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mancha castillaEn el caso de Teresa de Ávila es evidente que sus obras –consagradas históricamente como inequívocos monumentos de la espiritualidad cristiana– no pertenecen a este tipo de literatura, pero sí contienen abundantes referencias a viajes que evocan variadas tramas...

 


 

Es propio de la llamada ´literatura de viajes´ que sus obras recojan acontecimientos vinculados con desplazamientos humanos de cualquier tipo –aventuras, conquistas, exploraciones…, cometidos diversos que motivan el acto de viajar. En todo caso, emprender un viaje supone siempre abrirse a una cierta renovación espiritual. En su recorrido, el viajero devora kilómetros, cruza caminos, atraviesa valles, pasea calles, se relaciona con personas…, en definitiva, conoce un  nuevo ambiente para, al final, volver quizá al mismo punto de partida pero, ahora, con los ojos abiertos a aquella realidad que siempre se tenía pero que no se era. En esta posibilidad de cambio que entraña todo viaje desempeña un papel decisivo el paisaje, que, en ocasiones, puede remozar lo desgastado, encender lo apagado, vivificar lo agonizante. Al manifestarse como una presencia suprema que viniendo de un pasado remoto se instala en un porvenir indefinido, cada paisaje enseña algo diferente e induce una nueva actitud ante la vida: serenidad, alegría, majestuosidad, armonía, soledad, ligereza, benevolencia… De ahí que, en los libros de viajes, además de documentar al lector e incluso mover su admiración, la descripción paisajística resulte ser no solo un recurso literario sino una forma episódica de organizar la propia estructura narrativa.

En el caso de Teresa de Ávila es evidente que sus obras –consagradas históricamente como inequívocos monumentos de la espiritualidad cristiana– no pertenecen a este tipo de literatura, pero sí contienen abundantes referencias a viajes que evocan variadas tramas paisajísticas, especialmente en el caso de Las Fundaciones y de sus Cartas. Estas últimas –de las que se conservan casi quinientas, si bien se estima que son varios los miles que conformarían la variada correspondencia que escribió– están aún, en buena medida, sin estudiar a fondo. Al aplicarle la Santa los mismos principios estilísticos que a sus obras mayores, su correspondencia se ha convertido, por su espontánea belleza y expresión de dominio creativo, en un verdadero yacimiento de la mejor y más fresca lengua castellana. En ella, además de proporcionarse una suerte de inventario de su paso por este mundo, se permite, como en Las Fundaciones, un acercamiento al contexto de lo vivido.

Movida por el incesante trajín de la fundación de sus conventos, Teresa de Jesús recorrió en muchas ocasiones los caminos de Castilla y Andalucía, de manera que, en estos escritos, junto a los elementos autobiográficos, espirituales, místicos, fundacionales y de gobierno y costumbres de su Orden, aparecen otros relativos a elementos paisajísticos, que resultan complementarios de los anteriores. Así, “sin que lo describa, se ven la llanada infinita de oro cereal de Castilla, las viejas y entonces solemnes ciudades castellanas, los ríos con las altas lanzas de los álamos, delicados, gentiles y trémulos, los peñascales abruptos de Sierra Morena, los altaneros castillos algunos de los cuales comenzaban a desmoronarse, los altos cielos azules, limpios y diáfanos, los caminos hondos y pedregosos, imposibles cuando arreciaba la rara lluvia. Y los carros, de los cuales tanto habla la Santa, que se atascaban en los caminos. Carros traqueteantes de recio toldo, de unidos y trabados cañizos, de varales sólidos, con sus arrieros, con sus carreros rudos y coléricos. Y, finalmente, las ventas, las humildes posadas, desabrigadas de todo, con un galgo negro o barcino tendido perezosamente a la puerta, con sus estrechos camaranchones, con sus catres incómodos y con su siempre mal provista despensa”¹. Pero, se pueden atisbar también los añosos olivares, las zonas de floresta o los espesos sotos, en uno de los cuales, en pleno mes de mayo, yendo de Beas a Sevilla, no había manera de arrancar a la Santa de su sombra por su temor al duro sol de Andalucía. Se vislumbra a su vez, junto al agua menuda y callada de pequeños afluentes, el caudal amplio y fecundo de ríos como el Tajo, el Júcar o el Guadalquivir, con sus barcas para cruzarlos –como en aquella circunstancia en que Teresa y sus acompañantes incluso corrieron serio peligro de naufragar– y los puentes para cubrir su paso, algunos de ellos hermosos y de origen romano.

Si las jornadas normales que solía hacer la mística de Ávila y su séquito eran de cinco leguas o treinta kilómetros –algunas de las cuales acababan al anochecer– y las fundaciones se produjeron en distintas estaciones del año –desde la primavera, como en la fundación de Malagón, al invierno, en el caso de Beas de Segura–, con recorridos de hasta seis semanas de duración, es fácil imaginar la dispar climatología con la que se encontraban. Tenían que soportar desde el agobio del bochornoso calor andaluz (“llegamos a Sevilla el jueves antes de la Santísima Trinidad habiendo pasado grandísimo calor en el camino; porque, aunque no se caminaba las siestas, yo os digo, hermanas, que como había dado el sol a los carros, que era entrar en ellos como en un purgatorio”) a la gelidez de las bajas temperaturas de Burgos, donde “son los fríos muy contrarios”. ¡Y qué decir de las rutas! «Pues, bonitos estaban los caminos». Siempre que se podía, hacían el recorrido por antiguas vías romanas, usadas en la época como caminos reales, en ocasiones por terrenos vecinales y llanos para uso de carreteros, y, en algún momento, si el tiempo era seco, incluso por veredas ganaderas, por donde, subidas en jamugas, se trasladaban a lomos de caballerías.

En definitiva, esta reconstrucción de las representaciones paisajísticas insinuadas en las rutas de Las Fundaciones y las Cartas nos transporta mentalmente a los lugares en los que suceden los acontecimientos. Pero también nos ayuda a calibrar el diferente protagonismo que adquiere en unos casos lo urbano, en otros lo rural, en unas circunstancias lo despoblado, en otras incluso lo agreste. La presencia de estos ingredientes del paisaje permite, pues, tanto una mejor comprensión del ambiente social de la segunda mitad del siglo XVI como de las cuestiones mollares contenidas en aquellos escritos teresianos, que –por inyectarles mayor riqueza expresiva y dinamismo vital– ganan en fluidez narrativa y flexibilidad formal.

 

ESCRITO POR: Fidel García Martínez - Doctor Filología Románica, Néstor Luján, La Vanguardia (12.10.1982, pág. 37), Barcelona.

 

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