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santa Teresa 227 En el conocimiento propio Teresiano, las miserias personales se convierten también en una vía para descubrir atinadamente la gran bondad de Dios. Teresa toma conciencia de sus pecados y limitaciones, pero las mira como el escenario en donde Dios ha actuado portentosamente...

 


 

En los tiempos de Teresa, no existía toda la gama psicológica y psicométrica que ahora tenemos. El orante moderno ha de aprovechar, todo lo que ahora se le ofrece como ayuda para conocerse más concienzudamente. Sin embargo, la Santa abulense estaría en contra de dos extremos en los cuales habitualmente se cae con mucha facilidad, son: los psicologismos extremos y por otro lado, espiritualismos evasores. En la experiencia Teresiana el perfecto equilibrio en estas dos dimensiones: la de la que podríamos llamar la psicología de su tiempo (conocimiento propio) y la espiritualidad (conocimiento desde Dios) da la certeza que una persona en verdad se está conociendo atinadamente. El estudio que haremos pretende ser un humilde aporte a un tema tan abordado en Teresa de Jesús. No pretendo decir nada que no se conozca sobre este tema, tal vez la única originalidad es agrupar diversos puntos que están dispersos en su doctrina y que inciden en la tarea del conocimiento propio, intentaré además abordar el tema desde la dinámica del discernimiento espiritual teresiano.

1. ¿Qué es el conocimiento propio?

Cuando hablamos de conocimiento personal o conocimiento propio, no lo podemos hacer, al menos teológicamente hablando, al margen del conocimiento de Dios. Sólo comprendiendo a Dios y su plan amoroso sobre el género humano podemos llegar a la extática y admirable afirmación del salmo: “¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el hijo de Adán para que de él cuides? (8,5). El Concilio Vaticano II nos habla con amplitud sobre este maravilloso designio de Dios para con el ser humano, sería oportuno a este respecto estudiar la parte primera de la Gaudium et Spes, del Concilio Vaticano II, sobre todo el capítulo primero: la dignidad de la persona humana (ns. 12-22).

El conocimiento propio según Santa Teresa de Jesús conecta maravillosamente con todo este magisterio eclesial. Para Teresa solo conociendo a Dios en sus grandes atributos podemos conocer adecuadamente a la persona: “así el alma en el propio conocimiento; créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios: aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma” (1M 2,8). Es así que “mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza” (1M 2,9) y “jamás nos acabos de conocer, si no conocemos a Dios” (Ib.).

Según Teresa, el fundamento de nuestra dignidad, está en que hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios (Cfr. 1M 1,1), pero además de ello en que estamos habitados en lo interior por la presencia misma de Dios. Descubrirnos habitados es una consigna teresiana de las más hermosas y profundas; es un principio fundamental en su doctrina. Teresa irá haciendo este descubrimiento trinitario progresivamente. A nivel general, el primer peldaño de tal descubrimiento fue lo experimentado en la oración de recogimiento: “Acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo, que he dicho, y aun algunas veces leyendo, venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí, o yo toda engolfada en él” (V 10,1). Veamos otros textos que nos ayudarán a tomar conciencia de ese descubrimiento progresivo:

Ubicados en el capítulo final de su autobiografía, encontramos el texto famoso de la conciencia teresiana plenificada en torno al misterio de Jesucristo:

“Estando una vez en las horas con todas, de presto se recogió mi alma y parecióme ser como un espejo claro toda, sin haber espaldas, ni lados, ni alto, ni bajo que no estuviese toda clara, y en el centro de ella se me representó Cristo nuestro Señor, como le suelo ver. Parecíame en todas las partes de mi alma le veía claro como un espejo, y también este espejo (yo no sé decir cómo) se esculpía todo en el mismo Señor por una comunicación que yo no sabré decir, muy amorosa.” (V 40,5).

Ese descubrimiento progresivo de ser y sentirse habitada, será el inicio también de la obra culmen teresiana conocida como Moradas del Castillo Interior:

“considerar nuestra alma como un castillo todo de un diamante o muy claro cristal adonde hay muchos aposentos, así como en el cielo hay muchas moradas (Jn 14,2)…, no hallo yo cosa con qué comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad; y verdaderamente apenas deben llegar nuestros entendimientos, por agudos que fuesen, a comprenderla.” (1M 1,1).

Acentúa la Santa, como en el centro del alma está la morada principal que es donde habita el mismo Señor:

“Pues consideremos que este castillo tiene, como he dicho, muchas moradas: unas en lo alto, otras en bajo, otras a los lados; y en el centro y mitad de todas éstas tiene la más principal, que es adonde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma.” (1M 1,3).

Pero esto no es solo representación o una consideración devota del orante, es la tangible realidad asumida desde la fe y manifestada en la gracia del matrimonio espiritual:

“por cierta manera de representación de la verdad, se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres personas, con una inflamación que primero viene a su espíritu a manera de una nube de grandísima claridad, y estas personas distintas, y por una noticia admirable que le da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres personas una sustancia y un poder y un saber y un solo Dios; de manera que lo que tenemos por fe, allí lo entiende el alma, podemos decir, por vista, aunque no es vista con los ojos del cuerpo ni del alma, porque no es visión imaginaria.” (7M 1, 6).

Creerse y sentirse habitados por la Santísima Trinidad es la buena nueva teresiana, el orante es capaz de Dios, la misma divinidad habita en él. Considerarse así hace crecer al orante en su dimensión de creyente, así mismo en su visión antropológica y como consecuencia lógica en el conocimiento propio:

“Estaba una vez recogida con esta compañía que traigo siempre en el alma, y parecióme estar Dios de manera en ella, que me acordé de cuando San Pedro dijo: “Tú eres Cristo, hijo de Dios vivo” (Mt 16,16); porque así estaba Dios vivo en mi alma.

Esto no es como otras visiones, porque lleva fuerza con la fe, de manera que no se puede dudar que está la Trinidad por presencia y por potencia y esencia en nuestras almas. Es cosa de grandísimo provecho entender esta verdad. Y como estaba espantada de ver tanta majestad en cosa tan baja como mi alma, entendí: No es baja, hija, pues está hecha a mi imagen” (CC 41, 1-2 o R 54) .

Considerados dignos, hijos de Dios, amados entrañablemente por el Padre, se descubre finalmente que Dios ha querido agraciar la condición humana y así cómo en la naturaleza encontramos rastros tangibles del creador, así también en cada persona Dios ha puesto atributos, dones, cualidades que hacen descubrir que hay un Dios que verdaderamente ama a sus criaturas. Esos dones y talentos recibidos son también parte integral del conocimiento propio.

La otra dimensión fundamental de este conocimiento propio será el tomar conciencia de las limitaciones personales y pecados. Habrá que pasar por ese trago amargo, de conocerse en sus ruindades y miserias; puede que incluso se llegue a derramar lágrimas (Cfr. F 5,16). Sin embargo, ningún orante debe quedarse anclado en esa consideración y vivir su conocimiento propio solamente desde esa dimensión, pues: “sabe su Majestad nuestra miseria y bajo natural que nosotros mismos” (V 11,15). Lo que si hay que hacer es saber tomar ventaja de esa ruindad: “por amor de Dios, hermanas, nos aprovechemos de estas faltas para conocer nuestra miseria” (6 M 4,11). La invitación a conocer ese lado oscuro, ayuda a considerar que lo bueno que hay en cada persona es obra de Dios: “procuremos siempre mirar y remirar nuestra pobreza y miseria, y que no tenemos nada que no lo recibimos (cf. 1 Cor 4,7)” (6M 5,6). Tendremos oportunidad más delante de estudiar el cómo Teresa valora las miserias y pecados personales.

En resumen, el conocimiento propio está centrado en tres tipos de conocimiento. Por un lado, los atributos divinos; en segundo lugar, el proyecto que Dios tiene sobre la criatura humana, valorando consiguientemente la hermosura y dignidad de toda persona humana y la consideración de los dones y talentos recibidos del mismo Dios. Y, finalmente un punto que no puede faltar para el mismo es, la toma de conciencia de las debilidades, pecados y limitaciones, pero vistas todas ellas desde el proyecto amoroso de Dios.

2. Peligros en el conocimiento propio: “el demonio… tuerce el propio conocimiento”

El mal espíritu incitará a que el orante llegue a desvalorarse a sí mismo, es decir, hacerlo pusilánime o en todo caso a confiar demasiado en sí mismo. La tentación es bien identificada por la Santa; es una falsa humildad, “qué de almas debe el demonio de haber hecho perder mucho por aquí; que todo esto les parece humildad y otras muchas cosas que pudiera decir, y viene de no acabar de entendernos; tuerce el propio conocimiento” (1M 2,11). En todas las faltas de valoración personal, generalmente el mal espíritu anda de por medio. Para contrarrestar esto la santa abulense invita a poner los ojos en Cristo (Cfr. 1M 2,11), así se ennoblece el entendimiento y voluntad (1M 2,10. 11) y se evitará un conocimiento propio “ratero y cobarde” (1M 2,11). La batalla es fuerte, pues “terribles son los ardides y mañas del demonio para que las almas no se conozcan ni entiendan sus caminos” (1M 2,12).

Tener un adecuado conocimiento de sí mismo evita muchas tentaciones, sobre todo en algunos momentos en que el interior es azotado por la imaginación con malos pensamientos:

“y estase el alma por ventura toda junta con él (Señor) en las moradas muy cercanas y el pensamiento en el arrabal del castillo padeciendo con mil bestias fieras y ponzoñas y mereciendo con este padecer; y así, ni nos ha de turbar ni lo hemos de dejar, que es lo que pretende el demonio. Y, por la mayor parte, todas las inquietudes y trabajos vienen de este no nos entender” (4M 1,9).

El mal espíritu con sus falsas razones hace, por tanto, que el orante no se conozca, no se comprenda así mismo, pues con ello perderá la paz y el rumbo espiritual fácilmente. La sabiduría y psicología teresiana otra vez nos deja atónitos “Y, por la mayor parte, todas las inquietudes y trabajos vienen de este no nos entender” (Ib.).

El mal espíritu en el ámbito del conocimiento propio tentará al orante de dos maneras principalmente.

a) La primera estará relacionado con la amplificación de las culpas y pecados personales; haciendo sentir al orante irremediablemente perdido ante tantas miserias personales (Cfr. V 30,9; CV 39,1-3). Sobre todo su insidia estará orientada a robar la paz del orante. Es de discernimiento clásico afirmar que cuando el maligno no puede robar la gracia, entonces robará la paz.

b) La segunda estará en relación al creerse demasiado virtuoso a autosuficiente y ello se convierte en un claro indicio de desconocimiento propio: “adonde el demonio puede hacer gran daño sin entenderle es haciéndonos creer que tenemos virtudes no las teniendo, que esto es pestilencia” (CV 38,5). Esta tentación se bifurca en varias ramas que evidencian la falta de un adecuado conocimiento de sí mismo; veamos algunas:

• Virtudes para condenar; el caso de los principiantes.
Los principios de virtud suelen ser dificultosos, no solo para la persona que las está adquiriendo sino también para las personas con las cuales se convive. Acaece, en muchas ocasiones, que el orante en mención, al tener mucho celo por Dios, pretende, con mucho ruido de palabras provocar en los demás los mismos deseos que él tiene y de alguna manera con la escasa virtud que tiene, ponerse de maestro, llega la situación a tanto, que se convierte en motivo de contradicción, pues los demás a la hora de verle sus actuaciones le juzgan, sí con grandes deseos, pero aún muy imperfecto en su obrar: “y esto hace el demonio: que parece se ayuda de las virtudes que tenemos buenas para autorizar en lo que puede el mal que pretende, que, por poco que sea, cuando es en una comunidad, debe ganar mucho, cuanto más que lo que yo hacía malo era muy mucho”. (V 13,9).

La mística abulense tiene la valentía de autoanalizarse y reconocer que cuando consiguió tener las virtudes más fortalecidas pudo ayudar más eficazmente; contagió así a los demás y sin tanto ruido de palabra: “Y así en muchos años, solas tres se aprovecharon de lo que les decía; y después que ya el Señor me había dado más fuerzas en la virtud, se aprovecharon en dos o tres años muchas, como después diré. Y, sin esto, hay otro gran inconveniente, que es perder el alma” (Ib.)

Dentro de las enseñanzas de la madre a los principiantes, hay una que puede inducir al escándalo o incluso algunos la podrían interpretar como egoísmo, sin embargo la experiencia de nuestra mística le respalda; veámosla: “porque lo más que hemos de procurar al principio es sólo tener cuidado de sí sola, y hacer cuenta que no hay en la tierra sino Dios y ella; y esto es lo que le conviene mucho” (Ib.).

• La tentación del saborear indiscretamente los gustos espirituales.
También existe el peligro que cuando Dios da muchos gustos espirituales, estos sirvan para juzgar infelizmente a quienes no lo tienen. La invitación que hace Teresa es a la humildad para evitar cualquier equívoco “Porque no sabemos si los gustos son de Dios o si los pone el demonio. Y si no son de Dios, es más peligro, porque en lo que él trabaja aquí es en poner soberbia; que si son de Dios, no hay que temer; consigo traen la humildad” (CV 17,3).

• Falsos fervores, con la finalidad de enfriarlos en la caridad para con el prójimo.
Son personas que en muchas ocasiones quieren hacer más su voluntad que la de Dios, se encuentran llenos de buenos deseos, entre ellos está el de querer hacer penitencias desconcertadas:

“Pone en una hermana bravos ímpetus de penitencia, que le parece no tiene descanso sino cuando se está atormentando. Este principio bueno es; mas, si la priora ha mandado que no hagan penitencia sin licencia y le hace parecer que en cosa tan buena bien se puede atrever y escondidamente se da tal vida que viene a perder la salud y no hacer lo que manda la Regla, ya veis en qué paró este bien.” (1M 2,16).

El maligno aprovecha esta inclinación en el orante y le induce a que no solo juzgue, sino que también condene la vida de los demás, el texto a continuación nos hace comprensible esta tentación:

“Pone a otra un celo de perfección muy grande; esto muy bueno es; mas podría venir de aquí que cualquier faltita de las hermanas le pareciese una gran quiebra y un cuidado de mirar si las hacen y acudir a la priora, y aun a las veces podría ser no ver las suyas por el gran celo que tiene de religión. Como las otras no entienden lo interior y ven el cuidado, podría ser no lo tomar tan bien. Lo que aquí pretende el demonio no es poco: que es enfriar la caridad y amor de unas con otras, que sería gran daño.” (Ib.).

Si ésta es la tentación, ¿cómo desactivarla? ¿Qué criterios seguir? Como siempre la respuesta no se hace esperar. Aclara Teresa que la vida espiritual no es la de cumplimiento de preceptos fríos, sino de preceptos que nacen desde el amor, así que la base de todo el edificio espiritual no está en el rigorismo, sino en el amor: “Entendamos, hijas mías, que la perfección verdadera es amor de Dios y del prójimo y, mientras con más perfección guardáremos estos dos mandamientos, seremos más perfectas. Toda nuestra Regla y Constituciones no sirven de otra cosa sino de medios para guardar esto con más perfección.” (1M 2,17). La constante observación de estas menudencias que nacen con “celo de perfección” llega a crear una tirantez en la vida personal, familiar o comunitaria que socaba las sanas relaciones fraternas:

“Dejémonos de celos indiscretos que nos pueden hacer mucho daño; cada una se mire a sí…, importa tanto este amor de unas con otras, que nunca querría que se os olvidase; porque, de andar mirando en las otras unas naderías que a las veces no será imperfección, sino, como sabemos poco, quizá lo echaremos a la peor parte, puede el alma perder la paz y aún inquietar la de las otras; mirad si costaría caro la perfección.”(1M 2,17-18).

Esta tentación de la vigilancia desproporcionada en “menudencias” será siempre un verdadero desabrimiento para la vida familiar o comunitaria, pero será más dañoso cuando el líder o superior de aquel grupo o comunidad se da a esa nefasta tarea: “También podría el demonio poner esta tentación con la priora y sería más peligrosa; para esto es menester mucha discreción, porque si fuesen cosas que van contra la Regla y Constitución es menester que no todas veces se eche a buena parte sino avisarla y, si no se enmendare, al prelado” (1M 2,18). Avisar a quien esté fallando será una gran obra de caridad: “Esto es caridad; también con las hermanas, si fuese alguna cosa grave.”(Ib.).
3. La vida de Teresa integrada en Dios por medio de la oración.

Al hablar del conocimiento propio en Teresa de Jesús, habrá que tomar en cuenta el principio unificador de su existencia; Jesús, pero el medio para procurarlo fue siempre la oración. Al escribir su autobiografía hace un profundo análisis sobre su vida y toma mayor conciencia de la importancia que tiene el releer su historia desde la dinámica divina. En base a ello Teresa enfatizará en el conocerse, no desde el cieno de miserias, sino desde la perspectiva divina.

En Teresa de Jesús, es fácil descubrir como ella ha integrado su vida desde la perspectiva divina. Ha hecho hasta de sus pecados una verdadera historia de salvación. De hecho cada etapa que narra de su vida no la narra desde hechos aislados o desintegrados, sino que se siente verdaderamente integrada en Dios. Las oraciones diseminadas a lo largo del libro de Vida así como en sus otros escritos, expresan a profundidad la persona de Teresa; en sus plegarias se dan cita todas las dimensiones de su personalidad: la alegría, el arrepentimiento, la afectividad, tristezas, anhelos, pero sobre todo gratuidad. Cada etapa de su vida en su autobiografía prorrumpe en una oración y ello es signo de saberse integrada desde Dios.

Algunas de esas oraciones que sellan cada etapa de su vida, las transmito a continuación. De la niñez en una muy sentida oración dice Teresa: “porque no me parece os quedó a vos nada por hacer, para que desde esta edad no fuera toda vuestra…” (V 1,8). Otra hermosa plegaria surge de su corazón cuando narra aquellas luchas en su frívola adolescencia (Cfr. V 2,7). La siguiente oración teresiana en el relato de su vida está centrada en la etapa de su juventud y en las consiguientes luchas vocacionales: “¡Oh, válgame Dios, por qué términos me andaba su Majestad disponiendo para el estado en que se quiso servir de mí, que sin quererlo yo, me forzó a que me hiciese fuerzas! Sea bendito por siempre. Amén.” (V 3,4). En su ingreso a la vida religiosa prorrumpirá en otra gozosa alabanza: “Bastara, ¡oh sumo Bien y descanso mío! Las mercedes que me habías hecho hasta aquí, de traerme por tantos rodeos vuestra piedad y grandeza a estado tan seguro y a casa donde había muchas siervas de Dios, de quien yo pudiera tomar, para ir creciendo en su servicio” (V 4,2).

Cuando trae a la memoria su profesión religiosa, ella que siempre se sintió contenta de ser monja (Cfr. V 4,2; 36, 6.11) deja testimonio de la grandeza de Dios al llamarle a tal estado:
“No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido, aunque entonces no era con mala intención; mas veo tales mis obras después, que no sé qué intención tenía, para que más se vea quién vos sois, Esposo mío, y quién soy yo. Que es verdad, cierto, que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias…, ni nadie tiene la culpa sino yo; porque, si os pagara algo del amor que me comenzasteis a mostrar, no le pudiera yo emplear en nadie, sino en vos, y con esto se remediaba todo. Pues no lo merecí ni tuve tanta ventura, válgame ahora, Señor, vuestra misericordia” (V 4,3-4).

Las famosas oraciones teresianas se dejan deslizar en aquel sonado caso de su primer hijo espiritual; el cura de Becedas, ante quien la Santa, recapacitando de lo comprometida que estuvo esa relación dice: “¡Oh ceguedad del mundo! Fueras vos servido, Señor, que yo fuera ingratísima contra todo él, y contra vos no lo fuera un punto; mas ha sido todo al revés por mis pecados” (V 5,4).

De la famosa enfermedad que estuvo a punto de privarle la vida y en la cual intervino milagrosamente la intercesión de San José, establecerá un ameno diálogo con su propia alma, “un soliloquio teresiano”, reconociéndose resucitada, pero a la vez descubre también su falta de correspondencia al amor que el Señor le manifestaba (Cf. V 6,11). La bondad de Dios es ensalzada, el corazón de Teresa se deshace en agradecimiento y de dicho acontecimiento hace una bella oración en la que se reconoce resucitada “en cuerpo y alma”, y con un gracejo contagiable sostiene: “que no vivo yo ya, sino que vos, Criador mío, vivís en mí”. Y desgranando las bondades de Dios dice: “según ha algunos años que –a lo que puedo entender- me tenéis de vuestra mano y me veo con deseos y determinaciones, y en alguna manera probado por experiencia en estos años en muchas cosas, de no hacer cosa contra vuestra voluntad, por pequeña que sea, aunque debo hacer hartas ofensas a vuestra Majestad, sin entenderlo…” (V 6,9). Al igual que muchos santos, Teresa se siente completamente rendida ante Dios: “y no quiero mundo, ni cosa de él, ni me parece me da contento cosa que salga de vos...” (Ib.), sin embargo, sabe que no es en la fuerza propia que se encierra la fidelidad: “porque ya sé a lo que llega mi fortaleza y poca virtud, en no estando vos dando siempre, y ayudando para que no os deje; y plega a vuestra Majestad que aun ahora no esté alejada de vos, pareciéndome todo esto de mí” (Ib.). La gratuidad del Señor es bendecida por Teresa: “que, aunque os dejaba yo a vos, no me dejasteis vos a mí tan del todo, que no me tornase a levantar, con darme vos siempre la mano. Y muchas veces, Señor, no la quería, ni quería entender cómo muchas veces me llamabais de nuevo” (Ib.).

En sus desvíos afectivos y en los avisos que Dios mismo le daba: “¡Oh grandeza de Dios, y con cuánto cuidado y piedad estabais avisando de todas maneras y qué poco me aprovechó a mí!” (V 7,8). Y, cuando comenzó a ser agraciada con muchas experiencias espirituales, reconocerá su ingratitud: “¡Oh Señor de mi alma! ¡Cómo podré encarecer las mercedes que en estos años me hicisteis! ¡Y cómo en el tiempo que yo más ofendía, en breve me disponíais con un grandísimo arrepentimiento para que gustase de vuestros regalos y mercedes! A la verdad, tomabais, Rey mío, el más delicado y penoso castigo por medio que para mí podía ser, como quien bien entendía lo que me había de ser penoso. Con regalos grandes castigabais mis delitos” (V 7,19).

Cuando hace la invitación universal a la oración en el capítulo ocho de su autobiografía, articula una grande oración en la que se resalta la bondad de Dios y la paciencia que tiene con ella: “¡Oh bondad infinita de Dios, que parece os veo y me veo de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir vos a quien os sufre que estéis con él! ¡Oh qué buen amigo hacéis, Señor, cómo les vas regalando y sufriendo y esperáis a que se haga a vuestra condición, y tan de mientras le sufrís vos la suya!...” (V 8,6).

Cuando está por iniciar el tratadillo de la oración, vuelve sobre su vida y manifiesta las excelencias de Dios en ella: “Sea bendito por todo, y sírvase de mí, por quien su Majestad es: que bien sabe mi Señor que no pretendo otra cosa en esto, sino que sea alabado y engrandecido un poquito, de ver que en un muladar tan sucio y de mal olor hiciese huerto de tan suaves flores” (V10, 9). Además, la misma oración le hace descubrir que el lento progreso en el amor perfecto, no es responsabilidad de Dios, sino de la creatura misma (Cfr. V 11,1).

Como bien sabemos, el relato autobiográfico se interrumpe desde el capítulo diez hasta el capítulo veintitrés; hacemos el salto correspondiente. Un dato que quiero resaltar del capítulo 23 y que casi podría ser el resumen de todo lo que venimos diciendo acerca de cómo se va reestructurando la vida de Teresa en contacto con la oración es el siguiente: “es otro libro nuevo de aquí en adelante, digo otra vida nueva. La que he vivido desde que comencé a declarar estas cosas de oración es que vivía Dios en mí, a lo que me parecía. Porque entiendo yo era imposible salir en tan poco tiempo de tan malas costumbres y obras. Sea el Señor alabado, que me libró de mí” (V 23,1). La vida de Teresa se ha transformado debido a la práctica de la oración; Teresa se ha redimido desde Dios, ese es el gran pregón teresiano.

Siguiendo el relato de su vida, otro episodio significativo en la vida de Teresa es el que se le denomina la liberación afectiva, en aquella ocasión tuvo el primer éxtasis acompañado de una locución; escuchó las siguientes palabras: “Ya no quiero que tengas conversación con hombres, sino con ángeles” (V 24,5).Y, la liberación se le otorgó instantáneamente, pues una de las propiedades de las locuciones es: “quiere el Señor se entienda que es poderoso y que sus palabras son obras” (V 25,3). Liberación que es acompañada por una de las más sentidas oraciones teresianas: “Sea Dios bendito por siempre, que en un punto me dio la libertad que yo, con todas cuantas diligencias había hecho muchos años había, no pude alcanzar conmigo, haciendo hartas veces tan gran fuerza, que me costaba harto de mi salud. Como fue hecho de quien es poderoso y Señor verdadero de todo, ninguna pena me dio” (V 24,8).

Después de la liberación afectiva, las oraciones teresianas abundarán en su extensión y en su intensidad, pero quiero concluir este recorrido con la oración que surgió del corazón de Teresa cuando Dios le concedió la gracia del Matrimonio Espiritual, en este caso no pone la oración, pero nos informa de lo que pidió al Señor: “Hízome tanta operación esta merced, que no podía caber en mí, y quedé como desatinada y dije al Señor que o ensanchase mi bajeza o no me hiciese tanta merced; porque, cierto, no me parecía lo podía sufrir el natural. Estuve ansí todo el día muy embebida. He sentido después gran provecho, y mayor confusión y afligimiento de ver que no sirvo en nada tan grandes mercedes” (CC 25 o R 35).

4. El conocimiento propio desde Dios: la propuesta de Teresa de Jesús

Sobre cómo debemos conocernos, poseemos al respecto un abultado manojo de textos, uno de ellos que podríamos llamar el preámbulo de esta temática es el siguiente: “jamás nos acabamos de conocer, sino procuramos conocer a Dios; y, mirando su grandeza, acudamos a nuestra bajeza y, mirando su limpieza, veremos nuestra suciedad; considerando su humildad, veremos cuán lejos estamos de ser humildes” (1M 2,9). El conocimiento parte del conocimiento de Dios “poner los ojos en el centro, que es la pieza o palacio adonde está el Rey” (1M 2,8). Tener esta luz es fuente de alegría para el orante, en base a esto “procure a los principios andar con alegría y libertad…, mientras vivimos, aun por humildad, es bien conocer nuestra miserable naturaleza” (V 13,1).

A medida que crece la experiencia orante, si esta es auténtica, habrá un conocimiento en la grandeza de Dios y a la vez una mayor comprensión de sí mismo, es así, que por ejemplo, de la levitación dirá la Santa que “Deja conocimiento de la grandeza de Dios…, propio conocimiento y humildad de ver cómo cosa tan baja en comparación con el Criador de tantas grandezas, la ha osado ofender ni osa mirarle” (6M 5,10).

Observa Teresa, que el estar pidiendo muchas mercedes espirituales o querer tener fenómenos místicos, es falta de humildad, es decir, no hay un adecuado conocimiento propio, pues: “creo yo que nunca se darán, porque primero da el Señor un gran conocimiento propio que hace estas mercedes” (6M 9,15).

Sin embargo este conocimiento propio que debe partir del conocimiento de Dios, no debe de ninguna manera llevar al orante a tener su alma estrujada, “esto importa mucho a cualquier alma que tenga oración, poca o mucha: que no la arrincone ni apriete…, pues Dios le dio tan gran dignidad, no se estruje” (1M 2,8), por eso el conocimiento propio debe ser para todos los niveles de vida orante, “plega a Dios, hermanas, nos haga merced de no salir jamás de este propio conocimiento, amén” (6M 10,7), “por encumbrada que esté” (1M 2,8):

“es cosa tan importante este conocernos, que no querría en ello hubiese jamás relajación, por subidas que estéis en los cielos; pues, mientras estamos en esta tierra, no hay cosa que más nos importe que la humildad. Y así torno a decir que es muy bueno y muy rebueno tratar de entrar primero en el aposento adonde se trata de esto, que volar a los demás, porque éste es el camino; y si podemos ir por lo seguro y llano” (1M 2,9).

Es de gran importancia entender que el conocimiento propio, como ya hemos aclarado no es para quedarse solamente en las miserias, “así el alma en el propio conocimiento; créanme y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de Dios: aquí hallará su bajeza mejor que en sí misma y más libre de las sabandijas” (1M 2,8), agrega la santa que “si nunca salimos de nuestro cieno de miserias, es mucho inconveniente” (1M 2,10), su insistencia es machacona, “metidos siempre en la miseria de nuestra tierra, nunca el corriente saldrá de cieno de temores, de pusilanimidad y cobardía” (Ib.). Para evitar cualquier tentación, vuelve al principio fundamental, “pongamos los ojos en Cristo nuestro Bien, y allí deprenderemos la verdadera humildad” (1M 2,11).

En este contexto de autoconocimiento piensa nuestra maestra espiritual que las sequedades también serán pieza de ese engranaje: “somos amigos de contentos más que de cruz. ¡Pruébanos, tú, Señor, que sabes las verdades para que nos conozcamos!” (3M 1,9).

Según nuestra Santa, el conocimiento propio, en muchas ocasiones nos puede ayudar más que muchos días de oración. Presentamos aquí un texto teresiano de alcance perpetuo, “tengo por mayor merced del Señor un día de propio y humilde conocimiento, aunque nos haya costado muchas aflicciones y trabajos, que muchos de oración” (F 5,16). Ciertamente, en algunas ocasiones el conocimiento propio será doloroso debido a que se identifican luminosamente las incoherencias personales: “Es cierto que en algunas veces me parece querría estar sin sentido por no entender tanto mal de mí.” (V 39,6).

En Vida aborda el conocimiento propio con notable profundidad:

“Y, aunque esto del conocimiento propio jamás se ha de dejar, ni hay alma en este camino tan gigante, que no hay menester muchas veces tornar a ser niño y a mamar (y esto jamás se olvide, quizá lo diré más veces, porque importa mucho), porque no hay estado de oración tan subido, que muchas veces no sea necesario tornar al principio; y en esto de los pecados y conocimiento propio es el pan con que todos los manjares se han de comer, por delicados que sean, en este camino de oración, y sin este pan no se podrían sustentar. Mas hace de comer con tasa” (V 13,15).

El mismo principio mantiene a las alturas de las quintas moradas “siempre se entiende que ha de procurar ir adelante en el servicio de nuestro Señor y el conocimiento propio” (5M 3,1).Concluimos diciendo al unísono con Teresa,“procurad mucho tratar esas mercedes y regalos con quien os dé luz, sin tener cosa secreta; y tened este cuidado: que en principio y fin de la oración, por subida contemplación que sea, siempre acabéis en propio conocimiento. Y si es de Dios, aunque no queráis ni tengáis este aviso, lo haréis aún más veces, porque trae consigo humildad y siempre deja con más luz para que entendamos lo poco que somos” (CV 39,5).

5. Ayudas para el conocimiento propio

La primera ayuda es sin duda la oración misma, pues es la “Atalaya adonde se ven verdades” (V 21,5). La oración se convierte así como en un gran microscopio en donde el orante se autoanaliza y descubre a cabalidad su vida: “pasaba una vida trabajosísima, porque en la oración entendía más mis faltas” (V 7,17). A Teresa le sucedía que debido a las reprensiones que muchas veces le hacían los confesores, ella se quería consolar en la oración y allí encontraba la corrección más severa: “acaecíame reprenderme el confesor, y quererme consolar en la oración, y hallar allí la reprensión verdadera” (V 38,16). Esa luz para conocerse sale al encuentro de Teresa en la oración, está mediada por la presencia de Jesucristo. Pero como ya hemos visto más arriba, será la oración misma la que le llevará a descubrimientos hermosos sobre la hermosura y dignidad del alma y las cualidades con las cuales Dios embellece las almas (Cfr. V 40,5; 1M 1,1; CC 41, 1-2 o R 54). Podemos afirmar con contundencia, que para Teresa la oración siempre era fuente de descubrimientos personales; no podemos hablar desde la perspectiva teresiana de una oración que no ilumine la vida del orante; no hay oración neutra o que deje indiferente la vida del que ora.

5.1. Cristo empuja al conocimiento propio.

Jesús se convirtió para Teresa en maestro en todas las dimensiones de su vida. En el discernimiento sobre las gracias místicas de las que está siendo depositaria, la Santa da testimonio de esa guía personal que el Señor va teniendo con ella:

“que, aunque hablaba con muchas personas espirituales, que querían darme a entender lo que el Señor me daba para que lo supiese decir, y es cierto que era tanto mi torpeza, que poco ni mucho me aprovechaba; o quería el Señor, como su Majestad fue siempre mi maestro…, que no tuviese a nadie que agradecer…, dármelo Dios en un punto a entender con toda claridad y para saberlo decir, de manera me espantaban y yo más yo más que mis confesores, porque entendía mejor mi torpeza. Esto ha poco; y así, lo que el Señor no me ha enseñado no lo procuro si no es lo que toca a mi conciencia” (V 12,6).

El texto en sentido extensivo, puede ser utilizado también para lo que venimos hablando de conocimiento propio, puesto que Santa Teresa, nos refiere también en abundantes ocasiones el actuar del Señor para que ella se conociera a sí misma. Esta es una buena nueva teresiana; es el Señor el primer interesado en que nos conozcamos a nosotros mismos. En el caso de Teresa, el mismo Señor, se convertirá en su maestro de conocimiento propio. A medida que ella avanzaba en su itinerario orante, el Señor más le esclarecía su conocimiento propio “y aún procuraba su Majestad darme a entender cosas para ayudarme a conocerme, que yo no supiera imaginar.” (V 22,11).

Es así que en algunos momentos el Señor mismo le hacía ver las fallas de las cuales no se había dado cuenta: “muchas las que me hacía reprensiones y hace cuando hago imperfecciones, que bastan deshacer un alma” (V 26,2). El Señor toma el proceso personal de Teresa, es así que en otras ocasiones le traía a la memoria sus pecados: “Otras, traerme a la memoria mis pecados pasados, en especial cuando el Señor me quiere hacer alguna señalada merced, que parece ya se ve el alma en el verdadero juicio; porque le representan la verdad con conocimiento claro, que no sabe adónde se meter” (V 26,2). Pedagogía que constatada también en Cuentas de Conciencia: “soy muy ordinaria reprendida de mis faltas –y de manera que llega a las entrañas- y avisos, cuando hay o puede haber algún peligro en cosa que trato, que me han hecho harto provecho, trayéndome los pecados pasados a la memoria muchas veces, me lastima harto” (CC 1,36).

El Señor le reprochaba en algunas ocasiones su antigua vida de frivolidad; era con palabras dulces, envueltas en el amor de Dios, pero que provocaban un fuerte impacto: “hacen un sentimiento y pena que deshacen, y siéntese más aprovechamiento de conocernos en una palabra de éstas que en muchos días que nosotros consideremos nuestra miseria, porque trae esculpida una verdad que no podemos negar.” (V 38,16). En Camino de Perfección, dice la Santa: “muéstrale (el Señor al alma), en un punto más verdades y dala más claro conocimiento de lo que es todo, que acá pudiéramos tener en muchos años” (CV 19,7).

5.2. La ayuda de las amistades orantes.

Teresa se sentía muy a gusto con las personas que se daban a la oración “paréceme que quien me da algún alivio y con quien descanso de tratar son las personas que hallo de estos deseos” (V 21,7). Desde sus criterios piensa que los orantes se deben ayudar mutuamente. Nuevamente un texto de antología:

“Gran mal es un alma sola entre tantos peligros…, por eso aconsejaría yo a los que tienen oración, en especial al principio, procuren amistad y trato con otras personas que traten de lo mismo. Es cosa importantísima, aunque no sea sino ayudarse a uno a otros con sus oraciones. ¡Cuánto más que hay muchas más ganancias! Y no sé yo por qué (pues conversaciones y voluntades humanas, aunque no sean muy buenas, se procuran amigos con quien descansar, y para más gozar de contar aquellos placeres vanos) no se ha de permitir que quien comenzare de veras a amar a Dios y a servirle deje de tratar con algunas personas sus placeres y trabajos, que de todo tienen los que tienen oración” (V 7,20).

La ayuda recíproca de los orantes es muy beneficiosa “porque andan ya las cosas del servicio de Dios tan flacas, que es menester hacerse espaldas unos a otros los que le sirven para ir adelante” (V 7,22).

Las amistades orantes ayudan mucho, y sobre todo para ayudarse en el crecimiento espiritual- personal. La Santa se muestra muy abierta a dejarse conocer por los otros, es una tarea que recomienda como favorable para los que van en camino de oración. Hablando de las reuniones secretas de los sospechosos de herejías (supuestos luteranos), piensa que los cristianos orantes deben hacer lo mismo, aunque con finalidad distinta:

“este concierto querría hiciésemos los cinco que al presente nos amamos en Cristo , que, como otros en estos tiempos se juntaban en secreto para contra su Majestad y ordenar maldades y herejías, procurásemos juntarnos alguna vez para desengañar unos a otros, y decir en lo que podríamos enmendarnos y contentar más a Dios; que no hay quien tan bien se conozca a sí como conocen los que nos miran, si es con amor y cuidado de aprovecharnos” (V 16,7).

Los que conviven con nosotros son quienes mejores nos conocen. Seguramente, en muchas ocasiones, no sabrán las intimidades de nuestro corazón, pero ante ellos están evidentes nuestras reacciones, criterios, carácter, temperamento, etc. Es por eso, que, con mucha madurez, deberíamos dejar que los otros también nos ofrezcan esa información tan valiosa que a veces desconocemos de nosotros mismos. Sólo que, en la tarea del conocimiento propio, ese “desengañarnos” como dice Teresa tiene que ser “con amor y cuidado de aprovechar”, significa, por tanto, que no es solo cuestión de decir defectos o limitaciones a las demás personas, sino que toda corrección debe estar precedida por el amor. Una verdad cualquiera, un defecto notorio dicho a alguien sin amor, para Teresa se convertiría en una agresión.

La finalidad del desengañar a otro en sus yerros e incoherencias, pretende ser una ayuda terapéutica caritativa para que se optimice el caminar cristiano del grupo, familia, comunidad o parroquia “que a veces no se puede valer, ni puede ni sufrir no desengañar a los que quiere bien y desea ver sueltos de esta cárcel de esta vida, que no es menos, ni le parece menos, en lo que ella ha estado” (V 20,25). Con el consejo oportuno, podremos, en gran medida, hacer crecer el amor tanto a Dios como a las criaturas y evitaremos el síndrome de Caín: “¿soy yo acaso guardián de mi hermano?” (Gn 4,9).

5.3. La ayuda de las críticas.

Con toda seguridad rehuimos este tipo de conocimiento, pero cuando estas cosas lamentablemente suceden, siempre se deja entrever algunos límites y deficiencias personales, aunque no vayan dichos con amor y no sean del todo ciertos; son una escuela en donde aprendemos de nosotros mismos. Creo que no está de menos traer a la memoria aquel pensamiento teresiano de “nunca nos culpan sin culpas” (CV 15,4) y en torno a él la Santa nos deja ver allí su propia experiencia ante dichas críticas mordaces: “nunca oí decir cosa mala de mí que no viese se quedaban cortos; porque, aunque no era en las mismas cosas, tenía ofendido a Dios en otras muchas, y parecíame habían hecho harto mal en dejar aquellas; y siempre me huelgo yo más que digan de mí lo que no es que no las verdades” (CV 15,3). Claro está que, esto es para cosas cotidianas, sin tanto peso, pues para las graves dirá Teresa que hay que aclararlo con prontitud, pues de lo contrario podría causar en quienes nos conocen “enojo o escándalo” (CV 15,1).

Cuando Teresa está iniciando también la vida mística cae en la cuenta que todas las murmuraciones que se hacían en contra de ella le ayudaban a conocerse a sí misma: “sabéis vos, mi Señor, que clamaba muchas veces delante de vos, disculpando a las personas que me murmuraban porque me parecía les sobraba razón” (V 19,7). En el ascenso oracional que está llevando, la Santa vuelve favorablemente sobre aquellos que le criticaban, pues le descubrían verdades que ella asimilaba serenamente en su proceso de conocimiento propio:

“Comenzó a tenerse buena opinión de la que todas aún no tenían bien entendido cuán mala era, aunque mucho se traslucía. Comenzó la murmuración y persecución de golpe –a mi parecer- con mucha causa; y así no tomaba con nadie enemistad, sino suplicábaos a vos miraseis la razón que tenían. Decían que me quería hacer santa y que inventaba novedades…, sin culpa suya me culpaban; no digo eran sólo monjas, sino otras personas: descubríanme verdades, porque lo permitíais vos” (V 19,8).

Un dato que reverbera positivamente en estos episodios es que Teresa nunca se pone a la defensiva ante las críticas, siempre disculpa a todos los que murmuran en su contra; pareciera que el ponerse en muchas ocasiones a la defensiva es un síntoma de que no nos conocemos adecuadamente y que en resumen de la verdadera humildad solo se conoce el nombre.

5.4. La ayuda de las miserias personales: “Con regalos grandes castigabais mis delitos” (V 7,19).

San Pablo narrándonos sus intimidades personales: visiones y revelaciones, así como del aguijón clavado en su carne y la petición de liberación que hizo, transmite una de las más grandes verdades de la Escritura neotestamentaria, dice: “pero él me dijo: “Mi gracia te basta, pues mi fuerza se realiza en la debilidad”. Por tanto, con sumo gusto seguiré vanagloriándome, sobre todo en mi debilidad, para que se manifieste en mí la fuerza de Cristo. Por eso me complazco en mi debilidad” (2 Cor 12, 9-10).

En el conocimiento propio Teresiano, las miserias personales se convierten también en una vía para descubrir atinadamente la gran bondad de Dios. Teresa toma conciencia de sus pecados y limitaciones, pero las mira como el escenario en donde Dios ha actuado portentosamente. No se queda viendo solo el cieno de miserias, sino que mira cómo el Señor se ha valido de todas ellas para demostrarle su misericordia y amor: “Bien sabéis, mi Dios, que entre todas mis miserias nunca dejé de conocer vuestro gran poder y misericordia” (E 4,2). Es por eso que cuando en su apuesta de conocimiento propio habla de no quedarse centrados en el cieno de miserias, es porque en el fondo, el orante podría caer en la tentación de ver su ruindad sin tomar en cuenta la acción de Dios en ellas. Eso sería un conocimiento propio “rastrero y cobarde”.

Lo cierto es que Teresa descubre un inmenso océano de misericordia en medio de sus limitaciones y pecados personales. No hubo grandes experiencias espirituales en nuestra Santa hasta que no tomó conciencia de su pequeñez y miseria: “son de tan gran dignidad las mercedes después, que quiere por experiencia veamos antes nuestra miseria primero que nos la dé” (V 11,11). En ese sentido de su vida podrá decir con aplomo: “Bien sabe Su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia” (3M 1,3).

Siguiendo a Teresa, constatamos que la verdadera experiencia de Dios, no comienza cuando la persona ya ha superado sus pecados o limitaciones, sino que todo lo contrario, crece y madura en medio de su fragilidad: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias. ¡Y con cuánta razón las puedo yo para siempre cantar! (cf. Sal 89,1)” (V 14,10), incluso hasta experimentar el propio pecado tiene en muchas ocasiones una finalidad pedagógica, “muchas veces quiere Dios que sus escogidos sientan su miseria, y aparta un poco su favor” (3M 2,2). Esta es en sí una doctrina bíblica, ya San Pablo nos recuerda también que donde “abundó el pecado sobreabundó la gracia” (Rm 5,20). La doctrina teresiana no oculta o ignora la realidad de los pecados y limitaciones personales; ellas son el verdadero escenario desde donde Dios redime.

Cuando en el prólogo del libro de Vida comienza a narrar su vida, afirma Teresa que ella no tendría vergüenza de decir sus pecados: “quisiera yo que, como he han mandado y dado larga licencia para que escriba el modo de oración y las mercedes que el Señor me ha hecho, me la dieran para que muy por menudo y con claridad dijera mis grandes pecados y ruin vida” (Pról. N. 1), avanzando en la lectura del mismo número llegamos a otra gran afirmación teresiana: “Yo no sólo tornaba a ser peor, sino que parece traía estudio a resistir las mercedes de su Majestad me hacía…” (Ib.). Constatando ese abismo de la misericordia de Dios hace una bella alabanza al Señor: “Sea bendito por siempre, que tanto me esperó” (Pról. N.2).

La Santa es consciente que lo que ha experimentado de Dios está entretejido dentro de sus límites y pecados personales, a pesar de ello se siente agraciada gratuitamente por el Señor: “y miraba su soberana largueza, no los grandes pecados, sino los deseos que muchas veces tenía de servirle y la pena por no tener fortaleza en mí para ponerlo por obra” (V 7,18), es así que “con regalos grandes castigabais mis delitos” (V 7,19). Por eso en su autobiografía la apuesta por un Dios tan bueno reluce en medio de sus pecados: “plega a su Majestad sea para aprovechar alguna alma ve que a una cosa tan miserable ha querido el Señor favorecer” (V 37,1). La ruindad suya ha sido el motivo de la benevolencia divina: “y aunque soy miserable y ruin, para honra y gloria suya lo digo” (F 27,15). En una carta escribe así: “la gloria de mi Señor quiero y que haya muchos que le alaben, y querría cierto conociesen mi miseria” (Cta. 85,17) .

Siempre en su autobiografía desfilan pensamientos profundamente sentidos de su ruindad, pero unidos inseparablemente a la misericordia del Señor: “me templa el sentimiento de mis grandes culpas, el contento que da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” (V 4,3). No se cansa de resaltar esa bondad: “muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios y regaládose mi alma de ver su gran magnificiencia y misericordia” (V 4,10). Su vida es un hermoso canto a la misericordia divina en medio de sus faltas: “con todo veo la gran misericordia que el Señor hizo conmigo” (V 8,2). Casi finalizando las Moradas del Castillo Interior vuelve a ensalzar a Dios en sus miserias personales: “pues sabe que mi intento es que no estén ocultas sus misericordias, para que más sea alabado y glorificado su nombre” (7M 1,1). Sus pecados contrastarán con esa misericordia: “sólo consuela que será alabado para siempre vuestra misericordia cuando se sepa mi maldad” (E 3,3). Pues en sí: “jamás podremos acabar de entender lo que debemos a nuestro Señor y las magnificencias de sus misericordias” (E 12,5).

Este amor de benevolencia experimentado por Teresa, la animaba a seguir confiada en sus luchas: “considerando el amor que me tenía, tornaba a animarme, que de su misericordia jamás desconfié, de mí muchas veces” (V 9,7). El ánimo es constante: “la misericordia de Dios me pone seguridad, que, pues me ha sacado de tantos pecados, no querrá dejarme de su mano para que me pierda” (V 38,7). Por eso considerar las propias miserias, pero desde la mano del Señor, es fuente de consuelo y de paz: “tiene por mejor procurar… traer delante sus pecados y meterse en la misericordia de Dios” (6M 5,5). Sus consejos a sus hijas espirituales van en la misma línea: “por eso hermanas, tengo por mejor que nos pongamos delante del Señor y miremos su misericordia y grandeza y nuestra bajeza” (6M 6,9). La conciencia de las miserias crece al conocer las grandezas de Dios: “como va más conociendo su grandeza, tiénese ya por más miserable” (4M 3,9). De algunas experiencias místicas, como las visiones, se adelanta en este conocimiento de sus miserias: “aquí se ve la verdadera humildad que deja el alma de ver su miseria, que no la puede ignorar” (V 28,9).

En conclusión, el orante descubriéndose pecador, toma conciencia de la bondad infinita de Dios: “con grandes regalos castigabais mis delitos” y además: “miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de ofenderle que su Majestad de perdonarme. Nunca se cansa de dar ni se pueden agotar sus misericordias. No nos cansemos nosotros de recibir” (V 19,15). No habrá que rehuir entrar por esa puerta del conocimiento propio: “siempre, mientras vivimos, aun por humildad es bien conocer nuestra miserable naturaleza” (V 13,1), ya que “representase aquí nuestra miseria, y muy claro el gran poder de Dios” (V 17,6). El crecimiento en la vida oracional hará que es conocimiento llegue hasta los límites: “vese claro indignísima, porque en pieza adonde entra mucho sol no hay telaraña escondida: ve su miseria” (V 19,2). Sin embargo, los pecados cometidos y las deficiencias personales no deben ser motivo alguno para que los orantes se sientan indignos de trabajar para la gloria del Señor: “si el Señor os hiciere merced que se ofrezcan hacerlas por él, que no hagáis caso de haber sido pecadoras” (MC 3,10). En definitiva recordemos que: “gusta su Majestad de querer que resplandezcan sus obras en gente flaca. Es menester aquí que señoree la fe a nuestra miseria” (MC 3,6).

5.5. La ayuda de los halagos y reconocimientos.

En algunas ocasiones las personas son invadidas de ciertos escrúpulos cuando se les reconoce las virtudes o los talentos. Esto en sí es una tentación en la cual Teresa también cayó, pero la misma experiencia de Dios le fue ayudando a comprenderse y a reconocer con gratuidad la generosidad del Señor en su vida. Invita por eso a superar los complejos de superioridad e inferioridad ante los halagos, pues en muchas ocasiones, es el Señor que hace que se cieguen los ojos de los demás para que no vean las imperfecciones, sino las virtudes, pues el Señor “dora las culpas”:

“Muchas veces he pensado espantada de la gran bondad de Dios, y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia. Sea bendito por todo, que he visto claro no dejar sin pagarme, aun en esta vida, ningún deseo bueno. Por ruines e imperfectas que fuesen mis obras, este Señor mío las iba mejorando y perfeccionando y dando valor, y los males y pecados luego los escondía; aun en los ojos de quien los ha visto, permite su Majestad se cieguen y los quita de su memoria. Dora las culpas; hace que resplandezca una virtud que el mismo Señor pone en mí, casi haciéndome fuerza para que la tenga” (V 4,10).

Otros orantes por el contrario piensan que pensar bajamente de sí es una buena humildad. La Santa desenmascara esta tentación, pues según afirma, el orante siempre debe saber reconocer que el Señor le comunica dones y talentos, pero eso sí, que los viva con la conciencia que no se otorgan en base a su merecimiento, sino debido a que Dios se complace en dar y embellecer gratuitamente al que se dispone “si no descubrimos que recibimos, no nos despertamos a amar”. Cuando Dios otorga los dones, cuando son verdaderamente auténticos, ellos mismos llevan impreso el carácter de humildad. Pero creer que no somos capaces de nada es la misma tentación encarnada. Veamos este texto de verdadera antología:

“No cure de unas humildades que hay, de que pienso tratar, que les parece humildad no entender que el Señor les va dando dones. Entendamos bien, bien, como ello es, que nos la da Dios sin ningún merecimiento nuestro, y agradezcámoslo a su Majestad; porque, si no descubrimos que recibimos, no nos despertamos a amar. Y es cosa muy cierta, mientras más vemos estamos ricos, sobre conocer somos pobres, más aprovechamiento nos viene y aún más verdadera humildad. Lo demás es acobardar el ánimo a parecer no es capaz de grandes bienes, si en comenzando el Señor a dárselos, comienza él a atemorizarse con miedo de vanagloria. Creamos que quien nos da los bienes nos dará la gracia para que, en comenzando el demonio a tentarle en este caso, lo entienda, y fortaleza para resistir; digo si andamos con llaneza delante de Dios, pretendiendo contentar sólo a él, y no a los hombres” (V 10,4).

Saber que recibimos talentos anima a grandes empresas en nombre de Dios, pues afirma esta fantástica mujer que: “Es imposible, conforme a nuestra naturaleza –a mi parecer- tener ánimo para cosas grandes quien no entiende está favorecido de Dios” (V 10,6). En consecuencia la animosidad será un distintivo del buen orante: “Pues procúrese a los principios andar con alegría y libertad; que hay algunas personas que parece se les ha de ir la devoción si se descuidan un poco” (V 13,1).

Otra cuestión a considerar es que, según Teresa, los dones o talentos reconocidos por terceros, no significan de ninguna manera que la persona sobre quien se dicen es perfecta, pues en muchas ocasiones, tan solo es que existe un maravilloso contraste entre las limitaciones de la persona y los dones generosos de Dios: “Gusta su Majestad de querer que resplandezcan sus obras en gente flaca, porque hay más lugar de obrar su poder y de cumplir su deseo que tiene de hacernos mercedes” (MC 3,6). Este es un gran propósito de Dios “querer que resplandezcan sus obras en gente flaca”, no tiene entonces por qué ensoberbecerse la persona por los talentos o dones de la cual es depositaria, pues es Dios mismo quien los hace resplandecer y ello a pesar de que la persona experimente los abismos de su pequeñez y miseria. En suma, son regalos que Dios otorga a “gente flaca” para que quede manifiesto su poder en ellas; con justa razón San Pablo sostiene: “¿Qué tienes que no hayas recibido de Dios? Y si lo has recibido, ¿a qué vanagloriarte, como si no lo hubieras recibido?” (1 Cor 4,7). El orante no debe, por tanto, sentirse ni extasiado ni encogido ante los talentos que se le reconocen, pues todo ello obedece al proyecto de Dios y su deseo de dar a conocerse como bueno y generoso; es él quien sin merecimiento alguno engrandece la limitada condición humana: “porque es muy amigo de favorecer la virtud en público” (3M 2,5). Así al menos se experimentaba Santa Teresa, las gracias que recibía en muchas ocasiones eran como una película expuesta a todos: “no parece esperabais otra cosa sino que hubiese voluntad y aparejo en mí para recibirlos, según con brevedad comenzasteis a no sólo darlos, sino a querer entendiesen me los dabais” (V 19,7).

También el orante está invitado a adquirir la libertad cuando las personas hablen con regocijo de los grandes dones que se traslucen en él. Algunos viven esto como un auténtico tormento, pero sería una verdadera tentación querer ocultarse por ello; caería entonces, sin duda alguna, en una muy falsa humildad. Santa Teresa vivió esta tentación, hasta que ayudada por sus confesores llegó a entenderla y desactivarla: “Otras veces me atormentaba mucho, y aún ahora me atormenta, ver que se hace mucho caso de mí, en especial personas principales y de que decían mucho bien…, parecíame era virtud y humildad por una parte, y ahora veo claro que era tentación” (V 31,12). En estas mismas luchas el Señor le acompañaba y le aclaraba con la eficacia que solo él puede dar; he aquí otro texto de inaudita experiencia personal:

“Mucho me quitaban la libertad de espíritu estos temores, que después vine yo a entender no era buena humildad, pues tanto me inquietaba y me enseñó el Señor esta verdad: que yo tan determinada y cierta estuviera que no era ninguna cosa buena mía, sino de Dios; que, así como no me pesaba de oír loar a otras personas, antes me holgaba y consolaba mucho de ver que allí se mostraba Dios, que tampoco me pesaría mostrase en mí sus obras” (V 31,14).
La libertad que adquiere es impresionante, le expulsa todo temor e inquietud y se reconcilia a la vez con la obra que Dios está haciendo en ella “que tampoco me pesaría mostrase en mí sus obras” , pero a la vez le hace tomar conciencia que “no era ninguna cosa buena mía, sino de Dios”, por eso se le quitará también otra ramificación de la misma tentación que era la siguiente: “También di en otro extremo, que fue suplicar a Dios (y hacía oración particular) que, cuando a alguna persona le pareciese algo bien en mí, que su Majestad le declarase mis pecados para que viese cuán sin mérito mío me hacía mercedes, que esto deseo yo siempre mucho. Mi confesor me dijo que no lo hiciese” (V 31,16).
Toda esta experiencia teresiana, ayuda en definitiva al orante a liberarse tanto de la vanagloria como de la pusilanimidad. Reconoce Teresa que cuando se está muy poco mortificados, es decir, poco humildes, es cuando más sacarán de la paz estos comentarios sean estos positivos o negativos, pero habiendo dicha sencillez:

“porque de un alma dejada en las manos de Dios no se le da más que digan bien que mal, si ella entiende bien entendido (como el Señor quiere hacerle merced que lo entienda) que no tiene nada de sí. Fíese de quien se lo da, que sabrá por qué lo descubre y aparéjese a la persecución, que está cierta en los tiempos de ahora, cuando alguna persona quiere el Señor se entienda que le hace semejantes mercedes” (V 31,16).


CONCLUSIONES

Pienso que a lo largo de nuestro estudio las conclusiones han ido surgiendo espontáneamente, pero recojamos aquí algunos puntos que me parecen sintetizan lo aquí abordado:
1º. El conocimiento propio debe partir desde el conocimiento de Dios. La creatura tiene que ser conocida en relación con su creador. Querer conocerse al margen de Dios sería caer en unos yerros abismales, sin horizonte alguno. Dios engrandece la condición humana no la denigra.

2º. Medio indiscutible para crecer en el conocimiento propio es la oración. Toda experiencia de vida, debe ser llevada a la oración. En el caso de la autobiografía teresiana podemos observar como cada etapa asumida de su vida estalla en una oración. Sólo cuando podemos orar con serenidad sobre los acontecimientos de nuestra historia (bellos o dolorosos) parece que hemos asumido las distintas etapas de nuestra vida y que hemos llegado a la integración personal en Dios.

3º. El conocimiento propio está centrado en varios conocimientos: de Dios y sus atributos, en la dignidad de la persona junto a sus cualidades y en la toma de conciencia de sus miserias, debilidades y pecados. Se intuye desde Teresa que este conocimiento es simultáneo e integrado, la desproporción en cada una de estas dimensiones acarrearía en desequilibrios lamentables sobre el conocimiento de sí mismo.

4º. Las miserias, debilidades y pecados personales, no son solo para que el orante se lamente ante ellas, sino que son el escenario desde donde Dios va redimiendo. La acción de Dios, el amor suyo, no comienza a desbordarse solo cuando el orante ha superado sus incoherencias y debilidades, sino que la experiencia de Dios crece, madura y se fortalece en medio de ellas. Podemos traer aquí a colación un hermoso extracto del Pregón Pascual que dice así: “¡Oh feliz culpa que mereció tan grande Redentor!”. Con Teresa hemos descubierto que un gran avance en el conocimiento propio consiste en el reconocimiento y aceptación serena de las debilidades y pecados personales; solo desde allí se puede generar el cambio esperado en la conducta del orante.

5º. Parte fundante del conocimiento propio será el reconocimiento de los dones y talentos que Dios pone en cada persona; eso no es soberbia, es más bien humildad y recordemos que “la humildad es andar en verdad” (6M 10,7). Dios quiere que nos demos cuenta que recibimos de él no reconocerlo sería una falsa humildad.

 

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