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Cristo-y-el-Joven-ricoEl evangelio habla de un joven rico que llega a Jesús corriendo con la velocidad de un caballo. Se arrodilla ante él y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” (Mc. 10,17). Jesús, conmovido porque el joven lo llama bueno, le responde...

 


 

Quien me mira a los ojos, me lleva a tomar conciencia de que necesito cultivar mi interioridad, pues me encuentro con la sorpresa de que en mi agenda no hay espacio para ella. Descubro, lleno de asombro, que mi vocación, que consiste en mirarlo todo con amor, tiene como fundamento mi intimidad.

Subir al cielo en un instante es el poder ilimitado de mi mirada, lo mismo que viajar a mi más profunda intimidad, “donde pasan las cosas de mucho secreto entre Dios y el alma” (S. Teresa).

Mis ojos me invitan a mirarme con amor, y a mirar con amor a los demás, al cosmos y sobre todo al Creador, sabiendo que mirar con amor es hacer unidad de dos, comulgar con las personas y las cosas, construir comunidad.

Para San Juan de la Cruz, mirar Dios es amar Dios. Felicidad inenarrable la de sentirme amado de Dios, pues sus ojos divinos no saben otra cosa que mirar con amor. Amor, resultado infalible de la mirada divina.

El evangelio habla de un joven rico que llega a Jesús corriendo con la velocidad de un caballo. Se arrodilla ante él y le pregunta: “Maestro bueno, ¿qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?” (Mc. 10,17). Jesús, conmovido porque el joven lo llama bueno, le responde que “nadie es bueno sino solo Dios”. El trato que el joven rico da a Jesús, pone al descubierto una sensibilidad asombrosa, por lo cual, es del todo natural que Jesús lo ame fijando la mirada en él.

La visión beatífica es el cielo, la bienaventuranza, ver a Dios sin pausa, pues Él es la eternidad, visión que constituye la plenitud de la criatura. “Ahora somos hijos de Dios, y aun no se ha manifestado lo que seremos. Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es” (1Jn. 3,2).

Mirar, admirar y alabar van de la mano. Lo dicen de modo admirable estos versos de S. Juan de la Cruz. “Cuando tú me mirabas / su gracia en mí tus ojos imprimían; / por eso me adamabas / y en eso merecían / los míos adorar lo que en ti vían”.

La alabanza es el fruto de la admiración, pues yo admiro lo que miro con atención: piedra, árbol, pájaro, hombre, y sobre todo a Dios. Destinados a vivir de la alabanza por toda la eternidad, será poco lo que hagamos por aprenderla desde ahora.

AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 24 de abril de 2015

 

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