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Por-ti-madrugoEl viejo orante sabía muy bien la oración del silencio. “¡Oh Dios, por ti madrugo! Mi alma está sedienta de ti; / mi carne tiene ansia de ti, / como tierra reseca, agostada, sin agua”. La delicia poder decir lo que siento, lo que soy, ansia infinita de eternidad, que es persona...

 


 

Madrugar es una palabra hermosa. Produce un estado de bienestar inigualable, como si la más suave de las caricias recorriera el cuerpo de la cabeza a los pies, dejando una sensación de dulzura infinita.

Alguien que sabía mirar las palabras, echó mano de ella, de la palabra madrugar, para referirse a lo que le pasaba en su relación con su Amado, su Creador, llenándolo en cada momento de su amor divino. “Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo” (Salmo 62,1).

Madrugar es levantarse al amanecer o muy temprano, momento en que empieza a aparecer la luz del día, momento inefable con su puesto de honor en cada corazón. ¿Será la vida eterna un amanecer sin fin? Como si un perfume embriagador inundara mi ser.

Lo inefable existe. Cada uno lo lleva en el corazón. Aparecen sus caricias en momentos contemplativos de máxima intimidad, como cuando el silencio reina en torno.

No quiero otra cosa que tu día en mis ojos, decía el amante al oído de quien lo miraba con amor. “Es que ya / viene la aurora. / Tiembla como un cristal / al borde del abismo sideral” (Rafael Maya). Lo inefable ocurre en el amanecer.

Sin ojos, ¿qué significa la luz? Sin luz, ¿para qué sirven los ojos? Me extasío contemplando mis ojos en el espejo. Aurora, alborada, amanecer. Su luz endiosa al que los mira. Atmósfera que me llena de un gusto que ningún latido del corazón ha sido capaz de columbrar.

El viejo orante sabía muy bien la oración del silencio. “¡Oh Dios, por ti madrugo! Mi alma está sedienta de ti; / mi carne tiene ansia de ti, / como tierra reseca, agostada, sin agua”. La delicia poder decir lo que siento, lo que soy, ansia infinita de eternidad, que es persona, no cosa.

La luz eléctrica alarga cada vez más el día en la noche, robándole a la mirada la embriaguez del amanecer. Los ojos van perdiendo el gusto de madrugar, de la transparencia afectiva de la alborada, del presentimiento del rocío que pacifica el corazón.

“Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios”. Tierra reseca, agostada, sin agua, vaso vacío que espera su lleno. Madrugo porque estoy sediento de ti, Oh Dios, el inefable, única agua capaz de saciar mi sed.

¡La delicia! Aroma luminoso del amanecer en los ojos del corazón. Momento privilegiado de relación de intimidad: Amada en el Amado transformada.


AUTOR: P. Hernando Uribe C., OCD
TOMADO DE: El Colombiano, 19 de junio de 2015

 

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