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quijoteSanta Teresa sabía mucho de los libros de Caballerías que pretendió ridiculizar Cervantes inventando un Hidalgo de la Mancha, quien enloquece por su afición desmedida por los libros de caballerías. La verdadera intención de Cervantes es la que él afirma no la que sesudos...

 


 

Se celebran en este recién estrenado 2015 dos centenarios de dos nacimientos muy diferentes pero relacionados. El más importante sin  duda el V Centenario del nacimiento de la escritora más grande en la lengua castellana, según lo testimonió  Luis de León cuando afirmó: dudo que haya en nuestra lengua escritura que se iguale a la de Madre Teresa. El otro no es un nacimiento personal sino el de la Segunda Parte de  El Quijote que cumple su IV centenario este mismo año. Es en esta Segunda Parte donde se encuentra la verdadera esencia de la novela cervantina por sus más depurados recursos y porque los dos protagonistas Don Quijote y Sancho quedan perfectamente configurados.

Santa Teresa sabía mucho de los libros de Caballerías que pretendió ridiculizar Cervantes inventando un Hidalgo de la Mancha, quien enloquece por su afición desmedida por los libros de caballerías. La verdadera intención de Cervantes es la que él afirma no la que sesudos investigadores  le atribuyen: así afirma el genial Manco de Lepanto: no ha sido otra mi intención, sino poner en aborrecimiento de los hombres las fingidas y disparatadas historias de los libros de caballerías.

Sobre la lectura de los libros  de caballerías Santa Teresa escribe su propia experiencia en el Capítulo 2, 1 del Libro de la Vida, un testimonio que refleja muy bien la influencia de estos libros en la sociedad de aquel tiempo:

“Era [mi madre] aficionada a libros de caballerías y no tan mal tomaba este pasatiempo como yo lo tomé para mí, porque [mi madre] no perdía su labor, sino desenvolvíamonos para leer en ellos, y por ventura lo hacía para no pensar  no pensar en grandes trabajos […]. De esto le pesaba tanto a mi padre que se había de tener aviso a que no lo viese. Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos; y aquella pequeña falta que en mi madre vi, me comenzó a enfriar los deseos y a comenzar a faltar en los demás; y parecíame no era malo con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio, aunque escondida de mi padre. Era tan extremo lo que en esto me embebía que, si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento”

Surge alguna pregunta ante este sincero y revelador testimonio: ¿Por qué Santa Teresa se arrepiente de la lectura de estos libros? Y ¿por qué lo hacía a escondidas de su padre?  Los libros de caballerías eran el  género novelesco preferido por las diversas clases sociales del siglo XVI, desde las más elevadas a las más populares;  desde el emperador Carlos V hasta los últimos soldados y arrieros que sabían leer;  así como las mujeres incluidas las de alta nobleza y las más plebeyas, o santos como Íñigo de Loyola. Tenían sin embargo grandes detractores no sólo entre los teólogos y moralistas,  sino entre los hombres prudentes y graves, el caso del padre de Santa Teresa, como lo refleja claramente ella en el texto citado. Las causas de este rechazo de los libros de caballerías eran su inverosimilitud e inmoralidad. Lo que seducía al público era el protagonista de los mismos: un caballero andante prototipo de heroísmo y fidelidad amorosa, quien emprende grandes aventuras en las que suele aparecer como defensor de doncellas desamparadas y oprimidos, por al amor de su dama. La parodia cervantina supuso, de hecho, el final de los libros de caballería.

Santa Teresa escribió  con su propia vida y nos los dejó escrito en la maravilla del Libro de las Fundaciones, uno de los libros más divertidos de la Literatura Española,  en el que la protagonista es ella misma con sus humildes hijas e hijos  con quienes emprendió la magna obra de la Reforma del Carmelo  venciendo obstáculos sin límites  para conseguir la libertad espiritual y la dignidad de la mujer por los duros caminos de los dos Castillas, Andalucía y Murcia, sembrando por todas las partes sus palomarcicos. Se trata de una aventura a lo divino, pero con los pies en la tierra, porque también entre los pucheros andaba Dios.

 

ESCRITO POR: Fidel García Martínez - Doctor Filología Románica,
Catedrático Lengua y Literatura, Licenciado en Ciencias Religiosas, Gijón

 

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