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Santa Teresa de JesusTeresa de Cepeda y Ahumada vivió durante el «Renacimiento» europeo, en tiempos de la Reforma protestante y del Concilio de Trento. Entre otros, fue contemporánea de Erasmo de Roterdam, Martín Lutero, Miguel Ángel Buonarroti, Bartolomé de las Casas...

 



Teresa de Cepeda y Ahumada vivió durante el «Renacimiento» europeo, en tiempos de la Reforma protestante y del Concilio de Trento. Entre otros, fue contemporánea de Erasmo de Roterdam, Martín Lutero, Miguel Ángel Buonarroti, Bartolomé de las Casas, Carlos V y Felipe II.

La suya fue una época compleja, de profundas transformaciones geográficas, que ensancharon la percepción del mundo con el descubrimiento de América y las conquistas europeas en África y Asia. La sociedad medieval (agrícola y rural, de subsistencia) dio paso a una realidad nueva (urbana, en la que el comercio y los talleres artesanales adquirieron cada vez más importancia). Los cambios socio-económicos fueron acompañados por nuevas estructuras políticas (surgieron los estados modernos) y culturales (las universidades y la imprenta adquirieron una importancia fundamental en la trasmisión de las ideas). Podemos hablar de un verdadero cambio epocal, que afectó a todos los ámbitos del vivir y del pensar. También a las formas de practicar la religión.

Salvando las distancias, fue algo similar a lo que sucede en nuestros días, en los que las viejas estructuras sociales, educativas, políticas y religiosas están en crisis, sin que consigamos adivinar claramente hacia dónde nos dirigimos.

Castilla en el s. XVI

Teresa nace y vive en Castilla, que era el corazón de España y que marcaba en Occidente los caminos de la política, de la cultura e incluso de la moda. En esos años la «monarquía católica» hispana alcanzó su máximo poderío económico, militar y político. Es el llamado «siglo de oro» español, en el que las universidades de Salamanca y Alcalá eran referentes culturales a nivel europeo; las Bellas Artes conocieron un desarrollo y una creatividad sin precedentes en los pueblos y ciudades de España, que se llenaron de templos, palacios, hospitales, edificios públicos y fuentes.

Por entonces compusieron su música Juan del Encina y Tomás Luis de Victoria y escribieron Garcilaso de la Vega, fray Luis de León, Lope de Vega, Luis de Góngora y Miguel de Cervantes. Arquitectos, escultores y pintores italianos y flamencos se asentaron en las ciudades españolas, que también se enriquecieron con las influencias artísticas que llegaban del lejano Oriente, a través de Filipinas y con el incipiente arte colonial americano. Mientras Juan de Herrera construía el Escorial, Diego de Siloé, Juan de Juni y el Greco realizaban sus mejores obras.

Desde el corazón de Castilla, Felipe II gobernó un imperio como nunca se había dado antes ni se ha repetido después, «en el que nunca se ponía el sol», compuesto por las tierras de Castilla y sus posesiones del norte de África, así como América y Filipinas; Aragón y sus posesiones en el sur de Francia y en el Mediterráneo: Nápoles, Sicilia, Cerdeña, Orán, Túnez, el Rosellón, el Franco-Condado, Cataluña y Valencia; Navarra, los Países Bajos, el Imperio romano-germánico, el Milanesado, Portugal y sus colonias de África y Asia.

Guerras y conflictos

No fue fácil mantener unidas tierras y gentes tan distintas y lejanas entre sí. Las tropas españolas se vieron envueltas en numerosas guerras internacionales: En primer lugar estaban las conquistas en el Pacífico y en América, en las que participaron muchos conocidos y parientes de Teresa. Cuando ella contaba 13 años sabe que ha llegado a Toledo Hernán Cortés, conquistador del imperio de Moctezuma, acompañado por indios, animales y frutos exóticos. Los varones de las familias acomodadas emigraron a América en busca de nuevas posibilidades. Así lo hicieron los nueve hermanos varones de Teresa, así como otros parientes y conocidos suyos. Varios de ellos cayeron en las guerras entre los fieles a la corona contra Pizarro y los rebeldes. Con el tiempo solo regresarán dos de sus hermanos: Lorenzo, enriquecido, y Pedro, loco y arruinado.

Entre todos los enfrentamientos armados de la época, el más largo y doloroso fue el de las guerras de religión entre católicos y protestantes, que devastaron Europa entre 1524 y 1648. Es verdad que la causa real era normalmente el choque entre las pretensiones de los príncipes territoriales y las del emperador, así como los intereses económicos de las potencias europeas. Pero las distintas facciones tomaron posturas a favor de Roma o de Lutero. Ello conllevó que algunas prácticas cristianas tradicionales que hasta el Concilio de Trento eran normales, pero que eran favorecidas por los reformadores (como la lectura de la Biblia o la oración silenciosa), fueran miradas con recelo e incluso prohibidas en los ambientes católicos.

Los Tercios españoles, además de en las guerras de conquista y en las de religión, se vieron envueltos en muchos otros conflictos: enfrentamientos con Francia por el control de Nápoles y el Milanesado (el mismo padre de Teresa participó como caballero en la guerra de Navarra, en la que resultó herido san Ignacio de Loyola), con el Papado por otros intereses en la península italiana (el famoso «sacco» de Roma tuvo lugar cuando ella contaba doce años), con los berberiscos y los turcos otomanos por el control del Mediterráneo (la batalla de Lepanto tuvo lugar en 1571), con Inglaterra por el control del Atlántico (la armada invencible fue derrotada en 1588), con los Países Bajos que buscaban la independencia, con Portugal por derechos sucesorios..., sin que faltaran las revueltas de los moriscos en el interior de la península Ibérica (de 1568 a 1571 se desarrolló la guerra de las Alpujarras granadinas).

Demasiados enfrentamientos para una población de apenas seis millones de habitantes. Las familias españolas vieron partir uno tras otro a todos sus varones. Comenzaron a faltar los brazos necesarios para el cultivo de la tierra. Esto, unido a algunos años de sequía y al continuo crecimiento de los impuestos para mantener esa gran máquina belicista, provocó el hambre y la miseria entre los que no pudieron emigrar. La familia de san Juan de la Cruz es un ejemplo significativo. Su padre y un hermano murieron de hambre y su otro hermano sobrevivió trampeando el resto de sus días.

La llegada del oro y la plata americanos hizo crecer la inflación, a pesar de que una gran cantidad pasaba directamente de las galeras a los depósitos de los prestamistas extranjeros. La monarquía hubo de anunciar la bancarrota en varias ocasiones. Todas estas cosas provocaron numerosas revueltas populares (insurrecciones en Flandes, en Castilla, en Aragón, en Valencia, etc.), que fueron aplastadas sin miramientos. El pueblo tuvo que desarrollar su ingenio e inventar mil tretas para sobrevivir. La literatura picaresca de la época, como La Celestina o El Lazarillo de Tormes, describe perfectamente las contradicciones de aquel tiempo.

Además de los ideales caballerescos, conquistadores y guerreros (fruto de los más de setecientos años de enfrentamientos contra los moros durante la Reconquista), hay tres características que definen la sociedad en la que vivió santa Teresa: la profunda religiosidad, que impregnaba todas las dimensiones de la vida, la rígida división de la población en clases sociales y el valor supremo de la «honra», que hoy nos resulta difícil de entender.

La religiosidad imperante

Sin duda, la característica más sobresaliente es la profunda inquietud religiosa, que afectaba por igual a todas las capas de la sociedad. Las manifestaciones religiosas están continuamente presentes y envuelven la vida de la población en todas sus dimensiones, sin que haya ninguna separación entre vida civil y eclesial. Basta ver el gran número de conventos, iglesias parroquiales, ermitas y otros edificios destinados al uso religioso de la época que se conservan diseminados por todo el territorio español.

Al leer la literatura de aquel tiempo, se puede ver que tanto en las ciudades como en el campo, en público como en la intimidad del hogar, se hablaba de cuestiones religiosas: se discutía sobre la presencia real de Cristo en la Eucaristía, sobre la existencia del purgatorio, sobre la importancia de recibir los sacramentos con la disposición adecuada y de hacer buenas obras para salvarse…

En los testamentos de la época nunca faltan fondos para celebrar misas y sufragios, más o menos grandes según la capacidad económica del difunto. En los inventarios que enumeran los objetos dejados en herencia por personas de distintas condiciones, siempre aparecen cuadros y esculturas de motivos religiosos, pero en muy raras ocasiones de motivos profanos (basta ver los fondos de los museos españoles, con sujetos casi exclusivamente religiosos, tan diferentes de los holandeses con sus paisajes o de los italianos con sus escenas mitológicas). Lo mismo podemos decir de los libros. De hecho, entre mediados del s. XV y mediados del s. XVI (cuando empiezan a aparecer los Índices de libros prohibidos), en España se publican cientos de libros de ascética y mística.

Igual que la niña Teresa leía vidas de Santos, a los que quería imitar, le sucedió a Ignacio de Loyola y a una muchedumbre de contemporáneos que tenían a los Santos por modelos de vida a imitar. Los Santos, los profesores de teología, los misioneros y los religiosos de vida austera eran tan atractivos para la gente del s. XVI como lo son hoy las estrellas del cine, los deportistas de élite o los grandes empresarios.

Además, la principal actividad social de la época era participar en sermones, procesiones y todo tipo de funciones religiosas. En cada familia había varios miembros que se consagraban al servicio del Señor en su propia patria o en las misiones de ultramar. Y se puede afirmar que la totalidad de la población pertenecía a varias cofradías en honor de la Virgen, de los Santos o de los misterios de la Semana Santa, así como a otras con fines asistenciales en favor de los pobres, los huérfanos, los enfermos o los encarcelados.

Los grupos sociales

La segunda característica es la rígida división de la población en clases sociales claramente delimitadas, con formas de presentarse, comportamientos y roles sociales bien definidos en cada caso. Podemos hablar de cinco grupos (con graduaciones dentro de cada uno de ellos):

Los nobles formaban el grupo dominante. Eran los propietarios de la mayoría de las tierras y de los bienes de consumo, ocupaban los puestos claves de la administración pública (tanto civil como eclesiástica), vivían de rentas, rechazaban el trabajo manual y estaban exentos de pagar impuestos. Entre ellos abundaban los convencionalismos, los títulos y tratamientos (cf. V 37,6-10).

Junto a ellos, detentaba el poder económico una burguesía entregada al comercio, compuesta mayoritariamente por descendientes de judíos, aunque a este grupo les estaban vedados la mayoría de los cargos políticos y los tratamientos de honor, por lo que su mayor ansia era incorporarse al grupo de los nobles, muchas veces comprando certificados de hidalguía por grandes sumas de dinero.

Los clérigos y religiosos formaban un grupo numeroso (que variaba entre el diez y el veinte por ciento de la población). Entre ellos se daban las mismas divisiones que en el resto de la sociedad. El alto clero se dedicaba a la administración de rentas y propiedades y la mayoría de los sacerdotes, beaterios y muchos monasterios compartían las dificultades del pueblo para cubrir sus necesidades vitales. Teresa aprecia sinceramente a los obispos, religiosos y sacerdotes, a los que no considera «funcionarios eclesiales», sino «capitanes» de los cristianos y «defensores» de la causa de Cristo (cf. C 3,1-2).

La gran masa de los campesinos y obreros, mayoritariamente ignorantes, trabajaba de sol a sol y sobrevivía a duras penas con el fruto de su trabajo, pasando graves necesidades los años de sequía o cuando, por cualquier motivo, subían los precios de los productos elementales.

Los «pobres de solemnidad» formaban una categoría social específica en la que se entraba después de demostrar que no se tenían bienes ni posibilidad de adquirirlos, ni familia a la que acudir, por lo que se podía aspirar a algunas ayudas sociales que concedían las numerosas cofradías e instituciones asistenciales de la época.

La «honra»

La tercera característica de la época es el peculiar sentido del «honor» o de la «honra», que era el motor último de todas las actividades y aspiraciones de esa sociedad. Por entonces se entendía la honra como un reflejo de la opinión de los demás (la reputación, el prestigio) y no como la posesión de unas virtudes. Por lo tanto, era honrado el que recibía honores de la sociedad, el que era respetado, aquel al que se le reconocían algunos derechos.

Lo afirma claramente Lope de Vega cuando afirma en su obra Los comendadores de Córdoba: «Ningún hombre es honrado por sí mismo, que del otro recibe la honra un hombre. Ser vistoso un hombre y tener méritos no es ser honrado. De donde es cierto que la honra está en otro y no en él mismo». Y lo reconfirma también Teresa al afirmar: «Tengo para mí que honra y dinero casi siempre andan juntos […]. Porque por maravilla, o nunca, hay honrado en el mundo si es pobre; antes, aunque en sí sea honrado, le tienen en poco» (CE 2,5-6). La honra, pues, es lo que los otros piensan de nosotros, la consideración que nos tienen.

La honra se expresaba en una serie de títulos y gestos propios de cada clase social. Si no se respetaban las convenciones sociales, se consideraba una afrenta o deshonra, que debía ser vengada. Por honra se podía matar o dejarse morir de hambre (se puede pensar en todos los personajes que desfilan por la literatura picaresca de la época: licenciados, hidalgos o clérigos arruinados, que solo poseían una camisa, o dormían en el suelo, o no tenían para comer, pero no se privaban de criada y escudero).

La honra conllevaba el reconocimiento social, pero se convertía en una verdadera esclavitud: los vestidos, los alimentos, los gestos, los tratamientos... tenían que ser conformes a la propia condición, lo que lleva a escribir a Teresa: «Está el mundo de manera que habían de ser más largas las vidas para aprender los puntos y novedades y maneras que hay de crianza [...]. Porque no se toma en broma cuando hay descuido en el título que se da a las personas, sino que tan de veras lo toman por afrenta, que es menester hacer satisfacciones de vuestra intención si hay un descuido [...]. Hasta para aprender los títulos en los encabezamientos de las cartas se necesita ser catedrático para saber cómo se ha de hacer, porque ya se deja papel de una parte, ya de otra y a quien no se solía poner magnífico hay que poner ilustre [...]. El Señor me ha hecho merced en sacarme de ese mundo. Allá se avengan los que con tanto trabajo sustentan estas naderías» (V 37,9ss).

El trabajo manual se consideraba impropio de gente honrada, excepto el cultivo de la tierra, asociado siempre a los cristianos viejos. Los descendientes de conversos o de esclavos y los que ejercían algunos oficios considerados viles estaban continuamente expuestos a sufrir afrentas, podían ser detenidos por cualquier motivo y nunca podían aspirar a formar parte de las clases influyentes de la sociedad. Muchos oficios, tanto civiles como eclesiásticos, también les estaban vedados.

Es sorprendente la cantidad de páginas que Santa Teresa dedica a hablar de «la pestilencia de la honra» o de «los negros puntos de honra». Enseña a sus monjas a liberarse de esa lacra para ser verdaderamente libres: «Anda tal el mundo, que si el padre es más bajo del estado en que está el hijo, no se tiene para honrarlo en conocerlo por padre. Esto no viene aquí, que sería infierno, sino que la que fuere más tome menos a su padre en la boca: todas han de ser iguales». En las Constituciones llega a ordenar: «Nunca jamás la priora ni ninguna de las hermanas pueda llamarse doña». De la honra y la fama escribe que son «postizos sociales», que atentan contra la verdad y contra la libertad. Al comentar el Padre Nuestro dedica un capítulo entero al tema: «En que trata lo mucho que importa no hacer ningún caso del linaje las que de veras quieren ser hijas de Dios» (CE 45).

Aunque tanto las instituciones civiles como las religiosas pedían a los candidatos un certificado de «limpieza de sangre» (que demostrara que no eran hijos ilegítimos nacidos fuera del matrimonio, ni descendientes de judíos, musulmanes, gitanos, indios o negros), ella no permitió que se introdujera esa norma en sus Constituciones. Solo desde la superación de esa esclavitud de la honra (reputación, reconocimiento social, convenciones, prejuicios), podemos entender su libertad de espíritu, que a muchos atraía y a algunos causaba escándalo.

Los orígenes familiares de Teresa

Hasta hace pocos años, todas las biografías de santa Teresa comenzaban recordando sus nobles antepasados (algunas contemporáneas siguen haciéndolo, a pesar de que históricamente sea una falsedad). Ya en los procesos de canonización muchos testifican que era descendiente de cristianos viejos y de noble familia «como todos sabían». Y es que la religiosidad barroca daba por supuesto que la sangre de una Santa no podía estar «contaminada» por ascendientes plebeyos.

De hecho, cuando en 1946, en un legajo de la Chancillería de Valladolid se encontraron unos documentos que demostraban que el abuelo paterno de santa Teresa era un convertido del judaísmo que había tenido problemas con la Inquisición y se publicó un extracto de los mismos, los documentos desaparecieron misteriosamente, por lo que muchos se negaron a creerlo. Pero los pleitos de hidalguía de los Cepeda volvieron a aparecer en el mismo sitio y con el mismo misterio en 1986. Allí se ve que su abuelo, padre y tíos se trasladaron desde Toledo a Ávila intentando olvidar las afrentas recibidas a causa de sus orígenes. En la ciudad amurallada compraron un caserón histórico y un certificado de hidalguía falso, que les eximía de pagar impuestos y les ofrecía otros privilegios, y se dedicaron a dilapidar la fortuna amasada con tantos esfuerzos, para aparentar una condición que no poseían: la de cristianos viejos.

Los hijos de Juan Sánchez, incluido el que sería padre de Teresa, casaron con doncellas de la baja nobleza y cambiaron el apellido de su padre por el de sus esposas. En Ávila se dedicaron a la vida de los caballeros de la época: paseos por la ciudad, vestidos con telas caras y acompañados de abundante servidumbre, cacerías en la montaña, temporadas en la casa solariega del campo y –por supuesto– nada de trabajos manuales que pudieran manchar la «honra» de la familia.

La vida de un hidalgo de la época la describe perfectamente el Caballero del Verde Gabán cuando se presenta a D. Quijote: «Yo soy un hidalgo más que medianamente rico y es mi nombre don Diego de Miranda; paso la vida con mi mujer, con mis hijos y con mis amigos; mis ejercicios son el de la caza y pesca. Tengo hasta seis docenas de libros, cuáles de romance y cuáles de latín, de historia algunos y de devoción otros. Alguna vez como con mis amigos y muchas veces los convido, oigo misa cada día, reparto de mis bienes con los pobres, soy devoto de Nuestra Señora y confío siempre en la misericordia infinita de Dios Nuestro Señor».

Ese es el estilo de vida que siguieron los tíos, el padre y los hermanos de Teresa en Ávila, marcado por el esfuerzo para disimular sus orígenes, aparentar una hidalguía que no poseían y conseguir ser «honrados» (recibir honor de los otros). En este ambiente creció Teresa y desde aquí podemos comprender que casi todos sus bienhechores fueron comerciantes, que muchos nobles desconfiaran de ella y que ella se muestre tan crítica con los convencionalismos sociales y hable tanto sobre la esclavitud de la honra.

Como es natural, en el Libro de la Vida ella no hace referencia a los pleitos familiares para conseguir un título de hidalguía, pero tampoco dice que sus padres fueran nobles (al contrario que todos sus biógrafos antiguos), sino que eran «virtuosos y temerosos de Dios, [...] de mucha caridad con los pobres y grandísima honestidad» (V 1,1ss). En cierta ocasión que el P. Gracián se puso a hablar de la nobleza del linaje de la Santa, ella «se enojó mucho conmigo porque trataba de esto, y dijo que a ella le bastaba ser hija de la Iglesia Católica y que más le pesaba haber hecho un solo pecado, que si fuera descendiente de los más viles y bajos villanos y confesos del mundo». Incluso, hablando de la fundación de Sevilla, llega a afirmar que allí recibió unos honores que no le venían del «linaje», como dando a entender que era conocida su ascendencia: «Mirad, hijas mías, la mano de Dios. Pues no sería por ser yo de sangre ilustre el hacerme honra» (F 27,12).

Ella había reflexionado mucho sobre estas cosas, especialmente con motivo de la fundación de Toledo, donde había tantos miembros de la alta nobleza que se decían sus amigos. Ninguno de ellos la apoyó e incluso intentaron impedir la fundación porque Teresa aceptó la ayuda de un comerciante convertido del judaísmo. Así lo cuenta en una Cuenta de Conciencia: «Estando en el monasterio de Toledo, algunos me aconsejaban que no diese enterramiento en él a quien no fuese caballero. Díjome el Señor: “Mucho te desatinará, hija, si miras las leyes del mundo. Pon los ojos en mí, pobre y despreciado por él. ¿Por ventura los grandes del mundo serán grandes delante de mí? ¿Y vosotras, habéis de ser estimadas por linajes o por virtudes?» (CC 5). Jesús mismo confirma a Teresa en su manera de actuar: no debe tener como referencia a los «grandes» de este mundo ni las convecciones sociales del momento, tan alejadas del evangelio.

Subrayo este tema (como haré más tarde con su condición de mujer), porque solo así podemos comprender que Teresa fue una persona de su época, pero no se identificó totalmente con ella; vivió inmersa en la sociedad castellana del s. XVI, aunque sin estar totalmente integrada en esa sociedad; fue consciente de lo que sus contemporáneos consideraban «valores», pero no los asumió todos ni de la misma manera que los aceptaba la mayoría. No se salió de las estructuras sociales de su entorno, pero siempre se mantuvo en sus márgenes. Esto le permitió dirigir una mirada crítica a las costumbres e instituciones que los demás asumían con naturalidad. Su misma religiosidad no se identifica totalmente con las prácticas y devociones de su entorno.

En Teresa descubrimos una continua búsqueda de lo único que es real, auténtico y consistente en medio de las mentiras y convencionalismos de su sociedad. Se elevó por encima de su ambiente y de su tiempo, buscando nuevos horizontes. Por eso su mensaje será siempre actual, porque usando el lenguaje y las formas de una época concreta, está por encima del mismo lenguaje y de las mismas formas que utiliza y a los que desborda. La ignorancia de estos presupuestos nos incapacitaría para comprender la originalidad de santa Teresa y el significado real de la mayoría de sus páginas.

Mujer consciente

Teresa fue plenamente consciente de lo que sucedía a su alrededor. Es sorprendente la cantidad de referencias que encontramos en sus obras al Concilio de Trento, a las guerras de religión, a las revueltas de los moriscos, a los enfrentamientos con Francia y Portugal, a los procesos inquisitoriales, a los índices de libros prohibidos, a las conquistas americanas y a los productos que de allí llegaban: patatas, cocos, pipote, tacamata...

La Santa tuvo relación directa o epistolar con personas de todos los estratos de la sociedad del momento: el rey Felipe II y sus secretarios, correos mayores y administradores, príncipes e infantas, virreyes, cortesanos y nobles rurales, profesores universitarios y estudiantes, campesinos y mendigos, banqueros y mercaderes, albañiles y arrieros. Entre los eclesiásticos se trató con cardenales, nuncios y obispos, teólogos y misioneros, religiosos de casi todas las congregaciones contemporáneas, poderosas abadesas y beatas pícaras, sin olvidar a numerosos Santos canonizados de su época: san Pío V, san Pedro de Alcántara, san Juan de Ávila, san Luis Bertrán, san Francisco de Borja, san Juan de Ribera, san Juan de la Cruz. Algo inaudito para una mujer del s. XVI y más aún ¡monja de clausura!

Carácter afable

Nos encontramos ante una mujer dotada de una inteligencia despierta, de una voluntad intrépida y de un carácter abierto y comunicativo. Su ingenio y simpatía la convirtieron en la hija preferida de sus padres y capitana de todos los juegos de infancia. Ella misma reconoce que «las gracias de naturaleza que el Señor me había dado, según decían, eran muchas» (V 1,9). Un contemporáneo suyo, el P. Pedro de la Purificación, escribió: «Una cosa me espantaba de la conversación de esta gloriosa madre, y es que, aunque estuviese hablando tres y cuatro horas, tenía tan suave conversación, tan altas palabras y la boca tan llena de alegría, que nunca cansaba y no había quien se pudiera despedir de ella». Parecido es el testimonio de la Hna. María de san José: «Daba gran contento mirarla y oírla, porque era muy apacible y graciosa». Fray Luis de León añade: «Nadie la conversó que no se perdiese por ella».

Cuando se visitan los monasterios que fundó santa Teresa, sorprende que en muchos se conservan algunas reliquias especiales que le pertenecieron: castañuelas, tambores, flautas y otros instrumentos musicales. Y es que a Teresa le gustaba componer e interpretar canciones y poesías para animar las fiestas conventuales. Incluso decía que una de las señales que indicaban que una novicia tenía verdadera vocación es que tuviera ganas de reír.

En una ocasión se encontraba en el monasterio de Soria. La comunidad eligió como priora a la madre Catalina de Cristo. Una monja preguntó a una novicia qué le parecía la madre fundadora. La novicia respondió con sencillez que no le parecía tan santa como ella se esperaba, porque se reía mucho. Que le parecía más santa la priora de la casa, que era más seria. Santa Teresa lo oyó y le dijo a la novicia: «¡Alto ahí! La madre Catalina es más santa que yo porque es muy virtuosa, en eso dices verdad, que yo tengo la fama y ella las virtudes. Pero no es más santa porque se ríe poco, que eso no es una virtud, sino un defecto!»

Sor Juana de la Cruz, abadesa de las descalzas reales de Madrid, cuando conoció a santa Teresa en 1569, dijo a sus monjas: «Bendito sea Dios, que nos ha permitido ver una Santa a quien todas podemos imitar, que come, duerme y habla como nosotras y anda sin ceremonias». Verdaderamente ella era muy poco amiga de ceremonias tanto en la vida como en el culto cristiano: le gustaban las cosas sencillas y «sin artificio».

Su sobrina Teresita, hija de Lorenzo de Cepeda, testimonió a su muerte: «Tenía un exterior tan desenfadado y cortesano, que nadie por eso la juzgaba por santa; pero tenía en toda ella un no sé qué tan de sustancia, que hacía fuerza que creyesen y viesen los que la trataban, que era muy santa sin esforzarse por parecerlo».

Para santa Teresa, la alegría era una opción de vida que brotaba del saberse amada gratuitamente: «[Dios] no es aceptador de personas; a todos ama. […] No puedo decir lo que se siente cuando el Señor le da a entender secretos y grandezas suyas, el deleite tan por encima de los que se pueden tener acá» (V 27,12).

Su simpatía natural y su buen humor le abrieron numerosas puertas y le ayudaron a entretejer una compleja red de relaciones y de amistades incondicionales con personas de las más variadas proveniencias sociales, aunque también le crearon serias dificultades entre los que no veían compatibles la afabilidad y la santidad. Ella tenía muy claro que «cuanto más santas, han de ser más conversables», porque «la caridad crece al ser comunicada». También decía: «Dios nos libre de los santos encapotados», porque «un Santo triste es un triste Santo» y «un alma apretada no puede servir bien a Dios». Y le gustaba repetir: «Tristeza y melancolía, no las quiero en casa mía». Pero la mayoría de sus contemporáneos identificaban la santidad con la gravedad y consideraban que la sencillez y el buen humor eran sinónimos de superficialidad.

 

AUTOR: P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD

TOMADO DEL LIBRO: Inquieta y andariega. Enseñanzas de santa Teresa de Jesús para nuestros días

 

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