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VIRGEN MARIA DE ADVIENTOEl acontecimiento central de nuestra fe es que Dios-Amor, ama tanto al mundo -a nuestro mundo- que le ha enviado a su Hijo, Jesucristo, este Niño Jesús que nos nace, es el Amor de Dios encarnado. Ante tal derroche de amor, ¿Cómo no vamos a prepararnos con esmero a acoger el Amor...

 


 

PREPARAR LOS CAMINOS DEL SEÑOR A LA LUZ DE LA FE,
ESPERANZA Y CARIDAD DE LA VIRGEN MARIA, MADRE DE JESUS

INTRODUCCIÓN

Primero quiero recordarles lo que significa Adviento. Adviento es, una palabra que viene del la latín, -adventus-, que quiere decir “LLEGADA SOLENME”. Adviento, un tiempo para vivirlo, bajo el signo de “encuentro”, entre un Dios que viene en busca del hombre, y el hombre que va en busca de Dios. Un tiempo para vivirlo a la luz de María, porque mucho es lo que de ella tenemos que aprender. Por esto, este retiro hemos querido consagrarlo a Nuestra Señora del Adviento, a profundizar en sus virtudes para que, de alguna manera, las hagamos propias y ellas nos ayuden a vivir con más profundidad este tiempo de Adviento, de espera y esperanza; y así podamos vivir plenamente la Navidad, Misterio central de nuestra fe cristiana. Como dice Benedicto XVI: “El acontecimiento central de nuestra fe es que Dios-Amor, ama tanto al mundo -a nuestro mundo- que le ha enviado a su Hijo, Jesucristo, este Niño Jesús que nos nace, es el Amor de Dios encarnado[1]. Ante tal derroche de amor, ¿Cómo no vamos a prepararnos con esmero a acoger el Amor, hecho Niño, y arroparle en nuestras entrañas maternales como lo hizo María?

I. LA FE DE MARIA

“Bienaventurada me llamarán todas la generaciones, porque el poderoso ha hecho obras grandes en mí” (Lc 1, 48-49). María es bienaventurada, porque creyó contra toda esperanza. En María encontramos un modelo de mujer creyente que nos ayuda en nuestro propio camino de fe. “Bienaventurada tú, que creíste, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor” (Lc 1,43). La fe de María es una fe reflexionada, adulta. Ante el anuncio del ángel, incomprensible para ella, le pregunta: “¿Cómo será esto, pues no conozco varón”? (Lc 1,34). La fe de María también es una fe prudente, ya que no cree con ligereza. Como dirá más tarde Juan, evangelista: “No creáis a todos los espíritus, sino examinar si son de Dios, porque hay muchos falsos profetas” (1 Jn 4,1-6). Pero una vez que María ha comprendido que el anuncio del ángel le viene de parte de Dios, lo acoge en su corazón desde la fe y un total abandono, desde la confianza y la determinación; comprometiendo hasta su honor de mujer. Piensen, lo que para una mujer suponía estar en cinta en su contexto histórico y cultural. Una joven en cinta, “sin conocer varón”, se exponía a ser lapidada. Y a pesar de tanto riesgo, María cree, confía y asume plenamente la palabra del ángel. “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra, aquí estoy”, y desde ese momento María no vacila en su fe; pasando por las congojas y las dudas de José, hasta la oscuridad del Calvario. María, es la mujer que con más radicalidad ha rendido las luces de su entendimiento al Señor y se ha entregado a Él con una fidelidad incondicional; guiada únicamente por la fe en las palabras del ángel, abandonada al plan que Dios tiene para ella y con ella. El plan salvífico de Dios se realiza con María, pues de ella nacerá el Salvador del Mundo. “He aquí que la doncella ha concebido y va a dar un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel” (Is 7,14).[2]

María, vivió la fe en toda su profundidad y plenitud. Ella creyó en el anuncio del ángel, confío en Dios y le dijo: Amén. “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38). La fe de María nos tiene que llevar a preguntarnos por nuestra propia fe. ¿Cómo es mi fe?, ¿hasta qué punto, mi fe está comprometida con el anuncio del evangelio? O más bien, ¿es débil, vacilante, sin compromiso alguno? En principio, puede parecernos que tenemos una fe adulta y comprometida; pero no siempre es evidente vivir la fe en su plenitud, ante las exigencias y dificultades que la vida lleva consigo. Dios, para cada uno de sus hijos tiene su plan, pues para Él somos únicos. ¿Acepto en mi vida el plan que Dios tiene para mí, desde una postura de abandono y una fe adulta? ¿Oro, reflexiono, para conocer el plan de Dios para mí?

El Adviento, tiempo de gracia, nos invita a interpelarnos, con el fin de profundizar y vivir nuestra fe cómo la vivió María. Todos tenemos que decir “Creo Señor, pero aumenta mi fe” (Mc 9,24). Y el Adviento es un tiempo maravilloso para dirigirle al Señor esta suplica, porque la fe no se adquiere de una vez por todas. La fe, es como una semilla que necesita muchos cuidados, y si no la cuidamos con actos de fe, la meditación de la Palabra, la oración y los sacramentos, unido todo esto a las buenas obras; puede “agostarse” y hasta morirse. Tengo que “cuidar” mi fe y dejarla que eche raíces profundas, para que cuando lleguen los “vendavales” de la vida, no la tambaleen ni la arranquen, o lo peor, la aniquilen. Creer es estar en camino constante, en una postura de abandono, confianza y crecimiento; con el único anhelo de responder al plan que Dios tiene para mí: la santidad. Él nos eligió en la persona de Cristo, antes de la creación del mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante él por el amor” (Ef. 1,3s).

La fe, es una semilla muy pequeña que llevamos dentro, sembrada en una tierra rocallosa, la que unas veces le ayuda a crecer y, en otras circunstancias, en cambio, puede llegar hasta extinguirse. A cada uno, pues, le toca estar atento a esta frágil semilla como es la fe, y echarle la buena tierra para que crezca, se desarrolle y se convierta en un árbol seguro, frondoso y fecundo; y que los vaivenes de la vida no puedan arrancarla. La fe la tengo que cuidar y mima como a un bebe que está en constante crecimiento y desarrollo. La fe va creciendo en nosotros en la medida que crece nuestra confianza y abandono en Dios. Esta es la tierra propicia para que crezca la fe: la confianza y el abandono. A estas dos virtudes le siguen la humildad y la obediencia al plan de Dios. María nos lo muestra con su ejemplo. Ella debe de ser nuestro modelo y nuestra fortaleza.

La fe es un don que Dios nos da para que, a su vez, nosotros lo pongamos al servicio de los demás. La fe no puedo guardarla en el baúl de los recuerdos, como una “perla preciosa”, únicamente de uso personal para determinadas circunstancias y acontecimientos. No, la fe la tengo que poner en obra y hacerla vida de mi vida; compartiéndola en toda gratuidad. Sobre todo con la vida, más que con las palabras. En muchas ocasiones nos da miedo el comprometernos, sobre todo, ante los demás. Vivir la fe en solitario resulta más cómodo; pero, ¿hasta qué punto eso es fe? La fe o me lleva a un compromiso comunitario y social, por el bien de los demás, como le llevó a María, o de lo contrario mi fe está muerta. La fe de María le llevo a la fidelidad sin condiciones al plan de Dios, desde la “Anunciación” del ángel hasta el “Calvario”. Y ella no se hundió ante tantas dificultades y dolor por las que tuvo que atravesar, sino que siguió creyendo en la obra de Dios y su promesa. “La fe es el soporte o fundamento de las realidades que se esperan y la prueba de las que no se ven” (Heb 11,1). El papa Francisco ha dicho que la fe no es algo privado, sino que hemos de dar testimonio de lo que creemos y en quien creemos. De alguna manera, la fe es “publica”.

Me permito contarles una experiencia personal que viví cuando estaba de capellán en el hospital. Estaba ingresada una señora, que era judía, y yo iba a visitarla regularmente. Entre las dos nació una verdadera simpatía y cierta amistad. Mujer inteligente, cultivada y de fuertes valores humanos; pero sin ninguna creencia. Para ella todo terminaba en el momento de la muerte. Sin embargo, admiraba mi fe, y me pedía que le hablase de lo que yo creía y en quién creía; que le hablase de mi vida, de mi oración. Y así lo hacía con toda sencillez, sin discursos, simplemente con mi presencia cariñosa, atenta a lo que ella necesitaba y me preguntaba. Su despedida era siempre la misma: “no me olvide, vuelva a visitarme, sabe que yo no creo; pero su fe, ¡me hace tanto bien! me consuela y reconforta profundamente”. Pasó unos cuantos meses en el hospital, ella sabía que su muerte era inminente, unas horas antes de morir, me dijo que deseaba abrazarme como signo de agradecimiento a mi fe y acompañamiento; por el bien que le había hecho. Mi presencia y mi fe habían supuesto para ella un rayo de luz en su profunda oscuridad, en su no creencia. Una ventana se había “entre abierto” la posibilidad de un más allá. Puedo decirles que, durante todo mi ministerio en el hospital, fue una de las personas que más huella ha dejado en mi vida y, ese abrazo, jamás lo olvidaré. Su frágil beso, con tanta ternura y gratitud, quedó grabado en mis entrañas como una lanza ardiente que hiere de una herida suave, llena de amor. Les cuento esta experiencia para que vean como el testimonio de nuestra fe es importante, incluso hasta para los no creyentes. Tengamos la certeza de que si nuestra fe es verdadera y va acompañada de las obras, puede ayudar, a los no creyentes, a abrir alguna “rendija” por donde la Luz de Cristo pueda entrar e iluminar el camino que les lleve a la Verdad.

II. ESPERANZA

La esperanza es el fruto de nuestra fe. Por ello solamente puede esperar quien cree. María es la mujer que más fe y amor ha tenido, por esto es también la mujer más esperanzada. Su esperanza la tenía puesta totalmente en su Dios, tal fue la intensidad de su esperanza que atrajo la mirada del Altísimo e hizo que el Espíritu Santo la cubriese con su sombra engendrando en ella el Esperado de los tiempos, el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

¿Cómo es mi esperanza? Si la esperanza es fruto de mi fe, según sea la profundidad de mi fe, así será la profundidad de mi esperanza. La fe y la esperanza van unidas. Mi esperanza, ¿la tengo puesta en Dios encarnado, o más bien, la pongo en lo que soy y tengo: mis cualidades humanas, intelectuales, económicas, sociales, en las personas, o las cosas? Desgraciadamente, también podemos poner nuestra esperanza en las cosas.

La iglesia, en este tiempo de Adviento, vive en una actitud de espera y de esperanza en la Encarnación de Cristo, su Salvador y Redentor. Él es su única Esperanza. La liturgia de Adviento expresa profundamente esta esperanza que la Iglesia celebra y canta diariamente. ¿Hasta qué punto hago mía la esperanza de mi Madre la Iglesia, viviendo la liturgia de este tiempo de Adviento que nos invita con insistencia a la espera y esperanza?
María, confía y espera, ella cree en la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas, para luego encarnarlo en el mundo. Esta debe ser también la actitud del cristiano, esperar y creer en la encarnación de

Jesús en mí, para luego encarnarlo en el mundo, siendo sus testigos. ¿Soy consciente de la encarnación de Cristo en mi vida?
Esto significa vivir el Adviento: tomar conciencia de que Dios se encarna en mi vida, y acogerlo como lo acogió María. Vivir el Adviento desde esta dimensión, no solamente es un tiempo de cuatro semanas, sino de toda una vida. Vivir esa transformación “crística” que por la gracia del Espíritu se va realizando en mí. Dirá san Pablo: "No soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi" (Gal 2,20). A esto tenemos que aspirar los cristianos, a ser otros “Cristo”. Este es el verdadero adviento que dura toda una vida, la transformación en Cristo, ese renacer de nuevo en él y con él.
María, por la profecía de Simeón, sabe que “una espada de dolor le traspasará el alma” (Lc 2,35). No pensemos que María comprendía todos los acontecimientos, ¡lejos de ello! El evangelista dice: “María guardaba todas las cosas y las meditaba en su corazón” (Lc 2,49-51). María vivió momentos muy dolorosos, desde cómo comunicarle a José la visita del ángel, hasta cómo hacerle comprender el gran misterio de la encarnación del Hijo de Dios en sus entrañas. Seguido, el nacimiento de Jesús en aquellas condiciones de suma pobreza, la huida a Egipto, la pérdida de Jesús en el Templo y las dificultades en la vida diaria; para terminar con la tremenda prueba de la muerte de su hijo en una cruz. Pero nada de esto le hizo vacilar de su fe, porque su esperanza estaba firme y cimentada en la Promesa de Dios, en su Palabra. Y apoyada en la Roca firme pudo permanecer segura, serena y confiada, ante la profunda prueba del más inhumano y sangrante dolor: la muerte de su Hijo en una cruz. “Mi fuerza y mi poder es el Señor” (Sal 118,14). Solamente confiando y esperando firmemente en Dios se puede superar las dificultades de la vida, por muy penosas que ellas sean. ¿Se parece en algo mi confianza en Dios, a la confianza que vivió María?

III. CARIDAD

María es la criatura que ha vivido en toda su plenitud la virtud de la caridad. María nos enseña que la caridad no consiste en hacer y dar, sino en ser y darse. María vivió hasta la raíz más profunda el ser: “he aquí la esclava del Señor”, al decir su Amén a Dios, su entrega fue completa. La entrega de María a la acción de Dios es radical, por esto Dios realizo el “milagro” de la encarnación de su Hijo en ella. María, como ninguna otra criatura, ha vivido la caridad, porque la caridad es Dios mismo, y ella nos lo ha dado hecho Hombre, el Emmanuel.

Cristo, por el bautismo, se encarnó un día en mí, y cada día se vuelve a encarnar. ¿He reflexionado que la caridad más real es transmitir a Cristo a los hermanos? María se entregó a Dios, y, a su vez, desde su entrega nos dio a Cristo. Esta tiene que ser nuestra caridad más profunda: dar a Cristo a los hermanos. Anunciar al mundo, con mi vida y obras, que Cristo vive en mí. La toma de conciencia de que estoy habitado, de que soy icono de Dios, sagrario de su presencia, es primordial. De alguna manera, el cristiano está “preñado” de Cristo. ¡Qué maravilloso sería si viviésemos de esta realidad tan extraordinaria, como es la presencia de Dios en nuestro interior! “¿No sabéis que sois templos del Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1 Cor 3,16). Si soy consciente de la presencia de Dios en mi vida, ella me llevará a vivir la verdadera caridad.

Otra faceta de la caridad de María es la fidelidad al plan de Dios. Para ello tuvo que pasar por muchas dificultades, pruebas y sufrimientos; pero nada le apartó de esa fidelidad. Su Sí lo vivió hasta las últimas consecuencias. La vivencia más pura de la caridad se puede ver como signo de fidelidad a su propia vocación y misión. En nuestros días, que los compromisos de vida, son tan inestables; la fidelidad es un testimonio maravilloso que los cristianos estamos llamados a dar. ¿Cómo vivo la fidelidad a Dios en mi estado de vida concreto y compromisos pastorales y sociales?

María también vivió la caridad del “hacer”, del servicio, del olvido de sí y de sus cosas; para ir al encuentro y ayuda de su prima Isabel. Nos dice el evangelista que fue con “prontitud” (Lc 1,39). Esta prontitud, significa que iba contenta y alegre a ofrecer, junto con su compañía, también su ayuda de servicio a su prima Isabel, mujer avanzada en edad; quedándose con ella tres meses. Probablemente hasta el nacimiento y circuncisión de Juan. En nuestra sociedad, hay demasiado egoísmo e individualismo, cada uno vive para sí. Nadie tiene tiempo para nadie. ¿Vivo la caridad con alegría y generosidad como la vivió María?

Si la caridad es amar, María con quien más caridad tuvo fue con Jesús. ¡Con qué amor, ternura y delicadeza, le haría las cosas que a todo niño hay que hacerle!, y este mismo amor lo seguiría durante toda su vida, hasta su muerte, viendo en Jesús y adorando en Él, el misterio insondable de Dios: Jesús, el Hijo de Dios, se encarna en el seno de una mujer. El misterio de la filiación de Jesús supera todo entendimiento humano, aún el más puro y abierto a la Palabra de Dios. El, Hijo del Padre, ciudadano de la eternidad y del cielo, por derecho natural; se ha hecho Hijo del Hombre en el tiempo y ciudadano de la tierra. Como dirá san Pablo: “Jesús siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios sino que se despojó de sí mismo tomando condición de esclavo, hecho semejante a los hombres” (Flp 2,2-27). Ante tal misterio, María lo medita y lo guarda en su corazón. El evangelista Lucas lo dice dos veces: “María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2,19). Y la segunda vez se refiere a las primeras palabras de Jesús en el Templo: “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2,51). María vive la caridad desde el silencio, pues ante la incomprensión del misterio, adora y confía.

Quiero resaltar otra faceta de la caridad de María: el amor misericordioso y compasivo con el pueblo judío; el Pueblo elegido que no aceptó a su Hijo, al Mesías, al enviado de Dios, el anunciado por los profetas; prefiriendo matarlo, como, anteriormente, habían matado a tantos otros profetas. María, hija de Israel, hija fiel a la Promesa, sigue amando a su pueblo desde la incomprensión de lo sucedido. La suplica de Jesús: “Padre, perdónales porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), María también la hizo suya. Madre e Hijo estaban en la misma sintonía de amor y de perdón ¿Qué amor más grande que el que perdonar y amar a quienes condenan y matan a su Hijo querido, salido de sus entrañas? Y en ese pueblo judío, todos estamos representados.

Ante las dificultades y el sufrimiento que la vida nos trae, nuestra fe y caridad pueden vacilar, y hasta romperse, como le sucedió a Pedro que llegó a negar que no conocía a Jesús, que no era uno de los suyos (Jn 18, 25-27). Por esto hemos de orar constantemente para no caer en la tentación, y vivir confiados en la acción del Padre que conduce nuestra historia, la historia de la Iglesia y de la Humanidad, invitándonos a vivir el amor más autentico: el perdón a unos con otros.

IV. EL SILENCIO DE MARIA

El silencio de María es una de las actitudes en las que debemos meditar y profundizar, siempre; pero de manera especial en este tiempo de Adviento. María ha recibido a Jesús en su seno y se prepara para su nacimiento en silencio, oración y adoración. Nada tiene que ver con el Adviento que nuestra sociedad nos presenta y el que nosotros vivimos, tan lleno de ruido y publicidad, anunciando una falsa Navidad. Porque la Navidad, en nada se parece a lo que la publicidad pagana nos presenta. Ese márquetin es para el consumo y no para celebrar la Navidad desde una dimensión cristiana. La comercialización de la Navidad, el consumismo y el ruido, hacen que el tiempo de Adviento pase sin darnos cuenta ni vivirlo. Sin embargo, el Adviento es un tiempo fuerte de gracia, el cual a través de las cuatro semanas litúrgicas, acompañados por la Palabra de Dios; nos lleva hasta Belén, donde se realiza el acontecimiento central de la Historia cristiana: El nacimiento del Hijo de Dios. Insisto en que el consumismo y materialismo nos roban la verdadera Navidad. Ante esta realidad, los cristianos estamos llamado a reaccionar, a no dejarnos llevar de esta manera pagana de celebrar la Navidad.

El silencio de María, en torno a la Encarnación, está envuelto en el misterio. Nos parecería lo más normal que ella hubiese anunciado, al menos, a las personas más íntimas, que el Mesías iba a nacer; pero María calla, guarda silencio, pues sabe que los misterios de Dios no necesitan del comentario de los hombres. ¡Ella, adora y confía! Porque tiene la certeza de que es Dios mismo quien conoce el momento para revelarlo y que es Él quien elige los “instrumentos” adecuados para hacerlo. María en el silencio cree, espera y contempla el misterio que Dios ha realizado en ella. En el momento preciso, los ángeles, serán los embajadores de anunciar el nacimiento del Hijo de Dios. “No tengáis miedo, vengo a traeros una buena noticia, que lo será para todo el pueblo, en la ciudad de David nos ha nacido hoy un Salvador, que es el Mesías, el Salvador” (cf. Lc 2,9-11). María, después del anuncio del ángel se pone en una postura interior de adoración y silencio; apenas ha nacido el niño, la vemos silenciosa y adorante, ante tal Misterio que le sobrecoge, la llena de ternura, de gozo y admiración. Las mujeres que han tenido la experiencia de dar a luz, comprenderán mucho mejor la maternidad de María. María no solamente es la madre de Jesús, sino que es la madre de todos los vivientes.

Toda su vida transcurre en un silencio contemplativo. El silencio es para ella una actitud interior constante. El silencio de María no consiste en la ausencia de palabra, sino en la presencia de Dios. María acoge y contempla a Dios en su seno virginal. Podríamos decir que dos son las razones del silencio de María: la admiración y la adorar de Dios hecho Hombre, en su propio seno y nacido de ella. Estas dos razones derivan de la fe y humildad de la Virgen. María, la predilecta del Padre, la amada y la elegida, se sumerge en ese silencio amoroso, como el mejor signo de agradecimiento al don que ha recibido del Padre. Pensemos que el silencio es el lenguaje del puro amor, de la intimidad más profunda y lograda. Por esto, ante el misterio de Dios encarnado, toda palabra es vana, María, guarda silencio y vive al interior de ella misma sobrecogida de asombros, de admiración y acción de gracias.

María sabe que la Encarnación de Dios es para todos, que ella solamente es el instrumento que Dios ha elegido. Por eso quiere “eclipsarse” en el silencio, para dejar todo el protagonismo a Dios, hecho Hombre, para que los hombres vean, ante todo, a Jesús y le reconozcan como el Hijo de Dios, el Salvador. María queda en la sombra, para que Jesús sea la Luz, el centro, la atracción de todos los hombres y de todos los pueblos. María nos entrega a su hijo porque sabe que no le pertenece. Esta entrega lo expresan muy bien los iconos de la Virgen donde María nos entrega su Hijo.

En nuestra vida esto tenía que ser una meta a conseguir, sabiendo permanecer en silencio, desapareciendo para que Jesús se haga más visible en nuestro mundo. Esto conlleva unas grandes exigencias. Solamente lo podremos conseguir viviendo esa dimensión contemplativa que nos sumerge en el misterio de la adoración. Y de esta manera nuestro silencio será gozoso, porque no será solamente la ausencia de palabra, sino la presencia de Dios en nuestro corazón. Cuando se vive esta presencia, la persona vive en armonía, en el gozo que produce el encuentro con el ser Amado, y participa del gozo de María que le hizo permanecer siempre como mujer serena, fuerte y madura, ante todos los acontecimientos y sufrimientos de su vida. “Vuestra fuerza está en el silencio” (Is 30,15).

Quiero terminar con estas palabras: María, tus padres te pusieron por nombre María. El Ángel Gabriel te llamó “llena de gracia”. Isabel, tu prima, te saludó como “Bendita entre las mujeres”. La Iglesia, desde los primeros siglos, te invocó y proclamó Madre de Dios, la Theotokos. Cada pueblo te invoca de manera diferente: con el nombre del lugares, de plantas, de flores y paisajes, de montañas y de mares; y todos estos nombres para confesar la fe y el amor del pueblo cristiano, que te proclama Madre de los creyentes, Madre de la Iglesia; y en este tiempo del Adviento te llamamos: Madre de la Esperanza. A ti pues, nos confiamos, como tus hijos amados, y contigo también queremos dar al mundo a tu Hijo, Jesús, para que Él reine en el corazón de todo ser humano y un mundo mejor y más pacifico sea posible.

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[1]. Benedicto XVI, su primera en la encíclica, “Dios es amor”, nº 1.
[2] Saben que en la espiritualidad mariana se insiste mucho en el Fiat de María, y María como “la Virgen del fiat”. Sin embargo, actualmente, los mariólogos más bien optan por el “Sí” de María, por el “Amén”, por el “hágase en mí”. ¿Por qué este cambio? Porque María no hablaba latín, entonces, no pudo pronunciar esta palabra: Fiat. Esta palabra se le ha atribuido muchos siglos después. Por este motivo no les sorprenda que no les hable del fiat de María, sino del sí de María, del amén; porque expresan con más fuerza el consentimiento de María ante la Anunciación del Ángel, y además son palabras más cercanas a las que ella misma pudo pronunciar desde su propio idioma: el arameo.

AUTOR: Sor Carmen Herrero Martínez

 

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