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Santa TeresaAllá por 1929 decía don Américo (Castro para los más jóvenes): “Ni clínica ni empíreo… Posesa de divinidad o de neurosis, Teresa carece aún de claro emplazamiento…” No, don Américo: clínica y empíreo, posesa de divinidad y de neurosis (en su mejor sentido, que lo tiene)...


 

Allá por 1929 decía don Américo (Castro para los más jóvenes): “Ni clínica ni empíreo… Posesa de divinidad o de neurosis, Teresa carece aún de claro emplazamiento…” No, don Américo: clínica y empíreo, posesa de divinidad y de neurosis (en su mejor sentido, que lo tiene). Pocas cosas tengo más claras sobre Santa Teresa, después de haberla estudiado desde hace casi cuarenta años. La Santa fue una mezcla de clínica y de empíreo. Su fuerza de voluntad y su capacidad no se explican más que conociendo sus avatares clínicos y espirituales.

Ella adquirió su férrea voluntad con el sufrimiento y la enfermedad. Este la fortaleció para siempre y la hizo dueña de una capacidad de actuación que muy pocos seres humanos logran en la vida. Sólo quienes hemos padecido algo similar a la Santa estamos en condiciones de entenderlo: esa enorme capacidad de actuación le permitió llevar a término sus fundaciones y sus Fundaciones, por cierto el único libro de los suyos que aún no he tenido el placer de editar. Y esa capacidad la comparte con otros grandes genios de la historia, llámense Napoleón o Alejandro Magno, por no citar otros muchos. Es una especial dureza y, al propio tiempo, sensibilidad de donde emerge algo tan contradictorio como actuar, comprar, vender, entenderse con las gentes en sus propios lenguajes, saber tratar a cualquiera y con cualquiera y adolecerse con el sufrimiento, pedir, llorar y suplicar con ánimo contrito siempre y dulce cuando hacía falta.

Teresa es un ejemplo único en su tiempo. Que me cite alguien una mujer del siglo XVI en el mundo entero (he dicho mujer, repárese) capaz de planear, dirigir y culminar una reforma como la teresiana, con 17 fundaciones (o las que fueren) pese a los escasísimos medios de que dispuso, con la nula capacidad jurídica de una mujer de la época. Sólo una voluntad férrea, una inteligencia, una integridad y unas fuerzas fuera de lo común lo permitieron.

Aquí anduvo también el empíreo y la divinidad (de ello no me cabe la menor duda), porque los hombres del siglo XXI no estamos en condiciones de valorar lo que ella consiguió; por mucho que nos pongamos en la mente de un español del XVI, es literalmente imposible que valoremos en su verdadera dimensión lo que esta mujer logró. Y una sensibilidad, además, que se acerca al ámbito del barroco, que se deriva también de su peculiar valoración de la naturaleza y la realidad cotidianas. Ya mi maestro (Orozco Díaz) en un ensayo clarividente había constatado la amplitud temática que supone este movimiento en la pintura, la entrada como valor independiente del paisaje, los animales, las flores, las frutas y todo lo natural que está ya en algunos de nuestros místicos y en Teresa en particular. Es su sentimiento de la humanidad de Cristo el verdadero tema recurrente en toda su literatura, pues Teresa no podía entender a Cristo sino como hombre con quien comunicarse. Este afán de comunicación es una nota propia del Barroco. Acaso podría argüirse que esta propensión a lo natural y vivido se observa ya en los ascéticos medievales. Pero la diferencia de tono es absoluta.

Se trata de una concepción del espacio y un punto de vista absolutamente nuevo. Teresa busca en la naturaleza el impulso ascensional o los términos de comparación adecuados a sus estados anímicos (por otra parte tan variables), como propios de un espíritu a la vez duro y sensible. La misma concepción de nuestra mística como fruto tardío del cristianismo medieval es un dato inequívoco de esta filiación prebarroca. Ello puede comprobarse en el enorme influjo que Teresa ejerció sobre los escritores que desarrollaron con el detallismo y morosidad propios del Barroco las visiones realistas, impresionantes y conmovedoras.

Además de la comunicación de la humanidad de Cristo, el otro gran dato para la filiación prebarroca de la Santa es su actitud ante la naturaleza: ella no se emociona ante el paisaje natural sino ante los sucesos que en su marco se producen. En su poesía y en su prosa apenas se tiene en cuenta el paisaje, en lo cual contradice el Renacimiento. Parece como si fuera insensible y ajena a ese mundo y, aunque dispone de huerto en San José de Ávila, prefiere sus ermitas para la oración íntima. Sólo una vez y en Andalucía la vemos emocionarse un día de primavera, pese a su oposición instintiva por las gentes de estas tierras. Es Andalucía la única que le mueve a hacer lo que usualmente no hace: sentir como vehículo de comunicación el medio natural. Por eso el prebarroco teresiano adquiere una dimensión netamente andaluza. Lo corpóreo y sensible le era necesario para comunicarse con Dios; de ahí la abundancia de imágenes devocionales o la impregnación de su léxico de piedras preciosas y metales de valor, como mujer que era, sensible, apasionada e íntima al mismo tiempo. Valga esta interesada visión de quien siempre nos conmueve.

 

AUTOR: Dámaso Chicharro, catedrático de la Universidad de Jaén

TOMADO DE: www.paravosnaci.com

 

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