Sábado, Noviembre 29, 2014
facebook twitter youtube pinterest icon

Este Portal es actualizado por amigos de la espiritualidad carmelitana

Donaciones

v-centenario-santa-teresa-de-avila-kit-conmemorativo

Hijos, hermanos, temploEl ser  hijos del Padre nos inserta de una manera dinámica en la vida trinitaria, nos hacer participar en la intimidad de la vida de Dios. Pero es preciso que nos hagamos conscientes de este privilegio y realmente procuremos vivir como hijos del Padre...

 


 

HIJOS DEL PADRE, HERMANOS DEL HIJO, TEMPLOS DEL ESPÍRITU

 

Evidentemente hay muchas maneras de abordar el tema del Bautismo, pero me acercaré a este sacramento procurando presentar algunos aspectos de la espiritualidad bautismal porque pienso  que pocas personas son conscientes del significado de su propio Bautismo. Si preguntamos a un cristiano, a un católico “de la calle” , qué significa para él o para ella ser bautizado, seguramente la respuesta será que por el  Bautismo  pertenece a la Iglesia católica. ¿Qué más saben sobre este sacramento?

Desafortunadamente, sospecho que dicha ignorancia abarca la totalidad de los siete sacramentos. Es posible que ni siquiera  se sepa cuáles son los siete sacramentos y mucho menos cuáles son los de la iniciación cristiana, o cuáles tienen un carácter indeleble. Tal vez no es ni culpa de los fieles, pues quizá  recibieron una formación religiosa insuficiente. Por eso la Iglesia tiene que hacer ahora un esfuerzo para que todos los que nos llamamos cristianos seamos conscientes de nuestra identidad.

Aunque la Eucaristía es el centro de la vida cristiana y por ende de la vida sacramental, es el Bautismo el que nos inserta en la vida de la Iglesia y sin el cual no tenemos acceso a ningún otro sacramento.  Por eso veamos qué es lo que este sacramento de la iniciación cristiana nos aporta.

 

EL DON DE LA FE

La pregunta clave  en el rito del bautismo y que se le hace al catecúmeno, o a los padrinos, en caso de los niños es: ¿Qué pides a la Iglesia de Dios? La respuesta es “¡La fe!”, por que el Bautismo es el sacramento de la fe, es el que nos inserta en la vida de Cristo, de donde brota toda la vida cristiana.

Pero recibir el don de la fe exige una respuesta a lo largo de toda la vida. Por eso hay que saber  lo   que implica  ser un bautizado y esto lo debe aportar la   comunidad  cristiana, empezando por el hogar o  el medio ambiente en que vive el neo-bautizado. Tenemos  entonces la obligación de alimentar la fe con una sana doctrina, con la lectura de la Escritura y rechazar todo lo que se opone a ella. Por ser un “don” es algo que Dios nos regala gratuitamente.

¿Y qué debe creer un católico? El Credo o Símbolo de los Apóstoles nos presenta de manera pedagógica cuáles son las verdades de la fe que sostienen nuestra  vida cristiana. El Catecismo de la Iglesia Católica comienza precisamente con la explicación de cada uno de los artículos del Credo y semanalmente en la misa dominical, y también en las solemnidades, la Iglesia nos invita a recitar juntos, o mejor, a hacer nuestra profesión de fe mediante la recitación del Credo.

 

VIDA TEOLOGAL

Pero en el Bautismo, Dios nos enriquece de manera especial regalándonos las  tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, que son el medio para alimentar nuestra relación con Él. Nos infunde los dones del Espíritu Santo y las virtudes morales, y mediante el perdón del pecado original y de los pecados personales en el caso de los adultos, nos  dispone para que podamos llevar una vida de intimidad con El.

Todos estamos llamados a la santidad que en expresión de San Juan de la Cruz no es otra cosa que la “unión con Dios” y que se logra mediante la vivencia de  las virtudes teologales, por lo que el Santo se pregunta ¿qué hay para acertar (es decir, para llegar a esa unión con Dios) sino vivir en fe oscura y verdadera, esperanza cierta y caridad entera?” (Cta 19); y añade que la función de  dichas virtudes es “apartar al alma de todo lo que es menos que Dios y de juntarla con Él” (2N 21,11). En esto consiste la vida de la gracia:  esa semilla que tenemos que cultivar para dar el fruto esperado.   Por lo tanto la vida del bautizado tiene que ser dinámica,  un proceso de crecimiento continuo, si queremos llegar a la meta.

 

SOMOS HIJOS DEL PADRE

Pero mediante el Bautismo Dios nos hace sus hijos. San Pablo nos dice que en el Bautismo “ recibisteis  un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: Abbá, Padre. El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos de Dios y coherederos de Cristo...” (Rom 8, 15ss)  El ser  hijos del Padre nos inserta de una manera dinámica en la vida trinitaria, nos hacer participar en la intimidad de la vida de Dios. Pero es preciso que nos hagamos conscientes de este privilegio y realmente procuremos vivir como hijos del Padre. Notemos que Pablo pone en nuestra boca la misma expresión de amor filial que utilizaba Jesús. En el Evangelio lo encontramos dirigiéndose al Padre con el término cariñoso de “Abbá, Papito”,  y Pablo dice  que también nosotros, por la fuerza del Espíritu, nos debemos dirigir a nuestro Padre del cielo con la misma expresión de amor, cercanía y confianza: “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!  De modo que ya no eres esclavo sino hijo; y si hijo también heredero por la voluntad de Dios” (Gal 4,6).

No sólo participamos en la vida de Dios, sino que nos acercamos al Padre como verdaderos hijos, y como tales también nos hace sus herederos como heredero es nuestro  Hermano mayor, Cristo.

Por su parte Jesús nos asegura que el Padre nos ama como lo ama a Él mismo, pero es preciso que “...el mundo conozca que Tú (Padre)  me has enviado y que los has amado a ellos como me has amado a mí.” (Jn 17,23).  Esta seguridad que nos da el mismo Jesucristo la tenemos que profundizar a fin de dejarnos amar por el Padre como un niño pequeño se deja amar por sus padres. Jesús, que  vino a revelar el misterio de Dios, nos presenta la figura del  Padre personificada en el padre  del  hijo  pródigo,  padre amoroso que nunca limitó la libertad de su hijo, que le entregó la herencia que le correspondía y que a pesar de saber que la había malgastado en mala vida, lo recibió con gozo, hizo banquete y celebró su retorno como si jamás hubiera faltado.

También el Antiguo Testamento nos presenta ejemplos enternecedores del Padre,  algunas veces con figuras verdaderamente maternales:  “Yo enseñé a Efraím a caminar, tomándole por los brazos, pero ellos no conocieron que yo cuidaba de ells. Con cuerdas humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla, me inclinaba hacia él y  le daba de comer” (Os 11, 3-4).  Que hoy día no nos haga el Padre el mismo reproche que a su Pueblo elegido por el hecho de que nosotros no lo reconocemos como nuestro Padre amoroso.

 

HERMANOS DEL HIJO

Si el Bautismo nos hizo hijos del Padre, necesariamente seremos hermanos de Cristo y por eso Él nos invita  a decir “Padre nuestro que estás en el cielo...” (Mt 6, 9).   Él  nos enseña a dirigirnos a “nuestro Padre”, el de Él y el nuestro, y es porque nuestro Padre “...nos predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera Él el primogénito entre muchos hermanos...” (Rom 8,29). En la carta a los Efesios se nos dice que “nos eligió de antemano para ser hijos adoptivos por medio de Jesucristo” (Ef 1,5).

Pero si por Jesucristo somos hijos del Padre también tendremos que ser hijos de la Madre.  María nos fue entregada de manera especial por el mismo Jesús cuando en la Cruz dijo dirigiéndose a ella: “Mujer ahí tienes a tu hijo”, y luego dice al discípulo “He ahí a tu madre. Y desde aquel momento el discípulo la llevó a su casa” (Jn 19,25-27). Es por el Bautismo que se nos concede esa doble filiación adoptiva, que Jesús tuvo por naturaleza.Queda muy clara nuestra relación filial respecto al Padre y a María como también  de fraternidad respecto al Hijo porque es parte del plan de Dios. El Señor Jesús es el “primogénito” del Padre lo cual quiere decir que es el primero entre muchos, y además, como nosotros fuimos elegidos desde antes de que existiéramos,  tenemos la obligación de asemejarnos a este primogénito.

¿Cómo lograr asemejarnos a nuestro Hermano mayor? Es preciso conocerlo, acercarnos a Él,  entrar en íntima comunicación con Él, porque sino será imposible llegar a ser semejantes al Hijo. Ahí tenemos el Evangelio que nos revela lo que Jesús enseñó y  nos presenta los ejemplos de vida. Es Él quien nos dice “Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11,29), “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12), “Cuando  oréis decid: Padre nuestro...” (Mt 6,9).  Si por el Bautismo somos cristianos, entonces nuestra obligación es actuar como tal. Jesús, nuestro hermano y modelo, nos marca el camino.

Sabemos que el camino recorrido por Jesús no fue fácil. Él recorrió el camino de la cruz y nos invitó diciendo “Si alguno quiere venir en pos de mí niéguese a si  mismo, tome su cruz y sígame”.  Ese camino lo llevó a la muerte, una muerte que nos ganó la vida.  Por eso Pablo nos recuerda: “¿O es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con Él sepultados por el bautismo en la muerte, al igual que Cristo fue resucitado de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6,1-4).

Otra consecuencia de ser hijos del Padre y hermanos de Cristo es que esa fraternidad se prolonga a todos los seres humanos, es la fraternidad universal. Tenemos que tomar conciencia de que todos somos hermanos y que como tales tenemos responsabilidades que no podemos eludir. Nuevamente Jesús nos lo dice: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” (Jn 15,12). Y en su Primera carta Juan  nos recuerda: “Quien dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en las tinieblas. Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza...” (1 Jn  2,9-10).

 


TEMPLOS DEL ESPIRITU SANTO

Otro efecto del Bautismo es que al haber sido introducidos en la vida íntima de Dios y al haber establecido una relación filial con el Padre y fraternal con el Hijo, el Espíritu Santo, que es el lazo de unión que une al Padre y al Hijo,  se posesiona de nosotros y nos inserta en el Seno de la Trinidad.

Repetidamente la Escritura nos recuerda: “¿No sabéis que sois santuario de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?. Si alguno destruye el santuario  de Dios, Dios lo destruirá a él: porque el santuario de Dios es sagrado, y vosotros sois ese santuario” (1 Cor 3,16-17). Es maravilloso para un bautizado saber que su vida interior, su vida espiritual, está regida por el mismo Espíritu Santo y  que es el Espíritu el que nos va a sumergir en el Misterio de Dios. Jesús nos recordó poco antes de su muerte, que necesitamos al Espíritu Santo porque “él nos guiará a la verdad completa” (Jn 16,13). La razón de esto es que todo lo que sabemos de Dios “ nos lo reveló por medio del  Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios...nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios... Y nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que viene de Dios, para conocer las gracias que Dios nos ha otorgado...” (1 Cor 2,10-12).

Pero, además es el Espíritu el que ora en nosotros porque la oración es una ciencia que por nuestras propias fuerzas no podemos adquirir, por eso  “el Espíritu  viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos ineflables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su interecesión a favor de los santos es según Dios” (Rom 8,26-27). En otra ocasión se nos invita a “orar en toda ocasión en el Espíritu” (Ef 6,18).El sabernos “templos del Espíritu” nos tiene que llevar a respetar ese santuario, a preservarlo de todo lo que pueda mancharlo, porque en verdad Dios habita en nosotros.

 

HIJOS DE LA IGLESIA

Finalmente, otra consecuencia del Bautismo es que nos hace miembros del Cuerpo Místico de Cristo, es decir, nos hace miembros de la Iglesia.  Esto se deriva del hecho de pertenecer a la familia de Dios “porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo...” (1 Co 12,13).

Es por medio de la Iglesia que recibimos el Bautismo y todos los sacramentos; por ella adquirimos el sacerdocio común de los fieles que ejercemos “mediante la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante”  (LG 2,11); es la Iglesia la que nos presenta las Escrituras y nos instruye en todo lo que debemos saber a fin de vivir plenamente nuestro Bautismo.

Como bautizados debemos amar a la Iglesia que tiene para con nosotros una función maternal. Es nuestra “Madre” y la debemos siempre considerar como “una,  santa, católica y apostólica”, cualidades que no tiene ella por sí misma sino que es Cristo quien por medio del Espíritu Santo se las comunica.

Sin  alimentar nunca un orgulloso triunfalismo, los bautizados debemos conocer y amar a la Iglesia y reconocer siempre que los bienes que Dios nos quiere otorgar nos los da a través de  ella  que es un aspecto de su presencia en la tierra.

 

RESPONSABILIDAD BAUTISMAL

Estas pocas ideas sobre la espiritualidad bautismal quizá puedan servirnos para amar más nuestra fe, para desear conocerla mejor, para experimentarnos hijos del  Padre, hermanos del Hijo y templos del Espíritu. Para reconocer a la Iglesia en su función maternal para con todos los bautizados, amarla, respetarla y sentirnos involucrados en su vida y en su función.

Recordemos la última recomendación de Jesús antes de la Ascensión: “recibiréis la fuerza de Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos...hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8). Esto que Él dijo a sus discípulos nos lo sigue diciendo a todos, por lo tanto al saber lo que significa nuestro Bautismo debemos sentirnos llamados a dar testimonio de la fe ahí donde Dios nos haya colocado. Este testimonio no es exclusivo de los sacerdotes o religiosos, es una obligación de todo cristiano, es un deber filial y de gratitud. Creamos que el mundo puede cambiar en la medida en que nosotros, los bautizados, tomemos conciencia de nuestra responsabilidad baustimal.

 

AUTOR: Hna. Helena Esguerra OCD

 

Comparte este artículo

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar