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santa Teresa 225 La genial personalidad humana de la mística carmelita, la densidad de sus relaciones sociales, la relevancia temporal de sus actos, la trascendencia de su espiritualidad, la grandeza de su obra fundadora, la universal influencia de sus escritos, su presencia constante en todas las culturas…

 


 

Si determinados dulces van indisolublemente asociados con una localidad, a Ávila se la vincula por tradición con las yemas de Santa Teresa. Pero ni la repostería de la histórica ciudad se reduce a estas azucaradas delicias, ni la Santa debe a ellas su fama. Sin embargo, es un hecho que aquellas exquisiteces es lo único con lo que –hoy en día– algunos relacionarían a la monja abulense, lo cual tampoco es despreciable si se tiene en cuenta (¡a nadie le amarga un dulce!) que más vale algo que nada. De cara al próximo 28 de marzo –en que se cumplen 500 años de su nacimiento–, cabe fijar la atención, no obstante, en otros aspectos más relevantes de esta Doctora de la Iglesia.

Conscientes de la trascendencia nacional e internacional de esa efeméride, multitud de instituciones públicas, privadas, civiles y religiosas están realizando numerosas actividades para celebrar este V centenario. Se trata de difundir la vida y la obra de esta mujer universal y su repercusión en las distintas dimensiones de la historia a través de congresos, jornadas, conferencias, exposiciones, representaciones teatrales, festivales de música, concursos literarios, medios audiovisuales y un sinfín de actuaciones de todo tipo.

La genial personalidad humana de la mística carmelita, la densidad de sus relaciones sociales, la relevancia temporal de sus actos, la trascendencia de su espiritualidad, la grandeza de su obra fundadora, la universal influencia de sus escritos, su presencia constante en todas las culturas… la han convertido en egregio ejemplar de la civilización. Más aún, por la capacidad expansiva que su figura está adquiriendo en la celebración de este Centenario, bien puede decirse de ella que es un auténtico fenómeno ´viral´, de modo que su espíritu no solo sigue presente en nuestros días sino que está muchísimo más extendido todavía de lo que estuvo cuando ella vivía en este mundo y en todas las épocas anteriores a la actual conjuntamente sumadas.

Solo me referiré ahora a su conocimiento del psiquismo humano. Con naturalidad y simpatía en el decir, la reformadora descalza compara el alma de la persona con un castillo de muy claro cristal, con innumerables fosos, murallas, pasadizos… Todos estos elementos están agrupados en círculos concéntricos alrededor del torreón central o morada más íntima, donde el hombre se encuentra lo más cerca posible de sí mismo y de Dios, que habita en su interior, grabado en sus entrañas (“no ha menester alas para ir a buscar a Dios, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí”; “no andes de aquí para allí, sino, si hallarme quisieres, a Mí buscarme has en ti”). Sin embargo, Teresa de Jesús no ignora la torpeza del hombre para estimar semejante grandeza: “pocas veces lo consideramos; y así se tiene en tan poco procurar con todo cuidado conservar su hermosura: todo se nos va en la grosería del engaste o cerca de este castillo [que es el cuerpo]”.

Pero solo el ser humano se sentirá plenamente gozoso cuando, al llegar a lo más profundo de su personalidad espiritual, se produzca en grado eminente el encuentro personal con el Dios vivo. Esta confluencia exige un clima de silencioso crecimiento interior (“encerrarse en este cielo pequeño de nuestra alma”), en cuyos comienzos –y con el fin de que se ascienda más fácilmente a la perfecta unión– el alma debe pensar muchas veces como si nada hubiese en el mundo excepto Dios y ella. Se trata de que, al ahondar en sus entresijos, no se pierda el ser en una encrucijada, sino halle la cercanía de un camino que le lleva a la gran revelación de lo Absoluto. En este itinerario la Santa otorgaba especial relevancia a la oración (“tratar de amistad con quien sabemos nos ama”), cuyo ejercicio no se circunscribe a unos momentos concretos de la vida sino que la abarca en su integridad, inervando toda actividad cotidiana (“entre los pucheros anda el Señor”). Con ella se consigue el ordenamiento del alma a Dios y la actitud vital de contemplar con su mirada todo cuanto existe, debiendo acabar siempre en conocimiento de uno mismo y del Ser Supremo.

Si a esto se añade la aguda percepción psicológica de su narración acerca de las etapas del progreso del alma en su unión con el Creador, se obtiene la profundidad humanística de una psicología que, al explicar lo más oscuro de la mente y mostrar a la vez lo eterno, se transforma en teología. Pero esta no se establece como especulación fría, sino que –pensada desde el centro de un alma abrazada a lo Infinito y por Él alentada– arde en amor y servicio al prójimo. Al captar con su experiencia personal las potencialidades encerradas en la interioridad anímica, Teresa de Jesús encuentra el auténtico sentido de la vida y la dignidad humana. En coherencia con lo expuesto, la conmemoración de este V centenario debería contribuir al desarrollo de nuestra espiritualidad hasta convertir la existencia de cada individuo en oficio de intimidad con Dios. ¡Al menos para que, al igual que sucede con las yemas de Santa Teresa, …a nadie le amargue un dulce!

AUTOR: Pedro Paricio Aucejo
TOMADO DE: delaruecaalapluma.wordpress.com

 

 

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