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santa-teresa-1En toda la literatura de Santa Teresa existe el elemento autobiográfico, esa «intimidad sorprendida» que describió Américo Castro con frase feliz. Pero si en su Vida tiene una honda calidad de análisis espiritual y en Las Moradas una profundidad mística...

 



El Epistolario teresiano está aún, en buena medida, sin “descubrir”. Al menos, sin estudiar a fondo. Esa colección de casi quinientas cartas que han llegado hasta hoy dan mucho de sí. Sobre todo, nos permiten acercarnos a Teresa desde su lado más humano y volcado hacia lo cotidiano, lo concreto, la realidad que le iba saliendo al paso, con sus problemas y sus proyectos, con sus conflictos y sus gozos. Sobre este conjunto de escritos trata el artículo de Néstor Luján que reproducimos. Aunque cuenta ya con treinta años, sigue siendo válido y es muy sugerente para abrir el apetito a la lectura de las cartas teresianas.
La intimidad sorprendida en sus cartas

En toda la literatura de Santa Teresa existe el elemento autobiográfico, esa «intimidad sorprendida» que describió Américo Castro con frase feliz. Pero si en su Vida tiene una honda calidad de análisis espiritual y en Las Moradas una profundidad mística y en el Libro de Las Fundaciones, una dinámica creadora, en su vasto Epistolario alcanza el máximo de flexibilidad. La más feliz riqueza expresiva y revela, quizás, el secreto vital de su capacidad de escritora.

Quedan actualmente 471 cartas y fragmentos de ellas, una pequeña muestra de las miles que escribió. Que su correspondencia fue copiosa puede observarse por las constantes referencias a cartas perdidas. Los carmelitas Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink en su magnífica edición crítica de las Obras de la Santa calculan que debió escribir en su vida más de quince mil. Las cartas nos presentan no tan solo una escritora en plena posesión de todos los resortes literarios sino también una sensibilidad social de primer orden que se observa incluso en lo más material: en los grandes pliegos de buen papel, en la caligrafía precisa y clara, en la tinta de excelente calidad, en los espacios marginales generosos y en el uso minucioso del ceremonial propio de la correspondencia: los títulos bien dispuestos, los encabezamientos convencionales y las despedidas son fieles a la más rigurosa etiqueta. Los textos están acordes con esta cuidadosa elaboración. El lenguaje es muy distinto según escriba al rey Felipe II, al cardenal de Toledo, a la duquesa de Alba, a su hermano, o a la priora de sus conventos. Nada más alejado del desaliño estético que se quiere ver en el lenguaje, voluntariamente popular o familiar, de Santa Teresa. Sabe escribir cuando conviene con aquilatada elegancia cuando su corresponsal lo requiere.

El paisaje castellano

El Epistolario es uno de los documentos literarios más importantes para conocer no solo la vida espiritual y los tráfagos fundacionales de la Santa sino el ambiente de la segunda mitad del siglo XVI. En los sesenta y siete años de su vida, Santa Teresa recorrió infinidad de veces los viejos caminos de Castilla la Vieja, de Andalucía. De Sevilla a Toledo, de Alba de Tormes a Soria, su actividad fue incesante a pesar de su salud, tan quebrantada. Alguien ha escrito que en el interminable, sabroso y nunca cansado diálogo de don Quijote y Sancho está mejor descrito el paisaje de Castilla la Nueva aunque Cervantes apenas haga alusión a él, que en cualquier autor de hoy, ayer o de mañana. El caso de Santa Teresa es algo parecido. A través de sus cartas, y sin que lo describa, se ven la lanada infinita de oro cereal de Castilla la Vieja, las viejas y entonces solemnes ciudades castellanas, los ríos con las altas lanzas de los álamos, delicados, gentiles y trémulos, los peñascales abruptos de Sierra Morena, los altaneros castillos algunos de los cuales comenzaban a desmoronarse, los altos cielos azules, limpios y diáfanos, los caminos hondos y pedregosos, imposibles cuando arreciaba la rara lluvia. Y los carros, de los cuales tanto habla la Santa, que se atascaban en los caminos. Carros traqueteantes de recio toldo, de unidos y trabados cañizos, de varales sólidos, con sus arrieros, con sus carreros rudos y coléricos. Y, finalmente, las ventas, las humildes posadas, desabrigadas de todo, con un galgo negro o barcino tendido perezosamente a la puerta, con sus estrechos camaranchones, con sus catres incómodos y con su siempre mal provista despensa. Todo ello se puede evocar a través de la correspondencia que, generalmente, siempre es motivada por el incesante trajín de las fundaciones de la Santa. Debió ver por primera vez los molinos de viento que eran gran novedad en la Mancha ya que se instalaron los primeros en 1575 y treinta años más tarde don Quijote tenía que confundirlos con gigantes y luchar con ellos en desaforada e inmortal batalla. Asimismo son continuas las alusiones a los inconvenientes del viaje: «Iré yo a Burgos con tantas enfermedades, que le son los fríos muy contrarios; siendo tan frío pareció que no se sufría, porque era temeridad andar tan largo camino». Tampoco les eran de gran solución los sorprendentes atuendos de monja viajera, a pesar de que «siempre llevábamos velos grandes; bastaba vernos con ellos y con capas blancas de sayal como traemos, y alpargatas, para alterar a todos». Pero también el calor era terrible: «Por priesa que nos dimos, llegamos a Sevilla el jueves antes de la Santísima Trinidad habiendo pasado grandísimo calor en el camino; porque, aunque no se caminaba las siestas, yo os digo, hermanas, que como había dado el sol a los carros, que era entrar en ellos como en un purgatorio».

Ayunos poco severos

Todo el viajar de la época, se revela en esta correspondencia inagotable. Como la vida cotidiana. Estos son los consejos dietéticos que dirige a una priora enferma: «Vuestra reverencia no deje de escribir cómo está y no deje de comer carne estos días». Santa Teresa era de gustos muy sencillos y nada exigente: según dice, su comida ordinaria se limitaba a un huevo y un poquito de pescado —que le agradaba mucho— o legumbres secas y en la cena nada más que un poco de fruta. No creía que el pescado fuera bueno para las monjas melancólicas, a las que convenía comer carne: «Era menester hacerla comer carne algunos días que tiene floja su imaginación» -dice en una carta refiriéndose a una monja llena de cavilaciones. Y en otra ocasión escribe a la priora de Soria algo que me parece bastante osado para su época: «De que esté mejor me he holgado mucho. Si hubiera menester siempre carne, poco importa que la coma sea en Cuaresma, que no va contra las reglas cuando hay necesidad ni en ese se aprieten». Recomendaba siempre la excelencia de la carne de ave sobre la de carnero y por lo general rechazaba los ayunos demasiado severos. Aparte de su obra mayor son, pues, sus cartas un documento vivo de la vida religiosa de su época, de sus intrigas, de sus bizantinas discusiones ascéticas o teológicas, de las expresiones de profunda piedad, que van mezcladas siempre de consejos prácticos con observaciones y, a veces, con exclamaciones llenas de gracia: «No estamos para coplas» o «Pues, bonitos estaban los caminos». Bien conocida es también su frase «que anda también Dios en los pucheros» como convicción que ni los mayores misticismos podían estar exentos de un dinamismo vital, de una acción continua, de trabajos positivos y concretos. En esta doble vertiente aparece la Santa en este Epistolario ejemplar, verdadero monumento de la literatura, enérgica, impulsiva, en la mejor y más fresca lengua castellana. Un documento tan lleno de claridad y transparencia, de una limpidez tan sabrosa, bien se puede comparar con las mejores páginas del Lazarillo, con la prosa desembarazada y libre, luminosa, de Miguel de Cervantes. Un ejemplo de literatura viva, de deliberada belleza espontánea, de vitalidad avasalladora, de dominio absoluto de la difícil y estoica disciplina de la pluma.

 

AUTOR: Néstor Luján
La Vanguardia, 12 octubre 1982, página 37

TOMADO DE: http://delaruecaalapluma.wordpress.com

 

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