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Teresa de Jesus doctora Santa Teresa ha sido fuente de inspiración para muchos santos. Hombres y mujeres espirituales se han alimentado de su doctrina; algunos ejemplos: San Alfonso María de Ligorio le tenía una devoción entrañable, San Juan Bosco recomendaba el “Nada te turbe” teresiano...

 


 

Cuando el Papa Pablo VI, el 27 de setiembre de 1970 proclamaba a Santa Teresa de Jesús como primera doctora de la Iglesia, estaba ratificando algo que ya muchos espirituales, a lo largo de los siglos, habían intuido acercándose a su basta doctrina espiritual.

Nos preparamos ahora para el V Centenario del nacimiento de esta gran santa. Teresa de Ahumada (llamada después Teresa de Jesús o Teresa de Ávila) nace en el Siglo de Oro español, un 28 de marzo de 1515, Miércoles Santo. Fueron sus padres Alonso Sánchez de Cepeda y Beatriz de Ahumada. Por la rama paterna es descendiente de judíos conversos.

Teresa vivirá una infancia envidiable, su hogar muy católico, de niña jugaba a ser monja, hubo también un intento fallido de martirio “concertábamos irnos a tierra de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen”.

Un tío le hará volver a la casa paterna cuando ya iba de camino con su hermano. Pero, llegada su adolescencia se volvió enemiguísima de hacerse monja. Entró en un mundo de vanidad: “Comencé a traer galas y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello, y olores y todas las vanidades…”. Además estuvo pensando en el matrimonio.

Siendo adolescente muere su madre. Su padre, celoso de la honra de su hija, la interna como pensionista en un monasterio de agustinas. Allí encontró a una religiosa realizada en su vocación que le marcará su andadura vocacional. Tomó allí la determinación de hacerse monja carmelita, pero faltaba decírselo a su padre, el cual se opuso contundentemente. Huye de la casa paterna para hacerse monja, pasó los primeros años feliz de su estado, pero le sobrevino una enfermedad que la dejó cuadripléjica. Es curada por intercesión de San José, salió con fama de santidad de aquella enfermedad, pero su salud recuperada fue causa de su deterioro espiritual, pues se dio a muchas amistades que le desayudaban en sus propósitos. Su amor a Dios llegó a enfriarse, tenía problemas afectivos, se aficionaba en exceso a las personas, llegando incluso a dejar la oración año y medio. Después con la providencial ayuda de buenos confesores la retomó para nunca más dejarla.

Tendrá un encuentro significativo con la imagen de un Cristo muy llagado, lo cual le ayudó para su definitiva conversión. Al poco tiempo de darse de lleno a la oración le comenzaron a sobrevenir muchos fenómenos místicos. Algunos de sus confesores le decían que lo que le pasaba era obra del demonio, pero ayudada de otros, entre ellos muchos santos (San Francisco de Borja, San Pedro de Alcántara, San Juan de la Cruz, San Juan de Ávila). Se llegó a la conclusión que estaba siendo depositaria de gracias especiales de Dios. Teresa es maestra de espirituales. En todos sus escritos nos habla de la experiencia del profundo amor de Dios que ha descubierto: “sólo digo que, para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la oración; cerrada ésta, no sé cómo las hará”, es por eso que para Teresa la oración no será otra cosa, sino “tratar de amistad muchas veces con quien sabemos nos ama”,

Santa Teresa ha sido fuente de inspiración para muchos santos. Hombres y mujeres espirituales se han alimentado de su doctrina; algunos ejemplos: San Alfonso María de Ligorio le tenía una devoción entrañable, San Juan Bosco recomendaba el “Nada te turbe” teresiano, los Beatos Juan XXIII y Juan Pablo II profesaron su gran admiración y devoción a ella, él último siendo Papa, hizo una peregrinación a Ávila en ocasión del IV centenario de su muerte en 1982. Otros serán: San Enrique de Ossó, el beato Francisco Palau. Escritores espirituales y teólogos como Tomas Merton, Karl Rahner, Urs Von Balthasar, etc. Preparémonos para este 2015 y recordemos que con Teresa de Jesús, Dios nos sigue llamando como “Verdadero Amigo” a que nos sumerjamos en el abismo de su amor.

AUTOR: Mons. Oswaldo Escobar
TOMADO DE: Eco Católico, Etapa IV – Año CXXXI Tomo 132 – (4319) Costa Rica, p. 14

 

 

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