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teresa-libros-de-caballeriasTeresa podría admirar en ellos las hazañas de tantos héroes, esforzados paladines en defensa de su país, de su rey, de los oprimidos y de las causas justas. Y el entorno bélico y terminología de estos relatos se refleja en sus libros. Además, muchos de estos caballeros...

 


 

Si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento” (V 2, 1)

La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes ha estrenado un nuevo portal dedicado a los libros de caballerías castellanos de los siglos XVI y XVII. Este tipo de novelas alcanzó enorme popularidad en su tiempo, y tuvo una influencia decisiva en la aparición de la gran novela de Cervantes, el Quijote.

Sebastián de Covarrubias, en su diccionario, define así los libros de caballerías: «Los que tratan de hazañas de caballeros andantes, ficciones gustosas y artificiosas de mucho entretenimiento y poco provecho, como los libros de Amadís, de don Galaor, del Caballero de Febo y de los demás».

Teresa de Jesús, en el Libro de la Vida, no puede dejar de mencionar estas novelas, que marcaron su niñez:

Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos […] y parecíame no era malo, con gastar muchas horas del día y de la noche en tan vano ejercicio […]. Era tan en extremo lo que en esto me embebía que si no tenía libro nuevo, no me parece tenía contento (V 2, 1).

Teresa juzga duramente su afición por tales libros, situada en la perspectiva de la edad adulta. Frente a su padre, que leía «buenos libros», ella, junto con su madre, que le contagió esta pasión, leía furtivamente las obras de este género.

Sin embargo, esas palabras de Teresa hay que entenderlas en su contexto, como bien ha puesto de relieve Mª Carmen Marín Pina:

Con su confesión, Santa Teresa hace el juego a los moralistas y se ofrece a sí misma como víctima de los efectos perniciosos que pueden derivarse de la lectura de estos libros, repitiendo los mismos tópicos esgrimidos por ellos: pérdida de tiempo, pensamientos de sensualidad que hacen saltar su quietud, adquisición de vicios, etc., pero también como una arrepentida redimida por Dios. Santa Teresa asume el discurso de los moralistas sobre las lectoras que desplaza al referente, a la lectora real y empírica de novelas que ella misma fue y al que quizá nunca renunció pese a su medida declaración. Su confesión, tópica en su argumentación, ha de entenderse, por tanto, en su marco adecuado. El Libro de la Vida estaba destinado a circular entre un público restringido, integrado por teólogos y dignatarios eclesiásticos, cuyo apoyo podía ser útil frente a la suspicacia de algunos inquisidores.

Béatrice Diddier, por su parte, sostiene que la escena de madre e hija leyendo se puede entender como el “nacimiento del deseo”, un deseo que ella, posteriormente, dirigiría hacia Dios: «Si se usa un mismo lenguaje para hablar del amor humano y divino, es porque el deseo es uno y el mismo, el dirigir la vida y de la muerte hacia el Otro». Otros autores, como Antonio Garrosa, han sabido descubrir las repercusiones positivas de tales lecturas:

Teresa podría admirar en ellos las hazañas de tantos héroes, esforzados paladines en defensa de su país, de su rey, de los oprimidos y de las causas justas. Y el entorno bélico y terminología de estos relatos se refleja en sus libros. Además, muchos de estos caballeros son buenos cristianos, temerosos de Dios y defensores de la religión, y en el más famoso y conocido de todos ellos, Amadís de Gaula, la joven lectora Teresa se encontró con un ejemplo acabado de castidad casi heroica (bien diferente, por cierto, del comportamiento en este aspecto de sus hermanos don Galaor y don Florestán), hasta el momento de su matrimonio secreto y de fidelidad a ultranza a su señora la princesa Oriana. Y una fidelidad semejante, aunque transformada «a lo divino», es la que Teresa de Jesús prometerá y guardará para siempre al Amado.

Uno de los primeros biógrafos de la santa, el jesuita Francisco de Ribera (1590), insiste, en cualquier caso, en la influencia nociva por parte de estos libros, pero, al mismo tiempo, ensalza la capacidad e ingenio de la joven Teresa, presentándola a ella y su hermano como autores de una obra de este género:

Diose, pues, a estos libros de caballería, sino de vanidades, con gran gusto, y gastaba en ellos mucho tiempo; y como su ingenio era tan excelente, así bebió aquel lenguaje y estilo, que dentro de pocos meses ella y su hermano Rodrigo de Ahumada compusieron un libro de caballerías con sus aventuras y ficciones, y salió tal, que habría harto que decir de él.

El P. Jerónimo Gracián corrobora este hecho en sus anotaciones marginales a la Vida, del P. Ribera: “La mesma lo contó a mí”. Aunque algunos señalan El caballero de Ávila como la novela en cuestión, no hay suficientes datos como para afirmarlo.

Diferentes estudios literarios han rastreado la influencia del género caballeresco en sus obras, algo que parece fuera de toda duda, y que merece un análisis más detenido, que dejamos para otro momento.

 

TOMADO DE: http://delaruecaalapluma.wordpress.com

 

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