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No sabemos orarNo, no sabemos orar; y, sin duda, por esa razón el testimonio  cristiano de Teresa resulta tan atractivo y cercano. Porque la mayor parte de su primera obra (autobiográfica) la Vida –inspirada, por supuesto, en las Confesiones de Agustín, pero tan deliciosamente...

 


 

«Porque no sabemos orar…, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables» (Romanos 8, 26).

No, no sabemos orar; y, sin duda, por esa razón el testimonio  cristiano de Teresa resulta tan atractivo y cercano. Porque la mayor parte de su primera obra (autobiográfica) la Vida –inspirada, por supuesto, en las Confesiones de Agustín, pero tan deliciosamente diferente de ellas– trata sobre la franca imposibilidad de orar. O, más bien, trata sobre nuestros interminables subterfugios para esquivar la oración, para pensar en razones realmente buenas y totalmente convincentes para no orar, para huir, tan velozmente como nuestras piernas nos lo permitan, de asa apremiante acción del Espíritu de la que habla Pablo, la fuente y la meta de todos nuestros anhelos. Quizá mejor que nadie antes ni después, Teresa nos cuenta –con un detallismo magnífico y casero– cómo no ser santos, antes de mostrarnos lo costoso que resulta serlo.

Y ahí está la gracia: porque –como Teresa misma fue progresivamente consciente en el desarrollo de su oración hacia la unión– la huida que todos hacemos no soluciona nada. El Espíritu está siempre ahí, más cerca de nosotros que nosotros mismos, más cerca de nosotros que quien nos besa, constantemente pidiendo permiso para orar en nuestro interior.

Y por eso, nuestras excusas, evasiones, sequedades, nuestro obstinarnos en la imposibilidad de la oración, no son sino un irónico testimonio de la indeleble voluntad del Espíritu de «venir en nuestra ayuda». Lo que nos desasosiega no es que Dios esté ausente, sino el hecho de que esté tan incontrolablemente presente.  Nos recuerda nuestra debilidad, nuestra falta de control, señales de muerte que, cortésmente, esquivamos dando un rodeo. Como la propia Teresa escribe en una de sus Relaciones espirituales, ella escuchó estas palabras de Dios: «No pienses, hija, que unión es estar muy junta conmigo, porque también lo están los que me ofenden, aunque no quieren».

El reconocimiento de que nuestro rechazo del Espíritu es la otra cara de nuestro más profundo deseo de entregarnos a él, signo de nuestra auténtica cercanía a Dios, es precisamente la paradoja de que habla Pablo. Es también el origen del largo relato de Teresa de cómo va cediendo progresivamente control al mismo Espíritu. La imposibilidad humana de orar se convierte en espacio de oración divina.

Lo que inicialmente la condujo (cuando Teresa volvió en serio a la oración) al disfrute espiritual –éxtasis y «favores»– se transformó, al final de su ajetreada vida, en un simple reposo en el Espíritu, monótono y claramente intrascendente. Y casi con desaliento, Teresa descubre, al final del Castillo interior, que el hecho de ceder ante el Espíritu nos convierte en seres más extraordinariamente ordinarios de lo que jamás pudimos imaginar. La vida sigue su marcha, con todas sus pruebas y contrariedades. Sucede que, finalmente, Dios ha tomado asiento en lo más profundo del alma y ya nada lo puede mover de ahí.

«No sabemos orar». Cierto; pero, afortunadamente, el Espíritu de Dios sí sabe, y nos convertirá en santos, si nos atrevemos. Teresa ofrece un inequívoco y atrayente testimonio de ello. O, dicho con los términos enérgicos de su propio discurso de despedida  sobre la «unión»: «Pensad lo que quisiereis; ello es verdad lo que he dicho» (7M 2, 11). Así sea. Amén.

 

AUTOR: Sarah Coakley | Teóloga y sacerdote de la Iglesia anglicana.

TOMADO DE: http://delaruecaalapluma.wordpress.com


Condenan a Cristo, derriban su Iglesia

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Por Xabier Pikaza Ibarrondo

 

"Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, quieren poner su Iglesia por el suelo".

 

Es muy posible que estas frases se comprendan de diferentes maneras. Para ello hay que situar la Reforma de Teresa en el contexto eclesial hispano de la segunda mitad del siglo XVI, con sus problemas sociales y eclesiales, económicos y religiosos. En esa línea he querido retomar el programa de Reforma de Teresa de Jesús a la luz del Evangelio y desde la experiencia de nuestro tiempo.

 

Santa Teresa, su visión de Jesús y de la iglesia

 

Dejo a los lectores de Santa Teresa que empiecen interpretando lo que hoy significa "estase ardiendo el mundo"... y, de un modo especial, lo que supone "quieren poner su Iglesia por el suelo". ¿Se podría hoy decir sin más que los que quieren "tornar a sentencia a Cristo" son los luteranos alemanes y los reformados franceses... de manera que debamos iniciar otra contra-reforma católica en sentido anti-protestante? ¿Quiénes son los que quieren hoy poner de nuevo la Iglesia por los suelos? ¿Qué tipo de poderes políticos, sociales o económicos, qué tipo de personas y sistemas?

¿Cómo entender hoy la Reforma de Teresa? ¿Reforma de mujeres que oran ayudando a los fuertes varones que luchan contra los malos gigantes? ¿Qué tipo de Contra-Reforma se puede iniciar hoy, a los 450 años del Monasterio de San José de Ávila?

El tema no es ahora, quizá, el de la Reforma Protestante y la Contra-reforma Católica, sino el de un arraigo fundamental en el evangelio.

 

Teresa de Ávila (segunda mitad siglo XVI) quiso "reformar" la Iglesia, creando monasterios (básicamente de mujeres) donde los cristianos aprendieran a orar y descubrieran por experiencia interior la presencia y obra del Cristo Humano, amigo (a quien debían sentir, ver, revivir). Ésa fue su gran visión, su gran aportación a la Iglesia, una visión que ella misma "puso en marcha", de una forma activa, como mujer, en medio de un mundo y de una iglesia fuertemente patriarcal.

 

Buena fue la experiencia, positiva y radical la tarea de Santa Teresa. Y más positiva aún por cuanto la desarrolló ella misma, como mujer (contra viento y marea, con sus escritos y sus viajas y fundaciones)... La tarea de Teresa nos sitúa ante tres dones y exigencias esenciales de la "reforma cristiana":

 

  • Es una Reforma centrada en la experiencia personal de la humanidad de Jesús (es decir, del Jesús del Evangelio), no en la gloria externa de la iglesia, ni en poderes clericales, ni en grandes edificios y manifestaciones religiosas externas. Ciertamente, Teresa ama a María, la Madre del Carmelo, pero quiere que sus monasterios sean lugares de encuentro personal con Jesús Hombre, el Jesús del evangelio, vivido en su radicalidad.

 

  • Una experiencia personal para cada uno, es decir, para que cada uno "vea a Jesús" (se vincule con él). Teresa no ofrece su "visión particular", para que otros se fijen en ella, sino que quiere que cada religiosa (cada cristiano) descubra a Jesús y se encuentre con él, de manera que tenga su propia "casa de san José", que es la casa de Jesús, no sólo en su vida oculta, sino en su vida pública. Ésta fue su novedad: Crear espacios (casas de San José) para el encuentro personal de cada cristiano con la humanidad de Jesús (es decir, con Jesús hombre, con el evangelio), en sentido radical.

 

  • Una experiencia de mujeres... para cambiar a los hombres del conjunto de la Iglesia. Ella quiso "transformar el Cristo a un grupo de mujeres...", para ofrecer así un testimonio de Reforma Radical de Iglesia para todos, en especial para los varones, no sólo de la Reforma Carmelitana, sino de toda la Iglesia. Su trato con obispos y clérigos fue exquisito y exigente... Pero ella, Teresa de Jesús, quiso "reformar" ante todo a unas mujeres, para que, empezando por ellas (con casitas de San José) se pudiera convertir y transformar la Iglesia universal.

 

"Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, quieren poner su Iglesia por el suelo".

 

¿Cómo interpretar hoy esas palabras? ¿Cómo responder hoy a los problemas de la humanidad y de la Iglesia? Santa Teresa, santa de la humanidad de Cristo... puede y debe aparecer en nuestro tiempo como promotora de humanidad cristiana, en comunión, en libertad, en justicia, en apertura al misterio de Dios que es oración... recordándonos que cada uno de nosotros somos Nazaret, lugar de la presencia de Jesús (y de su Madre y San José y del conjunto de la Iglesia).

 

FUENTE: http://blogs.periodistadigital.com

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