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St.-Teresa-of-Avila En cuanto a saber decir qué es la oración, no es otra cosa, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama. Cuando el alma ora, tiene amorosa conversación nada menos que con Dios, por lo que es...

 



Los escritos de santa Teresa han servido de estímulo y alimento para la vida espiritual de varias generaciones cristianas. Como ya hemos dicho, cuando narra la historia de su vida, en cierto momento tiene que interrumpirla e introducir un tratadillo de oración, porque si no lo hace, no se puede entender lo que viene a continuación. Tomando enseñanzas de esas páginas y de sus demás escritos, ofrezco una carta que ella no escribió, pero que está compuesta a partir de textos suyos, por lo que perfectamente la podemos leer como dirigida por ella a cada uno de nosotros, con su estilo directo e interpelante. Comenzamos como hace ella en su epistolario:

Jesús. El Espíritu Santo sea con vuestra merced.

La necesidad de la oración

Hallándome yo en este Palomarcico de la Virgen, a mi noticia ha venido su interés en las cosas del espíritu, de lo que he recibido mucho contento. Y ya que tanto me ha importunado para que le escriba algo de lo que yo entiendo sobre asuntos de oración, pongo aquí por seguido algunas de las cosas que tengo escritas en otros lugares, con la confianza de que quien lo leyere se aproveche para amar un poco más a Nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

Pues hablando de los que comienzan a ser siervos del amor (que no me parece otra cosa el determinarse a seguir al que tanto nos amó por el camino de la oración), es una dignidad tan grande, que me regalo mucho de pensar que podemos tener un trato íntimo con Dios, que se rebaja de buena gana a tratar con sus siervos. Bien veo que no hay con qué se pueda comprar tan gran bien en la tierra, ya que consiste en tratar nada menos que con Dios, que quiere comunicarse en este destierro con sus criaturas para hacerlas grandes mercedes. Si hacemos lo que podemos en disponernos para acoger los bienes que Él quiere regalarnos en la oración, su Majestad nos abrirá los tesoros de su corazón, porque no se niega Él a nadie que le busque con corazón sincero.

Le diré que la oración me parece tan necesaria, que pienso que quien no la tiene es como un cuerpo tullido, que aunque tenga pies y manos, no los puede mandar. Y así son nuestras almas, creadas por Dios con grandes posibilidades y dones, que solo se descubren y ponen en práctica en el encuentro amoroso con Aquel que las creó con infinita misericordia. Considero yo que es nuestra alma como un castillo, todo de diamante o muy claro cristal, en el que hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas. En el centro y mitad de todas ellas está la principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma. No hallo yo cosa mejor con qué comparar la gran hermosura del alma y sus grandes capacidades. Baste pensar que su Majestad dice que nos hizo a su propia imagen y semejanza, para sospechar algo de nuestra riqueza interior. A cuanto yo puedo entender, la única puerta para entrar en este castillo es la oración.

Yo veo mi alma tan aprovechada y rica en virtudes desde que tengo oración, que es como si me regalaran con numerosas joyas y manjares exquisitos. Pienso que hemos de ser muy bobos si no abrimos nuestros corazones a este gran Señor para que Él los llene, que es como si estuviéramos junto a la fuente y, por no hacer el esfuerzo de llevarnos el agua a la boca, nos muriésemos de sed. Pues, ¿qué no dará a sus amigos quien es tan amigo de dar y puede dar cuanto quiera? Él, que ha dado su vida por nosotros, por fuerza ha de seguir dándonos todo lo que necesitamos para crecer en su amor, si se lo pedimos con confianza. En el nombre de Nuestro Señor pido a quien no tiene oración que no se prive de tanto bien como su Majestad quiere regalarnos en ella.

Al mismo tiempo, debo decirle que cuando yo no tenía oración, no vivía, sino que peleaba con una sombra de muerte. Ahora me espanto cómo pude llamar vida a vivir sin ella. Dios me perdonará que, por mi ignorancia, no sabía yo apreciar tan gran bien. O quizás fuera el orgullo, que nos hace creer que nos bastamos a nosotros mismos y que sabemos todo lo que necesitamos saber y que no necesitamos de un Salvador, al fin y al cabo, porque no lo buscamos.

De lo que yo tengo por experiencia puedo decir; y es que, por males que haga quien ha comenzado la oración, no la deje, pues es el medio por donde puede remediarse y sin ella será mucho más dificultoso. Y quien no la ha comenzado, por amor del Señor le ruego yo que no carezca de tanto bien. No hay aquí que temer, sino que desear, que nadie tomó a Dios por amigo que no fuese correspondido por Él. Más me atrevo a decir: que es Dios quien nos ha amado primero, y nos busca y nos llama a grandes gritos, y está deseando manifestarse a nosotros… y solo nos pide que nos dispongamos en la oración para poder regalarnos.

Qué es la oración

En cuanto a saber decir qué es la oración, no es otra cosa, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama. Cuando el alma ora, tiene amorosa conversación nada menos que con Dios, por lo que es bueno que advierta y considere mucho con quién está y quién es ella y qué es lo que dice, porque si no es así, no lo llamo yo oración, por mucho que menee los labios. No basta con recitar fórmulas aprendidas, como hacen esos pájaros que repiten lo que escuchan, pero sin entender lo que dicen.

No crea que le han de faltar palabras para hablar con Jesús. Al menos, yo no le creeré, que basta tratarle como Amigo y Compañero y Hermano, valiente Capitán, siempre cercano a los suyos en la pelea. No es nada delicado mi Señor, ni mira en menudencias. Muchas veces gusta más su Majestad de la humildad de una pobre labradorcilla que si más supiese más dijese, que de muy elegantes razonamientos. No son tan importantes las cosas que le decimos como el caer en la cuenta de que estamos tratando con Dios mismo, que nos acoge en su compañía y nos hace miembros de su familia. En nuestra relación con Él, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho. Así, lo que más os despertare a amar, eso haced. No necesitamos de palabras rebuscadas ni de elegantes razonamientos, sino que hemos de hablar al corazón de nuestro Esposo con humildad y sencillez.

Cierto, no necesita el alma condiciones especiales para tratar con Dios en la oración, ni fuerzas corporales; pues, ¿quién no puede echar unas pajillas en el fuego cuando ve que va a apagarse? No creo yo que sea mayor el esfuerzo de estarse en amorosa compañía con quien tantas muestras de amor nos ha dado. Él nos acoge, a pesar de nuestra baja condición, con tal de que ese rato le queramos dar entero el corazón. Y, pues todo lo sufre y sufrirá por hallar un alma que quiera estarse con Él y tratarlo con amor, sea esa la nuestra. Es verdad que, para que sea verdadero el amor, han de encontrarse las condiciones y han de igualarse los amantes. La condición del Señor ya sabéis que no puede fallar, que nos ama como Dios. La nuestra es ser ruines y miserables.

Por mucho que lo considero, no puedo yo entender que un Dios tan grande venga a tratarse con unos gusanillos malolientes. Me espanta la humildad de este gran Emperador, que ama a una como yo y me acoge en su compañía, haciéndome de los de su casa. Señor mío y Dios mío, ¡qué grandes son vuestras grandezas!, y andamos acá como unos pastorcillos bobos, que nos parece entendemos algo de vos, y debe ser tanto como nonada. Si me espanta mirar vuestra majestad, más me espanta, Señor mío, mirar vuestra humildad y vuestro amor, que en todo podemos tratar con vos como queremos, sin necesidad de que otros nos presenten o nos introduzcan. Vos mismo descendéis a cosa tan pequeña como nuestra alma, y nos ensancháis y engrandecéis poco a poco, conforme a lo que es menester para lo que queréis poner en nosotros

Los fundamentos de la oración

Quizás pensará que al hablarle de oración yo le enseñaré cómo debe sentarse o respirar, cuánto tiempo debe dedicar a su ejercicio y cómo dividirlo para ocuparlo bien. No es esa mi intención. Mejor le hablaré de los que yo considero que son los cimientos sobre los que se ha de levantar el edificio de la oración: el amor de unos con otros, el desasimiento de todo lo criado y la humildad (que, aunque la digo a la postre, es la principal). Que, si estos fallan, se vendrá abajo todo el edificio. Por eso, para que nuestra oración sea auténtica, hemos de acompañarla con la práctica de estas virtudes grandes.

En cuanto al amor, ya saben que los que más han hecho por los prójimos siempre han sido los grandes amadores de Dios, y todo lo demás es humo de pajas, que dura un momento, como se suele decir. Y, para unirnos con Dios, que es el mismo Amor, claro se ve que ha de ser caminando en el amor, como nos enseñó su Divino Hijo. Es importante caer en la cuenta de que su amor nos precede y acompaña siempre, ya que amor saca amor. Aprenderemos a amar a los hermanos si ponemos nuestra mirada en el que nos amó hasta el extremo de dar su vida por nosotros y nos pidió que aprendamos de su ejemplo.

Por lo que se refiere al necesario desasimiento, paréceme es claro cómo hemos de desembarazarnos de todo lo que no es Dios para llegarnos a Él. Si los quereres y las cosas ocupan nuestros pensamientos y nuestras fuerzas, ¿cómo diremos que amamos al Señor por encima de todo?

Decíale que es igualmente necesaria la humildad, que no es otra cosa sino andar en la verdad; esto es: conocernos, descubrir que no estamos huecos, sino que Dios mismo nos habita, y comprender que estamos llamados a unirnos con Él y que, aunque con nuestras solas fuerzas no somos capaces, podemos disponernos para que Él obre en nosotros. Pidámosle confiadamente su luz, que Él no se niega a nadie.

El conocimiento de sí

No le extrañe si le digo que esto del conocimiento propio es esencial. Y no solo en los inicios, sino en cada momento, que es el pan con el que hemos de acompañar todos los manjares. Y es que muchas veces no nos conocemos a nosotros mismos ni sabemos las grandes capacidades que Dios ha colocado en nosotros. Pues entonces, ¿cómo podremos desarrollarlas y ponerlas en práctica?

Vuelvo a repetir la comparación de la que he hablado antes, porque no encuentro otra mejor: Pensemos que nuestra alma es un castillo de cristal en el que hay muchas moradas y en el centro de ellas está la principal, en la que vive Dios. De ahí le viene su hermosura, su riqueza y sus grandes capacidades. Para poder desarrollarlas, hemos de conocerlas primero.

Y no es pequeña lástima y confusión que –por nuestra culpa– no nos entendamos a nosotros mismos ni sepamos quiénes somos. ¿No sería gran ignorancia que preguntasen a uno quién es y no se conociese ni supiese quién fue su padre ni su madre ni de qué tierra? Pues si esto sería gran bestialidad, sin comparación es mayor la que hay en nosotros cuando no procuramos saber qué cosa somos, sino que nos detenemos en estos cuerpos y así, a bulto, sabemos que tenemos almas solo porque lo hemos oído y porque nos lo dice la fe. Mas qué bienes puede haber en esta alma o quién está dentro de ella o su gran valor, pocas veces lo consideramos.

Por eso, lo primero que hemos de hacer al orar es tomar conciencia de la grandeza y dignidad de nuestra alma, de sus inmensas capacidades, para hacerlas fructificar con la ayuda del Señor y así no quedarnos enanos.

Las distracciones en la oración

Quiero recordarle una vez más que la verdad de nuestra oración no se manifiesta en qué pensamos o sentimos, sino en cuánto amamos; por eso siempre debemos ocuparnos en lo que más nos despierte a amar. Quizá no sabemos qué es amar, y no me sorprenderá mucho; porque el amor no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y en procurar no ofenderle en cuanto pudiéremos, y en rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia Católica. Estas son las señales del amor, y no penséis que lo importante es no pensar en otra cosa, ni que va todo perdido cuando en la oración se os va un poco el pensamiento.

Yo he sufrido mucho a causa de esto, porque me decían que mi oración no era auténtica si tenía distracciones. Pero he visto por experiencia que estas solo desaparecen en las últimas moradas, cuando el Señor las hace cesar. Por eso no hay que darles demasiada importancia ni permitir que nos quiten la paz. Tampoco hemos de dejar la oración cuando no podemos controlar los pensamientos. La solución es llevarlos con paciencia, ya que provienen de la debilidad de nuestra naturaleza humana, herida por el pecado. Como los pensamientos de la imaginación son cosa de nuestra pobre naturaleza, no deben inquietarnos ni afligirnos cuando no podemos controlarlos. Lo importante es perseverar buscando contentar en todo al Señor, aun con nuestras flaquezas.

Los grados de la oración

La oración es un arte, en el que podemos perfeccionarnos durante toda la vida. No piense que ha de practicarse siempre a la misma manera. Para explicarme mejor, voy a hacer uso de una comparación: El que comienza a orar ha de hacer cuenta que es como el que quiere plantar un huerto en una tierra abandonada, llena de piedras y malas hierbas. Con ayuda de Dios hemos de procurar, como buenos hortelanos, quitar las piedras y malas hierbas del corazón, que son nuestros pecados, y plantar las buenas, que son las virtudes. Hemos de procurar que crezcan estas plantas, y tener cuidado de regarlas, para que no se pierdan, sino que vengan a echar flores que den buen olor, para que este Señor nuestro venga a deleitarse muchas veces a nuestro jardín y se encuentre allí a gusto.

Los que comienzan a tener oración son como los que sacan agua de un pozo, que es algo trabajoso y el resultado bien pequeño. Es verdad que les cuesta mucho recoger los sentidos, que como están acostumbrados a andar desparramados y llenos de ruidos, es harto trabajo. Han menester irse acostumbrando a estar en silencio interior y exterior, leyendo en buenos libros y discurriendo con su entendimiento en lo que leen, meditando en la vida de Cristo, y en el conocimiento de sí mismos, y en los misterios de nuestra santa religión. Hay muchos libros para esto, que presentan meditaciones para cada día de la semana y pueden ayudar mucho en los inicios.

La segunda manera de regar el huerto es sirviéndose de una noria, con su torno y arcaduces, que se saca más agua con menos trabajos (recuerdo que en la casa de mi padre había una de esas). A este modo llamo yo «oración de quietud», en que comienzan a recogerse las potencias del alma dentro de sí. Hay que procurar tener a Cristo, nuestro bien, siempre presente, acostumbrándose a no se le dar nada de ver u oír fuera de Él. Si está triste, mírele camino de la cruz, perseguido de unos, negado de otros, helado de frío, puesto en tanta soledad, que el uno con el otro os podéis consolar. Y Él es tan bueno que olvidará sus penas para consolar las vuestras. Si está contento, mírele resucitado y gócese en su gloria. Mas no se canse en pensar mucho ni se quiebre la cabeza con muchas palabras, sino lleve la voluntad con mucha suavidad a estarse en amorosa atención y tierno afecto con su Esposo. Cuando la memoria y el entendimiento no ayudan a la voluntad a despertarse para más amar, no las haga caso y céntrese en esta atención amorosa a su Esposo en paz y sosiego, sin buscar palabras ni consideraciones que lo quieran explicar. Déjese mirar por Cristo y mírele con afecto y gratitud.

La tercera forma de regar el huerto es cuando se tiene un río o un arroyo, que se encamina el agua por los surcos y se la deja que empape la tierra con poco trabajo del hortelano. Cierto es que la corriente de agua la tiene que dar el Señor. Este tercer grado de oración es un sueño de las potencias en que se goza de Dios con mucho deleite, sin entender qué le pasa ni poderlo explicar con palabras. No me parece que esta paz y deleite y contento nazcan del propio corazón, ni de sus pensamientos, ni de lo que ha visto ni oído, sino de otra parte más interior. El contento que se siente no es como los de acá. Pienso que debe ser algo que sucede en el centro del alma, donde Dios está presente y se comunica. El alma se olvida totalmente de sí y solo desea cumplir en todo la voluntad de Dios. Bien puedo decir que se cumple lo que decía el apóstol san Pablo: que el Espíritu de Dios ora en nosotros con gemidos inefables. Es tal el gozo interior que toda ella querría ser lenguas para alabar al Señor, al que dice mil desatinos santos y amorosos.

El cuarto grado de oración es como cuando llueve sobre el campo, que la tierra se moja más y el hortelano no trabaja nada. Así, cuando Dios quiere comunicarse en esta divina unión, se goza sin entender lo que se goza, participando de la vida y del amor y de la compañía de Dios, que la levanta y la introduce en sí. Hagamos cuenta que los sentidos y las potencias (que son los habitantes del castillo) escuchan un silbo amoroso de su Rey. Un silbo tan suave que casi no lo entienden, pero produce su efecto y dejan de lado todas las cosas exteriores en que andaban ocupadas. Entonces se meten en el castillo y ocúpanse todos en lo que deben, que es en servir a su Señor, cumpliendo así el oficio para el que fueron creados. El entendimiento conoce secretos inefables de Dios y la memoria queda llena de su presencia y la voluntad se hace una con la de Cristo, de modo que puede decir como el apóstol, que ya no vive ella, sino que es Cristo quien vive en ella.

La unión de voluntades

No todos tienen gustos en la oración, que los da su Majestad a quien quiere y como quiere. Será bueno que aquellos a quienes el Señor no da cosas tan sobrenaturales no queden sin esperanza, porque –con el favor de nuestro Señor– todos podemos alcanzar muy bien la verdadera unión si nos esforzamos en procurarla, queriendo cumplir en todo la voluntad de Dios. Esa es la unión que yo he deseado toda mi vida, la que siempre pido a nuestro Señor y la que es más clara y segura.

Pero advierta que no basta con desearlo o con imaginarlo. El único camino para saber si de verdad queremos hacer en todo la voluntad de Dios está en las obras concretas que revelan que nuestro amor es verdadero, ya que el Señor solo nos pide dos cosas en las que tenemos que trabajar: amor a Dios y al prójimo. Si las cumplimos con perfección, hacemos su voluntad y estaremos unidas con Él con oración verdadera.

Esto del amor es tan importante que debemos ir practicándolo en las cosas pequeñas y no dejarlo solo para las ocasiones extraordinarias. Lo que quiere el Señor es que si ve a una enferma a la que puede dar algún alivio, no le importe perder su devoción y se compadezca de ella; y si tiene algún dolor, que se duela con ella; y si es necesario, que yo ayune para que ella coma. Esta es la verdadera unión con su voluntad, y que si veo alabar mucho a otra persona me alegres más que si me alabasen a mí.

El mayor servicio que podemos hacer al Señor es olvidar nuestro descanso para buscar el bien de los hermanos, aunque claro está que eso no es sencillo, porque contradice nuestra naturaleza. Y no piense que esto no ha de costarle algo y que se lo ha de encontrar hecho. Mire lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que murió en la cruz para librarnos de la muerte.

La perseverancia

Hele cobrado muy particular afecto, que no hay para mí mayor deleite que tratar con personas que hacen oración. Dicen algunos que esta es una senda estrecha. No me lo parece a mí, sino Camino Real, que de seguro nos lleva al Reino prometido. El alma ocupada en la oración es como la abeja, que labra en la colmena la miel. Así, cuanto vuelan a Dios y se llenan de su dulzura, pueden extenderla por el mundo.

Cierto, hemos de orar en todas partes, mas es tanta nuestra flaqueza, que será bien buscar algunos ratos de soledad y llevar concertados los tiempos que dedicamos cada día al señor, y una vez comenzada la oración, no dejarla por cualquier nonada, sino perseverar hasta beber de las aguas de la vida que Nuestro Señor nos promete. Comience, pues, con una determinada determinación, dedicando cada día un poco de su tiempo a estar en presencia del que tanto nos ama. Y no deje la oración jamás, por muchas sequedades, tropiezos y distracciones que el demonio le pusiere delante; que tiempo vendrá en que se lo pague el Señor todo junto. Y, pues nada se aprende sin un poquito de esfuerzo, dé por bien empleado este, que yo le digo que, por un momento que le dé el Señor a gustar su presencia, quedan pagados todos los trabajos que en buscar oración pasare. Ponga los ojos en Cristo y en todo lo que Él ha pasado por amor a nosotros, y todo se le hará poco.

Quede vuestra merced con Dios y con la gloriosa Virgen María, Nuestra Señora. Ella no estuvo un instante de su vida sin tratar de amores con su Divino Hijo, y así ha de ser nuestra principal maestra de oración, junto con mi padre y señor san José, que tan íntimamente trató, también, a su Majestad en la tierra. Y manténgase en este camino, sin abandonar a mi Señor, que Él mismo enseña que empezar es de muchos y perseverar de pocos; y en estos tiempos recios son menester amigos fuertes de Dios.

Quedo sierva de vuestra merced. Teresa de Jesús.

 

AUTOR: P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD

TOMADO DEL LIBRO: Inquieta y andariega. Enseñanzas de santa Teresa de Jesús para nuestros días

 

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