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santa-teresa-y-la-feLo peculiar de Teresa en relación con la fe se refiere a que para ella es algo que toca su ser en profundidad, no son verdades abstractas, sino vitales. Ella tuvo experiencias singulares de todas las verdades que proclama el credo cristiano (V 37-40)...

 


 

Para Teresa, la fe es el misterio de Dios, que brilla en Jesucristo, se conserva en la Biblia, nos transmite la Iglesia y germina en nosotros el Espíritu Santo (Vida 22,1-6). Es su misma espiritualidad, en cuanto experiencia de alianza con Cristo Resucitado, expresión de lo creado en su cumbre de belleza suprema, y acceso al Dios trinitario (7Moradas 2,1-6). Se realiza en nosotros en un proceso estético en cuanto transforma nuestro ser en el Cristo vivo de Pascua, en donde la positividad de lo humano encuentra su realización definitiva (7M 3,1-10).
    
En la fe se realiza la amistad con Dios

Lo peculiar de Teresa en relación con la fe se refiere a que para ella es algo que toca su ser en profundidad, no son verdades abstractas, sino vitales. Ella tuvo experiencias singulares de todas las verdades que proclama el credo cristiano (V 37-40). Fue llegando a ellas de forma progresiva, en un proceso de historia de salvación. Percibió la verdad de Dios en un crecimiento humano-religioso, dentro del ámbito que ella denomina oración (V 23-24) -tiempo reservado a la relación con Dios-. Ese espacio que consiste en “tratar de amistad estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos no ama” (V 8,5). Ahí principalmente le llegó a Teresa el misterio de Dios. Y ahí su humanidad se fue empapando de él.        
            
Teresa revive lo más bello de la historia de la salvación     

En ella como en una Tierra Santa, una Nueva Jerusalén, Dios hizo su obra, volvió a renovar a su modo la historia de salvación. Me atrevería a decir que en pocas personas se han desarrollado como en ella los procesos bíblicos. Es algo que se puede percibir en sus obras, a veces de forma clara y otras como un trasfondo o clamor, que sin explicitación bíblica no se entendería. Teresa resultará así una pequeña Biblia.

Los primeros capítulos de su autobiografía (V 1-3) nos recuerdan los primeros de la Biblia cuando Dios todo lo hizo bien y se paseaba con el hombre en  el jardín. Al igual, Teresa nos confiesa que el ámbito de su familia era para ella un mundo idílico donde todo estaba bien y donde Dios la llenaba de dones y le descubría el sentido de esta vida que pasa. También Dios paseaba con ella en el jardín de su infancia, donde le regalaba grandes ansias de estar con él, para lo que ella no dudó ya desde bien pequeña en la búsqueda del martirio (V 1,5). Un mundo idílico como el de Adán y Eva antes del pecado: “solo Dios basta”.

Pero también a Teresa le acechó la tentación. La ciencia del bien y del mal la asaltó en las lecturas de libros de caballerías (V 2,1), donde las fascinaciones vanas atrajeron su atención por un momento, y Dios quedó un poco entenebrecido para ella por el humo de lo caduco (V 2,2ss.). Y también ella sufrió la expulsión del Paraíso (V 2,7-8). Y allí, fuera de su hogar, comienza a reflexionar sobre el misterio de Dios,  que ahora le llega a través del evangelio de Jesús (V 3,1ss); y comienza a plantearse a fondo el sentido de la vida. Precisamente uno de los elementos de la fe es abrir para el hombre nuevas perspectivas y obligarlo a nuevos interrogantes. Teresa decide guiarse por la fe, pero todavía no sabe qué vocación seguir (V 3,2). Y así también experimenta ella el duro bregar del retorno al paraíso, elemento clave del dinamismo de la fe. 

Una inesperada, pero providencial enfermedad, la obliga a emprender un viaje, y Teresa se pone así en camino como Israel, ese pueblo que descubrió a Dios en ellos. No en vano, el padre de todos, Abraham, era un arameo errante. También Teresa, de ascendencia judía, sería una mujer errante, y descubriría a Dios en los caminos. Ahora en éste y después en otros muchos. Quién se podría imaginar, que la mujer que mejor ha descrito el mundo interior, lo encontrara principalmente en los avatares de la vida. Es que para el hombre espiritual no hay interior ni exterior, sólo existe Dios, que da vida y sentido a todo.
            
Jesucristo toca su alma
                                     
Y en pleno campo –en el desierto- le llega la palabra de Dios (V 3,5), que caía sobre su alma como la lluvia fina de que habla Isaías, y meditando sobre Cristo decide hacerse religiosa para responde a todo cuanto había hecho éste por ella (v 3,6). Es la confesión vital de Jesucristo Redentor. Y doblegando su voluntad con gran esfuerzo e imponiendo los criterios de la fe sobre ella misma, asume la vida carmelitana en pura fe, sin sentimientos de gozo (V 4,1), aunque muy en breve éstos envolvieron su alma, que crecía a pasos agigantados en la experiencia de Jesucristo (V 4,2-3.8). Y así asciende al Carmelo de Elías con su mismo ímpetu; aunque todavía lo más íntimo del cristianismo no era la raíz de su alma; no había descubierto en profundidad el misterio de la gracia.

Debido quizás a una leve disminución en la respuesta al Señor, la religiosidad de Teresa sufrió como un pequeño retroceso. Teresa vivirá un período de lucha por lograr la fidelidad total (V 8,11-12), que a gran distancia se asemeja a la de Israel por abandonar los ídolos. Hubo momentos de tensa angustia. Todo terminó en un encuentro grandioso ante una imagen de Cristo, en que ella sintió por dentro que se caían todas las amarras y los criterios de la fe se imponían en su corazón. Cristo ya sería su único amor (V 9,1-3.9).
                         
Un hallazgo esplendoroso: Jesucristo        

La respuesta de Cristo no se hizo esperar. Y Teresa oyó de sus labios: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (V 24, 5). A partir de ese momento la irrupción de Cristo se hizo total en Teresa. Con frecuencia escuchaba esa palabra, que iluminaba y profundizaba lo que ella había oído en las enseñanzas de la Iglesia (V 25). Esa palabra no suplía a la de la Iglesia, sino que la esclarecía, la profundizaba, la iluminaba. También era una palabra de recuerdo. Todas aquellas verdades que ella había recibido por la fe, pero que estaban como inactivas o dormidas en ella, se ponían en pie al rumor de ésta, que era una palabra además vitalizadora, la misma que en los evangelios salía de labios de Jesús y ponía en pie a los muertos. Con ella Cristo llamaba a Teresa como a los apóstoles, al seguimiento puro, a su amistad. Pero esa palabra era lo más dulce y bello que jamás había percibido. Ningún gusto de la tierra podía compararse a oírla. Era la misma por la que habían sido creados los mundos (V 37,4).
        
Desde la experiencia de Cristo Resucitado a los demás misterios

Después de tales palabras, vienen las visiones. Experiencias de Cristo vivo donde reverberaban sus facetas de hombre y de Dios (V 27-29). Las dos realidades que acompañan siempre a Jesús y que Teresa considera esenciales para la vivencia de la fe. Más tarde ella escribiría capítulos preciosos sobre el sentido de Cristo en la vida espiritual y en la fe (V 22; 6M 7). Pero lo más grande de esta relación es que Teresa sentía que le pasaba como a san Pablo que ya no era ella la que vivía, sino Cristo (V 6,9). La percepción de las visiones y las palabras pertenecen al tiempo que ella ha denominado desposorio con Cristo (6M).
Es el tiempo en que Cristo se da a conocer a Teresa: Jesús la llevará de la mano a los misterios más profundos de la fe. En primer lugar, las mismas experiencias de Cristo crecen en intensidad. Esto se puede observar si se comparan los capítulos de la autobiografía 27-29 con 37-40. La experiencia de Cristo será tan intensa que en una ocasión le percibe resucitado, incrustado en su alma y ésta en él (V 40,5). Experimenta así ella algunas de las ideas-vivencias de san Pablo. Lo mismo podemos decir de sus experiencias de Dios (V 40, 9-10). En este tiempo tiene lugar lo que se ha llamado el Pentecostés teresiano (V 38, 9-11). Una percepción especial del Espíritu Santo que la invade y traslada a una nueva forma de ser. Posiblemente por eso la cristología de los capítulos finales de la autobiografía goce de esa intensidad que hemos recordado.

También pertenece a éste la comprensión teresiana a través de intensísimas experiencias (visiones, las denomina ella) de la escatología cristiana: el sentido de la muerte y cuanto acontece en el más allá. Y también de forma singular el sentido de la Cruz. Captado todo ello desde la oscuridad luminosa del misterio, sin traspasar como es lógico el marco de la fe. Pero se trata de una fe, percibida ahora en su faceta de luz. Es como si Cristo le dijera: “Éste es mi mundo, ¿quieres celebrar tu desposorio conmigo?” Aceptar significa asumir la vida en el mismo sentido que lo hizo Jesús. Teresa acepta, y el Señor la conduce a la última etapa, la morada final, en la que se percibe totalmente transformada en Cristo (7M 2) y en relación con las persona de la Trinidad (7M 1). Y es aquí, cuando Teresa descubre más intensamente el misterio de la caridad fraterna (7M 4,13-16) y la misión. El perdón al enemigo se le trasforma ahora en amor tierno (7M 3,3). Comprende a fondo las palabras de Jesús: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). Se percibe por dentro con los sentimientos de Jesús (7M 3,1). Desde esa sensibilidad se explica que sus libros broten a borbotones de su pluma (V 39,8). En esos misterios ha descubierto la belleza suprema y la felicidad.
   
Reflexión sobre el sentido de la fe teresiana

Como hemos visto sucintamente, Teresa hace un recorrido vital por el credo cristiano. Es su primera aportación al sentido de la fe. Lo pronunciado con los labios lo vive el corazón, no hay disociación, y si ésta se produce, Teresa sufre conmoción y fragmentación.
Ya dijimos que ella sitúa el campo de la realización del misterio en la oración. Ello no quiere decir que identifique la percepción de la fe con sólo ese ámbito, pues reclamará la actividad de la fe en la práctica de las actitudes cristianas. Por eso, aunque en ese espacio de la oración al principio es estar “a solas con quien sabemos nos ama”, luego se infiltra también en la actividad. En cualquier lugar Teresa nos invita a  estar con él y verlo, aunque siempre queda como un reclamo a esos momentos de soledad. Cosa que también acontece en el amor humano: los padres se realizan con los hijos, pero para ello, necesitan estar muchas veces solos, sin ellos. Este encuentro de Dios a solas es fundamental según Teresa para que la revelación de Dios prenda en nosotros. Todos los misterios de la fe van pasando por ese filtro de intimidad, donde Dios va depositando los secretos de sí mismo, que son el objeto de la revelación Ahí, en ese ámbito de amistad se verifica su “comprensión”. Sin esta relación, la revelación se reduce a un cúmulo de verdades o de afirmaciones conceptuales. Para Teresa esas verdades son contenidos vivos, que forman parte de la única realidad que da vida a todo.

La fe se convierte así en la auténtica sabiduría, sabiduría del corazón que remite a unas promesas personales. Es decir, la realidad última es personal, Dios y nosotros. Al ser humano se le promete una plenitud, que no consistirá en cosas gratificantes, sino en una persona, la de Dios, fuente de toda hermosura y alegría.
Otro aspecto que hay que tener en cuenta en la fe teresiana, se refiere a que, en su proceso ascendente hasta lograr la meta de transformación en Dios, lo divino se manifiesta a través de visiones y fenómenos místicos. Eso es cierto, pero también lo es que esas formas son algo excepcional. Efectivamente, ella en su pequeño librito Meditaciones sobre los Cantares expresa las mismas vivencias sin visiones y sin esos fenómenos. En otras palabras, la experiencia de fe que le fue concedida, se puede experimentar en modos más acordes con los procesos humanos. Es lo que llamamos experiencia religiosa profunda, que tiñe la vida de trascendencia y de percepciones tan nítidas y puras que convierten la fe en un proceso radical y estético, donde los sueños más nobles y bellos del corazón son sobrepasados encontrando su repuesta en la transformación en Cristo Resucitado, donde la belleza, la armonía y la finura encuentran su punto omega. Finalmente, el corazón humano descansa con el hallazgo del misterio trinitario, imagen y razón última de la existencia humana. En esa transformación lo humano no se extingue, encuentra en lo divino todo el desarrollo de su potencialidad. Es la persona reconstituida.

 

AUTOR: P. Secondino Castro Sánchez, OCD

 

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