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autosolidaridadSolidaridad es una palabra hermosa por el compromiso que entraña. Consiste en cargar sobre mis propios hombros el error ajeno como si yo lo hubiera cometido. Ahora bien, yo puedo ejercer conmigo la autosolidaridad de cargar mi error de dos maneras...

 


 

La autoestima tiene todas las puertas abiertas. Donde es anunciada, tiene acogida. Entra, sale, sube, baja, no hay lugar donde no sea bienvenida. La autosolidaridad, en cambio, no ha llegado aún. Por lo cual, no alcanza ni a ser problema, entendido como inquietud o dificultad que requiere trato cuidadoso.

La solidaridad tiene que ver con los demás. Pero como yo vivo en relación conmigo mismo, esta relación reclama cuidado, interés, solicitud para que sea lo que debe ser, pues de mí depende que sea buena para irradiar siempre una atmósfera de bondad.

Solidaridad es una palabra hermosa por el compromiso que entraña. Consiste en cargar sobre mis propios hombros el error ajeno como si yo lo hubiera cometido. Ahora bien, yo puedo ejercer conmigo la autosolidaridad de cargar mi error de dos maneras, dejándome abrumar por él, o haciendo de él mi oportunidad para crecer y avanzar. Aprendo de mis equivocaciones la sabiduría de que mi corazón palpite siempre de amor.

Gracias a mi sabiduría, mi autosolidaridad me lleva a ser vigilante conmigo mismo y con todo lo que me rodea. Mis sentimientos, lo que yo siento, son decisiones mías. Tengo el poder de manejarlos a favor mío, pues, según el evangelio, amarme a mí mismo es el secreto de mi amor a los demás. “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.

Por autosolidaridad, me trato amorosamente cultivando sentimientos de paz, alegría, confianza, fortaleza, acogida, generosidad. La autosolidaridad me da la certeza de que esos son los sentimientos que moran en mi corazón y salen de él.

Me encanta leer las confidencias de Teresa de Jesús. “Me era gran deleite considerar ser mi alma un huerto y al Señor que se paseaba en él. Suplicábale aumentase el olor de las florecitas de virtudes que comenzaban, a lo que parecía, a querer salir y que fuese para su gloria y las sustentase, pues yo no quería nada para mí, y cortase las que quisiese, que ya sabía habían de salir mejores” (Vida 14, 9).

Decido acogerme, contemplarme, exigirme, superarme, tener conmigo mismo un trato novedoso por estimulante. Me vigilo para ser sincero, acogedor, magnánimo. Mi entrenamiento para acoger a los demás.

En el libro “En brazos del amado”, Rumi trae este diálogo, que yo vuelvo monólogo. “-¿Quién está a mi puerta?, preguntó Él.

-Tu humilde siervo, respondí yo.

-¿Qué te trae aquí?

-Saludarte, mi Señor”.

Cultivo la autosolidaridad, el secreto para ser solidario con los demás.


AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 11 de septiembre de 2015

 

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