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Madre del Verbo, dime tu misterioPara Isabel es el “fiat” lo que constituye a María en la auténtica discípula de su Hijo, en la primera gran seguidora e imitadora de Jesús: “Su oración, como la de Él, fue siempre ésta: « ¡Ecce, aquí estoy!» ¿Quién? «La esclava del Señor» [Lc 1,38]... 

 


 

Madre del Verbo, dime tu misterio

El contexto en que se da esta expresión de Isabel de la Trinidad es una poesía compuesta por ella el 25 de diciembre de 1903, a los 23 años de edad y dos de vida en el Carmelo. A manera de pórtico, transcribimos parte de la última de las cuatro estrofas que la componen:

Madre del Verbo, dime tu misterio.

Desde el instante de la Encarnación,

dime cómo pasaste por la tierra

sumergida en constante adoración.

Envuelta en una paz indescriptible,

misterioso silencio en derredor,

en el Ser insondable penetraste,

mientras llevaste en ti «el don de Dios». (P 88)

Ciertamente, el misterio de la Encarnación, el hecho real de que Dios se haya hecho hombre en Cristo, ha sido uno de los aspectos de la vida cristiana que más ha subyugado y seducido a los místicos. Bástenos con recordar aquella expresión de San Juan de la Cruz: “Una de las cosas más principales porque desea el alma ser desatada y verse con Cristo [Flp 1, 23], es por verle allá cara a cara, y entender allí de raíz las profundas vías y misterios eternos de su Encarnación que no es la menor parte de su bienaventuranza; porque, como dice el mismo Cristo por San Juan, hablando con el Padre: Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti único Dios verdadero y a tu Hijo Jesucristo que enviaste [Jn 17, 3]. Por lo cual, así como cuando una persona ha llegado de lejos, lo primero que hace es tratar y ver a quien bien quiere, así el alma, lo primero que desea hacer, en llegando a la vista de Dios, es conocer y gozar los profundos secretos y misterios de la Encarnación” (CB 37, 1).

1. El adviento “es el tiempo de las almas interiores”

La misma Isabel ha comenzado su poesía afirmando que el único que conoce este gran misterio es “sólo Aquel que es esplendor del Padre, su Verbo en la carne”, es decir, el mismo Jesucristo (P 88). Sin embargo, para Isabel hay, además, una persona, una mujer de nuestra raza, que nos puede dar noticia de este misterio: “nadie ha penetrado tanto en el misterio de Cristo en toda su profundidad, más que la Virgen” (UE 2). Por eso pregunta a María por su misterio y la respuesta la encuentra en las actitudes y vivencias de la Virgen en torno al adviento, al nacimiento y a su vida entera como Madre de Jesucristo y hermana nuestra. Comienza contemplándola en los meses que transcurrieron entre la anunciación y Navidad y afirma que la actitud de la Virgen durante estos meses es el modelo de las almas interiores, de las personas que Dios ha elegido para vivir dentro de sí mismas, en lo más hondo del abismo sin fondo. ¡Con qué paz y con qué recogimiento se sometía y aceptaba María todas las cosas! ¡Hasta las más triviales quedaban divinizadas a su contacto! Pues en todo lo que hacía María era la adoradora del don de Dios. Y eso no le impedía prodigarse hacia afuera cuando había que practicar la caridad (CF 40).

Pero Isabel va más allá: No se trata sólo de admirar a la Virgen María y reconocer su actitud de mujer abierta a Dios y solidaria con los hombres. Se trata de reconocer que la eficacia que obra en María proviene de quien lleva en su seno, y que nosotros estamos llamados y capacitados para ser también portadores del Verbo. Por esto, no tiene ningún reparo en invitar a su hermana Margarita a unirse con ella “para pedir al Verbo encarnado por amor que fije su morada en nuestras almas y que éstas no puedan ya dejarle” (C 213).

De ahí que para Isabel, el adviento “es muy especialmente el tiempo de las almas interiores, el tiempo de las almas que viven constantemente y en todo lo que hacen «escondidas con Cristo en Dios» [Col 3,3] en el centro de sí mismas (C 250). Y nos exhorta con toda la fuerza de su convicción:

“Hagamos en nuestra alma un vacío que le permita venir a ella para comunicarle su vida eterna. El Padre le ha dado, para ello, «poder sobre toda carne» [Jn 17,2], como nos dice el Evangelio. Y luego, escuchémosle en el silencio de la oración. Él es el «Principio» [Jn 8,25] que habla dentro de nosotros, ¿y no dijo Él: «El que me ha enviado es veraz y yo comunico al mundo lo que le he escuchado a Él»? [Jn 8,26]. Pidámosle que nos haga veraces en nuestro amor” (C 250).

La primera en la que Cristo ha sido glorificado es la Virgen María. De ahí que la tome y la presente como modelo para todos los creyentes y la siga con tanto gusto y profundidad el dinamismo de su vida. Isabel no nos ofrece largas reflexiones sobre la Virgen María, aunque las pocas páginas que le dedica presentan una comprensión tan profunda del misterio de María, que difícilmente se puede llegar a expresar algo mejor en tan pocas palabras.

2. El Fiat de María: humildad y abandono

“Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra [Lc 1,38] –, y se realizó el mayor de todos los misterios. Y al bajar el Verbo a ella, María se convirtió para siempre en posesión de Dios.” (CF 39) Este hermoso texto subraya lo que para Isabel es uno de los grandes misterios que envuelve el ser de María: su ser pertenencia de Dios para toda la eternidad. Es el mismo anhelo que tiene Isabel para sí, para los suyos y para todos los que hemos sido elegidos y capacitados para ser imagen del Hijo Amado. El secreto está en adecuar nuestra voluntad con la del Padre. María con su fiat es así, el modelo de los que buscan realizar siempre la voluntad de Dios.

Para Isabel es el “fiat” lo que constituye a María en la auténtica discípula de su Hijo, en la primera gran seguidora e imitadora de Jesús: “Su oración, como la de Él, fue siempre ésta: « ¡E c c e, aquí estoy!» ¿Quién? «La esclava del Señor» [Lc 1,38], la última de sus criaturas. ¡Ella, su Madre!” (UE 40). No se trata única y exclusivamente de una palabra pronunciada en un momento determinado de su vida, sino que –como nos afirma Isabel- esa palabra se convierte en oración durante toda la vida, es decir, en dinámica de relación con Dios. Por eso que el “fiat” se hace visible configurando un modo de ser y de actuar propio de quien está dispuesto a vivir según la voluntad de Dios: la humildad y el olvido de sí. Así lo expresa Isabel refiriéndose a María: “Y fue tan auténtica en su humildad porque vivió siempre olvidada de sí, desconocedora de sí, desprendida de sí misma. Por eso pudo cantar: «El Poderoso ha hecho obras grandes en mí, y desde ahora me felicitarán todas las generaciones» [Lc 1,48-49].” (UE 40)

El fiat de María es, además, un sí a toda la obra y misterio del Hijo. Esa disposición que abarca toda la vida, significará participar en la obra de la redención. El misterio pascual, la cruz, también forma parte de ese sí dicho con autenticidad y confianza en los proyectos de Dios: “Esa Reina de las vírgenes es también Reina de los mártires. Pero, también en esto, lo que la espada le atravesará será el corazón [Lc 2,35], porque en ella todo ocurre en lo interior... ¡Y qué hermosa se la ve durante su largo martirio! ¡Qué serena, envuelta en una especie de majestad que respira fortaleza y ternura a la vez...! Y es que la Virgen había aprendido del mismo Verbo cómo deben sufrir los que el Padre ha elegido como víctimas, los que Él ha decidido asociar a la gran obra de la redención, los que Él «conoció de antemano y predestinó a reproducir la imagen de su Cristo» [Rm 8,29] crucificado por amor.” (UE 41).

El fiat asumido por María, la ha transformado en co-redentora junto a su Hijo. Ella sigue teniendo la misión de introducirnos en el misterio de la redención, para hacernos co-participes de la salvación. Así lo aplica Isabel a su propia vida: “Y allí está junto a la Cruz, de pie, fuerte y valiente, y mi Maestro me dice: «Ecce Mater tua» [Ahí tienes a tu Madre: Jn 19,27] ¡y me la da por Madre...! Y ahora que Él ha vuelto al Padre y que me ha puesto a mí en su lugar en la Cruz para que yo «sufra en mi cuerpo lo que le falta a su pasión, por su cuerpo, que es la Iglesia» [Col 1,24], la Virgen sigue allí para enseñarme a sufrir como Él, para decirme y para hacerme escuchar aquellos últimos acentos de Su alma que nadie más que ella, su Madre, pudo percibir. Y cuando yo haya pronunciado mi «consummatum est» [Todo está cumplido: Jn 19,30], allí estará también ella, «Janua coeli», para introducirme en los atrios eternos...” (UE 41)

3. La Virgen de la Encarnación y de la Trinidad

“Madre del Verbo, dime tu misterio. / Desde el instante de la Encarnación, / dime cómo pasaste por la tierra / sumergida en constante adoración. / Envuelta en una paz indescriptible, / misterioso silencio en derredor, / en el Ser insondable penetraste, / mientras llevaste en ti «el don de Dios».” (P 88). Estos versos, que nos sirvieron para comenzar esta reflexión, expresan muy bien la admiración que siempre manifestó Isabel frente al misterio de la Encarnación, ya que éste es el elemento característico y centralizador de la mariología de Isabel. Sabe que ahí radica el secreto para “comprender” el misterio mismo de Dios que quiere encarnarse en cada ser humano.

Tal fue la vivencia de Isabel la noche de Navidad de 1902: “Por la noche me instalé en el coro y allí me la pasé toda en vela con la Santísima Virgen esperando al divino Niño, que esta vez ya no iba a nacer en un pesebre, sino en mi alma, en nuestras almas, pues Él es realmente el Emmanuel, el «Dios con nosotros» [Mt 1,23].” (C 187)

El misterio de la Encarnación se abre a toda la humanidad, para transformarla. María nos ayuda a abrirnos a esa posibilidad, y nos enseña cómo recibirlo: “Déjate tomar por entero, déjate invadir completamente por su vida divina, para dársela tú a ese querido pequeño que llegará al mundo lleno de bendiciones. ¿Te imaginas lo que ocurriría en el alma de la Virgen cuando, después de la Encarnación, llevaba dentro de sí al Verbo Encarnado, al Don de Dios...? Con qué silencio, con qué recogimiento, con qué adoración se sumergiría en lo más hondo de su alma para estrechar a aquel Dios del que era Madre.” (C 183)

Pero no sólo se trata del Dios que se encarna. Al mismo tiempo, María encarna y reproduce el ser mismo de Dios en la tierra: “Después de Jesucristo, y, por supuesto, salvada la distancia que existe entre el Infinito y lo finito, hay una criatura que fue también la gran alabanza de gloria de la Santísima Trinidad. Una criatura que respondió plenamente a la elección divina de que habla el Apóstol: que fue siempre «pura, inmaculada, irreprensible» [Col 1,22] a los ojos del Dios tres veces santo. Su alma es tan sencilla y tan profundos los sentimientos de su alma, que no es posible detectarlos. Es como si con ella se reprodujera en la tierra aquella vida que es propia del Ser divino, del Ser simplicísimo. Y es también tan transparente, tan luminosa, que uno la tomaría por la luz misma. Sin embargo, es solamente el «espejo» del Sol de justicia: «Speculum justitiæ»” (UE 40)

Tan gran obra tenía que ser a la vez realización conjunta de las tres Personas de la Trinidad: “El Padre, al inclinarse sobre esta criatura tan bella y tan desconocedora de su belleza, quiso que fuese la Madre en el tiempo de Aquel de quien Él es el Padre en la eternidad. Vino entonces sobre ella el Espíritu de amor que

preside todas las operaciones divinas, la Virgen pronunció su fiat” (CF 39)

En una poesía, compuesta para la fiesta de la Trinidad de 1902, escribía Isabel admirada del gran misterio:

“En profundo silencio, y en inefable paz,

en oración divina que no cesa jamás,

con el alma invadida de eterna claridad

vivía día y noche la Madre virginal.

Su alma, como un cristal, reflejaba al divino

Huésped, que la habitaba con su eterna Beldad.

A los cielos atrae, y, ¡oh maravilla!, el Padre

¡a su Verbo le entrega para que sea su Madre!

El Espíritu Santo con su sombra la cubre,

vienen los Tres a ella; todo el cielo se abaja,

se prosterna y se inclina, adorando el misterio:

¡que en una Madre Virgen se haya encarnado el Verbo!” (P 78)

En ese doble misterio, de la Trinidad y de la Encarnación, se sumerge Isabel. Ahí se descubre llamada y ahí realiza su vocación: “En la soledad de mi celdita –que yo llamo mi «pequeño paraíso», porque está completamente llena de Aquel que es la vida del cielo–, miraré muy a menudo esa preciosa imagen y me uniré al alma de la Virgen mientras el Padre la cubría con su sombra y el Verbo se encarnaba en ella y el Espíritu Santo descendía para realizar el gran misterio [cf Lc 1,35]. Toda la Trinidad entra en acción, se da, se entrega…” (C 246)

4. La Virgen María modelo de vida contemplativa

La afirmación anterior nos sumerge necesariamente en este otro tema relacionado con la visión mariana de Isabel: María como mujer contemplativa y como modelo de contemplación. En la Virgen Madre descubre Isabel claves fundamentales que orientan y afirman su vocación contemplativa abierta al apostolado de la redención. El siguiente texto resume muy bien las ideas centrales de su pensamiento:

“¡Pensar que Dios nos llama, por nuestra vocación, a vivir inmersos en esa santa claridad! ¡Qué adorable misterio de amor! Yo quisiera corresponder pasando por la tierra como la Santísima Virgen, «conservando todas esas cosas en mi corazón» [Lc 2,19.51], sepultándome por así decirlo en lo más hondo de mi alma para perderme en la Trinidad que mora allí, para transformarme en ella. Entonces se hará realidad mi divisa, «mi ideal luminoso»… ¡Entonces seré de verdad Isabel de la Trinidad...!” (C 185)

Junto con la disponibilidad y apertura del “fiat”, la actitud contemplativa es la que mejor define a la Virgen María. Ella nos muestra el camino de la contemplación:

“«La Virgen conservaba estas cosas en su corazón» [Lc 2,19.51]. Toda su historia puede resumirse en estas pocas palabras. Vivió en su corazón, y a tal profundidad que la mirada humana no puede alcanzarla.” (UE 40). Este mismo texto de Lucas lo comenta en otro lugar, subrayando cómo la contemplación continua es sinónimo de fidelidad: “«Virgo fidelis»: es la Virgen fiel, la «que guardaba todas aquellas cosas en su corazón» [Lc 2,51]. Se mantuvo tan pequeña y tan recogida ante Dios en el secreto del templo, que atrajo sobre sí las complacencias de la Santísima Trinidad: «Porque ha mirado la humillación de su esclava, desde ahora me felicitarán todas las generaciones » [Lc 1,48].” (CF 39)

Pero si bien es cierto, tal como señalábamos anteriormente, que en el misterio de la Encarnación participa toda la Trinidad, en el misterio de la contemplación que gesta la unión con el Hijo de Dios, también se abre al espacio de la vida trinitaria, espacio auténtico de la contemplación (cf. C 246). Y María nos acompaña. Así lo expresaba Isabel: “Hagamos para Él en nuestra alma una casa totalmente sosegada en la que se cante siempre el cántico del amor y de la acción de gracias; y después un gran silencio, eco del que hay en Dios... Y luego acerquémonos... a la Virgen totalmente pura y radiante, para que ella nos introduzca en Aquel en quien ella penetró tan profundamente y así nuestra vida pueda ser una comunión continua y un simplicísimo impulso hacia Dios.” (C 165)

Y es que María representa para Isabel el modelo acabado de su vocación, tanto en la vertiente contemplativa de unión con el Hijo, como en la vertiente apostólica: “Durante este mes de mayo estaré muy unida a usted en el alma de la Virgen. Allí adoraremos a la Santísima Trinidad... También yo contemplo mi vida de carmelita bajo esa doble vocación: «virgen-madre». Virgen: desposada por Cristo en la fe; madre: salvando almas, multiplicando los hijos adoptivos del Padre, los coherederos con Jesucristo [cf Ga 4,5-7]. ¡Cómo ensancha esto el alma! Es como un abrazo de infinito... ” (C 199)

5. La contemplación potencia y exige el ejercicio de la caridad

La vida contemplativa nunca fue vista por Isabel como contraria a la vida apostólica. En todo momento de su vida, incluso en los años que preceden a su entrada en el Carmelo, su anhelo más profundo, junto con el de unirse con Dios, fue el de salvar almas para Dios. No podremos entender su vocación contemplativa desligada de su vocación apostólica. De hecho, María es para ella el modelo. Y en ella siempre contempla unidas ambas realidades, que no se contraponen en ningún momento: “Pues en todo lo que hacía María era la adoradora del don de Dios. Y eso no le impedía prodigarse hacia afuera cuando había que practicar la caridad.” (CF 40).

La historia de María habla a favor de ello. El relato lucano de la visita a su prima Isabel, le sirve a nuestra Beata para subrayar con fuerza su disponibilidad a servir al Señor. En sus Últimos ejercicios anota: “Cuando leo en el Evangelio que «María se fue aprisa a las montañas de Judea» [Lc 1,39] para cumplir un deber de caridad con su prima Isabel, la veo caminar tan bella, tan serena, tan majestuosa, tan recogida en su interior con el Verbo de Dios...” (UE 40). Es decir, la actitud de servicio en la caridad no aleja a María de su unión íntima con el Verbo. Por el contrario, la sostiene y la alimenta.

Esta misma idea la retoma y amplía en El cielo en la fe. En este caso se apoya en una hermosa clarificación de toma de Ruysbroek: “El Evangelio nos dice que María recorrió a toda prisa las montañas de Judea para ir a casa de su prima Isabel [Lc 1,39-40]. La visión inefable que contemplaba en su interior nunca disminuyó su caridad exterior. Pues, como dice un piadoso autor, si la contemplación «se dirige a la alabanza y a la eternidad de su Señor, posee la unidad y ya no la perderá. Basta que llegue una orden del cielo, para que ella se dirija hacia los hombres, se compadezca de todas sus necesidades y se incline sobre todas sus miserias. Tiene que llorar y ser fecunda. Alumbra como el fuego; y, lo mismo que el fuego, quema, absorbe y devora, elevando hacia el cielo lo que ha devorado. Y una vez que ha hecho su trabajo en la tierra, se eleva y, ardiendo en su fuego, retoma el camino hacia las alturas».” (CF 40)

De hecho, podríamos entender la eficacia de la oración contemplativa según el ejemplo de cuanto María realiza en nosotros, si verdaderamente nos disponemos. Es decir, María nos modela a ejemplo del Verbo encarnado, porque nadie como ella ha penetrado en las profundidades del misterio: “«Nadie ha penetrado en el misterio de Cristo en toda su profundidad, más que la Virgen». Juan y la Magdalena han calado muy hondo en ese misterio; san Pablo habla frecuentemente del «conocimiento del mismo que a él se le dio » [Ef 3,3-4]. Y sin embargo, ¡cuán en la sombra quedan todos los santos cuando se miran las luces de la Virgen...! Ella es lo inenarrable, ella es «el secreto que guardaba y meditaba en su corazón» [Lc 2,19] y que ninguna lengua ha podido revelar ni ninguna pluma traducir. Esta Madre de la gracia va a modelar mi alma para que su hijita pueda ser una imagen viviente y «llamativa» de su primogénito, el Hijo del Eterno, el Que fue la perfecta alabanza de la gloria de su Padre.” (UE 2)

Resulta evidente que en María se realizan en su plenitud las dos dimensiones, contemplativa y apostólica, a la que Isabel como carmelita se siente llamada. Pero en el fondo está convencida de que esa realidad es modélica para todo creyente, sea sacerdote, religioso o religiosa, laico, mayor, niño o joven: Aunque las siguientes palabras están dirigidas a un sacerdote, bien podríamos tomarlas cada uno para sí mismo, como consigna para este adviento “Bien puede usted cantar su «Magníficat» con la Virgen y saltar de gozo con Dios su Salvador, porque el Todopoderoso hace en usted cosas grandes y su misericordia es eterna [Lc 1,47.49.50; y Sal 135,1]...

Después, como María, «conserve todo eso en su corazón» [cf Lc 2,19.51] (C 232). Este es el camino y medio para que se cumpla en nosotros plegaria que Isabel pone en boca de todos:

“¡Oh fuego devorador, Espíritu de amor! «Ven a mí» para que se produzca en mi alma

una especie de encarnación del Verbo: que yo sea para Él una humanidad

suplementaria en la que Él pueda renovar todo su misterio” (Elevación a la Santísima

Trinidad, NI 15).

6. Textos para profundizar

«Permaneced en mí» (Jn 15, 4)

Es el Verbo de Dios quien da este mandato, quien expresa esta voluntad. Permaneced en mí, no por unos momentos, por unas horas pasajeras, sino «permaneced...» de forma permanente, habitual. Permaneced en mí, orad en mí, adorad en mí, amad en mí, sufrid en mí, trabajad, obrad en mí. Permaneced en mí para tratar con las personas y con las cosas, entrad cada vez más adentro en esta profundidad. Allí está la verdadera «soledad adonde Dios quiere llevar al alma para hablarle», como cantaba el Profeta [Os 2,14]. (CF 3)

«Si conocieras el don de Dios...» [Jn 4,10]

«Si conocieras el don de Dios», decía Cristo una tarde a la Samaritana. ¿Y cuál es ese don de Dios, sino Él mismo? Y el discípulo amado nos dice: «Vino a su casa, y los suyos no le recibieron» [Jn 1,11]. También san Juan Bautista podría dirigir a muchas almas estas palabras de reproche: «En medio de vosotros, en vosotros, hay uno que no conocéis» [Jn 1,26].

«Si conocieras el don de Dios...» Hay una criatura que conoció ese don de Dios; una criatura que no desperdició ni una sola partícula de ese don; una criatura que fue tan pura y luminosa, que parecía ser la misma Luz. «Speculum justitiæ»48. Una criatura cuya vida fue tan sencilla y tan perdida en Dios, que apenas puede decirse algo de ella. «Virgo fidelis»: es la Virgen fiel, la «que guardaba todas aquellas cosas en su corazón» [Lc 2,51]. (CF 38-39)

 

AUTOR: P. Rómulo Cuartas Londoño, OCD

 

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