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Santa Teresa de JesusLa figura de Santa Teresa de Jesús queda bien enmarcada dentro de la misericordia de Dios, porque su vida ha sido transformada por la gracia. Es una experiencia de la reconocida acción salvadora por parte de Dios, que ha obrado misericordiosamente...

 


 

Introducción

Tras la clausura del V Centenario del nacimiento de Santa Tersa de Jesús. Creo que ha sido un acierto, por parte del Papa Francisco, abrir el Año de la misericordia, para contemplar la bondad de nuestro Dios, todo amor, que nos quiere semejantes a Él. Misericordiae Vultus, es decir: Rostro misericordioso. Este es el hacer de Dios con nosotros, porque Él es el “Padre de las misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co 1,3).

Estamos, pues, ante un reto fundamental de nuestro ser cristianos, y una tarea que nos apremia a ser realizada como realidad que llevamos encarnada en nosotros: Pensar la misericordia, para vivir y obrar misericordiosamente. La humanidad lo gime y espera de nosotros. Devolver al mundo la mirada amable de Dios, por nuestra benevolencia y misericordiosa.

Acariciada por la misericordia

La figura de Santa Teresa de Jesús queda bien enmarcada dentro de la misericordia de Dios, porque su vida ha sido transformada por la gracia. Es una experiencia de la reconocida acción salvadora por parte de Dios, que ha obrado misericordiosamente en ella. Y Teresa canta agradecida: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! Suplícoos yo, Dios mío, sea así y las cante yo sin fin, ya que habéis tenido por bien de hacerlas tan grandísimas conmigo, que espantan los que las ven y a mí me saca de mí muchas veces, para poderos mejor alabar a Vos/Sin Vos, no podía, Señor mío, nada” (V 14,10-11). Teresa es consciente de que su vida ha sido transformada por el obrar misericordioso de Dios. Que la misericordia de Dios ha sido la caricia divina que la ha sanado y salvado.

Escritora vocacionada

Teresa de Jesús, es la Santa doctora y escritora, orante y mística, de la Iglesia Universal. Es una vocacionada de la pluma, le gusta escribir y quiere escribir “el modo de oración y las mercedes que el Señor me ha hecho” (V pról). El propósito de sus escritos es decirse a sí misma, en vista a “engolosinar” a cuantos lean y comprendan estas gracias que ella ha recibido, para serles luz orientadora en sus propias vidas.

Ella tiene plena conciencia de que, estas páginas biográficas, que exploran su proceso histórico-espiritual-fundacional-oracional, son el asomo de las misericordias que Dios ha obrado eficazmente en su persona. “Sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia, y ya que no puedo dejar de ser la que he sido, no tengo otro remedio, sino llegarme a ella y confiar en los méritos de su Hijo y de la Virgen, madre suya, cuyo hábito indignamente traigo” (3M1,3). Le urge por dentro coger la pluma y explicar la arrolladora historia que Dios ha obrado en ella. Y no como un balbuceo, sino con elocuente claridad e incisivo acierto. “No estén ocultas sus misericordias” (7M1, 1). Decididamente, Teresa las escribirá.

Relato biográfico-espiritual

Sus libros son un relato biográfico a la vez que espiritual, un tratado de vida comunitaria, una escuela de oración y una doctrina profética para todos los tiempos, también los nuestros. Teresa desnuda su alma ante el lector. No le tiembla el pulso para mostrar, sin reparos, lo que Dios ha hecho con ella, y quiere hacer con nosotros, si nos disponemos a recibir las gracias y mercedes con que Él nos quiere regalar. Proclama Teresa: “Bastara, ¡oh sumo Bien y descanso mío!, las mercedes que me habíais hecho hasta aquí, de traerme por tantos rodeos vuestra piedad y grandeza a estado tan seguro y a casa adonde había muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar, para ir creciendo en su servicio. No sé cómo he de pasar de aquí, cuando me acuerdo la manera de mi profesión y la gran determinación y contento con que la hice y el desposorio que hice con Vos. Esto no lo puedo decir sin lágrimas, y habían de ser de sangre y quebrárseme el corazón, y no era mucho sentimiento para lo que después os ofendí. Paréceme ahora que tenía razón de no querer tan gran dignidad, pues tan mal había de usar de ella. Mas Vos, Señor mío, quisisteis ser -casi veinte años que usé mal de esta merced- ser el agraviado, porque yo fuese mejorada. No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no era esa mi intención. Mas veo tales mis obras después, que no sé qué intención tenía, para que más se vea quién sois Vos, Esposo mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” (V4, 3).

Teresa escribe con una presión interior asombrosa. Le mueve el fuego de su temperamento pasional, por la certeza del amor misericordioso de Dios, que la ha salvado de sí misma, para gustar “una bondad tan buena y una misericordia tan sin tasa” (IM 1,3), que le pone semejanza de este Jesús que se deleita amándola, gusta mirarla, busca atraerla cabe sí para hermosearla, liberarla, salvarla. Y dirá: “quiso el Señor yo viese por vista de ojos de dónde me había librado su misericordia” (V32, 2). “Bendito sea vuestro nombre y misericordia, que -al menos a mí- conocida mejoría he visto en mi alma” (V38, 3).

Afectivamente vulnerable

Mujer sensible y apasionada, Jesús saldrá al paso de su gran vulnerabilidad afectiva, que la consumía, metida en enredos de amistades poco sanas. Exclama Teresa ante su propia verdad: “Sea el Señor alabado que me libró de mí” (V23, 1). “Fíe de la bondad de Dios, que es mayor que todos los males que podemos hacer, y no se acuerda de nuestra ingratitud, cuando nosotros, conociéndonos, queremos tornar a su amistad, ni de las mercedes que nos ha hecho para castigarnos por ellas; antes ayudan a perdonarnos más presto, como a gente que ya era de su casa y ha comido, como dicen, de su pan. (V19, 15). “La misericordia de Dios me pone seguridad, que, pues me ha sacado de tantos pecados, no querrá dejarme de su mano para que me pierda”. “Veo claro la gran misericordia que el Señor hizo conmigo” (V38, 7).

Abierta y clara

Cuando Teresa de Jesús escribe el libro de la Vida, lo hace desde el umbral de las gracias místicas recibidas. Es ya una mujer madura 46-50 años. Nadie estaba a la altura ni la hondura de lo que llevaba dentro y nos quería transmitir. Es tan sumamente clara y abierta en sus narraciones que, inspira temor y temblor a quienes ella se confiaba. Y los prelados le mandaban moderase sus relatos. Poco caso hará, e incluso dirá de ellos: “Hasta ahora parecíame había menester a otros y tenía más confianza en ayudas del mundo; ahora entiendo claro ser todos unos palillos de romero seco, y que asiéndose a ellos no hay seguridad, que en habiendo algún peso de contradicciones o murmuraciones se quiebran. Y así tengo experiencia que el verdadero remedio para no caer es asirnos a la cruz y confiar en el que en ella se puso” (R3).

Ella, esclarecida por dentro, abre su corazón y escribe: “Es verdad, cierto, que me parece estoy con tan gran espanto llegando aquí y viendo cómo parece me resucitó el Señor, que estoy casi temblando entre mí. Paréceme fuera bien, oh ánima mía, que miraras del peligro que el Señor te había librado y, ya que por amor no le dejabas de ofender, lo dejaras por temor que pudiera otras mil veces matarte en estado más peligroso. Creo no añado muchas en decir otras mil, aunque me riña quien me mandó moderase el contar mis pecados, y harto hermoseados van. Por amor de Dios le pido de mis culpas no quite nada, pues se ve más aquí la magnificencia de Dios y lo que sufre a un alma. Sea bendito para siempre. Plega a Su Majestad que antes me consuma que le deje yo más de querer” (V5, 11).

Teresa siente gran seguridad en sí misma, anda con señorío, porque se lo pone el Señor: “¡Qué señorío tiene un alma que el Señor llega aquí, que lo mire todo sin estar enredada” en nada! (V 20,25); Hállole amigo verdadero, y hállome con esto con un señorío que me parece podría resistir a todo el mundo que fuese contra mí, con no me faltar Dios” (R3).

Él la ha trabajado eficazmente, y ella se ha dejado seducir por este Jesús que se le ha mostrado como esposo y amigo. “¡Oh Señor mío, cómo sois Vos el amigo verdadero; y como poderoso, cuando queréis podéis, y nunca dejáis de querer si os quieren! ¡Alaben os todas las cosas, Señor del mundo! ¡Oh, quién diese voces por él, para decir cuán fiel sois a vuestros amigos! Todas las cosas faltan; Vos Señor de todas ellas, nunca faltáis. Poco es lo que dejáis padecer a quien os ama. ¡Oh Señor mío!, ¡qué delicada y pulida y sabrosamente los sabéis tratar! ¡Quién nunca se hubiera detenido en amar a nadie sino a Vos! Parece, Señor, que probáis con rigor a quien os ama, para que en el extremo del trabajo se entienda el mayor extremo de vuestro amor. ¡Oh Dios mío, quién tuviera entendimiento y letras y nuevas palabras para encarecer vuestras obras como lo entiende mi alma! Fáltame todo, Señor mío; mas si Vos no me desamparáis, no os faltaré yo a Vos. Levántense contra mí todos los letrados; persíganme todas las cosas criadas, atorméntenme los demonios, no me faltéis Vos, Señor, que ya tengo experiencia de la ganancia con que sacáis a quien sólo en Vos confía” (V 25, 17).

Infancia y juventud

Teresa tuvo una infancia feliz. Pero a la edad de 13 años, murió su madre, de quien era muy amiga. Tras quedar huérfana, su personalidad entró en una crisis de conducta que llega a preocupar seriamente a su padre. Empezó a tratar con amistades algo ligeras, que despertaron en ella la agitación de una viva pasión, “de tal manera me mudó esta conversación, que de natural y alma virtuoso no me dejó casi ninguna, y me parece me imprimía sus condiciones”.

Era vanidosa, le gustaba coquetear, y comenzó a fomentar alterne tras alterne con sus amigos. Se apasiona y se enamora, era lo natural y normal. Su padre, que miraba todo con preocupación, corta de raíz aquellos devaneos bulliciosos y la internó en el convento (colegio) de las agustinas de la ciudad. En el internado, comienza un periodo de moderación y recuperación de la vida espiritual. Y empieza Teresa a mirar al Señor, a sentir devoción en los rezos y tener más contento de sí, “Comenzó mi alma a tornarse a acostumbrar en el bien de la primera edad y vi la gran merced que hace Dios a quien pone en compañía de buenos” (V2, 8). Es el despertar a algo nuevo, aunque efímero aún.

Hacia la conversión

Es el comienzo de una conversión frágil y titubeante. Ora, reflexiona, lee libros devotos. Pero estaba sola y sin arrimo de alguien fiable, que le pudiera ayudar. Se apoyaba en solo Dios. “Alabo la misericordia de Dios, que era solo el que me daba la mano” (V7, 22). Y Teresa volverá a sucumbir, “las virtudes aún no están fuertes” (V19, 14). Lucha consigo misma, buscando con tensión ser ganada por Dios; “pasé este mar tempestuoso casi veinte años, con estas caídas y con levantarme y mal -pues tornaba a caer- y en vida tan baja de perfección” (V8, 2).

Ella, a pesar de sus miserias, deseaba ser transparente y vivir limpia ante Dios: “no me parece había dejado a Dios por culpa mortal ni perdido el temor de Dios, aunque le tenía mayor de la honra. Esta tuvo fuerza para no la perder del todo, ni me parece por ninguna cosa del mundo en esto me podía mudar, ni había amor de persona de él que a esto me hiciese rendir” (V2, 3).

Dios le va poniendo determinación para salir de sí misma, aún a fuerza de mucha resistencia interior: “era todo haciéndome una fuerza tan grande que, si el Señor no me ayudara, no bastaran mis consideraciones para ir adelante. Aquí me dio ánimo contra mí, de manera que lo puse por obra” (V 4,1). La misericordia de Dios, obra en ella por medio de su propia naturaleza. No lo hace valiéndose de fenómenos extraños, sino, haciendo caer el alma en la cuenta de su propia verdad, para ponerla a la luz de su bondad misericordiosa, que buscaba y rebuscaba volverla a Él, para gustar el sumo bien. “de su misericordia jamás desconfié. De mí muchas veces” (V9, 7).

Reconoce Teresa que, “Pasaba una vida trabajosísima, porque en la oración entendía más mis faltas. Por una parte me llamaba Dios; por otra, yo seguía al mundo. Dábanme gran contento todas las cosas de Dios; teníanme atada las del mundo. Parece que quería concertar estos dos contrarios -tan enemigo uno de otro- como es vida espiritual y contentos y gustos y pasatiempos sensuales. En la oración pasaba gran trabajo, porque no andaba el espíritu señor sino esclavo; y así no me podía encerrar dentro de mí sin encerrar conmigo mil vanidades. Pasé así muchos años, que ahora me espanto qué sujeto bastó a sufrir que no dejase lo uno o lo otro. Bien sé que dejar la oración no era ya en mi mano, porque me tenía con las suyas el que me quería para hacerme mayores mercedes” (V7, 17).

Es decir, Dios iba tomándola ya, y ella lo empieza a percibir, de ahí su gran división y malestar. Así exclama: “¡Oh, válgame Dios, si hubiera de decir las ocasiones que en estos años Dios me quitaba, y cómo me tornaba yo a meter en ellas, y de los peligros de perder del todo el crédito que me libró! Yo a hacer obras para descubrir la que era, y el Señor encubrir los males y descubrir alguna pequeña virtud, si tenía, y hacerla grande en los ojos de todos, de manera que siempre me tenían en mucho. Porque aunque algunas veces se traslucían mis vanidades, como veían otras cosas que les parecían buenas, no lo creían. Y era que había ya visto el Sabedor de todas las cosas que era menester así, para que en las que después he hablado de su servicio me diesen algún crédito, y miraba su soberana largueza, no los grandes pecados, sino los deseos que muchas veces tenía de servirle y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra” (V7, 18).

Ganada por Cristo

Cuando por fin, es ganada del todo por Dios, ella trae a memoria su larga lucha purificadora, aquellas ansias por salir de sus propios infiernos que la ataban y la desasosegaban. “Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios, y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía. Aun en los ojos de quien los ha visto, permite Su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas. Hace que resplandezca una virtud que el mismo Señor pone en mí casi haciéndome fuerza para que la tenga” (V4, 10).

Polarizada por Cristo

Al dejarse polarizar por Cristo, experimenta la apertura a una vida nueva. Ya no es ella la protagonista de su historia, Dios se ha hecho el eje central de su vida, ahora todo será ir hacia este profundo centro de su alma. Cristo la ceñirá y la guiará: “guíe su Majestad por donde quisiere” (V 11,12); “Juntos andemos, Señor, por donde fuereis, tengo de ir, por donde pasareis, tengo de pasar” (C26, 6). Teresa aprende a mirar la realidad personal e histórica con los ojos de Jesús, y en todo sabrá ver y poner la misericordia del Señor. “Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” (V4, 3).

Persona nueva

Persona nueva y vida nueva será un todo a realizar con Jesús: “yo me veía otra en todo” (V 21,1); “veía que quedaba de allí muy mejorada y con más fortaleza” (V 23,2). Jesús se convierte en el centro hacia el que proyecta toda su existencia. Él la seduce, la quiere suya: “ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (V 24,7); “crecía mi oración” (V 23,5); tenía “grandísima seguridad que era Dios, en especial cuando estaba en oración” (V 23,2). Y la gratuidad será el alma del seguimiento, ser, estar y vivir agradecida. Teresa ya no se moverá de junto a Jesús: “llegada a Vos, subida en esta atalaya adonde se ven verdades, no os apartando de mí, todo lo podré; que si os apartáis, por poco que sea, iré adonde estaba, que era al infierno” (V21, 5).

Y Teresa, una vez convertida, decreta: “determinadamente se abrace el alma con el buen Jesús, Señor nuestro /allí lo halla todo” (C9, 5). La conversión es algo así como aventurar la vida hacia un viaje sin retorno. Y Teresa pone aviso: “No os espantéis, hijas, de las muchas cosas que es menester mirar para comenzar este viaje divino, que es camino real para el cielo. Gánase yendo por él gran tesoro, no es mucho que cueste mucho a nuestro parecer. Tiempo vendrá que se entienda cuán nonada es todo para tan gran precio./ Ahora, tornando a los que quieren ir por él y no parar hasta el fin, que es llegar a beber de esta agua de vida, cómo han de comenzar, digo que importa mucho, y el todo, una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, trabajase lo que se trabajare, murmure quien murmurare, siquiera llegue allá, siquiera se muera en el camino o no tenga corazón para los trabajos que hay en él, siquiera se hunda el mundo” (C21,1-2).

Comunicadora de la gracia

Teresa está decidida a ser una comunicadora de la gracia de Dios. De la misericordia divina que la ha salvado a ella. “como muchas veces me ha dicho el Señor, que no deje de comunicar toda mi alma y las mercedes que el Señor me hace” (V26, 3). Siente una gran responsabilidad ante la humanidad. Se halla empujada a revelar cómo todos estamos llamados a recibir los mismos bienes que ella está gozando: “Acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle, que Su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias; no nos cansemos nosotros de recibir. Sea bendito para siempre, amén, y alábenle todas las cosas” (V19, 15).

Surge así la mujer vocacionada. Ha recibido la gracia de la misericordia de Dios y decide vivir conformando su vida a la de Jesús, “Despertar la voluntad a amar” (6M 4,14), ser misericordiosa como lo fue Él, “sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso” (Lc 6,36). Ser Evangelio, en definitiva. Ella ha adquirido una gran comprensión del misterio salvífico, que ha experimentado como sanador y libertador. Por todas, quiere ser apóstol de la salvación, dar a gustar cómo nos “ensancha su misericordia” (V30, 9). Y Teresa lo pregona con la pasión que le caracteriza: “¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya! ¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido! He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad” (V8, 6).

Actitud de confianza

Hay que aprender a confiar y esperar todo de Dios, vivir empeñados en ello: “Válgame la misericordia de Dios, en quien yo he confiado siempre Bendita sea su misericordia” (F28, 35). Tener fe y seguridad de que “Todo se puede creer de la misericordia de Dios” (F12, 9. Somos proyecto del amor misericordioso de Dios. “Pues, en fin, fin, yendo con humildad, mediante la misericordia de Dios, hemos de llegar a aquella ciudad de Jerusalén, adonde todo se nos hará poco lo que se ha padecido, o nonada, en comparación de lo que se goza” (F4, 4). Y para peregrinar este camino: “Para esto las dé Su Majestad gracia por su gran misericordia y bondad” (F31, 49). “Sea su nombre bendito, que en todo tiempo usa de misericordia con sus criaturas” (Carta 5 sept. 1582). Todas estas actitudes, tienen que ser la aportación que nuestras comunidades contemplativas-monásticas y parroquiales, deben mostrar al mundo. Ofrecer vida de amor.

Rendir la voluntad a Dios

La vida de Teresa, desde su conversión, ha entrado en la dinámica del Evangelio. Rendida la voluntad a Dios, vivir una vida para el Evangelio. Adquirir aquel proceder que tenía Jesús con la gente, que era amarlos y hacerles bien. “Siempre yo he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados” (C21, 4). Asienta la vida sobre la base del Evangelio, en esto confrontará todo su ser y hacer.

Ella intuye que Dios nos va concediendo la santidad que le reclamamos, la que realmente queremos y estamos dispuestos a vivir. Y así, empieza una declaración sobre el padre nuestro, que nos dispone a hacer siempre la voluntad de Dios, como realidad santificadora. “¡Cuán diferentemente se inclina nuestra voluntad a lo que es voluntad de Dios! Ella quiere queramos la verdad, nosotros queremos la mentira; quiere que queramos lo eterno, acá nos inclinamos a lo que se acaba; quiere queramos cosas grandes y subidas, acá queremos bajas y de tierra; querría quisiésemos sólo lo seguro, acá amamos lo dudoso. Que es burla, hijas mías, sino suplicar a Dios nos libre de estos peligros para siempre y nos saque ya de todo mal. Y aunque no sea nuestro deseo con perfección, esforcémonos a pedir la petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, pues pedimos a poderoso? Mas, porque más acertemos, dejemos a su voluntad el dar, pues ya le tenemos dada la nuestra; y sea para siempre santificado su nombre en los cielos y en la tierra, y en mí sea siempre hecha su voluntad, amén” (C 42,4).

Permanecer abiertos y dispuestos a hacer la voluntad de Dios, es permitirle que nos descoloque los planes que proyectamos, que pueda torcer nuestros caminos, para llevarnos por los suyo. “Rendida el alma, aunque confiada de la grandeza de Dios” (V22, 12). “No quiero contento ni descanso ni otro bien sino hacer su voluntad” (V25, 19). “Disponed de mí como en cosa vuestra, conforme a vuestra voluntad” (C32, 10).

Dios quiere nuestro disfrute

Para ser siervos del amor, es menester una disposición de pertenencia a Jesús, una adhesión a su persona y su mensaje, que “no se queda para otra cosa con nosotros, sino para ayudarnos y animarnos y sustentarnos a hacer esta voluntad que hemos dicho se cumpla en nosotros” (C34, 1).

La grandeza de Teresa radica en haber descubierto que la gracia que ha recibido de la misericordia de Dios, reside en su propio pecado. Es decir, ella, como san Pablo, descubre que, “donde abundo el pecado, sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). Es así que la vida puede ser vivida con esperanza, con confianza dichosa, por lo que Dios, por medio de Jesús y su Espíritu Santo, obra en nosotros. Dios tiene las de ganar siempre, solo hace falta que le dejemos hacer su voluntad, que nos acoplemos a ella. Dios quiere nuestro disfrute, no es un aguafiestas, sino que mira y remira por nuestra felicidad. Y Teresa así nos lo muestra: “¡Oh precioso amor, que va imitando al capitán del amor, Jesús, nuestro bien!” (C6, 9). “Este tener verdadera luz para guardar la ley de Dios con perfección es todo nuestro bien; sobre ésta asienta bien la oración; sin este cimiento fuerte, todo el edificio va falso” (C5, 4). “¡Qué confesión tan clara, Señor mío! ¡Qué cosa es el amor que nos tenéis! Habéis andado rodeando, encubriendo al demonio que sois Hijo de Dios, y con el gran deseo que tenéis de nuestro bien, no se os pone cosa delante por hacernos tan grandísima merced. ¿Quién la podía hacer sino Vos, Señor? Yo no sé cómo en esta palabra no entendió el demonio quién erais, sin quedarle duda. Al menos bien veo, mi Jesús, que habéis hablado como hijo regalado por Vos y por nosotros, y que sois poderoso para que se haga en el cielo lo que Vos decís en la tierra. Bendito seáis por siempre, Señor mío, que tan amigo sois de dar, que no se os pone cosa delante” (C27, 4).

Al fin, monja

¿Qué puede hacer Teresa, para corresponder con agradecimiento a Dios, por todas las misericordias que ha volcado sobre ella? En la España del siglo XVI, donde la mujer es relegada a las tereas del hogar y subyugada al padre o al esposo. Teresa decide retirarse al monasterio para ser y pertenecer a solo Dios. Allí quiere vivir con “los ojos en Él” (V35, 4); “a solas con Él solo”, que “libres quiere Dios a sus esposas, asidas a solo Él” (Carta 30 mayo 1582). “Los ojos en vuestro Esposo; él os ha de sustentar” (C2, 1). “Los ojos en Cristo, nuestro bien”. (1M2, 11).

En el monasterio, Teresa repiensa su historia y la escribe. Reflexiona qué puede hacer por Dios y por las personas. Se lo pregunta bellamente en su poesía: Vuestra soy, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí? Es una contemplativa, mira todo desde un tú a tú relacional con Jesús, desde la relación de amistad, que es el trato confidencial, confiado y amigable que mantiene con Él: “que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V8, 5). Y en este trato de amor en la oración, se le irá imprimiendo el camino a seguir y el trabajo a realizar.

Fundadora

Inspirada por el Espíritu, decide fundar conventos para crear comunidades orantes. “Y como me vi mujer y ruin e imposibilitada de aprovechar en lo que yo quisiera en el servicio del Señor, y toda mi ansia era, y aún es, que pues tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que ésos fuesen buenos, determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo, confiada en la gran bondad de Dios que nunca falta de ayudar a quien por él se determina a dejarlo todo”.

Las comunidades teresianas son radicalmente orantes, “todas ocupadas en oración por los que son defendedores de la Iglesia y predicadores y letrados que la defienden, ayudásemos en lo que pudiésemos a este Señor mío, que tan apretado le traen a los que ha hecho tanto bien, que parece le querrían tornar ahora a la cruz” (C 1,2). Comunidades donde se vive ejercitando con verdad el amor fraterno: “En cómo ha de ser este amarse y qué cosa es amor virtuoso el que yo deseo haya aquí” (C4, 11). Da aviso que haya armonía en el grupo, que sea consistente en el amor de unas con otras, que “pocas y mal avenidas; ¡no lo permita Dios!” (C7, 9). Que se respire el amor y el sentido del perdón que Jesús quiere para el grupo de sus seguidores: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 13,34). “Perdonad y seréis perdonados” (Lc 6,37).

El monasterio, la comunidad, y cada persona, es un castillo de cristal “adonde Él tiene sus deleites” (1M1, 1). “Todo este edificio es su cimiento la humildad; y si no hay ésta muy de veras, aun por vuestro bien no querrá el Señor subirle muy alto, porque no dé todo en el suelo” (7M4, 8). “La puerta para entrar en este castillo es la oración” (1M1, 7). Y en este catillo, que es el alma, “con simpleza de corazón y humildad servir a Su Majestad y alabarle por sus obras y maravillas” (5M1, 8). El servicio es también distintivo fundamental del seguimiento de Jesús, porque Él nos dice: “yo estoy en medio de vosotros como el que sirve” (Lc22, 27). Ser servidores de los hermanos. Tener una actitud de alabanza, “por la muchedumbre de vuestras misericordias” (V4, 3). La alabanza divina es el talente interior de quien vive agradecido a Dios, por la reconocida bondad de sus misericordias con nosotros.

Amigos fuertes de Dios

Todo el intento de Teresa es hacer “amigos fuertes de Dios” (V15, 5), con “la intención recta, y la voluntad determinada” (C43, 8). Asentar, en cada persona, una base fuerte y firme, que la determine a trabajar comprometidamente por las necesidades de toda la humanidad, desde la oración. Apasionado compromiso de ser y hacer Iglesia desde nuestros puestos de orantes, sea en el Carmelo o en cada hogar cristiano.

Un misionero franciscano, Alonso Maldonado, venido de las indias, conmueve a la Santa, ante el deseo de bien de las almas y la necesidad de una buena evangelización. Escribe Teresa: “Yo quedé tan lastimada de la perdición de tantas almas, que no cabía en mí. Fuime a una ermita con hartas lágrimas. Clamaba a nuestro Señor, suplicándole diese medio cómo yo pudiese algo para ganar algún alma para su servicio/ que pudiese mi oración algo, ya que yo no era para más/ pareciéndome que precia más un alma que por nuestra industria y oración le ganásemos, mediante su misericordia, que todos los servicios que le podemos hacer/ Pues andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando en oración, representóseme nuestro Señor de la manera que suele, y mostrándome mucho amor, a manera de quererme consolar, me dijo: Espera un poco, hija, y verás grandes cosas. Quedaron tan fijadas en mi corazón estas palabras, que no las podía quitar de mí” (F1, 7-8).

Teresa ha comprendido que la Iglesia en sí misma es misionera. Y que la misión es la urgencia del mensajero por llevar adelante, pregonando alegre, el proyecto de vida que Jesús ha venido a implantar. El pueblo de Dios, los que por la fe en Jesús vivimos adheridos a Él, somos misioneros, hacedores y portadores de las Bienaventuranzas del Reino. Ellas son la fuente por la que mana y corre la misericordia de Dios, saciando la sed de felicidad de cada ser humano. El Resucitado, nos ha lanzado a llevar al mundo entero el triunfo de la vida sobre la muerte, la felicidad sobre la desgracia, la esperanza sobre la derrota. El pueblo de Dios, como realidad misionera, somos en verdad la alegría, la amable sonrisa que alegra a la humanidad entera.

Teresa, como fundadora, asume esa responsabilidad de la misión, porque tiene la seguridad de que la oración, por gracia de Dios, posee la fuerza para sostener los trabajos de las misiones y la fidelidad de los misioneros. “¡Oh hermanas mías en Cristo!, ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento; éstos han de ser vuestros negocios; éstos han de ser vuestros deseos; aquí vuestras lágrimas; éstas vuestras peticiones” (C3, 5). Forjar en nosotras un compromiso eclesial comprometido, por las misiones y los misioneros. Que no se sientan solos. Que posean la seguridad de que, nuestra vida orante, les es acogida amorosa donde descansarse, fuerza revitalizadora y alentadora del ánimo, para seguir, alegres y renovados, el camino del seguimiento de Jesús.

Crear una comunión que se realiza en la reciprocidad. Es decir, el orante, misiona en los misioneros. El misionero, es orante en los contemplativos. De alguna manera, se genera en el cuerpo eclesial la comunión de los santos, que nos hace, con Jesús, salvadores de la humanidad, portadores y hacedores del amor misericordioso, porque el amor se ejercita, se construye. Se es y se vive en el amor. Es la ayuda solidaria en la que nos apoyamos y sostenemos, algo así como ampararnos mutuamente y fortalecernos. Que “Dios nunca falta de ayudar a quien por Él se determina a dejarlo todo” (C1, 2).

Eclesialmente comprometida

La gran aportación que hace Teresa a la Iglesia es este servicio carismático orante y currante, porque orar es amar, pero también es trabajar. Grupitos de mujeres que, encerradas en oración “se aficionasen al bien de las almas y al aumento de la Iglesia” (F1,6). Nos pone aviso: “Y cuando vuestras oraciones y deseos y disciplinas y ayunos no se emplearen por esto que he dicho, pensad que no hacéis ni cumplís, el fin para que aquí os juntó el Señor” (C3, 10). Ella ha sentido en su vida el paso purificador de Dios, que la ha ido disponiendo para la gran obra que Él le tenía asignada. “Con verdad hacía mucha misericordia conmigo en consentirme delante de sí y traerme a su presencia; que veía yo, si tanto Él no lo procurara, no viniera” (V9, 9). Teresa sabe que todo ha sido obra de la gracia y no mérito suyo.

La misericordia que Dios ha volcado sobre ella purificándola, redunda ahora en misericordia de ella, para los demás. Es ahora una mujer fecunda, que derrocha gracia humana-espiritual a todo el que se le acerca. Su trato alegre y afable, es esclarecedor y santificador. Siempre refiere a Cristo, todo lo conduce a Él: “Determinaos, hermanas, que venís a morir por Cristo y no a regalaros por Cristo” (C10, 5). “¡Oh precioso amor, que va imitando al capitán del amor, Jesús, nuestro bien!” (C6, 9). Para Teresa Jesús es el gran disfrute de la vida. “Dichosos los que se refugian en Él” (Sal 2).

Ser tales

Las comunidades teresianas, si queremos cumplir bien nuestro llamamiento, “ser orantes de veras”, hemos de hacer visible la presencia de Cristo entre nosotras y “vivir los consejos evangélicos con la máxima perfección posible” (C1, 2). La misericordia de Dios en el grupo comunitario, se muestra por el “amor de unas con otras, desasimiento de todo lo criado y verdadera humildad” (C4, 4). Somos responsables de hacer que siga resplandeciendo en el mundo la bondad de Cristo y su Iglesia. “Ser tales” que suscitemos interés por cómo vivimos las relaciones humanas, desde el amor misericordioso que contagia alegría. Que con la Santa podamos afirmar: “Mas bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia”, esa caricia del amor de Dios que, en Jesús, se ha encarnado y nos hace capaces de amor y más amor a Dios, a la creación y a sus criaturas. La vida, muerte y resurrección de Jesús, es la belleza que salva al mundo.

Ser y andar alegres en el Señor. “No ande el alma espantada, sino confiada en la misericordia del Señor, que es fiel” (6M, 317). Vivir el amor misericordioso con todos, realidad que ayudará a purificar el aire de la existencia, contaminada de agresión. Que vivir el Evangelio nos conceda un corazón misericordioso y comprometido, ante los acontecimientos eclesiales y sociales de nuestra realidad histórica. “Mirad que importa esto mucho más que yo os sabré encarecer. Poned los ojos en el Crucificado y haráseos todo poco. Si Su Majestad nos mostró el amor con tan espantables obras y tormentos, ¿cómo queréis contentarle con sólo palabras? ¿Sabéis qué es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien, señalados con su hierro que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad, los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como Él lo fue” (7M4, 8).

En las casas de Teresa, todo va referido a Jesús y su Evangelio, a la Buena Noticia del Reino, a hacer eficaz el espíritu de las Bienaventuranzas. Y cuanto se trabaja por esta realidad bienaventurada, todo va con “alegría santa” (C41, 6). “Por la misericordia de Dios, que todo lo llevan con alegría” (F19, 12). El amor con qué trabajamos y vivamos nuestras relaciones, estar prontas para el perdón mutuo, hará que en el mundo resplandezca la gloria de Cristo, que es la imagen de Dios (2Co 4,4), y todo lo que Dios quiere para sus hijos e hijas queridos.

Conclusión

Que Dios nos bendiga y ayude siempre a ir adelante en nuestro deseo de bien. Acrecentar en nosotros la gracia de tener un corazón misericordioso: “Dichosos los misericordiosos, porque alcanzarán misericordia” (Mt 5,7). Proclama Teresa: “¡Oh Señor mío!, aquí es menester vuestra ayuda, que sin ella no se puede hacer nada. Por vuestra misericordia no consintáis que esta alma sea engañada para dejar lo comenzado. Dadle luz para que vea cómo está en esto todo su bien” (2M1, 6).

Con la Santa, y en el año de la misericordia: “quiero concluir con esto: que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene; que amor saca amor. Y aunque sea muy a los principios y nosotros muy ruines, procuremos ir mirando esto siempre y despertándonos para amar; porque si una vez nos hace el Señor merced que se nos imprima en el corazón este amor, sernos ha todo fácil y obraremos muy en breve y muy sin trabajo. Dénosle Su Majestad -pues sabe lo mucho que nos conviene- por el que Él nos tuvo y por su glorioso Hijo, a quien tan a su costa nos le mostró, amén” (V22, 14).

AUTOR: Anna Seguí, OCD
TOMADO DE: https://delaruecaalapluma.wordpress.com

 

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