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Teresa IgnacioIgnacio y Teresa viven la Iglesia de su tiempo con una misma sintonía, reaccionando, como mujer o como varón, ante la realidad de una Iglesia turbada por divisiones internas y hostilidades externas, y abierta, por otra parte, al Nuevo Mundo necesitado de evangelización...

 


 

Aunque ambos santos fueron canonizados el mismo día, Teresa no conoció personalmente a Ignacio de Loyola. Sin embargo, desde el principio, le atrajo el estilo y la labor pastoral de los jesuitas. Ya desde el monasterio de la Encarnación, en 1555, recién fundado el Colegio de san Gil por parte de la Compañía, en Ávila, Teresa contactó con ellos. A lo largo de su vida, la ayuda y el magisterio de los jesuitas serían decisivos para Teresa. Hubo un enriquecimiento mutuo por parte de ambas espiritualidades.

En 1982, con motivo del IV Centenario de la muerte de la santa, el P. Ignacio Iglesias (s.j.) escribió un artículo en la revista Manresa, titulado «Santa teresa de Jesús y la espiritualidad ignaciana». En él, trazaba algunos puntos de contacto entre ambas espiritualidades. Podemos resumir así su interesante aportación:

El primado de la oración.

Para ambos, la oración está en la base de cualquier hacer. Los dos entienden también la oración contemplativa como una experiencia gratuita que Dios regala a la persona, que esta no produce. Para los dos, orar es quehacer de amigos. «El coloquio se hace propiamente hablando así como un amigo habla a otro…» (EE, 54). El «gustar internamente», «conocimiento interno» tienen también resonancias en las obras teresianas.

Cristología.

Desde la Cristología de Ignacio, toda ella centrada en el conocimiento interno de la humanidad divina de Jesús «para que más le ame y le siga», resulta muy cercano el proceso de Teresa, su entusiasmo por la Humanidad de Cristo. La meta de la espiritualidad teresiana, el matrimonio espiritual, se lleva a cabo con la Humanidad de Cristo. Para Teresa, Cristo es el Hijo, Maestro, Amigo, Esposo, Rey, Juez. Para Ignacio, es Señor, Rey eterno, Hijo, Capitán (término también usado por Teresa), Mediador, Cabeza. Teresa refleja más el mundo de la relación personal, Ignacio el del compromiso misionero.

Espiritualidad misionera.

Ignacio y Teresa viven la Iglesia de su tiempo con una misma sintonía, reaccionando, como mujer o como varón, ante la realidad de una Iglesia turbada por divisiones internas y hostilidades externas, y abierta, por otra parte, al Nuevo Mundo necesitado de evangelización. Ambos perciben que la Iglesia, por mandato de Jesús, es para los hombres. Y por ello, su amor a la Iglesia se transformará en una preocupación concreta por la persona en su necesidad. El ansia misionera de Teresa bulle como componente de su propia espiritualidad, a pesar de las limitaciones que como mujer, tenía en su tiempo.

En abril de 2010, como parte de los actos conmemorativos del V Centenario del nacimiento de Francisco de Borja, se celebró en Valencia un Congreso Internacional titulado FRANCISCO DE BORJA Y SU TIEMPO. Política, Religión y Cultura en la Edad Moderna. Entre las interesantes ponencias presentadas en el mismo, nos interesa destacar, por su temática, el trabajo de la hispanista y profesora de la Universidad de Virginia, Alison Weber, titulado: «Los Jesuitas y las Carmelitas Descalzas en tiempos de Francisco de Borja: amistad, rivalidad, y recelos». En él, se analiza la evolución de la relación entre ambas órdenes, nacidas en un mismo momento histórico y con numerosos puntos de contacto:

«Las ideas religiosas de Santa Teresa de Jesús se alimentaban de muchas fuentes: las tradiciones franciscanas, dominicas, y erasmistas contribuyeron a la riqueza de su espiritualidad. No creo que sea exagerado, sin embargo, decir que sin la dirección de los padres de la Compañía de Jesús es posible que la reforma descalza no se hubiera realizado y que los escritos de la abulense se hubieran perdido. Los confesores jesuitas de Teresa no solo le enseñaron a evitar las trampas del dejamiento, también inspiraron muchas de sus ideas sobre la reforma monástica. A pesar de esto, en los últimos años de la vida de la santa, las dos órdenes bailaban un vals de distanciamiento mutuo. Historiadores carmelitas y jesuitas han querido tratar este distanciamiento como algo trivial -en palabras de un reciente artículo, no fueron más que “unos pequeños problemas de los últimos años”.

Algunos de los disgustos sí eran banales. Pero la ruptura entre las órdenes también se vincula a cambios más profundos del clima político-religioso en las últimas décadas del siglo dieciséis, entre ellos, la decisión por parte de los jesuitas de apartarse de las corrientes místicas del carisma ignaciano».

TOMADO DE:  https://delaruecaalapluma.wordpress.com

 

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