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Santa-teresa Teresa recuerda que su madre tenía mucho cuidado de enseñar a rezar a sus hijos y de transmitirles su devoción a la Virgen y a algunos Santos (V 1,1). Con un hermano de su edad, se entretenía en leer vidas de Santos, a los que querían imitar. Ya a la edad de «seis...

 

Santa Teresa es maestra de oración en la Iglesia. Su doctrina es tan profunda y convincente porque la ha vivido antes de escribirla. De hecho, repite muchas veces que solo escribe lo que ha experimentado. En este sentido, todos sus libros son autobiográficos. En ellos expone su camino de oración y lo propone para los que quieran escucharla.

Infancia y juventud

Teresa recuerda que su madre tenía mucho cuidado de enseñar a rezar a sus hijos y de transmitirles su devoción a la Virgen y a algunos Santos (V 1,1). Con un hermano de su edad, se entretenía en leer vidas de Santos, a los que querían imitar. Ya a la edad de «seis o siete años» gustaba meditar en que la gloria del cielo y las penas del infierno son para siempre (V 1,4). Con su hermano jugaba a que eran ermitaños (V 1,5) y con otras niñas de su edad a que eran monjas (V 1,6). Añade que «Procuraba soledad para rezar mis devociones, que eran muchas, en especial el rosario» (Ib.). Por eso, cuando quedó huérfana a los 13 años, acudió de manera espontánea a María, pidiéndole que fuera su Madre (V 1,7).

A los 16 años la internan en un monasterio, donde jóvenes de su condición recibían formación hasta el momento del matrimonio (V 1,6). Allí lleva una vida de piedad, acompasada por el rezo de muchas oraciones vocales (V 2,2). Lo abandona por causa de una enfermedad y, mientras va a curarse a casa de su hermana, se detiene en el camino en casa de su tío Pedro. Este dedicaba su tiempo a la lectura de buenos libros religiosos y, más tarde, se haría monje. Regala a su sobrina las Cartas de san Jerónimo, que hablan mucho de la oración (la 3ª parte se titula Sobre el estado eremítico o vida contemplativa). Su compañía lleva a Teresa a recordar sus meditaciones de niña sobre lo rápido que pasa todo y que cielo e infierno son para siempre. Así decide hacerse monja (V 3,5).

El descubrimiento de la meditación

En el noviciado del monasterio de la Encarnación de Ávila encuentra un buen clima orante. De hecho, la Regla del Carmelo invita a «permanecer día y noche en oración, meditando la Palabra de Dios y velando en oración» (Regla 8). Las Constituciones del monasterio mandaban que «con mucha diligencia trabajen las novicias en estudiar y aprender a cantar los salmos y el Oficio Divino y sean enseñadas en todas las rúbricas» (BMC 9,494). Aunque ella no sabía latín, el rezo de los Salmos y del Oficio Divino va a ocupar muchas horas de su vida a partir de ese momento. Quizás por entonces tiene su primer encuentro con los evangelios traducidos al español, ya que afirmará: «Siempre he sido muy aficionada y me han recogido más las palabras de los evangelios que otros libros» (C 21,4).

Tres años después abandona temporalmente el monasterio, a causa de otra enfermedad. De camino a casa de su hermana, su tío le volvió a proporcionar buenos libros. En primer lugar, el Comentario al libro de Job, de san Gregorio Magno, en el que encontró un buen modelo de oración bíblica: Job habla con Dios, en medio de su enfermedad, exponiéndole sus sufrimientos y dirigiéndose a Él con sus propias palabras. También el Tercer Abecedario, de Francisco de Osuna, que será fundamental en su vida, ya que le abrió el camino de la oración mental. Le fascinó lo que allí encontró desde la primera página: «La amistad y comunicación de Dios es posible en esta vida, más estrecha y segura que jamás fue entre hermanos ni entre madre e hijo». Ella comenta que, hasta entonces, «no sabía cómo proceder en la oración ni cómo recogerme. Por eso, me alegré mucho con ese libro y me determiné a seguir  camino con todas mis fuerzas» (V 4,7).

Comienza a practicar lo que después llamará «primer grado de la oración», que consiste en meditar en la vida de Cristo y en el conocimiento propio. Le ayuda la lectura de buenos libros, fijar su mirada en imágenes del Señor y la contemplación de la naturaleza, en la que ve una huella del Creador. En los tres años que permanece en la enfermería del monasterio, dedica mucho tiempo a la oración y a enseñar a orar a otras, que admiran su paciencia y su alegría (V 6,4). Su mismo padre se convierte en discípulo suyo.

La oración tentada

Hacia los 27 años se recupera de su postración (V 6,8). Lo milagroso de su curación, la profundidad de sus palabras y su simpatía natural hicieron que muchos acudieran a hablar con ella en el locutorio del monasterio y a consultarle sus asuntos. Las conversaciones se alargaban, derivando en temas intrascendentes, convirtiéndose en meros pasatiempos. Como esto revertía en limosnas para el convento, tan necesitado, a todos les parecía bien. Aquí introdujo el demonio la mayor tentación de toda su vida, disfrazada de humildad. Teresa se sintió indigna de acercarse a la oración, convencida de que solo las personas perfectas son dignas de tratar con Dios y viéndose a sí misma tan imperfecta: «comencé a tener miedo de tener oración mental» (V 7,1). Ella quería sinceramente clarificar sus dudas, pero no encontraba con quién. La ocasión llegó con motivo de la enfermedad y muerte de su padre. Mientras lo cuidaba, tuvo ocasión de hablar con su confesor, que la animó a comulgar a menudo y a recuperar la oración (V 7,17).

A partir de ese momento se propuso practicar todos los días, por lo menos, una hora de oración silenciosa. De regreso al monasterio, su vida cotidiana se repartía entre los rezos comunitarios, la lectura espiritual, la oración personal, el cuidado de las enfermas y la atención en el locutorio a cuantos la visitaban. Muchos la consideran una religiosa ejemplar. Pero ella no estaba contenta, porque se sentía dividida: «Por una parte me llamaba Dios, por otra yo seguía al mundo. Me daban gran contento todas las cosas de Dios, pero me tenían atada las del mundo. Me parece que quería compaginar estos dos contrarios» (V 7,17).

Cuando escribe sus recuerdos, en la cima de su vida espiritual, considera todo el tiempo perdido como una traición al amor de Dios. Como recibió tantas gracias de Él, se sentía más obligada a vivir en su amistad, entregándose sin reservas. Sintiéndose tan imperfecta, le humillaban las gracias que el Señor le concedía: «Con grandes regalos castigabais mis delitos» (V 7,19). En esta tensión se mantuvo durante 10 años, hasta que Dios la venció totalmente.

La conversión

Ante una imagen de Cristo muy llagado, se determinó a entregarse por completo en sus manos, haciendo siempre y en todo la voluntad de Dios (V 9,1). Exclamará: «Antes me cansé yo de ofenderle que Él de perdonarme» (V 19,17). Teresa contaba 39 años y se dispone a comenzar una nueva etapa de su existencia, la más original y fecunda. Se acabó el tiempo de construir su vida sobre lo que los demás puedan pensar de ella, sobre el afecto en las criaturas, sobre las ocupaciones y actividades exteriores (por muy buenas y religiosas que sean). Desde ese momento, la oración será la columna vertebral de su existencia.

Es importante tener presente que, para Teresa y sus contemporáneos, la oración no es solo una actividad del alma, sino una manera de ser, una opción de vida que conlleva introspección, búsqueda de una relación personal con Dios y una manera de situarse ante el mundo, viviendo a la luz del evangelio. Hoy lo llamamos «espiritualidad». Lo vemos en san Ignacio: «Por Ejercicios Espirituales se entiende todo modo de examinar la conciencia, de meditar, de orar vocal y mentalmente y de otras actividades [...] para quitar de sí todas las afecciones desordenadas y buscar la voluntad divina» (Primera anotación de los Ejercicios). Esto era la «oración» en el s. XVI.

Este tema es tan importante que, cuando santa Teresa cuenta su historia, se siente obligada a hacer un gran paréntesis de 12 capítulos (V 11-22), para introducir unas reflexiones sobre la oración, que nos ayuden a comprender lo que viene después. Especialmente, subraya la dimensión relacional de la oración, que no consiste en repetir fórmulas. Es una relación de amistad con Dios, que brota del sabernos queridos y aceptados por Él y que conlleva una verdadera transformación de la propia existencia, teniendo a Cristo por modelo: «A mi parecer, la oración mental no es otra cosa que tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos que nos ama» (V 8,5). Al retomar el relato de su vida, dirá: «Es otro libro nuevo de aquí adelante, digo otra vida nueva» (V 23,1).

La oración afectiva

Desde que inició la práctica de la oración, Teresa comenzaba meditando alguna página del evangelio o de otro libro espiritual. En la meditación, ella se «representaba» una escena de la vida de Cristo y reflexionaba sobre sus enseñanzas: «Yo tenía este modo de oración: procuraba representar a Cristo dentro de mí […] y estaba con Él lo más que me dejaban mis pensamientos» (V 8,4).

En cierto momento, comienza a percibir la presencia misteriosa, pero real, del Señor a su lado, sin que ella haga nada para provocarlo. Es la entrada en la oración mística: «Me venía a deshora un sentimiento de la presencia de Dios, que en ninguna manera podía dudar de que estaba Él dentro de mí y yo toda envuelta en Él» (V 10,1). Esto le producía asombro y gozo. Sus confesores creen que el diablo la engaña, pero ella no puede dudar de que quien la visita es Dios, porque se siente cada día más firme en la fe y en la esperanza, más generosa en la práctica de la caridad y más desasida de todo.

En su oración, los pensamientos y meditaciones van a ocupar cada vez menos tiempo. Por el contrario, lo decisivo será el afecto, la voluntad. Se siente en presencia de Cristo, al que mira amorosamente y del que se deja mirar, al que habla, sin importarle las palabras que usa, como con un amigo, con un hermano, con un esposo. Eso mismo recomienda a sus lectores: «No os pido que penséis, ni que saquéis muchos conceptos, ni que hagáis grandes y delicadas consideraciones con el entendimiento. Solo os pido que le miréis […] Si estás alegre, mírale resucitado […] Si estás triste, mírale camino del huerto […] o atado a la columna […] o cargado con la cruz […] Y Él te mirará con unos ojos tan hermosos y olvidará sus dolores para consolar los tuyos […] Y habla muchas veces con Él. Si hablas con otras personas, ¿por qué te habrían de faltar las palabras para hablar con Él» (C 26,3-9). Efectivamente, Teresa ha descubierto que «aquí no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho. Así, lo que más os mueva a amar, eso haced» (4M 1,7).

La plenitud contemplativa

Desde que empezó a practicar esta oración afectiva (ella la llama oración de recogimiento), se multiplicaron las gracias místicas: hablas interiores, visiones, éxtasis, heridas de amor en el corazón. A diferencia de la meditación, que es discursiva y se realiza con el esfuerzo del entendimiento, esta oración es intuitiva y se recibe como un don gratuito. Al principio se asustó. No encontraba las palabras adecuadas para explicar lo que le pasaba. En busca de luz para comprenderlo, empieza a ponerlo por escrito. Sus primeros consejeros no la entendían. Querían «explicaciones» comprensibles y Teresa solo podía ofrecerles un «testimonio» de cómo este encuentro la transformaba.

Ella sabía que sus experiencias no eran resultado de su obrar, sino que venían de Dios, por los efectos que producían: verdadera humildad, libertad interior, desasimiento de todo lo criado, fortaleza en el sufrimiento, amor desinteresado. San Francisco de Borja, san Pedro de Alcántara y san Juan de Ávila la confirmaron en que venían de Dios. Con tan buenos apoyos, desaparecieron sus miedos y todo se convirtió en oración: «cesaron mis males y el Señor me dio fuerza para salir de ellos […]. Todo me servía para conocer más a Dios y amarle y ver lo que le debía y pesarme de la que había sido» (V 21,10).

Teresa se sentía totalmente identificada con Cristo y sus sentimientos. De su unión con Él brotó su amor apasionado por la Iglesia y la fortaleza necesaria para trabajar por la causa de Cristo sin hacer caso de opiniones contrarias. Al mismo tiempo que alcanzó las más altas cimas de la mística, se convirtió en «andariega» de Dios, fundadora de monasterios, maestra de oración y escritora de libros de espiritualidad. En ella, Marta y María caminaron indisolublemente unidas, ya que «para este fin hace el Señor tantas mercedes en este mundo» (7M 4,4). Quiera el Señor que, siguiendo el ejemplo de Santa Teresa, nuestra oración nos mueva a entregarnos totalmente al servicio de Cristo y a dejarle actuar en nosotros.

 

AUTOR: P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD

TOMADO DEL LIBRO: Inquieta y andariega. Enseñanzas de santa Teresa de Jesús para nuestros días

 

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