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corona de advientoSi la Navidad ha sufrido una transformación tan grande, para la mayoría de nuestros contemporáneos el Adviento ha desaparecido, devorado por unas fiestas de fin de año que cada vez se adelantan y descristianizan más. Hasta el punto de que la misma palabra Adviento...

 


 

1.         Introducción

En nuestros días, a partir de octubre ya se pueden ver adornos navideños en los comercios, tanto en los países de tradición cristiana como en los de Oriente Medio, Japón o China. Numerosas páginas de internet recogen fotografías y comentan las costumbres que han surgido en esos países durante los últimos años en torno a la Navidad: conciertos de música clásica, cenas para enamorados en restaurantes occidentales, Christmas Cake para el cumpleaños de Santa Claus, etc. Las películas de Hollywood han extendido una identificación de este tiempo con las decoraciones espectaculares, los conciertos benéficos, los personajes de la factoría Disney, el intercambio de regalos y los buenos sentimientos, acompañados por algún gesto de caridad, pero sin referencias religiosas explícitas. Para muchos, estas fiestas han perdido su identidad cristiana y se han convertido en unas meras vacaciones de invierno.

Pero no debemos fijarnos solo en lo negativo, las características de estas fechas, con su valoración de la vida familiar, de la inocencia de los niños, de los deseos de paz y reconciliación, pueden ser también la manifestación de que perviven algunos valores evangélicos en medio de un mundo incrédulo. Ciertamente, la Navidad no debe reducirse a un cuento para niños ni consiste en un regreso a la inocencia perdida de la infancia, como parecen sugerir las películas que se proyectan en esas fechas.

Si la Navidad ha sufrido una transformación tan grande, para la mayoría de nuestros contemporáneos el Adviento ha desaparecido, devorado por unas fiestas de fin de año que cada vez se adelantan y descristianizan más. Hasta el punto de que la misma palabra Adviento se ha vuelto extraña para la mayoría. Es importante recordar que el Adviento no consiste en la preparación para la fiesta del cumpleaños de Jesús. Tampoco es una mera evocación de las esperanzas del antiguo Israel.

2.         Origen y significado del nombre

La palabra latina adventus traduce el término griego parusía, que originalmente significaba presencia, llegada, y se utilizaba con varios sentidos. En primer lugar, designaban la manifestación poderosa de un dios a sus fieles, por medio de un milagro o de una ceremonia religiosa. En el ámbito civil, indicaban la primera visita oficial a la corte de un personaje importante (un embajador de otro reino, por ejemplo), con la ceremonia en que tomaba posesión de su cargo y los posteriores festejos. El término parusía-adviento también se usaba para referirse a la visita solemne del emperador a una ciudad, con todo lo que conllevaba: reparto de regalos, banquetes, indultos, etc. De hecho, en unas excavaciones arqueológicas en Corinto aparecieron unas monedas con una inscripción que recuerda la visita de Nerón a la ciudad, denominada Adventus Augusti, y el Cronógrafo del 354 (un calendario de piedra) designa la coronación de Constantino como el Adventus Divi. Como la vida religiosa y la civil estaban totalmente unidas, con la llegada del rey se celebraba la epifanía de un dios en el monarca.

Los Santos Padres de la Iglesia comprendieron que hay una relación profunda entre los deseos de salvación que caracterizaban al mundo grecorromano y el mensaje cristiano. Si los pueblos deseaban la cercanía de sus dioses, sin conseguirla, en un tiempo y en un lugar concretos se ha producido el verdadero adviento, la parusía, la epifanía de Dios. El Hijo de Dios ha entrado en nuestra historia y ha revelado su misterio, hasta entonces inalcanzable para el hombre. En Cristo, Dios ha dado respuesta a la larga búsqueda de los filósofos y de los hombres religiosos de todos los tiempos. De alguna manera, Dios mismo sembró en ellos los deseos de encontrarlo, y los ha satisfecho: «Es conmovedor comprobar cómo ya la humanidad anterior a Cristo vivía anhelando la venida del verdadero Salvador [...]. Con los nombres de Adviento, Parusía, Epifanía y otros por el estilo, ofrecía la antigüedad pagana el cuerpo de palabras más apropiadas al milagro de la verdadera manifestación de Dios entre los cristianos, y la Iglesia no vaciló en llenar estos recipientes preparados por el paganismo, al cual guiaba la providencia de Dios, con la verdad que ansiaban» (Emiliana Löhr).

Esto no significa que el cristianismo sea únicamente la respuesta a las esperanzas de las religiones antiguas, ni aun a sus aspiraciones más nobles, ya que Jesucristo supera cualquier expectativa humana. De hecho, el hombre no sabe cuáles deben ser sus aspiraciones, aquéllas que responden al fin para el que fue creado. San Pablo llega a decir que no sabemos lo que nos conviene (cf. Rom 8,26). Y añade que hemos descubierto el eterno proyecto de Dios sobre el hombre, solo porque Cristo lo ha revelado (cf. Ef 1,3-13). Hasta entonces, ese plan permanecía escondido. Aunque el helenismo aceptaba las categorías de venida, aparición o manifestación de lo divino, nunca habría podido aceptar una encarnación de Dios, concebido como un ser totalmente trascendente e incompatible con la materia. El proyecto de Dios, que se ha revelado en Cristo, supera todos los pensamientos humanos (cf. 1Cor 2,9).

Jesús no solo nos ha comunicado los contenidos del eterno proyecto de Dios. Él mismo lo ha realizado y nos ha introducido en él. Eso es algo tan novedoso, que no puede venir de los hombres, sino solo de Dios. Aparecía como algo insensato para los judíos y los griegos de la antigüedad y sigue siendo incomprensible para las religiones y filosofías contemporáneas. Los primeros cristianos se encontraron con la dificultad de expresar estos conceptos sin tener las palabras adecuadas. Por eso tomaron los términos de su ambiente cultural y se sirvieron de ellos, transformándolos. La Iglesia primitiva usó la palabra adventus para indicar que Dios nos ha visitado en Cristo y se ha quedado a vivir entre nosotros, por lo que podemos encontrarlo en nuestra historia concreta.

3.         Historia del Adviento

Al principio, los cristianos no celebraban el nacimiento de Cristo, sino únicamente su muerte y resurrección. La Pascua era la única fiesta anual y se esperaba el retorno glorioso del Señor durante una fiesta de Pascua, antes de que pasase la generación de sus contemporáneos. La esperanza de la parusía se acrecentaba en la liturgia. Por eso querían acelerarla con su oración, como testimonia la plegaria aramea, de proveniencia apostólica, Maranatha, que encontramos en 1Cor 16,22, en Ap 22,20 y en la Didajé y que tiene dos posibles significados: Ven, Señor, si se lee Marana Tha y el Señor viene o ha venido si se lee Maran Atha.

A partir del s. IV se generalizó la celebración de la Navidad. San Agustín, hacia el año 400, afirmaba que no es un sacramento en el mismo sentido que la Pascua, sino un simple recuerdo del nacimiento de Jesús, como las memorias de los Santos. Por lo tanto, no necesitaría de un tiempo previo de preparación o de uno posterior de profundización. Sin embargo, 50 años más tarde, san León Magno afirmó que sí lo es. El único sacramento de nuestra salvación se hace presente cada vez que se celebra un aspecto del mismo, por lo que la Navidad es ya el inicio de nuestra redención, que culminará en Pascua. Estas consideraciones posibilitaron su enorme desarrollo teológico y litúrgico hasta formarse un nuevo ciclo celebrativo, distinto del de Pascua, aunque dependiente de él. En Pascua se celebra el misterio redentor de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. En Navidad se celebra la encarnación del Hijo de Dios, realizada en vistas de su Pascua, ya que «por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación, bajó del cielo […] y se hizo hombre», como dice el Credo.

A medida que Navidad-Epifanía fue adquiriendo más importancia, se fue configurando un periodo de preparación. Las noticias más antiguas que se conservan provienen de las Galias e Hispania. Parece que se trataba de una preparación ascética a la Epifanía, en la que los catecúmenos recibían el bautismo. Pronto se les unió toda la comunidad. La duración variaba en cada lugar. Con el tiempo, se generalizó la práctica de cuarenta días. Como comenzaba el día de san Martín de Tours (11 de noviembre), la llamaron Cuaresma de san Martín o Cuaresma de invierno.

Cuando el Adviento fue asumido por la liturgia romana, en el s. VI, ya había adquirido un paralelismo con la Cuaresma, tanto en su duración como en sus contenidos. De hecho, los antiguos sacramentarios romanos contienen oraciones para seis domingos (que se conservan hasta el presente en las liturgias Ambrosiana y Mozárabe). También el Rótulo de Rávena (colección de plegarias del s. V) recoge cuarenta oraciones, una para cada día del Adviento. La fuerte dimensión escatológica de la Cuaresma y de la Pascua impregnó también el Adviento, llegando a ser su dimensión más significativa.

Junto a la tensión escatológica, el Adviento heredó de la Cuaresma el carácter penitencial, entendido como purificación de las propias faltas, en orden a estar preparados para el juicio final. Por eso, se practicaba un prolongado ayuno. (En la Iglesia Ortodoxa, se sigue ayunando del 15 de noviembre al 24 de diciembre. La víspera de la fiesta solo se puede comer trigo hervido con miel. En Occidente los ayunos se transformaron en abstinencia, excepto en las Témporas de diciembre y la víspera de Navidad. Después del Vaticano II desaparecieron). Igualmente, se generalizó el uso del color negro en los ornamentos sacerdotales (más tarde se pasó al morado), los diáconos no vestían dalmáticas, sino planetas (como una casulla, más pequeña por delante y plegada por detrás) y se eliminaron los cantos del Gloria, el Te Deum y el Ite missa est, así como el sonido de los instrumentos musicales. También se prohibió la celebración de las bodas solemnes. Después del rezo del Oficio Divino, estaban prescritas algunas oraciones de rodillas. En algunos lugares, para asemejarlo todavía más con la Cuaresma, en los últimos días de Adviento se cubrían con velos las imágenes y altares, igual que en el tiempo de Pasión. Durante siglos, el himno más usado en las misas y en el Oficio fue el Rorate coeli desuper, et nubes pluant iustum (Is 45,8), con las estrofas penitenciales que piden perdón por los pecados.

San Gregorio Magno redujo la duración del Adviento en Roma a cuatro semanas. Durante mucho tiempo convivieron las dos fórmulas, aunque a finales del s. XII se impuso definitivamente el uso breve. Las cuatro semanas evocaban la espera mesiánica del Antiguo Testamento, porque se interpretaban como el recuerdo de los cuatro mil años pasados entre la expulsión de Adán del Paraíso y el nacimiento de Cristo, según los cómputos de la época.

Para contrarrestar el espíritu penitencial, la liturgia reintrodujo el Aleluya los domingos en las antífonas del Oficio, lo que se ha conservado hasta el presente, extendido a los otros días de la semana. Los predicadores subrayaron cada vez más el recuerdo de la historia previa al nacimiento de Cristo, haciendo de la dimensión escatológica (tan importante al principio) algo secundario. Ésa ha sido la característica predominante durante siglos.

La liturgia anual de la Iglesia fue evolucionando y transformándose. Con el tiempo, sirvió para evocar toda la historia de la salvación. Adviento se consagró a los acontecimientos del Antiguo Testamento, Navidad a los misterios de la infancia del Señor, el tiempo después de Epifanía a su vida pública, Cuaresma a su pasión y muerte, Pascua a su resurrección, y el tiempo después de Pentecostés a la vida de la Iglesia.

En los momentos actuales, «el tiempo de Adviento comienza con las primeras vísperas del domingo que cae el 30 de noviembre o es el más próximo a este día, y acaba antes de las primeras vísperas de Navidad» (Nualc 40). Su característica principal es la tensión entre la «preparación para la Navidad, en la que se conmemora la primera venida del Hijo de Dios a los hombres y la expectación de la segunda venida de Cristo al fin de los tiempos» (Nualc 39). Consta de dos partes bien diferenciadas. La primera, desde el inicio hasta el 17 de diciembre, tiene una dimensión fundamentalmente escatológica. La segunda, del 17 al 24 del mismo mes, prepara más directamente la Navidad.

4.         La triple venida del Señor

Las celebraciones de la Iglesia son memoriales; es decir:

1.         Recuerdo de acontecimientos pasados,

2.         promesa de realidades futuras y

3.         actualización sacramental de lo que se celebra.

Meditando en la venida pasada de Cristo y preparando su venida futura, aprendemos a reconocer su venida presente. Comprendemos que Cristo está viniendo en cada acontecimiento y que tenemos que estar despiertos para acogerle. Para quien lo recibe en la fe, su venida se convierte en salvación. Quien lo rechaza, pierde la oportunidad que se le ofrece y permanece en la condenación.

El Señor vino. Durante el Adviento, la Iglesia mira al pasado: a las esperanzas de Israel, a las promesas de los profetas y a su cumplimiento en Cristo: el Hijo de Dios se hizo hombre para que los hijos de los hombres pudiéramos llegar a ser hijos de Dios. Porque Jesús vino y se ha quedado entre nosotros, en nuestros días no es necesario subir al cielo o bajar al abismo para encontrar a Dios (cf. Rom 10,6-7).

El Señor vendrá. En Adviento, al mismo tiempo que se hacen presentes las obras pasadas de Dios, la Iglesia mira al futuro: a la manifestación gloriosa de Cristo y a la nueva Jerusalén, que descenderá del cielo; cuando la humanidad redimida entrará en el Paraíso verdadero, del que el jardín del Edén era solo anuncio profético, y vivirá la vida de Dios para siempre. Cumpliendo sus promesas, Jesús vendrá para llevar a plenitud su obra salvadora. La liturgia anticipa proféticamente el cumplimiento pleno de sus promesas y nos permite pregustar la vida eterna.

El Señor viene. La liturgia actualiza de una manera misteriosa lo que recordamos (como ya sucedido) y lo que esperamos (como suceso futuro), por lo que podemos hablar de tres venidas del Señor: la que tuvo lugar hace más de 2000 años, la que se realizará al final de los tiempos y la presente, en que ambas se actualizan: Jesús viene, se hace presente entre nosotros. Por eso, la Sagrada Escritura llama a Jesús «el que es, el que era y el que viene» (Ap 1,8) y dice que «es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). Este argumento ha sido propuesto continuamente por los autores espirituales, que insisten en la perenne actualidad de la venida del Señor a nuestras vidas.

Es significativo que las primeras oraciones del Adviento inviten a tomar conciencia de la perenne actualidad de la visita de Dios: «Anunciad a todos los pueblos y decidles: “Mirad, viene Dios, nuestro Salvador”». La Iglesia comienza su año litúrgico afirmando que Dios viene. Anuncia que el mismo que nació en Belén y volverá para llevar todo a plenitud, viene hoy. Viene porque somos importantes para Él. Viene para liberarnos de todo lo que nos impide ser felices. Viene para darnos su vida eterna. Y lo hace especialmente por medio de la Iglesia y de su liturgia. Esta venida actual hace significativo el Adviento y asegura que el cristianismo no es solo una hermosa utopía.

5.         Invitación a la vigilancia (semana I)

Todos sabemos que el cristianismo no es, en primer lugar, un conjunto de doctrinas o de normas morales, sino una persona: Jesús de Nazaret, el encuentro con Él y con la Buena Noticia de su amor. Esto es precisamente lo que celebra el Adviento: que Jesús viene a nosotros y que podemos encontrarlo. Si el Señor llama a nuestras puertas, es natural que la Iglesia nos invite a velar, para evitar que su llegada pase desapercibida. Las lecturas de estos días insisten: «Velad, porque no sabéis qué día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42); «Vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento» (Mc 13,33ss); «Estad siempre despiertos» (Lc 21,35).

San Pablo repite la invitación de Jesús oponiendo tres imágenes de pecado (noche, oscuridad, dormir) a tres de gracia (día, luz, despertar): «Ya es hora de despertaros del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las actividades de las tinieblas y pertrechémonos con las armas de la luz. Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Vestíos del Señor Jesucristo» (Rom 13,11-14).

Velar es despertar. El apóstol no se dirige a paganos que deberían abandonar su vida y convertirse, sino a cristianos que se supone que ya están convertidos. La situación de «oscuridad» no es propia únicamente de una época de la historia anterior a Cristo, aún no redimida. Los creyentes también se encuentran rodeados por los poderes de las tinieblas y, algunas veces, sucumben ante sus seducciones. De ahí la importancia del estar vigilantes, despiertos. San Pablo denomina «actividades de las tinieblas» a las comilonas, borracheras, actos de lujuria, desenfreno, riñas y pendencias. Actividades propias de aquellos que viven en la oscuridad del error y no se dejan iluminar por Cristo. Las actividades nocturnas se identifican con el sueño, con la incapacidad que encuentra el pecador para realizar el proyecto de Dios sobre su vida. Por el contrario, las obras de la luz hacen referencia a la dignidad del ser humano, creado a imagen de Dios y redimido por Cristo. Despertar significa dejarse interpelar por Dios, tomar conciencia de su proyecto sobre el hombre, como primer paso para poder vivirlo.

Velar es acoger el perdón. Despertar del sueño es aceptar la propia verdad, la propia debilidad, y pedir perdón. Solo los que toman conciencia de sus faltas comprenden que siguen necesitando de Cristo, y pueden orar con humildad: «Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve»; es decir: que tu gracia nos vuelva a iluminar y restablezca en nosotros la luz del bautismo, ahora «oscurecida» por el pecado. En el camino de la vida, el creyente puede sentirse débil, afligido por el cansancio y los escándalos que se multiplican y le roban la ilusión de pertenecer a la Iglesia de Cristo. Parece que la oscuridad lo envolviera y que la llama de la fe se debilitara… Ése es el momento de pedirle que su luz nos restaure, es el momento de redescubrir el sentido del Adviento, para acoger con humildad a Cristo, que viene siempre «a buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc 19,10).

Velar es optar por Cristo. Por desgracia, en ocasiones, también los bautizados nos dejamos arrastrar por las seducciones del mundo. Por eso, Jesús advierte con realismo: «Velad en oración para no caer en la tentación, porque el espíritu está decidido, pero la carne es débil» (Mt 26,41). Hemos de estar atentos para que la gracia de Dios no se desperdicie en nuestras vidas (cf. 2Cor 6,1). La Iglesia invita siempre a velar. El beato John Henry Newman escribió un precioso sermón sobre el Adviento, en el que se pregunta qué significa velar. Mejor o peor, todos sabemos qué es creer, amar y esperar pero, ¿a qué se refiere Jesús cuando nos invita a mantenernos en vela? Comienza con una reflexión vivencial sobre los sentimientos del que espera a alguien. Continúa diciendo que, si el esperado es Cristo, estar en vela tiene que ver con el enamoramiento, con el deseo de encontrarle y de servirle en todos los acontecimientos: «¿Sabes lo que es vivir pendiente de una persona que está contigo, de forma que tus ojos van detrás de los suyos, lees en su alma, percibes todos los cambios en su semblante, anticipas sus deseos, sonríes cuando sonríe y estás triste cuando está triste, y estás abatido cuando está enfadado y te alegras con sus éxitos? Estar vigilante ante la venida de Cristo es un sentimiento parecido a todos éstos, en la medida en que los sentimientos de este mundo son aptos para reflejar los del otro. Está vigilante ante la venida de Cristo la persona que tiene una mente sensible […], que lo busca en todo cuanto sucede» (J.H. Newman, A la espera del Amigo).

6.         El juicio del Señor (semana II)

Movido por su amor, Dios envió al mundo a su propio Hijo, para librarnos del pecado (cf. 1Jn 4,10) y convertirnos en hijos suyos (cf. Gal 4,4ss). Ante este don, la respuesta lógica debería ser la acogida agradecida y la obediencia de la fe. Pero no siempre es así. En el pasado, algunas personas rechazaron a Cristo, y en nuestros días, el fenómeno ha adquirido dimensiones extraordinarias. En el contexto del Adviento, resuenan con fuerza las palabras del Señor: «Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra?» (Lc 18,8).

Nuestras opciones nos juzgan. No debemos olvidar que cada venida de Cristo a nuestras vidas va acompañada de un juicio. Lo recuerdan los primeros domingos de Adviento y también los últimos del Tiempo Ordinario. De hecho, el año litúrgico concluye en la solemnidad de Cristo Rey, que ha de venir para llevar a plenitud su obra. El Adviento comienza con la contemplación del mismo misterio. El final y el principio del año litúrgico coinciden en su invitación a vivir seriamente la vocación cristiana, ya que las referencias al juicio final son, antes que nada, un estímulo para la vida presente. Tenemos que entender qué significa el juicio de Jesucristo. Él no necesita pronunciarse. Cada uno de nosotros, con sus elecciones, se juzga a sí mismo, tal como dice el evangelista san Juan: «Dios no envió a su Hijo al mundo para condenarlo, sino para salvarlo por medio de Él. El que cree en Él no será condenado; por el contrario, el que no cree en Él, ya está condenado, por no haber creído en el Hijo único de Dios. El motivo de esta condenación está en que la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque hacían el mal» (Jn 3,17-19).

Cristo es la luz del mundo, el salvador enviado por el Padre. Ante Él hay que hacer una opción: o acogemos la luz, el perdón y la vida, o permanecemos en la oscuridad, la culpa y la muerte. La propia salvación o condenación dependen de nuestra actitud ante su persona. El juicio es, al mismo tiempo, salvación para los que reciben a Cristo y condenación para quienes lo rechazan. Por lo tanto, cada uno de nosotros se juzga a sí mismo, al decidir de qué parte quiere estar. San Juan dice que, cuando Jesús vino a los suyos, «los suyos no lo recibieron; pero, a cuantos lo recibieron, les dio poder para convertirse en hijos de Dios» (Jn 1,11-12). Este es el verdadero drama del ser humano: Cristo viene a darle vida eterna, a hacerle hijo de Dios, pero no le obliga, sino que respeta su libertad. Él debe decidir y, con sus opciones, condiciona su futuro.

La seriedad del Adviento. Cristo nos ofrece la posibilidad de ser hijos de Dios pero, a menudo, nos preocupa más el plan de pensiones o dónde pasaremos las próximas vacaciones. Por eso la Iglesia, que conoce nuestra debilidad, nos enseña a orar así: «Señor todopoderoso, rico en misericordia, cuando salimos animosos al encuentro de tu Hijo, no permitas que lo impidan los afanes de este mundo; guíanos hasta Él con sabiduría divina para que podamos participar plenamente de su vida». Necesitamos que Cristo venga a salvarnos, ya que no podemos salvarnos a nosotros mismos. Pero corremos el peligro de ser absorbidos por los afanes de este mundo y de olvidar cuál es el negocio más importante de la vida. Por eso suplicamos a Dios que nos dé su sabiduría, para que sepamos reconocer a Cristo en cada una de sus venidas. Esta oración ilumina la seriedad del Adviento.

En cada celebración de la Iglesia (es decir, en cada Adventus Domini) se cumplen las palabras de Jesús: «Ahora es el juicio de este mundo, ahora es arrojado fuera el príncipe de este mundo» (Jn 12,31). «Ahora» tengo que tomar decisiones, porque «ahora» se me convoca a juicio. Los que acogen la presencia salvadora de Jesús son salvados, los que la rechazan, permanecen en sus pecados. Esto me obliga a hacer una opción clara.

El cristianismo no es un movimiento más, que intenta dar una respuesta al deseo de trascendencia que arde en lo más profundo del hombre. No es una propuesta entre otras (aunque fuera considerada la más profunda y original). Si Dios mismo ha salido a nuestro encuentro y nos ha traído la salvación Jesucristo, no podemos permanecer indiferentes ante su venida. Debemos tomar decisiones, que tienen consecuencias. Por eso, los evangelios del primer domingo de Adviento (en sus tres ciclos) invitan a estar vigilantes para acoger al Señor que viene; y los del segundo (también en sus tres ciclos) transmiten el mensaje de Juan Bautista, que llama a la conversión, porque el Señor que viene es el juez del universo.

Jesús advierte (y con Él, la liturgia de la Iglesia) que, cuando venga, «los hombres quedarán sin aliento por el miedo y la ansiedad ante lo que se les viene encima» (Lc 21,26). Se refiere a los que no han abandonado las obras de las tinieblas mientras han tenido oportunidad, a los que no han preparado su corazón para acogerle. A continuación, Jesús añade, dirigiéndose a sus discípulos: «Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza: se acerca vuestra liberación» (Lc 21,28). Por eso, el juicio no inspira temor en los creyentes, sino confianza. La historia entera adquiere luz a partir del destino final, del cumplimiento último, hacia el que nos encaminamos y que ya podemos pregustar.

Todo ser humano necesita de esperanzas que le mantengan en el camino. Las dos primeras semanas de Adviento anuncian la gran esperanza, la salvación definitiva que puede dar un sentido a nuestras caídas y sufrimientos, a nuestro presente, aunque a veces sea fatigoso. Algo que no podemos alcanzar por nosotros mismos, pero que Dios nos ha prometido en Cristo. Este es el motivo por el que los cristianos queremos acelerar el día final, el triunfo definitivo de Cristo, que supone «nuestra liberación» del pecado, del sufrimiento y de la muerte; e insistimos: «Ven, Señor».

7.         La alegría cristiana (semana III)

El tercer domingo de Adviento, llamado de Gaudete, recibe su nombre de la primera palabra del introito de la misa, tomado de un texto de san Pablo: «Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres. El Señor está cerca» (Flp 4,4-5). El gozo por la cercanía de Navidad se refleja en las flores de los templos, en la música y en las vestiduras litúrgicas, que por un día dejan el morado penitencial para transformarse en rosa. Parece ser que el origen se encuentra en la antigua costumbre de entregar ese día la Rosa de Oro; distinción que el Papa, desde el s. XI, ofrecía a algunos príncipes, como agradecimiento por su defensa de la Iglesia. Era ungida con Crisma el domingo IV de Cuaresma o de Laetare, que es el otro día en que también se usan los ornamentos de color rosa. Últimamente, los Papas la han ofrecido a algunos santuarios marianos, como Lourdes, Fátima, Guadalupe, Loreto o Aparecida.

En la Odisea, Homero llama siempre a la Aurora como «la de los dedos de rosa». Hermosa imagen, muy apropiada para este día que ya vislumbra la aparición de Cristo, sol que viene a visitarnos. Algunas poesías aclaman a María como la aurora que anuncia la llegada del sol salvador de los hombres, que es Cristo. Como en Navidad ese sol se manifiesta en un niño recién nacido, el rosa de los ornamentos es el color de los dedos de la aurora-madre y es también el color de la carne rosada y suave de su hijo.

La liturgia invita al gozo por la venida del Señor, al que llama «alegría y júbilo de cuantos esperan su llegada» e invita a celebrar «con alegría desbordante» la Navidad, a la que define como «fiesta de gozo» para todos los creyentes. Haciéndose eco de las promesas de los profetas (Zac 2,14; Sof 3,14-18; Jl 2,23-27; etc.) y del saludo del ángel a la Virgen María (Lc 1,28), invita a la alegría a la ciudad de Dios, que es figura de toda la Iglesia: «Alégrate, Jerusalén, porque viene a ti el Salvador». Incluso llega a pedir que se alegre toda la naturaleza ante la llegada del Señor: «Destilen los montes alegría, porque con poder viene el Señor, luz del mundo».

La cercanía del Señor es fuente de alegría. «El Señor está cerca». Estas palabras revelan la esencia del Adviento y del cristianismo en general. La cercanía del Señor y de su juicio no despierta temor en los creyentes, sino alegría, porque viene para salvarnos. Todo el evangelio es un gozoso anuncio del amor de Dios, manifestado en Cristo. La liturgia de Adviento lo recuerda de una manera especial. Somos dichosos porque ya no estamos en la situación de los justos que esperaron en el cumplimiento de unas promesas lejanas en el tiempo (cf. Mt 13,16-17). El Señor ha venido y se ha quedado. Tampoco hay que ir a buscarlo a sitios lejanos, ya que está más cerca de nosotros que nosotros mismos. Porque el Señor está cerca, la Iglesia se goza como la esposa en compañía de su Amado. A pesar de las contradicciones y de las zozobras, la cercanía del Señor es fuente de alegría y paz.

De por sí, toda la liturgia de Adviento es una invitación a la alegría. Incluso en medio de la oscuridad, los cristianos deben alegrarse porque «el Señor está cerca». Él no abandona a los suyos en la prueba. Los cristianos estamos invitados a compartir con los demás de la alegría que celebramos, la que brota del encuentro con Cristo.

8.         La preparación de Navidad (últimos días de Adviento)

El 17 de diciembre la Iglesia latina comienza la segunda etapa del Adviento, dedicada a preparar más directamente las fiestas navideñas, lo que imprime un carácter especial a las lecturas y oraciones de la liturgia. A partir de ese día, en las primeras lecturas de la misa se proclaman las promesas mesiánicas de los profetas, que encuentran su cumplimiento en las primeras páginas de los evangelios de san Mateo y san Lucas, que se leen a continuación. Allí se presentan las escenas inmediatamente anteriores al nacimiento del Señor: anuncios del nacimiento de Juan y de Jesús, visitación de María a Isabel, cánticos de Zacarías y de María, genealogía de Jesús.

Las oraciones hacen continuas referencias a la cercanía de Navidad y a las actitudes necesarias para celebrarla cristianamente: «Al acercarse las fiestas de la Navidad, te rogamos que tu Verbo, que se hizo carne en el seno de la Virgen María y habitó entre nosotros, nos haga sentir su amor y su misericordia». La del día 24 por la mañana suplica directamente a Cristo que no retrase su venida, tan largamente deseada: «Apresúrate, Señor Jesús, no tardes ya, para que tu venida dé nuevas fuerzas y ánimo a quienes hemos puesto nuestra confianza en tu misericordia». La Iglesia, que ve en Cristo la fuente de su alegría y de su paz, expresa así sus sentimientos: «Es justo darte gracias, Padre, por Cristo, a quien los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al misterio de su nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza».

Incluso los himnos de la liturgia de las horas se cambian, proponiéndose unos más navideños que los usados durante la primera parte del Adviento. La preparación del belén en los hogares cristianos, la novena al Niño Jesús, las Posadas y otras prácticas piadosas son también propias de estos días.

9.         Las antífonas mayores de Adviento

La esperanza cristiana ha encontrado una feliz formulación en las hermosas antífonas mayores, que acompañan el magníficat en vísperas y que son los elementos más característicos de los últimos días de Adviento. En la antigüedad, se cantaban con gran solemnidad en las catedrales y monasterios, reservando una antífona para cada una de las dignidades, que la entonaba solo. Después respondía el coro, repitiéndola.

En latín, comienzan por la exclamación admirativa «O» (en español, por «Oh»). De ahí viene que Nuestra Señora de la Esperanza o de la Expectación, cuya fiesta litúrgica se celebra el 18 de diciembre, sea llamada también Virgen de la O. Boecio (s. V) hace una breve referencia a las antífonas de Adviento, por lo que podrían remontarse a su época (al menos, en una primera redacción). Adquirieron la forma actual en el s. VII. Posteriormente se añadieron otras, llegando a 10 ó 12, según las zonas. La liturgia romana actual conserva las 7 primitivas. Son un magnífico compendio de cristología y, a la vez, un resumen de los deseos de salvación de toda la humanidad, tanto del Israel del Antiguo Testamento como de la Iglesia del Nuevo. Condensan el espíritu del Adviento y la Navidad. Todas comienzan expresando la sorpresa de la Iglesia ante el misterio de un Dios hecho hombre, por lo que dice con asombro: «Oh». Esta aclamación inicial sirve para subrayar la fascinación de quien contempla algo inaudito y admirable.

Continúan las antífonas con una comprensión cada vez más profunda del misterio de Cristo, sirviéndose de títulos y expresiones de la Biblia. Jesús es aclamado como Sabiduría, Pastor, Sol, Rey, Emmanuel. Todos estos títulos son necesarios para comprender su identidad, aunque todos son insuficientes, ya que el misterio de Cristo nunca puede ser totalmente explicado con palabras. De ahí que la exclamación admirativa «Oh», con la que inicia cada una de las antífonas, sea tan importante.

Después de aclamar a Cristo con títulos diversos, todas terminan con la súplica: «Ven» y una indicación de los efectos que se esperan de su venida: la liberación del pecado y de la muerte, la enseñanza de la verdad, la salvación eterna. Además de en Vísperas, en nuestros días se proponen, algo resumidas, como versículo del aleluya antes del evangelio de la misa.

En el original latino, comienzan así: O Sapientia (sabiduría, Palabra de Dios dirigida a los hombres); O Adonai (Señor poderoso); O Radix (raíz, renuevo de Jesé); O Clavis (llave de David, que abre y cierra); O Oriens (oriente, sol, luz); O Rex (rey de paz); O Emmanuel (Dios-con-nosotros). Leídas en sentido inverso, las iniciales latinas de los títulos de Cristo forman el acróstico ero cras, que significa «seré mañana», «vendré mañana». Estamos, finalmente, ante la respuesta del Mesías a la súplica de sus fieles, que le dicen: «Ven pronto». Esta idea, escondida en las antífonas, se formula con claridad el día 24 por la mañana: «Hoy sabréis que viene el Señor, y mañana contemplaréis su gloria». Por la tarde, la Iglesia afirma convencida: «Cuando salga el sol, veréis al Rey de reyes, que viene del Padre, como el esposo sale de su cámara nupcial». Los anuncios de los profetas, las esperanzas de la Iglesia, finalmente, van a tener cumplimiento.

Tal como las recoge el breviario, dicen así:

Día 17: Oh Sabiduría, que brotaste de los labios del Altísimo, abarcando del uno al otro confín y ordenándolo todo con firmeza y suavidad, ven y muéstranos el camino de la salvación.

Día 18: Oh Adonai, Pastor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente y en el Sinaí le diste tu ley, ven a librarnos con el poder de tu brazo.

Día 19: Oh Renuevo del tronco de Jesé, que te alzas como un signo para los pueblos, ante quien los reyes enmudecen y cuyo auxilio imploran las naciones, ven a librarnos, no tardes más.

Día 20: Oh Llave de David y Cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, cierras y nadie puede abrir, ven y libra a los cautivos que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Día 21: Oh Sol que naces de lo alto, Resplandor de la luz eterna, Sol de justicia, ven ahora a iluminar a los que viven en tinieblas y en sombra de muerte.

Día 22: Oh Rey de las naciones y Deseado de los pueblos, Piedra angular de la Iglesia, que haces de dos pueblos uno solo, ven y salva al hombre que formaste del barro de la tierra.

Día 23: Oh Emmanuel, rey y legislador nuestro, esperanza de las naciones y salvador de los pueblos, ven a salvarnos, Señor Dios nuestro.

10.       Personajes del Adviento

En la liturgia de Adviento, la Iglesia deposita su mirada principalmente sobre cuatro grandes figuras bíblicas (Isaías, Juan Bautista, María y José), que la ayudan a vivir este tiempo con autenticidad.

Isaías

El primer personaje es el que muchos autores antiguos llaman el evangelista del Antiguo Testamento. Se lee durante el Adviento según una costumbre presente en todas las tradiciones litúrgicas, ya que él expresa con gran belleza la esperanza que brota de la fe y que ha confortado al pueblo elegido en los momentos difíciles de su historia.

Es el profeta más citado por los escritores del Nuevo Testamento, ya que habla tanto de la gloria del Mesías como de los sufrimientos del siervo de YHWH, que traerán la salvación al pueblo. En Adviento, de él se toman la mayoría de las primeras lecturas de la misa (tanto ferial como dominical) y del Oficio de Lectura. Estos textos son un anuncio de esperanza para los hombres de todos los tiempos, independientemente de las circunstancias concretas que les toque vivir. Todos ansiamos un tiempo en el que las víctimas del egoísmo encuentren justicia, en que las armas se transformen en instrumentos de trabajo y los pueblos vivan unidos.

Al mismo tiempo, Isaías invita a no permanecer con los brazos cruzados, a preparar activamente el camino del Señor, a hacer posible su venida al mundo: «Preparad el camino al Señor; allanad en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale» (Is 40,3-4). Estas palabras serán el corazón del anuncio de san Juan Bautista. La Iglesia las repite en las oraciones de Adviento. El Señor viene, pero quiere que le preparemos el camino abajando los montes del orgullo y rellenando los valles de la indiferencia, enderezando los comportamientos que se han desviado, igualando los derechos de todos. La salvación será un don de Dios en Cristo, pero Él quiere que nos dispongamos convenientemente y, de alguna manera, la adelantemos con nuestras buenas obras.

Juan Bautista

Es el segundo personaje de Adviento, cuya historia se lee los domingos segundo (en sus tres ciclos) y tercero (ciclos a y b) y los días feriales (desde el sábado de la segunda semana hasta el viernes de la tercera). Las lecturas patrísticas del segundo y tercer domingo reflexionan sobre su mensaje. Su ayuno, su ascetismo y su oración en la soledad del desierto son un estímulo para los que quieren acoger al «Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo» (Jn 1,29). Bien encarna, por lo tanto, el espíritu de Adviento.

Juan es el punto de unión entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, entre las promesas y su cumplimiento. Es el último de los profetas de Israel y el primero de los evangelistas. Después de varios años de retiro y soledad, comenzó su tarea de predicación. Muchos lo escucharon y se acercaron al río para participar en el rito penitencial que él proponía. Insistía en que la urgencia de la conversión estaba motivada por la llegada inminente del reino de Dios, tantas veces anunciado por los profetas. Supo reconocer al Mesías y dar testimonio de Él.

Quizás su testimonio más significativo sea el que da poco antes de morir, cuando manda mensajeros a preguntar a Jesús: «¿Eres tú el que tenía que venir o esperamos a otro?» (Lc 7,19). La franqueza de la pregunta es la garantía de su seriedad. Juan se encuentra al final de su existencia, caracterizada por las privaciones. Vivir de saltamontes y miel silvestre en el desierto no tiene nada que ver con las excursiones turísticas a los lugares santos o con las idealizaciones de las personas devotas. Él lo ha hecho sostenido por el convencimiento de una misión divina. Ahora todo parece hundirse, ya que Jesús no respondía a las expectativas de Juan.

La respuesta de Cristo sirve para confirmarle en la fe y para ponerle un nuevo reto: «Contad a Juan Bautista lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, a los pobres se les anuncia el Evangelio, y ¡dichosos los que no se escandalicen de mí!» (Lc 7,22-23). Efectivamente, se han cumplido las palabras de Isaías, que indicaban las señales de los días últimos. Si el bien vence sobre el mal y la buena noticia se anuncia a los anawin, al resto humilde de Israel que confiaba en las promesas de Dios y esperaba su realización, es porque han llegado los días de la salvación.

Cuando los embajadores de Juan se retiran, Jesús dice que este no era «una caña batida por el viento», es decir: un hombre sin raíces ni convicciones, sino un profeta, «e incluso más que un profeta». Juan conocía las obras de Jesús, pero en cierto momento duda de que Él se ajustara a la figura de Mesías que sus contemporáneos esperaban, por lo que corre el riesgo de «escandalizarse». Efectivamente, con Jesús irrumpe en el mundo la novedad de Dios, que cumple las promesas del Antiguo Testamento superándolas, que va más allá de nuestras expectativas, que rompe nuestros esquemas, que nos obliga a hacernos pequeños para ver, más allá de las apariencias, los signos que muestran que Jesús es el que vino, el que vendrá, el que está viniendo.

Jesús invita a creer no solo cuando Dios se adapta a nuestras ideas sino, especialmente, cuando las rompe. Precisamente Juan Bautista, que dará el testimonio supremo al derramar su sangre, se convierte en figura de Jesús, que nos salva por medio del anonadamiento y del don total de sí. El Adviento de Dios sigue aconteciendo en la humildad. Él viene a los corazones de aquellos que no se dejan escandalizar por el hecho de que Dios no se presente como ellos deseaban. Viene a los corazones de los que están abiertos a la perenne novedad de Dios, que nunca se encierra en los pensamientos y deseos de los hombres, por muy nobles que sean.

María

El Vaticano II recuerda que en María confluyen las esperanzas mesiánicas del Antiguo Testamento: «Con ella, excelsa Hija de Sión, tras larga espera de la promesa, se cumple la plenitud de los tiempos y se inaugura la nueva Economía, cuando el Hijo de Dios asumió de ella la naturaleza humana para librar al hombre del pecado mediante los misterios de su carne» (LG 55). María es modelo excelso de las actitudes propias del Adviento: la confianza en la Palabra de Dios, que cumple sus promesas, y la disponibilidad para acoger al Señor que viene. Pablo VI, en su encíclica sobre el culto mariano, indica la profunda relación existente entre el Adviento y María: «La liturgia de Adviento, uniendo la espera mesiánica y la espera del glorioso retorno de Cristo al admirable recuerdo de la Madre, presenta un feliz equilibrio cultual que puede ser tomado como norma para impedir toda tendencia a separar el culto a la Virgen de su necesario punto de referencia: Cristo. Resulta así que este periodo, como han observado los especialistas en liturgia, debe ser considerado como un tiempo particularmente apto para el culto de la Madre del Señor» (Marialis Cultus, 3-4).

De hecho, en las misas de Adviento, María está presente en los textos bíblicos y en las oraciones, subrayando el paralelismo Adán-Cristo y Eva-María, muy común en los Santos Padres. Los textos de la liturgia de las Horas también la citan e invocan desde el principio. Ya al final del Adviento, la figura de María se une de una manera indisoluble con el cumplimiento de las promesas y la llegada del tiempo esperado.

Las actitudes de María se convierten en el modelo que los cristianos deben seguir para vivir el Adviento: su fe, su silencio, su oración, su alabanza agradecida al Padre, su disponibilidad a la voluntad de Dios y al servicio. Las fiestas de la Inmaculada, de Nuestra Señora de Guadalupe y de Nuestra Señora de la Esperanza, celebradas en el corazón de este tiempo litúrgico, subrayan aún más la relación de María con el Adviento.

José

Terminemos esta sección recordando a san José, especialmente presente en los evangelios de los días anteriores a la fiesta de Navidad. Dos aspectos hacen de san José uno de los personajes importantes del Adviento y de toda la historia de la salvación: su descendencia davídica (que él transmite a Jesús) y su condición de justo.

Respecto al primer punto, recordemos que José pertenece a la estirpe de David (cf. Mt 1,20). En cuanto que Jesús es legalmente el «hijo de José» (Lc 4,22), puede reclamar para sí el título mesiánico de «hijo de David» (cf. Mt 22,41-46), dando cumplimiento en su persona a las promesas hechas a su antepasado: «Mantendré el linaje salido de ti y consolidaré tu reino» (2Sm 7,12ss). José es el anillo que une a Jesús con la historia de Israel, desde Abrahán en adelante, según la genealogía de Mateo (1,1-16), y con las esperanzas de toda la humanidad, desde Adán, según la genealogía de Lucas (3,23-38).

Respecto al segundo punto, cuando la Escritura llama «justo» a José quiere decir, ante todo, que es un hombre de fe, que ha acogido en su vida la Palabra de Dios y su proyecto sobre él. Como Abrahán, ha renunciado a sus seguridades y se ha puesto en camino sin saber adónde iba, fiándose de Dios. De esta manera, vive las verdaderas actitudes del Adviento: la fe inquebrantable en la bondad de Dios, la acogida solícita de su Palabra y la obediencia incondicional a su voluntad.

Hablando de la relación entre san José y el Adviento, Benedicto XVI reflexiona sobre el silencio del santo Patriarca, manifestación de su actitud contemplativa, del asombro ante el misterio de Dios. Siguiendo su ejemplo, nos invita a vivir este tiempo en actitud de recogimiento interior, para meditar la Palabra de Dios y acogerle cuando viene a nuestra vida: «El silencio de san José no manifiesta un vacío interior, sino la plenitud de fe que lleva en su corazón y que guía todos sus pensamientos y todos sus actos. Un silencio gracias al cual san José, al unísono con María, guarda la palabra de Dios, conocida a través de las sagradas Escrituras, confrontándola continuamente con los acontecimientos de la vida de Jesús; un silencio entretejido de oración constante, oración de bendición del Señor, de adoración de su santísima voluntad y de confianza sin reservas en su providencia» (Ángelus, 18-12-2005).

 

AUTOR: P. Eduardo Sanz de Miguel, OCD

 

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