía sonreír, reír  y hacer reír. La que se movía con soltura en medio del mundo y en las circunstancias más adversas. Todo ello gracias a sus dones naturales, pero, sobre todo, en virtud de su unión constante con Dios. Una mujer que vale  por veinte hombres. Mujer de lengua sencilla y pluma elegante y aguda. Mujer paradójica que teniendo un muy alto concepto de sus religiosas, no dudaba en escribir a su fraile carmelita más querido y admirado, el P. Gracián, a quien advertía por su llaneza: “Por amor de Dios que mire vuestra reverencia allá lo que hace. No se crea de monjas, que yo le digo que, si una cosa han gana, que le hagan entender mil”. Pero el Papa se da cuenta de la grande y definitiva importancia de las mujeres en la Iglesia, y así escribe: “Las mujeres de por sí no gobiernan, esto corresponde a la Jerarquía, pero con mucha frecuencia inspiran, promueven y a veces, dirigen”.

Los tiempos en los que Cardenal Patriarca de Venecia escribía sus cartas  eran convulsos (octubre 1974);  como los de Santa Teresa;  siempre han existido falsos e iluminados reformadores. Carismáticos y profetas que se autoproclaman la única y verdadera iglesia exactamente como en pleno tercer milenio. Por eso le dice: “Querida Teresa, ¡qué lejos de tu espíritu se halla todo esto! ¡Qué abismo separa de ti a estos falsos reformadores! Hija de la Iglesia” era el nombre que más te gustaba. Lo repetiste con voz apagada en el mismo lecho de tu muerte. Y durante tu vida trabajaste incansablemente para la Iglesia y con la Iglesia, aceptando, incluso, el sufrir algo de la Iglesia.

Así veía a Santa Teresa  Juan Pablo I, cuyo pontificado estuvo marcado por su cercanía simpatía y por su humildad y liderazgo. Fue el Papa de la sonrisa de Dios.

 

AUTOR: Fidel García Martínez

TOMADO DE: https://delaruecaalapluma.wordpress.com

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