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amarse-ofenderse-perdonarseMis amores, mis ofensas y mis perdones constituyen el despliegue más asombroso de mi intimidad. Dime cuánto te amas, cuánto te ofendes y cuánto te perdonas y te diré quién eres, sobre la base de que sin ofensa no hay lugar al perdón, ya que perdonar es restablecer...

 


 

Saber cuánto se ama, cuánto se ofende y cuánto se perdona alguien, es un excelente modo de conocer su intimidad. Amar, ofender y perdonar son actitudes que llegan hasta el fondo del alma.

La intimidad es la zona espiritual reservada de la persona, lo mejor que de sí es, lo que de sí es más valioso. Para S. Agustín, Dios es mi verdadera intimidad, pues Él está en mí más íntimamente que yo a mí mismo. Mi intimidad es para mí el tesoro de los tesoros, que debo cultivar con esmero.

Mis amores, mis ofensas y mis perdones constituyen el despliegue más asombroso de mi intimidad. Dime cuánto te amas, cuánto te ofendes y cuánto te perdonas y te diré quién eres, sobre la base de que sin ofensa no hay lugar al perdón, ya que perdonar es restablecer una relación dañada a causa de una ofensa.

Jesús nos enseña a pedir perdón a nuestro Padre celestial porque lo ofendemos, no porque Él se ofenda. La ofensa puede salir del ofensor y no llegar al ofendido, como ocurre con el Padre celestial, que por ser Dios, es inmune a la ofensa.

Amar es hacer unidad de dos. En el amor a mí mismo, soy sujeto y objeto a la vez. Me amo, la acción de amar que realizo recae sobre mí mismo. Hacer unidad conmigo indica que tengo orden, claridad, armonía en todo mi ser de la cabeza a los pies.

San Juan de la Cruz escribe con acierto: "Claro está que siempre es vano el conturbarse, pues nunca sirve para provecho alguno. Y así, aunque todas las cosas sucedan al revés y adversas, vano es el turbarse, pues por eso antes se dañan más que se remedian".

La tarea de amarme reclama toda mi creatividad, hasta poder hablar del divino arte de amar. El amor a mí mismo me da la garantía de ser imagen y semejanza de Dios, que es amor. Algo inaudito en la cultura que respiramos, sabiendo que la Biblia me pide amar al prójimo como a mí mismo.

La ofensa es el enemigo del amor. Amándome, hago unidad conmigo mismo. Y todo sentimiento que daña mi relación conmigo, como la tristeza, la amargura, el odio o la desconfianza, me indica que estoy ofendiéndome. Y necesito, por tanto, perdonarme.

Tarea por excelencia la de amarme. El amor me inmuniza de ofenderme y por eso de perdonarme. ¡Divino arte de amar!


AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 19 de septiembre de 2014

 

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