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Santa Maria Magdalena de PazziMagdalena presintió claramente que había llegado el momento en el que Dios, como se lo había anunciado muchas veces, quería quitarle la fruición sensible de su presencia. De esta manera empezaron cinco durísimos años de tentaciones y de tormentos, como si hubiera sido...

 


 

Catalina, la segunda de los cuatro hijos de Camilo de Pazzi y de María Buondelmonti, nació en Florencia el 2 de abril de 1566. En el acomodado ambiente de esta noble familia, donde espontáneamente era llamada Lucrecia como la abuela paterna, la pequeña crecía tranquilamente en conformidad con el tren de vida de su condición, y su corazón se iba abriendo con simplicidad a la presencia de Dios y a las mociones del Espíritu; guiada por una gran compasión entregaba su merienda a los necesitados, acercándose con amabilidad a los niños pobres para enseñarles los primeros pasos de la fe. La profunda piedad de su madre y el trato con los padres jesuitas que la familia mantenía con regularidad, contribuyeron a imprimir en el alma de Catalina aquel “sensus ecclesiae” que tanto interpeló a su conciencia de creyente.

Cuando tenía ocho años, fue confiada a las monjas de San Giovannino para su formación. Las religiosas, a las que no se les escapaba el talante contemplativo de la niña, la prepararon para la Primera Comunión; pocas semanas después Catalina estaba suficientemente madura para ofrecer a Dios su virginidad. Cuando tenía diez años, sin necesitar ya depender de su madre para percibir el “perfume” de Jesús, se dedicó con ardor a la meditación de la humanidad de Jesús. Se aficiona a la lectura y sumerge en el símbolo de San Atanasio, quedando profundamente cautivada; aprecia igualmente las meditaciones de San Agustín y la Pasión del Señor de Loarte, lectura que le fue aconsejada por el jesuita P. Andrea Rossi, que seguía su proceso espiritual.

Aún no tenía diecisiete años cuando manifestó abiertamente su deseo de consagrarse a Dios en la vida religiosa. Tras superar la oposición inicial de los suyos, ingresó en el vecino monasterio de Borgo San Frediano entre las carmelitas de Santa María de los Ángeles, que la acogieron con gozo y la admitieron como postulante el 8 de diciembre de 1582. Esta comunidad, muy conocida y apreciada por el obispo de Florencia, atrajo de manera especial a la joven por la posibilidad de recibir la comunión eucarística cada día.

El 30 de enero de 1853, dos meses después de ingresar en el monasterio, Caterina recibió el hábito carmelitano adoptando en nombre de María Magdalena. Acabado el año de noviciado, le fue retrasada la profesión dando tiempo a que estuviese preparada también otra novicia. Pero María Magdalena enfermó gravemente y en un tiempo de tres meses, estuvo casi al final de sus días. Se tenían serias dudas sobre su restablecimiento ya que los mejores médicos de la ciudad diagnosticaron sin titubeo la enfermedad identificada hoy como tuberculosis pulmonar; por eso, la priora decidió que emitiese los votos in articulo mortis.

Aproximadamente una hora después de la profesión Magdalena vivió una profunda experiencia de arrebato en Dios, como testificaron las hermanas que, al ir a visitarla a la enfermería, encontraron a la enferma de dieciocho años completamente transfigurada en toda su belleza. A partir de esta fecha -27 de mayo de 1584, domingo de la Santísima Trinidad-, y durante cuarenta días, el Señor la visitaba cada mañana revelándole las insondables profundidades de su amor. Estos frecuentes episodios acarreaban mucha incomodidad a la joven, que deseaba llevar su vida en el Carmelo de manera escondida, pero era evidente que tanta gracia había de ser registrada y custodiada de alguna manera; por eso, desde el principio, las hermanas anotaron cuanto pronunciaba la boca de Magdalena durante los éxtasis y todo lo que ella debía explicar por obediencia a la maestra y a la priora.

En cuanto es posible expresar con palabras, la intensidad de estas experiencias se unía a la dolorosa percepción de la ingratitud humana ante el insuperable don de Dios, el Amor no amado; así lo atestigua la trascripción del manuscrito I Cuarenta días, donde se relatan los testimonios de su aventura mística.
A finales de aquel mismo año, vivió un nuevo período de favores divinos en los que Jesús, el Verbo hecho hombre, la recrea con intensas conversaciones (recogidas en los Coloquios) que revelan progresivamente las implicaciones esponsales de Magdalena en los sentimientos de Cristo. En uno de estos éxtasis, coincidiendo con la semana santa de 1585, Jesús le concede participar en su pasión y muerte: la impresión de los estigmas en el alma, la coronación de espinas, la crucifixión, cada escena evangélica se representa de manera viva en aquel frágil cuerpo atormentado. Finalmente, el domingo in Albis recibe Magdalena de su esposo el anillo del místico desposorio.

En el manuscrito Revelaciones e Inteligencias, las hermanas reproducen fielmente la perseverancia de la gracia de Dios, que, durante los días que van de la vigilia de Pentecostés al domingo de la Santísima Trinidad, conduce a Magdalena a la revelación de las profundidades de la vida trinitaria. Le fue comunicado cuanto acontece entre las divinas Personas y cómo el hombre puede llevar a término su vocación sobrenatural al permitir que actúe en él este misterio que lo habita. Para comprender esto, el punto central es la misión salvífica del Verbo, Amor hecho carne en el seno purísimo de María, así como la intuición del amor muerto como expresión máxima del don último.

El último día de esta intensa octava de Pentecostés, Magdalena presintió claramente que había llegado el momento en el que Dios, como se lo había anunciado muchas veces, quería quitarle la fruición sensible de su presencia. De esta manera empezaron cinco durísimos años de tentaciones y de tormentos, como si hubiera sido lanzada a una “fosa de leones” y hasta ser reducida a la “nada”. En estas pruebas interiores -descritas en la Prueba- Jesús la sostiene, pero sin ahorrarle la purificación radical que la despoja y la hace sumamente humilde y receptiva a sus visitas. En la intensidad de este crisol Magdalena recibe también luces sobrenaturales sobre la situación de la Iglesia de su tiempo -tan reacia a cumplir la renovación deseada por el Concilio de Trento- sintiéndose interiormente “obligada por la dulce Verdad” a implicarse de manera fáctica a reclamar a prelados, cardenales e incluso al Papa Sixto V el ejercicio de sus responsabilidades. Las doce cartas dictadas durante los éxtasis del verano de 1586 se encuentran en el manuscrito Renovación de la Iglesia. Los cinco años de prueba modelan una Magdalena del todo transformada; el Señor le hizo recorrer un itinerario de divinización, del cual, sin duda, puede ser considerada hoy maestra y guía.

Finalmente, después de la fiesta de Pentecostés de 1590, le fue concedido entrar en la monotonía de la vida cotidiana, como siempre deseó. Salvo pocos aunque importantes episodios extáticos (recogidos en la segunda parte de la Prueba), sus días trascurrían entre las tareas asignadas (por su madurez espiritual se le confiaron las jóvenes en período de formación) y los servicios más humildes, que ella misma se procuraba. Mientras tanto, se afianzaba en su espíritu la experiencia de aquel “desnudo padecer” que la uniría definitivamente al Esposo crucificado.

Los síntomas de la tuberculosis aparecieron con mayor evidencia durante el año 1603. La progresiva pérdida de fuerzas no hallaba soporte ni siquiera en el consuelo sensible de la proximidad de Dios: su mera presencia en la comunidad pasó a ser a la vista de las hermanas la viva representación de una obra maestra ya acabada. A las tres de la tarde del viernes 25 de mayo de 1607, Sor María Magdalena entregó su espíritu, a los 41 años de edad.

AUTOR:  Hna. Mariana di Caprio, O.Carm.

 

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