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teresa-durueloDesde muy pronto, Teresa piensa en una rama masculina. Dos motivos la espolean con fuerza. Sabe lo importante que es tener hermanos, frailes que puedan acompañar, compartir la vida y el espíritu de familia, el «estilo de hermandad y recreación que tenemos». Pero ...

 


 

El 28 de noviembre, recordamos la primera fundación masculina de la reforma teresiana: Duruelo. Vamos a acercarnos a este episodio desde el libro de la Fundaciones, donde Teresa dejó escrita la crónica de cada nueva comunidad que se iba abriendo.  Y lo narrará de primera mano. No como protagonista, que no se considera, pero sí como testigo de la obra de Dios. Él va haciendo posible su sueño de expandir la experiencia del primer convento, San José de Ávila. Ahora, también entre los varones.

«Junto a nosotras, nuestros frailes descalzos» (F 28, 37)

Como quien sabe el oficio que le ha sido confiado, Teresa no suelta de sus manos la labor. «Piedra con piedra, pluma a pluma», va levantando paredes y escribiendo páginas. Paredes de piedra para un edificio que «solo Su Majestad lo podía levantar» (13, 7) y páginas de vida para «dar de lo mucho que he recibido» (F 2, 7).

Desde muy pronto, Teresa piensa en una rama masculina. Dos motivos la espolean con fuerza. Sabe lo importante que es tener hermanos, frailes que puedan acompañar, compartir la vida y el espíritu de familia, el «estilo de hermandad y recreación que tenemos». Pero además, quiere ampliar el eco. Dentro de ella late un fuerte sentido eclesial, el compromiso de hacer lo que pueda por Cristo. Multiplicar pequeños grupos, no solo de mujeres orantes sino de frailes que además fueran letrados y predicadores. Al fondo está siempre el deseo del «bien de las almas» (F 1, 6).

La nueva célula familiar nace como un brote del mismo tallo. Pared con pared, los «descalzos carmelitas» son parte de la familia que está tomando cuerpo. Sus casas tendrán el mismo sello que las de las monjas: pobreza, libertad y fraternidad. La sencillez, el desprendimiento y el amor en la base. Y la alegría. También en estas fundaciones «todo lo llevan con alegría» (F 19, 12). Con un único deseo, servir: «así va el Señor poblando esta su casa de almas tan deseosas de servirle» (F 26, 16).

Como fundadora, Teresa tenía que comunicar el espíritu, mostrar el camino de contemplación y servicio que había entendido. «Gustar cuán suave es el Señor» (F 5, 4) era el punto de partida del servicio y no del aislamiento, ni de «embebecimientos». «Guardar el rigor de la regla primera» (2, 1), no equivalía a «llevar las cosas de penitencia con tanto rigor», como algunos entendieron.

Lduruelo 2a línea que separa «lo que es más servicio» (F 5, 6) del exceso es delgada, y ella lo sabía. Tenía que alentar los deseos, porque de la profundidad del amor iría naciendo la generosidad, y esquivar el rigorismo. Ahí pondrá el acento, en el amor y en la confianza en la misericordia: «válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre por su Hijo» F 28, 35), para dar a entender que sin gratuidad todo lleva «principio de caer muy presto».

Fiel a su oficio, Teresa busca y trabaja, confía y ora. Tiene que encontrar las personas adecuadas, las casas necesarias… Ella se ve «sin ninguna posibilidad para ponerlo por obra», pero tiene valor: «el ánimo no desfallecía ni la esperanza» (F 2, 6). Con ese ánimo y esa esperanza llevará a buen término las fundaciones, hasta lograr que los frailes sean «provincia por sí».

«Como verdadera madre», busca a sus hijos y los educa, prepara sus casas y sus hábitos, mueve los papeles necesarios y los contactos oportunos, y les da alas. Así funda Teresa una nueva esperanza.

Las fundaciones de frailes: «El principio de los monasterios de los padres descalzos»

Cuando Teresa comprende la necesidad de fundar casas de frailes, inmediatamente se pone manos a la obra: «escribí a nuestro P. General una carta […] me envió licencia para que se fundasen dos monasterios» (F 2, 5).

Con sus dos patentes, las licencias para iniciar las fundaciones de frailes, se pone en marcha. Un convencimiento profundo la acompaña: «que Él sería con nosotros» (F 31, 16). «No sabía qué hacer», escribe, pero no se queda de brazos cruzados, emprende la tarea con su proverbial determinación, hecha de realismo y confianza, porque sabe que Dios no deja de su mano «a quien desea servirle» (F 27, 20).

Teresa conquista para su proyecto a dos frailes, y se entusiasma: «pareciome estaba hecho el negocio». Contaba con lo más importante, el material humano necesario para «levantar el edificio» (F 4, 7). Tendrá material de todo tipo, noble y enclenque, porque no todos los aspirantes poseen las cualidades humanas necesarias «para principio semejante». Un principio para el que no bastaba una cierta compostura religiosa, ser «buen fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda», porque se trataba de «emplearse toda [enteramente] en servicio de su gran Dios» (F 29, 3).

El padre Antonio de Heredia, fray Antonio de Jesús, fue el primero que se ofreció para llevar adelante la nueva casa. Siendo prior de los calzados en Medina del Campo, había ayudado mucho en la fundación de monjas que allí se hizo y conocía, de boca de la misma Teresa, sus ideas renovadoras. Ella tenía sus dudas con respecto a él: «no estaba muy satisfecha, aunque me alegraba de oírle». Y es que fray Antonio, aunque estaba realmente ilusionado con sumarse al nuevo camino, era quebradizo, «delicado», dice ella. No bastó el entusiasmo, fray Antonio perseveró pero sin acabar de integrar el nuevo proyecto. Él mismo escribe en una ocasión: «no me goberné por la madre» en muchas cosas. La «madre» no solo lo sabía, sino que mucho antes lo había intuido.

Todo el material fue necesario, el acerado y el frágil, «para comenzar» y así, gracias a fray Antonio, a fray Juan de la Cruz y a un tercer hermano, fray José de Cristo, se inicia la Descalcez masculina.

Dos frailes para comenzar

«Estando aquí yo, todavía tenía cuidado de los monasterios de los frailes. Y como no tenía ninguno, como he dicho, no sabía qué hacer. Y así me determiné muy en secreto a tratarlo con el prior de allí para ver qué me aconsejaba, y así lo hice. Él se alegró mucho cuando lo supo y me prometió que sería el primero. Yo lo tuve por cosa de burla y así se lo dije; porque, aunque siempre fue buen fraile y recogido y muy estudioso y amigo de su celda, que era letrado, para principio semejante no me pareció sería, ni tendría espíritu, ni llevaría adelante el rigor que era menester, por ser delicado y no mostrado a ello. Él me aseguraba mucho y certificó que había muchos días que el Señor le llamaba para vida más estrecha, y así tenía ya determinado de irse a los cartujos, y le tenían ya dicho le recibirían. Con todo esto, no estaba muy satisfecha, aunque me alegraba de oírle, y roguele que nos detuviésemos algún tiempo y él se ejercitase en las cosas que había de prometer. Y así se hizo; que se pasó un año, y en este le sucedieron tantos trabajos y persecuciones de muchos testimonios, que parece el Señor le quería probar. Y él lo llevaba todo tan bien y se iba aprovechando tanto, que yo alababa a nuestro Señor y me parecía le iba Su Majestad disponiendo para esto.

Poco después, acertó a venir allí un padre de poca edad, que estaba estudiando en Salamanca, y él fue, con otro por compañero, el cual me dijo grandes cosas de la vida que este padre hacía. Llámase fray Juan de la Cruz. Yo alabé a nuestro Señor, y hablándole, contentome mucho, y supe de él cómo se quería también ir a los cartujos. Yo le dije lo que pretendía y le rogué mucho esperase hasta que el Señor nos diese monasterio, y el gran bien que sería, si había de mejorarse, ser en su misma orden, y cuánto más serviría al Señor. Él me dio la palabra de hacerlo, con que no se tardase mucho. Cuando yo vi ya que tenía dos frailes para comenzar, pareciome estaba hecho el negocio, aunque todavía no estaba tan satisfecha del prior, y así aguardaba algún tiempo, y también por tener adonde comenzar» (F 3, 16-17).

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Por fin, encuentra una «casita», en un «lugarcillo», en Duruelo: «un caballero de Avila […] vínome a ofrecer que me daría una casa que tenía en un lugarcillo de hartos pocos vecinos» (13, 2). Así nace la primera casa de «frailes descalzos de la primera regla» (2, 4).

Aquel portalito de Belén

«Tardose poco en aderezar la casa, porque no había dinero, aunque quisieran hacer mucho. Acabado, el padre fray Antonio renunció su priorazgo, con harta voluntad, y prometió la primera regla; que, aunque le decían lo probase primero, no quiso. Íbase a su casita con el mayor contento del mundo. Ya fray Juan estaba allá.

Dicho me ha el padre fray Antonio que, cuando llegó a vista del lugarcillo, le dio un gozo interior muy grande, y le pareció que había ya acabado con el mundo en dejarlo todo y meterse en aquella soledad; adonde al uno y al otro no se les hizo la casa mala, sino que les parecía estaban en grandes deleites.

¡Oh, válgame Dios, qué poco hacen estos edificios y regalos exteriores para lo interior! […]

Primero o segundo domingo de adviento de este año de 1568 (que no me acuerdo cuál de estos domingos fue), se dijo la primera misa en aquel portalito de Belén, que no me parece era mejor» (F 14, 2-6).

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«Todo era comenzar» (13, 4), dice Teresa. Echar a andar como fuera, con lo mínimo, y dejar crecer la simiente. Una simiente que apenas sembrada empieza a dar fruto. En los frailes, que disfrutaban la pobreza y la soledad, tenían «gran contento» y «un gozo interior muy grande» y en las gentes del lugar, porque empezaron a tener mucho crédito por «el gran bien que hacían en aquellos pueblos».

El buen ejemplo

«Iban a predicar a muchos lugares que están por allí comarcanos sin ninguna doctrina, que por esto también me holgué se hiciese allí la casa; que me dijeron que ni había cerca monasterio ni de dónde la tener, que era gran lástima. En tan poco tiempo era tanto el crédito que tenían, que a mí me hizo grandísimo consuelo cuando lo supe.

Pues, como yo vi aquella casita, que poco antes no se podía estar en ella, con un espíritu que a cada parte, –me parece–, que miraba, hallaba con qué me edificar, y entendí de la manera que vivían, y con la mortificación y oración y el buen ejemplo que daban (porque allí me vino a ver un caballero y su mujer, que yo conocía, que estaba en un lugar muy cerca, y no me acababan de decir de su santidad y el gran bien que hacían en aquellos pueblos), no me hartaba de dar gracias a nuestro Señor, con un gozo interior grandísimo, por parecerme que veía comenzado un principio para gran aprovechamiento de nuestra orden y servicio de nuestro Señor. Plega a Su Majestad que lleve adelante como ahora van, que mi pensamiento será bien verdadero. Los mercaderes que habían ido conmigo me decían que por todo el mundo no quisieran haber dejado de venir allí. ¡Qué cosa es la virtud, que más les agradó aquella pobreza que todas las riquezas que ellos tenían, y les hartó y consoló su alma!» (14, 8; 14, 11).

TOMADO DE:Comenzando siempre. Páginas escogidas del libro de las FundacionesEDE, Madrid, 2011,  pp. 165 y ss.

 

 

 

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