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Virgen del Carmen 121-100x100Hemos de considerar como Maestros Espirituales a todos aquellos venerables varones que desde el principio de la Orden trataron de plasmar en enseñanzas cuanto ellos vivieron y que intentaron transmitir no sin un cierto sentido profético...

 


 

MAESTROS ESPIRITUALES, TESTIGOS Y FUNDADORES

I. MAESTROS ESPIRITUALES

INTRODUCCIÓN

Hemos de considerar como Maestros Espirituales a todos aquellos venerables varones que desde el principio de la Orden trataron de plasmar en enseñanzas cuanto ellos vivieron y que intentaron transmitir no sin un cierto sentido profético. Por su mismo origen la Orden del Carmen nos ha llegado envuelta entre la leyenda y la realidad a través de una fuerte tradición como precioso legado, lecciones de historia unas como hechos constatados y vivencias de grandes figuras otras que fueron forjando una recia espiritualidad, la del Carmelo, hoy consagrada en la Iglesia universal. En este magisterio también la mujer llegará a ocupar con honor un lugar destacado.

Habría que comenzar, sin duda, por San Alberto de Jerusalén cuyo papel no fue el de un mero legislador de la Orden sino que en cierto sentido fue su verdadero fundador; su recia personalidad y su propia vivencia quedaron sin duda plasmadas en los grandes valores y principios dictados en aquella formula vitæ por los que se habían de regir los primitivos eremitas del Carmelo[1]. Aquellos monjes no se preocuparon ni mucho ni poco en que de sus vidas quedara constancia; simplemente se limitaron a vivir a tenor de unos ideales que se habían forjado en un lugar y en circunstancias concretas, las del Monte Carmelo, pero que hubieron de trasladar muy lejos del lugar en donde habían surgido. Las diversas refundaciones de que ha sido objeto a lo largo de la historia ha originado que el Carmelo haya siempre reemprendido altos vuelos de constante renovación, siempre orientados hacia sus fuentes de origen, pero sin las trabas de los hechos formales de una fundación canónica.

Nuestros primitivos escritores, hijos ya de la nueva cultura de Europa forjada en las universidades del medioevo, tuvieron clara conciencia de que se había de dejar constancia de su lejano origen y de su identidad en cuya búsqueda se ocuparon, siguiendo una vieja tradición rayana en la leyenda. De ahí el gran valor de aquellos primeros escritos, semilla arrojada en el surco del tiempo que más tarde se recogerá en una espléndida cosecha de realidades. Por tanto, nada de extraño tiene que la mayor parte de los temas a los que nuestros primitivos escritores dedicaron su máxima atención fueran los del origen eliano-mariano de la Orden, partiendo de unos simples datos expresados en la Regla, el de la fuente y el del oratorio, con la única declaración que sobre su identidad habían hecho los propios Carmelitas en la Rubrica prima de las Constituciones de 1281.

Esta famosa Rúbrica le servirá de base a Juan de Bacontorph (†1346) para su De inceptione Ordinis beatæ Mariæ Virginis de Monte Carmelo y su Speculum de institutione Ordinis; otro Speculum o Tractatus escribirá su contemporáneo Juan de Chimeneto mientras que Juan de Hildesheim defenderá a capa y espada en su Dialogus (1370) la tradición carmelita sobre su espíritu mariano y su origen profético. De la misma época son Bernardo Oller y Felipe Ribot, gran recopilador de estos escritos con los que formó su libro De institutione (1370) cuyos ecos le habrían de llegar hasta la propia Santa Teresa. Es a partir de la segunda mitad del siglo XV cuando aparecen los grandes escritores carmelitas cuyas obras se divulgan prodigiosamente gracias al nuevo milagro de la invención de la imprenta. Y el Renacimiento. Bajo los nuevos parámetros del Humanismo y el prisma de una cultura lúcida, el Carmelo entrará por la puerta grande y con honor en la Historia gracias a nuestros clásicos maestros a los que todos nosotros, Carmelitas de hoy, les somos deudores.

 


1. BEATO JUAN SORETH (1394-1471)

1.1. El Santo General Reformador

Nace Soreth en 1394 en Caen, Normandía (Francia), e ingresa en la Orden del Carmen en el convento de su ciudad natal; fue ordenado de sacerdote en 1417. En la Universidad de París obtuvo el doctorado en teología (1438) y durante años fue regente de estudios y desde 1440 estuvo al frente de la Provincia de Francia. En el Capítulo General de 1431 resultó electo como supremo mandatario de la Orden. Inmediatamente emprende una espectacular carrera visitando las provincias más necesitadas de orden y de reforma. En el Capítulo de Colonia de 1452 Soreth recibe oficialmente a las beatas de «Ten Elsen» en Guelders como religiosas carmelitas, acogidas a la Orden, aunque ya estaban con anterioridad bajo la dirección espiritual de los carmelitas, un hecho histórico en la fundación de las monjas.

«El beato Juan Soreth fue uno de esos hombres del siglo XV en el que estuvo siempre vivo el sentimiento de cambio y renovación de la Iglesia y se preocupó de hacer cuanto pudo para conseguirlo. Fue también uno de los grandes priores generales de la Orden», escribe el P. Smet. Nuestro ilustre historiador le dedica en su obra Los Carmelitas un interesantísimo capítulo, enmarcándole en el borrascoso ambiente que le correspondió vivir, secuelas del Cisma de Occidente y de la Peste Negra, con los intentos de reformas secesionistas, su obra renovadora y su intervención directa y providencial en la fundación de las monjas carmelitas[2].

«Durante los veinte años [de su generalato, 1450-1471] este religioso normando logró revigorizar la Orden, la acrecentó, sembró en ella la buena semilla de la reforma y le dio tal impulso que le capacitó para acoger los fermentos de renovación espiritual típicos del paso del medioevo a la edad moderna», escribe Grosso[3]. Soreth emprendió un serio movimiento de reforma provincia por provincia y, a través de ellas, a toda la Orden. En esta obra es interesante observar el gran realismo de Soreth quien no trató en absoluto de retornar a la mítica imagen del Carmelo, sino que se apoyó en la legislación de la Orden tal como se había venido consolidando a través del tiempo, haciendo una relectura de la misma, jurídica y teológicamente según las interpretaciones de la época.

Murió en Angers el 25 de julio de 1471; el beato Bautista Mantuano le dedicaría un bello poema elegíaco. No fue beatificado hasta 1866, por Pío IX. Se le representa iconográficamente con un copón en la mano, recordando el hecho heroico de recoger las sagradas formas esparcidas por el suelo durante la devastación de Lieja por Carlos el Temerario, duque de Borgoña, a la vez que manifiesta el gran amor que profesó a Jesús en la Eucaristía.

1.2. La obra y enseñanzas de Juan Soreth

«El ideal de reforma concebido por el general carmelita no le hacía comportarse como un obtuso intransigente, incapaz de valorar los problemas, condiciones y situaciones nuevas: es muy significativo el hecho de mantener y difundir la “mitigación” de la Regla obtenida en 1435 por su predecesor Faci. Se trataba de una adaptación a las diversas condiciones de vida de los frailes, de la Iglesia y de la misma sociedad bastante distintas de aquellas del siglo XIII, y aún más, de aquellas en las que había nacido la Orden y escrito la Regla… La obra de Soreth respecto a las monjas y a los laicos que deseaban seguir la espiritualidad carmelitana, si bien a primera vista aparece como una simple aplicación, y con retraso, de las estructuras típicas de las otras órdenes mendicantes, sin embargo se puede y se debe hacer una relectura justo desde la perspectiva de la acogida de nuevas modalidades de la vida y de la espiritualidad carmelitana, cargadas de una potencialidad que el tiempo se encargará de hacer germinar y florecer»[4].

«El beato Juan Soreth no redujo su actividad a promover su observancia. Trató también de fomentar entre los conventuales la fidelidad a la forma de vida que estaban obligados a guardar. Era implacable en eliminar los abusos. Exigía a los que poseían beneficios a renunciar a ellos y volver al convento o dejar el hábito». Hubo fraile que se le resistió y le hizo frente; las medidas eran duras, ciertamente, pero necesarias. Era cuestión de vida o muerte en la vida religiosa. Soreth obtuvo en 1459 poderes especiales de Pío II a fin de implantar la reforma, incluso so pena de cárcel y expulsión sin más contemplaciones. «Para mejor explicar su pensamiento compuso la Expositio parænetica in Regulam Carmelitarum, en la que se dan consejos paternales y exhortaciones cordiales, no para que se observe lo indispensable, sino para llegar a la perfección de la vida regular, al espíritu, todo ello empapado de su propia experiencia de vida, como religioso, como provincial y como general»[5].

La obra principal de Soreth fue la elaboración de las nuevas Constituciones que desde 1369 no habían sido revisadas. Las nuevas Constituciones fueron promulgadas en el Capítulo General de Bruselas de 1462, aprobadas en el de Aurillac de 1469 e impresas por vez primera en Venecia en 1499. Rasgos relevantes y nuevos en las Constituciones de Soreth fue la importancia de la formación, la necesidad de emplearse todos, clérigos y no clérigos, a trabajos útiles, y la obligatoriedad de las visitas periódicas de revisión. “ La ruina de la toda la Orden viene por el abandono de la vida regular”, se dice en el cap. 25.

El beato Tito Brandsma hizo un fino análisis de la teología espiritual de Soreth que extrae principalmente de su Expositio Parænetica, remontándose incluso a sus posibles fuentes; con sensibilidad de místico, el trabajo del beato Tito no tiene precio[6].
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2. ARNOLDO BOSTIO (1445-1499)

2.1. Tradición y Renacimiento

«Guillermo de Terranova, biógrafo del beato Juan Soreth, no duda en afirmar que uno de los frutos más maduros y exquisitos de la reforma emprendida por aquel celoso Prior General fue un grupo de carmelitas belgas que sobresalieron por su gran virtud, humanismo, sabiduría y elocuencia en la segunda mitad del siglo XV. Y no vacila en añadir que entre todos ellos sobresale Arnoldo Bostio, religioso profeso del convento de Gante donde, como él mismo afirma, tomó el hábito de la Orden y en el que tuvo la alegría de servir durante años a la excelsa Madre de Dios»[7].

“Doy gracias a Dios y a la Bienaventurada Virgen, porque nuestra Orden, que parecía haber caído en un profundo sopor, se ha despertado en estos momentos en que el mundo está tocando a su fin”, escribe a Arnoldo Bostio el P. Matías Emich, prior de Tréveris, en 1475. La mayoría de los frailes seguían recibiendo la formación escolástica tradicional. Sin embargo a los carmelitas del siglo XV el espíritu renacentista les iba a calar profundamente. El mayor humanista que surgió en Italia fue el beato Bautista Mantuano quien terminó siendo General de toda la Orden[8].

Sin embargo el más acabado humanista que tuvo la Orden en el Norte de Europa fue sin duda Arnoldo Bostio. Zimmerman lo llama «el eje del movimiento humanista de la Orden” y señala los años de 1475-1525 como la Era de Bostio[9]. La admiración humanista del joven Bostio por las cosas antiguas se concretó en un entusiasta interés por el pasado de la Orden. En 1475 compuso De illustribus viris con el fin de que los carmelitas «se animaran a practicar la virtud ante los ejemplos de nuestros Padre». Compartió su interés con Bautista Mantuano de quien probablemente llegó a conocer su De beata vita y lo animó a seguir en sus aficiones. «Alabo vuestro ardor y diligencia, mi querido hermano Arnoldo –le escribe el Mantuano–. Con la luz de vuestra lámpara mostrais a otros, situados en las sombras de la ignorancia, las cosas buenas que deberían inspirarles y les exhortáis a dejar de ser niños»[10].

2.2. Su obra y su doctrina

Hasta entonces en la Orden se había seguido una antigua y fuerte tradición forjada más con el corazón y el sentimiento que como fruto de una seria y crítica investigación dado que apenas si existían documentos. La mayor parte de los temas a los que nuestros primitivo escritores dedicaron su máxima atención fueron los del origen de la Orden y su marianismo, como ya antes se dijo. Tres son sus obras más importantes: el Breviloquium Tripartitum, el Speculum historiale y el tratado mariano De patronatu et patrocinio Beatæ Mariæ Virginis in dicatum sibi Carmeli Ordinem, su obra principal escrita en 1479. Defendió con calor la Inmaculada Concepción en cuya defensa escribió un tratado hoy perdido contra el dominico Vicente Bandelli.

El De Patronatu es del año 1479. Se cuenta que en cierta ocasión, estando en el convento de Gante, alguien rogó al prior que le pidiera al subprior P. Arnoldo, amigo personal desde la infancia y compañeros de noviciado, describiera de qué modo la Virgen había ejercido su patronato sobre la Orden. Y así lo hizo el P. Adrián van Echout. Y cuenta el mismo Bostio que nunca había hecho un acto de obediencia que más le complaciera puesto que tan fácil le resultaba[11]. De este modo nació la obra. Sus principales fuentes son el libro De institutione de Ribot, la crónica de Guillermo de Sanvico, la Ignea Sagitta de Nicolás Gálico, Juan de Hildesheim y Baconthorp, principalmente, con referencias explícitas a Hornby, Gerardo de Bolonia, Guido de Perpignan, Miguel Aiguani, el Waldense, y a los dos santos carmelitas contemporáneos suyos: Juan Soreth y Bautista Mantuano. Cita también a unos treinta autores subsidiarios ajenos a la Orden para ciertos temas doctrinales.

El libro De Patronatu vio la luz en 1479 y se fundamenta en la idea central de que la Orden no fue fundada desde abajo por obra humana, sino desde arriba, de la mano materna de María. Desde sus mismos orígenes el Carmelo no tiene sentido si no es contemplado desde el punto de vista como familia de María. Los Carmelitas no han venerado nunca a ningún fundador como los demás religiosos. «Desde el principio y a lo largo de los siglos la Virgen ha considerado siempre a los habitantes del Carmelo como especiales hijos suyos, mostrándose con ellos amorosa y reamada. María, cuya cabeza es como el Carmelo, la “Belleza del Carmelo” Ella misma, no podía hacer otra cosa que amar a la Orden, cultivarla y regarla». “María es la que le ha dado las leyes a Elías; es la legisladora de todo el Carmelo por el cual es llamada, con justo título, principal Fundadora”[12]. En Bostio no se puede hacer distinción entre el poeta, el teólogo y el carmelita, triple condición que van siempre unidas, decía el abad Tritemio[13].
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3. BEATO BAUTISTA MANTUANO (1447-1516)

3.1. Un modelo de santidad

Nace nuestro bienaventurado en Mantua el 17 de abril de 1447, hijo de Pedro Modover, de origen español (cordobés); de ahí el sobrenombre de Spagnoli con el que es conocido. En 1463 decide entrar en religión con sorpresa del mundo intelectual en el que ya tan joven y tan brillantemente se movía; para justificar su resolución ante su padre escribió De vita beata, de estilo ciceroniano. Entró en la Congregación de Mantua en Ferrara. «Era prior de aquel convento el bachiller P. Pedro de Vapingo y maestro de novicios el venerable Bartolomé Fanti, religioso distinguidísimo tanto por la nobleza de sangre cuanto por su santidad de vida. Bajo tal maestro nuestro novicio es fácil imaginar cuánto habría de avanzar en la perfección de la vida religiosa»[14]. Hizo su profesión religiosa en 1464 y estudió en la Universidad de Bolonia, consiguiendo el grado de bachiller en teología en 1469 y de maestro en 1475.

“Sus dotes excepcionales la ganaron muy pronto la estima y la confianza de sus superiores. Ya en el año 1466, cuando aún no contaba veinte años, recibió el encargo de pronunciar el difícil discurso en el Capítulo de Brescia”. Fue nombrado prior de Parma en 1471 y de Mantua en 1479. En 1483 es elegido Vicario General de la congregación y en 1513 Prior General de toda la Orden[15]. Su genio literario lo empleó en servicio de la Iglesia y del Carmelo sobre el cual escribió su «Apologia pro Ordine Carmelitarum». Participó en el Concilio de Letrán en 1513. Sensible a los problemas de su tiempo, escribió su Obiurgatio cum exhortatione ad capiendam arma contra infideles, ad reges et principes cristianos” El mismo papa León X le encomendó una misión de paz entre el rey de Francia y el Duque de Milán. Dedicó poemas a la Italia en paz (Pro pacata Italia post bellum ferrariense), y contra la alborotada Roma (In Romam bellis tumultuantem), sobre las calamidades de los tiempos… y de tantas otros temas que, pese a ser un contemplativo retirado del mundo, o tal vez por eso, no vivía ajeno a cuanto acaecía a su alrededor. Murió el 15 de marzo de 1516.

3.2. “El Virgilio cristiano”

«La amistad que le unió a Juan Pico de la Mirándola, Pomponio Leto, Giovanni Pontano, Felipe Beroaldo, Juan Sabbadino degli Arienti, Andrés Mantegna y a otros insignes personajes de la época, es una prueba de su alto prestigio en el mundo de la cultura. Fue uno de los más célebres personajes del movimiento humanista, especialmente por su obra Bucolica seu adolescentia in decem æglogas divisa (Bucólica o adolescencia dividida en diez églogas), de la que se cuentan cerca de 150 ediciones –más de cien sólo en el siglo XVI–, razón por la cual sus contemporáneos, incluido Erasmo de Rotterdam, le proclamaron “el Virgilio Cristiano”». Su obra poética llegó a ser conocida hasta por el mismo Shakespeare quien incluye algunos de sus versos en su obra Love's Labour's Lost; influyó en la literatura inglesa en autores tales como Alexander Barclay, Edmund Spenser y John Milton. «Algunas de sus frases particularmente severas indujeron al mismo Lutero a apoyarse en su autoridad, para tomar posición contra Roma… [e] y los protestantes llegaron a considerar al camelita como precursor del reformador alemán"[16].

De su tiernísimo amor a la Virgen, más aun que de su numen poético y de su inteligencia, le brotaron los versos de sus varias odas marianas y de su famoso poema en tres libros, la Parthenice Mariana (Cantos a María), de rápida difusión en toda Europa. ¿Influyó en la poesía de san Juan de la Cruz? Así lo piensa José Vicente Rodríguez y algún que otro autor español, puesto que en su formación humanística, tanto la recibida de los jesuitas en Medina del Campo como en su propia Orden, se manejaban sus textos, especialmente la Parthenice Mariana. «Este y otros libros del humanista carmelita, monstruo de fecundidad en versos latinos sobre toda clase de materias, los pudo conocer Juan de la Cruz no sólo en Medina del Campo, sino también en Salamanca, Alcalá, Baeza y otras partes, pues estaban divulgadísimos y eran muy estudiados y glosados»[17].

En nuestros tiempos modernos se ha recuperado en gran parte la figura del Mantuano desde que Burckhart le considerara como «el precursor de la poesía del género de Bassano, y que el célebre profesor de la Universidad de Roma le llamara «el Beato Angélico de la poesía». El Mantuano fue un humanista cristiano, un apóstol del bien. «Sólo desde este punto de vista cobra la fuerza y el coraje para meter mano a las plagas vivas de la sociedad de su tiempo. Ya había denunciado en su "De Calamitatibus Temporum" y con intrépida crudeza, los siete vicios capitales que habían infestado al mundo. El Mantuano armoniza su poesía con su vida limpia y sus ideales de reforma; no es que sobreviva al medioevo cristiano… […]: se encuentra toda el ansia y el ardor del Viejo Tesbita resucitados en el latín de Virgilio”[18]

“No es fácil reducir a unos cuantos trazos la figura poliédrica espiritual del Mantuano”, confiesa el P. Saggi. «Fue un humanista cristiano de primerísimo orden, fue un celoso reformador de las costumbres de su tiempo y fue un santo que vivió en plenitud su vocación religiosa. Como humanista demostró que era posible unir la cultura y el amor por lo bello con la virtud… El celo por la reforma de la Iglesia está patente en muchísimos de sus escritos». «Pero su espiritualidad no sería comprendida del todo sin tener en cuenta el afecto totalmente filial que siempre tuvo por la Orden y por su Patrona. De su Orden proclamó las glorias, aprovechando cualquier ocasión que tuviera para exaltarla y defenderla… Especialmente querido le era el mismo título de su Orden, Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmelo; ello le hacía recordar no sólo la gloriosa historia carmelitana sino la íntima razón de existir»[19].

 

4. SANTA TERESA DE JESÚS (1515-1582)

4.1. Trayectoria de una vida

Nace en Ávila el 28 de marzo de 1515 en el seno de una familia cristiana, “cristianos nuevos” por la rama paterna, como es bien sabido. De las dos esposas que tuvo D. Alonso Sánchez de Cepeda le nacieron doce hijos, nueve varones y tres hembras, de todos los cuales fue Teresa, según propia confesión, “la más querida de mi padre” (V 1,4). Desde los seis años Teresa ya sabe leer, algo infrecuente en los niños de su tiempo, y se aficiona a las novelas de caballería, todo un mundo de proezas que quedará impreso en su imaginación infantil, lo mismo que le influirá y no poco la lectura del Flos Sanctorum que se hacía en casa.

Muere su madre muy joven, cuando Teresa caminaba ya hacia los 14 años. Los devaneos y pasatiempos propios de esta edad con jovencitos que al padre no le terminaban de agradar motivaron el que D. Alonso la internara con las Madres Agustinas de Ávila. En este sacro recinto y la excelente amistad que traba con la monja Briceño le hacen devolver los fervores y contentos perdidos a la vez que siente los primeros impulsos vocacionales. Las Cartas de S. Jerónimo y otras lecturas piadosas la determinan a entrar en religión. Y así lo hace. Un día se va de casa y muy de madrugada ingresa en el monasterio de las Carmelitas de la Encarnación. Era el Día de Animas, 2 de noviembre de 1535. “En tomando el hábito, luego me dio el Señor a entender cómo favorece a los que se hacen fuerza para servirle”. (V 4, 2-3).

Muy en serio se tomó Teresa la vida ascética propia de la religión hasta el punto de caer gravemente enferma; durante una larga y dolorosa convalecencia sufrió su reconversión con la lectura de los Moralia de san Gregorio y el Tercer Abecedario del franciscano Francisco de Osuna, libros que la inspiraron para trazar un verdadero programa de vida interior en la que inicia una escalada gigantesca. Ya cerca de los cuarenta años sufre la de Ávila una profunda crisis de madurez humana y espiritual, dura batalla que ha de librar en solitario al plantearse su total coherencia en la vida religiosa: o todo o nada. Dos acontecimientos hacen que su vida espiritual cambie radicalmente de rumbo: la imagen de un “Cristo muy llagado” y la lectura de las Confesiones de San Agustín. (V 9, 1-8). Comienza una serie de experiencias místicas en torno a la humanidad de Cristo que ella misma nos cuenta en Vida, capítulos 10-22.

4.2. Magisterio teresiano

Santa Teresa no elaboró un sistema de pensamiento como lo hiciera San Juan de la Cruz sencillamente porque carecía de aquella formación académica y escolástica que les estaba vedada a las mujeres de su tiempo. Sin embargo, dado su conocimiento que sobre la Orden poseía, sí podemos afirmar que Teresa fue la primera mujer en el Carmelo que supo hacer una interpretación personal del carisma carmelitano y bajo su punto de vista femenino en un momento en el que la carmelita estaba buscando el propio lugar que en la Orden le correspondía. El P. Rubeo no sólo aprobó su modo de proceder sino que «querría fundase tantos monesterios como pelos tenía en la cabeza», según ella misma testifica. De ahí la importancia de su magisterio, especialmente para las monjas.

Se sabe que durante su período de preparación y adoctrinamiento en la vida religioso-carmelitana la Maestra de Novicias debía instruirla “en las cosas de la Orden” de cuyos principios le vendrían luego el recuerdo y la nostalgia que tanto habrían de influir en su vida. En su mente era una constante la memoria de “aquellos santos Padres nuestros del Monte Carmelo” (5M 1, 2), así como el de su Fundadora, Madre y Patrona la Virgen Santa María, “cuyo hábito traemos, que es confusión nombrarnos monjas suyas” (C 13, 3). Las mil y una alusiones que hace en sus escritos a los orígenes proféticos, marianos y eremíticos de la Orden nos confirman en la idea de que conocía el famoso libro De la Institución de los Primeros Monjes.

Siempre fue muy amiga de los libros y no por mera curiosidad; ella lee para vivir y busca en los tratados espirituales la solución a sus problemas que nunca encuentra, llegando a la conclusión de que, desgraciadamente, no le sirven de nada. O de muy poco, según ella misma deja traslucir. Cuando en 1559 la Inquisición prohíbe la lectura de los libros sacros en lengua vernácula, oye que el Señor le dice: “No tengas pena, que yo te daré libro vivo”. “Su Majestad ha sido el libro verdadero a donde he visto las verdades. Bendito sea tal libro, que deja imprimido lo que se ha de leer, y hacer de manera, que no se puede olvidar”(V 26, 6).

a) La humanidad de Cristo

Nuestra insigne Maestra habrá de tropezar y muy lamentablemente con un arduo problema que los espirituales de entonces no terminaban de resolver y al que Teresa, tras caer en el error más grave de su vida, según ella misma nos cuenta, reaccionará impulsada por una intuición cristológica prodigiosa y dará una respuesta clara y concluyente: sin el apoyo de Cristo y su humanidad –vida, debilidades, pasión, misterios… –, la vida cristiana será absolutamente imposible. Cristo no sólo es modelo a imitar, sino persona para seguir. Seguirlo no sólo desde un punto de vista psicológico, sino como misterio que se ha instalado en el interior de la misma vida cristiana. Por el símil del gusano de seda y su metamorfosis en mariposa, Teresa explica cómo el alma muere a sí misma y se transforma en Cristo para vivir definitivamente en la divinidad. (5M 2,4).

Cristo-Hombre o la condición humana de Dios fue el revolucionario hallazgo de Teresa a lo largo y ancho de su vida espiritual, clave de interpretación de su doctrina y tesis fuerte de su magisterio. «Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán, que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir; es ayuda y da esfuerzo. Nunca falta; es amigo verdadero. Y veo yo claro –y he visto después– que para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta Humanidad Sacratísima, en quien Su Majestad se deleita (Mt 3,17). Muy muchas veces lo he visto por experiencia; hámelo dicho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar si queremos nos muestre la soberana majestad grandes secretos». Y concluye esta su radical convicción exhortando al P. García de Toledo: “Así que vuestra merced, señor, no quiera otro camino, aunque esté en la cumbre de contemplación. Por aquí va seguro». (V 22,6-7).

b) Oración, “historia de amistad”

Una de las aplicaciones de esta doctrina cristólogica de la humanidad de Cristo será la vida de oración como relación con Él. Para Teresa la oración es el centro de la relación religiosa y teologal entre el hombre y Dios; es el punto nuclear de toda su pedagogía. Oración, según la definición tradicional, “en levantar la mente a Dios y pedirle mercedes, o aquellas cosas que nos convienen”. Santa Teresa, más que definir la oración, nos describe la actitud del orante: “que no es otra cosa oración mental, a mi parecer, sino tratar de amistad, estando muchas veces tratando a solas con quien sabemos nos ama” (V 8,5). Ese “tratar… tratando” revela la marcada intencionalidad de fundamentar la oración sobre la base del amor mutuo, el del amante amigo a la vez que el del Amigo que sabe le corresponde: “No está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho nos dice en otro lugar” (4 M 1,7). “Tratad con Él como con padre y como con hermano y como con señor y como con esposo” (C 28,3). «Mire que le mira». (V 13,22).

Es la gran lección teresiana. «Santa Teresa comprende la existencia cristiana como una cristificación y una antropologización. Antropologización quiere decir que el hombre sólo alcanza su auténtica altura cuando se decide a orientar de verdad su vida por los caminos del Evangelio. Teresa no comprenderá la realización humana al margen de Jesucristo. Al haberse concentrado en Cristo todo el misterio de Dios, el orante entra en comunión con éste cuando hace del Señor su único modelo». «Así se comienza a verificar el ascenso del ser humano hacia Dios. La ascética constituye el primer peldaño, que dejará al hombre abierto a nuevos influjos de la gracia, que lo ahonda y le proporciona nuevas capacidades. En seguida la mística hará acto de presencia; entonces el cristiano experimentará que Dios lo dirige y lo inunda gratuitamente»[20].

 

5. SAN JUAN DE LA CRUZ (1540-1591)

5.1. Perfil biográfico

“Este gran hombre nació en Fontiveros en 1450, donde creció y pasó su infancia”, escribe el P. José de Velasco, su primer biógrafo[21]. Era Fontiveros en aquel tiempo una pequeña aldea enclavada en la altiplanicie de Castilla la Vieja, lugar de connotaciones étnicas muy concretas denominado La Moraña. Pobres eran sus padres y pobre la tierra que le vio nacer. Muy pronto mueren el cabeza de familia, D. Gonzalo de Yepes, y Luis, el hermano más pequeño, por lo que se ve forzada a emigrar la reducida familia, compuesta por la madre viuda, Catalina Álvarez, su hijo mayor Francisco de Yepes, y Juanito. Huyen a Arévalo donde permanecen tres años, y en 1551 los Yepes se instalan definitivamente en Medina del Campo, ilustre ciudad comercial del medioevo, famosa por sus ferias.

Al pequeño Juan (sería de 11 años entonces), “fue inscrito en el Colegio de los Hijos de la Doctrina (huérfanos) y allí aprendió a leer y escribir”. Más tarde trabaja de sirviente en el Hospital de las Bubas a la vez que estudia con los jesuitas.”Pronto mostró su gran ingenio, puesto que en pocos años aprendió el latín y la retórica”[22]. A la hora de decidirse, el joven Juan «puso los ojos en la Orden del Carmen», declara su propio hermano. «Había sido siempre muy devoto de la Virgen nuestra Señora; movido su pecho y corazón de esta devoción, tomó el hábito de la Orden de Nuestra Señora la Virgen María del Monte Carmelo en el convento de Santa Ana de esta villa [de Medina]… Y en agradecimiento de la merced que [el Señor] le había hecho de hacerle digno de estar en la dicha Religión, debajo del amparo de su Santísima Madre, le compuso unas canciones en verso heroico en estilo pastoril»[23].

En 1564 llega fray Juan y sus compañeros de Castilla a estudiar a Salamanca, una de las más prestigiosas universidades del mundo de entonces, junto con las de Oxford, Bologna y la Sorbona de París. “Religioso y estudiante, religioso por delante”será el lema que allí impera, algo que fray Juan tomará muy en serio. Durante aquellos cuatro años de su estancia salmantina (1564-1568) su vocación religiosa sufrirá una profunda crisis, crisis de crecimiento y de madurez personal; como Santa Teresa, añora la dimensión eremítico-contemplativa de «aquellos santos Padres nuestros del Monte Carmelo» que la Orden ha debido aparcar en gran parte por su transformación en mendicantes religiosos. Serio problema. Tal vez la Cartuja fuera su lugar adecuado, perderse allí para siempre. Y parece resuelto a irse. (Años más tarde dirá que aquello fue tentación).

En 1567 canta su primera misa en Medina del Campo y se encuentra con Sta. Teresa; le cuenta sus proyectos de obtener del superior de la Orden licencia para monasterios contemplativos de frailes, a semejanza de sus religiosas; le gustaría contar con él, como ya el prior de Medina, fray Antonio de Heredia, le ha empeñado la palabra. El proyecto de carmelitas contemplativos cuaja. El prior general accede a la petición de la Madre Teresa y en unas famosas Patentes diseña Rossi un proyecto de frailes contemplativos y bajo qué condiciones. El día 28 de noviembre de 1568, primer domingo de Adviento, se inaugura Duruelo. Luego vendrán Mancera de Abajo, Pastrana, Alcalá… Y gentes extrañas que entran en la reformación y no con muy limpias intenciones. Pero eso ya es otra historia[24].

5.2. Obra y magisterio de Juan de la Cruz

Juan de la Cruz no intentó escribir ningún tratado de teología espiritual, ni tan siquiera de la espiritualidad específica y carismática de su Orden. Le preocupaba mucho más la esencialidad de la vida cristiana en la vida religiosa en general y de la contemplativa en concreto. Los cinco años que vivió como confesor y director espiritual en el monasterio de la Encarnación de Ávila sin duda le marcaron para siempre. Y es aquí, en Ávila, donde nació el escritor, el mistagogo; aquí se gestaron sus grandes obras, dando a las monjas soluciones personales y directrices de espiritualidad en billetitos privados y en consejos tras las rejas, sintetizando en símbolos y en poemas los grandes prodigios que obra Dios en las almas. Proseguirá su obra de místico y maestro hasta el fin de sus días.

Juan de la Cruz centra todos sus escritos en la vida teologal del contemplativo y en los problemas que de tal condición se pueda derivar; son innumerables las digresiones que se hallan en el desarrollo de un tema, rompiendo el hilo argumental de cuanto estaba tratando o ampliándolo al considerar que aquello es de suma importancia: “No podemos en esta materia ser tan breves como querríamos”, anota en alguna ocasión. (2S 18,1). También es de notar que cuando escribe, lo hace desde su condición de carmelita: ocho veces nombra a San Elías Profeta, Padre e inspirador del Carmelo, al que siempre llama “nuestro Padre”; el mismo tratamiento de “nuestro Padre” le da a Eliseo (2S 26,15). Y a los escaladores del místico Monte Carmelo es a quienes dedica su inacabado y gran proyecto magisterial.

        “En una noche oscura
        con ansias en amores inflamada
        ¡oh dichosa ventura!
        salí sin ser notada
        estando ya mi casa sosegada!"

Así comienza este prodigioso poema en ocho liras de cinco versos y que le sirve al poeta y místico para escribir su Subida del Monte Carmelo y la Noche Oscura del Alma, un díptico de una misma obra, según la intencionalidad del autor, y que dejaría sin terminar. Demasiados proyectos para un solo escrito: quiso unir el símbolo de Noche con el de Monte o Subida, conciliar estilos distintos (comentario poético-espiritual y tratado doctrinal en toda regla), un temario que se le va multiplicando en divisiones y subdivisiones como las ramas de un árbol que nunca acabara de crecer.

El sentido teologal o místico de la noche se aprecia mejor cuando se relaciona la doctrina sanjuanista con sus antecedentes bíblicos de la tradición patrística oriental en la que se inspira. En el Antiguo Testamento se hace referencia muchas veces a la visión de Moisés en la oscuridad, teofanía en la tiniebla. Los Padres han hecho hincapié en esta “teología negativa”, una manera de conocer muy superior a todos los demás conocimientos humanos; comunión por vía negativa. “Y de aquí es que la contemplación por la cual el entendimiento tiene más alta noticia de Dios llaman Teología Mística, que quiere decir sabiduría de Dios secreta; porque es secreta al mismo entendimiento que la recibe. Y por eso la llama San Dionisio [el Areopagita] rayo de tiniebla”. (2S, 8,6). Y este aspecto es de suma importancia.

«En esta noche oscura comienzan a entrar las almas cuando Dios las va sacando del estado de principiantes, que es de los que meditan en el camino espiritual, y las comienza a poner en el de los aprovechantes [proficientes], que es ya el de los contemplativos, para que pasando por aquí lleguen al estado de los perfectos, que es el de la divina unión del alma con Dios». (1N 1,1). A tenor de este texto podemos deducir que Juan de la Cruz entiende la contemplación como prolongación o coronamiento de la vida teologal. El meditar es un ejercicio discursivo, propio de los principiantes, mientras que el contemplar implica un estadio superior de la vida espiritual.

La meta ilusionada de Juan es la contemplación vivencial alta y pura, la que canta en sus tres grandes poemas y la que hubiera querido para su Carmelo retirado y solo, esa porción de carmelitas contemplativos que con tanta ensoñación iniciara en la humilde casita de Duruelo. «Una contemplación amorosa que es vida de amor silencioso y puro y que en sí mismo tiene un inmenso peso eclesial, apostólico… Viene a ser así un carisma y un ministerio especial en la Iglesia, que no es mejor ni peor que otros, que no significa más ni menos santidad en quienes lo viven, porque en definitiva es la caridad, el amor que haya en cada uno lo que da más o menos valor divino y transcendental al vivir cristiano»[25].”Porque…al final, para este amor hemos sido creados” (C 29, 3). Y aquí es donde se halla el principio doctrinal y programático de cuanto él creyó ser de su vocación esencial y cuanto quiso para los suyos en aquella modalidad del ser carmelitano que iniciara en 1568.
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6. SANTA Mª MAGDALENA DE PAZZIS (1566-1607)

6.1. Nota Biográfica

Nace en Florencia el 2 de abril de 1566 en el seno de la noble familia de los Pazzis; Catalina fue el nombre que recibió en la pila bautismal al día siguiente de su nacimiento. A los ocho años entra como educanda en el monasterio de San Giovannino de los Caballeros, confiada al cuidado de su tía materna, Sor Alejandra Buondelmonti; dos años más tarde recibe la primera comunión. El 19 de abril de 1676 hace voto de castidad. Fue tal su piedad y su vida de oración que ya, a la edad tan sólo de los doce años, tuvo su primer éxtasis en presencia de su propia madre. En la festividad de la Ascensión, 12 de mayo de 1580, estando aún como alumna interna en el monasterio de San Giovannino, fue objeto de un arrebato de amor con un profundo conocimiento de las grandezas de Dios y de su gracia.

Concluido su período de formación y vuelta al ámbito familiar, se sintió inclinada a la vida religiosa y solicitó de las carmelitas de Florencia poder convivir con ellas durante quince días, al cabo de los cuales pudo constatar que la Regla del Carmelo y su espíritu correspondían perfectamente a cuanto ella aspiraba. Su padre la hizo retratar antes de que su joven figura desapareciese tras las tocas y así su efigie formará parte de la galería familiar; la espléndida figura de Magdalena a sus 17 años quedó inmortalizada en un hermoso lienzo, obra del pintor Santi di Tito, que aún se conserva.

El día 1 de diciembre de 1582, justo a los dos meses de haber fallecido en España Santa Teresa, entra en el Carmelo de Florencia Magdalena de Pazzis como si la seráfica mística castellana le hiciera entrega a la extática florentina de la luminosa antorcha del relevo místico y renovador para el Carmelo italiano. Todo un símbolo. Cuando toma el hábito de carmelita e inicia su noviciado adoptará el nombre de María Magdalena, una santa muy querida siempre en la tradición carmelitana. Durante el noviciado experimentará otro arrebato de amor semejante al de 1580. Una extraña enfermedad la postra en el lecho en lamentable estado; apenas come ni duerme. Desahuciada de los médicos, las monjas deciden admitirla a la profesión, acto que se realiza el día de la Santísima Trinidad de 1584, postrada sobre una camilla que le acomodaron ante el altar de la Virgen. Trasladada a la enfermería monacal, desde ese momento se inicia un sorprendente período de éxtasis que duran dos, tres y más horas. Todo este ciclo es conocido como el de los Cuarenta Días durante los cuales recibió extraordinarias gracias místicas.

En mayo de 1595 pide al Señor el «desnudo padecer», petición atestiguada documentalmente, pero que Dios no se la concederá hasta nueve años más tarde. En 1598 se la nombra maestra de novicias y en 1604 es elegida en capítulo subpriora, pese a su repugnancia a admitir cargos. El 24 de junio de ese mismo año comienza el período del «desnudo_padecer», sufriendo la más terrible y desoladora aridez que nunca jamás padeciera y que perdurará hasta su muerte. Pese a todo seguirá gritando su “Padecer y no morir”. En la mística carmelitana hay sin duda una profunda y sorprendente sintonía. “O padecer o morir”, es el lema teresiano. “Padecer y ser despreciado por Vos”, pedirá Juan de la Cruz como incruento martirio. Es el misterio del dolor en la economía de la salvación y de la gracia.

6.2. Mensaje y doctrina

«Un inexplicable olvido parece envolver la figura de María Magdalena de Pazzis y, sin embargo, a la carmelita florentina hay que encuadrarla entre las más grandes y originales místicas de toda la historia de la Iglesia. Se la debe recordar no precisamente por la prestigiosa familia a la que pertenecía, sino por cuanto significa una vida tan plena de humanismo y, al mismo tiempo, traspasada de "revelaciones e intelecciones" de un auténtico valor teológico. En el contexto de la efervescencia reformista postridentina y de la transformación de Florencia en poderoso Gran Ducado, esta carmelita florentina ha sentido todo el fervor de la "renovación" de la Iglesia a la vez que ha sufrido por la contradictoria situación entre gracia y pecado, entre fe y compromiso de muchos cristianos y, sobre todo, de los "cristos" [sacerdotes] y de los "consagrados"».

«Quien se haya acercado a esta figura, quien la haya escuchado pacientemente, queda como fascinado. Ella conserva aún el carisma de transmitir a los demás cuanto ha vivido en la experiencia mística más callada. Aquella "existencia vital dulce y amable" de que gustaba y contemplaba la presenta siempre de nuevo con la frescura e inmediatez de sus expresiones coloquiales y extáticas. “La presencia vital de Dios es amor”, repite continuamente María Magdalena. Un amor que desde la experiencia personal quisiera llegar a ser experiencia colectiva. “Venid a amar al Amor” gritaba en la incandescencia de sus éxtasis, como suspirando por un "diluvio de amor" capaz de salvar a la humanidad… Dos inextinguibles amores, el amor de Dios y el amor del prójimo, la han como atormentado y plasmado: los siente unificados como Iglesia, misterio, presencia y comunión. Por esta razón Magdalena sigue siendo aún hoy ejemplo de luz incandescente y de fraternidad universal »[26].

«En la doctrina de Mª Magdalena ningún tema se repite con tanta insistencia como el de la Pasión cruenta e interior (mental) de Jesús, a menudo simbolizada por la sangre a la cual la gran extática sentía profunda devoción. La “segunda creación” del hombre mediante la sangre de Cristo levanta a la humanidad a un plano de vida superior al de la justicia original, y aun al de los mismos ángeles. El amor que Dios tiene al hombre después de la Encarnación “es tan diferente” del que le tenía antes de ella “como la luz de las tinieblas”. El alma alcanza tanta grandeza cuando copia con gran fidelidad a Jesús, “libro de vida”. Su semejanza con Dios está en proporción a la que llegue a tener con Cristo». La vuelta del hombre a Dios la concibe Magdalena como una lucha entre dos amores: el amor propio y el amor de Dios, engendrado por la humildad. Muy poco habla de la fe y menos de la esperanza. «El amor, del que nos da algunas clasificaciones fundadas en su intensidad y en los efectos que produce, es la clave de la bóveda de todo el edificio espiritual, dirige todo el acontecer de nuestra historia divino-humana: “creados por Dios por amor y con amor, sólo por este camino debemos volver a El”. El amor va marcando el progreso del alma en este viaje de retorno»[27].

La mística florentina como contemplativa recorre todas las etapas que una persona de oración puede experimentar: meditación, visiones, locuciones, raptos, éxtasis, oración de recogimiento, absorción en Dios, matrimonio místico, unión transformante, etc. Sorprende, sin embargo, que la santa no se preocupase ni mucho ni poco de la metodología o pedagogía sobre la oración o la contemplación. En sus escritos no se encuentra descripciones explícitas de este tipo. Como Santa Teresa, eso sí, enseña a orar orando ella misma, especialmente durante sus éxtasis. «Anclada en una intensa vida comunitaria, la santa quiere hacer partícipes a las hermanas del fruto de los dones extraordinarios con los que el Señor la había adornado. Llamada “Madre de la caridad” aún en vida, no podía por menos que desear enriquecer a sus amadas hermanas con las pruebas de aquel Amor que la había correspondido de manera tan prodigiosa. Magdalena manifiesta, por tanto, bien mediante gestos, bien con palabras simbólicas, cuanto el Amante de la humanidad obraba dentro de ella misma. La contemplación, sobre todo la intelectual, debe ceder el paso a la afectiva e infusa»[28].

«La influencia doctrinal ejercida por Mª Magdalena en la espiritualidad y en la piedad, sobre todo en la Italia de los siglos XVII y XVIII, ha sido muy notable: en estos dos siglos son numerosas las ediciones de los Éxtasis y casi trescientos los vocablos bibliográficos magdalenianos. El representante más famoso de esta influencia es quizá S. Alfonso María de Ligorio quien en algunas de sus obras ascéticas hace uso de la doctrina de esta carmelita florentina»[29].

 

7. V. FR. JUAN DE SAN SAMSON (1571-1636)

7.1. Fray Juan y la Observancia Turonense

Desde sus mismos orígenes siempre en la Orden existió un fuerte sentido de adaptación y de reforma que en cada tiempo dio su fruto renovador y vigoroso, confiriéndole un talante de perenne actualidad tras sus inevitables y biológicos baches de envejecimiento, desgaste y decadencia. En el Carmelo todo movimiento reformista repercutió siempre en beneficio de la entera Orden. No podía ser de otra manera si es que en verdad se trataba de reformar o renovar la propia familia religiosa.

Y si durante el siglo XVI a los grandes maestros espirituales del Carmelo los hallamos en España, en el siglo XVII el centro del renacimiento católico se desplaza a Francia de donde la vieja Orden va a recibir la más vigorosa savia renovadora y de mayor influjo de cuantos movimientos reformistas se hayan dado en su seno. Será la Strictior Observancia de donde brotarán sus maestros espirituales más representativos. Una vez acabadas las guerras de religión los carmelitas franceses emprendieron la misma labor renovadora dentro del gran movimiento que en París se estaba gestando en torno a la Sorbona y que daría origen a lo que Brémond llamó “la invasión mística”. Capuchinos y jesuitas influyeron y no poco en este movimiento renovador, no siendo ajeno el círculo devoto del salón de Madame Acarie, futura beata María de la Encarnación, así como algo más tarde el Cardenal Bérulle y S. Francisco de Sales.

Con este movimiento renovador parisiense se pondría en contacto el carmelita de Rennes Pedro Behourt (1564-1633) quien envió a París a dos de sus mejores discípulos y jóvenes promesas, Guillermo Guerchois y Pedro Pleumelet, a la vez que ganaba para su causa a otros dos jóvenes clérigos acabados de ordenar, Luis Perrin y Felipe Thibault. Este último sería el alma de tal movimiento; amigo personal de Pedro de Bérulle y del célebre profesor de la Universidad de París Andrés Duval. El P. General Enrique Silvio visita Francia en 1603; al año siguiente publica sus famosos Decreta ad reformationem et restaurationem vitæ regularis observantiæ, siendo designados como noviciados de reforma Rennes y Poitiers; el P. Felipe Thibault (1572-1638) sería aclamado indiscutible prior y alma de la nueva reforma denominada turonense[30].

Felipe Tibault, cuando por segunda vez fue elegido prior de Rennes en 1611, trató por todos los medios de atraerse para su reforma al hermano laico fray Juan du Moulin quien ya gozaba de una merecida fama de santidad. Era ciego. Había nacido en Sens en 1571. De niño contrajo la viruela y su madre le aplicó una pomada, recomendada por un curandero, que le afectó fatalmente a la vista. No obstante adquirió un profundo conocimiento de la lengua latina, se familiarizó con los poetas franceses, en especial con Ronsard, y su afición a la música le hizo ser un virtuoso de este arte.

Vivía en París muy cerca de los carmelitas de Plaza Maubert en cuya iglesia oía la santa misa y hacía su meditación. En 1606 Juan du Moulin pide el hábito carmelitano e ingresa en el noviciado de Dôl; el 26 de junio de 1607 emite su profesión religiosa y adopta el sobrenombre de San Samsón, patrón de la ciudad.

7.2. Doctrina espiritual

P. Pourrat, el gran escritor de la espiritualidad cristiana, no duda en afirmar que «fray Juan de San Samsón ha de ser considerado como el San Juan de la Cruz del Carmelo Francés"»[31]. Y León Reypens, un gran especialista sobre Ruysbrœck, considera a fray Juan de San Samsón como «el más profundo de los místicos franceses».

Sus escritos, recogidos por sus discípulos, no presentan en su conjunto un cuerpo sistemáticamente elaborado sobre la vida espiritual, pero sí son perceptibles sus más relevantes líneas doctrinales. Influido por la escuela renano-flamenca, fray Juan basa fundamentalmente la vida del espíritu sobre el misterio de la Santísima Trinidad. «En el proceso eterno de la Palabra todas las criaturas son producidas idealmente. Las criaturas viven en la divina Sabiduría de acuerdo con un ejemplar, un ser ideal, y aspiran a volver a Dios. Esta necesidad de re-unión es la base de la vida espiritual, así como el proceso de introversión por el cual el hombre, en su búsqueda de Dios, desciende al interior de su propia alma para hallar el punto de contacto más íntimo con su Creador. Dios es el verdadero centro del alma. La posibilidad de unión con el centro fluye de la doctrina del ejemplarismo antes mencionada»[32].

Para el carmelita, según fray Juan, todo su proyecto de vida, toda su espiritualidad está contenida en la Regla del Carmen. «Nuestra sagrada Regla es tan extremadamente esencial y concisa que en su interior se contiene mucha mayor espiritualidad de cuanta sus mismas palabras expresan. Es necesario estudiarla con sumo cuidado, puesto que por vocación, hemos de ser hombres de espíritu, a fin de que… logremos poner en práctica cuanto allí se preceptúa, es decir, reconcentrar en Dios todas nuestras fuerzas, todo nuestros empeños, de tal manera que en cualquier cosa que hagamos jamás podamos desfallecer». Tres puntos considera esenciales de la espiritualidad carmelitana: “espíritu de oración, espíritu de recogimiento y vida de auténtica abnegación”. Es decir, nuestro venerable místico juzga que la vida verdaderamente carmelita consiste en la práctica de la oración, de la soledad y de la mortificación; es cuanto claramente se deja ver que es esencial en la Regla; tratar de demostrarlo sería superfluo por ser evidente[33].

Para fray Juan de San Samsón el tema de la oración en la vida espiritual es el más apreciado con gran diferencia sobre todos los demás puesto que lo considera como el medio indispensable para alcanzar la unión con Dios, «porque, si en otras órdenes y congregaciones religiosas se pone tanto empeño en que se practique fervorosamente la oración y el recogimiento, ¿qué cosa no deberemos hacer nosotros que tenemos la inmensa fortuna de tenerlo ordenado explícitamente en la santa Regla?… Varones realmente espirituales y solitarios son aquellos que observan este preclarísimo precepto como la parte más sublime, la razón principal y suprema de la santa Regla: vacare Deo, tener permanentemente puesto el pensamiento en Dios». Es lo que a manera de axioma resume el venerable: “El verdadero carmelita ama la oración y la vida del espíritu”[34].

Aparte de las razones de tipo intrínseco que la oración necesita como climax y medio ambiental para que ésta florezca, nuestro místico francés hace memoria de las fuentes originales del Carmelo y evoca al venerable prior general Nicolás de Francia como testigo cualificado: “Tenemos necesidad de otro Jeremías que deplore nuestras miserias como aquel excelente Padre, cuando se lamentaba de los males de su tiempo. Me refiero al autor de la Ignea Sagitta, escrita con el alma llena de gran amargura”[35]. El recuerdo del Monte Carmelo no es para fray Juan una mera referencia nostálgica, sino que considera que la forzada emigración a Occidente para instalarse en las ciudades constituyó para la Orden una verdadera gracia siempre que los carmelitas, “par la pureté et sainteté de notre vie”, sirvan de edificación a los mismos ciudadanos con quienes conviven.
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8. V. P. DOMINGO DE SAN ALBERTO (1596-1634)

8.1. Notas biográficas

Este venerable padre es considerado como uno de los máximos representantes de la llamada «Escuela Turonense»[36]. Nace el padre Domingo en Fougères (Bretaña), en 1596. Estudió con los jesuitas en el Colegio de Sto. Tomás en la ciudad de Rennes donde conoció a los carmelitas; decidido a ingresar en el Carmen, inicia su noviciado en 1612 bajo las órdenes del P. Mateo Pinault quien hubo de armarse de no poca paciencia con el inestable novicio. Afortunadamente por este tiempo llegó a Rennes el venerable Fray Juan de San Samsón con el que este aprendiz de carmelita trabó una entrañable amistad, haciéndole cambiar radicalmente el curso de su vida. “Fray Juan encontró en él un espíritu gemelo, que pronto condujo por las vías de la oración mística”[37]. Profesó en 1614 en manos del prior Felipe Thibault, quedándose en el noviciado como ayudante de su antiguo maestro. Años más tarde el propio P. Domingo sería Maestro de Novicios en Angers, Lector en Teología y Regente de Estudios en Rennes; elegido en 1632 como prior de Nantes le sorprendería la muerte dos años más tarde en el ejercicio de este cargo sin haber alcanzado aún los cuarenta años.

Muy adelantado le debieron ver los superiores cuando, con apenas tres años de profeso, le ordenaron escribiese una guía espiritual para los novicios y estudiantes profesos de Rhennes, Exercitatio spiritualis fratrum tam novitiorum quam professorum, incluyendo en las mismas sus Regulæ exteriores seu Praxis externa præcipuarum virtutum (París, 1650)[38]. La influencia de fray Juan de San Samsón es clara en su obra, aunque con la impronta de su experiencia personal y de su teológica formación.

Mucho más independiente respecto a su invidente maestro se nos muestra en sus obras de mayor madurez: Théologie mystique y Traité de l'oraison mentale, «con mucho su más hermosa obra», a juicio de Janssen. Una fuente preciosa y fresca de la que beber su pensamiento la constituyen las 16 cartas que dirige a su maestro y amigo fray Juan de San Samson, escritas entre los años de 1624 y 1633, cartas que el propio fray Juan conservaba como verdaderas reliquias[39].

8.2. Doctrina espiritual

El fin de toda la vida espiritual, según el P. Domingo, es la unión perfectísima con Dios, no sólo la habitual por gracia, sino también la actual en cuanto en esta vida es posible por la conversión actual del entendimiento y de la voluntad a Dios. «Libres de las ataduras de la tierra por el estado religioso, nos esforzamos además porque nuestra alma se una más estrechamente con su Dios, no sólo por la unión habitual que en el estado de gracia se da, sino también por el actual y continuo esfuerzo por permanecer unidos a Dios mediante nuestras operaciones internas del conocimiento y del amor».

Esta es la diferencia esencial que existe entre los fieles comunes y los verdaderos religiosos: que mientras éstos, al ejercitarse en actos de fe, de esperanza y de caridad, llegan a alcanzar cierta experiencia y gusto interior de estos hábitos infusos, el resto de los cristianos se limita a creer simplemente en este estado divino[40]. “Es necesario permanecer en Dios con el pensamiento y en el deseo”, escribe en este mismo tratado sobre la oración. Somos, vivimos y subsistimos únicamente para esto, para alcanzar la íntima y continua unión con el Espíritu increado mediante nuestras operaciones internas del conocimiento y del amor. Estas potencias nos han sido dadas con esta exclusiva finalidad. Y para la consecución de este objetivo están obligados los religiosos de una manera muy particular[41].

«Nuestro autor –escribe el P. Brenninger– recomienda que nuestra interna conversación con Dios sea lo más frecuentemente posible y de este modo unirnos a El cada vez más. Todas las cosas han de ser referidas a Dios. Dios debe ser para nosotros aquel tesoro en el que constantemente se piensa y se desea. Y esto, según su parecer, atañe de un modo muy especial a los religiosos carmelitas. De ahí que recomiende a los novicios: “Todo aquel que desee abrazar nuestra sagrada religión debe saber por encima de cualquier otra cosa que la perfección que en la misma se profesa no consiste solamente en una honesta y bien regulada manera de vivir, en una observancia externa de los votos, en la puntual asistencia al coro para la recitación del oficio divino y sus ceremonias litúrgicas, en el cumplimiento exacto de todo lo establecido… La perfección a la que el Carmelo aspira consiste esencialmente en la dedicación asidua a la santa oración y meditación y en una continua abnegación de sí mismo. En estos dos fundamentos de la verdadera religión consiste principalmente la vida monástica”»[42].

A continuación pasa a explicar lo que él entiende por oración: «Esta vida oracional no es otra cosa que una verdadera, total y actual elevación de la mente a Dios y una amorosa aplicación de todas las fuerzas de su alma que de tal manera las concentra y une a Dios que casi siempre y en todo lugar existe un permanente coloquio con el Señor». De ahí que surja como el efecto de su causa la otra parte fundamental de la perfección religiosa, la abnegación, ya antes señalada. «En consecuencia la mortificación, tanto la interior como la externa, procede de esta elevación de la mente a Dios. Ambas son como frutos que brotan de la sola presencia divina. Pues este ejercicio, dado que todas las fuerzas interiores son atraídas hacia su centro, que es el mismo Dios, les imprime una tan dulce y tan grande fuerza que se manifiestan en actos exteriores de virtudes y hace que tanto lo interior como lo exterior le plazca puesto que no desean otra cosa que unirse a él totalmente». Para nuestro venerable, por tanto, orar no es otra cosa que un vivir en Dios y con Dios de quien todo don procede y sin el cual nada absolutamente podemos hacer. “En esto consiste la felicidad de nuestras almas en esta vida”[43].
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9. V. P. MIGUEL DE SAN AGUSTIN (1621-1684)

9.1. Vida y obras del Venerable Padre

Miguel van Ballaert, de ilustre linaje, nace en Bruselas el 15 de abril de 1622. La piedad de sus padres y el ambiente religioso que se respiraba en el hogar de los Ballaert-Vierpondt queda bien de manifiesto si consideramos que, de los once hijos habidos en el matrimonio, ocho fueron sacerdotes y dos hijas religiosas; la única mujer que permaneció en casa se hizo terciaria franciscana. Miguel y su hermano Mario ingresaron en el Carmelo. “A su primera educación en los agustinos se remonta su ferviente devoción a María y el segundo elemento de su nombre religioso, que recibió al entrar n el noviciado de Lovanina en 1639”, reseña el P. Smet[44].

Concluidos los estudios eclesiásticos y ordenado de sacerdote –nos indica el P. Timoteo, su biógrafo–, pronto gozó de la confianza de sus superiores ya que desde muy joven desempeñó el oficio de profesor de filosofía y, al parecer, también de teología, según piensa el autor. «Su carrera en la Orden puede ser compendiada de esta manera: doce años de prior, diez de provincial, dos de vicario provincial, diez años de asistente provincial, siete años de maestro de novicios, tres de subprior y un año de maestro de estudiantes; y todo eso en el espacio de treinta y nueve años de sacerdocio. Casi sin interrupción vivía en Malinas a fin de poder atender directa o indirectamente a la formación de los novicios. Esto pone de relieve la gran influencia que ejerció en su provincia religiosa, en la cual bajo su dirección floreció en estos años la Reforma Turonense, movimiento paralelo al de la Reforma Teresiana por cuanto se acentúa la vocación contemplativa mística del Carmelo»[45].

En cuanto a sus obras, la producción literaria del P. Miguel es abundante ya que la consideraba como tarea propia de su magisterio. El tratado más conocido es su “Introductio in terram Carmeli et gustatio fructuum illius”, en latín (1650) y flamenco (1659), con claras resonancias del conocido texto de Jeremías (Jr 2,7), a fin de que sirviera de instrucción a los carmelitas. De esta obra hizo una nueva edición latina el P. Wessels en 1926 de la que se realizó la versión española de 1936 bajo el título de Introducción a la vida interna y práctica fruitiva de la vida mística, que se utilizaría como libro de texto en los noviciados y casas de formación. También se publicaron cuatro tratados en latín bajo el título único de Institutionum Mysticarum libri quatuor, (Amberes, 1671)[46].

Esta obra, tal como él la dispuso en sus Cuatro libros, constituye una introducción doctrinalmente sólida acerca de la vida ascético-mística no extraída de autores ajenos, sino dictada por sus propios conocimientos y experiencias, al contacto directo con las Sagradas Escrituras y la lectura de los Santos Padres. «Considerando la vida espiritual en su esencialidad del apartamiento de las criaturas y la conversión del alma a Dios, el venerable Padre centra todas las consideraciones de su obra en esta única idea, lo que da como resultante el que no se pierda en vagas consideraciones ni en minucias inútiles, aventajando con ello en claridad a muchos maestros espirituales de ascética y mística»[47].

«La doctrina de Miguel de San Agustín está en relación estrecha con la doctrina espiritual de la reforma de Touraine», escribe Jansen. Y continua: «Aquí halló la terminología y la estructura para la vida espiritual, tan afín a la de los grandes místicos de su propio país: Ruysbroeck y Herp. El fin de la vida espiritual acá en la tierra –dice– es la conformidad con Dios o la vida divino-humana, es decir, la unidad en el conocimiento y en el amor con Dios que habita en nuestro centro más profundo y que impregna todo el universo. El hombre sólo puede alcanzar este fin en, por, y con Cristo, o, por la gracia de Cristo, en, por y con María. Según el venerable padre, la vida espiritual forma una unidad completa en la que ascesis y mística, actividad humana y divina, crecen juntas y cada vez se entrelazan más hasta formar una totalidad equilibrada en la vida divino-humana, la cual es una imagen perfecta de la vida de Cristo, Dios hombre. Es verdad que al principio se acentúan los ejercicios de humildad y abnegación, pero ya entonces se debe prestar atención a los ejercicios de la presencia de Dios y a la conformidad con su santa voluntad. Dichos ejercicios serán pronto los medios más importante para una intensa vida espiritual. Para describir la vida mística se aproxima a Ruysbroeck y a Jean de Saint-Samson»[48].

9. 2. La “vida marieforme”

La doctrina mariana del venerable Padre Miguel de San Agustín constituye el fruto más exquisito, maduro y postrero de toda la mariología carmelitana. La pequeña semilla sembrada a principios del siglo XIII, implícita ya en la propia Regla del Carmelo (1206-1214), se irá desarrollando hasta alcanzar el árbol frondoso de su profunda y sólida espiritualidad mariana como parte integrante y esencial de su carismático origen. «Teniendo en cuenta la mentalidad de aquel tiempo, la decisión que tomaron los primeros eremitas de elegir a María como titular de la Capilla no puede ser considerado como un hecho casual o de pura coincidencia, sino que en cierto sentido tal elección pretendía significar hacer presente a María dentro de la comunidad, tenerla como Patrona»[49]. Este desarrollo de la mariología carmelita tendrá su culmen en Miguel de San Agustín y en la venerable terciaria carmelita María de Santa Teresa Petyt con su doctrina sobre la Vida marieforme[50].

«La vida mariforme es vida conforme a la voluntad de María, ejecución pronta y gozosa de cuanto complace a Dios y a María. La vida en María es conversación filial, afectuosa e inocente del alma, una respiración amorosa de María, madre super amable y querida de Dios. La vida por María es compromiso de todas las energías para que María sea honrada y glorificada en todas las cosas, y se promueva, realice y extienda el reino de su hijo Jesús. La vida mariforme y mariana alcanza su perfección cuando el alma se ha dejado animar por el espíritu de María hasta quedar transformada en ella. Sus fundamentos son la maternidad espiritual, a la que se responde en virtud del Espíritu de Jesús con el sentimiento de amor filial: Ave Mater, y la singular unión de María con Dios que hace que la contemplación de ella conduzca necesariamente a él»[51].

 

10. V. P. MIGUEL DE LA FUENTE (1573-1625)

10.1. Perfil Biográfico

“Miguel de la Fuente constituye, junto con Santa Teresa y San Juan de la Cruz, la trilogía por antonomasia del pensamiento místico carmelita español”, escribe el P. Gomís[52], mientras que el insigne crítico español Menéndez Pelayo, entre los 3.000 escritores místicos españoles que estudia, cataloga el Libro de las tres vidas del hombre, como «el mejor tratado de psicología mística que tenemos en español»[53].

Nace Miguel de la Fuente el 2 de marzo de 1573 en Valdelaguna (Madrid), un pueblecito de la cuenca del río Tajo. “Su infancia transcurrió entre campesinos dedicados al trabajo de los campos, en lucha constante con la tierra y con el clima”, escribe Balbino[54]. Asiste a la escuela de la que este inteligente muchacho supo aprovecharse con ventaja, y, gracias a la desahogada posición económica de su familia, fue uno de los pocos y afortunados provincianos que pudo estudiar en el Colegio de la Compañía de la capital. Como san Juan de la Cruz treinta años antes, también Miguel saldrá de la Compañía para ingresar en el Carmen castellano.

Profesó en 1594 y pasó a estudiar a Salamanca, al modesto Colegio de San Andrés, el mismo en el que viviera el Santo de Fontiveros; la disciplina, el plan de estudios y la observancia religiosa muy poco habían variado, salvo la aplicación de las normas reformistas de Trento y de la Orden. Formaban la comunidad salmantina unos cuarenta frailes; tres carmelitas del Colegio regentaban cátedra en la célebre Universidad. En el curso 1596-1597 ya aparece como sacerdote teólogo; contaba entonces 24 años[55].

Ejerció un gran apostolado entre los laicos para quienes escribió su interesante “Regla y modo de vida de los hermanos terceros y beatas de Nuestras Señora del Carmen, con unos ejercicios de oración mental para todos los deseosos del aprovechamiento espiritual de las almas”, inspirado sin duda en el Manual de beatas y hermanos terceros del andaluz Coria y Maldonado. De su labor en la alta dirección de almas escogidas fue nota­ble su dedicación a las religiosas de clausura; entre la beata María de Jesús López y Rivas, descalza carmelita de Toledo, y el vene­rable surgió una de las amistades más limpias y santas que concebirse pueda. “Esta testigo comunicaba con este gran Padre muy estrechamente las cosas de su alma y el siervo de Dios asimismo las suyas”, depuso la santa religiosa en su proceso[56].

10.2. La obra del Venerable Padre

Miguel de la Fuente escribió obligado por la necesidad de ayudar a tantas almas desamparadas; entraba en su ministerio de director espiritual y como exigencia pedagógica. Su Libro de las tres vidas del hombre, corporal, racional y espiritual es el que le dará fama y le elevará a la altura de los grandes maestros. «El intento más principal de todo este libro es enseñar a las almas de oración el camino verdadero, de puro y desnudo espíritu, y dar doctrina suficiente para que sepan hacer diferencia entre lo corporal y lo espiritual, que es cosa imposible, como enseñan los Santos Padres…, llegar a la perfección de verdadero espíritu de Dios, puro y desnudo y del todo infuso y sobrenatural, si no es desnudándose primero el alma de todo lo corporal y racional y todas sus obras y ejercicios de razón y sentido»[57].

Tiene la obra, por tanto, un carácter popular y divulgativo, al menos en la intencionalidad del autor. No obstante la dificultad del tema, la exposición resulta clara, brillante y precisa. Así lo escribe el P. Moliner: «Si por algunos detalles inevitables no supiésemos que el autor pertenece al siglo XVII, creeríamos que estamos leyendo una obra impresa en nuestro siglo. El lenguaje moderno, la frase corta, las citas parcas y bien traídas. Lógico y ordenado, profundo y sutil, Fr. Miguel de la Fuente es el pedagogo ideal. Su estilo suave, apacible, equilibrado y fluido, acompañan y completan las cualidades apuntadas, engrandeciendo esta figura que es una de las más notables de nuestra literatura devota. Sáinz Rodríguez dice de sus escritos que son admirables por la finura del análisis psicológico y por la claridad con que marca la posición ecléctica de la escuela carmelitana»[58].

Miguel de la Fuente, siguiendo la clásica división de los tres hombres, la aplica al desenvolvimiento progresivo de la gracia en sus etapas diversas: vía purgativa o de principiantes, vía iluminativa o de proficientes (aprovechados), y vía unitiva o de perfectos. Siguiendo a S. Bernardo, el venerable aplica el nombre de las tres vidas a las tres vías tradicionales de la vida espiritual. Aprovecha también nuestro místico el contenido conceptual de la terminología del Norte, cribándolo de reminiscencias neoplatónicas, con la aportación ideológica tomista y escolástica de los autores espirituales que le habían precedido.

«Su modo de oración proporcionado es el que él llama intelectual que divide en dos: oración discursiva del entendimiento y oración afectiva de la voluntad racional. El fruto de esta oración será la fijación de las potencias en el objeto sobre [el] que han versado los actos discursivos y afectivos de las mismas: Cristo Jesús presente, en cuanto Dios, en lo íntimo del alma. Es la oración de recogimiento adquirido que él define como “una situación intelectual y espiritual que nace del conocimiento sobrenatural de la fe; que es una luz divina que enseña que Dios está presente por esencia, presencia y potencia, y dentro de la misma alma” (libro 2º, cap. 13) y que describe con palabras de Sta. Teresa del Camino de Perfección (C 28, 4-5). Es este recogimiento la mejor preparación para pasar a la vida del hombre íntimo y todo espiritual».

«Estos modos de orar de las potencias supremas tiene como fin último y término natural la unión intelectual y la unión afectiva, cada una con diversos grados de perfección. Miguel de la Fuente expone la primera en los capítulos 7-8 y cierra, como con llave de oro, su dorado libro con la explanación de la última»[59].

 

11. V. P. JUAN SANZ (1557-1608)

11.1. Su vida y su obra

El fulgor de los grande maestros de la mística y de la santidad oscurecen a veces a otros astros menores que, si bien no brillan con tanto esplendor en el firmamento de la espiritualidad, forman parte también de esa constelación de estrellas y luminarias de los santos varones que nos dejaron tras de sí la estela de sus vidas y de su magisterio. El Carmelo español, junto a sus grandes figuras Teresa de Jesús y Juan de la Cruz, ha dado otras no menos esplendentes como la que acabamos de ver del venerable Miguel de la Fuente y muchas otras ignoradas tal vez por desidia más que por falta de méritos y relieve, muy dignas en todo caso de ser catalogadas en el amplio panorama de la espiritualidad carmelitana. Entre estas figuras menores, por llamarlas de algún modo, reseñamos al venerable padre fray Juan Sanz, como dentro del ámbito hispano lo podríamos haber hecho respecto a Jaime Montañés, Miguel de Carranza, Juan Bautista Lezana, Pablo Ezquerra y tantos otros venerables y maestros carmelitas.

«El estudio de la personalidad y doctrina espiritual del carmelita valenciano Juan Sanz ofrece un particular interés por el hecho de que, al ser contemporáneo de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz y al no haber sido influenciado, según creemos, por ellos, al menos de una manera directa, es el representante más genuino de la poderosa corriente espiritual que remozaba ya por entonces al antiguo Carmelo, como fruto de la reforma de los generales que hemos mencionado», Nicolás Audet y Juan Bautista Rossi[60]. Valga también este ejemplo para deshacer el viejo tópico mil veces repetido de que la antigua Orden en España se había escorado hacia su total declive sin posibilidad de recuperación si no se la refundía de nuevo.

Nace Juan Sanz y Caset en 1557, en la ciudad de Onteniente (Valencia). Se instruyó en las primeras letras en el colegio de los dominicos de su ciudad natal. “Aprendió a leer y escribir en un solo mes”, nos cuenta su primer biógrafo[61], lo que es indicativo de su despierta inteligencia y agudeza de ingenio. Quiso su madre recibiese Juan una esmerada educación poniéndole bajo la tutoría de un excelente maestro, labor que Dña. Catalina pagaba al pedagogo con sus servicios domésticos. “Y en brevísimo tiempo fue un retórico y poeta latino, tanto que en ausencia y también en presencia de su maestro, aprendía las lecciones y las enseñaba a los demás”[62].

Recibió el santo hábito de Ntra. Sra. del Carmen en el convento recién fundado de Xátiva, pero hizo su noviciado en el de Valencia bajo la dirección del famoso y santo varón P. Miguel Alfonso Carranza (1527-1606), profesando en su convento setabense el 1 de febrero de 1573, justo al cumplir los dieciséis años. Completa sus estudios entre Onda y Valencia siendo tan aventajado alumno que pronto es nombrado Lector de Artes en el convento de Calatayud; bajo su excelente magisterio se formaron muy buenos discípulos, tanto religiosos como seglares, de tal modo que de entre los frailes salieron grandes literarios y la mayoría fueron maestros y prelados en su Provincia”, escribe su biógrafo P. Pinto de Vitoria. En 1581, cumplidos los veinticuatro años, es ordenado de sacerdote. En 1586 obtiene el doctorado en sagrada teología por la Universidad de Valencia[63].

Ejerce su magisterio y apostolado en esta ciudad; es por este tiempo cuando se granjea la amistad y la plena confianza del arzobispo y patriarca de Valencia S. Juan de Ribera, encomendándole éste diversas tareas pastorales y de reforma. En 1593 asiste como delegado de su Provincia al Capítulo General de Cremona, el de la triste división de la Orden que también lamenta. Fue maestro de novicios durante cinco años y más tarde prior del Carmen de Valencia.

Una de sus tareas fue la de dirigir a las carmelitas de la Encarnación y de Sta. Ana; entre ambos monasterios sumaban nada menos que noventa monjas, muchas de singular virtud. «Es para alabar a Dios cuán devotas son de la Madre Teresa de Jesús y deseosas de oración y espíritu –escribe admirado el propio P. Gracián–. Tiene [el convento] sus rejas con puntas y rallos entre reja y reja; al fin son de las más reformadas de Valencia, amicísimas de pláticas de espíritu y de seguirlo… No hay visitas ni parlatorios, especialmente en tiempo de este provincial que se llama el Maestro Sanz”[64]. El venerable P. Sanz murió tan santamente como había vivido cuando apenas había cumplido los 50 años un 25 de junio de 1608[65].

11.2. Los “Abecedarios Espirituales”

En cuanto a sus escritos, la producción literaria del venerable Sanz es más bien escasos, pero interesantes, ya que sus numerosos sermones no vieron nunca la luz. Destaca entre sus breves tratados los Abecedarios Espirituales y el Ejercicio dellos. No son éstos sino una serie de aspiraciones, jaculatorias o bellos pensamientos que en orden alfabético (una especie de acrósticos) eran fáciles de retener en la memoria para encender o mantener encendida el alma. Son 15 abecedarios, «cada uno de los cuales comprende un conjunto de devotísimas aspiraciones siguiendo el orden de las letras del alfabeto o abecedario, lo que da lugar al nombre del opúsculo. La mayor parte de ellos están compuestos en perfectos versos endecasílabos y van precedidos de una corta introducción y de ocho advertencias que hay que tener presentes en el ejercicio de dichas aspiraciones»[66].

Hemos de advertir, de entrada, que este género literario-teológico ni es exclusivo de nuestro valenciano carmelita ni será el último en utilizarlo. Fue método usado desde siempre, incluso por la literatura hebrea. Desde los tiempos de la devotio moderna ya Tomás de Kempis hace uso de estos abecedarios por ser muy fáciles de retener; más tarde lo harían San Buenaventura y el propio Francisco de Osuna, el inspirador de Sta. Teresa. Otros carmelitas emplearían este género o método espiritual como el venerable Miguel de la Fuente en sus Exercicios de oración mental y el andaluz Agustín Núñez Delgadillo († 1631) con el mismo título de Abecedario Espiritual. El resto de sus obras lo forman no más de nueve Cartas Espirituales que escribe casi todas a sus devotas dirigidas, y un tercer escrito que no pudo concluir para formación de monjas denominado Ramillete de la Esposa de Dios[67].

Al haberse perdido el citado Ramillete de la Esposa de Dios y que como manual de la vida espiritual nos hubiera permitido adentrarnos en el pensamiento del autor, se nos ha privado de comprobar el conjunto de su doctrina y de su metodología, aunque algo se puede vislumbrar por cuanto de él nos queda.

A este respecto hemos de advertir que nuestro autor místico, en su clasificación de oración, no incluye la contemplación que, en opinión de los PP. Catena y Garrido[68], el venerable Sanz la identifica con la oración aspirativa de la que tan profundamente hablarán luego nuestros turonenses, especialmente fray Juan de San Samsón, y que tan bien explicaría y viviría el beato Tito Brandsma[69]. “El atajo para llegar a esta unión es el ejercicio de las aspiraciones. Se llaman aspiraciones por ser amorosos afectos o influjos con los cuales nos levantamos y vamos aspirando a Dios, a fin de conservar la vida del alma”, escribe el venerable. “Sin duda, este atajo es la teología mística[70], con la cual se alcanzan los rayos de la luz divina y es una sabiduría secreta que se alcanza con la multitud de libros, ni con disputas, sino con extender el corazón y dirigirlo al fuego del amor”. Y a continuación hace sus ocho advertencias a sus Abecedarios “a fin de no perder este atajo”[71].
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12. SANTA TERESA DE LISIEUX (1873-1897)

12.1. La joven Teresa, Doctora de la Iglesia

El reciente doctorado concedido a la joven Teresa y su misma doctrina, avalada por la multitud de ediciones de que han sido objeto sus obras en todas las lenguas, la hacen acreedora de que ocupe con honor un lugar en este apartado de Maestros Espirituales. Es cierto que su famosa Historia de un Alma fue objeto de múltiples manipulaciones hoy subsanadas, gracias a eminentes teólogos e historiadores como Andrè Combes o Jean François Six. El Dr. Combes, como Director del Instituto Católico de París organizó un curso sobre Sor Teresa del Niño Jesús ante el asombro de sus propios colegas quienes opinaban que no valía la pena dedicar toda una semana a la espiritualidad de una insignificante monja, pero el dicho curso resultó ser todo un éxito, publicándose en 1946 con el título de Introducción a la espiritualidad de Sta. Teresa del Niño Jesús[72]. De ahí se fueron dando los pasos para que, al fin, y no sin dolorosos momentos, se lograran dar a la luz la edición crítica y sin maquillajes de las Obras Completas de Teresa, hoy con múltiples ediciones[73].

El eximio teólogo Hans Urs von Balthasar escribe en Historia de una misión, su magna obra sobre Teresa de Lisieux, que han existido dos clases de literaturas teresianas, “la del endulzamiento y los empalagos de mal gusto con los que se ha presentado a la santita”, y la de la “revelación”, la del descubrimiento de la verdad histórica: “Más un acontecimiento doloroso y amargo en la vida religiosa de Teresa, por razones de escrúpulo, fueron ocultados por sus hermanas, desencadenando un verdadera tempestad contra la “mendacidad” y falseamiento de las biografías oficiales». El autor cree que, a pesar de todo, la figura de Teresa salió favorecida y que”más allá del silencios y sonriente caminito, se recortaron las connotaciones humanas, heroicas y trágicas de su destino y de sus sufrimientos…desnudos y sangrantes ante los ojos del lector[74].

«Verdad y falsedad son ideas que para ella penetran en igual medida por uno y otro dominio, el del mundo y el del claustro. Es más: en el momento en que su insaciable ímpetu hacia lo absoluto se le ofrece como voluntad incondicionada de verdad, es más bien la falsedad del ambiente del convento la que a ello la determina, que no un sentimiento existencial general que hubiera sido también válido para la vida del mundo»[75].

“Teresa Martin se permitirá juicios sorprendentes sobre las grandes figuras del Carmelo, la gran Santa Tersa de Jesús y San Juan de la Cruz”, comenta von Balthasar. Y cita las palabras de Teresa: «Dejo a las almas grandes, a los grandes espíritus, los bellos libros que yo no puedo entender y menos poner en práctica… Yo me alegro de verdad de que en el reino de los cielos haya muchas moradas (Jn 14,2), porque si no hubiera más que ésa cuya descripción y cuyo camino me parecen incomprensibles, yo no podría entrar en él». «Esta superioridad sobre toda espiritualidad tradicional, incluso la propia de su Orden, puesto que es sincera, no puede proceder en Teresa más que de una experiencia íntima que puede medirse con los grandes fundadores de escuelas y tendencias; no puede proceder, repetimos, sino de aquella ciencia de santidad que es enseñada inmediatamente por el Espíritu Santo». “Obrar la verdad, caminar en la verdad: este mandamiento joanneo es el punto de partida de la teología de Teresa[76].

12.2. El difícil camino de Teresa Martín

Para entender el difícil camino que Teresa hubo de desbrozar previamente para mostrarlo expedito luego, es necesario remontarse a sus mismas raíces ambientales y de familia. Jean François Six argumenta que, de la misma forma que no sería posible hablar de Francisco de Asís sin hacerlo de Asís, ni hablar del Poverello de Asís sin tratar de la pobreza, igualmente no era posible hablar de Teresa de Lisieux sin Lisieux (su ambiente socio-político y religioso en el que vivió la familia Martin) como tampoco sería posible conocer la infancia espiritual sin conocer su propia infancia. Es lo que hizo este autor en su conocido libro demostrando que la infancia no es sinónimo de inocencia, sino de inmadurez, ni que la vivida por Teresa fuera tan ideal como se ha pretendido. Este crítico historiador analiza con minuciosidad y rigor científico el hogar de la familia Martin, el influjo de la mamá muerta prematuramente, sus hermanas que en cierto modo la sustituyen, la educación recibida (no tan blanducha ni mimada como se ha pretendido), el ambiente excesivamente religioso, y, sobre todo, el amor paterno que le hará remontarse al amor de Dios en su doble faceta de madre y de padre, y su ilimitada confianza en sus brazos. Six llega a la conclusión de que el hogar de los Martin estaba configurado de tal manera que podría considerarse como la antesala de un monasterio. Se comprende que las multitudes se hayan sentido interesadas por Lisieux y por Teresa, por aquella ciudad y aquella muchacha vulgares. Vulgar por lo mediocre de su educación y de su cultura, pero tan audaz por su extraordinaria rebeldía –Bernanos lo entendió bien– contra el Dios de los todopoderosos y de los perfectos»[77].

“Teresa, con quince años, de tremenda sensibilidad, carente de salud, exteriormente infantil, no agradable al Superior [Mons. Delatoèet] reunida con sus hermanas de sangre, ¿qué carmelita sería?[78] ¿Qué idea tenía de la vida religiosa, con qué ilusiones llamó a las puertas del convento desde tan temprana edad y con tanta insistencia?

«¡Las ilusiones! Dios me concedió la gracia de no llevar ninguna al entrar en el Carmelo. Hallé la vida religiosa tal y como me la había figurado. Ningún sacrificio me extrañó. ¡Y sin embargo, vos sabéis, Madre mía querida, que mis primeros pasos encontraron más espinas que rosas!… Sí, el sufrimiento me tendió sus brazos y yo me arrojé en ellos con amor… A los pies de Jesús Hostia, en el examen que precedió a mi profesión, declaré lo que venía a hacer en el Carmelo: “He venido para salvar almas y, sobre todo, para orar por los sacerdotes”… Durante cinco años éste fue mi camino, pero al exterior nada revelaba de mi sufrimiento… ¿Qué hubiera sido de mí si, como creían las personas del mundo, yo hubiese sido el "juguete" de la comunidad?»[79]

12.3. Búsqueda y hallazgo de su vocación esencial

“Teresa quiere ser santa. Pero sus primeras experiencias en el Carmelo han sido amargas. El camino más recomendado y más seguido en el Carmelo de Lisieux la descorazonó. Teresa no estaba hecha para las grandes mortificaciones. Se siente rechazada. Con su idea del “ascensor”, se adentra en la Escritura hasta encontrar aquel luminoso pasaje: alguno es pequeñito, venga a mí. (Pr 9,4). Buscando aún más para hallar el secreto de esa cercanía, encuentra al fin: “Sus hijos serán llevados en brazos, sobre las rodillas los acariciarán. Como una madre consuela a un hijo, así yo os consolaré” (Is 66, 13). Y lo mismo le ocurrirá en la búsqueda ansiosa de su misión dentro de la Iglesia hasta encontrar la solución a su problema en San Pablo (1Cor 12-13). Lo completa con el pasaje de Elías y el “doble espíritu” que aplica a su manera. Algo parecido sucederá con el Cantar de los Cantares en el pasaje de la Samaritana. Von Balthasar dice que Teresa entrelee más que lee: “Es capaz de leer cincuenta capítulos de Isaías sin que la conmueva una sola palabra. Pero en los capítulos 53 y 66 encuentra repentinamente lo que busca y su alegría nos recuerda la de la mujer del Evangelio que encontró la dracma perdida”[80].

El tormento de aquella joven muchacha por atreverse a recorrer los caminos trazados por el Evangelio fue realmente terrible. Ni la misma fundadora del monasterio de Lisieux, Madre Genoveva, a quien la propia Teresa veneraba como verdadera santa, la llegó a comprender. Más aún: la hizo objeto de una hiriente sospecha. La antigua Priora se espantó repetidas veces de la osadía de sus pensamientos y la desconcertó con algunas reflexiones. Hasta creyó la venerable Madre una obligación advertir discretamente a Sor Inés de Jesús velara sobre su hermana para prevenirla contra las ilusiones de una confianza que le parecía exagerada.

Sin embargo la carmelita discurre serena, pese a las pocas luces esclarecedoras que recibe por parte de quienes estaban obligados a ilustrar su existencial camino. Desiste de más consultas espirituales. Una voz interior le aseguraba estar en lo cierto, en posesión de la verdad. ¿Cómo llega Teresa al pleno conocimiento de su esencial vocación como contemplativa y el puesto que como carmelita le corresponde en la Iglesia? He aquí cómo Teresa, por medio de la Sagrada Escritura, descubre su vocación esencial dentro del Carmelo.

«Abrí un día las epístolas de san Pablo, a fin de buscar en ellas una respuesta. Mis ojos toparon con los capítulos 12 y 13 de la primera carta a los corintios… Leí, en el primero, que no todos pueden ser apóstoles, profetas, doctores, etc.… Que la Iglesia está compuesta de diferentes miembros, y que el ojo no podía ser al mismo tiempo mano». «Sin desanimarme, seguí leyendo, y esta frase me reconfortó: "Buscad con ardor los dones más perfectos, pero voy a mostraros un camino más excelente" Y el Apóstol explica cómo todos los dones, aun los más perfectos, nada son sin el amor. Afirma que la caridad es el camino excelente que conduce con seguridad a Dios».

«Había hallado, por fin, el descanso… Al considerar el Cuerpo Místico de la Iglesia, no me había reconocido en ninguno de los miembros descritos por san Pablo. O mejor dicho, quería reconocerme en todos… La caridad me dio la clave de mi vocación… Comprendí que el Amor encerraba todas las vocaciones, que el Amor lo era todo, que el Amor abarca todos los tiempos y todos los lugares… Entonces, en el exceso de mi alegría delirante, exclamé: ¡Oh, Jesús, amor mío!… Por fin he hallado mi vocación. ¡Mi vocación es el amor! Sí, he hallado mi puesto en la Iglesia…: ¡en el corazón de la Iglesia mi Madre yo seré el amor!»[81].
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II. TESTIGOS

1. MÁRTIRES PRIMITIVOS DEL CARMELO

1.1. Mártires primitivos del Carmelo

Los mártires son los testigos por excelencia; la misma palabra griega de mártir ya lo indica (μαρτυς = testigo), término que desde los primeros siglos del cristianismo fue empleado para designar a la persona que da su vida en testimonio de su fe en Cristo, muy especialmente referido a los apóstoles. Con el tiempo este testimonio por Cristo Jesús, dado por cualquier cristiano y sellado con su muerte, fue considerado como el mártir por excelencia y sus reliquias siempre presidieron el ara de todo altar. Efectivamente, el mártir es testigo de Cristo no solamente por su confesión de fe, sino también por su sangre derramada, imitando así la obra y la muerte salvífica del Redentor.

No deja de ser sorprendente, y hasta cierto punto un misterio, que la historia de la Orden comienza por el martirio de sus principales personajes: el del propio legislador de la Orden San Alberto de Jerusalén (†1214) y el de San Ángelo de Sicilia, Padre de la Orden junto con San Alberto de Trapani, aparte de los carmelitas que la tradición nos dice sufrieron martirio en el mismo monasterio de Monte Carmelo y que con tanta devoción fueran evocados por la propia Santa Teresa.

Carecemos de noticias ciertas sobre los primitivos mártires del Carmelo, que según una antiquísima tradición, dieron su vida bajo el alfanje sarraceno ante el salvaje asalto del monasterio por parte del Islam. Nadie estuvo allí para que levantara acta de aquellos hechos, pero en ellos se fundamenta la famosa aparición de la Virgen a San Bertoldo y la no menos famosa promesa, luego repetida con San Pedro Tomás del “Dum fluet unda maris…, vivet Carmeli ordo candidus mihi”. Hoy se puede afirmar con toda certeza que el monasterio fue incendiado hasta tres veces, según las excavaciones arqueológicas realizadas no hace mucho tiempo; que se dieran mártires en aquellas circunstancias no nos consta, pero tampoco lo podemos descartar.

1.2. San Ángelo Mártir

El primer mártir carmelita canonizado es San Ángelo de Sicilia, aunque se le venera más como confesor. Como todos los primitivos personajes de la Orden su figura se halla envuelta en la áurea leyenda, pero se sabe a ciencia cierta que sufrió martirio en Licata, ciudad cercana a Agrigento (Sicilia), donde se le erigió una gran basílica en el lugar mismo del martirio que aún hoy conserva la Orden; todavía sigue manando agua de la famosa fuente que se dice brotó en el sitio exacto donde Ángelo derramó su sangre. Su enorme popularidad aún hoy en día se mantiene en pleno vigor. El P. Saggi que depuró hasta la médula misma de tal figura descarnándola de toda posible leyenda, al final de su exhaustivo estudio llegó a la conclusión de que su libro bien se podría titular: San Ángel de Sicilia, mártir carmelita, porque era el hecho más cierto e irrefutable de cuantos datos se tienen sobre la vida de San Ángel[82].

No hay que olvidar que a su martirio van unidos otra serie de hechos para la historia de la Orden muy importantes, dada su venerabilidad y su peso cualitativo en los que desde siempre se le tuvo. La tradición le hace haberse encontrado en Roma, junto a la puerta de San Juan de Letrán, con las otros dos grandes fundadores Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís, prediciéndole este último el martirio que habría de sufrir, mientras que el carmelita le anuncia la gracia de los estigmas. También por su intercesión se habría obtenido la confirmación de la Regla en 1226 por Honorio III. Se non è vero… Iconográficamente y desde muy antiguo se le representa con el alfanje musulmán sobre la cabeza o con un puñal atravesándole el pecho.

1.3. Mártires españoles del siglo XVI

Se tiene constancia documental de dos carmelitas españoles, uno catalán y otro castellano, que en el siglo XVI sufrieron martirio en África; de uno de ellos al mismo P. Gracián le alcanza la noticia: “A fray Juan Vanegas…lo habían quemado vivo en Argel sólo por haber dicho que era primo de un Inquisidor, como me contó fray Juan Ruiz, carmelita y compañero suyo, que viniendo de Roma los capturaron juntos y estaba conmigo en el mismo baño (quiere decir mazmorra)[83]. También del catalán hay extensa noticia; se llamaba fray Bartolomé Garau. De ambos, aunque brevemente, haremos cabal memoria.

Sobre el P Bartolomé Garau (†1564) una vez más será el P. Garrido quien recoja todos los datos posibles de cuantas fuentes halló sobre este mártir carmelita. Hijo del convento de Barcelona (o de Vich), debió nacer hacia 1495; ya en el capítulo provincial de Gerona de 1520 se le nombra «magister_morum», es decir, maestro y formador de jóvenes carmelitas para el convento de la Ciudad Condal. En 1558 aparece como prior de Manresa; un año más tarde es electo prior y Regente de estudios en la ciudad de Vich. En el capítulo provincial de 1566 celebrado en Tárrega se le nombra con el mismo cargo de Regente para el Carmen de Barcelona, oficio que no llegó a desempeñar por hallarse ya cautivo en Argel donde sufriría cruel suplicio. “Premio, sin duda, de la santa vida del P. Garau fue el glorioso martirio con el cual, por gracia de Dios, pudo coronarla, y del cual poseemos, afortunadamente, una relación que, con buen fundamento, podemos considerar digna de fe”, nos dice el P. Garrido[84].

Respecto al martirio del diácono Fray Juan Vanegas (†1588) la primera noticia nos llega por medio del P. Gracián antes apuntada, pero una vez más será el P. Garrido quien nos complete esta historia que, con su buen olfato de investigador, halló documentada en la Biblioteca Nacional de Madrid. Era nuestro carmelita natural de Alcalá de Henares (Madrid); ingresó en la Orden del Carmen en la que profesó el 7 de junio de 1579. Llegó a ser ordenado de diácono. «Pasando en Roma fue preso por corsarios de Argel el año ochenta y dos, a los doce de mayo, y un muchacho que venía en el bajel donde [era] cautivo, dando falsa información, dijo el dicho religioso ser hombre de rescate en la cantidad que los turcos le pedían, que eran cinco mil ducados, y sobre esto fue molestado y maltratado con las osadas molestias y violencias que estos paganos acostumbran con los cristianos»[85].

Y así se prolongó la agonía hasta su posterior martirio que tuvo lugar el día 26 de febrero de 1588. No existen fuentes directas, pero sí totalmente fiables según se nos dice. El martirio se produjo de esta manera: fue empalado y a su alrededor, a cierta distancia, dispusieron la leña para la lumbre a fin de que se fuese quemando poco a poco y el suplicio durara más. Tiempo tuvo el infortunado reo como para encomendarse a Dios y predicar a la multitud mientras se le atormentaba; nada menos que durante cuatro horas logró mantenerse enhiesto y sereno exhortando al arrepentimiento y la conversión. Al final fue alanceado: un venablo certero le atravesó el pecho de parte a parte. E “inclinando la cabeza, terminó su bienaventurada vida”. Escribe Garrido que el martirio del joven diácono despertó un gran fervor entre los carmelitas castellanos, alentando el interés por las misiones, como se cuenta del venerable P. Miguel de la Fuente[86].
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2. LOS MÁRTIRES DE LA REVOLUCIÓN FRANCESA

Si exceptuamos la Guerra Civil española (1936-1939), tal vez la mayor contribución testimonial del Carmelo a la causa de la Iglesia haya sido la ocasionada por la Revolución Francesa a finales del siglo XVIII. Sin embargo, el extermino de la Orden en Francia fue total: siete provincias desaparecieron con más de setecientos frailes a pesar de que por estas fechas habían sido ya reducidos a más de la mitad en sus conventos. Se tiene certeza de haber sufrido martirio unos treinta religiosos de la vieja Orden (les Grands Carmes), y otros tantos aproximadamente de descalzos y descalzas. Sin duda las más célebres son las Mártires Carmelitas de Compiegne en gran parte gracias a la obra de George Bernanos «Diálogos de Carmelitas». De los “Grands Carmes” el más conocido es el P. Martiniano Pannetier y sus terciarias carmelitas a las que alentó a entregar sus vidas por Jesucristo en la última hora. Sin embargo el primero en ser beatificado ha sido el P. Jacques Retouret, gracias a que nuestro carmelita iba incluido en la causa global de la diócesis de La Rochelle junto con otros 101 compañeros mártires; entre ellos también tres descalzos.

2.1. Martiniano Pannetier (1718-1794)

“En el año 1789 llegó la hora en la que la Iglesia de Francia hiciese penitencia por sus pecados, y si por el rigor con el que fueron tratados se puede concluir alguna cosa, aquellos pecados debían ser de un rojo intenso”. Así comienza el P. Smet su espléndido capítulo sobre la Revolución Francesa[87]. Allí nos cuenta paso a paso todo el proceso revolucionario hasta llegar a la aniquilación total del Carmelo francés y los mártires carmelitas. El más importante de todos ellos, tal vez por ser el más divulgado, fue el P. Pannetier.

Era natural de Burdeos en cuyo convento del Carmen hizo su profesión religiosa en 1738. Pasó toda su vida en este monasterio, distinguiéndose principalmente en la pastoral del confesionario y dirección de la Orden Tercera para la que escribió su Instruction à l'usage des confrères de Notre-Dame du Mont Carmel y La vie du Saint-Simon Stock, obras que hubo necesidad de reeditar en numerosas ocasiones. Cuando el 27 de abril de 1790 las autoridades civiles fueron a incautar el convento del Carmen, el P. Martiniano declaró que “desde que ingresó en la vida religiosa hacía cincuenta y tres años, él siempre había vivido en la casa de Burdeos, que amaba su estado religioso y no pensaba abandonarlo ahora y que así esperaba y deseaba acabar sus días”. Y se le permitió seguir en el convento. Pero, al negarse a jurar la Constitución, el Directorio le prohibió predicar. Haciendo caso omiso de tal prohibición subió al púlpito e hizo ante la multitud una encendida exaltación del testimonio dado por los primeros cristianos hasta derramar su sangre, ejemplo para los católicos franceses de aquella hora.

En septiembre de 1791 todos los conventos fueron expropiados sin que pudiesen los religiosos llevarse nada salvo lo puesto. El P. Pannetier se alojó muy cerca del convento. Una noche, con la ayuda del joven carmelita P. Soupre, de 28 años, logró rescatar las reliquias de S. Simón Stock que allí se veneraban y consumir las formas consagradas que habían quedado en el altar; cuando tras escalar los viejos muros del convento el P. Soupre entregó la arqueta de las reliquias al P. Pannetier, éste lloró emocionado. Halló refugio en casa de Teresa Thiac, una prima suya y terciaria carmelita, quien le acomodó en lugar secreto especialmente preparado. Podía celebrar clandestinamente en la calle Sta. Eulalia y visitaba a las monjas del Buen Pastor que luego serían guillotinadas sin piedad.

2.2. Martirio del P. Pannetier y su terciaria

En octubre de 1793 se impuso el tristemente famoso "Régimen de Terror" que no tardó en llegar a Burdeos que al final se cobró 314 víctimas; entre ellas el P. Pannetier y dos terciarias carmelitas. El lugar de su escondite fue revelado por el mismo artesano que lo había hecho. El venerable pero recio carmelita, ya de 65 años, fue arrestado el 20 de julio de 1794 junto con su prima Teresa Thiac, su anfitriona, y otra terciaria llamada Ana Bernard; el interrogatorio y las valientes respuestas ante el juez Plénaud, junto con una amplia biografía, las transcribe textualmente el P. Valabek. Estremece la falacia escondida tras la pretendida defensa de una libertad sobre cuya ara tantas víctimas se sacrificaron y se siguen sacrificando. La sentencia fue la esperada: pena de muerte. Un patético lienzo de Gonella, conservado en San Alberto de Roma, representa la escena: el anciano carmelita, revestido con su capa blanca y cual otro Eleazar Macabeo, anima a sufrir el martirio por Cristo a las dos santas mujeres, Teresa y Ana, mientras él mismo inicia la escalada al patíbulo donde aguardaba el verdugo. Era el día 21 de julio de 1794.

En 1928 se envió a Roma el proceso informativo de Ana Bernard; recientemente se ha reactivado la causa de los Siervos de Dios María Gimet y los Veintiocho Mártires de Burdeos entre los cuales se hallan el P. Pannetier y las dos venerables terciarias carmelitas[88].

2.3. Beato Jacques Retouret (1746-1794)

El P. Smet recuerda también a otros carmelitas franceses que sufrieron martirio, como los PP. Miguel Barrot (o Berraut) y Juan bautista Bedouin, pero se interesa de un modo especial por los deportados de Rochefort en 1794 entre los que se encontraba nuestro carmelita Jacques o Jaime Retouret. También el P. Valabek se ocupa del mártir francés en una amplia semblanza[89].

Nuestro beato P. Retouret había nacido en 1746, hijo de un mercader de Limoges; profesó en el Carmen de Las Arenas en su ciudad natal a los 16 años aún sin cumplir y después de haber estudiado con los jesuitas. Continuó la tradición familiar: un tío suyo era ya carmelita y a Jacques le siguió su hermano François un año más tarde. Tras emitir sus votos religiosos fue enviado a Rochefoucauld donde permaneció durante cinco años y, a la vez que iba recibiendo las órdenes menores, ejercía como profesor de retórica. Finalmente fue ordenado de sacerdote por Mons. d'Argentré, obispo de Limoges, quien personalmente estimaba mucho a fr. Jacques por su fervor y humildad. Siempre se distinguió, efectivamente, por su piedad, por su espíritu de oración y por el apostolado de la palabra. Hombre muy débil de salud, durante toda su vida sobrellevó con paciencia sus dolencias hepáticas.

Por un decreto del 26 de agosto de 1792 se ordenaba que los sacerdotes no juramentados habrían de ser deportados a la Guayana Francesa; los curas y frailes de la región Norte-Este de Francia lo harían por la desembocadura del Charente en Rochefort, a escasos kilómetros de La Rochelle, tan famosa en la historia de Francia. Entre los deportados y por las mismas causas estaba el P. Retouret. Hasta llegar allí los prisioneros iban en carretas descubiertas, encadenados de dos en dos, objeto de escarnio ante la chusma. La grotesca caravana iba precedida de machos cabríos y otros animalejos astados en cuya cornamenta lucían mitras de obispos; otras alimañas iban revestidas de ornamentos sacerdotales y a todos estos cuadrúpedos precedía un enorme cerdo con la tiara papal. El mensaje era tan claro como cruel.

Tras aquella caravana reseñada se llega a la deportación; el 28 de marzo de 1794 el médico certifica que el P. Retouret, pese a su enfermedad, es apto para emprender la marcha hacia el destierro. Al día siguiente se ponen en camino vía fluvial. «Nos embarcaron en una gabarra que se llevó seis días en recorrer seis leguas. El segundo día llegamos a un lugar, San Saviniano, donde cesó la marea. Como llovía mucho y habíamos estado expuestos toda la noche a la intemperie, el patrón nos aconsejó hacer esta legua a pie, siguiendo la ribera del Charente. Sufríamos en el cuerpo, pero sentíamos la mayor alegría en lo profundo de nuestro corazón por haber sido hallados dignos de sufrir algo por Jesucristo. Esta noche nos recordaba aquélla en la que nuestro Salvador fue apresado en el Huerto de los Olivos»[90].

Las condiciones y situación de Rochefort ya las conocemos. Baste recordar que el barco Deux Associés que le correspondió al P. Jacques estaba destinado para el tráfico de esclavos negros y que para dormir sólo disponían de un espacio de 30 cms., ni siquiera el de un estrecho ataud. El hedor era insoportable y muchos morían de asfixia. Lo contaría años más tarde un superviviente de aquel infierno, el P. Pierre Rousseau; la descripción realmente es dantesca. «Sin_comentarios», anota Valabek[91]. Al final, aquel despojo humano, andrajoso y enfermo, fue destinado a la isla Madame junto a otros 143 desahuciados; el 26 de agosto de 1794 moría el P. Retouret, tan sólo a los cuatro días de haber arribado. De las 275 tumbas excavadas en la isla una pertenece al carmelita.

2.4. Los tres beatos descalzos

Entre aquellos 64 mártires beatificados iban también tres carmelitas descalzos de la Congregación de Italia, «tres vidas sacrificadas en su plenitud», como escribe el P. Maccise. Van todos englobados en la misma triste historia que terminamos de reseñar sucintamente. He aquí una breve síntesis biográfica extraída de la citada carta circular del que entonces era prepósito general descalzo.

P. Jean Baptiste Duverneuil (1759-1794) era paisano del P. Retouret, de Limoges. Había estudiado en el seminario diocesano y, una vez ordenado de sacerdote, ingresó en el Carmen Descalzo asumiendo el nombre de Léonard. Le sorprendió la Revolución en el convento de Angulême, regresando a su Limoges natal al ser exclaustrado. Por negarse a jurar la Constitución Civil del Clero fue conducido a Rochefort en espera de ser deportado a la Guayana. No resistió la dilación muriendo en el barco consumido por el hambre y la enfermedad el día 1 de julio de 1794.

P. Michel-Louis Brulard (1758-1794). Había nacido en Chartres e ingresó en el Carmelo teresiano en la ciudad de Charenton después de haber estudiado teología en la Universidad de París. Exclaustrado y negándose a jurar la Constitución Civil, fue arrestado y deportado a Rochefort en 1793. “Uno no creería nunca, sin haber sido testigo, que un cuerpo pueda llegar hasta el punto inconcebible de flaqueza al que yo lo he visto reducido” escribía un compañero de deportación. Muere en uno de los barcos anclados en la rada de Rochefort el 25 de julio de 1794.

P. Jacques Gagnot (1753-1794), natural de Frolois. Ingresó como fraile carmelita en el convento de Nancy en 1774, trocando su nombre civil por el de Hubert de Saint-Claude. En 1791 fue exclaustrado y se vio obligado a vivir con una familia que le acogió en Nancy. En marzo de 1793 fue encarcelado por el Comité revolucionario que le catalogó como de «fanático-peligroso». Fue condenado a la deportación el 24 de marzo de 1794.

Dos días más tarde escribe a su madre: «Cuando se considera todo esto con los ojos del mundo no hay nada más espantoso ya que, en efecto, uno es arrojado fuera de su patria sin saber lo que vendrá, expuesto al hambre, a la sed, a la desnudez… Pero cuando se considera todo eso con los ojos de la fe, cuando uno reflexiona que el Señor nos ha encontrado dignos de sufrir por su santo nombre, que somos perseguidos por causa de la fe, todo eso nos alienta y nos anima con un santo celo para defender la religión católica, apostólica y romana en la que nosotros hemos nacido y en la que queremos morir». El P. Gagnot murió el 10 de septiembre en la nave prisión a la edad de 41 años[92].

2.5. Otros mártires carmelitas

En la misma isla de Madame también están enterrados otros dos carmelitas mártires de la Provincia de Turena: Gatién de S. Maurilio Le Lièvre (1734-1794) y Juan Bautista Pedro Letourneau (1752-1794). Había sido el primero prior de Le Guildo en 1773 y de Loudun en 1776. Rechazó el juramento y ejerció su ministerio clandestinamente en la diócesis de Quimper. Deportado a Rochefort murió a bordo del Washington el 11 de octubre de 1794; está enterrado en la isla de Madam. Junto a él yace el cuerpo del P. Letourneau quien había fallecido a bordo del Deux Associés, como el P. Retouret, durante la noche del 9 de septiembre del mismo año.

De la misma Provincia de Aquitania era el P. Severino de S. Valentín Rouffle (ca. 1739-1794), natural de Limoges; desempeñaba el cargo de prior en Montmart cuando estalló la Revolución Francesa. Rechazó también el juramento siendo encarcelado y deportado por dicha causa. Murió el mismo día de la Virgen del Carmen, 16 de julio de 1794, a bordo del Deux Associés. El P. Antonio José Savary (1744-1794), había nacido en Montmart en cuyo convento hizo su profesión de carmelita. Había hecho como Retouret el juramento de Liberté-Égalité del que más tarde se retractó públicamente al comprobar el engaño. Fue confinado en el tristemente famoso Deux Associés donde murió, entregando su vida el día 5 de mayo del mismo año de 1794. Ambos carmelitas, miembros de la misma provincia del P. Retouret, fueron sepultados en la isla de Aix[93].

Un total de 547 sacerdotes y religiosos murieron en Rochefort a causa de su fe; en 1925 el obispo de La Rochelle y Saintes envió a Roma el proceso informativo de solamente 64 mártires de quienes se pudo recabar información completa. La causa de canonización la han llevado los franciscanos conventuales a cuya familia religiosa pertenecía un gran número de estos mártires franceses. Iban encabezados por Jean Baptiste Souzy y compañeros. La solemne ceremonia de la beatificación tuvo lugar el domingo día 1 de octubre de 1995. Junto al P. Retouret iban también incluidos los tres carmelitas descalzos ya reseñados: Jean Baptiste, Michel y Jacques. La familia del Carmelo se vistió de fiesta y celebró la memoria de sus fieles testigos[94].

2.6. Las 16 Mártires Carmelitas de Compiegne (1794)

Al desatarse las iras antirreligiosas de la Revolución Francesa en 1792 la priora de las carmelitas de Compiègne, Teresa de San Agustín, convocó un día a toda la comunidad y expuso a las monjas qué podrían hacer ellas, pobres mujeres, en aquellos aciagos momentos por los que atravesaba la Iglesia de Francia y de acuerdo con los fines fundacionales del monasterio. Sugirió la posibilidad de ofrecer sus vidas como “víctimas expiatorias”; ella al menos estaba dispuesta a hacerlo. Dos religiosas ancianitas se resistían a ello, aterrorizadas con la sola idea de sentir sobre sus cuellos el frío acero de la guillotina, pero se rindieron al fin. Y en un acto solemne todas se ofrecieron al Señor en holocausto “para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su Hijo amado, le fuera devuelta a la Iglesia y al Estado”. Todos los días renovaban su ofrecimiento al Altísimo como víctimas expiatorias.

Arrojadas de su monasterio, las dieciséis carmelitas se distribuyeron en cuatro grupos por diferentes lugares de la ciudad, perseverando en su vida de oración y ofrecimiento, coordinadas siempre por la M. Teresa. Durante los tiempos más duros de la Revolución fueron delatadas; la orden de búsqueda y captura dada por aquella oficialidad intolerante dio como resultado la reclusión de las monjas en el Monasterio de las Salesas transformado en cárcel; desde aquí serían transportadas a París el día 13 de julio de 1794 y conducidas a la terrible prisión de la Conciergerie donde aguardaban multitud de religiosos y seglares condenados a muerte y a la espera de que se cumpliese la pena capital.

El 16 de julio, conmemoración de Nuestra Señora del Carmen, las monjas compusieron unas letrillas que escribieron con unos tizones sobre trozos de papel que luego repartieron; todos corearon las canciones de las religiosas con música de la Marsellesa, el himno revolucionario que nadie les podía prohibir; eran enardecidas loas a la esperanza, un canto de júbilo hecho plegaria y expresión de una viva fe. Al día siguiente fueron condenadas a muerte por el tribunal revolucionario en juicio sumarísimo y por la vía rápida: aquellas monjas eran demasiado peligrosas para los reclusos. Ese mismo día 17 de julio debían ser ejecutadas.

El cortejo de aquellas religiosas por las calles de París, camino del cadalso, no era el espectáculo fúnebre al que estaba acostumbrado a presenciar el populacho parisiense, sino algo muy singular: sobre una carreta al descubierto las dieciséis carmelitas iban cantando en gregoriano el Miserere y la Salve Regina. Y cuando avistaron el lugar del holocausto entonaron el Te Deum, todo un rito, ciertamente, pero que entrañaba un torrente de vida. Al pie de la guillotina y ante un silencio impresionante las carmelitas entonaron el Veni Creator Spiritus y fueron renovando una por una su profesión religiosa en manos de la priora, M. Teresa de S. Agustín Lidoine: “Yo…(Sor Ana María, Sor Carlota, Sor Eufrasia, Sor Enriqueta, Sor Marta, Sor Constanza…) renuevo mis votos de pobreza, obediencia y castidad…usque ad mortem, hasta la muerte. Jamás se habían pronunciado unas fórmulas de profesión más verídicas ni patéticas que aquéllas.

La literatura que ha popularizado tanto este hecho histórico nos habla de la indecisión de la joven novicia Sor Constanza a entregar su vida en testimonio de su fe. Pero mucho más de admirar es, a nuestro juicio, la entereza de aquellas ancianas carmelitas, Sor Ana María de Jesús Piedcourt y Sor Carlota de la Resurreción Thouret, ambas de 79 años, entregando sus vidas repletas de generosidad en testimonio de su amor y fidelidad a Jesucristo.

Las 16 mártires fueron beatificadas por San Pío X el 13 de mayo de 1906; inspirados compositores de música y literatura: Gertrudis von Le Fort, Bruckberger, George Bernanos, Francis Poulenc… hicieron el milagro de popularizar esta gesta que sin duda se repitió en otros silenciados testimonios de aquella cruel Revolución y que el Señor no permitió que traspasaran los límites de lo privado y lo escondido.

 

3. LOS MÁRTIRES DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

3.1. La República española y la represión religiosa

Dentro del apartado dedicado a nuestros mártires carmelitas, capítulo especial merecen nuestros mártires españoles, víctimas de la irracional represión religiosa que sufrió la Iglesia en España durante los años de la II República (1931-1939). Fue tan cruel y despiadada esta persecución religiosa que dio como patético resultado un total de 7.000 víctimas entre religiosos y sacerdotes diocesanos, aparte de los innumerables cristianos laicos que, ajenos a los avatares y juegos de las ideas políticas, dieron su vida in odium fidei, en testimonio de Cristo. El clero secular fue el blanco preferido de los amotinados, obispos, párrocos y capellanes (4.184), mientras que el resto, unos tres mil aproximadamente, eran miembros de órdenes y congregaciones religiosas. No en todas las diócesis se dio el mismo porcentaje de víctimas por razón de las zonas ocupadas por uno u otro bando -los llamados rojos y nacionales-, ni en todas se empleó la misma saña. En esta misma proporción correspondió a las órdenes o congregaciones religiosas allí incardinadas como, por ejemplo, en Barcelona; entre otros muchos fueron martirizados en la Ciudad Condal 50 hermanos de las Escuelas Cristianas, 46 Maristas, 26 religiosas Carmelitas de la Caridad, 25 Carmelitas Descalzos… El tributo que hubo de pagar el Carmelo español en ambas observancias fue de un total de 180 religiosos sacrificados: 91 carmelitas descalzos, 54 carmelitas observantes, 26 Hermanas Carmelitas de la Caridad, 5 descalzas de clausura y 3 monjas de la primitiva observancia[95]. No se contemplan aquí otros muchos laicos carmelitas, terciarios o cofrades, que también dieron su vida por su fe católica[96].

Cuando en marzo de 1987 fueron beatificadas las tres Carmelitas Descalzas de Guadalajara, las primeras mártires glorificadas de la guerra civil española, se levantó una fuerte y dura controversia orquestada en gran parte por ciertos políticos y escritores denominados de izquierdas, sobre la oportunidad o no de desenterrar a los muertos de la guerra. Cárcel Ortí hubo de salir a la palestra diciendo: “La persecución religiosa fue la mayor tragedia conocida en la Iglesia española y su tributo de sangre, a partir de 1936, el más ingente que registre la historia. Casi siete mil eclesiásticos fueron víctimas de un volcán de irracionalidad”. Desde 1931 ya todo estaba preparado[97]; la intervención militar de Franco en 1936 fue la excusa para la masacre. «Hay que llamar a las cosas por su nombre»[98].

3.2. Los mártires del Carmen de Onda

«Nuestros Martires». Así lleva por título breve el libro del P. Besalduch escrito cuando apenas había concluido la guerra civil[99]. Fue dedicada al Rvmo. P. Hilario Mª Doswald, prior general de la Orden, quien en sus letras del 27 de enero de 1940 le agradece no sólo la dedicatoria sino también el que hubiera aceptado hacer de cronista a propuesta suya. Y se dolía el Rvmo.: «Recordando la historia del Carmelo, hemos de lamentar el hecho de que en tantas revoluciones como han venido a ensangrentar los claustros carmelitanos y a ceñir la corona del martirio a tantos hermanos nuestros, particularmente de la Reforma en Inglaterra y de La Commune en Francia, de tan gloriosos martirios no quede más que un confuso y englobado recuerdo, por no haber podido recoger a tiempo los documentos y datos precisos»[100].

De esta encomiable obra recogemos, en primer lugar, cuanto sucedió en este convento levantino y a sus pacíficos moradores. Eran las cinco de la mañana del lunes, 27 de julio de 1936. Una pareja de guardias denominados de Asalto llaman al convento de El Carmen de Onda (Castellón) comunicando la orden de un inmediato desalojo. Gran parte de la comunidad estaba compuesta de estudiantes carmelitas, profesos simples los más, y de novicios; treinta en total. De dos en dos fueron conducidos a Onda ciudad en cuya Residencia se congregaron para rezar y cantar la Salve. Era un canto de despedida. Algunos no se volverían a ver nunca más.

Al partir desde Onda para Villarreal de ambas comunidades ya sólo eran 21; debían tomar el tren para Valencia y, desde allí, cada cual a su destino. Al llegar a la antigua ciudad de los Infantes el subprior P. Anastasio Ballester (1893-1936) fue detenido. Más tarde sería asesinado en el cementerio de Cuevas de Vinromá[101]. Quedaban veinte de aquella expedición. Al llegar el tren al Cabañal todos son reconocidos como frailes y se les hace bajar, a todos menos al corista fray Tomás González y al Hno. fray Pedro Tomás Iglesias quienes siguieron camino hacia Madrid. Los dieciocho restantes, con el Provincial P. Sarría Colomer al frente, son conducidos a Valencia.

El P. Rafael Sarría y el Hno. Florencio Marquínez salieron para Algemesí; el primero sería asesinado en su ciudad natal[102] y del Hno. Florencio nada jamás se supo Lo mismo habría de acontecer respecto al Hno. Angelo Martín, perdido en la misma estación del Norte. De los restantes a nueve se los llevaron desde la estación a un cercano convento; eran todos casi niños. El destino era Madrid. Una vez en el tren fueron hallados otros tres muchachos, los hermanos fr. Daniel García y fr. Aurelio García con fr. Adalberto Vicente; al P. Evangelista Muñoz Tornero (1906-1936) le vieron bajar en la estación de Albacete; sería asesinado en Almusafes (Valencia)[103].

3.3. El P. Alberto y los ocho coristas mártires

Los nombres de los ocho jóvenes religiosos que siguieron viaje hacia Castilla, aparte de los otros cuatro ya señalados, eran los siguientes: fr. Alberto García, fr. Francisco Pérez, fr. Silvano Villanueva, fr. Angel Sánchez, fr. Angelo Reguilón, fr. Bartolomé Fanti Andrés, fr. Ricardo Román y el Hno. Fr. Franco Arranz. Y fr. Isidoro Garrido que se salvó por distración del vigilante que lo perdió en el camino. Amanecía el día 28 de julio cuando ya se avistaba Madrid. Arribados que fueron a la estación de Atocha, no había manera de salir para Segovia, ni por la estación del Norte ni por autobús; era la del Guadarrama una zona de duros combates entre los dos frentes enemigos. “¿Qué hacemos con ellos?” se dijeron los milicianos.

Se les acomodó en un asilo de ancianos del Paseo de las Delicias donde se sintieron seguros; se habían repartido escapularios y se los habían puesto. Allí permanecieron nuestros refugiados hasta el 14 de agosto. Tres días más tarde, a las doce de la noche, un grupo de milicianos irrumpe de improviso en la sala donde dormían y se les ordena se vistan de inmediato y dejen todo equipaje en su sitio. Todos fueron conducidos a las tapias del cementerio de Carabanchel Bajo donde vilmente se les asesinó. Cuando agonizaban aquellos muchachos, encharcados en su propia sangre, aparecían las primeras luces de aquel tenebroso 18 de agosto de 1936[104].

En cuanto al P. Alberto, el que aparece al frente de grupo de jóvenes carmelitas en el proceso de canonización, sabemos que era natural de Caudete (Albacete) donde nació en 1894 y que el prior del convento de Ayala en Madrid cuando lo sorprendió la guerra. El 20 de julio de 1936 fue clausurado el convento y el P. Alberto fue conducido a la llamada «Checa_de_Fomento». El día 3 de septiembre, tras indecibles traslados e interrogatorios, ingresó en la prisión. El 28 de noviembre de 1936 y con treinta compañeros más fue conducido al siniestro Paracuellos del Jarama; sólo pronunciar este nombre estremece. Allí fue fusilado el P. Alberto[105].

3.4. La «Azucena de Vich»[106]

Sor Maria del Patrocinio de San José nació en Bigas (Barcelona) en 1903; era la menor de cinco hermanos. Educada en la más recia tradición cristiana de la familia tuvo también la suerte de ser conducida por los caminos del espíritu desde la infancia por la mano maestra del párroco de Bigas Mosén Gabriel Oller, pero será el Dr. Lladó, también mártir de Cristo, quien la conduzca al Carmelo de la Presentación de Vich junto con su paisana y amiga Rosa. Ésta se le adelanta; María, sin embargo, habrá de soportar la fuerte oposición de su propia familia y, cuando al fin un día decide marchar de casa, muy temprano y a escondidas como otra Teresa, ingresará en el monasterio. Desde el convento escribirá a su madre y hermanos justificando su huida. «Tenía que hacerlo», explica. Era octubre de 1929 cuando ya María contaba 26 años.

Profesó nuestra novicia con el nombre de Sor María del Patrocinio de San José el día 13 de abril de 1931. A partir de esta fecha la ya religiosa carmelita emprende un raudo vuelo por las alturas de la santidad, a pesar de la incertidumbre que para la vida religiosa presagiaba la impuesta II República justo por aquellos días. A pesar de todo emitirá su profesión solemne el 14 de abril de 1934, aniversario de aquel régimen tan poco afecto a la vida del claustro[107].

El 18 de julio de 1936 resonó en el convento el grito de guerra; las carmelitas tienen orden de desalojar el monasterio. Consumen el Santísimo y aquella noche no duermen ya en el claustro. Pocas horas más tarde el convento sería pasto de las llamas. Repartidas entre familias cristianas de Vich, Sor Patrocinio visita y atiende a las religiosas más ancianas y necesitadas. “El 13 de agosto, los verdugos se presentaron en una casa para apresar a un sacerdote que estaba allí escondido y en la cual se encontraba casualmente Sor María; a ambos lo llevaron al ayuntamiento”.[108]. Juicio sumarísimo en aquella improvisada Casa del Pueblo: los sacerdotes y la carmelita son reos de muerte con orden de una inmediata ejecución. «Frente a la iglesia desolada del pueblecito de San Martín de Riuperas una una descarga cerrada acaba con la vida de los dos sacerdotes a los pocos instantes. A Sor María trataron los esbirros de forzarla como mujer y, ella “defendiéndose con una fuerza de leonesa cristiana su angélica virtud, trató de alejarse, huyendo de los buitres”. Una fuerte descarga hizo caer en tierra a Sor Patrocinio. “Con su mano derecha la mártir apretaba su crucifijo y murió abrazada a él”[109].

3.5. Las dos mártires carmelitas de Valencia

Sor Trinidad Martinez Gil nació en Soneja (Castellón) el 18 de enero de 1893. Fue monja del antiquísimo y observante monasterio de la Encarnación de Valencia (fundado en 1502) donde Ingresó el día 1 de enero de 1911 como postulante; el 16 de julio de ese mismo año tomó el santo hábito del Carmen e hizo su profesión solemne el 20 de julio de 1919. El P. Besalduch recoge los datos que la M. Rosario Zubiri le envió sobre nuestra carmelita mártir nada más concluir la guerra.

Cuenta nuestra cronista que al estallar la guerra la M. Trinidad salió del convento, como todas las monjas, yéndose a refugiar en Alcudia de Carlet a casa de otra reli­gio­sa, antigua novicia suya. Fue detenida por los emisarios del Comité Rojo en compa­ñía de otra señora. Las dos fueron condenadas a muerte; ignoramos qué delito había cometido aquella buena señora, pero sí sabemos el de nuestra carmelita: simplemente por ser monja. «El 24 de septiembre de 1936, por la noche, fueron las dos inocentes victimas conducidas al lugar del martirio, prodigando nuestra religiosa, camino del martirio, palabras de gran aliento a la dama compañera de destino». Puesta de rodillas y abrazada a un crucifijo, la santa monjita cayó al suelo acribillada por las balas [110].

Sor Maria Josefa Ricart Casabant, carmelita también del mismo monasterio de la Encarnación de Valencia. Había nacido en Albal (Valencia) el 21 de enero de 1889. Emitió su profesión religiosa en la Orden del Carmen el 19 de enero de 1908, cuando a punto estaba para cumplir los 19 años. De esta santa carmelita existe otro informe, similar al anterior: «En su vida de claustro se distinguió por su perfecta observancia regular y por su acrisolada caridad para con sus hermanas de hábito. De esta hermosa virtud realizó actos heroicos con su asistencia a las religiosas enfermas… Como buena carmelita amaba tiernamente a nuestra Santísima Madre; tenía asimismo una devoción especial al patriarca San José».

Al trasladarse a Albal, su pueblo natal, en los primeros días de la revolución marxista, fue detenida en el tren y conducida al Ayuntamiento. Allí, después del registro e interrogatorio de “protocolo”, se la dejó en libertad. El 8 de septiembre del mismo año 1936 se la sacó de casa de una hermana suya donde estaba refugiada y a la hora de medianoche, en compañía del señor vicario del pueblo, fue conducida a la carretera de Silla, término municipal de Albal. Y le llegó la hora. A la primera descarga, creyendo los asesinos que ya estaba muerta, precipitadamente se fueron; cuando volvieron y la vieron viva y de rodillas en actitud de orar, se acercaron a la mártir y la remataron con el llamado “el tiro de gracia”»[111].

3.6. Masacre en Hinojosa del Duque

Era la de Hinojosa del Duque (Córdoba) Casa Provincial de la Bética y Seminario Menor donde habitualmente residían más de veinte religiosos, amén de unos cincuenta marianitos. Afortunadamente todos estaban de vacaciones. El 18 de julio supuso un paseo triunfal para la benemérita, pero la represalia no se dejó esperar ocho días más tarde. A las primeras horas del día 27 llegaron nada menos que “cuarenta hombres en camiones blindados, con sus cargas de milicianos y material de guerra” que iban a sembrar de terror y espanto en el pacífico y religioso pueblo hinojoseño. A varios sacerdotes y detenidos los condujeron a Pueblo Nuevo donde se hallaba el alto mando; entre éstos iba el joven granadino P. José González Delgado, Maestro de seminaristas. Fue el protomártir de aquellos carmelitas andaluces.

El P. Luis Mª Llop, bajo el seudónimo de Azael, es quien publica el escalofriante relato del martirio y el diálogo previo al asesinato tal como un testigo presencial se lo escribe[112]. Fue sacado como espectáculo público a la plaza de Pueblo Nuevo para hacerle el llamado Comité Revolucionario un juicio; al negarse a dar vivas al Comunismo y gritar en cambio un “¡Viva Cristo Rey!”, fue inmediatamente fusilado.”¡Muy bien, querido hermano! ¡Así se vive y así se muere!, escribió el P. Benítez[113]

El día 14 de agosto fue el señalado para el asalto definitivo al convento de Hinojosa; era portero del convento el Hno. Fray Antonio Martín Povea[114]; al sonar la campanilla abrió la puerta y entró la chusma que, sin fijarse en quien les abría, salió a la caza de fray José Ruiz por allí pasaba a quien hirieron gravemente. Luego volvieron por fray Antonio Martín a quien, maniatado por la espalda, le hicieron recorrer todo el convento en busca del “dinero y de las armas que los frailes tenían escondidos”. Ya en el claustro alto, junto a la puerta del coro, hallaron a fray Pedro Velasco[115] y allí mismo los acribillaron. Consumado el doble crimen, prendieron fuego a la iglesia del Carmen. Fray José Ruiz[116], malherido, fue llevado a la prisión junto con fray Eliseo Camargo[117]. En la madrugada del 18 de agosto seleccionaron a 18 y los condujeron a «La Cruz de la Media Legua» donde los asesinaron. Fray José fue el último en morir, habiendo de presenciar el patético espectáculo.

Finalmente nos encontramos con la muerte del P. Carmelo Moyano Linares. Había nacido en la ciudad cordobesa de Villaralto el 10 de junio de 1891 y profesó en la Orden del Carmen el 15 de agosto de 1908. Se doctoró en Roma y allí fue ordenado de sacerdote el 6 de junio de 1914. De frágil contextura física, era todo un talento al que se unía la bondad natural y la piedad, dotes que nos recuerdan mucho al beato Tito Brandsma. El 16 de agosto de 1936 fue hecho prisionero y aquí empezó todo un itinerario de ignominias y sufrimientos, sometiéndole a un inhumano trato. Todo acabó el 23 de septiembre. De madrugada y maniatado, fue conducido junto a una veintena más de prisioneros a un lugar llamado «La Dehesa»; entre el ruido macabro de los disparos a quema ropa allí se mezclaron los vivas entusiastas a Cristo Rey[118].

3.7. Los cuatro mártires de Montoro (Córdoba)

Había existido en esta antiquísima ciudad cordobesa un convento de carmelitas descalzos dedicado a S. Juan de la Cruz; fue suprimido por la ley de la exclaustración general de 1836. Con fecha del 24 de marzo de 1934 fundan nuestros padres un Colegio en el centro mismo de la población a la vez que se hacían cargo de las parroquias de S. Bartolomé y la del Carmen, iglesia del extinguido convento descalzo. En julio de 1936 formaban la comunidad el P. José Mateos Carballido, prior; el P. Eliseo Cintas; fray Jaime Carretero, diácono; fray Romeo Perea, corista, y los Hermanos fray Franco Jiménez y fray Ramón Pérez Sousa. Tanto fray Romeo como fray Franco supieron sortear el peligro y huyeron a tiempo.

El joven prior no ocultó la grave situación en la que se encontraban y dejó a cada cual que optara por cuanto considerara más prudente. Los tres clérigos y el Hno. Fray Ramón permanecieron en sus puestos; estos cuatro religiosos permanecieron toda aquella noche del 19 al 20 en oración ante el Santísimo Sacramento. Lo mismo hicieron la noche siguiente. En la madrugada del día 21 la chusma entró en el convento encontrando a los cuatro carmelitas en la capilla de rodillas y con los brazos en cruz .

Fueron conducidos los cuatro hasta la cárcel que estaba situada en El Charco, parte del antiguo convento carmelita. El espectáculo humano era aterrador: allí se concentraban un total de 60 detenidos cuyo único delito era el de ser cristianos. ¡Vamos a matarlos a todos!, fue la consigna. Al abrir las puertas de la cárcel los detenidos formaban un compacto grupo, como buscando la mutua protección; en primera fila estaban nuestros carmelitas una vez más de rodillas y con los brazos en cruz, cuadro patético comparable a los Fusilamientos de Goya. Los primeros en caer fueron los frailes, bañados en su propia sangre.

3.8. Los doce mártires de Tárrega (Lérida)

Era el convento de Tárrega uno de los más antiguos de la primitiva provincia de Cataluña. En el momento de estallar el conflicto bélico componían la comunidad tarraguense doce religiosos: cuatro sacerdotes, cinco estudiantes coristas y tres hermanos. Ocho eran catalanes, dos valencianos, un aragonés y un mexicano.

Ante una aparente corrección en formas y atenciones burocráticas a todos se les cursó licencia para poder viajar sin obstáculo alguno; eso sí: debían hacerlo en un día y a una hora determinada. Todo estaba preparado. Conforme fueron llegando los doce carmelitas se les condujo al comité de la ciudad donde se dictaminó fueran conducidos a Barcelona. A unos dos kilómetros de Cervera, en la cuneta misma del camino, fueron masacrados. Una vez más se entremezclaron los gritos de un vibrante “¡Viva Cristo Rey!” entre el fragor de los disparos. Para mayor seguridad se les roció con gasolina y se les prendió fuego. «Sus nombres están inscritos en los cielos» (Lc 10, 20). He aquí sus nombres:

P. Ángel Hostench, natural de Bañolas (Gerona), nacido en 1896. P. Eliseo Manéus Besalduch había nacido en San Mateo (Castellón) en 1896. P. Eduardo Serrano Buj, natural de Villarluengo (Teruel), nació en 1912. Fr. Pedro Ferrer Marin. Natural de Mataró (Barcelona) donde nació en 1909. Y los jovencísimos coristas de 17 años Fr. Andrés Solé Rovira, natural de Vendrell (Tarragona); Fr. Miguel Soler Sala, de Olot (Gerona); Fr. Juan Puigmitjà Rubio, también de Olot, y Fr. Pedro Tomas Prat Colldecarrera, nacido en Santa Margarida de Bianya (Gerona), todos habían profesado el 22 de septiembre de 1935.

Fr. Eliseo Fontdecava Quiroga había nacido en Portbou (Gerona) en 1891. Fr. Jose Escoto Ruiz, mexicano. A sus 58 años vino a encontrar la corona del martirio en España. Fr. Elías Garre Egea. Se llamaba Genís, natural de Lorca (Murcia); era novicio en Tárrega con el nombre de fray Elías[119]. Y el P. Anastasio Dorca Coromina que no pertenecía a la comunidad de Tárrega, sino a la de Olot y se hallaba en esta ciudad predicando la Novena del Carmen. Simpatizaba con el gobierno de la II República pero nunca pudo pensar que iba a ser víctima del mismo[120].

 

4. MÁRTIRES VÍCTIMAS DEL NAZISMO

4.1. El beato Hilario Januszewski (1907-1945)

Cuenta el P. Kilian Healy en su libro Profeta de Fuego que en 1966 visitó Polonia y le acompañaba el P. Alberto Urbanski, compañeros ambos en el Colegio Internacional de San Alberto de Roma allá por los años treinta. Durante un largo viaje que los dos ex compañeros hubieron de realizar por tren desde Cracovia a Gdansk (Danzig), el P. General mostró gran interés porque le informara sobre el campo de concentración de Dachau en el que el P. Urbanski había sufrido prisión junto a otros diez carmelitas. Fue entonces cuanto el provincial polaco le fue contando la edificante y heroica vida del P. Januszewski en aquel campo de exterminio y que Healy nos cuenta.

Aquel gesto del P. Hilario vale por toda una vida y fue de la siguiente manera. Justo cuando se estaba en vísperas de la cercana liberación, se había declarado el tifus en Dachau y estaba haciendo estragos entre aquella desnutrida y maltratada población de recluso. Los atacados por estas fiebres fueron hacinados en el barracón 25. Nadie quería ni asomarse a aquella antesala de la muerte. Fue entonces cuando los jerarcas de aquel campo desafiaron a los sacerdotes polacos a que pusieran en práctica eso que tantas veces habían predicado sobre la caridad cristiana y sobre el amor al prójimo: «¡Eh, vosotros, perros de la Iglesia que estáis predicando siempre la caridad fraterna! Ahora tenéis una buena ocasión de demostrar que lo que predicáis es verdad. En la barraca 25 hay cientos de soldados rusos prisioneros que se están muriendo por falta de asistencia. ¡Servidlos vosotros!» Éste fue el duro reto lanzado entre sarcásticas burlas. Todos sin excepción bajaron la cabeza y nadie se dio por enterado desviando la mirada hacia otro sitio.

Bueno, todos no. Hubo alguno como el P. Januszewski que se ofreció voluntario y entró resueltamente solo en aquel antro infecto. Poco antes de encaminarse hacia el barracón de la muerte comentó con su amigo el P. Bernard Czaplinski, más tarde obispo de Clam: “Tú sabes bien que no saldré vivo”.«Pasaron algunas semanas y, no habiendo más noticias de su hermano carmelita, el P. Alberto decidió ofrecerse también él como voluntario para asistir a los enfermos de tifus. Se preocupó ante todo por hallar al P. Hilario pero de inmediato supo la espantosa verdad: había sucumbido bajo la terrible enfermedad y, como otras tantas víctimas, había sido incinerado en los crematorios del campo».

«Cuando el P. Alberto terminó de contarme su historia –continúa diciendo Healy– me hizo esta observación: “No deberíamos olvidar nunca la vida heroica del P. Hilario Januszewski. Su historia debe ser conocida”. ¿Alguien lo ha hecho? No lo sé. Yo he querido referir aquí cuanto he visto y sentido para que no caiga en el olvido esta vida ejemplar ya que no cabe la menor duda de que aquel hombre, dentro de su vida normal y ordinaria, ha tenido una misión extraordinaria que cumplir. En medio de la prueba, ha proclamado la propia fe, se ha sometido al yugo del discipulado [de Cristo] y ha entregado su propia vida por los demás»[121]. Afortunadamente ya le tenemos beatificado.

4.2. El beato Tito Bransma (1881-1942)

Tito Brandsma nace el 23 de febrero de 1881 en Bolsward, un pequeño lugar de la Frisia holandesa; tanto su nombre de pila, Anno-Sjoerd, como su apellido Brandsma eran denominaciones típicamente frisonas. En el otoño de 1898 Anno-Sjoerd llama a las puertas del Carmelo en la ciudad de Boxmeer; cinco meses le faltan para cumplir los dieciocho. El día 22 de septiembre seis novicios toman hábito; entre ellos también se encuentran sus dos compañeros de infancia, Willen y Jain, arribados cada uno al Carmelo por rutas diferentes. Los seis novicios emitirán su profesión religiosa el 3 de octubre de 1899. Estudian filosofía, teología… Aquellos muchachos ya teólogos fundan un círculo de estudios literarios y científicos que llevará el nombre de «Bautista Mantuano», el Virgilio Cristiano del Renacimiento, a quien toman por modelo de intelectual y santo carmelita; fundan también la revista «El carmelo Holandés». Ni que decir tiene que el alma de todos estos movimientos es fray Tito Brandsma; está naciendo el periodista. Cursa estudios en Roma y en 1909 será Doctor en Filosofía por la Universidad Gregoriana de la Ciudad Eterna.

En 1923 se funda la Universidad Católica de Nimega y el Dr. Tito Brandsma será elegido profesor cofundador de la misma; enseñará Filosofía e Historia de la Mística. Los alumnos guardarán un grato recuerdo de aquellos años: recita de memoria amplios textos de los místicos y los explica, reviviéndolos con su cálida voz; “No era el profesor el que hablaba, sino el místico, el santo”, comentan. En 1932 es elegido por sus propios compañeros Rector Magnífico de la Universidad; el discurso que en aquella ocasión pronunció sobre la «Noción de Dios» se haría famoso. En 1935 el arzobispo de Utrech, De Jong, nombra al P. Tito Asistente Eclesiástico Nacional de la Unión de Periodistas Católicos de Holanda; “No creemos que exista otro más capaz en la toda la nación”, confiesa el prelado.

Desde 1925 también era presidente de la Unión de Escuelas Católicas de la que era su fundador. Ante las ideologías nazis infiltradas entre los mismos alumnos el profesor se siente libre y enseña sin ambages: “Esta negra mentira es, ciertamente, más temible que la misma invasión militar, porque no solamente se limita a reprimir la libertad de los hombres, sino que también contamina las conciencias”. «Ese frailecillo es peligroso…», sentenciará la policía nazi. No se rendirá, en efecto, ante la censura de prensa ni ante la discriminación de los niños judíos en las escuelas hasta que el enero de 1942 es detenido y comenzará a sufrir un largo calvario, terminando en Dachau donde murió el día 26 de agosto de ese mismo año.

Una fotografía de aquel tiempo le ha captado en su despacho, absorto entre sus mil papeles, pero presidiendo su mesa de trabajo una imagencita de la Virgen frente a él. Es su secreto. «Su devoción a Nuestra Señora es como una fortaleza dentro de alma» escribe Alzin. Es cierto que el secreto del cristiano, según explica siempre a sus alumnos de teología mística, está en ese «solecito que cada uno lleva dentro», el amor de Dios. «Nuestra obligación es llevar a Dios como Ella lo llevaba», explica a sus jóvenes carmelitas[122].

«En la vida del padre Tito Brandsma –escribe Alzin– nunca faltó el sacrificio. Con sus primeras enfermedades ha llevado sobre sus hombros la cruz, precio de la gracia. No es sólo por puro gusto literario por lo que ha amado a Santa Teresa de Jesús, a San Juan de la Cruz y a Santa María Magdalena de Pazzis, heridos todos por el amor. Quien haya leído uno u otro de sus artículos sobre el beneficio del sufrimiento, ¿puede creer que se limitara solamente a predicar de labios para fuera la dura y santa ley de la cruz? ¿Serían tan penetrantes sus consejos a los enfermos si no sangrara él con su propio sufrimiento?»

Tito Brandsma fue una persona coherente con lo que pensaba y creía; su martirio constituye para el carmelita del Tercer Milenio un ejemplo a seguir en todas sus facetas en cuanto religioso, sacerdote y hombre comprometido con la sociedad de su tiempo. Se consideró siempre como Hijo de los Profetas; el Carmelo fue su pasión y su medio de alcanzar la santidad.

4.3. Santa Edith Stein (1891-1942)

Nace Edith Stein el día 12 de octubre de 1891 en Breslau, (hoy Wroclaw, Polonia) de familia judía. No es muy practicante. En esta Universidad estudia psicología experimental a fin de penetrar en lo profundo del alma humana, pero los estudios de esta especialización la decepcionan. Piensa que la fenomenología sí estudia el ser de las cosas y marcha a Göttingen (o Gottinga) a estudiar con el célebre filósofo Husserl. «Junto con la filosofía, Edith se dedica sobre todo al estudio de la historia. Este conocimiento ensancha su horizonte intelectual y le brinda a la vez un rico campo de acción para desplegar su talento fenomenológico y plasmar su conciencia europea. Pero la joven filósofa sigue empeñada en su idea obsesiva del problema de la verdad. Su maestro Husserl no es un cristiano creyente. Respeta la religión, pero la verdad filosófica está para él muy por encima de cualquier otra verdad que a Edith no le satisface; ella busca la verdad esencial, la vital.

En Göttingen conoce al fenomenólogo Max Scheler; es judío converso y por este tiempo no puede ocultar los fervores de un neófito católico. Con fina observación femenina Edith escribe: «En ninguna otra persona he vuelto a encontrar tan depurado el “fenómeno de la genialidad”. Sus grandes ojos azules despedían destellos de un mundo superior. Su rostro era de bellos y nobles contornos, pero en él había dejado la vida huellas desoladoras»[123]. “no me condujo, aún, a la fe. Pero me abrió una esfera de fenómenos ante los cuales jamás podré estar ciega[124].

¿Dónde está la verdad? Ésta parece ser fue la constante de su vida de Edith Stein. El “golpe de gracia” tendrá ocasión en 1921. Durante el verano Edith solía pasar grandes temporadas en una quinta que poseían los Conrad-Martius, amigos suyos. Una noche no hay velada ni tertulia; de la biblioteca escoge un libro al azar para ocupar el ocio: el Libro de la Vida de Santa Teresa. El estilo personalísimo, íntimo y coloquial con el que la santa de Ávila cuenta su vida la subyugó de tal manera que no duerme en toda la noche hasta que no lee la última página. Cuando a la luz del alba ha concluido su lectura, cierra el libro y exclama, teniéndolo aún entre sus manos: “¡Esta es la verdad!” ¿Qué había pasado? El pasaje que tanto impresionó a Edith bien pudo ser aquel en el que la santa carmelita narra su propia conversión ante la lectura de las «Confesiones» de San Agustín (V 40, 3-4). Los sentimientos y el afán de búsqueda de la verdad en estas dos mujeres, salvadas las distancias de tiempo y cultura, eran en cuanto actitudes muy similares.

Desde la conversión de Edith Stein hasta su entrada al Carmelo van a transcurrir nada menos que doce años. En este período es cuando con más detenimiento estudia a Sto. Tomás; investiga, da conferencias, publica cosas a la vez que enseña. Uno de sus más profundos estudios fue el análisis comparativo que hizo entre la fenomenología de Husserl y la filosofía de Sto. Tomás. Luego, entusiasmada con el Aquinate, haría la traducción de su De Veritate («Quæstiones Disputatæ de Veritate»), sobre la Verdad, a un alemán elegante y desde el punto de vista de la fenomenología; la doctrina tomista le impulsa a escribir Ser finito y ser eterno. Tentativo de llegar al sentido del ser. Es su obra magna que no se llegaría a publicar hasta 1950.

Ya en el convento y a pesar de su intento de olvidarse de toda tarea intelectual, a veces no tuvo más remedio que escribir algún que otro artículo para revistas y más tarde estudios serios que le encargaron como el de la Ciencia de la Cruz sobre S. Juan de la Cruz que no llegó a terminar. Quedan también de su pluma algunas reflexiones para ser leídas ante la comunidad con ocasión de ciertas celebraciones litúrgicas tales como la Navidad («El Misterio de la Navidad»), «Epifanía», “Ave Cruz, Spes unica” y «Las Bodas del Cordero» para la renovación de votos el día 14 de septiembre, la Sancta Discretio según la regla de S. Benito, etc. Y su testamento.

La vida en el Carmelo de esta singular mujer fue tan fugaz como brillante; sólo vivió en él nueve años (1933-1942). Ante la amenaza nazi Edith es trasladada a Holanda, al monasterio de Echt, a finales de diciembre de 1938. El 9 de junio de 1939, escribe un nuevo testamento en sustitución del que había redactado en 1935: «Desde ahora acepto con alegría, y con absoluta sumisión a su santa voluntad, la muerte que Dios ha preparado para mí. Pido al Señor que acepte mi vida y también mi muerte en honor y gloria suyas…, para que venga a nosotros su Reino de Gloria, por la salvación de Alemania y la paz en el mundo»[125]. El día 2 de agosto de 1942 la Gestapo se acerca al convento y ordena que Edith salga inmediatamente del monasterio. Tras recibir de rodillas la bendición de la priora Edith, cogiendo de la mano a su hermana Rosa, le dice estas palabras que alguien la oyó decir: “Ven, vamos a sacrificarnos por nuestro pueblo”. No se sabe la fecha exacta de su martirio; Edith debió morir entre el día 8 y el 11 de agosto de 1942.

 

III. FUNDADORES

1. BEATA FRANCISCA DE AMBOISE (1427-1485)[126]

Nació, probablemente, en Thouars el 28 de septiembre de 1427 de Luis, Vizconde de Thouars y Maria de Rieux de los Barones d’Encenis. Prometida, a los cuatro años, como esposa de Pedro II, pasó el resto de su juventud junto a su futura suegra Juana, hermana de Carlos VII, rey de Francia, mujer de profundísima piedad. En 1442 se celebró la entre Francisca, de quinte años, y Pedro II. El duque Pedro II murió el 22 de septiembre de 1457. Los años que siguieron a la muerte del Duque no fueron fáciles para la joven viuda. Hacia 1459 se encontró con el P. Juan Soreth, Prior General de los Carmelitas. Los dos se pusieron de acuerdo para llevar a las monjas carmelitas a Bretaña. Francisca pensó en la dote y en la construcción del monasterio, en el cual ella ingresó. Murió en Nantes el 4 de noviembre de 1485. Su culto litúrgico fue aprobado en 1863 por Pío IX, como “premio” a la adhesión de los bretones a la Iglesia católica y a su Duquesa. Es considerada como fundadora de las monjas carmelitas en Francia. Fue beatificada por Pío IX en 1866. Su memoria litúrgica se celebra el 5 de noviembre.

«La Bta. Francisca de Amboise está reconocida como la fundadora de las monjas carmelitas de Francia. Junto con su marido, que se convirtió en Duque de Bretaña en 1450, reinó como Duquesa durante siete años hasta la muerte del mismo. Tras varios encuentros con el Bto. Juan Soreth, decidió hacerse monja Carmelita y apoyó económicamente la fundación del primer monasterio en Francia, fundado en Bondon, cerca de Vannes en 1463, con monjas provenientes de Lieja. La Bta. Francisca se unió a ellas en 1468. En 1477 fundó un segundo monasterio en Nantes. Tuvo una gran influencia en la legislación de las monjas carmelitas. Insistió en la clausura, anticipándose en un siglo a la legislación del Concilio de Trento», dice el Prior General P. Joseph Chalmers en su Carta En la tierra del Carmelo escrita con ocasión de los quinientos cincuenta años de la Bula Cum Nulla[127].

Si es difícil que un rico entre en el reino de los cielos, nada hay, sin embargo, imposible para Dios: Él nos ha dado en la Beata Francisca una imagen de su Hijo, que de rico se hizo pobre para enriquecernos. Primero niña y después adolescente, Francisca, estuvo acostumbrada a los vestidos lujosos, a la suntuosidad y privilegios de su noble posición, siendo iluminada por la fe, buscando el rostro de Dios en la oración, en las lecturas, devota del rosario y llorando cuando, aún niña, no podía recibir el Cuerpo de Cristo como los otros cortesanos. Aprendió a hacer el bien, siempre pronta ante las necesidades de los pobres y enfermos, generosa hasta el punto que su obra en Bretaña permanece en la memoria de la gente con la frase “como en tiempos de la beata Duquesa”. Siendo esposa de Pedro II, colaboró con él de modo extraordinario – según la época – en el gobierno de su pueblo, sin abandonar su cuidado a los conventos e iglesia y a la miseria de los habitantes, proveyéndolos con solicitud y largueza. Los biógrafos narran un episodio de su primer año de matrimonio – la peregrinación en la cual los esposos se pusieron bajo la protección de la Madre de Dios – como signo de unidad en los proyectos del marido, el cual siempre estimó la pureza y la caridad de Francisca, más allá de las insinuaciones de cualquier cortesano, que en alguna ocasión había provocado celos y la había insultado. Con la paciencia y el perdón de la fiel esposa, volvió a la calma y con ella la curación de su enfermedad que el sufrimiento le había ocasionado. A los treinta años quedó viuda, en el centro de maquinaciones económicas-hereditarias y fue pedida en segundas nupcias, pero – protegida por Dios y dedicada a la verdad y al amor – se dedicó solamente a las cosas del Señor y de los pobres.

Fue entonces cuando conoció al Prior General de los Carmelitas y comprendió cuál era el camino a seguir, contribuyendo con sus riquezas a la construcción de un monasterio: de este modo Bondon pudo acoger a las primeras carmelitas de Francia, a las cuales se unió poco después la Bta. Francisca, de cuarenta años, recibiendo el hábito del mismo Beato Juan Soreth y pidiendo ella que se la llamara “humilde sierva de Cristo”, convencida que en el Carmelo “no se deben aplicar los criterios del mundo” No era ya Duquesa, sino discípula del Crucificado. Aún cuando fue elegida Priora repetía: “Pensad que todas somos hermanas, que llevamos el mismo hábito y que hemos hecho la misma Profesión”. Movida por el Espíritu del Señor corregía con sabiduría y amor, cual madre presurosa y fuerte, como atestiguan las Exhortaciones, recogidas por sus hijas: “Debéis competir entre vosotras sobre quién es la más humilde, la más dulce, la más caritativa, contenta solamente de lo que desee la otra». Su boca hablaba desde la plenitud de un corazón habitado por la Palabra y radicado en la Regla. “Me gustaría – decía- que nos acostumbráramos a meditarla”. Audaz en sus fundaciones, en introducir la comunión frecuente, profética en sus pensamientos y en las opciones, estuvo atenta a los acontecimientos de su época: «Os encargo que pidáis por la paz entre los príncipes»; «os encargo que pidáis por las necesidades de Francia y de Bretaña».

Se consumió hasta la muerte en vivir y enseñar el camino de la luz: “si os paráis a pensar quién es la más grande y de familia más rica, esto es doctrina del demonio. Jamás os detengáis en tales fantasías. Es el enemigo del infierno el que os engaña”. “Os recomiendo que cuidéis tanto del alma como del cuerpo, con tal discreción que podáis servir mejor a Dios en la religión. Se puede servir mejor sanos que enfermos”. “Os ruego que estéis siempre contentas de lo que se os diga o encargue de hacer». «Os digo que los tiempos santos no hacen a las personas santas, buenas y devotas, son las personas santas, buenas y devotas las que hacen santo el tiempo». «No os debe importar que se hable mal o bien de vosotras, sino ser puras y limpias en lo interior. Si Dios está por vosotras, ¿Quién estará contra vosotras?” “El camino derecho para ir al paraíso es la cruz. Es la primera puerta”. “Tened una gran caridad las unas para con las otras. Amaos mutuamente, confortaos mutuamente y reconoced que la culpa siempre es vuestra. Jamás os humillaréis tanto como Aquel nacido por vosotras en humildad y pobreza”.

Resuelta a dejar el cargo de Priora, no se le aceptó, porque era demasiado amada y era considerada por la comunidad una mujer de equilibrio y paz, carmelita vigilante y prudente en el hablar, convencida como estaba que las “palabra vanas muestran unas conciencias vanas”. El testimonio que dio de Jesucristo permanece vivo; su mensaje todavía es eficaz: «Poneos a los pies de la Cruz y reposad allí en paz».
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2. VENERABLE M. SERAFINA DE DIOS (1621-1699)

2.1. La vida apostólica en el Carmelo femenino

Es una de las figuras más interesantes del Carmelo del siglo XVII pese a no haber sido elevada aún al honor de los altares[128]. Inserta en el viejo tronco de la Orden, tanto en su vida como en sus escritos fluye la savia carismática que trata de plasmarse en nuevos caminos, en nuevas formas de vida carmelitana, en sintonía con aquellos tiempos, consciente Serafina de que la mujer podría prestar a la Iglesia otros servicios que no fueran exclusivamente los de limitarse a vivir en estrecha clausura en un monasterio. Por la constitución apostólica Circa pastoralis del 29 de mayo de 1556 San Pío V reguló la vida religiosa femenina no admitiendo otra clase de monjas que las sanctimoniales, es decir, religiosas de votos solemnes y clausura papal.

No obstante los obispos podían autorizar la existencia de comunidades femeninas de votos simples y de cierta vida apostólica, aunque la Santa Sede nunca las reconoció; simplemente eran toleradas. En Italia surgieron durante el siglo XVII nuevas comunidades femeninas de este género que recibían el nombre de conservatorios por la actividad principal a la que se dedicaban de instruir y educar a la juventud. Eran institutos aprobados por los señores obispos y considerados de “derecho diocesano”, según el lenguaje moderno. Pero la Iglesia nunca los aprobaría a nivel internacional.

Serafina quiso ser monja desde su misma infancia, pero la dura oposición paterna le hizo desistir y luego se le pasaría el tiempo. A la muerte de sus padres se entrega a una dura vida apostólica como mujer comprometida, en su isla de Capri. Será calumniada y menospreciada por entender que la mujer no cabe en otra categoría social que no fuera el permanecer entre las cuatro paredes de la casa o del convento. Supo aceptar la prueba con gran fortaleza de ánimo sin entender hacia dónde la conducía el Señor. Y así hasta alcanzar los 40 años, ya en plena madurez personal. Es justo entonces cuando siente la imperiosa llamada hacia la realización de un designio divino.

2.2. Carisma y misión de Serafina

De familia originaria de Capri, nace nuestra venerable en Nápoles el día 24 de octubre de 1621. Y en la bella isla de Capri transcurrió su infancia. Creció la muchacha y quiso ser monja a lo que se opusieron radicalmente sus padres, como antes se dijo. Pero un día, temiendo que su padre concertara para ella un ventajoso matrimonio, se fue a la iglesia e hizo voto de virginidad ante un venerado Cristo.

Años más tarde se hallaba Serafina en Nápoles y entra en la iglesia del Carmen donde tiene a su confesor y director. Se postra ante la imagen de La Bruna y observa cómo la Stma. Virgen, mostrándole el hábito de la Orden le dice: «“Toma este hábito mío, que así andaba yo vestida cuando vivía en el mundo. No irás jamás descalza, si bien así lo ordenó mi sierva Teresa cuando hizo la reforma de mi Orden”. Tomó después Ntra. Señora de manos de un Ángel… una capa blanca, y la vistió diciéndole: “Permanece siempre con mucha alegría que yo prometo a todas aquellas que entraren en el convento vestirlas y darles mi Hábito”. Animada con esta visión la Sierva de Dios emprendió una empresa muy ardua, siendo ella una pobre mujer»[129]. ¿Ella fundadora? ¿De qué?

La orden que recibe es la de fundar un conservatorio, un beaterio de hermanas que se dediquen a la vida apostólica, la educación de niñas principalmente, con el espíritu contemplativo del Carmelo. Y se lanza a la aventura. Todo se lo dan hecho; un grupo de jóvenes están dispuestas a secundar la obra y, tras un ensayo previo de vida monacal y de proyectos, se coloca la primera piedra del monasterio de San Salvador el 6 de octubre de 1667, bajo el patrocinio del cardenal y virrey de Nápoles Pascual de Aragón, quien bendice la obra. Tienen como normativa la Regla de San Alberto y como Constituciones las que escribiera Sta. Teresa para sus monjas. Hallará un buen patrocinador en el filipense P. Avinatri, el gran benefactor de la obra[130].

Siguieron a la casa madre del Santísimo Salvador el conservatorio de Massalubrense en 1673[131], el de Vico Equense en 1676, Nocera de' Pagani en 1680, Anacapri en 1683, Torre del Greco en 1685, y Fisciano en 1691, el último que fundó la venerable y el único que en su espíritu le ha sido fiel y aún permanece. Algunos de éstos fundarán a su vez otros monasterios, como el de Castel San Giorgio por el de Fisciano, o el de Santa María Capua Vetere (Caserta) por el mismo del Stmo. Salvador, o el de Massalubrense en Fasanella y en Nápoles, irradiando la obra de Madre Serafina hasta un número sin determinar, pero bastante respetable[132].

2.3. Congregación del Santísimo Salvador

Todos aquellos conservatorios, todas las comunidades formaban realmente una verdadera congregación; todos los conventos miraban al del Santísimo Salvador de Capri como punto referencial en cuanto a la forma de vida y a la espiritualidad de la Madre Serafina, transmitida a través de sus numerosos escritos; esto fue siempre un hecho. Sin embargo la Congregación no logrará subsistir por muchas razones. Aparte del obstáculo puesto por la misma Santa Sede, la época de la Revolución en el antiguo Reino de Nápoles las barrió completamente. Cuando la Iglesia, al fin, y ante la ola de exclaustraciones de los religiosos iniciada en el siglo XVIII, reconoció las nuevas congregaciones de vida apostólica, tanto la masculina como la femenina, a la Congregación Carmelitana del Santísimo Salvador le llegó tarde. Sin embargo la obra de la venerable Serafina de Dios subsiste hoy en dos comunidades de carmelitas, descalzas unas (el monasterio de Sta. Teresa en Massalubrense), y el de San José en Fisciano de la primitiva observancia en la que lo erigiera la Madre Fundadora.

Murió la sierva de Dios el día 17 de marzo, martes, de 1699 plácidamente. En los procesos se declara que “la murete fue causada por el gran fuego de caridad que ardía en su corazón hacia Dios y hacia el prójimo”. Fue enterrada en el monasterio del Santísimo Salvador el día 28, en presencia del obispo y sin señal alguna de descomposición. En 1813, tras la supresión de conventos, fue trasladado el cuerpo a la catedral donde allí se le siguió venerando.

Sus escritos están recogidos en la Biblioteca Carmelitana de Cosma de Williers y en la Positio. Son pequeños tratados, por lo general, aparte de unas 2.167 cartas. Los temas son muy diferentes: sobre la Sma. Trinidad, sobre la procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo, sobre la generación del Hijo y su Encarnación, sobre la Anunciación de María, Elogio de la Vida Religiosa… Del «Elogio de la Vida Religiosa» que publicó en 1819 el obispo de Orihuela Simón López recogemos este pensamiento que sobre la vida comunitaria escribió Serafina: «La hermosura de la vida común de las sanatas religiosas que la observan es una vida bajada del cielo. ¡Bienaventuradas aquellas religiosas que viven la vida común! En verdad, Dios habita en medio de ellas y se debe creer, con fundamento, que están predestinadas»[133].

 

3. M. MARÍA MAGDALENA MAZZONI (1683-1749)

3.1. Otro proyecto de vida apostólica en el Carmelo femenino

Se trata de otra muy interesante figura que surge, esta vez en Bolonia, al Norte de Italia, y que impulsada sin duda por el Espíritu Santo, intenta romper todos los esquemas imperantes en aquella época sobre la vida religiosa femenina. Y es al menos curiosa la coincidencia tanto en inquietudes como en proyectos de dos mujeres animadas por unos mismos ideales, impulsadas por una misma espiritualidad, la del Carmelo, y en lugares tan distintos de la misma Italia en la que no llegaron a conocerse a pesar de que fueron ambas casi contemporáneas.

Nos estamos refiriendo a María Catalina Mazzoni. Nace en Bolonia en 1683 y muere en 1749 con fama de santidad. Excelente madre de familia, fue duramente probada por la temprana muerte de su esposo y de tres de sus seis hijas, aparte de las estrecheces económicas afrontadas con gran valentía y habilidad. Superado un penoso período de desorientación y bajo la guía y consejos del carmelita P. Fernando Salvi (1694-1765). La recia personalidad de la Madre Mazzoni fue labrada muy hábilmente por la mano maestra del P. Salvi, quien la someterá a durísimas pruebas a fin de comprobar la sinceridad de sus propósitos. En 1723 ingresó en la Orden Tercera Carmelitana e instituyó en su propio domicilio el primer conservatorio, poniendo todos sus bienes a disposición de la comunidad. Nace así Il Carmelino.

Poco más tarde logró reunir en torno a sí a un grupo de terciarias a las que con gran determinación y seguridad, les propuso como ideal religioso una total consagración mediante una vida de pobreza, de oración y de fraternidad, pero abierta a la acogida y al servicio de la educación de las jóvenes especialmente necesitadas. Catalina elabora todo el programa sobre la base de la espiritualidad carmelitana tal y como la vivió la santa florentina Magdalena de Pazzis cuyo nombre adoptaría cuando se hace religiosa junto con sus compañeras terciarias.

Catalina Mazzoni proyectó compaginar una vida de oración intensa propia de las monjas contemplativas con el apostolado de instruir a las niñas desamparadas, la visita a las enfermas y encarceladas, compartiendo cuanto tenía con aquellas personas que llamaran a la puerta de lo que ella había denominado «Il Carmelino», un pequeño Carmelo. «Su profunda inteligencia, su experiencia como madre y trabajadora, fueron desde aquel momento dedicadas a hacer la voluntad de Dios a través de la construcción y consolidación de la comunidad caracterizada por “la vida común más perfecta posible”. En pocos años la obra de Sor Magdalena se afianzó como una obra social a través del Carmelino y dentro de la realidad boloñesa como un signo capaz de atraer nuevas compañeras y de suscitar el consentimiento y la aprobación de las más altas personalidades de la Iglesia de Bolonia como fue, en particular, el Cardenal Arzobispo Lambertini, siempre atento a valorar las manifestaciones de una fe solidaria»[134].

3.2. Los difíciles pasos iniciales

Ya se ha dicho que hasta bien avanzado el siglo XVIII la Iglesia no reconoció esta forma de vida religiosa en la mujer sino de forma muy lenta y gradual, aunque cada vez más tolerada y considerada siempre como una especie de “segunda división”. Tardará la Iglesia misma en comprender el mismo concepto de apostolado fuera del área meramente religiosa, dentro de una sociedad cada vez más laica.

También la condición de la mujer había cambiado. En la antigüedad era inconcebible que la mujer se dedicara a la enseñanza o a la asistencia sanitaria, por ejemplo; su tarea quedaba reducida al ámbito familiar de la casa. Cuando la misma sociedad abrió otros campos a la mujer, la religiosa comprendió que en el seno mismo de la Iglesia había que romper los estrechos esquemas de vida religiosa reservado exclusivamente para ellas y lanzarse a un nuevo apostolado. “En este contexto social vivido en la gran ciudad industrial de Bolonia, poco favorable a las vocaciones religiosas femeninas y de nueva fundación, hay que situar la obra de la Madre Masón”, escribe el P. Boaga. He aquí los pasos principales que da aquel grupo de terciarias carmelitas, primero unidas como pía unión y más tarde como religiosas:

En 1723 aquel primer Carmelino se traslada junto a la iglesia carmelitana de las Gracias en el que la M. Mazzoni y sus compañeras deciden practicar una vida trazada por el P. Fernando Salvi. La estructura y estilo que asumen las incipientes religiosas es el típico de los conservatorios ya antes mencionados; las terciarias cuidan de un centro para la educación e instrucción de niñas, tanto internas como externas.

En 1725 el P. Eliseo Monsignani, Provincial de la Romaña, concede a dichas terciarias el poder usar la capa blanca carmelitana con lo cual se les reconoce como algo más que simples terciarias seculares. Al año siguiente adoptan el mismo hábito de las carmelitas del monasterio de Santa María Magdalena de Pazzis; el grupo se transforma en verdaderas religiosas, al menos en cuanto su aspecto externo. Y el 8 de febrero de 1735 el Arzobispo y Cardenal de Bolonia Próspero Lambertini, junto con el Prior General de los Carmelitas Ludovico Benzoni, aprueban y confirman el grupo de terciarias situándolas en condición jurídica de pía unión[135].

En 1744 el ya papa Lambertini Benedicto XIV (1740-1758) les concede la clausura y los tres votos simples, siendo consideradas como religiosas consagradas; serán reconocidas como Carmelitas de las Gracias. El General Pontalti les concede n 1761 el uso del velo negro, símbolo de la monja de clausura de votos solemnes. Hubo un tiempo en el que se les obligó a clausura papal pero, tras la debacle napoleónica y después de muchas vicisitudes, la Congregación fue reconocida como de vida apostólica de derecho diocesano entre 1894 y 1919 para llegar a ser de pleno derecho pontificio en 1971. Nunca sin embargo perdió el espíritu fundacional de fraternidad, austeridad, vida de oración y entrega a la formación de la infancia.

3.3. Espiritualidad de la M. Fundadora

El P. Boaga escribe sobre el tema lo siguiente: «Entre los aspectos más relevantes de su personalidad hallamos, junto al celo por el culto divino, el amor a Jesús en la Eucaristía y a la Virgen, la generosidad en el servicio del prójimo a través del ejercicio de las obras de misericordia. Son también dignas de reseñar la confianza y la esperanza puesta en Dios, no obstante los grandes obstáculos hallados, tanto personales como sociales, cuando decidió actuar, haciendo realidad un proyecto de vida religiosa totalmente novedoso, una forma nueva de presencia de mujer consagrada, a tenor de cuanto en aquellos momentos necesitaba la Iglesia y le exigía la sociedad.

«El hecho de asumir la gestión de un pensionado como casa de acogida pone de relieve la propia participación al servicio de los demás en el cumplimiento de una obra de misericordia cristiana, la de la hospitalidad. Se trata de un «compromiso» concreto vivido como testimonio de caridad. Por tanto la obra de M. Mazzoni se inserta con todo derecho en la admirable sinfonía de la caridad de la Iglesia de los siglos XVII-XVIII». En este aspecto la M. Mazzoni sintoniza perfectamente con otros ejemplos admirables del Carmelo como fueron los del venerable Angelo Paoli, el apóstol de la caridad en el Setecientos romano, y la venerable Mariángela Virgili, terciaria carmelita de Ronciglioni, aún conocida como la “Madre de los pobres”[136].

El reconocimiento que de la Congregación hizo la Iglesia oficial es uno de los primeros que se hicieron dentro de las estructuras eclesiásticas de aquel tiempo, pero que iba avanzando hacia un nuevo estilo de la vida consagrada femenina. Por otra parte la Congregación de las Carmelitas de las Gracias constituyen el primer ejemplo en la Famila Carmelitana de esta nueva orientación tipológica de vida religiosa, estructurada a base de una personal experiencia iluminada por el carisma y la espiritualidad carmelita al servicio de la Iglesia[137].

Con ocasión de la apertura del proceso diocesano de canonización en Bolonia en diciembre de 1999, el cardenal Giacomo Biffi, arzobispo de Bolonia, dijo: «En la Bolonia del Setecientos Madre María Magdalena brilla con particularísima luz. No habría un cuadro adecuado de la vida eclesial de la época si no tuviera en cuenta la presencia y la acción de esta personalidad excepcional que obtuvo no sólo la aprobación sino que gozó de la estima de un arzobispo de la talla del cardenal Lambertini (más tarde el gran pontífice Benedicto XIV), y que tuvo la ventura de tener entre sus primeros y pequeños alumnos al que habría de ser el beato Bartolomé del Monte que se gloriaba de haber tenido como su primera educadora a la Madre Magdalena»[138].

 

4. M. MARIA TERESA SCRILLI (1825-1889)

4.1. Nacida en desamor

Nace María Scrilli el 15 de mayo de 1825 en Montevarchi, ciudad del Gran Ducado de Toscana. Era la segunda niña que nacía en el hogar de los Scrilli-Checcucci; se esperaba fuera un varón y la desilusión fue grande. “Aquella misma mañana de domingo y muy temprano…a las pocas horas de haber nacido, fue llevada a la pila bautismal de forma privada con gran disgusto de mis padres por haber tenido una segunda hija”, cuenta ella misma. “Hasta la edad de cuatro años o poco más, me sentía rechazada por mi misma madre, razón por la cual caía en una profunda tristeza y era propensa al llanto; no siéndole de mucho agrado, procuraba alejarme de ella lo más que podía”. (El drama infantil estaba servido). Y continúa escribiendo: «Cuando apenas fui capaz de comprender el desamor que me tenía mi madre no tengo palabras para poder expresar la magnitud de esa espina que atravesaba mi corazón. Mi tormento no era causado por la envidia de ver a mi hermana tan delicadamente querida por mis padres, sino porque en el fondo también yo sentía la necesidad de verme amada»[139].

Terribles palabras de esta muchacha que descifrarán en parte la vida y la obra de esta singular mujer. Sin embargo, lo que pudo haber sido un verdadero trauma para la chiquilla le sirvió para ir modelando su carácter sin guardar ninguna acritud; afortunadamente supo comprender a tiempo que la envidia es la que corroe el corazón y no el vacío por la ausencia del amor; a colmar esas ansias va a dedicar María Teresa toda su vida sin amargura, sin tan siquiera un mínimo resentimiento para con su propia madre. En María la Virgen encontrará la solución a su íntimo problema de afectividad: Ella será su auténtica Madre, la del Cielo, ya que teniéndola no la tenía en la tierra; una tiernísima devoción mariana brotará con fuerza y modelará aquel corazón hecho para entregarse a cuantos eran víctimas del desamor, a semejanza de María.

A los 21 años ingresa en Santa María de los Ángeles en Florencia, el monasterio de Sta. María Magdalena de Pazzis, pero no prospera en su propósito. De aquella experiencia carmelitana adquiere unos sólidos fundamentos, base de toda su espiritualidad para el futuro; en su diario escribe, por ejemplo: “Pureza, pureza de intención. Buscar en todo complacer a Dios, hacer bien a los demás (esto también en Dios), y la abnegación de uno mismo. Todo basta para hacer un santo”[140]. La pureza de intención y el amor propio fueron los ejes centrales de la espiritualidad de la santa florentina. Este principio no es solamente una feliz coincidencia. Del Carmelo de Florencia sale con una clara decisión: será contemplativa, pero «contemplativa en acción». Y lo conseguirá, perdiéndose.

4.2. Por la cultura y la dignidad humana

Y es que desde 1849 aquella región toscana vive un virulento anticlericalismo originado por el liberalismo más radical entonces de moda; aquella sociedad yace bajo un ínfimo nivel de analfabetismo y de miseria, factores que de ordinario suelen ir juntos[141]. María Scrilli piensa qué puede hacer para remediarlo y, consciente de que la incultura e ignorancia degrada especialmente a la mujer, comienza a impartir enseñanza en su propia casa de Montevarchi a un grupo de niñas que encontraba por la calle. “En 1849 el número de mis pequeñas alumnas había llegado a doce; las tenía gratuitamente, pero ellas correspondían con tantas demostraciones de agradecimiento, que no tenía más remedio que corresponderlas”, escribe. Pronto se le unen a esta labor otras compañeras. “Éramos Edvige Sacconi, Ersilia Betti, Teresa del Bigio y yo…Escribí algunas normas que nos regularan, pero regularmente lo hacía de palabra”[142]. En 1854 nace el Pío Instituto de Pobres Hermanitas del Corazón de María aprobado por el obispo de Fiésole. En agosto de 1857, estando en el monasterio de Sta. María Magdalena de Pazzis, Pío IX la bendice: “…y puso su mano sobre mi cabeza, mientras que yo me incliné y le besé los pies”, escribe, interpretando aquel gesto como un signo aprobatorio.

En junio de 1859 las tropas piamontesas entran en Montevarchi y ocupan el convento de las religiosas y por un decreto del 30 de noviembre el Instituto es suprimido; toda la obra de M. Scrilli se viene abajo y las monjas han de marchar a casa secularizadas. María Teresa se refugia en Florencia desde donde trata de reconstruir su instituto, hasta que en 1878 el arzobispo Eugenio Cecconi les concede recomponer la comunidad, quedando restablecido en 1892. “El Instituto, sin duda, según el diseño de Dios, debía fundarse con lagrimas, con dolor y con los combates de la fundadora”. Algunas Hermanas abandonan la casa, otras fallecen y ninguna otra ingresa. La mejor colaboradora, Clementina Mosca, se marcha con las dominicas de clausura. Todo el proyecto de la Scrilli se derrumba. Pero su ánimo no decae. Sabe muy bien que si aquello es obra de Dios y María su Madre lo quiere, la obra saldrá adelante; es consciente de que ella, como grano de trigo, debe morir y desaparecer para que una nueva vida surja[143].

Y así acontece. María Teresa se ofrece como víctima por aquella obra de la Iglesia. Cae gravemente enferma y muere en el mayor de los desamparos; el panorama congregacional era desolador: una Hermana anciana, otra enferma prácticamente paralítica y una novicia. Era el 14 de noviembre de 1889. Tras la muerte de María Teresa se presagia la total extinción. Todo ha terminado. Pero, el grano de trigo no cae en tierra y muere… (Jn 12, 24). Y se produce el milagro. He aquí que inesperadamente vuelve Clementina Mosca (1862-1934), «el ángel enviado por Dios»; adopta el nombre de María de Jesús y recoge el precioso legado de María Teresa. «Bajo el dinámico liderazgo de esta segunda fundadora el Instituto cobró nueva vida, creció en miembros y multiplicó las fundaciones, ampliando el arco de la acción apostólica: enseñanza, cuidado de enfermos y otros trabajos de caridad. Elaboró Constituciones y logró que su congregación fuese reconocida de derecho diocesano por el Cardenal Mistrangelo en 1929; el mismo año el prior general Elías Magennis las afilió a la Orden ya con el definitivo nombre de Instituto de Nuestra Señora del Monte Carmelo.


5. M. TERESA DE LA CRUZ CHAVREL (1806-1888)

5.1. Las Carmelitas de Tours (Francia)

«Julia Teresa Chevrel fue también otra mujer especialmente bendecida por su inquebrantable fidelidad a la voz de Dios. Su constancia por responder plenamente a esta llamada en medio de circunstancias mil que escapan a todo razonable control, hizo posible el establecimiento de las Hermanas del Monte Carmelo en Louisiana (USA)». Con estas palabras se da comienzo a la memoria que esta congregación carmelita presentó en el Encuentro Intercongregacional de 1989. La serie de acontecimientos que se sucedieron hasta plasmarse en congregación tuvieron lugar inicialmente en la ciudad de Tours, Francia. Un devoto grupo de terciarias carmelitas se venían ejercitando en labores apostólicas, atendiendo a enfermos y necesitados como obras propias de la profesión que habían hecho como seglares comprometidas en medio del mundo. Esta labor impresionó muy vivamente al P. Charles Boutelou, coadjutor de la parroquia de S. Francisco de Paula de Tours en donde radicaba la TOC desde 1702. Este celoso cura fue quien las animó a que formasen comunidad y les prestó el salón parroquial para la enseñanza de niñas pobres, hijas de obreros, a la vez que les animó a que prosiguieran en su labor de cuidar a los enfermos. El día 4 de diciembre de 1824 la comunidad fue erigida oficialmente como congregación religiosa y el mismo año el obispo de la diócesis las aprobó y les concedió unos estatutos confeccionados por él mismo. Como co-fundadoras de la nueva institución aparecían Athenais Haincque y Paulina Mª Teresa Bazire; esta última fue nombrada superiora con el nombre de Madre San Pablo Bazire.

Conocía la Madre San Pablo a la joven Julia Teresa Chevrel a quien había adoctrinado en la fe cristiana; su familia no aceptó sus convicciones religiosas por lo que a los 18 años se marchó de casa y se refugió con las Hermanas, comunidad en la que ingresaría el 18 de abril de 1825 con el nombre de Sor Teresa de la Cruz. Muere la M. San Pablo en 1828 a quien sucede en el superiorato la Madre San Regis Laplace mientras que la joven Sor Teresa, con apenas 22 años, es nombrada maestra de novicias. Nadie podría sospechar entonces que ambas mujeres se perfilaban como fundadoras en el futuro de dos diversas congregaciones, nacidas de la misma casa.

La congregación, mientras tanto, va creciendo hasta alcanzar el número de 50 miembros, viéndose obligadas las religiosas a trasladarse a otro lugar más amplio, a una antigua abadía benedictina de Vouvray. Fue por entonces cuando tuvo lugar la revolución de julio de 1830 por la cual el monarca Carlos X de Francia perdió el trono. El P. Boutelou, quien seguía ejerciendo como Director de la congregación carmelita, fue sospechoso de contrarrevolucionario por ser simpatizante realista, causa por la cual hubo de sufrir destierro. El buen sacerdote halló refugio en Norteamérica donde el obispo de Nueva Orleans, León de Neckere, le ofreció la parroquia de la Asunción de Plattenville (La). Una vez establecido en su nueva sede parroquial el P. Boutelou, de acuerdo con su nuevo prelado, invitó a las Hermanas a cruzar el Atlántico; Sor Teresa, acompañada de Sor San Agustín Clerc, llegaron al nuevo continente el 1 de noviembre de 1833, fecha histórica para la Congregación.

5.2. La aventura americana

El resto de las Hermanas se quedó en Francia en precarias condiciones; hubieron de vestir traje seglar y, tras muchas dificultades, un pequeño grupo de ellas se volvió a reorganizar como nueva familia religiosa: Hermanas de San Martín de Tours (aprobadas en 1839), perdiendo su identidad carmelitana. Separadas por la enorme distancia, Sor Teresa y su compañera no volvieron a tener más noticias ni contacto con la comunidad de origen y permanecieron durante más de cuarenta años sin saber nada de entre ellas. En 1950 ambas congregaciones lograron reanudar lazos fraternos como provenientes todas de un hogar común, pero ya como distintas familias religiosas.

Las “americanas” prosiguieron en su aventura religiosa. A su llegada a Louisiana se establecieron en la misma ciudad de Plattenville pero más tarde, en marzo de 1838, el obispo sucesor de De Neckere, Antonio Blanc, les ofreció se encargaran de una escuela de niñas libres de color en San Claude, Nueva Orleans, reconociéndolas como Hermanas del Monte Carmelo de derecho diocesano. Ese mismo año se reciben cinco candidatas al noviciado y la nueva congregación se pone en marcha; ya en 1840 pueden las carmelitas abrir una nueva escuela, esta vez para niñas blancas. Más tarde se siguen las fundaciones de Lafayette (1846), Thibodaux (1850) y Algiers (1857). Como colonia francesa, la mayoría de las vocaciones eran provenientes de la madre patria. Hacia 1860 las terciarias carmelitas eran 23 religiosas y disponían de cinco escuelas, con sus propias Constituciones aprobadas por el señor obispo.

Duro revés sufrirán las Hermanas durante el tiempo de la Guerra Civil de 1861-1865 ocasionando mil calamidades en estas tierras del Sur; hubieron de multiplicarse las religiosas en atender heridos y enfermos atacados de fiebre amarilla, a la vez que no dejaron abandonadas las escuelas aunque en difíciles circunstancias. Pasada la prueba y restaurada la paz ciudadana, la congregación vuelve a coger su ritmo normal de crecimiento; se llegaron a extender hasta Honduras Británica y ejercieron su labor educadora entre los indios de Oklahoma. «Durante cincuenta y dos años la Madre Teresa estuvo al frente de la congregación como superiora general. Cuando ella murió el 21 de diciembre de 1888, el instituto había vivido la agonía de la Guerra Civil Americana, se habían hecho trece fundaciones y había crecido hasta aproximadamente un centenar de miembros. A través de su vida, su espíritu siempre abierto para acoger especialmente al pobre, nos hablan de humildad, de caridad y de fidelidad a la llamada de Dios»[144].

En 1830 la congregación de las Hermanas de Ntra. Sra. del Monte Carmelo fueron afiliadas a la Orden y en 1951 adoptaron la Regla de San Alberto en sustitución de la de San Agustín que habían observado hasta entonces. “La Regla albertina, expresión del carisma carmelita, tiene en sí misma una dinámica tal, que jamás se agotan sus posibilidades infinitas”.

Desde 1960 estas carmelitas trabajan también por tierras de Filipinas; se establecieron en Dumaguete, llamadas por el señor obispo de esta diócesis Mons. Epifanio Surban, para que se hicieran cargo de una misión. Desde 1975 forman Delegación con noviciado propio y cuatro casas. “Las hermanas de Filipinas viven y trabajan duramente con los pobres, compartiendo con ellos las esperanzas y la lucha por la justicia”, manifiestan en la citada memoria.

 

6. M. ELISEA OLIVER MOLINA (1869-1931)

6.1. De las “Carmelitas de Alcantarilla” a Caudete

A caballo entre dos siglos y por partes iguales transcurre la vida de esta mujer, fundadora de una nueva familia carmelitana, las Hermanas de la Virgen María del Monte Carmelo, nacidas oficialmente el 13 de marzo de 1892 con la profesión religiosa de las siete primeras carmelitas, número bíblico que nos habla de perennidad y perfección. Hasta llegar a este momento de espléndida floración se hubo de recorrer previamente un tortuoso camino que parece de novela. Resumamos y clarifiquemos.

Josefa Oliver Molina había nacido en Benidoleig (Alicante) en 1869, hija del barbero de la villa, por lo que familiarmente era conocida como Pepa la del barber, chica agraciada, mujerona y hacendosa. Conoció a dos religiosas de una flamante congregación denominada Terciarias Carmelitas de Alcantarilla, fundada por Tomasa Ortiz del Real (1842-1916), Madre Piedad de la Cruz en su institución. No tienen aún aprobación canónica[145]. Hay documentos que atestiguan que aquellas religiosas eran las Hnas. Aguasvivas Vives Pla y Fe Bañón Amorós; con sus veinte años recién cumplidos y el hato repleto de ilusiones Pepa se va con ellas y marcha del pueblo a recorrer su singular aventura religiosa. Dicen que su madre le había preguntado previamente y no sin cierta incertidumbre: “¿Estás segura de lo que haces, hija? A lo que ella respondió: «Dios proveerá». Fue la tónica de su vida.

Dos años permaneció con las Carmelitas de Alcantarilla bajo el nombre de Sor Providencia, pero el providente Dios la iba a encaminar por otros derroteros bien distintos. Y un buen día ve claro que aquello no es lo suyo y decide regresar a su pueblo. Normal. Como postulante se hallaba en pleno discernimiento de su definitiva vocación y fue tremendamente coherente: no lo veía claro ni aquello le llenaba. De paso por Caudete (Albacete), el otro grupo de M. Piedad que allí residía también había determinado marcharse; no son monjas profesas pues ni tan siquiera han hecho noviciado. Quieren ser carmelitas… carmelitas. Justo por aquellas fechas (1888) acaban de restaurar en Caudete los frailes de aquella Orden ocupando su antiguo convento y el Sr. Obispo de Orihuela, D. Juan Maura –a cuya jurisdicción correspondía Caudete–, las confía a la dirección de los PP. Carmelitas: que hagan noviciado canónico y que profesen según la Regla y Constituciones de la Tercera Orden del Carmen. De las ocho novicias profesan siete; una se quedará en la estacada. Normal.

Mientras tanto la M. Piedad de la Cruz prosiguió su personal camino con Alfonsa, la única Hermana que le había quedado como fiel compañera. Aquello parecía acabarse. Tras de sí deja un largo y sinuoso camino de tantos recodos y cruces como decisiones frustradas: Onteniente, Valencia, Barcelona, Benicasim (Desierto de Las Palmas), Alcantarilla… El señor obispo de Cartagena Murcia, Mons. Bryand, la ordena practique un mes de ejercicios con las Salesas de Orihuela en clausura y haga su propio discernimiento. De allí surgirán las Hermanas Salesianas del Sagrado Corazón, las únicas Salesianas que con este nombre existen jurídicamente. Al fin M. Piedad, y tras su penosa y particular noche oscura, había encontrado también su definitivo camino. «Era una santa» recordará siempre M. Elisea.

6.2. Perfil espiritual de M. Fundadora

Nuevas denominaciones y nueva misión. Las fundadoras de Caudete asumen nombres típicamente carmelitas: los de San José, Teresa, Carmen, Elisea, Magdalena de Pazzis, Eufrasia… A Josefa Molina le correspondió el de Elisea; bien pudo haberse quedado con su nombre de pila, pero alguien lo tenía ya en exclusiva: Josefa Vives Pla, una de las dos hermanas Vives erigidas en supremas mandatarias. Cuando el señor obispo Maura ordena suprimir de las Constituciones el carácter vitalicio de las generales, aquéllas no sufrieron el embate y abandonaron la naciente Congregación; está surgiendo como líder indiscutible del grupo la Madre Elisea, sin pretenderlo ni imaginarlo. Aquella joven maestra de novicias irá forjando el alma de sus hijas y el carácter de la definitiva familia: Hermanas de la Virgen María del Monte Carmelo, también conocidas como Carmelitas de Orihuela. De derecho diocesano desde 1893, oficialmente fueron agregadas a la Orden en 1906.

Resulta también tremendamente esclarecedor el hecho de verse aquel primer grupo caudetano acogido fraternalmente por los propios carmelitas a cuya Orden aquellas jóvenes decíanse pertenecer. Y no es de menor importancia y significación el hecho de que Caudete era Casa de Formación. Coinciden, por tanto, en el mismo lugar el nacimiento de la nueva Congregación y los principios restauracionales de la misma Orden. Hombres de una gran talla espiritual fueron los PP. Salvador Barri y Dionisio Alvarado, el co-fundador P. Cirilo Font, o del propio legislador Elías Ortiz…, todos directores y formadores de la naciente Congregación[146]

Pero, por encima de todo, estas carmelitas llevan la impronta de su Madre y Fundadora Elisea Oliver. La biografía de cualquier fundador, al encarnar en su vida el ideal y el carisma de su congregación, sin duda ha de servir no sólo para hacer memoria de unos hechos determinados y temporales, sino materia y ocasión para la reflexión teológica ante una vivencia determinada de fe, su forma de entender a Dios y de vivir su presencia, con la única salvedad del talante personal que, como tal, es único e irrepetible. Sobre el talante y la talla de esta singular mujer remitimos a la obra de Josefina Díaz[147].

«Cuán cierto es que la providencia de Dios lo dirige todo pos sus pasos sin violencia, pero con una fuerza irresistible, sirviéndose de medios que escapan a nuestra ignorancia y de instrumentos que nos parecen los menos aptos para los elevados fines que Dios se propone»[148]. Este pensamiento que recogemos de una carta de M. Elisea, escrita el 20 de julio de 1910 con ocasión de convocar al segundo Capítulo General que celebraba la Congregación naciente. M. Elisea vuelca aquí toda su vivencia en unos momentos tan transcendentes; hay muy poco de formulismo burocrático en esta circular, lo imprescindible. Bajo la luz de este principio teológico con el que inicia la carta quiere la fundadora clarificar todos los acontecimientos de la corta historia congregacional a la vez que manifiesta el principio bajo el cual se movía como mujer de fe comprometida y como religiosa. Se trata de una actitud confiada y sostenida por el amor en el Dios Providente, eje de su espiritualidad.

“|Lleguemos adonde los demás no logran llegar!”, decía M. Elisea. Esta frase de la fundadora pudiera parecer hasta pretenciosa, pero verdaderamente fue el criterio que prevaleció a la hora de seleccionar las fundaciones. «En realidad responde a unas circunstancias muy concretas documentalmente demostradas: la aceptación de fundaciones desechadas por otras congregaciones. Y, más aún, casas abandonadas por otras familias religiosas son asumidas por aquellas primitivas carmelitas como signo de su servicio a la Iglesia en humildad y pobreza». Esta opción preferencial por los pobres que hoy, a base de repetirla ya suena a tópico, fue una hermosa realidad en los inicios de la congregación.

Murió la fundadora el 17 de diciembre de 1931 pronunciando por tres veces su «Alabat siga Déu» en su lengua materna, como se habla a Dios. Fallece con la incertidumbre del futuro de su congregación en pleno marasmo político, pero confiada. ¡Alabado sea Dios! Cuarenta casas y unas doscientas religiosas era el caudal que dejaba M. Elisea. La Congregación, «nacida en el corazón de la Orden», se extiende hoy por todos los continentes con el talante de M. Elisea y con el carácter de familia internacional, como el Carmelo mismo[149].

 

7. M. ASUNCIÓN SOLER GIMENO (1882-1959)

7.1. Pinceladas biográficas

Nacida en Cuart de Poblet el 19 de agosto de 1882, le pusieron por nombre Ana María. Según nos cuenta ella misma, no había cumplido aún los 15 años cuando huyó de la casa paterna para entrar con otra compañera en el noviciado de las carmelitas en la ciudad de Caudete (Albacete)[150]; tan pronto es admitida como postulante escribe a sus padres impetrando el perdón paternal. Existe una preciosa carta de su progenitora que nos habla muy elocuentemente de aquel hogar en donde se empezó a forjar aquella alma grande y recia. «Hija –le escribe su madre–, no puedes pensar tú el sacrificio tan grande que hacemos todos; yo nunca creí que me costaría tanto la separación… No pienses en tu padre que, si bien está ofendido y disgustado, no por eso deja de ser católico y también se resignará, Dios mediante. […] Me pides que te perdone; nada tengo [que perdonarte] puesto que no has tenido tiempo para ofendernos. Mi bendición te la envío todos los días… Te quiere para el cielo, Elena»[151].

Tomó el hábito e inició el santo noviciado el 13 de septiembre de 1897, emitiendo su profesión el 17 de septiembre del año siguiente de 1898, en manos del carmelita P. Carmelo Codinach. Joven inteligente e inquieta, la Madre General la envía a realizar estudios de magisterio a fin de ejercer con más profesionalidad las tareas docentes para las que, al parecer, por sus especiales cualidades iba destinada. El Señor, sin embargo, la reservaba para otros muy distintos menesteres. Muy querida de la M. Elisea y religiosa de su total confianza, la propia Fundadora la nombró Secretaria General; M. Asunción la acompaña en las tareas más importantes de la Congregación. Y es así cómo ambas mujeres se nos presentan un día en la ciudad sureña de Málaga a requerimientos de su señor obispo.

Y es que existía allí una congregación femenina denominada Carmelitas de San Juan de Dios de vida lánguida y a punto de extinguirse. En 1919 D. Manuel González García, prelado de la diócesis, solicitó del P. Eliseo Durán, provincial de los carmelitas andaluces, amparase a estas pobres monjas radicadas en su provincia eclesiástica; el P. Eliseo, a su vez, las encomendó a las Carmelitas de Orihuela. Eran estas carmelitas hospitalarias fundación aprobada en 1882 por el obispo malacitano Gómez Salazar y cuya casa madre radicaba en Vélez-Málaga. Completaban la incipiente institución las casas de Marmolejo (Jaén) y El Limonar, barrio periférico de Málaga.

El Consejo General de las Carmelitas de Orihuela las admite como miembros de su propia congregación en 1920, habiendo de renovar su profesión estas religiosas como terciarias carmelitas regulares. “Por unanimidad del Consejo General fue elegida para este fin Sor Asunción Soler, que desempeñaba entonces los cargos de segunda consejera y secretaria general, por esto vino a esta casa con la Madre General, Sor Elisea Oliver Molina”, dice una vieja crónica.

Málaga, como lugar y destino, algo va a influir en el seno mismo de la institución. M. Asunción, al quedar como responsable de aquella nueva porción congregacional y lejos de sus tierras levantinas, vislumbra otros más amplios horizontes. Siempre había sido mujer inquieta, a lo teresiano, inconformista y emprendedora. Hay quienes la siguen. Y también, que todo hay que decirlo, quienes no simpatizan demasiado con las maneras y pensamiento de esta singular mujer. Todo ello dará la cara con ocasión de aquel famoso Capítulo General de 1922; es lo que en otro lugar hemos llamado «Un enigmático Capítulo»[152].

7.2. Las Carmelitas de Málaga

En aquellos comicios se dilucidaba algo fundamental en la Congregación: o perpetuarse en el cargo o dar paso a nuevas personas y generaciones. Por Constituciones el cargo de la General no era vitalicio; también M. Elisea tenía muy claro que ya no podía seguir desempeñando el oficio de superiora general y así lo admite, pero las capitulares se empeñan en seguir dándole los votos y su confianza: once para M. Elisea y cinco para M. Asunción; ninguna de las dos candidatas obtenían los sufragios suficientes ni para que una fuera electa ni para que la otra fuese aclamada. Ningún grupo cedía. Tal empecinamiento dio lugar a ciertos enconos, poco edificantes, ciertamente, pero humanos y comprensibles. El Vicario General oriolano sede vacante tiró por la calle de en medio y nombra general a la M. Mª de los Ángeles Badosa. Las dos candidatas quedan relegadas y aparentemente enfrentadas como personas rivales sin merecerlo.

Tras la celebración de este accidentado Capítulo se suceden una serie de hechos que no son de aquí especificar ni están aún totalmente esclarecidos. Lo cierto es que Madre Asunción tiene que abandonar su tan querida congregación. “Nos veremos en el cielo, hija”, fue el adiós de M. Elisea. Y así fue. No se volvieron a ver más en esta tierra, aunque lo desearon en alguna ocasión. M. Asunción marchó a Málaga y Madre Elisea fue enviada a fundar en Granada, dos valencianas por tierras de Andalucía, dos figuras inseparables que fundaron dos familias hermanas; la historia de unas va unida indefectiblemente a la de las otras, quiérase o no.

De esta forma impensada es como surgieron oficialmente las Hermanas Terciarias del Corazón Eucarístico de Jesús, más conocidas como Carmelitas de Málaga. Se data la fundación el 13 de mayo de 1924. “La Congregación se puso bajo la protección de la Virgen del Carmen y adoptó la Regla, el hábito y la espiritualidad de la Orden de los Hermanos de la Bienaventurada Virgen María del Monte Carmel, a la cual fue agregada el 7 de junio de 1947”, expresan las Constituciones de la Congregación en su art. 6. «No sólo efectivamente, sino afectivamente, la Congregación se ha sentido vinculada a la Familia Carmelita y también el ser miembro de pleno derecho. Imbuida de su espiritualidad, ha ido creciendo en ella el sentido de pertenencia e identidad. Hoy buscamos descubrir y reforzar los lazos de fraternidad y el modo de ser alternativa sugerente»[153].

En 1951 se unen a la Congregación las Hermanas Terciarias Carmelitas de la Caridad, o Carmelitas de Palma por haber nacido dicha congregación en Palma de Mallorca en 1873. La fundadora fue la Venerable Sor Joaquina de la Virgen del Carmen Conté. Estas Carmelitas de Palma ofrecen la curiosa historia de recoger directamente toda la tradición y la espiritualidad carmelitana de manos de los últimos exclaustrados españoles residentes como último bastión en las afortunadas islas; desde los inicios mismos de la congregación fueron dirigidas las religiosas por los ancianos frailes, a la vez que asumieron como legislación propia toda la normativa de las ya florecientes Carmelitas de la Caridad de la Madre Vedruna[154]. Las Carmelitas de Madre Asunción, por tanto, ofrecen estas singulares facetas de integración familiar que incluyen, sin duda alguna, diversas corrientes carismáticas.

Sobre la espiritualidad de M. Asunción escribe el P. Evangelista una antología de textos espigados de aquí y de allá, a falta de la completa edición de los escritos de la fundadora, textos que en la mayoría de los casos comenta. Y el primero de todos que el citado autor transcribe es la última alocución que Madre Asunción tuvo en Bombarral (Portugal) en abril de 1959 con ocasión de la despedida de un grupo de misioneras que marchaban a Mozambique, “como si la Madre, presintiendo que ya estaba cercano su fin, hubiera querido plasmar y compendiar en ellas los pensamientos más íntimos de los que estaba llena su alma”.

«La misión esta a [la] que parten nuestras Hermanas parece que sea la ilusión del Santo Padre anterior [Pío XII] y del actual [Juan XXIII]: ¡África! No sé lo que habrá allí. Parece ser que necesitan allí almas muy de Dios, almas sabias al menos humanamente. Van nuestras Hermanas y llevan por delante la sabiduría de Dios… Por sus fuerzas no confíen en nada porque no valen nada, hijas, ni valemos ninguna de las presentes. Pero con Dios lo valemos todo, lo sabrán todo y lo podrán todo. […] Por tanto, lo único, lo esencial, lo que no debemos olvidar nunca es que hay que vivir abandonadas en los brazos amorosísimos de Dios y que Él obre como quiera y de la manera que quiera en nosotras». “Y para vivir del modo mejor posible y felizmente, existe la unidad; un bloque compuesto por una masa tan indestructible que nada sea capaz de dividirnos, ni frente a Dios, ni de la obediencia. Si son cuatro, sean como si fueran una”[155].

 

8. M. MARÍA DAS NEVES (1859-1906)

8.1. Las Carmelitas de la Divina Providencia

Rita Rodrigues das Neves nace en Fazenda do Bom Retiro, Estado de Sao Paulo (Brasil). Viuda del Dr. Aguiar y sin hijos, se vio libre para dedicarse a lo que siempre había sido el gran sueño de su vida: la dedicación a los pobres y enfermos. Tendrá su primera experiencia en el hospital de «Nossa Senhora de Nazaré» en Lapa-Saquarema (Río de Janeiro), institución de la que se hace cargo en 1897.

Quiso Dña. Rita que aquella obra asistencial correspondiera como labor de la Iglesia por lo que sintió la necesidad de crear una institución religiosa; el obispo de Petrópolis Don Francisco do Rego Maia le sugirió la posibilidad de aceptar las reglas de una orden tercera, bien la franciscana, bien la carmelita de tanta raigambre en el país, y de este modo profesar como religiosa. Optó la viuda de Aguiar por la Orden del Carmelo y el día 2 de diciembre de 1899 profesó en la TOC en el Carmen de Río, recientemente restaurado por los carmelitas españoles. Era el prior de la comunidad el P. Carmelo Pastor, hombre de gran espíritu, quien recibió los votos de la neoprofesa María de las Nieves.

De nuevo en su hospital de Saquarema, en 1901 se le une otra compañera, Arminda de Souza, quien profesa como terciaria con el nombre de Clara de Jesús; al año siguiente se les agregan otras dos, Margarita del Corazón de Jesús y María Rita del Espíritu Santo. Junto a la Regla del Carmen estas carmelitas admiten las Constituciones de las Carmelitas de la Caridad españolas, las fundadas por Sta. Joaquina Vedruna[156], que luego serían adaptadas para estas «Carmelitas de la Divina Providencia» brasileñas por el canónigo de Mariana D. José Cota. La nuevas Constituciones serían aprobadas por la Santa Sede en 1925. Habían sido afiliadas a la Orden en 1913.

En 1906 muere la fundadora cuando ya no existía el hospital inicial de Saquarema; las Hermanas se trasladan a Campos (Río de Janeiro) y asume la responsabilidad de la Congregación como superiora general la M. Margarita del Corazón de Jesús. A esta excepcional mujer se le debe la configuración definitiva de esta familia religiosa tanto como institución como en sus firmes bases carmelitas. Existe el Decreto de Erección de la Congregación de derecho diocesano firmada por el obispo de Petrópolis, João Francisco Braga el 8 de septiembre de 1907: «Teniendo ante los ojos el mayor y legítimo bien de esta nuestra amada Diócesis de Petrópolis y por parecernos acertado y conveniente, tras habernos entrevistado personalmente con el Rvmo. P. Fr. Pío Mayer, Prior General de los Carmelitas, en buena hora bienvenido al Brasil, tenemos a bien declarar y decretar como fundada y establecida la Congregación Diocesana de las Hermanas Terciarias de Ntra. Sra. del Carmen con sede en la ciudad de Campos, Congregación que se regirá exclusiva y fielmente por las Constituciones que les hemos transmitido y otorgado de las hermanas Terciarias Regulares de España. Firmado por nuestra propia mano el presente decreto, Fiesta de la Natividad de Nuestra Señora»[157].

Las relaciones de esta congregación con las Hermanas Carmelitas de Orihuela fueron fraternalmente cordiales; existe una preciosa carta de M. Elisea, del 23 de diciembre de 1907, contestando a cuanto la general M. Margarita le demanda a fin de uniformarse como miembros todas de una misma familia. «La vida de nuestra Congregación se inició en 1899 pero en realidad hasta el 8 de septiembre de 1907 no fuimos de derecho diocesano… Fuimos formadas por las normas [de estas Constituciones de Orihuela] que resaltan los valores carmelitanos de oración, silencio, austeridad, intimidad con Dios, renuncia, amor a Nuestra Madre, fraternidad, recogimiento, trabajo… Todo esto nos es motivo de grande alegría y une profundamente a nuestras respectivas Congregaciones», escribió en 1988 la Madre General Ilma Duarte Martins[158].

 

9. M. CANDELARIA DE SAN JOSÉ CASTILLO (1863–1940)

9.1. Hermanitas de los Pobres

Susana Paz Castillo Ramírez nació en Altagracia de Orituco, Estado Guárico, Diócesis de Calabozo en Venezuela. De noble familia, sus antepasados procedían de los Bolívar en Caracas; su abuela paterna era prima hermana de Simón Bolívar El Libertador. Ya de pequeña dio muestras de su ilustre prosapia por su porte elegante, su generoso corazón y su inclinación natural a prestar desinteresadamente ayuda a cuantos la necesitaban. «Era Susana de color trigueño, de mediana estatura, más bien bajita. Tenía ojos negros, muy vivos, manos delgadas, pelo negro aun siendo anciana… Dotada de un temperamento equilibrado y un carácter rico, acusa una bien definida personalidad, en donde se dan la mano las dotes naturales… y la acción de la gracia». Así nos la presenta su biógrafo el P. Casadevall[159].

Pero será el propio destino el que le marcará la ruta: cuando Susana contaba tan sólo 7 años muere el padre, D. Francisco de Paula; también pierde a la madre a los 24 años, quedando prácticamente de ama de casa con dos de sus hermanos, Francisco y Carmela, amén de dos primos huérfanos de los que se hace cargo y un sin fin de ahijados. Colabora en el apostolado parroquial y muy comprometidamente. Ocasión especial se le ofrecerá cuando en 1901 estalla la denominada Revolución Libertadora, siendo de Altagracia establecimiento de un Cuartel General; las calles y plazas de la ciudad quedaron sembradas de incontables heridos y muertos al retirarse el enemigo. La joven Susana manifestó en aquella ocasión una actitud heroica y Dios le hizo ver cuál había de ser el signo de su compromiso cristiano con la Iglesia venezolana.

Como consecuencia de aquel desastre murió también el buen párroco D. Alberto Gutiérrez; un providencial sacerdote le sucede en el turno quien le hará encaminar los pasos de la joven Susana hacia la plenitud de su existencia vocacionada. Se llamaba D. Sixto Sosa, futuro obispo. La tarea más urgente de la ciudad era poner en marcha un hospital y cuanto antes; al proponerle a Susana si se presta a colaborar, ella da como respuesta un decidido «Aquí_estoy». Junto a ella otras tres señoritas salen a la palestra: Mercedes Malaver, Natividad y Marcelina Pérez Medina. El P. Sosa no quiere que aquella obra benéfica pierda su matiz religioso y traza unas normas o breves estatutos. Pronto se unen también Adelina Domenigo y Dña. Clara Pérez. Seis años funciona aquel centro bajo la dirección de las hermanas y sostenido fundamentalmente de limosnas, con le bendición del prelado de la diócesis.

Se pensó en institucionalizar aquel grupo como congregación religiosa, mas ¿cómo hacerlo sin perder la espontánea frescura de aquel inicio fundacional? El día 13 de septiembre de 1906 D. Sixto Sosa da el hábito a las cinco primeras Hermanas que trocarán sus nombres civiles por otros religiosos: Hna. Candelaria, Hna. Trinidad, Hna. María, Hna. Dolores y Hna. Providencia, todas con el sobrenombre de San José. Se adoptó el hábito y las Constituciones de las Hermanas de los Pobres de Maiquetía; ellas, sin embargo, adoptarían como asociación diocesana el nombre de Hermanitas de los Pobres de Altagracia. Tras cuatro años de noviciado (más bien de andadura religiosa), profesan en manos del señor obispo Mons. Sendrea; fue un 31 de diciembre de 1910. La Madre Candelaria sería nombrada Superiora General. Seis años más tarde la Madre emitirá votos perpetuos.

9.2. “Queremos ser Carmelitas”

Pero aún carecen de aprobación definitiva y el Sr. Nuncio les comunica que nunca la obtendrán si no se asocian a otra congregación u orden ya aprobada por la Iglesia, pero todos los intentos de anexión con otras familias religiosas existentes en Venezuela fracasan. Es cuando en 1922 providencialmente llegan los carmelitas catalanes a Porlamar, capital de la Isla Margarita, donde las Hermanas habían fundado el Hospital Margarita un año antes. “Esto parece una visión del cielo, porque a través de la palabra y de los gestos justos, diseminada por los ámbitos del templo, parece como si Dios mismo nos hablara”, escribe la M. Candelaria[160].

Un día M. Candelaria le dice resueltamente al padre Elías Mª Sendra que era el superior: “Padre, queremos ser carmelitas. Impónganos el hábito y nosotras nos pondremos bajo su protección”. El P. Elías creyó ver en esta decisión una clara manifestación del cielo: el Carmelo debía echar sus propias raíces en tierras venezolanas. ¿Qué necesidad había de importar nada en un pueblo tan generoso? Mons. Sosa, el obispo fundador, cursa a Roma la petición correspondiente en enero de 1925; la Orden del Carmen acoge a las Hermanas y las reconoce como carmelitas por decreto del 25 de marzo del mismo año; de ahora en adelante se llamarán Terciarias Carmelitas Regulares con derecho a usar el hábito del Carmen y regirse por las Constituciones ya aprobadas de la Orden.

Tan pobres eran estas Hermanas que no disponían de medios para confeccionarse los nuevos hábitos del Carmen[161]; al fin el día 26 de julio la comunidad de Porlamar, tras haber sido revestidas de marrón y capa blanca en ceremonia solemne, portan procesionalmente su Virgen del Carmen desde el templo parroquial hasta su residencia, acompañadas por todo el pueblo; el P. Sendra recorrería personalmente las demás comunidades y transferir la prerrogativa de afiliación. Mons. Sosa nombra a M. Candelaria Superiora General y Maestra de Novicias con sede en Porlamar y al P. Elías el Director Espiritual y Asesor. El 2 de agosto escribía la Madre al P. Fundador: “Lo imagino tan contento como yo, desde el momento en que podemos caminar bajo la santa librea del Carmelo. Gracias por tantos beneficios”.

El 11 de abril de 1937 se celebra el primer Capítulo General; en el primer escrutinio sale elegida la M. Luisa Teresa Morao. “La sierva de Dios fue la primera que se arrodilló delante de la nueva superiora para besarle el santo hábito en seña de sumisión y obediencia en una escena conmovedora”. La Congregación estaba formada por 45 religiosas y once casas. A pesar de su edad es nuevamente nombrada Maestra de Novicias, pero ya se le acaban los días. En 1938 cae vencida por una artritis deformante que la mantuvo en cama hasta su fallecimiento con terribles dolores que aceptó gozosa y en paz. Presiente su cercana muerte que acontece el 31 de enero de 1940. Pronto se extendió la fama de santidad que siempre tuvo en vida.

Madre Candelaria constituye el tipo acabado de la sencilla mujer venezolana hasta en sus rasgos más típicos por su talante, su figura, su religiosidad, su dulzura femenina… Hasta por su piel trigueña. Carmelitas Venezolanas se las llama a las hijas de Madre Candelaria. Sin embargo la Fundadora vivió su carmelitanismo en su dimensión de familia internacional de la que se sentía orgullosamente gozosa[162].

 

10. M. MARIA CROCIFISSA CURCIO (1877-1957)

10.1. Una congregación siciliana

“Maria Crocifissa Curcio (1877-1957), un don del Espíritu al Carmelo”. Así llevan por título las Actas del Congreso celebrado en 1990 en honor de la fundadora de las Hermanas Carmelitas Misioneras de Sta. Teresa del Niño Jesús, conocidas más popularmente como Carmelitas de Santa Marinella, ciudad donde radica la Casa Madre de la Congregación.

Nació María Crocifissa en Ispica (Sicilia), de noble familia, sin que ello implique tópico alguno. Rosa le pusieron por nombre al ser bautizada el 31 de enero de 1877, al día siguiente de nacer. Sin más estudios que los correspondientes a su posición social, Rosita leía por su cuenta libros espirituales. Un día cayó en sus manos la vida de Sta. Teresa de Jesús. “Un rayo de luz que iluminó mi alma y me abrió nuevos horizontes”, escribiría más tarde. «Desde mi infancia, cuando apenas tuve uso de razón y supe entender cuanto el cielo me inspiraba, abandoné los juegos infantiles y me dediqué a la oración en la que hallaba la misteriosa fuerza con la que pude soportar las contrariedades que aun en aquella tierna edad no me ahorraron mis padres»[163].

En 1893 ingresa en la Orden Tercera del Carmen; existía en Ispica la iglesia del Carmen de la que habían sido expulsados los frailes hacía 25 años. Y por medio de su hermano Cayetano, profesor de la Universidad de Catania, se pone en contacto con los carmelitas de aquella ciudad. Allí profesa con el nombre de María Crocifissa porque, en verdad, su vida iba a estar crucificada con Cristo. (Crocifissa con Lui, sería el lema de Rosa). Aquella joven de 20 años pronto se distinguirá por su entusiasmo y fervor, razón por la cual se la nombra priora de la TOC, cargo que ejerció hasta 1908. Durante estos once años se dedica con ahínco a estudiar los santos y la historia del Carmelo; ella misma irá creando su propia espiritualidad cuyo eje central estará formado por la Trinidad y la Cruz.

Aquel grupo que Rosa Curcio preside va creciendo y establece lo que hoy diríamos un taller de oración, incluso en la propia casa de Rosa, hasta el punto de que poco a poco va surgiendo la idea de formar una comunidad religiosa. Si nuestro obispo fuese carmelita, ¡oh! cómo florecería el Carmelo en esta tierra, escribe al General P. Mayer en 1910. Desgraciadamente no era así, sino todo lo contrario; el mismo prelado la somete a extrañas ingerencias en su primitivo proyecto carmelita[164].

En contacto con el provincial del Carmen, un santo varón llamado Alberto Grammatico, la madre Curcio funda en Módica su primera comunidad, pero todo serán dificultades y contradicciones. Es cuando el P. Grammatico, ya en el Centro Internacional de San Alberto de Roma, encarga a un joven y entusiasta carmelita se ocupe de ayudar a la naciente congregación. Se llamaba el padre Lorenzo van den Eerenbeemt (1886-1977), de origen holandés aunque nacido en Roma. Quiso ir a las misiones de Java pero no le dejaron. La labor desarrollada por este frustrado misionero en su estrecha colaboración con las Hermanas ha de ser considerada como verdadera correa de transmisión de sus ansias misioneras. «Para la Sierva de Dios el encuentro decisivo fue aquel del P. Lorenzo y con su proyecto de «Congregación de Terciarias Carmelita». Proyecto de fundación que coincide con el suyo. Es cuando entona su Magnificat[165].

10.2. Emigracion a Santa Marinella

El 3 de julio de 1925 la Fundadora con un grupo de Hermanas se trasladan de Módica a Santa Marinella, precioso lugar junto a Civitavecchia, abierto al mar, todo un símbolo. El día 16 de julio, festividad del Carmen, el prior general Elías Magennis les concede la afiliación a la Orden. Era Año Santo aquel de 1925, año también de la canonización de Santa Teresa de Lisieux. Un año de gracia para la Congregación, razón por la cual se le añadió al nombre de la Congregación el de la Patrona de las Misiones. Los fundamentos de la nueva familia religiosa ya están firmemente asentados. Pero, hasta llegar aquí, la M. Crocifissa ha debido recorrer un largo calvario.

«La cruz es la que sella su existencia desde su infancia», escribe el P. Valabek. «La prohibición del padre de que prosiga sus estudios; las calumnias y las dificultades sin cuento que padece hasta dar forma al proyecto de Dios; la incomprensión por parte de la autoridad eclesiástica y la prohibición de constituir una comunidad religiosa; la amargura que supone el desgarro de verse obligada a emigrar lejos de su tierra; los trabajos de la fundación en Santa Marinella y las pruebas de los primeros años hasta que la Iglesia reconozca la validez y la utilidad de ese carisma carmelita y misionero del que ella es portadora. La oración, nacida del bien inmenso que el sufrimiento produce, adquiere en ella una fuerza transformante que la hace “una” con Cristo»[166].

Y un caso anecdótico que pudo haber constituido una auténtica tragedia: el prelado titular de la diócesis, Cardenal Boggiani, exigió a la Orden que el P. Lorenzo van den Eerenbeemt debía permanecer fuera del convento como asesor religioso a fin de atender permanentemente a las Hermanas; vivir fuera del claustro de forma habitual jurídicamente no estaba permitido según el Código de Derecho Canónico y el P. Lorenzo se vio obligado a dejar su hábito de carmelita para ayudar a las carmelitas. ¡Qué paradoja! [Un caso semejante sucedió al famoso teólogo Hans Urs von Balthasar]. En 1969, el Rvmo. P. Kiliano Healy le restituyó al P. Lorenzo su hábito de carmelita y sus derechos. Es el precio que a veces se ha de pagar por las grandes obras. El impulso vital y la orientación misionera que el P. Lorenzo diera a la Congregación lo estudia muy acertadamente el P. Giorgio Rossi, ODB[167]; en el fondo no fue su papel el de un simple «asistente eclesiástico» como en algún lugar se ha escrito[168].

 

11. M. MARIA DEL SANTISIMO SACRAMENTO (1876-1949)

11.1. “Cuando sea mayor, me haré católica”

La Fundadora de las Carmelitas del Corpus Christi fue otra mujer carismática de rabiosa actualidad por su opción radical por los más necesitados. Rompiendo con las ancestrales creencias religiosas de su familia, renunciando a su propia patria inglesa y abandonándose a la Divina Providencia por los caminos que hasta el fin no le fueron indicados, esta mujer se inserta entre los negros del Caribe en la Isla Trinidad donde establecerá la Casa Generalicia de la Congregación que hasta nuestros días persiste. Parecerá irreal y utópico, pero es cierto. Hasta este extremo se nos muestra el variadísimo y rico carisma de la Orden del Carmen.

Se llamaba Clara Perrins y había nacido en Handsworth (Birmingham) en octubre de 1876 de padres protestantes; naturalmente fue bautizada en la Iglesia de Inglaterra. Siendo una niña de seis años escuchó en casa la siguiente conversación entablada entre su padre y un amigo de la familia: «No puedo creer el sentido real que de algunos pasajes le dan los católicos a la Biblia como lo hace el Cardenal Newman. Ellos interpretan en sentido literal las palabra de Nuestro Señor cuando dice “Esto es mi cuerpo”. Por tanto los católicos creen que Dios está de una forma real en sus iglesias». Aquellas palabras quedaron grabadas en su alma infantil.

Con sólo nueve años Clara abría la Biblia y releía con tremenda emoción aquellas palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo». Un día, después de leer este pasaje, se levantó y dijo a su familia: «Cuando sea mayor me haré católica». Aquello no fue un simple arranque infantil. A la edad de catorce años volvió a repetírselo a su padre tras presenciar con qué devoción adoraban los fieles el Santísimo Sacramento expuesto en la catedral católica de Birmingham. En modo alguno le agradó al padre tal idea aunque más tarde le permitiera educarse con las asuncionistas en Kensington. Y a los 16 años fue recibida en la Iglesia Católica. Para ella esta conversión significaba un cambio radical en su vida por lo que decidió cambiar hasta el nombre de familia; ya no se llamaría Perrins de apellido, sino Elleker, en memoria de un antepasado católico que había tomado parte en la famosa «Peregrinación de la Gracia». A la muerte de su padre le seguirían su propia madre y dos hermanas más hacia el catolicismo.

Estudió en la Universidad de San Andrés en Edimburgh y se licenció en Artes. Sintiéndose inclinada a la vida religiosa ingresó en 1906 en el noviciado de una congregación francesa, pero pudo comprobar que su sitio no estaba allí. En 1908 Mons. Brindle, obispo de Nottingham, le propone a Clara que abriera una escuela católica en Leicester, tan necesitada de enseñanza religiosa; le podrían acompañar en tal obra su madre y su hermana Ethel. Clara no titubea y acepta. Regían los dominicos aquel sector parroquial y se ponen bajo la dirección de su pastor, el P. Vincent McNabb quien las hace ingresar en la Tercera Orden Dominicana. Por propia decisión de Clara el grupo que comanda se denominará del Corpus Christi y ella misma trocará su nombre por el de María del Santísimo Sacramento. La casa donde habitan (Corpus Christi House) será residencia y casa de retiros espirituales, a la vez que editorial católica, centro asistencial y otras actividades encaminadas a lograr un mayor entendimiento con los no católicos[169].

11.2. Misioneras en el Caribe

En 1918, cuando esta primera casa ya se encontraba sólidamente establecida, el misionero dominico Mons. Dowling, arzobispo de Port of Spain (Isla Trinidad en el Caribe), las llama para que abran allí un centro de acogida para ancianos. Dos años más tarde, otro dominico, Mons. McNicholas, obispo de Duluh en Minnesota (USA), también solicita a las Hermanas para que trabajen en su vasta diócesis; esta vez se habrían de ocupar en atender a los indios en su propia reserva; estas experiencias, les servirían a las Hermanas para asumir esta dimensión misionera. En 1924 se les ofrece otra nueva misión en Scotts Bluff, Nebraska, esta vez entre los emigrantes mexicanos a los que apenas entendían en su chapurreado inglés; las Hermanas se propusieron aprender español para atenderles.

Aquel mismo año de 1924 y de forma providencial Sister Mary visita Lisieux; se preparaba la canonización de la Little Flower. Lee «Historia de un Alma» y queda impresionada. Este feliz hallazgo contrasta con la desilusión de no lograr alcanzar de la Santa Sede la aprobación de su instituto como de derecho pontificio por más que se hizo lo imposible. Razón de la negativa: eran solamente treinta Hermanas de reciente fundación; ¿por qué no se unían a otras congregaciones dominicanas? Cuando Clara regresa a EE. UU. tuvo la oportunidad de visitar la Capilla de la Little Flower en Chicago y se encuentra providencialmente con el P. Lorenzo Diether, provincial de los carmelitas. (Los carmelitas americanos fueron siempre los grandes propagadores de la devoción a Santa Teresita). “¿Podremos pertenecer a la Familia del Carmelo?”, le pregunta la Madre María. «Precisamente estamos buscando Hermanas». El General P. Elías Magennis ni tan siquiera dudó: el 7 de febrero de 1927 fueron afiliadas a la Orden con el nombre de Hermanas Carmelitas del Corpus Christi.

El día 21 de enero de 1929 en Port of Spain pronunciaron sus votos las Hermanas y recibieron el nuevo hábito marrón y capa blanca de manos del propio arzobispo dominico quien supo entender que aquella naciente congregación era un regalo al Carmelo de la Pequeña Teresa. El Día del Corpus de 1931 celebraron su primer Capítulo General en Middletown (N.Y.). Ni que decir tiene que M. María del Santísimo Sacramento fue elegida como su primera General. Hubo que sacrificar la casa primera de Leicester donde regresarían años más tarde; la Casa Madre quedaba establecida en la caribeña y bellísima capital de la Isla Trinidad donde hasta hoy día prosigue.

Madre María del Santísimo Sacramento, la Madrecita como cariñosamente la llamaban los isleños, falleció el día 11 de enero de 1949 pronunciando el dulce nombre de Jesús. Dejaba tras de sí toda una estela de santidad y ejemplo donde mirarse sus hijas. El P. Redento Valabek señala como puntos esenciales de su espiritualidad los siguientes: El Oficio Divino y la Liturgia centrados en la Eucaristía. Un espíritu de infancia espiritual a semejanza de Sta. Teresita. Una gozosa confianza en Dios en cualquier acontecimiento. Una entrega total a las necesidades de la Iglesia local antes a otras más lisonjeras misiones. Y un slogan: «Servir al Señor con alegría»[170]. (Cuando las Hermanas rezan las letanías cantan por tres veces el «Causa de nuestra alegría»).

 

12. M. ANGELINA TERESA MC CRORY (1893-1984)

12.1. Una irlandesa por tierras americanas

«El cristianismo en el fondo es un pueblo revolucionario… La Madre Angelina Teresa (1893-1984), Fundadora de las Hermanas Carmelitas de los Ancianos y Enfermos, perteneció a esta clase de revolucionarios. Fundó 59 casas para ancianos, recibió a cientos de candidatas para su joven congregación y, sobre todo, cultivó una recia y sana espiritualidad fundamentada en la vida del Carmelo, enraizada en el evangélico ideal. El aspecto que más atrajo a Madre Angelina de la acción misericordiosa de Cristo fue su compasión, expresada en la necesidad de hacer que los años postreros de los ancianos sean vividos en su sentido más pleno y feliz». Así comienza el P. Valabek una breve y hermosa semblanza sobre Madre Angelina[171].

Nació Brígida McCroy, la futura M. Angelina, el 21 de enero de 1893 en el Norte de Irlanda, la segunda de cinco hermanos, hijos de unos modestos granjeros que en aquellos tiempos y por el simple hecho de ser católicos eran descaradamente discriminados. La familia McCroy formó parte de aquel medio millón de irlandeses que hubieron de abandonar su país entre los años de 1851 y 1901; éste fue precisamente el año en el que los McCroy se instalaron en Escocia, en los suburbios de la industrial Glasgow donde el padre halló trabajo. Y también la muerte.

En Glasgow conoció a las Hermanitas de los Pobres, fundadas en Francia por Juana Jugan, y su actitud de servicio para con los ancianos la atrajo fuertemente; su director, el P. Cronin, le ayudó en su discernimiento vocacional: “No se pierde con probar”, le dijo. Debía marchar a Francia ya que el noviciado estaba en La Tour St. Joseph en Normandía. Era el 2 de febrero de 1912. El día antes de marchar el P. Cronin le ofreció como recuerdo un libro de su biblioteca y Brígida escogió la Vida de Santa Teresa de Ávila. El 19 de marzo de 1915 profesa como religiosa con su nuevo nombre de Sor Angelina de Santa Águeda. Eran los años de la I Guerra Mundial. La obediencia la envía a prestar sus servicios a su comunidad de Brooklyn en Nueva York; con 33 años sería nombrada superiora de la comunidad neoyorquina del Bronx.

Al asumir la responsabilidad de superiora renovó ciertos aspectos del tradicional asilo de ancianos, tanto en el mobiliario como en ciertas formas de vida, a fin de que se sintieran aquellas personas mayores como en su propia casa y no en una fría institución. Aquellos cambios no fueron aprobados por la Madre General; Sor Angelina y siete Hermanas que la apoyaban fueron amonestadas. «Por mi experiencia como superiora durante mis dos primeros años en una de las casas de las Hermanitas de los Pobres llegué a comprender cuáles eran las reales necesidades para una nueva forma de cuidar ancianos. A diferencia de Europa, en América pude comprobar que las personas mayores son más independientes y gustan de una mayor vida privada». Trató de aplicar una atención más personalizada, cercana y directa para con el asilado, pero esto se juzgó como innovación y atentado a las normas generales del instituto. Afrontó la dolorosa decisión de abandonar la congregación con siete religiosas más que la siguieron «a fin de poner en práctica lo que me había propuesto hacerh»[172].

12.2. Una señal del Cielo

Dolorosa decisión, ciertamente. Su confesor, P. Sinnott, le ayudó con toda caridad y comprensión, exponiendo el caso al Cardenal Hayes, arzobispo de Nueva York, quien a su vez la ayudó a dar el paso definitivo; le encantaba la nueva forma de tratar al anciano y apoyó a M. Angelina y a sus siete compañeras sin condiciones. Las religiosas gozaban de la simpatía y el apoyo de varios sacerdotes que las ayudaban entre los que se encontraba el P. Flanagan, Provincial de los Carmelitas de Nueva York. El día de Sta. Teresita de 1929 el carmelita compró un ramo de flores y se lo llevó a las Hermanas; M. Angelina, que pasaba por serios momentos de desaliento, vio en las flores todo un signo esclarecedor: nos afiliaremos a la familia del Carmelo si ellos nos aceptan. Justo por entonces visitaba América el prior general de la Orden, P. Elías Magennis quien, ante la propuesta de afiliación, les hizo ver las dificultades existentes por parte de la Sta. Sede; ellas confiaron el asunto a la Little Flower y todo se resolvió fácilmente. Por rescripto del 24 de agosto de 1931 fueron afiliadas a la Orden del Carmen. También el Cardenal Hayes apoyó incondicionalmente la idea.

M. Angelina ostentó el cargo de Superiora General casi cincuenta años, desde los tiempos mismos de la fundación (3 de octubre de1929) hasta 1978. Dejó su impronta carismática a toda la congregación sobre el trato y relación de las religiosas para con el anciano: atención personalizada, respeto absoluto a su intimidad y libertad, admisión de ricos y pobres sin distinción alguna. Los matrimonios ancianos podían seguir haciendo su vida normal como si estuvieran en casa y a todos se les permitía salir de compras y pasear por la ciudad. La metodología de M. Angelina en aquellos años treinta fue verdaderamente revolucionaria, mereciendo los mayores elogios de la sociedad de su tiempo. Hoy muchas de aquellas innovaciones se han introducido en instituciones de similar asistencia. Cabría preguntarse si la M. Juana Jugan, ya beatificada, de haber vivido, no hubiera aprobado los métodos de su hija Angelina; otra francesa santa, Teresa de Lisieux, transplantó al Carmelo esta rica faceta de caridad para con el anciano desamparado.

Madre Angelina falleció santamente el 21 de enero de 1984, fiesta de Sta. Inés, el mismo día en el que cumplía 91 años, rodeada de su sucesora en el generalato, de numerosas hijas suyas y de tres sacerdotes que la asistían. El Señor le concedió salud y tiempo más que suficientes como para hacerle ver que en su obra asistencial humanísima y cristiana estaba en lo cierto.

 

13. P. MARCEL ROUSSEL-GALLE (1910-1984)

13.1. Una vida y una obra

M. l'Abbé Roussel nació el 8 de junio de 1910 en Fins, diócesis de Besançon (Francia), hijo de una modesta familia de clase trabajadora. Sus padres, Étienne y Louise, cristianos viejos y practicantes, le hicieron bautizar al día siguiente de haber nacido. Muy piadoso desde niño, ingresó en el seminario menor diocesano “Ntra. Sra. de Consolación” cuando tan sólo contaba once años. Su propia madre fue quien le acompañó y se lo encomendó a la Virgen. En la capilla, delante de una imagen de María, le dijo a su tierno infante: «He aquí a tu mamá. A partir de ahora a Ella se lo contarás todo"».

Nunca olvidaría el muchacho este gesto materno que tanto habría de influir en su filial devoción mariana. Desde la inocencia infantil hasta la madurez del adulto, en aquel semillero germina y va echando profundas raíces una hermosa vocación hasta florecer en su anhelado sacerdocio. El 21 de diciembre de 1934, vísperas de su ordenación, deja constancia del fervor con el que abrazó su ministerio: «Mañana…A las nueve…¡Sacerdote para siempre»[173].

Desde su primera labor sacerdotal por las humildes parroquias de Fouvent-le-Haut hasta su curato de Byans-sur Doubs, siempre se mostró como un joven cura ilusionado. En 1947 marcha a París. Su amor hacia la Virgen ha ido creciendo desde que su propia madre se lo encomendara. Es gran devoto también del humilde Cura de Ars. Lee las obras de S. Francisco de Sales y al P. Godin. Su ministerio con la JOC le hace tomar conciencia del gran ausente en el mundo del trabajo, Dios, y en su mente bullen mil ideas que se van plasmando en proyectos: «Ante un mundo paganizado es necesario una nueva evangelización. ¿Por qué no introducir en medio de la gente trabajadora jóvenes muchachas consagradas, obreras decididas como Juana de Arco y orantes misioneras como Sta. Teresita? ¿Quizás misioneras trabajadoras?» Consulta con el cardenal Suhard y con el arzobispo Feltin quienes le aprueban la idea.

Y el día 11 de febrero de 1950, fiesta de Ntra. Sra. de Lourdes, tiene lugar la fundación de la «Familia de las Trabajadoras Misioneras de la Inmaculada". El centro se establece en el sector parisino de Saint Denis. Desde este célebre barrio la misión se irá extendiendo a Toulon, Banneux (Bélgica), Ouagadougou (Burkina Faso) y Dieppe. Se establece un aspirantado y una escuela de oración. Aquellas jóvenes se introducen en las fábricas, en los hospitales, en liceos… Hasta se arriesgan a visitar los bares de alterne, pasar por los barrios chinos y prestar ayuda espiritual a estas “Marías Magdalenas”. Se constituye el grupo Donum Dei: conocieras el don de Dios…. Y se funda el boletín Dans le Sillon Missionnaire que alcanza los 3.000 ejemplares.

En 1960 se establece la Familia en Banneux una humilde casa de comidas a la que se le bautiza con el sugerente nombre de L'Eau Vive. Pronto los restaurantes L'Eau vive se harán célebres. ¿No es bueno cualquier lugar para hacer apostolado? La idea de abrir Carmelos en el mundo se va plasmando poco a poco. Ouagadougou, Buenos Aires, Saigón… hasta las lejanas islas del Pacífico (Nueva Caledonia) van siendo hermosas realidades. En África y en Asia florecen las vocaciones; es evidente, por tanto, que allí está la mano de Dios. Es llegada la hora de fundar también en Roma otro L' Eau Vive, proyecto que se efectúa en 1969; y aquí se establecerá el centro de la obra, junto a Sta. María la Mayor precisamente. Un día de la Virgen de Lourdes, aniversario de la fundación, se canta el Ave María; desde entonces se viene haciendo como plegaria en todos los l'eau vives del mundo que tan agradablemente llama la atención.

13.2. Legado espiritual y misión

“¿Qué será de vosotras el día en que yo falte? se pregunta el fundador. Ve cercana su muerte. «Yo he concluido mi obra; ahora os corresponde a vosotras continuarla», les dice a sus colaboradoras más íntimas. Deben conservar los valores fundamentales de la Familia: la dimensión mariana, el espíritu de plegaria, la misión… El Carmelo tiene por Madre y Patrona a María, por tanto todos los valores esenciales de la Familia están contenidos en el carisma del antiguo Carmelo. ¿Por qué no integrarse en la Orden del Carmen como carmelitas seglares? «Je mourrai tranquille si…» «Yo moriré tranquilo si así lo hacéis». “Virgen Santísima del Carmen, ¡acógenos en tu Familia!”. Fueron las últimas palabras del P. Roussel. Moriría pocas horas después, el 22 de febrero de 1984. Justo tres años más tarde (22-2-87), y por decreto del prior general de la Orden del Carmen John Malley, la familia Donum Dei pasó a formar parte del primitivo Carmelo como miembros efectivos de su Tercera Orden.

La Familia Misionera Donun Dei es una institución que forma parte del Carmelo Seglar como miembros de la Orden Tercera. Oficialmente se llaman Trabajadoras Misioneras de la Inmaculada. (TT. MM.) En la misma familia están integradas otras asociaciones que persiguen el mismo fin: Mamás Misioneras y Legión Suplicante y Reparadora, aparte de otros movimientos juveniles e infantiles: Niños del Rosario, Amigas de Jesús y otros jóvenes militantes.

La espiritualidad de esta Familia Misionera Donum Dei hunde sus raíces en el mismo Evangelio; el episodio de la Samaritana constituirá todo un reto y un proyecto apostólico: tú conocieras el don de Dios… (Jn 4,10) y el agua viva (l'eau vive en francés), todo un sugestivo símbolo. María desempeña también un papel esencial. La devoción mariana filial y el aspecto inmaculista van íntimamente unidos en su espiritualidad, elementos, por otra parte, de tanta tradición y arraigo en la Orden del Carmen. El santo escapulario del Carmen constituye para las Trabajadoras Misioneras el símbolo de la presencia y del abrazo de la Virgen, la “Mamá”[174].

«En cada L'eau Vive, centro espiritual de todos los miembros de la Familia Donum Dei, se congregan con regularidad las Mamás Misioneras y la Legión, en torno a la Virgen de los Pobres, para rezar y profundizar en su formación espiritual y misionera. L'eau Vive es como un Carmelo en el mundo en el que la contemplación se vive mediante el trabajo, “un Carmelo abierto que distribuye Agua viva, esto es, el Amor infinito de Dios, convertido en perdón y misericordia”, como decía el P. Roussel. Cada noche las Trabajadoras Misioneras de L'Eau Vive y los clientes unen sus voces para cantar juntos el Ave María de Lourdes[175].

Viven su vocación carmelitana laica con una profunda alegría y gran sencillez, aparte de una fina sensibilidad para saber integrar culturas, lenguas y folklore con fines evangelizadores realmente sorprendentes. Reparten sus 22 casas por todo el mundo: Francia, Italia, Inglaterra, Argentina, Perú, Brasil, México, EE. UU., Burkina Faso, Zaire, Camerún, Filipinas, Vietnam, Nueva caledonia y Wallis… y recientemente en Sevilla (España). La Familia está compuesta actualmente de unos ochocientos miembros, de origen asiático y africano en su mayoría. Su rápida expansión y su fecundidad vocacional ya es de por sí un evidente signo de que Dios bendice la obra. El P. Marcel vive por medio de sus hijas.

 

AUTOR:  Ismael Martínez Carrettero , O.Carm.

 


 

 

[1] Cf. VICENZO MOSCA, O.Carm., Alberto Patriarca di Gerusalemme. Tempo. Vita. Opera. Tesis doctoral publicada por Edizioni Carmelitane, Roma 1996.
[2] JOAQUÍN SMET, O.Carm., Los Carmelitas I, Madrid (BAC) 1987, 125-160.
[3] GIOVANNI GROSSO, O.Carm., Verso una biografia del Beato Giovanni Soreth (1394-1471), Priore Generale dei Carmelitani. Storiografia e cronologia della vita. Roma, 1991,1.
[4] Ibid., 1-2.
[5] LUDOVICO SAGGI, O.Carm., Juan Soreth, beato, en Santos del Carmelo, Madrid, 1982, 355.
[6] Cf. Carmelite Mysticism. Historical Sketches, Chicago, 1936. Traducción italiana de ELIA MONARI, O.Carm., Appunti storici di mistica Carmelitana. La bellezza del Carmelo. Via Crucis. Pace e amore per la pace, Bologna 1994.
[7] NILO GEAGEA, OCD, Madre Madre y Hermosura del Carmelo, Burgos, Monte Carmelo, 1989, 366-367.
[8] JOAQUÍN SMET, O.Carm., Los Carmelitas I, 195.
[9] BENITO DE LA CRUZ ZIMMERMAN, OCD., Les Carmes humanistes, en Études Carmélitaines 20 (1935), 33-34, citado por Smet.
[10] SMET, Los Carmelitas I, 220.
[11] REDENTO Mª VALABEK, O.Carm., María, Madre del Carmelo. La Madonna e le grandi figure del Carmelo 1, Roma, Edizioni Carmelitane, 1995, 67.
[12] Ibid., 68.
[13] Es así como le distingue y estudia Nilo Geagea en su citada obra en las sesenta y seis páginas dedicadas a dicho autor (376-442).
[14] FANUCCHI, GIUSEPPE, Della vita del B. P. Battista Spagnoli, detto il Mantovano, Priore Generale di tutto l'Ordine Carmelitano dell' Antica Osservanza (Lucca, 1887).
[15] COCCIA, Edmondo, Bautista Spagnoli llamado «el Mantuano», beato, en «Santos del Carmelo», 262.
[16] Ivi, 327-328
[17] RODRIGUEZ, José Vicente, OCD, Lectura varia sanjuanista en Revista de Espiritualidad 52 (1993), 311. En nota a pie de página cita otros trabajos suyos anteriores sobre el mismo tema y suposición.
[18] ANGELO SANTOLLA, Il Mantovano Riformatore e le sue Egloghe, Roma 1926, 21-22.
[19] SAGGI, La Congregazione Mantovana…, 141 y 147-148. Sobre su mariología cf. Enrique del Sgdo. Corazón y José Miguel de la Inmaculada, La mariología de Juan Bautista Spagnoli "El mantuano" en El Monte Carmelo, 48 (1947), 329-355.
[20] SECUNDINO CASTRO, OCD, Ser cristiano según Santa Teresa. Teología y espiritualidad, Madrid, Ede, 1981, 72 y 74.
[21] JOSÉ de VELASCO, O.Carm., Vida, virtudes y muerte del venerable varón Francisco de Yepes, Valladolid 1624, 83.
[22] Ibid., 83-84.
[23] VELASCO, José de, O.Carm., Declaración hecha en Medina el 18 de noviembre de 1614, en “Obras de San Juan de la Cruz”. Procesos II. BMC 22 (Burgos, 1991), 46.
[24] Cf. ISMAEL MARTINEZ, O.Carm., Juan de la Cruz. Caminante en la noche, Madrid, Ediciones Carmelitanas, 1993.
[25] BALDOMERO JIMENEZ DUQUE, Juan de la Cruz: Camino y mensaje, Ávila, 1987, 168.
[26] PAOLA MOSCHETTI-BRUNO SECONDIN, Maddalena de' Pazzi, Mistica dell' Amore. Milán (Ediciones Paulinas), 1992, 9-11.
[27] ERMANNO ANCILLI, OCD., María Magdalena de Pazzi en “Santos del Carmelo”, 411-412.
[28] REDENTO Mª VALABEK, O.Carm., Sarete raggianti. Vita di Preghiera al Carmelo. Roma, Institutum Carmelitanum, 1993, 71.
[29] Ibid., 414.
[30] JOAQUIN SMET, O.Carm., Los Carmelitas II, Madrid (BAC) 1990, 327-335.
[31] Ibidem.
[32] JUAN BRENNINGER, O.Carm., Ioannes a S. Samsone de animo et ingenio Ordinis Carmelitarum en AOC 8 (1932), 11.
[33] Ib. 14-15
[34] Ibid., 15. “Les vrays Carmes sont amateurs d'oraison et de la vie de l'esprit”. Cf. la breve Antología, hecha en 1946 por su ilustre estudiosa Suzanne-Marie Bouchereaux, Orientaciones para la vida interior, ya antes citada.
[35] Ibid., 34-35.
[36] JOAQUÍN SMET, O.Carm., Los Carmelitas III Madrid (BAC) 1991), 307.
[37] Ibid., 309.
[38] Fueron publicadas por el P. Brenninger en AOC 11 (1940), 23-81.
[39] BOUCHEREAUX, S-M., Dominique de Saint-Albert, sa vie et sa correspondance avec Jean de Saint-Samson en AOC 15 (1950), 3-167. Dedica 80 enjundiosas páginas a la biografía del venerable, con una bibliografía básica al final.
[40] De Oratione, ms. Avignon 499, II, 2. AOC 8 (1932), 295, n.4.
[41] De Oratione, ms. Tours 488 ff. 279v-280r, citado por J. BRENNINGER en AOC 8 (1932), 296, nota 6.
[42] AOC 8 (1932), 297. Este pensamiento está recogido de su Exercitatio spiritualis, según la versión del P. Potenza, n. 9.
[43] JUAN BRENNINGER, O.Carm., Dominicus a Sancto Alberto Carmelita Provinciæ Turonensis en AOC 8 (1932), 327.
[44] JOAQUÍN SMET, O.Carm., Los Carmelitas III , 316.
[45] STEGGINK, OTGER, Miguel de San Agustín y María de Santa Teresa. La Vida de Unión con María. Madrid, Rialp, 1957, 10-11.
[46] OTGER STEGGINK, O.Carm., Miguel de San Agustín. María de Santa Teresa…, 13. Cf. P. Hoffer: La dévotion a Marie au declin du XVII siècle. Autour du jansénisme es des “Avis salutaires”. Paris, 1938; P. Lucianus Ceyssens, OFM: De Carmelitana actione antijansenistica, en AOC 17 (1952), 33-39, (Ibid., nota 7).
[47] GABRIEL WESSELS, O.Carm., Introductio ad vitan internam, V-VI.
[48] CANISIO JANSEN, O.Carm., Miguel de San Agustín en Diccionario de Espiritualidad, Barcelona, Herder, 1983, tomo II, 598-599.
[49] Cf. CHRISTOPHER O'DONNEL, O.Carm., Maria, Madre e Sorella. Uno studio sull'eredità spirituale dell Ordine en Orizzonti. Approccio dinamico al carisma del Carmelo, nº 6, Roma, Roma, 2001, 31-31.
[50] Cf. ALBERT DEBLAERE, SJ, Maria Petyt, écrivain et mystique flamande (1623-1677) en Carmelus 26 (1979), 3-76. Un breve estudio sobre su vida oracional se encuentra en VALABEK, Sarete raggianti, 90-92.
[51] STEFANO DE FIORES, OSM, María en Nuevo Diccionario de Espiritualidad, Madrid, Ed. Paulinas, 1983, 859-860.
[52] JUAN BAUTISTA GOMIS, OFM, Místicos franciscanos españoles (3 v. Madrid, 1948-1949), I, 76, citado por Pablo Mª Garrido, Miguel de la Fuente, O.Carm. (1573-1625), Un maestro de oración en Carmelus 17 (1970), 243.
[53] MENENDEZ Y PELAYO, Marcelino, Historia de las ideas estéticas en España, Madrid CSIC, 1947, t. II, 113.
[54] BALBINO VELASCO, O.Carm., Miguel de la Fuente, O.Carm. (1573-1625). Ensayo crítico sobre su vida y su obra, Roma, Institutum Carmelitanum, 1970, 35.
[55] Ibid., 108-109.
[56] Ibid., 164-165. Cf. también PABLO Mª GARRIDO, O.Carm., Un nuevo ejemplo de amistad sobrenatural. La Beata María de Jesús y Miguel de la Fuente en “Monte Carmelo” 45 (1987), 377-389.
[57] Las tres vidas del hombre… (Madrid, 1959), 12-13. Citaremos por esta edición más asequible.
[58] JOSÉ Mª DE LA CRUZ MOLINER, OCD, Historia de la literatura mística en España, Burgos, 1961, 130.
[59] GARRIDO, Pablo Mº, Las tres vidas del hombre…, XXVIII-XXX.
[60] PABLO Mª GARRIDO, O.Carm., El carmelita Juan Sanz (1557-1608), promotor de la oración metódica y aspirativa en Carmelus 17 (1970), 5.
[61] JUAN PINTO DE VITORIA, O.Carm., Vida del Venerable Siervo de Dios N. P. M. F. Juan Sanz, del Orden de nuestra Señora del Carmen, Valencia, 1612. También en la Postulación General O.Carm. de Roma existe una biografía en latín; el proceso ordinario de beatificación efectuado en Valencia se ha perdido.
[62] GARRIDO, El carmelita Juan Sanz…, 9.
[63] Ibid., 13-14.
[64] JERONIMO GRACIAN, Obras Completas (3 v., Burgos, 1932-1933), III, 381-382, citado por Garrido, ibid., 20, n. 57.
[65] RAFAEL Mª LOPEZ-MELUS, O.Carm., P. Juan Sanz, O.Carm., Abecedarios Espirituales, Madrid, 1957, 43-47.
[66] GARRIDO, El carmelita Juan Sanz…, 34.
[67] COSMA DE VILLIERS, O.Carm., reseña otras obras del venerable Sanz: Lucubrationes in Logicalibus et Theologicis multæ, y Las Siete Palabras del Señor (Bibliotheca Carmelitana II, ed. 1929, 95).
[68] GARRIDO, El Carmelita Juan Sanz…, 48-49.
[69] BRANDSMA, Bellezza del Carmelo, 100-104.
[70] El primer tratado de vida espiritual que se basa en la oración aspirativa lo escribió el cartujo Hugo de Balma en la obra Teología Mystica (finales del s.XIII)
[71] CF. GARRIDO, El carmelita Juan Sanz…, 50-51.
[72] ANDRÉ COMBES, Introducción a la espiritualidad de Santa Teresa del Niño Jesús, Buenos Aires, Desclée de Brouwer, 1952.
[73] Cf. Thérèse de Lisieux. Œuvres complètes, París, Editions du Cerf, 1992.
[74] HANS URS VON BALTHASAR, Teresa de Lisieux. Historia de una misión. Barcelona, 1964, 29.
[75] Ibid., 49.
[76] Ibid., 54-55.
[77] JEAN-FRANCOIS SIX, La verdadera infancia de Teresa de Lisieux. Neurosis y santidad, Madrid, Stvdium, 1976, 15-16.
[78] BARRIOS MONEO, Alberto, CMF, Santa Teresita (Madrid, Coculsa, 1960), 20.
[79] Ms. A, 69v-70v.
[80] Von Balthasar, Historia de una misión, 83.
[81] Ms B, ff 2ºv-4ºr. (Obras Completas, 226-230).
[82] LUDOVICO SAGGI, O.Carm., S. Angelo di Sicilia. Studio sulla vita, devozione, folklore. Roma, Institutum Carmelitanum, 1962, 330.
[83] JERONIMO GRACIAN, O.Carm., Peregrinación de Anastasio en «Obras del P. Jerónimo Gracián de la Madr» vol. III (Burgos, 1933), 127-128. En nota marginal de la p. 58 también tiene el mismo dato, aunque errado el apellido.
[84] PABLO Mª GARRIDO, O.Carm., Dos mártires carmelitas españoles contemporáneos de Santa Teresa: el Padre Fray Bartolomé Garau († 1564) y Fray Juan Vanegas († 1588) en Carmelus 28 (1981), 155.
[85] GARRIDO, Dos mártires carmelitas españoles …, 164-165.
[86] Ibid., 168-169.
[87] JOAQUÍN SMET, O.Carm., Los Carmelitas, Vol. V, Madrid (BAC) 1995, 43.
[88] REDENTO Mª VALABEK O.Carm., Carmelites at the Guillotine en Carmel in the World 27 (1988), 59-80.
[89] JOAQUÍN SMET, O.Carm., Los Carmelitas V (Madrid, BAC, 1995), 54-58. VALABEK, The Martyrdom of Jacques Retouret, Carmelite, en Carmel in the World 26 (1987), 219-235.
[90] ANTONIO RUIZ MOLINA, Un nuevo beato: Jaime Retouret, Carmelita y Mártir en la Revolución Francesa (1789-1799) en Escapulario del Carmen 92 (1995), 368-370 y 403-404.
[91] REDENTO Mª VALABEK The Martyrdom of Jacques Retouret…, 227-235.
[92] CAMILO MACCISE, OCD, Fieles a Dios y a la Iglesia. Carta circular a la Orden en ocasión de la beatificación de los tres mártires carmelitas descalzos en «Santidad en el Carmelo», Hoja informativa sobre las causas de canonización del Carmen Descalzo en la Provincia de Castilla 198-199 (junio-octubre 1995), 4-6.
[93] SMET, Los Carmelitas, Vol. V, Madrid (BAC) 1995, 56-58. De otros mártires carmelitas cf. Ibid., 58-61.
[94] RAFAEL Mª LÓPEZ MELÚS, Un testigo de Jesucristo. Beato Jaime Retouret (1746-1794), carmelita, Onda (Cast.), 1995, 75.
[95] VICENTE CÁRCEL ORTÍ, La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), Madrid, ed. Rialp, 1990, 235-239 (cuadros estadísticos) y 349-356, (relación de procesos canónicos ya iniciados hasta 1990).
[96] A modo de simple ejemplo recordamos al joven Antonio Molle Lazo (1915-1936), cofrade carmelita. Fue acribillado por las balas y el machete sólo por manifestar su fe. Está enterrado en mausoleo de mármol y bronce en la basílica del Carmen en Jerez de la Frontera.
[97] En mayo de 1931 fueron asaltadas las iglesias de los carmelitas de Jerez y del Buen Suceso de Sevilla, desapareciendo innumerables obras de arte y salvando los frailes la piel casi de milagro.
[98] V. CARCEL ORTI, Nuevas beatificaciones de víctimas de los revueltos años treinta. ¿Por qué hubo persecución religiosa en España? en «Vida Nueva» 1.736 (5 de mayo de 1990), 27-28.
[99] SIMÓN Mª BESALDUCH, O.Carm., Nuestros Mártires, Barcelona, Altés, 1940. Existe en italiano una obra titulada Martiri della guerra di Spagna cuyo autor es JUSTO FERNÁNDEZ ALONSO.
[100] BESALDUCH, Nuestros Mártires…, 11-13.
[101] El P. Anastasio Ballester Nebot era natural de Benlloch (Castellón) donde había nacido el 23 de abril de 1893. Profesó en 1909 y fue ordenado de sacerdote en 1916. Era el superior de Onda en ausencia del P. Salvador Mollá cuando el asalto al Carmen. Sería vilmente fusilado junto a las paredes del cementerio de Cuevas de Vinromá (Castellón). Cf. Besalduch, Nuestros Mártires, 71-75).
[102] Había nacido en Alcira (Valencia) en 1899; profesó en la Orden del Carmen el 31 de octubre de 1916 y fue ordenado scerdote en Roma el 1 de abril de 1922. Fue martirizado en las puertas del cementerio de Alcira en septiembre de 1936. Cf. BESALDUCH, Nuestros Mártires,185-191.
[103] Era el P. Juan Evangelista (Francisco) natural de Montealegre (Albacete) donde nació en 1906. Era Maestro de Marianos en Villarreal cuando le sorprendió la guerra. Martirizado en Almusafes (Valencia) en septiembre de 1936, sus restos descansan en Caudete. Cf. BESALDUCH, Nuestros Mártires, 229-237.
[104] BESALDUCH, Nuestros Mártires, 57.
[105] Ibid., 191-202.
[106] HILARION SANCHEZ CARRACEDO, La Azucena de Vich. Vida de Sor María del Patrocinio de San José Badía Flaquer, Religiosa Carmelita del Monasterio de la Presentación de Vich, Barcelona, ed. Vilamala, 1944.
[107] Sobre la vida religiosa de Sor Patrocinio véase SANCHEZ CARRACEDO, La Azucena de Vich, 157-179.
[108] Ibid., 456. Según el P. Hilarión, no eran un solo sacerdote quien allí habitaba, sino dos: el párroco de Artés, Dr. Bisbal, y el claretiano P. Arqués; ambos fueron conducidos al ayuntamiento junto con la Hna. Sor Patrocinio. (La Azucena de Vich, 294).
[109] SANCHEZ CARRACEDO, La Azucena de Vich, 297-299.
[110] BESALDUCH, Nuestros Mártires, 452-453. Relación enviada al autor por la M. Zubiri con fecha del 4 de febrero de 1940.
[111] Ibid., 453-454.
[112] LUIS Mª LLOP, O,Carm., Carmelitas víctimas del marxismo en «El Santo Escapulario del Carmen» 33 (1936), 366-367.
[113] PEDRO BENITEZ GARCIA, Nuestros Mártires . En el 27 de julio, primer aniversario de la muerte del Rvdo. P. José González Delgado en «El Santo Escapulario del Carmen» 34 (1937), 238-240.
[114] Fray Antonio Martín Povea nació en El Saucejo (Sevilla) en 1887. Profesó en la Orden del Carmen en 1926. Hombre sencillo, poco hablador, era admirado por su laboriosidad y su atención a los pobres. Cf. BESALDUCH, Nuestros Mártires, 303-306.
[115] Fray Pedro Velasco Narbona nació en Antequera (Málaga) en 1893. Era zapatero de profesión, hombre piadoso y muy amante de la Virgen. Tomó el hábito en Hinojosa del Duque y allí se hallaba haciendo su postulantado. (BESALDUCH, Nuestros Mártires, 306-308).
[116] Fray José Ruiz Cardeñosa había nacido también en Osuna (Sevilla), en 1902. Profesó en la Orden del Carmen en 1921, es decir, a los 19 años. En el convento de Hinojosa desempeñaba el oficio de sacristán y de ayudante de cocina. Sencillo, de excelente humor y con gran sentido de la responsabilidad en su trabajo. (Cf. BESALDUCH, Nuestros Mártires, 300-303).
[117] Fray Eliseo Camargo Montes nació en Osuna (Sevilla) en 1887. Profesó en la Orden en 1919. Trabajó en la imprenta de Jerez y luego estuvo dos años de conventual en Lisboa de donde vino justo para toparse de lleno con la contienda civil. Gozaba de la clásica gracia andaluza y profesaba gran devoción a S. Franco de Sena. (Cf. BESALDUCH, Nuestros Mártires, 297-300).
[118] Cf. BESALDUCH, Nuestros Mártires, 284-291.
[119] Ibid., 394-418.
[120] Ibid., 375.
[121] KILIAN HEALY, O.Carm., Profeta di Fuoco, Roma, 1993, 148-150.
[122] JOSSE ALZIN, Ese frailecito peligroso, Madrid, Ediciones Carmelitanas, 1956, 104.
[123] THERESIA A MATRE DEI, OCD, Edith Stein. En busca de Dios. Estella (Navarra), 19742ª, 49-50.
[124] EDITH STEIN, Estrellas Amarillas, Madrid (Ed.de Espiritualidad), 1973, 211.
[125] Ibid., 189.
[126] Este párrafo sobre la beata Francisca D’Amboise es de la edición italiana. Sobre Francisca d’Amboise se puede ver Claudio Catena, O.Carm., Francisca d’Amboise, beata, en Santos del Carmelo, 211-212. Hay una traducción española de la Beata Francisca de Amboise del P. Jesús M. Carrión Casaldeiro, O.Carm., Exhortaciones de la Beata Francisca de Amboise, Onda (Castellón), 1985.
[127] Joseph Chalmers, En la tierra del Carmelo. Carta del Prior General a la Familia Carmelita con ocasión del 550° aniversario de la Bula Pontificia Cum Nulla, Roma 2002, 20.
[128] Se inició el proceso en 1699, el mismo año de su muerte; en noviembre de 1721 el P. Filippo Guglielmotti lo presentó, en nombre de la Orden, a la Sagrada Congregación de Ritos. El proceso de sanctitate vitæ, virtutibus et miraculis in genere fue cerrado con voto favorable y confirmado por Pío VI el 15 de enero de 1780. Hasta 1965 el postulador de los carmelitas no volvió a solicitar la reapertura de la causa. En el último Index causarum publicado en 1988 aparece la causa de M. Serafina como pendiente.
[129] NICOLÁS SGUILLANTE - TOMÁS PAGANI, Vida de la V. Madre Sor Serafina de Dios, del Orden de Nuestra Señora del Carmen Observante y Fundadora de la Congregación llamada del Santísimo Salvador, de monjas carmelitas observantes reformadas, en el Reyno de Nápoles, Zaragoza, 1760, 122.
[130] STEFANO POSSANZINI, O.Carm., La Venerabile Madre Serafina di Dio, Carmelitana. Una mistica che si è opposta al Quietismo. (1621-1699). Fisciano, 1992 , 45.
[131] SGUILLANTE, Vida de la Venerable Madre…, 240. El autor trata de las siguientes fundaciones en los capítulos XV-XIX del libro segundo, pp. 243-274.
[132] POSANZINI, La Venerabile Madre Serafina…, 261.
[133] Elogio de la vida común religiosa escrito en italiano por la Venerabile Madre Serafina de Dios, Fundadora de la Congregación del Santísimo Salvador en la Isla de Capri y de otros seis conventos de Monjas Carmelitas Obserrvantes en el reino de Nápoles. Traducción del Ilmo. Sr. Obispo de Orihuela Sr. D. Simón López. (Zaragoza, 1819), 3.
[134] ALESSANDRO ALBERTAZZI, La piena fiducia in Dio, en Sia fatta la tua volontà. I propositi della serva di Dio Maria Maddalena Mazzoni, Sasso Marconi (BO) 2003, 38-39.
[135] Véase el decreto de aprobación del General Benzoni transcrito por EMANUELE BOAGA, O.Carm., Como piedras vivas en el Carmelo, Roma, Edizioni Carmelitane 1997, 212. El autor hace una síntesis histórica de esta congregación.
[136] EMANUELE BOAGA, O.Carm., Povertà e preghiera, fraternità e servizio. L'esperienza carismatica di suor Maria Maddalena Mazzoni en Sia fatta la tua volontà, Supplemento a «Rellegratevi», a. II, dicembre 2002, n. 6, 34-35.
[137] El P. Boaga refiere que ya existieron otros precedentes de terciarias regulares como las de Santa María de la Esperanza en Venecia de 1498, las Terciarias de San Martín de Bolonia en 1578, suprimidas precisamente en 1744. Cf. Como piedras vivas, 211.
[138] ALESSANDRO ALBERTAZZI, La piena fiducia in Dio, ibid., 42.
[139] PIERTOMMASO MATARRELLI, O.Carm., Diario contro luce, Roma, 1989, 11-12.
[140] FRANCO MARIA CANDELORI, O.Carm., Maria, mia cara Mamma, Roma, 1988, 27.
[141] Cf. EMANUELE BOAGA, O.Carm., Maria Teresa Scrilli e Montevarchi. I tempi della sua opera en «Come fiamma a cielo aperto», Roma, 1991, 11-34.
[142] Citado por MATARRELLI, Diario…, 28 y 30.
[143] Sobre su espiritualidad véase a FRANCESCO GIOIA, Il luogo del cuore, Itinerario psicologico-spirituale di Maria Teresa Scrilli, Roma, 1990. Más exhaustivamente LUCIO RENNA, O.Carm., Ascesi di un Sì, Bari, 1980.
[144] JOAQUIN SMET, O.Carm., Los Carmelitas, Vol. V, Madrid (BAC) 1995, 281-283.
[145] Para este tema véase a TERESA DE JESÚS ARRIBAS LÓPEZ-NEGRETE, Vida de la Reverenda Madre Piedad de la Cruz Ortiz Real, Fundadora de la Congregación de Hermanas Salesianas del Sagrado Corazón de Jesús, Murcia, 1948. (2ª ed. 1980).
[146] ISMAEL MARTÍNEZ CARRETERO, O.Carm., Elisea Mª Oliver, Carmelita, Orihuela, 1990, 148-149.
[147] Ibid., 87-153. Cf. JOSEFINA DIAZ MENDOZA, O.Carm., La Madre Elisea a través de su epistolario. Murcia 1992, 145-161.
[148] Epistolario de Madre Elisea Mª Oliver Molina, Fundadora de las Hnas. de la V. Mª del Monte Carmelo, Orihuela (Alicante), 1974, 24. Véase también en Josefina Díaz, La Madre Elisea…, 166.
[149] Cf. una breve semblanza sobre M. Elisea en inglés del P. REDENTO Mª VALABEK, O.Carm., Courage, and march on! en Profiles in holiness I, Roma, Edizioni Carmelitane, 1996, 223-230.
[150] ASUNCIÓN SOLER, Escritos autobiográficos en , Málaga, 1978, 11-15. Otra obra biográfica de reciente publicación no vale la pena ni nombrarla.
[151] EVANGELISTA Mª ORTIZ, O.Carm., Testamento Espiritual de la M. R. M. Asunción Soler Jimeno (1882-1959), Onda (Castellón), 1967, 14, nota 1. El P. Ortiz no dice la fecha de tal misiva.
[152] ISMAEL MARTINEZ, O.Carm., Elisea Mª Oliver, Carmelita, 64-68.
[153] Aportación al XIII Consejo de las Provincias O.Carm. (Nantes, 1994), 5.
[154] Cf. ALEJO DE LA VIRGEN DEL CARMEN, OCD, Ven. Sor Joaquina de la Virgen del Carmen, Fundadora de las Carmelitas Terciarias (1849-1886), Palma de Mallorca, 1939.
[155] EVANGELISTA Mª ORTIZ, O.Carm., Testamento Espiritual de la M. R. M. Asunción Soler Gimeno (1882-1959), Madrid, 1997, 28-32.
[156] SMET, Los Carmelitas, Vol. V, Madrid (BAC) 1995, 275.
[157] Decreto de Fundação existente en el Arch. Gral. de la Congregación, sec. II, serie 3ª.
[158] Carta de la Superiora General a la Hna. Aurea Ferreira del 8 de marzo de 1988.
[159] PABLO Mª CASADEVALL, O.Carm., Madre Candelaria de San José Paz Castillo, Fundadora de la Congregación de Hermanas Carmelitas Venezolanas, Barcelona, 1978, 13-15. Cf. del mismo autor Candelaria de San José, Sierva de Dios en Santos del Carmelo.
[160] Ibid., 33.
[161] Con fecha del 3 de mayo de 1931 la Madre Elisea Oliver escribe a M. Candelaria informándola sobre la hechura del hábito carmelita.
[162] Una breve biografía de la Madre Candelaria se encuentra en Escapulario del Carmen 80 (1984), 58-64, en un artículo de FERNANDO MILLÁN, O.Carm. En inglés véase REDEMPTUS M. VALABEK, O.Carm., Profiles in holiness, I, Roma 1996, 201-209.
[163] SALVATORE GUASTELLA, Sicilia: ambiente religioso e maturazione spirituale della Serva di Dio Madre Maria Crocifissa Curcio en «ATTI del Convegno Organizato nel 60º An». (Sassone, 31-ott.-3 nov. 1990), 27.
[164] El obispo Blandini le ponía a la Madre Crocifissa como condición para ser aprobadas que se hicieran dominicas o se asociaran a otra congregación descalza; convencida la Madre de que su carisma era el Carmelo primitivo, resistió y venció.
[165] GUASTELLA, Sicilia: ambiente religioso …, 38-39.
[166] Diario (6 de noviembre de 1925), citado por VALABEK, Sarete raggianti, 143.
[167] GIORGIO ROSSI, ODB, Territorio e Congregazioni Religiose. S. Marinella e lo svilupo della Congregazione delle Suore Carmelitane Missionarie di S. Teresa del Bambino Gesù (1925-1950) en ATTI del Convegno…, 54-73. Nota necrológica en AOC 33 (1977), 374-375.
[168] Una breve semblanza espiritual de la M. Crocifissa véase en Sarete raggianti, del P. Valabek, 142-145, escrita por Sor Mª GLORIA CONTI, de la misma congregación.
[169] REDENTO Mª VALABEK, Serve the Lord with gladness. Sister Mary of the Blessed Sacrament, O.Carm., Foundress of the Corpus Christi Carmelites en «Carmel in the World» 32 (1993), 44.
[170] Ibid., 52-54. Sobre la historia y vicisitudes de esta congregación también el P. Smet hace referencia y señala bibliografía. Cf Los Carmelitas, Vol. V, Madrid (BAC) 1995, 287-288.
[171] REDENTO Mª VALABEK, Mother to the Aged and Infirm. Mother M. Angelina Teresa, O.Carm. Foundress of the Carmelites Sister of the Aged and Infirm en Carmel in the World 29 (1990) 208-226. Cf. del mismo autor Profiles in Holiness I, Roma 1996, 231-245.
[172] M. BERNADETTE, O.Carm., Woman of Faith-Foundress, Germantown N. Y. 1984, 382, citada por Valabek (Ibid., 214-215). En cuanto a la espiritualidad de M. Angelina la obra que cita como fundamental el P. Redento es la de Jude Mead, C. P., Daugther of Carmel. Mother to the Aged, Petersham Mass. 1989.
[173] Le sillon, julio-diciembre de 1985, 5 y 13. De este número especial de la revista «Dans le sillon missionaire» (227-228) y del nº 222 (julio-septiembre de 1984) extraemos esta síntesis biográfica.
[174] Esta espiritualidad la saben expresar las jóvenes de Donun Dei en músicas y danzas de gran inspiración y belleza plástica.
[175] CITOC, abril de 1989, 21-22.

 

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