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santa teresa-la encarnacion En la Encarnación pasó 27 años dedicada a los rezos comunitarios, la lectura espiritual, la oración personal en su oratorio privado, los cuidados a las enfermas de la casa, la atención a las numerosas personas que solicitaban su compañía en el locutorio y  el cuidado...

 
Con veinte años, Teresa se hizo monja carmelita. No tenía muchas alternativas. O someterse a un marido hasta morir de sobreparto, como muchas de sus contemporáneas –incluida su propia madre– o meterse monja. En sus escritos reflexiona sobre las obligaciones de una mujer bien casada, que tiene que someterse en todo a su marido y en los sufrimientos de las que lo tienen celoso, comparándolo con la libertad de las esposas de Cristo (cf. CE 38,1). Ella misma reconoce que, al decidirse por la segunda opción, no lo hacía por motivos sobrenaturales totalmente claros: «Más me parece me movía un temor servil, que no amor» (V 3,6). Incluso se decide por las carmelitas porque allí estaba su gran amiga Juana Juárez: «Miraba yo más mis gustos y mi vanidad que lo que fuera mejor para mi alma». Pero Dios sabe escribir derecho con renglones torcidos.

La vida en la Encarnación

Cuando Teresa se hace carmelita, el monasterio de la Encarnación era un edificio nuevo, aún no terminado. El primitivo beaterio de 1478 se convirtió formalmente en monasterio hacia 1500. Desde entonces había conocido distintas ubicaciones hasta que se pudo decir la primera misa en el actual emplazamiento el 4 de abril de 1515, el mismo día en que ella fue bautizada. El grupo inicial de 14 religiosas no había parado de crecer, llegando a 120 en 1540, a 165 en 1545 y a 200 pocos años después. Los gastos ocasionados por la construcción de nuevas celdas y locutorios retrasaban la finalización de la Iglesia y endeudaban progresivamente a la comunidad.

La estructura de este y de cualquier otro monasterio de la época era un reflejo de la sociedad contemporánea, y difería mucho de la que podemos encontrar hoy en las comunidades religiosas. La comunidad estaba compuesta por una pequeña minoría de monjas sinceramente vocacionadas, que querían entregarse por completo al servicio del Señor. Entre ellas había algunas ejemplares, e incluso santas. Al mismo tiempo, como no se aceptaba que una mujer pudiera permanecer soltera y la mayoría de los varones jóvenes estaban enrolados en el ejército o en América, los monasterios se convertían en residencias de hijas de buena familia a quienes sus padres no habían conseguido un marido conforme a su condición, así como de niñas y adolescentes, hijas rebeldes, viudas piadosas y, en el caso de los conventos más poderosos, miembros de las grandes familias, que se servían de los bienes y posesiones del monasterio para acrecentar su patrimonio e influencia social. De todas formas, como cada monasterio era jurídicamente independiente (incluso los pertenecientes a una misma familia religiosa), algunas cosas podían cambiar de uno a otro.

En el caso de la Encarnación, aparte de las niñas o mujeres seglares acogidas, había tres tipos de monjas:

1.    Las religiosas que podían aportar una dote y sabían leer eran «de velo negro», estaban obligadas al rezo de las Horas canónicas en el coro y tenían voz y voto en los capítulos conventuales.

2.    Aquellas que no podían aportar una dote eran «de velo blanco» y se dedicaban a las tareas domésticas, sin tener obligación del rezo coral (que se cambiaba por un número determinado de «padrenuestros») y sin poder participar en las reuniones en que se tomaban las decisiones conventuales. Eran llamadas «legas» o «freilas». Estas últimas y las criadas tenían dormitorios y comedores comunes, donde muchas veces faltaba lo esencial.

3.    Las «doñas» que se lo podían pagar tenían amplias habitaciones con cocina propia, despensa, oratorio, recibidor y alcoba (es el caso de Teresa). Además, podían llevar consigo vestidos, joyas, familiares y siervas que les limpiaran la habitación y prepararan sus comidas e incluso perros y otros animales de compañía. Conservaban sus apellidos y los títulos y privilegios sociales de sus familias de proveniencia y estaban exentas del rezo en común, así como de otras obligaciones.

El monasterio se veía imposibilitado para alimentar a todas las monjas y para cuidar de todas las enfermas, por lo que muchas pasaban temporadas más o menos largas en las casas de sus padres o de otros parientes o bienhechores. Cuando ingresa Teresa hay unas 50 religiosas en esta situación. Más tarde, también ella residirá largos periodos fuera del monasterio.

Además de estos tres tipos de religiosas («de coro», «legas» y «doñas») y de las niñas y doncellas internas, en las propiedades del monasterio había casas para los hortelanos, el administrador de las rentas y los demás criados que cuidaban de las cuadras, gallinero y pajares, pastoreaban los rebaños, recogían los alquileres de las propiedades que el monasterio tenía en varios pueblos (frutos de dotes de algunas monjas o de herencias de seglares a cambio de ser enterrados en la iglesia y de determinados sufragios por sus almas), llevaban el grano a los molinos y la harina al horno, etc. La comunidad también tenía contratados capellanes y confesores, médico, cirujano, notario, procurador y letrado. Por eso, la Encarnación se parecía más a una pequeña ciudad que a lo que hoy identificamos con un convento. Allí había mujeres de todas las condiciones sociales, tanto entre las monjas como entre las seglares.

Como es natural, entre las que eran obligadas a permanecer en el convento por sus familias, había muchas desmotivadas. De ellas escribirá Santa Teresa que «están con más peligro que en el mundo» y que «es preferible casarlas muy bajamente que meterlas en monasterios». También describe algunas costumbres en las que ella nunca participó, pero que eran muy comunes entre estas mujeres sin vocación: «Tomar yo libertad ni hacer cosa sin licencia, digo por agujeros o paredes o de noche, nunca hice».

Ya hemos dicho que Teresa se hace monja sin una clara conciencia vocacional: «Aunque no acababa mi voluntad de inclinarse a ser monja, vi que era el estado mejor y más seguro; y así poco a poco me determiné a forzarme para tomarle» (V 3,5). Sin embargo, las lecturas piadosas, el buen ejemplo de algunas hermanas y su carácter generoso, la fueron llevando a tomar muy en serio su vida. En el monasterio encontró una paz y una alegría que la embargaban. Se sentía tan a gusto que no echaba de menos sus anteriores ocupaciones: «Andaba algunas veces barriendo en horas que yo solía ocupar en mi regalo y gala» (V 4,2).

La joven monja se entrega con entusiasmo a las prácticas religiosas: confesiones frecuentes, oración en el coro, servicios a las hermanas, realización de oficios humildes, ayunos y penitencias. En este último campo no tenía quien la guiara por los caminos de la moderación y su impetuosidad la llevó a extremos exagerados, que más tarde condenará en sus obras. Una testigo dirá: «Hacía tan grandes y extraordinarias penitencias, que la disminuyeron la salud». Efectivamente, los excesos estuvieron a punto de acabar con ella: «Me comenzaron a crecer los desmayos y me dio un mal de corazón tan grandísimo, que ponía espanto, y otros muchos males juntos [...] que me privaban del sentido muchas veces» (V 4,4). Todos sabemos que los cuidados de una curandera de Becedas casi la matan y que posteriormente sanó por intercesión de san José.

En la Encarnación pasó 27 años dedicada a los rezos comunitarios, la lectura espiritual, la oración personal en su oratorio privado, los cuidados a las enfermas de la casa, la atención a las numerosas personas que solicitaban su compañía en el locutorio y  el cuidado de su hermana pequeña (que compartirá su celda durante 10 años desde la muerte de su padre hasta su matrimonio, como lo harán más tarde otras dos parientes más). Los testimonios de la época hablan de la generosidad y de la piedad de la hermana Teresa, así como de su simpatía y de la llaneza de su trato. Muchos la consideraban una religiosa ejemplar. Ella, sin embargo, no terminaba de estar contenta, se encontraba dividida: «Por una parte me llamaba Dios, por otra yo seguía al mundo. Me daban gran contento todas las cosas de Dios, me tenían atada las del mundo. Paréceme quería concertar estos dos contrarios» (V 7,17). Finalmente, Dios la venció totalmente. Al respecto, exclama: «Con grandes regalos castigabais mis delitos» y «antes me cansé yo de ofenderos que vos de perdonarme».

San José de Ávila

Un atardecer de septiembre de 1560, en la celda de Dª Teresa se encontraban reunidas dos sobrinas suyas, a las que ella criaba allí, y otras diez religiosas amigas, comentando una carta circular que había hecho llegar el rey Felipe II a todos los monasterios, en la que exponía los daños causados por los luteranos en Francia y en el resto de Europa, y pedía oraciones por la unidad de la Iglesia. Comenzaron a tratar del gran bien que hace la oración de los buenos religiosos, de los ermitaños antiguos del Monte Carmelo, de fray Pedro de Alcántara y de las descalzas reales, que él había reformado, de lo hermoso que sería vivir en una comunidad así... Su sobrina María de Ocampo aseguró que, si se hacía, aportaría mil ducados y Dª Guiomar, que se había unido al grupo, también prometió su ayuda. Teresa no estaba muy convencida, hasta que pocos días después sintió al comulgar que Cristo «me mandó mucho que lo procurase, haciéndome grandes promesas de que no se dejaría de hacer el monasterio» (V 32,11).

Comienzan dos años de luchas continuas. Sus conocidos (especialmente el confesor) dicen que es una locura. Ella quiere pareceres autorizados, por lo que escribe a san Pedro de Alcántara, a san Francisco de Borja y a san Luis Bertrán, que responden apoyándola incondicionalmente. El provincial de los carmelitas, también aprueba la fundación, por lo que se decide a pedir un Breve Papal para realizarla. Cuando se conoció la noticia en la Encarnación y en la ciudad, la mayoría se puso en contra, por lo que el provincial retiró su apoyo (V 32,15).

La acusaban de alumbrada y endemoniada, por lo que pidió su parecer al teólogo más renombrado en ese momento en Ávila: el dominico P. Pedro Ibáñez, para el que escribió un largo memorial de 40 párrafos con la situación de su espíritu, la primera Cuenta de Conciencia que conservamos: «La manera de proceder en la oración que ahora tengo es la presente: pocas veces son las que estando en oración puedo tener discurso con el entendimiento, porque comienza a recogerse el alma y estar en quietud, de tal manera que ninguna cosa puedo usar de las potencias y sentidos [...]. Me ha venido una determinación muy grande de no ofender a Dios, que antes moriría mil muertes que tal hiciese [...]. Con todo, aunque creo que es Dios ciertamente, yo no haría ninguna cosa, si no le pareciese bien a quien tiene cargo de mí [...]. Esto es lo que siento que el Señor obra en mí. Todo lo remito al juicio de vuestra merced». La gente identificaba la perfección con la penitencia y la renuncia. Ella no habla de esas cosas, sino de su experiencia personal de Dios: de la oración y de la práctica de las virtudes. A pesar de la oposición de la ciudad y las presiones que recibe el dominico, su parecer será positivo y lo acompañó con un dictamen laudatorio, escrito en 33 puntos.

Reconfortada, se decide a pedir un segundo Breve Papal; esta vez poniendo el monasterio bajo la obediencia del obispo, ya que el anterior permitía fundarlo bajo la obediencia del provincial de los carmelitas, que ahora no lo acepta. Como el obispo tampoco estaba dispuesto a tomar el monasterio bajo su obediencia, san Pedro de Alcántara le escribe una preciosa carta solicitándoselo: «Una persona muy espiritual, con verdadero celo, desde hace tiempo pretende fundar un monasterio religiosísimo en ese lugar. […] Por amor de Nuestro Señor, pido a vuestra señoría que lo ampare y reciba».

Don Álvaro de Mendoza no se dejó impresionar y volvió a manifestar su negativa. Finalmente, san Pedro de Alcántara se dirigió a la residencia de descanso del obispo en el Tiemblo, pero no pudo arrancarle una respuesta positiva. Todo lo que consiguió fue la promesa de que cuando volviera a Ávila iría personalmente a conocer a la monja de la que tanto había oído hablar para escuchar sus razones. Así cuenta el encuentro el secretario del obispo, D. Juan Carrillo: «Fray Pedro de Alcántara le llevó al monasterio de la Encarnación, donde estaba la madre Teresa de Jesús, para que tratase con ella el negocio de la fundación; y la tarde que vino el obispo de hacer esto, este testigo le oyó decir que totalmente le había mudado Nuestro Señor, porque hablaba en aquella mujer, y venía persuadido a que por ninguna vía dejaría de hacer la fundación de San José». Desde ese momento, D. Álvaro se convirtió en amigo y confidente de la Santa, llegando a ser su dirigido y a dejarle sus bienes en herencia.

Aunque las contradicciones externas crecieron, hizo venir de Alba a su hermana Juana y a su cuñado, para que se encargasen de las obras de adaptación de una casita en un barrio popular fuera de las murallas (V 33,4ss). Las obras se alargan porque unos muros ceden, cayendo sobre uno de los sobrinos de Teresa, que quedó como muerto. Al enterarse, fue corriendo a la obra y tomó del suelo el cuerpecito, abrazándose a él. El niño se despertó y Teresa se lo entregó a su madre. Los obreros comenzaron a decir que era un milagro. Ella les respondió que lo que habría sido un milagro es que el muro hubiera permanecido en pie, estando tan mal construido, y que tenían que volver a levantarlo. Los dineros faltaban, pero supuso una gran ayuda la inesperada llegada de algunas monedas de oro, enviadas desde América por su hermano Lorenzo (Cta 2,1-2).

Ella se encarga personalmente de terminar las obras de acondicionamiento: «Acomodó una pieza pequeñita para iglesia, con una rejita pequeña de madera doblada y bien espesa, por donde viesen las monjas misa, y un zaguán pequeñito por donde se entraba a la iglesia y a la casa, que todo, en pequeño y pobre, representaba el portal de Belén». No sin nuevos trabajos, se superan las últimas dificultades y el 24 de agosto de 1562 se inaugura el conventico de S. José (V 36,5). Teresa tenía 47 años.

Los comienzos fueron muy difíciles. Los pocos amigos que le quedaron se demostraron fieles en aquellos días terribles. Francisco de Salcedo llegó a sufrir con paciencia burlas y persecuciones por visitar y favorecer a las monjas de San José. El concejo de la ciudad convocó una reunión para tratar el caso. Fueron citados el corregidor, 4 regidores, 2 caballeros, el provisor, 3 canónigos, los priores de 5 monasterios masculinos acompañados de un fraile da cada Orden, 2 letrados del ayuntamiento y 2 representantes del pueblo. 25 varones reunidos para discutir sobre los proyectos de un grupito de mujeres. Por supuesto que no fue consultada ninguna mujer que representara a los 6 monasterios femeninos de la ciudad ni menos aún las interesadas. En dicha reunión, el P. Domingo Báñez fue su único defensor. Cuando todos estaban dispuestos a deshacer el nuevo convento, advirtió que no podían, bajo pena de excomunión, ya que contaba con los oportunos permisos del obispo y de Roma.

Como no podían deshacerlo, el ayuntamiento les pone pleito, porque afirma que la tapia del conventillo da sombra a las fuentes públicas. El argumento tenía poca consistencia, pero con esta y otras historias semejantes se determinaron a presentar el pleito ante el rey, para que diera orden de cerrar el convento. Con el tiempo se calmarán las cosas y se olvidará el pleito, que no se cerró formalmente hasta el año 2012, en un pleno extraordinario del ayuntamiento abulense con motivo del 450 aniversario de la fundación de San José.

La importancia de una ciudad de la época se medía por el número de iglesias y monasterios que tenía. Los más austeros eran los más apreciados. Por eso es tan extraño el rechazo a la obra fundadora de Teresa. Tenemos que ser conscientes de que no fue principalmente un motivo económico el que lo provocó. Un monasterio cercano podía haber puesto la objeción de que las limosnas tendrían que dividirse y que quizás no habría para todos. Pero no es este el caso (como lo será en otras fundaciones posteriores). La oposición no viene de uno o varios monasterios, sino de toda la ciudad, por lo que tenemos que buscar otras causas.

Una la veremos con claridad más adelante: hasta entonces los monasterios, iglesias, hospitales o instituciones similares habían sido fundados siempre por hombres que compraban los terrenos, dirigían las obras y establecían las condiciones. Y Teresa se atrevió a hacer cosas tan serias de propia iniciativa. Además, en un contexto de miedo ante las divisiones eclesiales provocadas por la Reforma luterana, la propuesta de interioridad y vida sencilla de Teresa sonaba a protestantismo. La fundación de San José se parecía demasiado a las casas de la gente normal y demasiado poco a lo que se identificaba con un monasterio. Pienso que aquí se encuentra la verdadera causa del rechazo inicial.

De todas formas, el Señor mismo la consuela haciéndola oír en la oración que «esta casa es un rinconcito de Dios, paraíso de su deleite» (V 35,12) y diciéndole que no se preocupara, «que no se desharía» (V 36,16). Cuando la gente fue conociendo la manera de vivir de Teresa y sus monjas, se vencieron todos los prejuicios y se aficionaron a ellas, transformándose en bienhechores muchos de los antiguos perseguidores: «Era mucha la devoción que el pueblo comenzó a traer con esta casa» (V 36,23). Para ella comenzaron «los cinco años más descansados de toda mi vida» (F 1,1).

Un nuevo estilo de vida

Mientras tanto, en S. José de Ávila se recogen los principios esenciales de la tradición carmelitana, que ella había aprendido en la Encarnación y que nunca abandonará: la vida en obsequio de Jesucristo, marcada por el amor a la Palabra de Dios y una fuerte dimensión orante, el cultivo de la interioridad en el silencio, las referencias a María y al profeta Elías, como modelos de oración y de servicio.

A la herencia carmelitana se unen armónicamente otras intuiciones nuevas, que darán a luz lo que en el futuro será una de las más fecundas corrientes de espiritualidad que alimentan la Iglesia. No es que Teresa tuviera todo claro desde el principio: serán la vida y el diálogo continuo con las hermanas de la casa los que irán marcando el camino a seguir.

Lo que tiene claro desde el principio es que las monjas de san José se consagran por entero al servicio de Cristo. Él será el centro y la razón de su existencia, no las cosas que hagan ni los oficios que desempeñen. Jesús será su amigo, compañero y esposo, con el que quieren gozarse, al que están dispuestas a consolar y por el que no les importa morir. Se consagran a servirle y a amarle, no a la práctica de determinadas devociones o actividades religiosas, que solo serán útiles en la medida en que favorezcan la unión con Cristo.

Ante todo, las monjas de S. José serán un «pequeño colegio de Cristo», compuesto por un máximo de 13 mujeres (12 y la priora, como los apóstoles en torno al Señor, aunque más tarde ampliará el número hasta 21). Pocas, pero firmemente vocacionadas. No admitirán presiones externas para acoger a unas u otras, ni aceptarán personas que busquen «remediarse», como dice ella. Las candidatas serán muy bien seleccionadas, para que solo entren aquellas que libremente quieran adherirse a su estilo de vida y estén capacitadas para ello. Insistía a sus hermanas en que «nunca dejen de recibir a las que vinieren a querer ser monjas por no tener bienes de fortuna, si los tienen de virtudes». Para ella es más importante un buen entendimiento que un buen apellido o una buena dote.

Teresa se cambia el nombre, como signo de que inicia una nueva vida. Ya no se llamará «Dª Teresa de Cepeda y Ahumada», sino «Teresa de Jesús». Sus compañeras también cambian los apellidos civiles por otros religiosos. Entre ellas no es importante la familia de proveniencia, ya que todas se consideran iguales, hijas del mismo Padre celestial y esposas del mismo Señor Jesús. En principio, no se admiten legas ni criadas, ni tratamientos que indiquen la pertenencia a un estado superior, ya que se busca la vivencia de una fraternidad intensa y sencilla. «Aquí todas se han de amar, todas se han de querer, todas se han de ayudar», escribirá la madre Teresa, que añade que vivirán del trabajo de sus manos y que, independientemente del cargo que ocupen, todas se turnarán en los servicios necesarios para el mantenimiento de la casa: cocina, limpieza, lavadero, huerta, atención a la portería... «La tabla de barrer, que empiece por la priora».

La autoridad se ejercitará como un servicio abnegado, avalado por la vida antes que por las leyes: «La priora procure ser amada para ser obedecida». Procura que cada una se alimente y reciba según su necesidad, independientemente del cargo y de la edad. Particularmente, habrá que atender a las enfermas con la máxima solicitud, llegando a establecer en las Constituciones: «Si es necesario, que les falte lo necesario a las sanas para dar capricho a las enfermas».

Cuando más tarde ponga por escrito los elementos fundamentales que deben caracterizar a las carmelitas descalzas, antes de hablar de la oración o de las prácticas religiosas, considera que es necesario dejar claro que el verdadero fundamento de la consagración religiosa está en las virtudes humanas que favorecen la convivencia: la autenticidad, la afabilidad, la educación, el agradecimiento, la laboriosidad, la higiene... Especialmente habla de la importancia de practicar tres virtudes para poder ser verdaderamente orantes: el amor de unas con otras, el desasimiento de todo lo criado y la humildad, que las abraza a todas y que consiste en andar en verdad.

Para Teresa, humildad, honestidad, amor a la verdad, conocimiento de sí… son palabras sinónimas que invitan a la naturalidad, a la «llaneza» (para decirlo con sus palabras), a no aparentar delante de los otros, llegando a afirmar que «es gran alivio andar con claridad». Su discípulo Juan de la Cruz dirá que «es insufrible» el apego de algunas personas a las ceremonias complicadas y su falta de sencillez en las cosas de la fe (3S 43,1).

Después de hablar de lo que ella denomina «virtudes grandes», puede detenerse en todo lo referente a la oración personal de las religiosas, a su dimensión contemplativa: serán ermitañas, con habitaciones individuales y amplios tiempos dedicados a la soledad, especialmente una hora de oración silenciosa por la mañana y otra por la tarde. La oración no se entiende como meditación, esfuerzo de la inteligencia por comprender el misterio, tal como pretenden aquellos que «llevan las cosas con tanta razón y tan medidas por sus entendimientos, que parece que quieren comprender con sus letras toda la grandeza de Dios». Al contrario, la oración es un «trato de amistad», en el que se establece una relación afectuosa con Cristo. Contra lo que puedan decir algunos letrados, «no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho».

Como es natural en personas consagradas, la jornada estará marcada por la celebración de los sacramentos y por el rezo de la alabanza divina. Aunque en el monasterio se viviera con gran pobreza, Teresa gustaba que se gastara lo necesario para la ornamentación de la iglesia (flores, perfumes, ornamentos litúrgicos, imágenes piadosas) y que las celebraciones se hicieran con dignidad, pero con gran sobriedad. No quiere que sus monjas tengan que perder mucho tiempo en los ensayos de cantos difíciles ni que las celebraciones se conviertan en conciertos o en entretenimientos para personas desocupadas, por lo que prefiere el canto semitonado y las melodías sencillas a la polifonía. Muchas veces pedía a los sacerdotes amigos que explicaran a la comunidad el sentido de algún salmo o de alguna lectura del Oficio Divino. Ella comulgaba cada día (algo verdaderamente excepcional en su época) y quería que sus monjas también lo hicieran o, al menos, que comulgaran con mucha frecuencia.

No prescribe prácticas piadosas (ni aun el rosario, a pesar de que ella lo rezaba cada día), ni métodos ni fórmulas de oración: «Lo que más os mueva a amar, eso haced». A algunas les ayudará comenzar con una lectura espiritual y a otras mirar con atención un cuadro o una imagen. A alguna le ayudará permanecer de rodillas y a otra sentada. Las jaculatorias piadosas serán útiles para unas y la contemplación de la naturaleza para otras. Ella sabe que todas las personas no pueden hacerse composiciones de lugar y concentrarse en la meditación, pero todos estamos capacitados para amar. Por eso insiste en que hablemos a Jesús con la misma naturalidad que hablaríamos a un padre o a un esposo o a un amigo, contándole nuestras cosas, estando en su compañía, dejándonos mirar por él. Lo importante es que la oración sea auténtica y que no se desentienda de la vida, sino que desemboque en el ejercicio del amor y en el servicio (cf. F 5).

De hecho, la oración no se limita a los momentos que las religiosas pasan juntas en el coro de la iglesia. Ella tiene claro que «también entre los pucheros anda el Señor» y que sería muy duro si solo se le pudiera encontrar «en los rincones». Por eso pide a las hermanas que no se preocupen si en algún momento tienen que dejar los tiempos de oración para cuidar de alguna enferma o hacer otros servicios necesarios, porque también en esas actividades están sirviendo al Señor, ya que las hacen por amor a él. Más tarde, cuando se multipliquen sus viajes y actividades, le vendrá el pensamiento de que se sirve mejor a Dios estando apartada de esos negocios, pero sentirá que Jesús mismo le dice que no se deben dejar, que basta que haga todo con recta intención y desasimiento, como él mismo hizo en todas sus actividades (cf. Relación 11).

Amiga de la cultura y de las buenas letras, quiere que sus monjas se formen. Es enemiga de «devociones a bobas». Quiere que su vida espiritual se construya sobre cimientos sólidos. Para eso llama a los mejores predicadores que encuentra, para que tengan en la iglesia y en el locutorio pláticas para las religiosas. La priora debe tener cuidado de que la biblioteca conventual disponga de buenos libros y el horario debe permitir que las hermanas tengan tiempo para la lectura espiritual y para la formación todos los días. Pero «las letras» no son un fin en sí mismas, sino un medio para mejor conocer y más amar a Jesucristo. Teresa sabe que puede surgir una soberbia sutil en quienes se creen superiores por tener más estudios o conocimientos. Como hemos dicho más arriba, insiste a sus monjas en que deben ser sencillas en el trato. No deben ser rebuscadas en el hablar ni entrar en discusiones por cuestiones de palabras o de conceptos. Entre las carmelitas descalzas, la cultura no puede entrar en contradicción con la llaneza y la naturalidad.

Introduce en la vida de las monjas la novedad de dedicar una hora por la mañana y otra por la tarde a la convivencia intensa y distendida. Es la «recreación», en la que se comparten las alegrías y las contradicciones de la jornada entre poesías, canciones y bromas, mientras se cose o se realizan otras actividades que no exijan demasiada atención. Ya hemos hablado de sus poemas místicos, pero también conservamos muchos de los poemillas compuestos por la Santa para estas recreaciones: cantos para celebrar la Navidad, o la Circuncisión, o la Epifanía, o la Semana Santa, o las fiestas de san Andrés, san Hilarión, santa Catalina, o con motivo de algunos acontecimientos comunitarios, como la toma de hábito o la profesión de las hermanas; incluso una para suplicar al Señor ser libradas de una plaga de piojos.

«Pues nos dais vestido nuevo,
Rey celestial,
librad de la mala gente
este sayal…

Inquieta este mal ganado
en oración,
el ánimo mal fundado
en devoción;
más Dios en el corazón
tened igual.

Librad de la mala gente
este sayal…» (P 27).

En su época, la autenticidad de la vivencia religiosa se medía por la capacidad de renuncia y por las penitencias. En las vidas de los Santos se leían sus ayunos y sacrificios. Ella había querido imitarlos con fatales consecuencias para su salud. Ahora, desde su experiencia personal, escribe que «en la vida de los Santos, hay cosas para admirar y cosas para imitar». Sus penitencias entran en la categoría de lo admirable, sus virtudes en la de lo imitable. En S. José se insistirá en la práctica de las virtudes, en la identificación con Cristo y con sus sentimientos, en la unión amorosa con él. La austeridad y la ascesis se harán con moderación y suavidad, «apretando más en las virtudes que en el rigor, que este es nuestro estilo». La austeridad de vida no es un fin en sí mismo, sino un medio para centrarse en lo esencial, sin dispersiones.

La alegría de las hermanas será la mejor manifestación de que sus vidas están totalmente centradas en Cristo, que llena sus corazones. Solo la unión con él puede convertirlas en la luz, sal y levadura que el mundo necesita.

La «estética» teresiana

En san José surge una «estética» teresiana, una manera de mirar el mundo y de representarlo. Santa Teresa proviene de la Encarnación, monasterio construido en las afueras de la ciudad con numerosas dependencias en torno a un claustro monumental, con una Iglesia capaz de albergar a muchos feligreses y con varios edificios alrededor del núcleo central para acoger a los capellanes, la servidumbre, los pajares, los animales de labranza... Los monasterios tradicionales, con sus sólidos edificios, servían para recordar al mundo los valores que permanecen para siempre. Si, además, se encontraban alejados de las ciudades, invitaban a abandonar los bienes de este mundo para buscar los del cielo.

San José surgirá como una casa más en medio de un barrio bullicioso. La capilla será una habitación pequeña y recogida, como un nuevo «portalico de Belén», dirá ella. Por supuesto que no necesitan torre, sino que basta con una campanilla colgada del muro, para llamar a la oración. La casa de Teresa recuerda a la sociedad de su tiempo que Dios «ha puesto su morada entre nosotros» y que permanece siempre a nuestro lado «ayudándonos en lo interior y exterior». Ella, que quería que sus monjas encontraran a Dios no solo en el templo, sino también «entre los pucheros» y en las demás actividades cotidianas, quiere que la población sienta a sus monjas vecinas, cercanas. Por eso, la misma arquitectura conventual no se diferenciaba mucho de la de las casas de alrededor.

La cocina, las celdas y las demás dependencias del monasterio serán austeras y funcionales: paredes encaladas, pisos de baldosas de barro, vigas de madera sin decorar, una cruz desnuda en la pared, un poyo junto a la ventana para escribir, un candil, los útiles de trabajo (rueca, agujas de bordar, etc.) y un cántaro de agua para asearse. En los lugares comunes se colocarán algunos cuadros e imágenes en los que se busca que despierten la devoción por encima del valor artístico o económico.

Para producir verduras y frutas y para procurar esparcimiento a las hermanas, se cuidará la huerta, en la que también se plantarán algunas flores junto al arroyo y se construirán unas pequeñas ermitas para el retiro personal. Todo dirigido a la búsqueda de la belleza interior, la única que perdura en el tiempo. Todo muy sencillo, muy recogido y muy limpio: «Mal me parece que de la hacienda de los pobres se hagan grandes casas. La nuestra sea pobrecita en todo y chica, que a trece pobrecillas, cualquier rincón les basta [...]. Que no haga mucho ruido al caerse el día del juicio» (CE 2,9).

Sensibilidad apostólica

Es una de las cosas que más sorprenden es esta monja contemplativa. Como buena carmelita, tiene por modelo al profeta Elías. La Orden del Carmelo habla siempre de su “doble espíritu” (el contemplativo y el apostólico), que se manifiesta en sus dos lemas, que han estado siempre presentes en la espiritualidad de la Orden. La dimensión contemplativa encuentra su expresión en el lema “Vive Dios, en cuya presencia estoy” (1Re 17,1; 18,15). La dimensión apostólica se recoge en el otro lema eliano, que se conserva hasta el presente en el escudo carmelitano: “Ardo en celo por el Señor Dios todopoderoso” (1Re 19,10;14). Cada carmelita tiene que hacer un camino personal para combinar estas dos realidades, de manera que no se rompa la armonía y que la oración sea apostólica y el apostolado sea orante.

Santa Teresa decía que Marta y María deben caminar de la mano (cf. 7M 4,12) y que todas las recomendaciones de Jesús a sus seguidores se resumen en el mandamiento del amor: “El Señor solo nos pide dos cosas en las que tenemos que trabajar: amor a Dios y al prójimo. Si las cumplimos con perfección, hacemos su voluntad y estaremos unidas con Él” (5M 3,7). A ella le gustaba repetir lo que dice san Juan: “El que no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1Jn 4,20).

Sus ansias evangelizadoras y su amor apasionado a la Iglesia y a todos los hombres, especialmente a los pecadores y a los que más sufren (pobres, enfermos, etc.) brotaron precisamente de su enamoramiento por Cristo y de su relación personal con él. Por eso insistía a sus monjas en que su ocupación principal es orar por la Iglesia y por sus necesidades, teniendo presentes a todos los hombres ante el trono de Dios, día y noche. Su profundo amor a la Iglesia la lleva a identificarse con su causa y a dedicar todas sus energías a su servicio, sin perder tiempo en cosas secundarias: «Está ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, quieren poner su Iglesia por el suelo [...]. Hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia» (CE 1,5).

Confiesa que las divisiones religiosas del momento fueron el motor que la impulsó a fundar: «Venida a saber los daños de estos luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal [...]. Y ya que tiene tantos enemigos y tan pocos amigos, que estos sean buenos; y así determiné a hacer esto poquito que yo puedo, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese, y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo [...]. Todas ocupadas en oración por los que son defensores de la Iglesia y predicadores y letrados [...]. Para esto os juntó aquí el Señor; este es vuestro llamamiento, estos han de ser vuestros negocios» (CE 1,2ss).

Su pasión por las almas queda ampliamente recogida en sus escritos y en los testimonios de sus contemporáneos, como en este de Isabel de Sto. Domingo: «Decía muchas veces que, si fuera lícito que las mujeres pudieran ir a enseñar la fe cristiana, fuera ella a enseñarla a tierra de herejes, aunque le costara mil vidas». La presencia de los hermanos de Teresa en América, la tuvo ampliamente informada de los avances y de los abusos de la Conquista. Siempre estuvo preocupada por la suerte de los indígenas, llegando a escribir «que no me cuestan pocas lágrimas estos indios».

Especiales ansias misioneras se despertaron en ella y en sus compañeras con motivo de la visita al locutorio de S. José de un amigo del obispo Bartolomé de Las Casas, que se dirigía con un memorial a defender la causa de los Indios ante el rey y la Corte: «Acertó a venir un misionero franciscano, llamado fray Alonso Maldonado, muy siervo de Dios y con los mismos deseos del bien de las almas que yo (y los podía poner por obra, que yo le tuve mucha envidia). Venía de las Indias y comenzó a contar de los muchos millones de almas que allí se perdían por falta de doctrina [...]. Me fui a una ermita con muchas lágrimas; clamaba a Nuestro Señor, suplicándole que diese medio para que yo pudiese hacer algo para ganar algún alma para su servicio [...]. Tenía gran envidia a los que podían ocuparse en esto por amor de Nuestro Señor» (F 1,7).

Con sus ansias evangelizadoras crece también su sensibilidad hacia los más desfavorecidos y sus deseos de justicia para los pueblos evangelizados. Al año de fundado S. José, escribe una segunda Cuenta de Conciencia para el P. Pedro Ibáñez, en la que le da cuenta de su oración y de su evolución en este campo: «Paréceme que tengo mucha más piedad que solía hacia los pobres, teniendo yo una lástima grande y deseo de remediarlos, que, si mirase mi voluntad, les daría lo que traigo de vestido. Ningún asco tengo de ellos, aunque los trate y llegue a las manos. Y esto veo que es ahora un don de Dios, que aunque por amor de él hacía limosna, piedad natural no la tenía. Bien conocida mejoría siento en esto» (CC 2,5). Más adelante, escribirá una carta a su hermano Lorenzo compartiéndole sus sufrimientos por algunas noticias que recibe sobre las conquistas americanas: «Me lastima ver tantas almas perdidas, y esos indios no me cuestan poco. El Señor los dé luz, que acá y allá hay mucha desventura. Como me hablan muchas personas, no sé muchas veces qué decir, sino que somos peores que bestias» (Cta 24,20).

Mujer inquieta y andariega

Teresa gozaba de la paz en su conventico de S. José: «Estaba deleitándome entre almas tan santas y limpias, adonde todo su cuidado era únicamente servir y alabar a nuestro Señor» (F 1,2). Muchas jóvenes le pedían entrar en él, pero ella no estaba dispuesta a aceptar más de las 13 que ya convivían allí, porque conocía por experiencia los peligros de los monasterios numerosos. Quería hacer algo por estas mujeres buenas que pretendían unirse a ella, aunque no sabía qué, ni tampoco encontraba un lugar apropiado al que enviarlas. Además, crecían en ella las ansias de hacer algo por los demás, aunque era consciente de que a las mujeres de su época les estaba prohibido realizar ningún apostolado: «Considerando yo el gran valor de las hermanas y el ánimo que Dios las daba para servirle, muchas veces me parecía que las riquezas que ponía en ellas eran para algún gran fin. Con el pasar del tiempo, crecían mis deseos de hacer algo por el bien de las almas. Muchas veces me sentía como quien tiene un gran tesoro guardado y quiere que todos gocen de él y le atan las manos para que no lo distribuya» (F 1,6).

Ella sabe que su propuesta de vida es buena para la Iglesia, se siente poseedora de un gran tesoro que querría compartir con todo el mundo, pero también es consciente de que su condición de mujer le cerraba las puertas a cualquier posibilidad de poner en práctica sus grandes deseos. Con una expresión muy significativa dice que es como si le ataran las manos. Como ya hemos visto, esa era la triste situación de las mujeres en la sociedad de su época y las cosas no eran muy diferentes en el seno de la Iglesia. La única vocación femenina que se aceptaba era la de monja de clausura y a las consagradas no se les permitía realizar ninguna labor a favor de sus semejantes.

No encontrando comprensión entre los hombres, dirige su oración al cielo: «Suplicaba a Dios que se ofreciese medio para que yo pudiera hacer algo para ganar algún alma para su servicio. Tenía gran envidia de los que pueden ocuparse en esto por amor de nuestro Señor, ya que, cuando leo en las vidas de los Santos que convirtieron almas, me produce más devoción y ternura y envidia que todos los martirios que padecen» (F 1,7). Ella deseaba trabajar para dar a conocer a Cristo, anunciar su evangelio, sembrar su amor en los corazones y sentía envidia de los misioneros, de los sacerdotes, de los que podían anunciar públicamente la fe.

Por entonces, «andando yo con esta pena tan grande, una noche, estando en oración, se me representó el Señor de la manera que acostumbra, y mostrándome mucho amor, como para consolarme, me dijo: “Espera un poco, hija, y verás grandes cosas”» (F 1,8). Teresa comenta que estas palabras se le quedaron grabadas en el corazón y que no las podía apartar de sí, aunque no atinaba a pensar qué podían significar. Sabía que se cumplirían, pero no podía adivinar la manera. El enigma tardó algunos meses en aclararse.

Mientras tanto, el Concilio de Trento en sus últimas sesiones había redactado los decretos para la reforma de los clérigos y de los religiosos. En 1567, Pío V, recién elegido Papa, urge a que se pongan en práctica. Ese mismo año llega desde Italia, en visita pastoral, el general de la Orden, el P. Juan Bautista Rossi (o Rubeo, en la versión latinizada del apellido que usa siempre Teresa), «algo que no había sucedido antes, porque el general siempre se está en Roma», cuenta ella.

Aunque ella recibe la noticia con miedo, porque el general podía deshacer su obra, encontró en él comprensión y apoyo. Además, le dio permiso para fundar «tantos monasterios como cabellos tiene en la cabeza». Así inicia una labor hercúlea que la lleva a fundar 17 monasterios de monjas y 15 de frailes en 15 años entre grandes dificultades y contradicciones.

Para comprender lo que esto significó, recordemos que las vías de comunicación seguían siendo las antiguas calzadas romanas, muy deterioradas después de 1500 años de uso sin reparaciones ni mantenimiento. Los caminos eran pistas polvorientas en verano, que se convertían en barrizales impracticables durante el invierno. Los puentes para franquear los ríos eran casi inexistentes, por lo que se cruzaban en barcazas (que tampoco eran abundantes). Las posadas eran poco numerosas y todos los relatos de la época coinciden en subrayar su incomodidad, al tratarse de lugares sucios, poco ventilados, sin camas, llenas de chinches y pulgas entre la paja. Por eso Teresa y sus acompañantes durmieron ordinariamente en el suelo de las iglesias del camino y solo hicieron uso de las posadas cuando no quedaba otra posibilidad. Además, tampoco tenían servicio de comida (contra lo que aparece en las películas pseudohistóricas que recrean la época).

La misma Santa relata las dificultades para encontrar provisiones en los caminos. En su viaje de Beas a Sevilla, por ejemplo, algunos días no encontraron ningún alimento que comprar a los posaderos ni a los campesinos y en el postrero de Burgos a Alba de Tormes consiguieron únicamente unos higos secos. María de san José dejó testimonio escrito sobre el argumento: «Muchos días solo podíamos conseguir unas habas, o un poco de pan, o algunas cerezas, o cosa así; y cuando hallábamos un huevo para nuestra Madre, era gran cosa».

Pero la dificultad principal la encontró, al igual que para escribir, en su condición femenina. Hasta entonces, todos los monasterios y Órdenes religiosas habían sido fundadas por hombres: san Benito de Nursia fundó las benedictinas, santo Domingo de Guzmán las dominicas, san Francisco de Asís las clarisas. Incluso en el caso de mujeres que tuvieron los bienes necesarios para erigir un monasterio o un hospital en el que retirarse a servir a los enfermos (como las reinas santa Isabel de Portugal y santa Isabel de Hungría después de quedarse viudas), encargaron a varones que realizaran los trámites necesarios. Pero Teresa negocia directamente con las autoridades, establece acuerdos con los bienhechores, compra casas, dirige obras… lo que provoca la reacción de los que no estaban dispuestos a permitir que una mujer actuase sin someterse al criterio de los varones. Ella misma lo reconoce así al reflexionar sobre las oposiciones que encontraba: «Todos estaban espantados de tal atrevimiento, que una mujercilla, contra su voluntad, les hiciese un monasterio» (F 15,11).

La mayoría de los que la trataban personalmente terminaban siendo amigos suyos y apoyando su obra. Pero ella era consciente de que muchas personas influyentes no aceptaban que una monja andase fuera de su convento, fundando y escribiendo con una libertad que en aquella sociedad estaba vetada a las mujeres, por lo que no deja de moverse buscando apoyos: «Me alegra que vuestra señoría haya tenido ocasión de hablar a favor de mis salidas. Cierto, es una de las cosas que más me cansan en la vida y que mayor trabajo es para mí; especialmente ver que se tiene por malo [...]. Cuando veo lo que se sirve el Señor en estas casas, todo se me hace poco» (Cta 76,10).

Como casi todos le insistían en que las mujeres deben someterse a los hombres, en cierto momento le entran escrúpulos sobre su obra. Especialmente, porque sus superiores (confesores, provinciales, obispos) son los representantes de Dios y parecen los más opuestos a su obra. Casi todo el mundo conoce que el nuncio la calificó como «fémina inquieta y andariega, desobediente y contumaz, que a título de devoción inventa malas doctrinas, andando fuera de clausura, contra la orden del Concilio Tridentino y de los prelados, enseñando como maestra contra lo que san Pablo enseñó mandando que las mujeres no enseñasen». En cierto momento, incluso el papa san Pío V escribió una carta al obispo de Ávila en la que le pidió que ya no permitiera a la Madre Teresa abandonar su convento para fundar otros ni para visitar los ya fundados.

Para una mujer honesta y siempre buscadora de la verdad, la pregunta surgió espontánea: ¿Se engañó a sí misma durante tanto tiempo? ¿Se engañaron también tantos consejeros a los que había pedido luz en esos años? Fue Cristo mismo quien la consoló, tal como ella misma confiesa: «Estando pensando si tenían razón los que les parecía mal que yo saliese a fundar y que yo estaría mejor empleándome siempre en oración, entendí: “Mientras se vive, no está la ganancia en procurar gozarme más, sino en hacer mi voluntad”. Me parecía que, pues san Pablo manda el encerramiento de las mujeres (que me lo han recordado hace poco, pero ya antes me lo habían dicho), que esta sería la voluntad de Dios. Él me dijo: “Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si por ventura podrán atarme las manos”» (CC 16). Así que, con la ayuda del Señor y con mucha imaginación y tenacidad, perseveró sorteando todos los obstáculos para realizar su obra.

El desenlace de su aventura

Hasta en el morir fue original. Lo hizo el 4 de Octubre de 1582, a los 67 años de edad. Los testigos presenciales recogen dos expresiones suyas profundamente significativas. Por un lado, afirmó: «Muero, al fin, hija de la Iglesia», que es como un grito reivindicativo. Aunque vivió siempre bajo sospecha y muchas veces amenazada, sus enemigos no consiguieron expulsarla de la comunidad cristiana. Por otro lado, dirigiéndose a Jesús, exclamó antes de fallecer: «Es tiempo de caminar». Muchos la querían encerrada e inactiva, pero ella había recorrido los caminos al servicio de Cristo y de los hermanos y pensaba seguir haciéndolo después de muerta.

El día de su fallecimiento se reformó el calendario. Hasta entonces se usaba el «Juliano», instituido por Julio César en el año 46 a.C., que constaba de 12 meses de 30 días cada uno, con cinco días de menos al año y uno bisiesto cada cuatrienio. El emperador Aureliano lo reajustó el año 270 d.C., pero tenía el inconveniente de que se perdían algunas horas cada año. El Papa Gregorio XIII ordenó que se empezara a utilizar una nueva manera de contar el tiempo: el calendario «Gregoriano», que sigue vigente hasta el presente. Para arreglar el desfase, se eliminaron 11 días del calendario, por lo que santa Teresa se murió en la noche del 4 al 15 de octubre de 1582.

Ya hemos dicho que sus obras fueron rápidamente editadas y traducidas a otros idiomas. También sus hijas se extendieron rápidamente por toda la geografía española y se hicieron presentes en Portugal, Francia, Países Bajos, Inglaterra… estando hoy esparcidas por el mundo entero.

Hago mías las palabras de fray Luis de León en el prólogo de la edición príncipe de las obras de santa Teresa (año 1589): «Yo no conocí, ni vi a la madre Teresa de Jesús mientras estuvo en la tierra, pero ahora, que vive en el cielo, la conozco y veo casi siempre en dos imágenes vivas que nos dejó de sí, que son sus hijas y sus libros». Hoy, como entonces, quien quiera conocer el verdadero espíritu de esta mujer tiene dos caminos: la lectura de sus obras y el trato con sus hijas.

 

AUTOR: P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD

TOMADO DEL LIBRO: Inquieta y andariega. Enseñanzas de santa Teresa de Jesús para nuestros días

 

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