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Teresa de Jesus: discipula de la PalabraQueridos Padres Antonio Ribas, Antonio Barrios y Victorino Bal, mis queridos hermanos carmelitas de esta parroquia El Carmen de Managua, a quienes me une un entrañable cariño y un mismo carisma en la Iglesia, el carisma teresiano heredado de nuestra Madre Santa Teresa de Jesús; hermanas religiosas, hermanos y hermanas del Carmelo Seglar, queridos jóvenes, amigos y amigas que nos escuchan esta noche a través de la radio, queridos hermanos y hermanas:

Es para mí motivo de gran satisfacción, como obispo carmelita teresiano, participar esta noche en este significativo acto con el que la familia carmelitana de Nicaragua da inicio hoy, 28 de marzo de 2012, fecha del nacimiento de nuestra Santa Madre, Teresa de Jesús, a un trienio de preparación al quinto centenario de su nacimiento. Me siento muy honrado de poder dirigirles la palabra en esta ocasión, para la que he elegido una breve reflexión que lleva por título: «Santa Teresa de Jesús, discípula de la Palabra de Dios».

 

1. Discípula que escucha y habla palabras de Dios

Lo que caracteriza al discípulo cristiano es la escucha y la obediencia de la palabra del Maestro. Jesús enseña en el Evangelio que su discípulo no es el que dice: «Señor, Señor», sino «el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos» (cf. Mt 7,21), es decir, el que abre espacios interiores de fe y de amor a la Palabra de Dios, hace el esfuerzo por comprender la Palabra en modo inteligente y amoroso y se esfuerza en ponerla en práctica para vivir en comunión con Jesús y seguir con alegría su mismo camino. El documento de Aparecida nos enseña que el discípulo «contempla a Jesucristo tal como nos los transmiten los Evangelios para conocer lo que Él hizo y para discernir lo que nosotros debemos hacer en las actuales circunstancias» (Aparecida, 139).

Santa Teresa de Jesús vivió en una época en la que el acercamiento a la Biblia era muy limitado, casi inexistente. Ella nunca conoció una Biblia completa y sólo pudo tener acceso a ella de modo parcial e indirecto a través del rezo del oficio divino, los sermones que escuchaba o las lecturas espirituales que hacía. No obstante tales limitaciones, ella descubrió y vivió el fundamento de la vida del discípulo: la escucha de la Palabra de Dios.

Desde joven, cuando apenas tenía veinte años, comienza a surgir en ella un gusto particular por las cosas de Dios y una tímida inquietud vocacional, conversando con la religiosa María de Briceño, en el convento de las hermanas agustinas de Ávila, adonde Teresa había sido enviada por su padre para que recibiera una buena educación religiosa. Ella misma confiesa: «Pues comenzando a gustar de la buena y santa conversación de esta monja, holgábame de oírla cuán bien hablaba de Dios, porque era muy discreta y santa (…). Comenzóme a contar cómo ella había venido a ser monja con sólo leer lo que dice el evangelio: “Muchos son los llamados y pocos los escogidos” (…) (Vida 3,1).

Años más tarde, cuando ya era religiosa en el monasterio de la Encarnación de Ávila, cayó enferma y tuvo que ir a curarse a casa de su hermana María de Cepeda. En el camino se hospedó unos días en casa de su tío, don Pedro Sánchez de Cepeda, en la pequeña aldea de Hortigosa. Allí su tío la puso en contacto con varios libros que contenían citas bíblicas y vive una experiencia muy parecida a la que había vivido con la religiosa María de Briceño antes. Su testimonio es de una belleza y riqueza espiritual excepcional: «Aunque fueron los días que estuve pocos, con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña» (Vida 3,5).

Dios iba moldeando el corazón de la adolescente Teresa con su Palabra, que le llegaba de forma indirecta, a través de personas religiosas y santas. No es de extrañar que en la madurez de su vida espiritual haga esta maravillosa confesión de lectora inteligente y de discípula madura: «Siempre he sido aficionada y me han recogido más las palabras de los Evangelios que libros muy concertados; en especial, si no era el autor muy aprobado, no los había gana de leer» (Camino 21,4). Las palabras de los Evangelios la recogían quiere decir, en el lenguaje teresiano, que ejercían en ella una fuerza extraordinaria de interiorización que le permitían encontrar a Jesús dentro de sí para escucharlo y contemplarlo. Teresa está convencida de que Dios habla, aunque su hablar sea no «al oído», como nos llegan otras voces, sino «al corazón», percibido en el silencio amoroso de la fe: «Pensáis que se está callando? Aunque no le oímos, bien habla al corazón cuando le pedimos de corazón» (Camino 24,5).

Así como desde joven se acostumbra a escuchar y a gustar la Palabra de Dios «así leída como oída –como dice ella–, también en la cumbre de su experiencia mística está convencida de que la Palabra oída puede y debe ser dicha a otros y vive la experiencia de

decir palabras de Dios. Al comenzar las Cuartas Moradas, consciente de que inicia la descripción de la parte más fuertemente mística del camino cristiano, escribe: «Para comenzar a hablar de las cuartas moradas bien he menester lo que he hecho, que es encomendarme al Espíritu Santo y suplicarle de aquí en adelante hable por mí» (4 Moradas, 1,1); en otro lugar en el Libro de la Vida afirma: «Muchas cosas de las que aquí escribo no son de mi cabeza, sino que me las decía este mi Maestro celestial» (Vida 39,8). En las Sextas Moradas, finalmente, nos ofrece un bello testimonio de discípula, la cual hablando permite que el Maestro hable a través suyo: «Como no tengo letras, mi torpeza no sabe decir nada; que lo que he dicho (…) entiendo claro que, si va bien, que no soy la que lo he dicho» (6 Moradas 4,9). Teresa es discípula de la Palabra, pues la ha escuchado, la ha amado y se ha hecho su servidora, comunicándola a otros, haciéndola escuchar a los demás, a través de su rica experiencia de Dios.

 

2. La verdad está en la Sagrada Escritura

En la reciente Exhortación Apostólica, Verbum Domini, de S.S. Benedicto XVI, el Papa nos recuerda que «la interpretación de la Sagrada Escritura quedaría incompleta, si no se estuviera también a la escucha de quienes han vivido realmente la Palabra de Dios, es decir, los santos» (Verbum Domini, 48). Contemplando la experiencia y la enseñanza de Santa Teresa aprendemos cómo amar, buscar, leer y vivir la Sagrada Escritura. En este documento el Papa cita explícitamente a la Santa, y de ella afirma: «Teresa de Jesús, carmelita, que recurre continuamente en sus escritos a imágenes bíblicas para explicar su experiencia mística, recuerda que Jesús mismo le revela que «todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura» (Verbum Domini, 48).

A esta experiencia a la que alude el Papa me deseo referir ahora. Santa Teresa tuvo una experiencia mística a través de la cual le fue revelado el sentido más profundo de la Sagra Escritura, como texto revelador de la Verdad de Dios. Ella narra el hecho al inicio del capítulo 40 del Libro de la Vida:

«Estando una vez en oración (…), vínome un arrebatamiento de espíritu de suerte que yo no lo sé decir: parecióme estar metido (mi espíritu) y lleno de aquella majestad, que he entendido algunas veces. En esta majestad se me dio a entender una verdad, que es cumplimiento de todas las verdades; no sé yo decir cómo, porque no vi nada. Dijéronme, sin ver quien, mas bien entendí ser la misma Verdad: “No es poco esto que hago por ti, que una de las cosas es en que mucho me debes; porque todo el daño que viene al mundo es de no conocer las verdades de la Escritura con clara verdad; no faltará una tilde de ella» (Vida, 40,1).

Dios se le reveló a Teresa como «cumplimiento de todas las verdades». Ella comprendió que Dios es la Verdad, principio y fundamento de todas las verdades de las creaturas. Entendió que había sido Dios, «la misma Verdad» quien le había hablado. No vio nada, pero escuchó, como en las grandes revelaciones bíblicas.

Dios que ha hecho comprender a Teresa que él es la verdad, la invita al mismo tiempo a volver la mirada a la Escritura, que contiene misteriosamente esa Verdad que ella ha contemplado en la comunicación mística. Por una parte Dios se le revela como la misma verdad, a tal punto que afirma que «mentira me parece lo que yo no veo va guiado al servicio de Dios» (Vida 40,2); por otra, se le revela que la Sagrada Escritura contiene y revela la verdad de Dios y su proyecto de salvación. Esto explica por qué el mismo Señor le revela a la Santa que toda la negatividad y la maldad que atormenta la historia humana tiene su origen precisamente en el desconocimiento de la Escritura. No conocerla es no conocer a Dios y su proyecto divino de salvación para la humanidad.

La experiencia es extraordinariamente rica. A Santa Teresa se le revela que las palabras de la Escritura, palabras humanas inspiradas por el Espíritu, contienen y son portadoras de la Palabra de Dios, de la Verdad de Dios. Por eso leer la Biblia correctamente es acoger y escuchar «la Palabra» en «las palabras» del libro. Dios continúa hablando hoy, comunicando su verdad a través de la lectura creyente de la Escritura, guiada por el Espíritu Santo y realizada dentro de la comunidad eclesial.

La experiencia de Santa Teresa nos deja una enseñanza fundamental. No basta entender las palabras de la Biblia, hay que llegar a otro entender, que va más allá de lo conceptual o sentimental. Hay que pasar de «las palabras de los evangelios» a «la escucha del Maestro». La Verdad está en la Escritura, pero hay que «trascender» la letra, dice el Papa en la Verbum Domini, para llegar hasta esa Verdad que es Dios mismo que nos habla y viene a nuestro encuentro.

A partir de esta experiencia mística, Santa Teresa entendió «qué cosa es andar un alma en verdad delante de la misma Verdad» (Vida 40,3), comprensión que se tradujo en un modo de vida iluminado por la palabra de la Sagrada Escritura: «Quedé de una suerte que tampoco sé decir, con grandísima fortaleza, y muy de veras para cumplir con todas mis fuerzas la más pequeña parte de la Escritura divina» (Vida 40,2). Llega a tal punto su convencimiento de que la Escritura es el criterio último para discernir la verdad, que acoge como dones de Dios las gracias espirituales «si van conforme a la Sagrada Escritura y como un tantico torciese en esto, mucha más firmeza sin comparación me parece tendría en que es demonio» (Vida 25,13).

 

3. Lo decisivo es iluminar e interpretar la vida con la Biblia

Santa Teresa no recibió nunca formación bíblica, pero había intuido que mediante la Biblia podía comprender y explicar mejor la vida y el camino espiritual del creyente. «¡Quién supiera las muchas cosas de la Escritura que debe haber para dar a entender esta paz del alma!» (7 Moradas 3,13), afirma en las Séptimas Moradas.

Muchas de las situaciones emocionales y espirituales que vive las ve reflejadas en la Biblia, que es como la gran historia de salvación en la que se contiene su pequeña historia personal. Hablando de la renovación espiritual de su persona en el libro de la Vida afirma, por ejemplo: «Que escribiendo esto estoy y me parece que con vuestro favor y por vuestra misericordia podría decir lo que San Pablo, aunque no con esta perfección, que no vivo yo ya sino Vos, Creador mío, vivís en mí» (Vida 6,9; cf. Gal 2,20). Al querer describir la soledad en que en algún momento se encuentra escribe: «Al pie de la letra me parece se puede entonces decir (y por ventura lo dijo el real Profeta estando en la misma soledad que como a santo se la daría el Señor a sentir en más excesiva manera): “De continuo me desvelo y gimo cual solitario pájaro en el tejado” (Sal 102,8); y así me parece se me representa este verso entonces que me parece lo veo yo en mí, y consuélame ver que han sentido otras personas tan gran extremo de soledad» (Vida 20,10). Allí mismo escribe: «Otras veces me parece anda el alma como necesitadísima y preguntando a sí misma: “¿Dónde está tu Dios?” (Sal 42,4). Es de mirar –afirma la Santa– que el romance de estos versos yo no sabía bien el que era, y después que lo entendía me consolaba de ver que me lo había traído el Señor a la memoria sin procurarlo yo» (Vida 20,11).

Santa Teresa se sirve de la Biblia para leer sus propias experiencias y estados de ánimo, traduce con palabras de la Biblia lo que vive y lo que Dios le hace vivir interiormente. Al hacerlo experimenta una maravillosa luz y un extraordinario consuelo. Su vida está en la Biblia y la Biblia está en su vida.

Se sirve también de muchísimos personajes bíblicos para describir un estado de la vida espiritual o una experiencia personal. Estos personajes bíblicos encarnan un aspecto doctrinal o una actitud espiritual que ella quiere mostrar o describir. No duda en acudir a la Samaritana para describir el agua viva de la contemplación o a Marta y María para mostrar cómo es necesario actuar y orar para servir y acoger al Señor. Piensa en el joven rico en la Terceras Moradas para referirse a personas satisfechas de su vida y orgullosas de sí misma, o en lo que Cristo hizo en San Pablo para mostrar la gratuidad de sus dones. Se podrían multiplicar los ejemplos.

La Palabra no sólo ilumina su vida, sino que con gran eficacia produce alegría, fortaleza y consuelo. En el capítulo trece la Vida Teresa confiesa: «Otro tiempo traía yo delante muchas veces lo que dice San Pablo, que todo se puede en Dios; en mí bien entendía no

podía nada. Esto me aprovechó mucho»; en otro lugar confiesa: «Traía muy ordinario estas palabras de Job en el pensamiento y decíalas: “Pues recibimos los bienes de la mano del Señor, ¿por qué no sufriremos los males? Esto me ponía esfuerzo» (Vida 5,8). Aquí también podríamos multiplicar los ejemplos. Para Teresa las palabras de la Escritura eran fuente de consuelo y de fortaleza.

 

4. La casa de la Sagrada Escritura es la Iglesia

S.S. Benedicto XVI nos ha recordado en la Exhortación Apostólica Verbum Domini que «la relación entre Cristo, Palabra del Padre, y la Iglesia no puede ser comprendida como si fuera solamente un acontecimiento pasado, sino que es una relación vital, en la cual cada fiel está llamado a entrar personalmente» (Verbum Domini, 51). Esa relación vital de la Iglesia, y de cada creyente, con Cristo, se realiza a través de la acogida amorosa de la Palabra de Dios en la Sagrada Escritura. La Iglesia es la casa de la Escritura, la casa en donde nació, en donde se le acoge con fe, se le celebra y escucha y desde donde se anuncia para que llegue a todos los rincones del mundo.

Las mujeres

Santa Teresa vivió en una época en donde el acceso a la Biblia era limitado, sobre todo a las mujeres. En medio de aquella situación de marginación a la que eran sometidas las mujeres, la Santa está convencida de que les puede privar de la Escritura y se lamenta con dolor, desafiando a los más encumbrados teólogos del momento: «¡No hemos de quedar las mujeres tan fuera de gozar las riquezas del Señor», pues está convencida de que el Señor quiere hacer llegar su Palabra a todos y a todas: «tengo por cierto que no le pesa que nos consolemos y deleitemos en sus palabras» (Conceptos del amor de Dios, 1,8). Ha descubierto por propia experiencia personal que Jesús amó a las mujeres y a nadie cerró la oportunidad de escuchar el Evangelio: «Bendito sea Aquel que nos invita a beber de su Evangelio». (Camino Escorial, 35,3).

Lectura in ecclesia

Santa Teresa no queda satisfecha con la lectura personal que ella misma hace de los textos bíblicos y de la comprensión que tiene de los mismos. Sabe que los textos bíblicos dicen mucho más de lo que puede parecer a primera vista, está convencida de «los grandes misterios que este lenguaje encierra en sí, dicho por el Espíritu Santo» (Conceptos del amor de Dios, 1,4). Su comprensión de la Biblia se coloca dentro de la gran comprensión que tiene de la Biblia la Iglesia, por eso busca dentro de la Iglesia continuamente la ayuda de personas estudiadas, que conocen la Biblia, «los letrados», porque desea fundamentar su propio camino espiritual y su propio magisterio sobre bases firmes:

«Espíritu que no vaya comenzando en verdad yo más lo querría sin oración; y es gran cosa letras, porque estas nos enseñan a los que poco sabemos y nos dan luz y, llegados a verdades de la Sagrada Escritura, hacemos lo que debemos: de devociones a bobas nos libre Dios» (Vida 13,16).

De los estudiosos de la Iglesia, lo que ella llama «los letrados» afirma: «Siempre fui amiga de ellos (…), porque en la Sagrada Escritura que tratan, siempre hallan la verdad del buen espíritu» (Vida 13,18). Para ellos, «los letrados» son necesarios en la Iglesia porque conocen la Sagrada Escritura y Santa Teresa reconoce su carisma y su necesidad para una comprensión correcta de la Palabra de Dios: «Tienen un no sé qué grandes letrados, que como Dios los tiene para luz de su Iglesia, cuando es una verdad, dáselas para se admita» (5 Moradas 1,7).

No gusta de una lectura superficial de la Biblia, quiere estar segura de que lo que ha comprendido en el texto es lo que el texto quiere decir. Por eso no desprecia las interpretaciones y estudios de la Biblia en la Iglesia y admira y busca a «los letrados», pues le ofrecen la garantía de una lectura en comunión con la Iglesia. Por eso recomienda: «Y con este amor a la fe, siempre procurar ir conforme a lo que tiene la Iglesia, preguntando a unos y a otros» (Vida 25,12). Nos ha dejado una extraordinaria regla en su interpretación del sentido de los textos bíblicos: «No saliendo de lo que tiene la Iglesia y los santos, que para esto primero lo examinarán los letrados que lo entienden (…), y no yendo por curiosidad (…), sino tomando lo que su Majestad nos diere a entender, tengo por cierto que no le pesa que nos consolemos y deleitemos en sus palabras» (Conceptos del amor de Dios, 1,8). ¡Qué gran enseñanza de esta discípula de la Palabra! Hay que leer la Biblia en la Iglesia y con la Iglesia, en comunión con todos nuestros hermanos y hermanas en la fe, pues no es la Biblia la que dio origen a la Iglesia, sino la Iglesia la que originó por inspiración del Espíritu Santo la Biblia. Y no por curiosidad o por afán intelectual, sino dispuestos a acoger amorosamente «lo que su Majestad no diere a entender». Esto es leer la Biblia como discípulos.

Lectura global de la Escritura

En una ocasión, teniendo en cuenta que muchos, molestos porque una monja de clausura recorriera grandes distancias de la geografía española fundando conventos y escribiendo libros, le recordaban las palabras de San Pablo, de que las mujeres callaran en la Iglesis (cf. 1 Cor 14,34) tuvo una experiencia mística que le abrió el acceso a uno de los principios hermenéuticos fundamentales para una recta lectura de la Biblia:

«Parecíame a mí que, pues San Pablo dice del encerramiento de las mujeres –que me han dicho poco ha y aun antes lo había oído–, que ésta sería la voluntad de Dios. Díjome (el Señor): “Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos» (Relación, 19).

Santa Teresa se adelantó al Concilio Vaticano II enseñándonos que la verdad total de Dios está no en un versículo aislado o en una determinada frase o libro de la Biblia, sino en su totalidad. Sola la totalidad de la Biblia revela el proyecto de Dios, la verdad de Dios. La unidad de la Escritura se basa en tres principios: el principio cristológico, pues todo es revelación de Cristo y debe llevar a Cristo; el principio de totalidad, pues sólo en la totalidad de la Biblia se conoce la verdad de Dios, y el principio de progresividad, pues la verdad de Dios se ha ido revelando progresivamente, desde estadios muy arcaicos e imperfectos hasta la plenitud y perfección del Evangelio.

 

Conclusión

Con lo dicho, por más que sea sumariamente, es suficiente para demostrar la fuente de inspiración que la Biblia ha supuesto para Santa Teresea y señal evidente del amor y veneración que ella sentía por la misma. Así como la fe, sencilla y honda, que presta a todas las palabras de la Escritura. Quedémonos con un último consejo y principio de interpretación teresiano para acercarnos a la Palabra de Dios con corazón de discípulos, que saben que nunca podrán poseer totalmente la Palabra y que la lectura y comprensión de la misma requiere un camino perseverante y humilde, hecho de inteligencia y de fe: Decía con gran sabiduría a sus monjas Santa Teresa: «Jamás en cosa que no entendáis de la Escritura, ni de los misterios de nuestra fe, os detengáis más, ni os espantéis» (cf. Conceptos del amor de Dios 1,7).

 

AUTOR: Mons. Silvio José Báez, OCD

TOMADO DE: http://www.paravosnaci.com

 

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